No fue sino hasta ayer por la noche cuando vi Roma.
No quise leer reseñas ni críticas para no crearme falsas expectativas. Sin
embargo, no había podido evitar escuchar comentarios y leer halagos a la cinta,
pues no se habla de otra cosa en las redes sociales y en los medios de comunicación.
Una gran película está hecha no sólo de imágenes. Tiene su
olor propio, su sonido propio, su textura y su sabor propios. Si pensamos, por
ejemplo, en películas como La Strada de Fellini, podemos oír el ruido
constante de la motoneta en que viajan Zampanó y Gelsomina, y también escuchar
la dulce melodía de la trompeta que ella tocaba, que no es otra cosa, que la
bella música de Nino Rota. Podemos también escuchar el oleaje en la magistral escena
final con Anthony Quinn tirado en la playa y sentir compasión por el hombre
rudo y fuerte, convertido en un despojo, desecho y llorando inconsolable. O en Kagemusha,
de Akira Kurosawa, en la escena final, cuando el ejército enemigo masacra a la
casa de Takeda y a sus caballos en la histórica batalla de Nagashino, el
Kagemusha toma una lanza y en un último ímpetu de lealtad, emprende la inútil
empresa de arremeter contra la fortificación enemiga. No escuchamos ya el
resoplar de los caballos agonizantes ni el oleaje del mar, sino la trompeta
tocando el tema inolvidable de Shinishiro Ikebe. De nuevo, el mar como telón de
fondo. Como testigo inmutable de la miseria humana. Esas películas nos resultan
entrañables no sólo por su fotografía, su música, sus locaciones, sino por sus
personajes.
Lo mismo ocurre con Roma, de Alfonso Cuarón. Desde la
primera escena, el agua es el elemento que permeará toda la película. El agua
que corre por los pasillos de la vieja casa de la histórica colonia Roma después
del aseo matutino. El agua de los lavaderos en las azoteas; la lluvia que cae
una tarde de verano mientras Cleo la contempla desde la cocina, en silencio;
los charcos fangosos de las ciudades perdidas en los márgenes de la metrópoli;
el mar, balanceando los cuerpos de Cleo y de los niños y amenazando con
arrastrarlos hacia sus entrañas. Y no sólo el agua está presente de principio a
fin, sino también el sonido que ésta produce en sus distintas manifestaciones.
La orquesta de lluvia del granizo golpeando el cristal de las ventanas, por
ejemplo.
Y a propósito de sonidos, la música de la película es esencial
para recrear la atmósfera que Cuarón intenta, el México de principios de los
setenta. El auge económico de la clase media, con sus coches, sus viajes, sus “problemas”
personales y su servidumbre. Los movimientos sociales y estudiantiles,
reprimidos cruelmente de nuevo en el sangriento Jueves de Corpus por el
presidente Echeverría, quien orquestó, años antes, la matanza de Tlatelolco.
La música de Roma nos remite, a quienes éramos niños o
jóvenes entonces, a unos días en que la radio era la compañera ideal de la
clase trabajadora, pero también de las amas de casa y de los señores mientras
manejaban hacia el trabajo. A través de la radio nos enterábamos de cómo estaba
el mundo pero también oíamos radionovelas y escuchábamos melodías de moda y a
sus intérpretes: Juan Gabriel, Leo Dan, Rigo Tovar, José José, Rocío Durcal,
Los pasteles verdes, entre otros. Si la televisión en esa época era el centro
en torno al cual se reunían las familias cada noche, la radio era el corazón con que latía la vida
cotidiana en las casas, los centros de trabajo, el transporte público y los
comercios. La banda sonora de Roma es no sólo un homenaje a la música de esa
época que añoramos, sino un personaje más de la película, pues cada canción nos
remite a un cierto lugar, a un cierto tiempo, a un cierto olor, a ciertas
personas.
Pero una película está hecha sobre todo de imágenes. La fotografía
de Roma es magistral. No podía Cuarón acertar más cuando eligió que
fuese en blanco y negro, pues la historia, los personajes y la ambientación
hubiesen demeritado mucho de haberse filmado a color. Los acercamientos lentos de
la cámara al rostro de los personajes, en especial al de Cleo, su protagonista,
resaltan la belleza de sus facciones y el negro de su cabello largo se torna
más brillante filmado de esa forma. El blanco y el negro como dos realidades
irreconciliables que, aunque coexistan una al lado de la otra, jamás serán
iguales. Los patrones siempre serán blancos. Los sirvientes siempre serán de
piel oscura. También el hecho de que sea en blanco y negro es, a mi parecer, un
homenaje a las grandes películas de la época de oro del cine. A Emilio
Fernández, a Buñuel, a Fellini.
Pero dejando a un lado esos dos elementos, me gustaría decir
qué pienso de la película y por qué la considero digna de figurar entre mis favoritas.
Roma es un microcosmos que encierra la vida en general. Es un escaparate
a través del cual podemos ver todas las emociones humanas. El miedo, el dolor,
la tristeza, el placer, la alegría, el odio, los prejuicios, la nostalgia. Y
los personajes encarnan algunas de estas emociones a la perfección. Cleo, por ejemplo, podría representar la nostalgia,
la tristeza, la ingenuidad, el miedo, pero también la alegría que dan los
pequeños placeres de la vida. Mientras que Fermín, el protagonista masculino,
encarna el odio, el complejo de inferioridad, la venganza.
Roma no es sólo una película acerca del machismo,
aunque también es eso. No es sólo acerca del amor ingenuo, aunque también es
eso. No es sólo acerca de los problemas de la clase media y sus prejuicios,
aunque también es eso. No es sólo acerca de la barrera infranqueable entre
pobres y ricos, aunque también es eso. No es sólo acerca de la nostalgia por la
tierra abandonada para buscar una mejor vida en la ciudad, aunque también es
eso. No es sólo acerca del papel predominante de las mujeres en la sociedad,
aunque también es eso.
Roma es, a mi juicio, no sólo la historia de una
joven indígena que ve cómo la vida en la ciudad amenaza con arrebatarle todo lo
que es importante para las personas: su familia, su lugar, sus costumbres, su
lengua, su dignidad, sino un homenaje al trabajo que desempeñan y al papel que
juegan las empleadas domésticas en la sociedad mexicana contemporánea. Es una reivindicación
de la importancia que tienen en la vida de muchas personas de clase media y
clase alta, pues ellas no sólo son quienes nos facilitan la vida, sino quienes
crían a nuestros hijos, los cuidan, juegan con ellos, les cantan, los llevan a
la escuela, los curan si están enfermos.
Muchos de nosotros hemos tenido la fortuna de tener una “nana”,
una señora que venía de algún pueblo cercano a nuestra ciudad y que se
instalaba en nuestra casa y se volvía “parte de la familia”. Si entrecomillo
esto es porque en la realidad, esto jamás ocurre del todo. Aunque las tratemos “bien”,
aunque viajen con nosotros y sean nuestro paño de lágrimas, nuestras
confidentes, siempre habrá una “diferencia” que jamás debe perderse de vista,
entre la “patrona” y “la muchacha”. Y
por más amables y condescendientes que seamos con ellas, si tuvimos un mal día
o no estamos de humor, les haremos saber cuál es su sitio y quién es quién en
la casa. Y por más que finjamos “estar en sus zapatos”, entender su situación,
esto jamás será posible.
Y no es la típica historia en donde los pobres o los
indígenas son los “buenos” y los blancos de la ciudad son los “malos”. No. Roma
es realista como sólo puede serlo la vida misma. Hay gente perversa entre los
marginados, como Fermín y hay gente bien intencionada entre los acomodados,
como la abuela e incluso la madre de la casa, Sofía. Sin embargo, una obra como
Roma no puede juzgarse en esos términos. Está sujeta a muchas
interpretaciones y tiene muchas lecturas.
Yo me quedo con la de que Roma es un relato hermoso y
realista de la vida misma. De la de cualquier ser humano en condición de
desventaja, vulnerable. Es como un poema en donde, como en el haikú, en unas
cuantas líneas se nos despliega un pensamiento o una sensación profundos, en
unos minutos se nos narra la condición humana, en todas sus facetas.
Teresa de Jesús Padrón
Benavides
Ciudad de México,
invierno de 2019
