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lunes, 13 de noviembre de 2023

Los Muchachos

 



Hace unos días salí de casa antes de las diez porque tenía asuntos pendientes. Hice lo que debía y como aún era temprano, me metí a un McDonald’s por un café para leer un rato, Eran las once y entre semana, así que casi no había gente.

Viendo a los empleados, noto que todos son jóvenes de entre 18 a 25 años. Están relajados pues hay poco movimiento. Bromean, cantan y bailan reggaetón mientras atienden a los escasos clientes.

Ocupo la mesa de siempre, junto a la ventana. Hay un muchacho de unos 22 o 23 años con su laptop y sus cuadernos haciendo tarea. Me sonríe, le sonrío. Atrás de mi mesa, dos chicas de la misma edad que él, estudian y se hacen preguntas una a otra. Alcanzo a escuchar que están en exámenes finales.

Más tarde entran al área infantil en donde me encuentro un muchacho de unos 20 años con una solicitud de empleo en la mano y una chica casi de su misma edad, empleada del restaurante, tal vez la gerente en turno, y procede a entrevistarlo. El joven responde con seguridad y determinación. Al final la preguntan por su disponibilidad y él responde que puede empezar de inmediato. Luego le preguntan en dónde vive y él dice que no tiene domicilio fijo, que por el momento se queda con una familia que conoce. Deseo para mis adentros con toda el alma que le den el empleo. Creo que así será.

Miro en torno mío y me doy cuenta de que soy la única persona de mi edad ahí. Observo a los muchachos. Cuánta vida, cuánta energía y potencial en cada uno. Pienso en ellos y me conmuevo por el mundo que les hemos heredado. En la devastación del planeta, en la violencia, en el crimen, en la depresión y la ansiedad que todo eso les provoca, en las adicciones de que son presa fácil y en las escasas perspectivas que muchos de ellos enfrentan.

Sin embargo, ellos cantan, bailan, bromean, sonríen, pues son jóvenes y ese sólo hecho basta para disfrutar la vida. Me recuerdo a mí misma a su edad, con la misma energía, la misma vitalidad y el mismo optimismo y siento tristeza y compasión por todos los otros jóvenes, los que han perdido el camino, los desesperados, los escépticos y rebeldes que han optado por abrir la puerta falsa y por escapar de la realidad recurriendo a las drogas, ese terrible flagelo que golpea a nuestros jóvenes quienes, confundidos y vulnerables, caen presa fácil de esa falsa felicidad que las drogas prometen.

Pienso en nosotros, sus padres y madres, que, en aras de evitarles cualquier tipo de sufrimiento, les hemos resuelto la vida y no los hemos preparado para enfrentar los problemas, el sufrimiento, la frustración. No les hemos enseñando habilidades sociales, ni prácticas, ni útiles y es por ello que no tienen amor propio y sí un falso orgullo producto de sus miedos e inseguridades y de nuestra protección y falso amor incondicional (el amor verdadero no es egoísta, el falso sí, pues lo que en realidad busca es que nuestros hijos nos quieran sin juzgarnos y nos acepten tal y como somos). El resultado tremendo es que hemos criado jóvenes inadaptados, frustrados, egoístas y enojados con el mundo.

Vuelvo a la realidad. Aquí siguen los muchachos, unos estudiando, otros trabajando, otros pidiendo trabajo y otros sólo comiéndose una hamburguesa con sus amigos y pasándola bien. Sonrío para mí misma y también para ellos, para todos los muchachos. Celebro su vida y pido a Dios que los proteja y les de la inteligencia y la prudencia para no caer en la oscuridad. Pido porque hallen su camino y hallen el amor y se aferren a él, pues es el ancla que nos salva de las turbulentas aguas de la vida.

 

Teresa Padrón Benavides, Mexicali, Noviembre, 2023

 

domingo, 22 de octubre de 2023

¡Asco el viejo, ni carro tiene!

 



Cuando vivía en Ciudad Obregón, escuché esta frase por primera vez en boca de una de mis alumnas del ITSON. Me pareció divertida y hasta cómica. Luego me di cuenta que era usada con mucha frecuencia por cierto grupo de personas, casi todas blancas y de clase media y media alta.

Obregón, como bien saben los que lo conocen, es una ciudad de un trazo perfecto. Los ricos viven en el norte, la clase media al centro, y los pobres en el sur (después de la calle 300). Esta división territorial de las ciudades, tiene que ver con la clase social, con el acceso a mejores servicios, a un trazo urbano privilegiado con calles bien pavimentadas, parques, jardines y centros recreativos, mejores escuelas, mayor seguridad, etcétera. Pero algo que define mejor que otra cosa el nivel socioeconómico de las personas, es el tipo de carro que manejan y no estoy hablando sólo de Obregón, sino de cualquier ciudad.

Y es que el carro es un símbolo de estatus social. Es una carta de presentación y un distintivo que manda un mensaje a los demás. Depende de la marca y modelo de tu carro, es tu nivel socioeconómico. Y como la riqueza se asocia con poder, porque así ha sido desde siempre, todo mundo quiere tener un buen carro, aunque viajen solos la mayor parte el tiempo.

Volviendo a Ciudad Obregón (no la traigo contra los de Cajeme, que conste), una vez una mujer me dijo que antes de aceptar la propuesta de matrimonio de su novio, le hizo prometer que le compraría un carro nuevo y que sólo sería suyo, porque, dijo “a mí me conoció con carro de la agencia” (aunque era un Volkswagen, pero de la agencia).

Mucha gente podrá apelar a la ya tan trillada cantaleta de que el transporte público es pésimo, lento e inseguro, pero he vivido en varias ciudades y creo que en Hermosillo el trasporte público funciona mejor que en muchas partes.

Pero volviendo a nuestra frase, la discriminación y el racismo son dos caras de la misma moneda. Dice Federico Navarrete en su libro México Racista:

“La discriminación es el trato diferenciado que se hace de las personas injustamente por cualquiera de sus características (de género, por preferencia sexual, por su religión, etcétera. Es un fenómeno generalizado en todo México. El racismo es también una forma de discriminación, pero tiene que ver con el origen étnico y socioeconómico de las personas, independientemente de su género. Tiene que ver también con sus rasgos físicos, su color de piel, de ojos, su estatura, etcétera”.

El México colonial e independentista fueron profundamente racistas y eso no ha cambiado mucho con el tiempo. La pobreza está asociada a la tez morena, la estatura baja y el pelo negro y la riqueza a la tez blanca, los ojos claros y el pelo castaño o rubio. Y así ha estado organizada nuestra sociedad desde entonces. Porque los blancos se impusieron sobre los indios, los vencieron y, por lo tanto, impusieron sus estándares de belleza y de vida.

No es de extrañar que la gente morena viva en los lugares menos favorecidos y más marginados de las ciudades y, por lo tanto, deban usar el trasporte público, puesto que les es casi imposible comprar un carro, incluso de segunda mano.

Estos días, en los que el calor ya no se siente tan despiadado, he estado utilizando el transporte público. Me gusta ir viendo las calles, platicando con la gente y, además, agradezco no tener que manejar, porque me estresa demasiado. No hay mejor forma de conocer el verdadero rostro de una ciudad que subirse a un camión y observar a las personas. Estudiantes, amas de casa, trabajadores de diferentes oficios, ancianos, niños y familias completas.

Una de las cosas que más han llamado mi atención es que la mayoría de la gente parece ir a gusto. Los estudiantes echando relajo, amontonados de pie en la parte trasera; las señoras platicando y los niños viendo por la ventana y señalando a algún amigo que va pasando o a un perro que conocen. Al bajarse, se despiden con mucha familiaridad y se dicen “que te vaya bien, me saludas a fulanito (a)”.

Yo también voy entretenida y observo a través de la ventana. La mayoría de los automovilistas viajan solos. Casi todos traen buenos carros y de modelos recientes. Parecen absortos en sus pensamientos y ajenos a la vida en torno suyo. Como si su mundo se redujera al interior de su carro. Sus rostros inexpresivos delatan su falta de entusiasmo y un profundo aburrimiento. Al menos así me lo parecen.

Yo tengo un carro de segunda que le compré a un amigo porque sabía que al llegar a vivir Hermosillo el clima sería infernal y como aún no sabía las rutas de los camiones, lo necesitaría para moverme. Algunas veces, camino de la universidad, me orillo en la parada de un camión donde esperan muchos estudiantes y les ofrezco “raite”. Al principio dudaban, pero ahora lo disfrutan y vamos platicando muy a gusto.

Para mí el carro es realmente una necesidad, pues mi casa está alejada de mi trabajo y muchas veces, por qué no decirlo, me gusta ir de paseo al mar, a tomar un café con algún amigo o amiga o a algún evento que terminará tarde cuando ya no hay camiones. Pero realmente no me importan ni la marca, ni el modelo, mucho menos el color. Para mí, un Tsuru o un BMW son ambos igual de útiles. Y en cuanto al aspecto, son pedazos de fierro con cuatro ruedas de hule. Procuro que mi carro esté en buenas condiciones para que me lleve y me traiga a donde necesito o quiero ir, y ya.

Cuando estuve en Viena hace algunos años, me di cuenta que la mayoría de las personas utilizan el transporte público sin distinción de clase social. Su carro lo usan sobre todo para salir fuera de la ciudad.  Además, las ciudades europeas están hechas para caminar, a diferencia de aquí, que se da preferencia a los carros y no hay banquetas anchas y bien pavimentadas ni pasos peatonales, y los transeúntes deben sortear a los automóviles y correr para cruzar los bulevares, arriesgando su vida.

En cuanto a mis recientes viajes en camión urbano, puedo decir que me han resultado sumamente placenteros, pues pudo ir leyendo o platicando con alguien y casi siempre, antes de bajarme, ya intercambiamos teléfono y nos hicimos amigos. Y eso es lo que hace que las personas nos arraiguemos a un lugar. Hacer amigos, darse cuenta de lo iguales que somos, a pesar de nuestras diferencias físicas.

Escuchar sus anécdotas o historias, puede hacerle el día a alguien que tal vez no tenga otra oportunidad de que le presten atención. La vida entera puede contenerse en un camión urbano en un trayecto de media hora de la casa al trabajo o a la escuela. Y eso puede volverse material para escribir algo como esto.

P.D. (el camión es gratuito para los maestros y estudiantes con credencial, eso es lo mejor).


sábado, 14 de octubre de 2023

Quedarse un poco más



El 7 de octubre del 2023 (22 de Tishrei, 5784 en el calendario hebreo), mientras los judíos del mundo celebraban Sheminí Atzeret (el final de la fiesta de las cosechas, Sucot, que se celebra el 15 de Tishrei,  y el principio de Simjá Torá, la “alegría” por haber recibido la Torá en el Monte Sinaí), ocurrió un atentado terrorista en pleno corazón de Israel dejando cientos de muertos y heridos entre hombres mujeres y niños y también desapariciones y secuestros por parte de Hamás, el grupo terrorista que gobierna la franja de Gaza.

Durante Sucot, los judíos que pueden hacerlo, viven, comen y duermen dentro de una vivienda temporal y frágil llamada Sucá, hecha de palma y carrizo. Esto en recuerdo de nuestros antepasados que vivieron en tiendas en el desierto, frágiles y fáciles de desmontar y llevar consigo. Al habitar en la Sucá, expresamos nuestra fe en la protección de Dios ante todo peligro pues la Sucá representa la fragilidad y la vulnerabilidad de nuestra vida, incluso en casas bien construidas y en ciudades fortificadas, porque no es la casa con sus paredes sólidas la que brinda seguridad, sino solamente Dios, que no descansa para protegernos de todo mal.

La festividad de Sucot se relaciona también con la naturaleza, ya que es el comienzo de las cosechas en Eretz Israel. Los pueblos antiguos, entre ellos los hebreos, conocían muy bien las fases de la luna, los eclipses y el tiempo propicio para sembrar y cosechar. Justo hoy, 14 de octubre del 2023, acabamos de presenciar un eclipse solar anular que aquí en México se vio casi en todo el territorio.

Sheminí Atzeret es un día “extra”, que s agrega al final de la fiesta de Sucot, en donde abundan la comida, la música, y la alegría. Este día fue agregado, según el Talmud, para dedicarlo enteramente a hablar con Di_s y agradecerle por todas sus bendiciones después de la algarabía y el bullicio de la fiesta.

Es como cuando en una casa, los invitados comienzan a irse y sólo quedan los amigos más íntimos. Es entonces que el anfitrión saca de su cava el mejor vino y lo descorcha, pone una música exquisita y la conversación se torna interesante y amena. Es un momento de gran intimidad con Dios. Porque Él nos pide que nos quedemos “un poco más”, para hablar con Él, para acercarnos, para escucharnos mutuamente. Ese día, los judíos decimos la bendición de Shehejeianu (que se pronuncia al recibir una buena noticia y al comienzo de cada festividad judía, a manera de agradecimiento por las bendiciones recibidas).

Hay momentos en que el corazón de las personas rebosa de alegría, cantamos, bailamos, bebemos, bendecimos y agradecemos por la vida. Eso representan para los judíos las fiestas de Sucot, Simjá Torá y Sheiení Atzerret.

Shmoné en hebreo significa ocho u octavo. En Siete días Dios creó al mundo, son siete las notas musicales, siete las direcciones (arriba, abajo, izquierda, derecha, enfrente, atrás y centro). Como decía el gran sabio Najmmánides “siete representa la Naturaleza y ocho lo que está más allá de la naturaleza”.  Sheminí Atzerert representa ese otro ratito en que nos quedamos después de haber vivido algo muy hermoso. Cuando no queremos que se vayan las personas que más queremos.

El pueblo judío —dice el Talmud— está más allá de la naturaleza. Hemos sobrevivido todas las persecuciones, exilios, penurias y expulsiones imaginables y, aun así, hemos prosperado mucho más allá de lo imaginable, a pesar de ser un pueblo pequeño. Como escribió Mark Twain: "Todas las cosas son mortales menos el judío; todas las otras fuerzas desaparecen, pero él queda. ¿Cuál es el secreto de su inmortalidad?".

El "secreto", como sabemos, es el regalo especial que Dios le dio al pueblo judío: La Ley, la Torá. Como escribe el Rav Emanuel Feldman:

"La Torá es el misterioso puente que conecta al judío con Dios, a través del cual interactúan y se comunican, y por medio del cual Dios cumple Su pacto con Su pueblo de sustentarlos y protegerlos".

Por lo tanto, no es una coincidencia que en Sheminí Atzeret también celebremos la finalización del ciclo anual de lectura de la Torá y el comienzo de un nuevo ciclo. Este evento es referido cariñosamente como Simjat Torá, literalmente “el regocijo de la Torá”

¿Por qué acostumbramos a terminar y empezar nuevamente la lectura de la Torá en el mismo día? Los sabios explican: "Para mostrar que la Torá es querida por nosotros como un objeto nuevo, y no como una antigua orden que la persona ya no aprecia”. Cada año, leemos de nuevo del Génesis hasta el Deuteronomio a la luz de los nuevos acontecimientos históricos y siempre hallamos sentido a lo que ocurre, gracias a la sabiduría contenida en sus páginas.

A lo único que no le hallamos sentido, es al asesinato, a la brutalidad criminal, a la crueldad humana contra la Naturaleza y contra sus semejantes. Pero tampoco a la injusticia ni a la opresión de un pueblo contra otro, en especial si es su vecino.

Por eso, en estos días terribles, más que nunca el judaísmo nos llama a promover la paz y a ponerla en practica en nuestra vida diaria. A servir como ejemplo de lo que es vivir una vida de acuerdo a la Torá, que no nos pide otra cosa, sino que vivamos respetándonos, ayudándonos mutuamente, practicando la compasión, celebrando la vida y luchando porque todos vivan con justicia, paz y dignidad.

Es nuestra obligación no sólo como judíos, sino como seres humanos, levantar la voz en contra del terrorismo y de la crueldad en todas sus formas, pero también en contra de la injusticia, la desigualdad, la opresión y el abandono en que viven nuestros hermanos no sólo palestinos, sino centroamericanos, africanos y también mexicanos.

El pueblo hebreo ha sobrevivido a lo largo de más de tres mil años y no ha sido fácil. Las persecuciones, ejecuciones, los pogromos, el Holocausto y el antisemitismo que hemos sufrido durante todo este tiempo, dan testimonio de nuestra resistencia, porque permanecemos unidos en torno a la Torá, que es nuestra fuerza y nuestra guía.

Sheminí Atzerret, significa quedarnos un poco más, permanecer otro ratito hablando con Dios para pedirle protección, paz y vida. Y Él se queda, nos escucha y atiende nuestra súplica. Por eso, a pesar de todas las atrocidades cometidas contra Su pueblo, “Am Israel Jai” (El pueblo de Israel vive).

Teresa Padrón (Rivka Jaya), 15 de octubre de 2023 (30 de Tishrei, 5784).