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domingo, 15 de marzo de 2026

La música de mi niñez sigue sonando en mi corazón

 


Los montañeses del Álamo, circa, 1940


Dicen que para saber a dónde vamos, no debemos olvidar de dónde venimos. Últimamente he sentido mucha nostalgia de mi tierra, Matamoros, Tamaulipas.  Tal vez sea la edad, tal vez la lejanía, tal vez que se han ido muriendo muchos de los miembros de mi familia, tal vez todo eso junto. El caso es que me ha dado por escuchar algunas de las canciones con las que crecí, porque, aunque quienes me conocen bien saben que me gusta mucho el rock clásico de los setenta, pues era la música que escuchaban mis hermanas y hermanos mayores, porque Matamoros es frontera y se oía mucha música en inglés, tanto rock como pop e incluso blues, por no hablar del Tex-Mex, también hay en mí una veta de nostalgia por los corridos y la música norteña del Noreste, es decir, Nuevo León y Tamaulipas y también por el Tex Mex, pues mi familia se extendía también por el sur de Texas, sobre todo Mc Allen.

Mi abuelo Emilio era del Perote, un rancho entre Matamoros y Reynosa, al que llegaba el tren que iba a Monterrey. Solíamos ir al menos una vez al mes a visitar a los parientes y aunque íbamos casi siempre en carro, también lo hacíamos en tren, lo cual disfrutábamos mucho los mas chicos. El caracol, la tierra de mi abuela Amelia, por su parte, estaba hacia el sur, por la carretera a Ciudad Victoria, hacia el aeropuerto. Ahí íbamos también muy seguido, pues mi abuelo sembró las tierras de su mujer durante muchos años y le gustaba pasarse varios días ahí con su radio de transistores escuchando el baseball y también música regional como corridos antiguos, pues narraban leyendas locales muchas de las cuales él había conocido de primera mano.

Recuerdo a mi abuelo, tomándose su café de talega debajo de un mezquite, escuchando a Los montañeses del Álamo, con su inconfundible sonido de flauta y saxofón acompañando al bandoneón y el bajo sexto. La máquina 501, o La tumba abandonada (de Pancho Villa), a la que sólo visitaban los jilguerillos en Parral, su tierra. O Benito Canales, el caudillo magonista que peleaba bajo el lema zapatista “Tierra y libertad”, al que mató el gobierno mientras buscaba tinta para escribirle a su amada y al que le tendieron una trampa y que se enfrentó a 35 él solo y salió victorioso antes de que el cura del pueblo lo delatara y sus enemigos lo fusilaran sin juicio previo.

Muchas veces acompañaban a mi abuelo sus dos mejores amigos, Nicanor y Cecilio, con quienes solía ir de cacería de venado cuando era época y con los debidos permisos. También a veces lo acompañaban mis tíos Roberto, Humberto o Emilio.

Esos recuerdos vienen siempre acompañados de olores muy particulares. El de las hierbas del monte después de la lluvia, el del café recién hecho, el de tortillas de harina, el del humo de alguna parcela quemada para volver a sembrar, el del sorgo rojo recién cosechado, el del queroseno de la lámpara “Coleman” (no había electricidad en ese entonces) y el de carne asada a las brasas.

También los colores surgen de pronto en mi memoria. El azul intenso del cielo limpio con algunas nubes blanquísimas dispersas por el viento que llegaba del mar, pues El caracol está muy cerca de la playa y llegaban ráfagas muy frescas desde el Este hasta el rancho. Los diferentes tonos de verde de los mezquites, los álamos, los huizaches o la anacahuita, con sus características florecitas blancas.

Los sonidos de la naturaleza iban cambiando conforme avanzaba el día. Al amanecer se escuchaban los cantos de jilgueros, palomas, halconcillos, pájaros carpinteros zopilotes, loros corona roja, colibrís e incluso parvadas de gaviotas o de garzas, pues Matamoros está junto al mar. Los búhos y las lechuzas empezaban a escucharse al anochecer, acompañados de sonidos de animales del monte como víboras de cascabel, coyotes y leones monteses.

Toda esta hermosa y amplia gama de sensaciones que son parte de mi niñez, iba acompañada de la música humana que antes mencioné. No sólo los montañeses del Álamo, sino, un poco después, ya con mi abuelo fallecido, Los cadetes de Linares con Homero Guerrero (qepd) y Lupe Tijerina. Canciones como “Las dos tumbas”, del padre que pierde a sus hijos porque ellos no siguieron su consejo de no meterse en líos al ir a una fiesta a un rancho vecino. La de las “Dos coronas”, de un hijo que visita la tumba de su madre cada diez de mayo para llevarle dos coronas de flores. La de “Los dos amigos” que venían de Mapimí y que iban a robar el tren de Bermejillo. La de “No hay novedad”, del marido abandonado por su mujer al que los hijos le preguntan por su madre, entre otras. Y mi favorita, “El palomito”, una canción que me gusta tanto, que incluso me pone a bailar norteño (y eso que yo no bailo).  La polca, la picota, el chotis, la redova, los bailables típicos de mi tierra, algunos de los que bailé de niña en eventos escolares, vienen a mi mente combinados con los corridos y las canciones norteñas que menciono aquí y forman parte del catálogo musical de mi infancia en Matamoros.

En aquel entonces, los corridos eran eso, corridos, tradición oral musicalizada que hablaba de leyendas rurales de personajes y sucesos regionales que eran del dominio público y también había canciones de amor que hablaban de tristeza, traiciones y despecho, que se bailaban en las fiestas o se escuchaban en las reuniones familiares con carne asada y la familia reunida. No eran los narcocorridos que hacen apología de la violencia y alarde de las armas, las mujeres y los carros blindados. Y no estoy afirmando que no hubiera machismo en esa música, pero la mayoría de las canciones eran simplemente representativas de la región donde surgieron y plasmaban la flor, la fauna y las costumbres de ahí, no eran himnos a los capos del crimen.

Hoy, tal vez porque la primavera inunda mi calle con olor a azahares, tal vez porque estoy sola en casa, tal vez porque mi vecino amaneció escuchando a Los cadetes de Linares mientras lavaba su carro, o tal vez simplemente porque no he olvidado mis raíces tamaulipecas, mi linaje y mi niñez, me dio por escribir estas líneas a manera de homenaje a mis abuelos, mis tías y tíos, mis primos, mis hermanas y hermanos y a todos los amigos queridos de la familia, a quienes llevo siempre en un rincón de mi memoria y de mi corazón y cuyo recuerdo surge en días como este gracias a las notas del acordeón, el bajo sexto, la redoba y el requinto de la música norteña de mi tierra, el Noroeste.

 

Teresa de Jesús Padrón Benavides

Hermosillo, Sonora, primavera del 2025