Mi lista de blogs


sábado, 5 de octubre de 2019

Siete historias verdaderas de una niña de cincuenta



I
En la fotografía debo tener nueve años pues atrás, un poco borrosa, se alcanza a distinguir la fecha: diciembre de 1976. Estoy sentada en las piernas de Santa Claus. Creo que es durante la inauguración de un centro comercial en Brownsville. Traigo un sweater verde con un carro bordado, regalo de mi madrina de bautizo. Santa apunta hacia la cámara con su dedo índice gordo y rojo como él y me dice que sonría. Yo no quiero sonreír. No tengo ganas ni motivos. Esa será la tercera navidad sin papá y eso no es motivo de alegría. Cuando la señorita de la foto se cansó de esperar mi sonrisa, disparó su cámara instantánea y salió la foto.
Y así salgo. Una niña triste y enojada en las piernas de un Santa Claus gordo y sonriente. No recuerdo si le pedí algo especial, pero sí que me dio un caramelo rojiblanco en forma de bastón para colgar en nuestro árbol. Me lo comí enseguida y me fui con mamá a seguir las compras navideñas.
Cuando por fin salimos de aquel enorme y ruidoso lugar lleno de gente, de luces y de cosas, había caído la tarde y un viento helado traía el olor del mar.
Al subir al carro mamá encendió la radio, prendió un cigarro y canturreó junto a Javier Solís, “Mar, se me fue, dijo adiós en su azul lejanía…”  Alcancé a ver sus lágrimas a través del espejo retrovisor pero me hice la despistada y me quedé dormida en el asiento trasero.
Al llegar a casa ya había anochecido. Mamá sonó el claxon y mis hermanos salieron corriendo a ayudar con las compras. Al entrar, toda la casa olía a pino y eso me alegró un poco. Le pedí a mamá dejarme dormir en la sala porque me gustaba ver las lucecitas de colores del árbol en la oscuridad y aspirar el olor a pino. Además, el nacimiento iluminado, con el pesebre, los animales, los pastores, José y María, me hacían pensar en la familia. En la mía y en todas las demás y eso me tranquilizaba.
Esa noche soñé con papá. Con que esta vez sí llegaría a casa en Navidad para cenar con nosotros y quedarnos en la sala con las luces apagadas y sólo el árbol encendido hasta que el sueño nos venciera y abrir juntos los regalos tempranito. Soñé con él y con mamá juntos en la cama y yo en medio de ellos.
Cuando desperté fui a la cocina y vi a mamá sola en la mesa, tomando café y llorando de nuevo con la radio. Esta vez se oía “Diciembre me gustó pa que te vayas, que sea tu cruel adiós mi Navidad...”
Cuando se percató que yo estaba ahí, se secó las lágrimas y me preguntó “¿Se te antojan unos hot cakes?” Y me dio un beso tronado en el cachete.
Entonces entendí, a mis cortos nueve años, que papá ya no vivía en casa y que a partir de entonces, en las navidades, seríamos sólo nosotros cuatro. Respondí “Sí, quiero dos con mucha miel y mantequilla”.

II

Recuerdo bien ese día. Hacía un viento fuerte y frío pero el sol brillaba.  Iba con mamá en su Ford Falcon por la carretera. Atrás habíamos dejado la ciudad y sólo se veían los campos sembrados y una que otra casita de madera. Al llegar al puesto de revisión, reconocí a papá desde lejos con su uniforme azul de lana y su gorra con el escudo metálico que brilló con el sol de mediodía.
Apuró el paso hasta nuestro carro, se metió y dio un portazo tan fuerte que me hizo saltar de mi asiento. No dijo nada. Sólo sacó unos billetes de la bolsa de su abrigo y se los dio a mamá. A mí me dio unas cuantas monedas y me dijo que bajara con él a buscar al “conejo de Pascua” que ahí, en el monte, entre los arbustos y matorrales, a un lado de la carretera, me había dejado una canasta con huevos de dulce y un regalo.
Corrí por entre la hierba y alcancé a distinguir algo amarillo detrás de un mezquite. “Ahí se ve algo”, grité. “Corre a ver qué es”, dijo papá. Era un pato de peluche gigantesco, amarillo, con chaleco y gorra a cuadros. Junto a él había una canasta también llena de huevos de chocolate y de dulce y también había huevos de verdad, pintados a mano con dibujos que, (sospechosamente), se parecían a los que me hacía mamá.
Cogí el enorme pato y papá la canasta. Volvimos corriendo al carro donde mamá fumaba con la ventana abierta. Me sonrió a través del vidrio del lado del copiloto. Era una sonrisa triste y forzada.
Besé a papá, subí mis cosas y nos fuimos yo y mamá de vuelta a casa. Por el camino cayó una ligera llovizna y una parvada de patos silvestres cruzó el cielo con dirección al sur. Mamá dijo “Se va a venir el norte otra vez. Son las últimas heladas del año”. Yo dije que sí sin dejar de contemplar a mi pato enorme sentado junto a mí, sonriéndome.

III
El invierno de 1976 debió ser uno de los más tristes de mi vida. Lloviznó durante casi dos meses y el frío se sintió como nunca antes. Debíamos permanecer encerrados en casa casi todo el tiempo y el tedio era insoportable.
Estaba en quinto grado y lo que más me dolía era la suspensión de las clases pues lo único que me alegraba un poco en esos días era ver a mis amigos de la escuela. La sola cosa que me consolaba era un radio de transistores “Soundesign” regalo de mi abuela. Todas las noches lo sintonizaba en “KRIO”, una estación de radio de McAllen. Las canciones de moda eran Just  The Way You Are de Billy Joel y Silly Love Songs de Paul Mc Cartney.  Esas y otras “canciones tontas de amor” me daban un poco de alegría durante aquel triste invierno.
Cuando por fin salió el sol, ya era primavera y sólo volví a clases durante unos días antes de las vacaciones de semana santa. Presumí con mis amigos mi radio y ellos conmigo sus regalos. Dante, cuya madre acababa de morir, me enseñó su reloj Casio digital a prueba de agua y Nely sus “walkie-talkies” que alcanzaban a escucharse a cien metros de distancia.
Durante el recreo, Dante me habló de su mamá muerta y de cuánto la echaba de menos. Yo le hablé de mi papá vivo y de cuánto lo echaba de menos. Compartimos nuestro sándwich, nos secamos las lágrimas y nos fuimos a jugar con los demás a “la roña”.

IV

Conocí el dolor verdadero por primera vez a los ocho años. Fue una tarde calurosa de verano mientras me bañaba. Mi hermano llegó a la casa corriendo y gritando que habían atropellado a nuestro perro Duque.
Recuerdo claramente que salí del baño sin y sin secarme, me puse el uniforme rojo que acababa de quitarme. Chorreando agua y descalza, quemándome los pies, corrí a toda prisa hasta el lugar de la tragedia. Mis lágrimas corrían por mi cara y se mezclaban con el agua que caía de mi pelo aún mojado.
Al llegar, muchos niños y algunos adultos rodeaban el cuerpo inerte de mi perro tirado a media calle.  Todos en el barrio lo querían. Era famoso por haberse enfrentado a los perros más bravos y haberlos vencido. Su cuerpo café y peludo tenía varias heridas de batalla.
Al ver sus ojos aún abiertos y sin vida, solté un grito de dolor que debió haberse escuchado hasta el Cielo. Mi hermano lo cogió en sus brazos y lo llevamos a la casa. Yo no quería escuchar ni ver a nadie. Sólo quería a mi perro. Lo quería de vuelta, vivo y jugando con los de mi cuadra. Lo quería saliendo a encontrarme al volver de la escuela. Lo quería echado en el porche con la vista atenta hacia la calle, cuidándonos. Nunca supe dónde lo enterraron mis hermanos. No quise saberlo. Tal vez fue en el patio de la casa. 
Pasaron los días y uno de esos, al volver de clases, mamá me pidió meter la ropa tendida en el patio. Escuché un ladrido familiar. Juro que lo vi. Juro que era él. Sentí su cola tibia acariciar mi pierna y al mirar abajo vi sus ojos tristes y sus dientes blancos como cuando me pedía abrir el portón para salir corriendo a la calle.
Desde entonces lo veo en cada perro que he tenido. Es mi Duque, encarnado en muchas razas.

V
Para una niña triste y enojada con la vida, su bicicleta representa su máximo tesoro. Yo tuve una “banana” azul marino que quería como a ninguna otra de mis cosas. Con ella recorría las calles de mi barrio a toda velocidad sin rumbo fijo. Con ella iba a los “mandados”, con ella jugaba carreritas con otros niños y casi siempre les ganaba. Mi bici y yo fuimos cómplices de cientos de aventuras que sólo nosotros conocimos.
Recuerdo un día de invierno, soleado pero frío. El ambiente en mi casa era tenso y yo no quería estar ahí. Cogí mi papalote y lo eché en la canasta de mi bici. Me aventuré a más de diez cuadras hasta llegar al bordo que sirve de muro de contención al Río Bravo.
La ocasión era perfecta para volar papalote. El viento del este soplaba ligero y alto. Corrí hacia adelante sujetando el carril y soltando el hilo poco a poco hasta que lo vi elevarse por los aires, un romboide amarillo y brillante. Precioso.
Lo contemplé, absorta, durante un largo rato y sentí cómo me balanceaba  suavemente a su vaivén. Era lo más parecido a la libertad que había conocido hasta entonces.  Jalé del hilo lentamente mientras lo enrollaba en el carrete. Volví a casa en mi bici, sin prisa y sin pensar en el regaño de mamá. La sensación de paz y libertad de aquel día permaneció conmigo mucho tiempo.

VI
Todo niño lleva en su memoria, además de un perro, un árbol. En el patio de mi casa, justo en el centro, había un árbol enorme (al menos así me lo parecía a mí a los nueve años). En él, mi abuelo me había construido un columpio con cuerdas y una tabla a la que le hizo dos cortes a ambos lados para que sirviera de asiento. También en ese árbol mis hermanos construyeron una especie de casa entre sus brazos, justo al centro.
Ahí trepaba yo cada vez que quería huir de los demás.  Me subía hasta lo más alto y me ocultaba entre sus ramas. Disfrutaba contemplar el mundo desde arriba pero más placer aún sentía al oír que gritaban mi nombre y maldecían por no hallarme.
Varias veces, escondida entre las ramas de mi árbol, puede ver a polluelos en su nido y a su madre traerles un gusano en el pico. Varias veces también tuve que bajar a toda prisa mordida por las hormigas o picada por las abejas. Muchas veces dormí ahí la siesta, sobre las tablas que mis hermanos habían puesto. Me arrullaban las hojas mecidas por el viento.
Amaba ese árbol y ceo que él a mí. Fue lo único que realmente eché de menos cuando vendimos la casa y nos fuimos lejos. Hasta hoy, cada vez que sueño con mi casa de infancia, lo único con lo que sueño es ese árbol amigo que tantas veces me acogió entre sus ramas cuando quería ahuyentar la soledad y la tristeza.

VII
Perdí a mi mejor amigo de la infancia a los once años. Lo atropelló un carro mientras tronaba cohetes con sus amigos en la Nochebuena de 1978. Unos meses antes, nos habíamos despedido llorando pues yo me iba a vivir a otra ciudad con mi familia. Quién iba a decir que aquella sería la última vez que nos veríamos.
Se llamaba Ramón. Era un niño menudito, muy blanco y de pelo muy corto, casi a rape. Era, como yo, el más chico de su casa. Sus papás y sus hermanos lo adoraban. Era la alegría de la familia.
Sus papás eran los dueños de la tienda de la esquina y muchas veces me invitaba alguna golosina. Yo pensaba en lo afortunado que era Ramón de tener su propia tienda y comer lo que se le antojara y cuando se le antojara.
En el patio de su casa, donde a veces jugábamos, había gallos y gallinas que nos correteaban. También tenía un perro corriente “Fermín”, que no dejaba a nadie acercarse a la casa pero que a nosotros no nos hacía nada.
Él iba a una escuela y yo a otra pero al salir de la mía, debía pasar por la suya y ahí estaba siempre esperándome para volver juntos a casa. Las últimas cuadras jugábamos carreras. Yo siempre ganaba, pero creo que es porque él me daba la ventaja. Al llegar a la esquina, donde estaba la tienda de sus padres, me regalaba una paleta de hielo. Nos despedíamos y yo seguía una cuadra más hasta mi casa.
Después de la comida y de la siesta, llegaba a buscarme. Siempre a las cinco en punto. Yo aún no terminaba la tarea y él se ofrecía a ayudarme para salir a jugar cuanto antes. Pasábamos el resto de la tarde junto a los otros niños de la cuadra jugando hasta cansarnos.
Al crepúsculo se escuchaba la voz de su mamá gritar “Ramón” y él se despedía y corría a toda prisa hasta su casa. Yo me quedaba siempre un rato más hasta que oía a mamá también llamándome.
Yo no sé qué se lleva uno de esta vida al morir siendo aún niño. Sólo espero que él me recuerde y que aún quiera jugar conmigo y ser mi amigo allá en el Paraíso.

Teresa Padrón Benavides, Ciudad de México. 5 de octubre de 2019.


No hay comentarios:

Publicar un comentario