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lunes, 15 de junio de 2020

Aquí el color también pinta



“Tengo un sueño: que un día mis hijos vivirán en una nación que no juzgue a las personas por el color de su piel, sino por el contenido de sus actos”.
Martin Luther King

Cuando era niña pensaba que era rica. Tenía una casa cómoda, papás, hermanos, un carro y un perro. No necesitaba ni deseaba nada más. ¿Qué más puede querer una niña para ser feliz?
Como casi todos en aquel tiempo, los hijos de las familias de clase media íbamos a la escuela pública más cercana a nuestra casa. Los grupos eran de hasta cincuenta niños y la maestra o el maestro no sólo eran estrictos, sino celosos de su profesión, la cual ejercían con dedicación, amor y entrega. A cambio, exigían lo mismo de sus alumnos.

Recuerdo con especial afecto a mi maestra de tercer año en la escuela Josefina Menchaca en Matamoros. Aurora Zertuche. Una señora enorme y rubia que había formado en sus primeras letras y números a varias generaciones. Era estricta sin llegar a ser dura y a veces nos daba un par de palmaditas en la espalda o nos acariciaba la cabeza cuando hacíamos bien nuestros deberes. La maestra Aurora era reverenciada y querida por todos los padres de familia y era una de las primeras invitadas en las fiestas infantiles de sus alumnos.

En los salones de clase habíamos alumnos de varios estratos sociales e incluso algunos que venían de alguna población rural, pero básicamente éramos los mismos amigos del barrio.  Yo me sentaba junto a una niña que se llamaba Lupita. Ella venía del campo, de un lugar de la carretera hacia Monterrey. Era una niña bajita, delgada y morena. Su cabello negro recogido siempre en dos trenzas, brillaba con el sol.
Recuerdo uno de los primeros días de clase. Nos  formaron en dos filas, una de niñas y otra de niños. Fueron de la secretaría de salud a vacunarnos no recuerdo contra qué enfermedad. También nos revisaron la cabeza para ver si no teníamos piojos. Nos examinaron los dientes para ver si había caries y también las uñas de las manos.
Lupita y yo éramos de las primeras de la fila, por nuestra estatura baja. Me revisaron, me vacunaron y me pusieron una palomita en un papel que mis padres debían firmar. Siguió Lupita. La revisaron exhaustivamente. Primero la cabeza. Había liendres. Luego los brazos. No había marcas de vacunas. Después los dientes. Aún no había caries pero tampoco señales de una buena higiene bucal. Sus uñas no habían sido cortadas al menos por un mes y estaban ennegrecidas por la tierra.

El personal de salud la paró enfrente de todo el grupo y nos dijo que ella era un claro ejemplo de lo que NO debíamos ser los demás. La niña rompió en llanto y tuvieron que llevarla a la dirección en donde esperó a que sus padres la recogieran. Yo fui a buscarla en el recreo y le compartí de mi lonche. Le dije que no estuviera triste y que nos juntaríamos en los recreos.

A la hora de salida, volteé de reojo a la dirección y vi a la directora hablando con los papás de Lupita. Me quedé a esperarlos afuera de la escuela pues quería saber qué les habían dicho. Jamás olvidaré el rostro triste, demacrado y compungido de los padres de mi amiga. Los ojos de su papá estaban acuosos, como a punto del llanto. Nunca supe lo que había pasado ahí dentro, pero pude intuirlo.

Me acerqué y saludé a los señores y abracé a mi amiga que se abalanzó fuerte contra mí. Me dijo que sus papás la llevarían a vacunar al día siguiente y que se iba a cortar el pelo y las uñas. Sentí pena por sus hermosas trenzas negras, pero me alegré de que Lupita seguiría yendo a clases.

Al día siguiente la maestra Aurora nos dio un sermón respecto del respeto, la tolerancia, la igualdad y otros valores. Nos dijo que al menos en su clase, todos éramos iguales y debíamos tener los mismos privilegios y las mismas responsabilidades. Cuando Lupita volvió, dos días después, la maestra nos puso a limpiar el salón y a decorarlo pues se acercaba el 15 de septiembre.

Sin embargo, durante el recreo, sólo yo y Miguel, otro niño, nos juntábamos con Lupita. El resto seguía viéndola con recelo, con desconfianza y, en el mejor de los casos, con curiosidad. Un día, Jessica, una niña rubia, alta, ojos verdes, se acercó a nosotros mientras comíamos nuestro lonche y me preguntó: ¿Por qué te juntas con esta piojosa? ¡Vente con nosotras!
No recuerdo bien cómo pasó, pero sí que sentí una furia y una lumbre que me subía a la cabeza desde el estómago. Le espeté un golpe en la nariz y un rodillazo en la panza. Recuerdo el hilo de sangre rojo sobre su blusa blanca. Llamaron a mi mamá y me expulsaron tres días. Ese fue el primer problema escolar en mi historial.

Poco a poco, los del salón fueron “aceptando” a Lupita. Ya la incluían en sus juegos, en sus equipos de trabajo e incluso a veces la invitaban a sus fiestas de cumpleaños.

Llegó la navidad de 1976. Hubo posada e intercambio de regalos. Lupita llevó su regalo para otra niña. Era una canastita con jarritos de barro que vendían en el mercado municipal. “Trastecitos”, les decíamos. A mí me encantó, pero a la niña que lo recibió, le pareció muy poca cosa. Vivíamos en la frontera y las barbies y los walkie talkies eran lo “cool”. La niña dejó su regalo en el salón y salió a jugar con los demás.  Lupita recibió una Barbie. 

Una muñeca rubia, esbelta, ojos claros, como Jessica. Una muñeca que no se parecía a ella en nada. La contempló extasiada, acariciándole el pelo largo y lacio y la metió en su flamante caja rosa. Estaba feliz. Jamás habría soñado tener una Barbie.

El tiempo pasó. Crecimos y tomamos distintos caminos. Nunca más volví a ver a Lupita o a saber de ella. Muchos años después, yo ya vivía en Mexicali, fuimos un verano a ver a la familia a Matamoros. En un restaurante muy conocido en Brownsville, se me acercó una muchacha morena, muy guapa y sonriendo me preguntó “¿Eres Tere? ¿Tere Padrón? ¿No me recuerdas? 
Soy Lupita, de la primaria Josefina Menchaca. Yo siempre te recuerdo. Estás igual que entonces”.

Fue como viajar en el tiempo en cuestión de minutos. Recordé cada detalle, cada juego, cada anécdota juntas. Recordé el día que le pegué a Jessica por defenderla y recordé la cara triste de sus padres. Nos abrazamos. Se sentó en nuestra mesa y durante el café hablamos largo y tendido. Era doctora. Había estudiado en la Autónoma de Monterrey. Trabajaba en el IMSS de Matamoros y aún era soltera, como yo en ese entonces.  Me dio mucho gusto verla después de tanto tiempo y que me recordara con cariño. Yo era una niña cuando la defendí, pero algo me decía que era lo justo, lo que debía hacer. Porque ella ilustra un caso excepcional. Lo común en México es que alguien como Lupita no llegue a concluir siquiera la educación media superior.  

Las comunidades rurales, la población indígena, las personas de tez oscura, ocupan casi siempre los estratos inferiores de la pirámide social.
Intercambiamos anécdotas, direcciones y teléfonos y prometimos estar en contacto y volver a vernos a la primera oportunidad. Se veía feliz, plena y realizada. Saludé a sus papás desde mi mesa con una reverencia y nos despedimos con un abrazo fuerte.

Con esta anécdota de mi infancia quise ilustrar un problema añejo en nuestra sociedad (y en casi todas las sociedades) y que en pleno siglo XXI sigue estando presente de formas inconcebibles: el de la discriminación.

México es racista, clasista y discriminatorio. Las personas que realizan los trabajos esenciales como la limpieza de nuestras calles, comúnmente son morenas, de rasgos autóctonos y siempre nos pasan desapercibidos. Quienes nos sirven en los restaurantes, en los supermercados, en los estacionamientos, también. Por no mencionar a las empleadas domésticas, quienes parecen encajar con un estereotipo bien difundido: morrenas, bajitas y de complexión gruesa.

En cambio, la publicidad promueve el modelo de belleza occidental en todos sus comerciales, salvo en los del gobierno, que difunden la ayuda social a los más desprotegidos. La televisión, el internet, el cine, y en fin, los medios masivos, usan como modelos a personas que poco tienen que ver con ese otro México, el de raíces indígenas, el México prehispánico, del que también somos parte. Y también del México de raíces negras, el cual es prácticamente desconocido.

Cito el boletín de prensa número 55 del CONAPRED (Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación) del 2019:
“Pese a que la mayoría de las personas tienen un tono de piel oscuro, sólo tres por ciento ocupa puestos de dirección.
En México, 20 por ciento de las personas con tono de piel oscura no cuentan con algún nivel de escolaridad. En contraste, la cifra baja a la mitad si se trata de tonalidades más claras, así lo demuestran los resultados del Módulo de Movilidad Social Intergeneracional del INEGI, 2017.
Siete de cada 10 personas en el país declaró tener un tono de piel oscuro; sin embargo, sólo 3 por ciento de ellas reporta tener puestos de dirección, en comparación con el 6 por ciento de personas con color de piel más clara que ocupan estos puestos, según la ENADIS 2017.
La misma encuesta afirma que 44 por ciento de las personas con un tono de piel más oscuro se desempeñan en la agricultura, la ganadería, la pesca y la caza, mientras que sólo la mitad (21 por ciento) de quienes tienen un tono de piel más claro se desempeñan en estas actividades.
Paradójicamente, la ENADIS 2017 señala que 93 por ciento de las personas de 18 años y más en México indica que no se justifica burlarse de alguien por su tono de piel. Sin embargo, los datos demuestran que sí existe una desventaja al tener un tono de piel más oscuro.”
Estos días, en que una pandemia desconocida, feroz y sumamente contagiosa nos cogió por sorpresa, atacando por igual a ricos y pobres, a blancos y morenos, en los cuales las manifestaciones en contra de los abusos policiales contra negros en Estados Unidos nos han sacudido, en los cuales la población en México está tan dividida políticamente, es más oportuno que nunca que volteemos hacia nosotros mismos.
Es loable ver marchar y protestar a cientos de mexicanos en contra del abuso, la tortura y la muerte de George Floyd a manos de la policía en Estados Unidos. Es encomiable también ver a miles de mujeres y hombres tomar las calles para exigir que se respeten sus derechos sexuales, reproductivos y de todo tipo. Es parte de la democracia y es nuestro derecho.
Pero también es doloroso ver que la violación a los derechos humanos y a las garantías individuales son prácticas comunes en nuestro propio país y entre nosotros mismos. Que la discriminación, la falta de oportunidades, la desigualdad es la regla y no la excepción en México. Y que eso no es de hace un par de años, sino que es algo muy arraigado en nuestra cultura.
Da vergüenza ver a unos cuantos privilegiados salir a protestar a Paseo de la Reforma en sus carros de lujo en contra de un gobierno que, nos guste o no, estemos de acuerdo o no, ganó legítimamente en las urnas y con una victoria apabullante.  Y da vergüenza verlos porque jamás los habíamos visto manifestarse. ¿Dónde estaban cuando las muertas de Juárez?, ¿Dónde estaban cuando Ayotzinapa? ¿Dónde cuando la marcha por la paz de Sicilia y Le Barón?
Ahora, cuando sus intereses se ven amenazados, cuando no se sienten seguros ni respaldados por “papá gobierno”, salen de sus mansiones bien amuralladas en la parte Noroeste de la Ciudad y alzan la voz contra un gobierno al que “no quieren”. Como niños caprichosos.
Yo no voté por López Obrador. No estoy de acuerdo con él en muchas cosas y no veo claro hacia dónde va ni cuál es su proyecto. Pero tampoco niego que su victoria aplastante sea el resultado de muchos sexenios de desigualdad, de abusos, de privilegios para unos cuantos y de miseria para muchos otros.
Everything is about color”, decía una pancarta en las protestas por el asesinato de George Floyd en Minnesota.  En México es igual. El Pantone con el que juzgamos a los demás va desde el café oscuro hasta el rubio pasando por muchas otras tonalidades. Esas tonalidades determinarán no sólo el grado de escolaridad de las personas, sino su acceso a una vida mejor en todos los sentidos.
Y mientras el color sea el que determine quién vive bien y quien no, mientras la brecha social entre quienes concentran grandes cantidades y quienes viven al día sea tan ancha, habrá muchas protestas y marchas diferentes. Pues las causas también son distintas. Unos marcharán por no perder sus privilegios y otros para exigir lo mínimo indispensable para una vida digna: agua, luz, gas y esas cosas que nosotros damos por sentadas.
La pandemia nos ha dado una lección de igualdad. Ha atacado a ricos y pobres casi sin distinción, también a jóvenes y a viejos. Sin embargo, los que han podido acceder a tratamientos rápidos y costosos siguen siendo unos cuantos. Otro indicador de la diferencia de clases en México.
Mientras haya un México clasista y racista que no ve o no quiere ver al otro México, al que sufre ese racismo, no habrá paz, ni seguridad, ni tranquilidad en el país. Porque mientras la discriminación por color de piel o por origen étnico determine la condición social de las personas, seguirá habiendo desigualdad, descontento social, violencia, crimen, inseguridad.
Por eso es que seguirá también habiendo marchas. Unas poco concurridas de la clase media y alta y otras multitudinarias, de los más desfavorecidos. En las primeras predominará el color blanco, en las segundas el moreno.

Teresa de Jesús Padrón Benavides
Ciudad de México, junio del 2020



viernes, 7 de febrero de 2020

Tía Mimí



And in the end, the love you take, is equal to the love you make
Beatles


La gran película de Orson Welles, Citizen Kane, retrata la vida de un magnate de la industria editorial que inició su carrera periodística como un idealista que apoyaba las causas sociales pero que se va degradando hasta convertirse en alguien que sólo está interesado en el poder y el dinero.  Kane tuvo todo lo que quiso y lo perdió al final y en su lecho de muerte, rodeado solamente de sus criados, exhala el último aliento pronunciando una palabra “Rosebud”, que era el nombre de un trineo que tuvo en su niñez, única etapa en la que fue realmente feliz.

No hablaré aquí de por qué es considerada una de las 10 mejores películas de todos los tiempos ni diré por qué continúa siendo motivo de discusión entre los cinéfilos y los críticos.
Sólo la quise traer a colación porque hoy soñé algo (fue más bien un recuerdo que llegó a través de un sueño) que me hizo reflexionar acerca del significado que tienen algunas cosas no por lo que cuestan, sino por lo valioso que son para nosotros.

Cuando era niña no había cosa que me hiciera más feliz que ver a mi tía Mimí, hermana menor de mi madre. Ella me adoraba y yo a ella. Permaneció soltera mucho tiempo por lo que sus sobrinas y sobrinos éramos blanco de sus regalos y de sus mimos pero a mí, no sé por qué, me tenía un cariño especial.

Durante un tiempo trabajó como secretaria en una oficina del gobierno municipal muy cerca de nuestra casa en el centro de la ciudad en Matamoros. Cuando salía de trabajar, a las cinco de la tarde, iba por mí y me llevaba a la plaza frente a la catedral y mientras yo daba vueltas alrededor del kiosko jugando con otros niños y niñas, ella no me quitaba el ojo de encima. Me cuidaba como lo más preciado del mundo. Al final me compraba algún helado o un “raspado” y nos íbamos caminando a mi casa.

Mi tía Mimí era conocida y querida por mucha gente. Recuerdo un día, sentadas en la banca de la plaza comiéndonos nuestro “cono de nieve” (así les decimos en mi tierra), se detuvieron varias personas a saludarla con mucha amabilidad y simpatía. Eso me llenaba de orgullo, que la gente quisiera a mi tía porque yo también la quería.
También me llevaba a las piñatas de las hijas o hijos de sus compañeros de trabajo, pues ella aún no se casaba y no había tenido hijos. 

Cierta vez, llegó por mi muy arreglada porque íbamos a la fiesta nada más y nada menos que del hijo de su jefe. Ya traía el regalo envuelto, así que yo no pude ver qué era. El niño cumplía 8 años, la misma edad que yo tenía, así que supuse que sería alguno de los juguetes que nos gustaban a los de nuestra edad. Al llegar a la casa (muy grande y muy bonita, por cierto), nos hicieron pasar al jardín trasero, pues allá sería la fiesta. Ya había algunos niños y yo me fui a jugar con ellos. Después de partir la piñata, de jugar a “póngale la cola al burro”, a las sillas y a mil cosas más, llegó el momento de abrir los regalos.

Yo estaba ansiosa por ver qué era lo que mi tía Mimí había comprado para el niño, así que me acomodé frente a todos los demás. Después de abrir cajas con “G.I. Joe’s”, “Walkie Talkies” y no sé qué tantas cosas más, llegó el turno de nuestro regalo.  Eran una capa y una máscara de “Blue Demon”, el luchador que los niños más amaban (junto con el Santo).

Yo pensé que al niño se le haría muy poca cosa nuestro regalo, pero cuál fue mi sorpresa al ver su cara de emoción y buscar a la niña o al niño que se lo había dado. Mi tía me dijo que me acercara y le dijera que yo había sido, aunque me dio un poco de pena, pues en realidad yo no había tenido nada qué ver. Me abrazó y me dio las gracias con una gran sonrisa.
De inmediato se convirtió en “Blue Demon” y retó los otros niños a subir a un “ring” improvisado que en realidad era una tarima donde había actuado el mago de la fiesta. Los otros regalos quedaron sobre la mesa y todos nos unimos al gran juego de las luchas.

Mi tía Mimí no era rica, pero siempre fue generosa con todos. Y sabía bien que para hacer feliz a alguien no hace falta gastar mucho, sino dar de corazón. Siempre compartía con los demás lo que tenía incluso si eso significaba quedarse sin nada. “Dios proveerá”, solía decir.
He tenido el placer de comer y beber en lugares lujosos, incluso del otro lado del Atlántico, pero si me preguntan, daría lo que fuera por volver a probar su sopita de fideos con pescuecitos de pollo. Es lo más delicioso que he comido en mi vida, porque ella me lo hacía con amor y alegría.

Mi tía Mimí se casó, tuvo sus hijos y se cambió un poco más lejos de nuestra casa, pero eso no impidió que siguiera consintiéndome y queriéndome como antes de ser madre. Murió cuando yo ya estaba casada y en su última carta (nunca dejamos de escribirnos) me preguntaba por mi vida, por mi esposo y por la Ciudad de México. Me daba las gracias por mi tarjeta de cumpleaños (el 10 de julio era su cumpleaños) y me contaba de sus nietos con mucho entusiasmo.

Hoy la he recordado a través de un sueño y juro por Dios que me desperté oliendo su deliciosa sopa de fideos con pescuecitos y viendo su sonrisa de satisfacción al ver que dejaba limpio el plato y pedía un poco más.
Si tan solo pudiésemos apreciar a las personas más que a las cosas y atesorar lo sencillo de la vida, que es lo más valioso, nadie moriría ni mataría por tener más que los demás.  Porque a final de nuestra vida, no importa cuántas cosas materiales hayamos acumulado, como dicen los Beatles, el amor que dimos, será igual al amor que nos llevaremos.


Teresa de Jesús Padrón Benavides, Ciudad de México, febrero del 2020.

lunes, 11 de noviembre de 2019

El hombre que ríe



“El peor lado de la enfermedad mental es que la gente espera que te portes como si no la tuvieras”, escribe Arthur Fleck en su diario. La demencia de la sociedad actual reflejada en un solo individuo.  La locura social, la histeria colectiva, la psicosis contemporánea, el absurdo de la vida, encarnados en un “hombre sin rostro”, en un paria, en uno de los millones de seres que nacen y mueren sin que alguien los vea.
Joker es una película perturbadora, desagradable, triste y cruel de principio a fin porque nos devuelve lo peor de nosotros mismos como sociedad y porque nos muestra el peor rostro de un sistema que excluye a los más desfavorecidos y les niega los servicios básicos no sólo de salud, sino de oportunidades, de trabajo, de educación, y que son quienes padecen la mayoría de los trastornos mentales justo por su condición social.
Arthur Fleck es un personaje trágico que padece PBA, (Desorden pseudo bulbar), una enfermedad emocional que se caracteriza por episodios incontrolables de risa o de llanto y que tiene su origen en la corteza cerebral muchas veces a causa de lesión cerebral o de algún padecimiento neurológico. A diferencia de la depresión, en donde el llanto o la risa son señales típicas de tristeza o de euforia, en el PBA estos episodios ocurren repentinamente y sin causa aparente. Otra diferencia es que la depresión suele ser un estado permanente o duradero mientras que el PBA se presenta en episodios breves.
Arthur Fleck tiene motivos de sobra para estar enojado con quienes ostentan el poder, sin embargo no lo está, sino hasta el final de la película. Él es un hombre enfermo cuya única ilusión consiste en hacer reír a las personas, en ser un comediante. Él cuida de su madre anciana mientras trabaja en lo único que puede hacer debido a su condición: de payaso de calle para una agencia de cuarta que explota a quienes como él, están incapacitados para realizar otro tipo de trabajo. Pero a diferencia de sus colegas de la agencia, él sí disfruta haciendo reía a los demás, sobre todo a los niños enfermos de cáncer en los hospitales. Él y su madre ven juntos cada noche a su comediante favorito y ríen como niños con sus bromas y sus chistes.
Pero hay de bromas a bromas y una cosa es bromear o hacer un chiste de mal gusto y otra muy distinta es la burla, el escarnio, la mofa y la humillación  hacia los demás a partir de sus defectos físicos, de sus enfermedades o de su condición social. Y eso es justamente lo que Arthur no puede tolerar. La crueldad ejercida no sólo por los ricos, los famosos o los influyentes, sino también por quienes son como él, los marginados sociales, los que se regodean y disfrutan haciendo el mal por el mal, pues su frustración los empuja a ello. Incapaces de sobresalir, de salir de su condición, recurren a la violencia y a la crueldad como válvula de escape.
Desde la primera escena, vestido de payaso afuera de una tienda, vemos cómo es víctima de un grupo de muchachos que le quitan el letrero que porta y hacen que los persiga hasta un callejón donde le propinan una cruel golpiza y lo dejan tirado entre las ratas y la basura (que por cierto son mencionadas como un problema de la ciudad desde el principio de la cinta, tal vez como metáfora de la podredumbre social).
Luego sufre otra golpiza en el metro por parte de tres hombres (estos de clase media), que intentan abusar de una muchacha mientras él sufre de uno de sus ataques sorpresivos de risa, tal vez causado por la situación estresante del momento. A estos los mata a sangre fría con un arma que le ofrece un compañero de trabajo para “defenderse” y la cual él acepta no de muy buena gana. A partir de ese hecho, se convierte (sin proponérselo), en la inspiración de protestas y disturbios de las clases oprimidas contra el gobierno y las clases altas, quienes toman las calles violentamente con las caras cubiertas con máscaras de payaso y causando destrozos y caos a su paso.
Después continúa sufriendo una serie de infortunios, como el hecho de descubrir que es hijo adoptivo y que, además, sufrió abuso y maltrato infantil por parte de su madre y su padrastro, recuerdos dolorosos que ha tratado de reprimir y que tal vez sean los responsables de su condición mental y de su risa espontánea e involuntaria.
Sin embargo, no podemos ver ni la película ni a su personaje principal sólo con un sesgo de denuncia social o moral contra un sistema que margina y aliena a las personas, aunque no podemos negar que Joker sea no víctima pero sí, en gran medida, producto de de ese sistema.
Lo fascinante e inquietante es que el personaje no puede escindirse de la historia. La historia es el personaje. Y no es el clásico villano que se presenta como la encarnación del mal. No. La historia es narrada totalmente desde la perspectiva de Arthur, con quien llegamos a simpatizar casi de inmediato, pues a través de él, de su vida, de sus experiencias y diálogos, de lo que escribe en su diario, llegamos a conocerlo, a compenetrar con él, a comprender por qué termina actuando como lo hace y aunque no aceptemos que se convierta en criminal, aunque no le quitemos responsabilidad por sus actos ni lo eximamos de culpa, tampoco podemos negar que todos hemos creado el ambiente perfecto para que alguien como él pueda surgir. La mofa, la burla, el escarnio, la humillación, tan característicos de nuestra sociedad, son el caldo de cultivo perfecto para engendrar seres como Arthur Fleck y eso es justamente lo que incomoda de la película.
Joker es el personaje que encarna todo aquello que queremos negar de nosotros mismos, de lo que hemos hecho como sociedad, pero que tarde o temprano estalla en nuestra propia cara y nos devuelve al monstruo que todos llevamos dentro y que puede llegar a convertirse en el ídolo de los parias, de los sin rostro, de los que nunca han importado.
Lo peligroso de Joker es que pasa de ser un enfermo mental a un asesino serial inmisericorde y que, a pesar de ello, se vuelve figura de culto para muchos que ven en él, en sus acciones y en su “ascenso”, al líder que habían estado esperando para finalmente hacerse notar, para ser escuchados y tomados en cuenta.
Sin embargo, la historia de Arthur Fleck no es la de su ascenso, sino la de su caída. Él comienza siendo un hombre bueno. Es trabajador, hace reír a los niños enfermos, cuida a su madre anciana, sigue al pie de la letra su tratamiento psiquiátrico. Sin embargo, el mundo lo ha “golpeado” literalmente muchas veces y de manera cruel. La gente lo ha tratado muy mal y de muchas maneras.
Si la violencia de Arthur nos resulta catártica a veces, es porque hemos visto cómo el mundo lo ha tratado, no porque sus acciones sean loables. Él sólo ha creado un caos mayor dentro de un mundo ya de por sí caótico, violento e indiferente al sufrimiento de los demás. Pero este es "su" caos, y este caos sí le agrada, sí le complace, pues a través de él puede ppr fín ser visto. Joker es un chivo expiatorio de todos los males que nos afectan como sociedad. Él no es más que el espejo donde vemos reflejado el rostro de los asesinos seriales, de los atacantes masivos, de los sicópatas que no son otra cosa sino producto del modo de vida consumista y absurdo que excluye a millones y que los margina a la oscuridad absoluta.
Más allá de todo análisis del personaje, creo que la película podría ser un instrumento o más bien, un medio para poner sobre la mesa de discusión las causas de las enfermedades mentales. No sólo las genéticas, sino las sociales. Podría ser utilizada para analizar el origen de esta problemática social que afecta a miles de personas y que las señala y las margina negándoles tratamiento médico por su condición social, lo que muchas veces desemboca en atrocidades como las que comete Arthur Fleck. También para revisar, como sociedad, nuestros estándares de lo que se considera "normal" o "anormal", pues muchas veces nuestros prejuicios nos impiden juzgar imparcialmente a las personas y lo hacemos sólo a partir de su aspecto o condición social.

La violencia es real, los crímenes en el mundo son reales y Joker es sólo una película inspirada en un personaje de cómic, pero bien podría ser el catalizador para empezar a atender las causas y los orígenes de la violencia y para cambiar radicalmente nuestra forma de actuar en sociedad ayudando a integrar a personas como Arthur Fleck en vez de marginarlas, rechazarlas y señalarlas como responsables de todos los males del mundo cuando en realidad todos sabemos que son sólo la coartada perfecta de los verdaderos malos. Y eso no es una broma.

Teresa Padrón, otoño del 2019

sábado, 5 de octubre de 2019

Siete historias verdaderas de una niña de cincuenta



I
En la fotografía debo tener nueve años pues atrás, un poco borrosa, se alcanza a distinguir la fecha: diciembre de 1976. Estoy sentada en las piernas de Santa Claus. Creo que es durante la inauguración de un centro comercial en Brownsville. Traigo un sweater verde con un carro bordado, regalo de mi madrina de bautizo. Santa apunta hacia la cámara con su dedo índice gordo y rojo como él y me dice que sonría. Yo no quiero sonreír. No tengo ganas ni motivos. Esa será la tercera navidad sin papá y eso no es motivo de alegría. Cuando la señorita de la foto se cansó de esperar mi sonrisa, disparó su cámara instantánea y salió la foto.
Y así salgo. Una niña triste y enojada en las piernas de un Santa Claus gordo y sonriente. No recuerdo si le pedí algo especial, pero sí que me dio un caramelo rojiblanco en forma de bastón para colgar en nuestro árbol. Me lo comí enseguida y me fui con mamá a seguir las compras navideñas.
Cuando por fin salimos de aquel enorme y ruidoso lugar lleno de gente, de luces y de cosas, había caído la tarde y un viento helado traía el olor del mar.
Al subir al carro mamá encendió la radio, prendió un cigarro y canturreó junto a Javier Solís, “Mar, se me fue, dijo adiós en su azul lejanía…”  Alcancé a ver sus lágrimas a través del espejo retrovisor pero me hice la despistada y me quedé dormida en el asiento trasero.
Al llegar a casa ya había anochecido. Mamá sonó el claxon y mis hermanos salieron corriendo a ayudar con las compras. Al entrar, toda la casa olía a pino y eso me alegró un poco. Le pedí a mamá dejarme dormir en la sala porque me gustaba ver las lucecitas de colores del árbol en la oscuridad y aspirar el olor a pino. Además, el nacimiento iluminado, con el pesebre, los animales, los pastores, José y María, me hacían pensar en la familia. En la mía y en todas las demás y eso me tranquilizaba.
Esa noche soñé con papá. Con que esta vez sí llegaría a casa en Navidad para cenar con nosotros y quedarnos en la sala con las luces apagadas y sólo el árbol encendido hasta que el sueño nos venciera y abrir juntos los regalos tempranito. Soñé con él y con mamá juntos en la cama y yo en medio de ellos.
Cuando desperté fui a la cocina y vi a mamá sola en la mesa, tomando café y llorando de nuevo con la radio. Esta vez se oía “Diciembre me gustó pa que te vayas, que sea tu cruel adiós mi Navidad...”
Cuando se percató que yo estaba ahí, se secó las lágrimas y me preguntó “¿Se te antojan unos hot cakes?” Y me dio un beso tronado en el cachete.
Entonces entendí, a mis cortos nueve años, que papá ya no vivía en casa y que a partir de entonces, en las navidades, seríamos sólo nosotros cuatro. Respondí “Sí, quiero dos con mucha miel y mantequilla”.

II

Recuerdo bien ese día. Hacía un viento fuerte y frío pero el sol brillaba.  Iba con mamá en su Ford Falcon por la carretera. Atrás habíamos dejado la ciudad y sólo se veían los campos sembrados y una que otra casita de madera. Al llegar al puesto de revisión, reconocí a papá desde lejos con su uniforme azul de lana y su gorra con el escudo metálico que brilló con el sol de mediodía.
Apuró el paso hasta nuestro carro, se metió y dio un portazo tan fuerte que me hizo saltar de mi asiento. No dijo nada. Sólo sacó unos billetes de la bolsa de su abrigo y se los dio a mamá. A mí me dio unas cuantas monedas y me dijo que bajara con él a buscar al “conejo de Pascua” que ahí, en el monte, entre los arbustos y matorrales, a un lado de la carretera, me había dejado una canasta con huevos de dulce y un regalo.
Corrí por entre la hierba y alcancé a distinguir algo amarillo detrás de un mezquite. “Ahí se ve algo”, grité. “Corre a ver qué es”, dijo papá. Era un pato de peluche gigantesco, amarillo, con chaleco y gorra a cuadros. Junto a él había una canasta también llena de huevos de chocolate y de dulce y también había huevos de verdad, pintados a mano con dibujos que, (sospechosamente), se parecían a los que me hacía mamá.
Cogí el enorme pato y papá la canasta. Volvimos corriendo al carro donde mamá fumaba con la ventana abierta. Me sonrió a través del vidrio del lado del copiloto. Era una sonrisa triste y forzada.
Besé a papá, subí mis cosas y nos fuimos yo y mamá de vuelta a casa. Por el camino cayó una ligera llovizna y una parvada de patos silvestres cruzó el cielo con dirección al sur. Mamá dijo “Se va a venir el norte otra vez. Son las últimas heladas del año”. Yo dije que sí sin dejar de contemplar a mi pato enorme sentado junto a mí, sonriéndome.

III
El invierno de 1976 debió ser uno de los más tristes de mi vida. Lloviznó durante casi dos meses y el frío se sintió como nunca antes. Debíamos permanecer encerrados en casa casi todo el tiempo y el tedio era insoportable.
Estaba en quinto grado y lo que más me dolía era la suspensión de las clases pues lo único que me alegraba un poco en esos días era ver a mis amigos de la escuela. La sola cosa que me consolaba era un radio de transistores “Soundesign” regalo de mi abuela. Todas las noches lo sintonizaba en “KRIO”, una estación de radio de McAllen. Las canciones de moda eran Just  The Way You Are de Billy Joel y Silly Love Songs de Paul Mc Cartney.  Esas y otras “canciones tontas de amor” me daban un poco de alegría durante aquel triste invierno.
Cuando por fin salió el sol, ya era primavera y sólo volví a clases durante unos días antes de las vacaciones de semana santa. Presumí con mis amigos mi radio y ellos conmigo sus regalos. Dante, cuya madre acababa de morir, me enseñó su reloj Casio digital a prueba de agua y Nely sus “walkie-talkies” que alcanzaban a escucharse a cien metros de distancia.
Durante el recreo, Dante me habló de su mamá muerta y de cuánto la echaba de menos. Yo le hablé de mi papá vivo y de cuánto lo echaba de menos. Compartimos nuestro sándwich, nos secamos las lágrimas y nos fuimos a jugar con los demás a “la roña”.

IV

Conocí el dolor verdadero por primera vez a los ocho años. Fue una tarde calurosa de verano mientras me bañaba. Mi hermano llegó a la casa corriendo y gritando que habían atropellado a nuestro perro Duque.
Recuerdo claramente que salí del baño sin y sin secarme, me puse el uniforme rojo que acababa de quitarme. Chorreando agua y descalza, quemándome los pies, corrí a toda prisa hasta el lugar de la tragedia. Mis lágrimas corrían por mi cara y se mezclaban con el agua que caía de mi pelo aún mojado.
Al llegar, muchos niños y algunos adultos rodeaban el cuerpo inerte de mi perro tirado a media calle.  Todos en el barrio lo querían. Era famoso por haberse enfrentado a los perros más bravos y haberlos vencido. Su cuerpo café y peludo tenía varias heridas de batalla.
Al ver sus ojos aún abiertos y sin vida, solté un grito de dolor que debió haberse escuchado hasta el Cielo. Mi hermano lo cogió en sus brazos y lo llevamos a la casa. Yo no quería escuchar ni ver a nadie. Sólo quería a mi perro. Lo quería de vuelta, vivo y jugando con los de mi cuadra. Lo quería saliendo a encontrarme al volver de la escuela. Lo quería echado en el porche con la vista atenta hacia la calle, cuidándonos. Nunca supe dónde lo enterraron mis hermanos. No quise saberlo. Tal vez fue en el patio de la casa. 
Pasaron los días y uno de esos, al volver de clases, mamá me pidió meter la ropa tendida en el patio. Escuché un ladrido familiar. Juro que lo vi. Juro que era él. Sentí su cola tibia acariciar mi pierna y al mirar abajo vi sus ojos tristes y sus dientes blancos como cuando me pedía abrir el portón para salir corriendo a la calle.
Desde entonces lo veo en cada perro que he tenido. Es mi Duque, encarnado en muchas razas.

V
Para una niña triste y enojada con la vida, su bicicleta representa su máximo tesoro. Yo tuve una “banana” azul marino que quería como a ninguna otra de mis cosas. Con ella recorría las calles de mi barrio a toda velocidad sin rumbo fijo. Con ella iba a los “mandados”, con ella jugaba carreritas con otros niños y casi siempre les ganaba. Mi bici y yo fuimos cómplices de cientos de aventuras que sólo nosotros conocimos.
Recuerdo un día de invierno, soleado pero frío. El ambiente en mi casa era tenso y yo no quería estar ahí. Cogí mi papalote y lo eché en la canasta de mi bici. Me aventuré a más de diez cuadras hasta llegar al bordo que sirve de muro de contención al Río Bravo.
La ocasión era perfecta para volar papalote. El viento del este soplaba ligero y alto. Corrí hacia adelante sujetando el carril y soltando el hilo poco a poco hasta que lo vi elevarse por los aires, un romboide amarillo y brillante. Precioso.
Lo contemplé, absorta, durante un largo rato y sentí cómo me balanceaba  suavemente a su vaivén. Era lo más parecido a la libertad que había conocido hasta entonces.  Jalé del hilo lentamente mientras lo enrollaba en el carrete. Volví a casa en mi bici, sin prisa y sin pensar en el regaño de mamá. La sensación de paz y libertad de aquel día permaneció conmigo mucho tiempo.

VI
Todo niño lleva en su memoria, además de un perro, un árbol. En el patio de mi casa, justo en el centro, había un árbol enorme (al menos así me lo parecía a mí a los nueve años). En él, mi abuelo me había construido un columpio con cuerdas y una tabla a la que le hizo dos cortes a ambos lados para que sirviera de asiento. También en ese árbol mis hermanos construyeron una especie de casa entre sus brazos, justo al centro.
Ahí trepaba yo cada vez que quería huir de los demás.  Me subía hasta lo más alto y me ocultaba entre sus ramas. Disfrutaba contemplar el mundo desde arriba pero más placer aún sentía al oír que gritaban mi nombre y maldecían por no hallarme.
Varias veces, escondida entre las ramas de mi árbol, puede ver a polluelos en su nido y a su madre traerles un gusano en el pico. Varias veces también tuve que bajar a toda prisa mordida por las hormigas o picada por las abejas. Muchas veces dormí ahí la siesta, sobre las tablas que mis hermanos habían puesto. Me arrullaban las hojas mecidas por el viento.
Amaba ese árbol y ceo que él a mí. Fue lo único que realmente eché de menos cuando vendimos la casa y nos fuimos lejos. Hasta hoy, cada vez que sueño con mi casa de infancia, lo único con lo que sueño es ese árbol amigo que tantas veces me acogió entre sus ramas cuando quería ahuyentar la soledad y la tristeza.

VII
Perdí a mi mejor amigo de la infancia a los once años. Lo atropelló un carro mientras tronaba cohetes con sus amigos en la Nochebuena de 1978. Unos meses antes, nos habíamos despedido llorando pues yo me iba a vivir a otra ciudad con mi familia. Quién iba a decir que aquella sería la última vez que nos veríamos.
Se llamaba Ramón. Era un niño menudito, muy blanco y de pelo muy corto, casi a rape. Era, como yo, el más chico de su casa. Sus papás y sus hermanos lo adoraban. Era la alegría de la familia.
Sus papás eran los dueños de la tienda de la esquina y muchas veces me invitaba alguna golosina. Yo pensaba en lo afortunado que era Ramón de tener su propia tienda y comer lo que se le antojara y cuando se le antojara.
En el patio de su casa, donde a veces jugábamos, había gallos y gallinas que nos correteaban. También tenía un perro corriente “Fermín”, que no dejaba a nadie acercarse a la casa pero que a nosotros no nos hacía nada.
Él iba a una escuela y yo a otra pero al salir de la mía, debía pasar por la suya y ahí estaba siempre esperándome para volver juntos a casa. Las últimas cuadras jugábamos carreras. Yo siempre ganaba, pero creo que es porque él me daba la ventaja. Al llegar a la esquina, donde estaba la tienda de sus padres, me regalaba una paleta de hielo. Nos despedíamos y yo seguía una cuadra más hasta mi casa.
Después de la comida y de la siesta, llegaba a buscarme. Siempre a las cinco en punto. Yo aún no terminaba la tarea y él se ofrecía a ayudarme para salir a jugar cuanto antes. Pasábamos el resto de la tarde junto a los otros niños de la cuadra jugando hasta cansarnos.
Al crepúsculo se escuchaba la voz de su mamá gritar “Ramón” y él se despedía y corría a toda prisa hasta su casa. Yo me quedaba siempre un rato más hasta que oía a mamá también llamándome.
Yo no sé qué se lleva uno de esta vida al morir siendo aún niño. Sólo espero que él me recuerde y que aún quiera jugar conmigo y ser mi amigo allá en el Paraíso.

Teresa Padrón Benavides, Ciudad de México. 5 de octubre de 2019.


miércoles, 25 de septiembre de 2019

El lenguaje crea mundos


En el principio creó Dios los cielos y la tierra.
 Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo,
Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.
Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz."
Génesis 1, 1:5

Hay quienes afirman que el lenguaje que utilizamos moldea nuestra percepción de la realidad, como el filósofo Hector Islas Azaïs. Yo coincido con él.

Basta dar una breve caminata por las calles de nuestra ciudad o asistir a un restaurante o a cualquier lugar público para darnos una idea de cómo habla la gente y de qué habla. La mayoría de las personas hablan de temas triviales, irrelevantes como el nuevo celular, el último partido de futbol de tal o cual equipo, el trabajo en la oficina, la marca de coche de moda, lo que comieron ayer en tal o cual restaurante, la fiesta de la noche anterior y cómo acabó en pleito, o los chismes y escándalos de Facebook.

Además de estos temas limitados y sin importancia, el lenguaje que utilizan para hablar de ellos es vulgar, soez o, en el mejor de los casos, vacío, hueco, insulso.

Nadie, o acaso muy pocas personas, van inmersos en un buen libro o en una conversación “real”, es decir, interesante, que aporte a quien la escucha no sólo información, sino aprendizaje. Y si no es así es justamente porque la vida que llevan la mayoría de las personas es así, irrelevante, carente de ideas, de pasión, de acción, de aprendizaje y de crecimiento.

Incluso entre quienes se auto denominan poetas o escritores, académicos o profesores, escasean los temas de conversación relevantes, esos sobre los cuales todos deberíamos estar discutiendo, no sólo para demostrar que sabemos de ellos, sino para nutrirnos, retroalimentarnos, aportar soluciones, ideas y propuestas.

El mundo es un lugar demasiado interesante, inaprensible, sorpresivo y asombroso y nuestro lenguaje debería ser, o al menos intentar ser, un reflejo de éste. Si no lo es, es porque no apreciamos la vida en su justa dimensión. Hemos perdido la capacidad de asombro, el candor y la sencillez para dejarnos cautivar por la belleza que nos rodea, por los amaneceres y atardeceres, por el paisaje, por las criaturas que habitan este maravilloso e irrepetible planeta, no sólo las humanas, sino las de todas las otras especies animales y vegetales.

A cambio de eso, vivimos inmersos en mundos virtuales, fríos e inhóspitos, gastamos el tiempo en recorrer grandes distancias en nuestros carros para ir de un sitio a otro, desperdiciamos la vida dentro de oficinas o centros comerciales que nos ofrecen una ilusión de lo que es la felicidad. Nuestras relaciones son también frías, distantes, no nos comprometen a nada porque evadimos sentir apegos, pues no queremos subyugar nuestra voluntad a la de nadie más.

Pero si no nos involucramos realmente con las personas, si no nos “apegamos” a ellas, nuestra vida se vuelve superficial, carente de pasión, hueca y gris. Y una vida así no es la que corresponde a los buenos artistas, escritores, poetas, músicos. Nuestro “arte” no pasará de ser un reflejo de esa misma vida sin chiste que llevamos y si acaso provocará reacciones igualmente superficiales en las redes sociales o elogios de los tontos e ignorantes.

Para que el lenguaje recupere su riqueza expresiva debe reflejar una vida igualmente rica y esta sólo es posible en la medida en que nos alejemos más de lo virtual y nos atrevamos a vivir realmente, con todo lo que ello conlleva. La lectura, las artes, la cultura, la filosofía, pero también la vida cotidiana, que es la que más nos enriquece. Las relaciones “profundas” con la gente y no sólo en la superficie. El coraje para afirmar “yo amo a tal o cual persona y en ello me va la vida”. El valor para aceptar que uno pertenece a tal o cual partido político, a tal o cual religión, que uno comulga con tales o cuales ideas, que a uno le gusta tal o cual género literario o musical y defenderlo con argumentos válidos y convincentes.
Para que el lenguaje sea rico, nuestro mundo también debe serlo. La literatura, la música, la pintura, el arte en general, no debiera ser la excepción sino la regla en nuestras vidas. Debemos aprender a apreciarlo, a pagar por él, a concederle valor para que se vuelva algo valioso en nuestra empobrecida vida. Pero si el lenguaje artístico no se distingue en absoluto del común y corriente, ¿qué valor artístico tiene? Si el lenguaje poético se contamina de los modismos, vulgaridades y estupideces del lenguaje común y corriente, carece de valor, pues entonces cualquiera puede decirse a sí mismo “poeta”.

Y los grandes poetas, como los grandes escritores, lo son porque han sido toda su vida asiduos lectores de poesía y de literatura. Lo son porque han cultivado el arte del verso o de la prosa a través de horas de desvelo leyendo y releyendo a los clásicos de todas las culturas. Pero también porque han llevado su poesía o su literatura al terreno de lo cotidiano y han logrado ver la belleza en todo lo que les rodea.

El lenguaje debe servir también para protestar, para levantar la voz contra lo que consideramos injusto o terrible, para dejar claro que no estamos de acuerdo con todo y que no todo se vale, e incluso las groserías que son las mejores palabras que podemos usar en estos casos, deben estar cargadas de rabia sí, pero también de significado. “Que chingue a su madre el presidente y su séquito”, por ejemplo, o “Mueran los hijos de puta criminales y políticos corruptos”. Son dos frases o consignas que se me ocurren en este momento aciago que estamos viviendo. Incluso frases como esta, deben brotar desde la pasión, el coraje y el conocimiento de causa para que surtan el efecto esperado.

Hoy ni siquiera nos atrevemos a hablar así. Vivimos al margen de los problemas sociales, al margen de la política, en nuestra zona de confort, importándonos sólo a nosotros mismos y a nuestro miserable mundo. Y también por eso nuestro lenguaje se pobre.

El lenguaje crea mundos y si nuestro mundo es pobre, hostil, ignorante y aburrido, es, en gran medida, por la forma en que nos expresamos, por las palabras que utilizamos a diario, por los temas de conversación que tenemos, en fin, porque nos falta valor para atrevernos a hablar de lo realmente importante, de aquello que nos compromete y nos deja muchas veces al descubierto, desprotegidos ante la mirada crítica o el juicio de los demás, y no queremos mostrarnos al desnudo ante nadie, pues eso nos hace vulnerables y querremos seguir dando al mundo la idea de que somos “chingones”, independientes, dueños de nosotros mismos, cuando en realidad vivimos a merced de la opinión de los demás.

El lenguaje crea mundos pero el mundo en que vivimos también crea el lenguaje que usamos para aprehenderlo. Es decir, en la medida en que nuestro lenguaje se enriquezca con palabras llenas de contenido, de significado, de valor, nuestro mundo adquirirá también significado, sentido y se volverá mucho más valioso no sólo para nosotros, sino para todos aquellos con quienes lo compartimos.

Palabras como “amor”, “ternura”, “fe”, “confianza”, “temor”, “dolor”, “muerte”, “vida”, “Dios”, “ayuda”, “amistad”, “necesario”, “justicia”, “gracias”, “perdón”, etcétera, deben volver a estar presentes en nuestro lenguaje común pero deben representar realmente lo que dicen y para que así sea, nuestro mundo debe volverse un lugar en donde prevalezcan esas palabras y en donde nombren la realidad que nos circunde.

Rivka Jaya
Ciudad de México, 25 de Elul, 5779 (Septiembre 25, 2019)


miércoles, 3 de julio de 2019

Pesar



Cuando por fin pudo levantarse de la cama sentía la cabeza como un mazo de plomo pegado al cuello. Sus pies hinchados y amoratados, le hicieron recordar que hacía varios días no tenía su medicina y que debía agendar una cita con su médico para que se le diera y le hiciera su chequeo de rutina.

Encendió la radio para el noticiero que estaba a punto de terminar pues eran casi las siete. Puso la cafetera eléctrica y mientras el café colaba se duchó con agua casi fría. Se preparó avena, pan tostado y mantequilla y le dio algunos sorbos al café. Se cepilló los dientes, cogió su sombrero y su bastón y al cuarto para las ocho salió de su casa.

Apenas tendría tiempo de llegar a la oficina  donde cada mes hacía una larga fila junto a cientos de jubilados para recibir su pensión. Mientras esperaba el autobús, sintió un leve calambre recorrerle el cuerpo desde la parte trasera del cuello hasta la pantorrilla derecha. No le prestó atención. Subió al autobús y llegó justo a tiempo a la oficina donde la fila serpenteaba hasta doblar la esquina del edificio. Dio los buenos días y saludó a algunos conocidos con quienes se reunía una o dos veces por semana a jugar dominó y tomar café.

El sol caía a plomo a las nueve de la mañana y aún había más de 20 personas adelante suyo. Sacó de su bolsa reciclable un periódico de hacía una semana y le dio algunos tragos a la botella de agua que había sacado del refrigerador antes de irse. Entre las noticias que no había tenido tiempo de leer vio una que decía: “A partir del 15 de agosto los adultos mayores, jubilados y pensionados podrán cobrar su pensión en cualquier institución bancaria presentando su credencial vigente o cualquier identificación oficial con fotografía”.

Se alegró de la noticia aunque él preferiría seguir viniendo a la oficina de pensiones porque era la única ocasión que tenía de ver a algunos de sus conocidos, de hablar con gente de su edad y de ver a la señora Lupita. Lupita era viuda de un ex agente de aduanas y vivía sola. Sus únicos dos hijos habían emigrado a Estados Unidos hacía años y casi no los veía. Era una señora de unos setenta años, menudita y con el pelo rizado teñido de un rojo bugambilia que la hacía sobresalir de entre el resto de las señoras en la fila.

Esa mañana llevaba un vestido de flores rojas que hacían juego con su cabello. Traía unas arracadas doradas y zapatillas también rojas. A él le pareció más guapa que nunca. Estaba formada a unos ocho lugares antes que él y lo saludó con una inclinación de cabeza y una sonrisa. Él sintió que algo le subía desde el estómago y sintió agolpársele la sangre en las sienes.

De pronto la perdió de vista pues ella ya estaba en el mostrador cobrando su dinero. Se despidió de la cajera y de algunas de sus amigas y él la vio alejarse por la banqueta sin voltear. Cuando al fin llegó su turno cobró rápidamente su dinero y sin decir adiós a nadie apresuró el paso hacia la parada de autobús que Lupita tomaba con la esperanza de alcanzarla. Ahí estaba. Su bolso grande, su pelo rojo y sus lentes oscuros a la moda, la hacían parecer mucho más joven de lo que era.

La saludó de nuevo, esta vez de mano. Le preguntó a dónde iba. Ella le respondió que debía hacer algunos pagos y comprar algunas cosas antes de regresar a su casa. Él se ofreció a acompañarla. Ella aceptó. Una vez sentados en el autobús, hablaron un poco de todo. Del calor, de la carestía, de la inseguridad, de la familia. Al llegar a ese punto, Lupita guardó silencio durante unos minutos y en la comisura de sus labios se notó un rictus de dolor. Él le preguntó si se sentía mal. Ella dijo, a secas “es un pesar que tengo, pero es sólo mío” y volvió a callar durante el resto del viaje.

Al llegar a su destino, él la tomó del brazo para ayudarla a bajar y por descuido, se olvidó el bastón en el camión. La acompañó a hacer sus cosas y ella, como cortesía, le invitó un helado que él aceptó de mil maravillas. Sentados frente a frente en las pequeñas mesitas del área de comidas del centro comercial se sintieron más en confianza, intercambiaron bromas y hasta se rieron de los defectos de algunos de los otros pensionados.


A la una en punto ella dijo que era hora de volver a casa. Había que hacer la comida y limpiar un poco. Él estuvo de acuerdo. Él también tenía sus pendientes. Le preguntó si alguien la esperaba en casa y ella le respondió que sí. Además de sus dos perros, un gato y sus plantas, Lupita tenía en casa a su hermano mayor, ciego y paralítico. Había perdido la vista después de años trabajando en un taller de soldadura y la movilidad de sus piernas por un accidente.

Ella lo aseaba, lo alimentaba, lo sacaba a dar pequeños paseos por el parque cercano a su casa y le leía fragmentos de la Biblia por las noches. Cuando debía salir, le dejaba encendida la televisión para que escuchara las noticias y no se sintiera solo. Por las tardes lo sacaba al jardín mientras regaba las plantas y platicaban de su pueblo, de su infancia y de su familia. A su hermano le gustaba escuchar el chorro de agua de la manguera y que el rocío le mojara un poco la cara. También le gustaba acariciar a los perros y oír a su hermana saludar a algún vecino o vecina que pasaban por la calle.

Se despidieron en la parada donde ella debía bajar. Lupita le dio las gracias por todo y le recordó de la fiesta que habría la próxima semana en la casa club de la tercera edad con motivo del día de los abuelos. Él no tenía nietos. Su único hijo había muerto de una bala perdida en una fiesta de pueblo cuando apenas tenía 18 años y su mujer murió poco tiempo después de pura tristeza. De todos modos le prometió que iría y que ahí se verían. Se sentía bien después de haber pasado parte del día con Lupita.

Cuando llegó a su casa se calentó la comida del día anterior. Puso la televisión para el noticiero de la tarde y se quedó dormido en el sofá. Soñó con Lupita, con su pelo rojo bugambilia y su vestido de flores, con su hermano ciego. Soñó que bailaba con ella en la fiesta de los abuelos. También soñó con su hijo y su mujer muertos hacía 25 años. Soñó con perros, gatos y plantas.  El dolor de cabeza y de pecho y el calambre que le subía desde la pierna volvieron, esta vez con más fuerza. Intentó levantarse a buscar una aspirina y a tomar un poco de agua. Se lo impidieron el cansancio y la pesadez del cuerpo. Buscó su bastón y recordó que lo había dejado en el autobús.

Volvió a cerrar los ojos y se quedó dormido hasta el amanecer. Abrió un poco la cortina para ver entrar el sol y contempló el enorme árbol frente a su ventana. Hizo planes en su mente para ir a comprarse ropa nueva para el baile y se sintió animado. Imaginó a Lupita muy elegante, la música de su época, los compañeros jubilados y la comida. Se sintió animado. Suspiró profundamente antes de intentar levantarse y exhaló su último aliento con una leve sonrisa dibujada en sus labios.



Rivka Jaya, 30 Siván, 5779 (3 de julio de 2019)

martes, 18 de junio de 2019

Pasar desapercibido




Cuando era niña, jamás escuché frases como “de bajo perfil” para referirse a las personas. Hoy en día, en plena época de Facebook, donde todos nos exhibimos en nuestros “perfiles” con lujo de detalle y desplegando belleza, inteligencia, logros, viajes, entre otras cosas, ser una persona de bajo perfil, tiene sus ventajas.
En México estamos viviendo una época de violencia sin precedentes gracias, entre otros factores, a la corrupción, la impunidad, la desigualdad y al crimen que tal parece ser lo único  “organizado” en nuestro país.

Durante las últimas tres décadas, coincidiendo con las políticas económicas neoliberales, el auge del consumismo y la aparición de internet que nos permite acceder a casi cualquier tipo de información, las personas hemos dejado de serlo para convertirnos en una especie de conglomerado que aglutina a todo tipo de gente en torno a noticias alarmistas, chismes de la farándula, ‘memes’ políticos, chistes subidos de tono, consignas anti gobierno, preferencias musicales y literarias, comentarios homofóbicos y racistas, escenas de la vida cotidiana de quién sabe cuántas personas que supuestamente son nuestros “amigos”.

Y si bien es cierto que nadie nos hemos librado del hechizo de Facebook, pues todos queremos saber de la vida de al menos algunas personas y hacerles saber de la nuestra, también lo es que esta red social se ha convertido en un arma muy poderosa para los delincuentes, quienes han sabido usarla para rastrear a sus víctimas hasta lo más íntimo y los resultados han sido nefastos.
Los últimos 8 años las cifras de asesinatos, secuestros y desapariciones han aumentado exponencialmente y tal parece que no hay tregua para el crimen.  Y cuando vemos en las redes sociales el rostro de alguna persona víctima de cualquiera de estos crímenes, casi siempre es de alguna fotografía que compartió en Facebook.

Hubo un tiempo (¡bendita época!) en que las fotografías no eran algo cotidiano. Se tomaban sólo en ocasiones especiales como fiestas de cumpleaños, graduaciones, navidades, o fotos para el pasaporte, la cartilla, el certificado escolar, etcétera y eran un asunto estrictamente familiar. Las veían sólo los más allegados a la familia en el álbum o en las paredes de la casa de la abuela.  Algunas eran tan viejas que aún eran en color sepia o blanco y negro y otras a color e instantáneas tomadas con alguna cámara “Polaroid” que siempre tenía algún tío rico.

Esas fotos mostraban a las personas tal y como eran. En situaciones cotidianas y casi siempre sin posar, sino espontáneamente. Niños riéndose y mostrando el hueco de su diente caído pegándole a una piñata, los primos en torno al pastel de cumpleaños, tratando de quedarse quietos para la foto pero volteando a ver el pastel o los regalos; niñas mostrando su vestido del bailable escolar, papás tratando de enseñar al hijo a andar en bici, mamás horneando un pastel en la cocina “integral”, que apenas se ponía de moda. En fin. Las fotografías nos contaban la historia de nuestras vidas y volver a verlas en el viejo álbum cada año en torno al árbol navideño y con un ponche calientito, era revivir aquellos años dorados en que éramos buenos y felices.

Hoy es distinto. Nos tomamos “selfies”, con nuestro “Smartphone”, pues siempre estamos solos (pero conectados con muchos “amigos”); nuestra sonrisa es fingida y ensayada para el momento, nuestro maquillaje y peinado también es especial para la ocasión. Las fotos de hoy tienen un solo objetivo: ver cuántos “me gusta” recibimos y así sentirnos bien. Queridos, admirados e incluso envidiados.

También nuestros “posts” tratan de decir algo de nosotros. Qué pensamos de la política y de los políticos, en qué o en quién creemos (si somos religiosos o espirituales), cuáles son nuestros gustos musicales, literarios, qué pasatiempos tenemos, nuestro tipo de hombre o mujer, qué marca de carro, de ropa o de perfume preferimos, en fin, que a través de Facebook nos atrevemos a descubrirnos tal y como somos, sin inhibiciones, cosa que tal vez seríamos incapaces de hacer en persona, frente a frente con los demás.

Y todo este despliegue de información personal, es utilizado astutamente por los criminales para rastrear y dar con sus víctimas y casi siempre lo logran. Y las víctimas son muchas veces personas de “alto perfil”, es decir, que tienen más de 1000 amigos en Facebook, que suben más de 30 o 40 fotos o comentarios al día, que se toman y suben muchas “selfies” con algún comentario de dónde están, qué están haciendo, a dónde fueron, con quién y, además haciendo alarde de sus viajes, de su nuevo carro, del restaurante de lujo donde cenaron, del hotel de 5 estrellas donde se alojaron, etcétera.

Somos un pueblo “feisbuquero” y hemos dejado atrás los pocos buenos hábitos que teníamos (si es que los teníamos) como leer, conversar (en persona, de verdad), salir a dar un paseo vespertino por el barrio y tomar un café con un amigo o amiga, practicar un deporte, inventar una nueva receta, visitar a viejos amigos o familiares, asistir a un concierto, a la presentación de un libro, a una exposición, en fin, todo aquello que solían hacer los adultos y que les provocaba satisfacción e incluso placer.

Esto, aunado al hecho de que pasamos gran parte del día conectados a esta y otra redes sociales, echando un vistazo a los comentarios y publicaciones de los demás, contestándolos con un “like” o una carita feliz, triste, sorprendida, etcétera, ha provocado que nuestra vida privada ya no exista y todo lo que somos sea del dominio público, lo cual ha resultado en un aumento alarmante de secuestros, desapariciones, asesinatos, extorsiones, difamación, entre otros delitos.

Por eso muchas veces es mejor pasar desapercibidos. Ser alguien de “bajo perfil”. No querer inflar nuestro ego con los halagos de los demás. Navegar bajo la superficie y compartir de nuestra vida sólo aquello que no nos ponga en evidencia ni nos exponga a la envidia y el acoso de miles de personas que ni siquiera conocemos pero que tuvieron acceso a nuestro perfil pues es público o porque son conocidos de algún conocido de un conocido nuestro.

En estos días aciagos e inciertos, lo mejor es recuperar nuestra vida privada y disfrutar de la intimidad y el refugio que nos brinda nuestro hogar, nuestra familia y amigos cercanos e incluso, nuestra soledad y nuestro silencio. Así podremos mantenernos a salvo y, además, recuperaremos lo que de incierto tenía nuestra vida para los demás, pues eso la hacía más interesante. Cuando exponemos todo lo que creemos, pensamos, sentimos y deseamos, perdemos ese halo de misterio que volvía a las personas mucho más interesantes.
 
Teresa Padrón Benavides
Ciudad de México, verano del 2019.