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domingo, 30 de mayo de 2021

Bob Dylan cumple 80 años

 


Todo mundo sabe quién es Bob Dylan. Todos, o cas todos, podemos reconocer al menos su canción más famosa, “Like a Rolling Stone” y todos o casi todos, conocemos la anécdota de cuando se conocieron él y los Beatles en el hotel Delmonico en Manhattan y Bob les hizo probar la marihuana.Todos, o casi todos, conocen también la leyenda de amor entre Dylan y Joan Baez, la cantante folk con quien Dylan compartió escenarios en los sesenta cantando canciones de protesta en universidades y en la famosa marcha por los derechos civiles en Washington con MLK a la cabeza.

Sin embargo, no todos conocen y aprecian a Bob Dylan en su justa dimensión y reconocen su muscalidad y el valor literario de sus canciones.

No voy a adentratme demasiado en su biografía porque eso es del dominio público y porque eso no es lo que hoy nos reúne sino la celebración de sus ochenta años.

Lo que me gustaría resaltar en este breve espacio es la riqueza literaria en las canciones de Dylan y por la cual los jueces decidieron otorgarle el premio Nobel de Literatura en 2016.

Robert Allen Zimmerman, mejor cococido como Bob Dylan, comenzó  a escuchar a los grandes artistas de country western, rhythm and blues y rock and roll como Buddy Holly en la adolescencia en su natal Duluth, Minesota, un pueblo dedicado a la industria metalúrgica y alejado del corazón de la escena musical de ese momento, Nueva York.

Buddy Holly fue quien más influencia ejerció sobre él pues supo combinar todos esos estilos y fundirlos en uno solo. Hacía canciones con melodías bellas y letras con imaginación. Dylan lo vio actuar en vivo a los 18 años cuando Buddy tenía 22 y quedó fascinado por su estilo de tocar y por su voz.  Dylan cuanta que hubo un momento en que sus miradas se cruzaron y eso bastó para convencerlo de que aquello era lo que él quería hacer el resto de su vida. Tres días después, el avión donde viajaban Buddy Holly, Ritchie Valens y J.P. Richardson se estrelló y los tres músicos murieron.

Un poco más tarde escuchó “Cottonfields” de Leadbelly, uno de los grandes del blues y eso lo transportó a un mundo totalmente desconocido y lo incitó a escuchar más ese tipo de música, el blues de las plantaciones, del delta del Mississippi y la influencia de esa música en la suya, puede notarse en muchos de sus álbumes.

La música flok y el blues eran muy distintas de los que él escuchaba en la radio. El rock and roll era electrificante y siemrpe había éxitos, pero el blues, el country y el folk se escuchaban más en vivo, en lugares pequeños, en pueblos remotos e incluso en grandes ciudades, pero sólo entre pocas personas, audiencias pequeñas. El mundo del folk era más reducido, más íntimo, con letras sencillas que hablaban de héroes locales, de obreros explotados, de crímenes de amor, de contrabandistas, de discriminación racial y de campesinos sin tierra.

Dylan aprendió pronto todo lo concerniente a l mundo del folk, a lo vernáculo y a los tres o cuatro acordes que acompañaban las canciones. Todo ese material lo utilizaría en sus propias canciones que interpretaba con una voz chillona y una guitarra vieja al llegar a Nueva York para visitar a su ídolo Woodie Guthrie en un hospital psiquiátrico donde estaba internado por padecer mal de Hutington. Guthrie, el cantante folk de los oprimidos y los pobres.

Dylan permaneció en NY duante mucho tiempo más y fue ahí donde entabló amistad conlos grandes de la escena folk de Greenwich Village como Dave Van Ronk y los Clancy Brothers.

Ahí se sentía en su elemento. Cantando sus propias canciones en pequeños bares con su vieja guitarra, su armónica y entre poetas beat y cantantes de blues, county y folk. Aprendió todo, todo lo asimiló y se nutrió de todo cuanto escuchó y vió. Puede decirse que lo que hoy se designa bajo el género de “americana” (mezcla de géneros como el blues, el counry, el folk, el rock, el bluegrass) que forman la música tradiconal de Estados Unidos.

Hasta aquí hemos mencionado las influencias musicales en el estilo dylaniano, pero ¿qué hay de lo otro, de las letras de sus canciones? ¿de dónde salió toda la imaginería, toda la poesía, el ingenio, la ironía, los recursos poeticos?

Dylan mismo reconoce, en su discurso al recibir el Nobel de literatura en 2016, que, además de todo lo anterior, él tenía otra cosa, algo muy valioso, él tenía una visión culta e informda del mundo, él tenía sensibiidad y principios, tenía un profundo amor por la literatura clásica y por sus autores. No en balde toma su nombre artístico de uno de los grandes poetas del s. XX, Dylan Thomas.

Y todo lo aprendió en la escuela. Leyó las grandes obras de la literatura universal, desde Don Quijote hasta Shakespeare, desde Dickens hasta Melville. Dylan adquirió una visión única del mundo, un entendimiento de la naturaleza humana y unos parámetros para medir la creatividad.

Todo eso está en sus canciones. Todo el amplio espectro literario al que estuvo expuesto desde joven ha permeado en sus letras de alguna u otra forma.

Por eso es que Dylan ha sido la gran influencia de tantos músicos a lo largo de más de 5 décadas. Leonard Cohen, David Bowie, Neil Young, Tom Petty, George Harrison, Bruce Sprinsteen, Nick Cave, por mencionar solo algunos de los más conocidos, se reconocen como “hijos de Dylan”.

La poesía en las letras de Dylan no es improvisada, es producto de todas esas lecturas de juventud que lo marcaron intelectual y espiritualmente y que sólo él supo plasmar en canciones combinándolas con los sonidos populares que tan bien dominaba como el rock and roll, el folk, el gospel y el country.

En su discurso al recibir el Nobel, él menciona tres obras literarias que fueron decisivas en su vida y que le han servido de inspiración para crear sus canciones. La Odisea de Homero, Moby Dick de Hermann Melville y Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, un escritor alemán de entre guerras.

El tema común entrre estas tres obras es el hombre enfrentado a su destino. En las tres se narra la vulnerabilidad de la condición humana, nuestros miedos, nuestras pasiones, nuestros anhelos y nuestros sueños frustrados ante algo que es mucho más grande que nosotros.

Sin embargo, dice Dylan al final de su discurso, cito:  “las canciones difieren de la literatura en esto, son para ser cantadas, no leídas. Así como las obras de Shakespeare fueron escritas para ser actuadas sobre un escenario. Y espero que todos ustedes tnegan la oportunidad de escuchar mis letras tal y como fueron concebidas, como canciones, ya sea en algún concierto, o en la radio o como quiera que sea que se escuche la música estos días… y termina citando a Homero en la Odisea “Canta oh musa y a través de mi, cuenta la historia del héroe…”

Por eso es que Dylan es tan grande y significa tanto para muchos. Porque ha sabido cantar la vida misma con todos sus matices y todas sus facetas, con todo su misterio y toda su riqueza, pero lo ha hecho con melodías y ritmos con los que todos podemos identificarnos y con un estilo único e irrepetible.

La canción que elegí para este homenaje es “Desolation Row”, justamente porque por ella desfilan una serie de personajes de la historia y de la literatura universales a quienes casi todos conocemos y a quienes Dylan mete en un solo lugar, en la ruta de la desolación, por la que todos transitamos. Esta pasarela incluye a Caín y Abel, a Bette Davies a Einstein, a Ezra Pound a T.S. Eliot, a Calypso, al fantasma de la ópera, a Casanova y a tantos otros personajes que bien pudieran haber reencarnado en el vagabundo de la esquina, en la prostituta del barrio, en el loco de la cuadra o en cualquiera de nosotros. Porque desolation row es justamente el lugar a donde van todos los inadaptados, los que piensan y opinan diferente, los parias, los que no encajan en la sociedad. Escuchemos pues a Bob Dylan con Desolation Row.




jueves, 15 de abril de 2021

Cuidar la casa común


 


Cuando era niña creía que el mundo se iba a terminar en el año 2000. Eso se escuchaba en todas partes. Yo no sabía bien qué significaba pero más o menos intuía que un gran cataclismo acabaría con toda forma de vida en la Tierra y sólo quedarían polvo y cenizas. Me daba mucha tristeza pensar en los animales y en los árboles, en el mar, en el bosque y en todo lo amaba entonces y sigo amando ahora. Curiosamente, no pensaba en la gente ni siqueira en mí. Sólo pensaba en la naturaleza y en lo hermosa que era y que sería destruida para siempre.

 

Los años pasaron y aunque claramente era visible el deterioro del medio ambiente, la vida continuó. Llegó el año “cero”. Cambio de siglo y de milenio y para mí la vida se renovó pues nació mi hijo. Sin embargo, el cambio climático ya era un tema recurrente, así como las energías renovables, el cuidado del agua, el reciclaje y la reutilización de los plásticos de un solo uso.

 

Fue entonces, a partir de la maternidad, que comencé a ser consciente de la gravedad del asunto. No quería que mi hijo creciera en un mundo cada vez más contaminado y a punto de colapsar. Combiné el uso de pañales de tela con desechables, empecé a recolectar el agua de la lavadora para usarla en la limpieza de la casa, apagaba las luces de los cuartos vacíos, y en cuanto al carro, no tuve hasta que él cumplió cinco años y porque era absolutamente necesario.

 

Sin embargo, todo parecía inutil. A dondquiera que volteaba, nadie parecía tener la más mínima preocupación al respecto. Centros comerciales infestados con gente comprando todo tipo de productos desechables, comiendo comida chatarra sin siquiera considerar su origen o su producción, basura acumulada por toneladas en las calles, uso excesivo de aerosoles y del automóvil, contaminación del aire, del agua y de la tierra.

 

Un profundo sentimiento de angustia e impotencia comenzó a invadirme a tal punto que estuve en tratamiento psiquiátrico por depresión y ansiedad. Afortunadamente y con ayuda de mi familia logré superarlo. Pero la angustia por el daño a la vida jamás me ha dejado. Y cuado imagino el fin del mundo es eso, una tierra baldía, yerma, sin vida.

 

Pero también el fin del mundo para mí significa el fin de la esperanza, de la confianza y de la fe. La esperanza en que el animal humano logrará, a través del conocimiento y de la ciencia, hallar la manera de preservar la vida en todas sus formas. La fe en que la humanidad logrará despertar de su letargo, de su ignorancia, de sacudirse el tedio y de salirse de su zona de comfort para ser parte de un cambio radical que incluya a todas las especies. La confianza en que, como individuos, aportarermos cada uno nuestras habilidades para salvar nuestra casa común.

 

Es decir, el fin del mundo para mí significa dejar de creer. Dejar de confiar en la razón y en los sentimientos. Y yo aún los conservo. Así que para mí el mundo no ha llegado a su fin. Pero tengo la certeza de que sólo en la medida en que nos transformemos desde dentro a nosotros mismos, podremos incidir en la transformación (para bien) del mundo.

 

Cada acción individual cuenta. Cada acto de compasión por la vida en general, provoca una reacción en cadena y toca a muchas personas. El mejor ejemplo lo damos con la manera en la que vivimos y nos relacionamos con los demás y eso incluye al medio ambiente y al resto de las especies animales y vegetales. Esa es la mejor herencia que podemos dejar a nuestra decendencia, a los que amamos. Un mundo mejor en todos los aspectos y eso no se compra ni se vende en los centros comerciales. Eso se forja con nuestra propia vida y la forma en que la vivimos.

 

Por eso creo que el mundo, la vida en general, aún puede salvarse. Pero no debemos delegar la responsabilidad ni en los políticos, ni en las instituciones, ni en alguien más. Debemos trabajar en nosotros mismos, analizar la forma en que vivimos, nuestros hábitos, nuestra conducta, nuestras aportaciones en beneficio o detrimento del medio ambiente.

 

Termino con una hermosa frase de Mahatma Gandhi: “Sé el cambio que quieres ver en el mundo”.

 

Teresa de Jesús Padrón Benavides

Ciudad de México, abril del 2021

lunes, 18 de enero de 2021

 



El misterio tremendo

 

Hace unos días volvía de visitar a mi familia en Mexicali. Mi vuelo despegó exactamente a las 00:05 de la medianoche del 8 de enero. Me gustan los vuelos nocturnos, en especial cuando el cielo está despejado. Después de unos minutos, y con la cabina a oscuras, pude contemplar, absorta, el cúmulo de estrellas e incluso pude distinguir claramente la vía láctea, nuestra galaxia.

Qué pequeña e insignificante me pareció mi vida en contraste con la inmensidad de lo que veía. Las lágrimas brotaron, inevitablemente.

 

 Pensé en nosotros, en los animales humanos que no somos más que polvo y ceniza y que, sin embargo, somos también parte del maravilloso e irrepetible universo. Pensé en nuestra casa común. La Tierra. Pensé en cuánto daño puede infligir un ser perecedero como nosotros a un planeta tan hermoso e improbable como el nuestro, en donde fue posible que surgiera la vida, en todas sus formas, hace más de miles de millones de años.

 

Pensé en las formaciones montañosas, en la gran barrera de coral en el sudeste de Australia, en los océanos y sus profundidades, en los cañones, los desiertos, las selvas, la tundra, el bosque y, en fin, en cada uno de los ecosistemas en donde han sobrevivido las más diversas formas de vida a través de las eras. Mi mente se remontó  hasta la Creación, cuando Di_s pronunció las palabras “Hágase la luz” y la luz se hizo.

 

Pensé en el momento mismo de nuestro debut en el universo, y me sobresaltó el hecho de que el homo sapiens tenga apenas unos minutos en la Tierra y han sido suficientes para estar a punto de acabar con ella. Recordé el Génesis, donde dice “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza” y pensé en las grandes hazañas de la humanidad, sus logros, sus descubrimientos e inventos a favor de sus semejantes y entonces vinieron a mi mente las palabras de Shakespeare en su Hamlet:

 

What a piece of work is a man! how Noble in
Reason, how infinite in faculty, in form, and moving
how expressive and admirable in Action, how like an Angel
in apprehension, how like a God.

(¡Qué obra de arte es el hombre! Qué nobleza de razonamiento, qué infintas facultades, qué espresivo y admirable en su forma y movimiento, en su actuar, semejante a un ángel, en su aprensividad, semejante a un dios).

 

Pensé en Ptolomeo, en Copérnico, en Newton, en Miguel Ángel, en Leonardo Da Vinci, en Cervantes, en Shakespeare, en Sor Juana, en Madame Curie, en Benjamín Franklin, en Gandhi, en Martin Luther King, en Einstein y en tantos otros hombres y mujeres que han ennoblecido a nuestra especie y nos han servido de inspiración para no perder la fe en la humanidad.

 

Pensé también en los tiempos históricos a los que estamos asistiendo. En la pandemia, en cómo en medio del torbellino social y político mundial, surgió un virus que es capaz de aniquilarnos en pocas horas a nosotros, los que hemos enviado sondas al espacio, hombres a la luna, satélites a orbitar el planeta. Los que hemos hallado la cura para enfermedades terribles, los que hemos inventado artefactos capaces de conectarnos con quienes queremos instantáneamente, incluso si se hallan al otro lado del mundo. Los que hemos acortado las distancias geográficas gracias a aparatos como en el que yo estaba volando en ese momento.

 

Pensé también en lo vulnerables y frágiles que somos como criaturas y en cómo, comparados con otras, no logramos sobrevivir sin la ayuda de los demás.

Pensé en mi primera infancia, en las veces en que tuve miedo o estuve enferma y alguien estuvo ahí para darme valor o para curarme. Pensé en que la vida es valiosa en la medida en que valoramos la de los demás. En el cúmulo de posibilidades que podrían existir para que cada persona pudiera desarrollar sus capacidades al máximo siempre y cuando no fuese sometida u oprimida por otra. Sino al contrario, ayudada.

 

Pensé en que, si estamos aquí ahora, si hemos podido llegar a este momento, es porque alguien nos ayudó a lograrlo. Agradecí en silencio a todas esas personas que estuvieron ahí para mí en algún momento de mi vida, muchas de las cuales ya no están presentes físicamente pero sí en mis pensamientos.

 

Pensé que efectivamente, el ser humano es maravilloso, pero también un monstruo capaz de destruir, depredar y asesinar a los de su propia especie sin piedad con tal de obtener lo que quiere. Su ansia de poder es tan ilimitada como su inteligencia y ésta la utiliza para hacer el bien, pero también para hacer el mal. Puede construir y destruir maravillas a su antojo, tiene la capacidad para echar abajo lo que es incapaz de volver a crear.

 

Y pensé en el libre albedrío, ese regalo que Di_s nos dio para, justamente, discernir entre el bien y el mal y optar por el primero, pues sólo así podemos honrarlo y ser dignos de Él. Recordé las hermosas y sabias palabras de Deuteronomio: “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia”.

 

Y fue ahí donde volví de mis cavilaciones. Y sentí una fuerte sacudida en la espalda. Miré en torno mío y la mayoría de la gente dormía plácidamente. Todos con sus mascarillas puestas, ajenos a la amenaza letal a la que estamos expuestos. Cerré los ojos y volví sobre mis pensamientos. Agradecí a Di_s por estar viva, por estar respirando, porque pude pasar un tiempo con los que quiero, porque volvía a casa con los míos sana y salva.

 

Miré de reojo por última vez a través de la ventanilla. La vía láctea se desplegaba en toda su hermosura. El misterio de la vida y de la muerte no nos fue revelado, sin embargo, sin ese misterio, nada tendría sentido. La noche, allá afuera, seguía constelada.

 

Teresa de Jesús Padrón Benavides

Ciudad de México, enero del 20212.