Hace unos días salí de casa antes de las diez porque tenía asuntos pendientes. Hice lo que debía y como aún era temprano, me metí a un McDonald’s por un café para leer un rato, Eran las once y entre semana, así que casi no había gente.
Viendo a los empleados, noto
que todos son jóvenes de entre 18 a 25 años. Están relajados pues hay poco movimiento.
Bromean, cantan y bailan reggaetón mientras atienden a los escasos clientes.
Ocupo la mesa de siempre,
junto a la ventana. Hay un muchacho de unos 22 o 23 años con su laptop y sus
cuadernos haciendo tarea. Me sonríe, le sonrío. Atrás de mi mesa, dos chicas de
la misma edad que él, estudian y se hacen preguntas una a otra. Alcanzo a
escuchar que están en exámenes finales.
Más tarde entran al área
infantil en donde me encuentro un muchacho de unos 20 años con una solicitud de
empleo en la mano y una chica casi de su misma edad, empleada del
restaurante, tal vez la gerente en turno, y procede a entrevistarlo. El joven
responde con seguridad y determinación. Al final la preguntan por su
disponibilidad y él responde que puede empezar de inmediato. Luego le preguntan
en dónde vive y él dice que no tiene domicilio fijo, que por el momento se
queda con una familia que conoce. Deseo para mis adentros con toda el alma que
le den el empleo. Creo que así será.
Miro en torno mío y me doy
cuenta de que soy la única persona de mi edad ahí. Observo a los muchachos. Cuánta
vida, cuánta energía y potencial en cada uno. Pienso en ellos y me conmuevo por
el mundo que les hemos heredado. En la devastación del planeta, en la
violencia, en el crimen, en la depresión y la ansiedad que todo eso les provoca,
en las adicciones de que son presa fácil y en las escasas perspectivas que
muchos de ellos enfrentan.
Sin embargo, ellos cantan,
bailan, bromean, sonríen, pues son jóvenes y ese sólo hecho basta para
disfrutar la vida. Me recuerdo a mí misma a su edad, con la misma energía, la
misma vitalidad y el mismo optimismo y siento tristeza y compasión por todos
los otros jóvenes, los que han perdido el camino, los desesperados, los
escépticos y rebeldes que han optado por abrir la puerta falsa y por escapar de
la realidad recurriendo a las drogas, ese terrible flagelo que golpea a
nuestros jóvenes quienes, confundidos y vulnerables, caen presa fácil de esa
falsa felicidad que las drogas prometen.
Pienso en nosotros, sus padres
y madres, que, en aras de evitarles cualquier tipo de sufrimiento, les hemos
resuelto la vida y no los hemos preparado para enfrentar los problemas, el
sufrimiento, la frustración. No les hemos enseñando habilidades sociales, ni
prácticas, ni útiles y es por ello que no tienen amor propio y sí un falso
orgullo producto de sus miedos e inseguridades y de nuestra protección y falso
amor incondicional (el amor verdadero no es egoísta, el falso sí, pues lo que
en realidad busca es que nuestros hijos nos quieran sin juzgarnos y nos acepten
tal y como somos). El resultado tremendo es que hemos criado jóvenes
inadaptados, frustrados, egoístas y enojados con el mundo.
Vuelvo a la realidad. Aquí
siguen los muchachos, unos estudiando, otros trabajando, otros pidiendo trabajo
y otros sólo comiéndose una hamburguesa con sus amigos y pasándola bien. Sonrío
para mí misma y también para ellos, para todos los muchachos. Celebro su vida y
pido a Dios que los proteja y les de la inteligencia y la prudencia para no
caer en la oscuridad. Pido porque hallen su camino y hallen el amor y se
aferren a él, pues es el ancla que nos salva de las turbulentas aguas de la
vida.
Teresa Padrón Benavides, Mexicali, Noviembre, 2023


