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martes, 15 de enero de 2019

ROMA



No fue sino hasta ayer por la noche cuando vi Roma. No quise leer reseñas ni críticas para no crearme falsas expectativas. Sin embargo, no había podido evitar escuchar comentarios y leer halagos a la cinta, pues no se habla de otra cosa en las redes sociales y en los medios de comunicación.
Una gran película está hecha no sólo de imágenes. Tiene su olor propio, su sonido propio, su textura y su sabor propios. Si pensamos, por ejemplo, en películas como La Strada de Fellini, podemos oír el ruido constante de la motoneta en que viajan Zampanó y Gelsomina, y también escuchar la dulce melodía de la trompeta que ella tocaba, que no es otra cosa, que la bella música de Nino Rota. Podemos también escuchar el oleaje en la magistral escena final con Anthony Quinn tirado en la playa y sentir compasión por el hombre rudo y fuerte, convertido en un despojo, desecho y llorando inconsolable. O en Kagemusha, de Akira Kurosawa, en la escena final, cuando el ejército enemigo masacra a la casa de Takeda y a sus caballos en la histórica batalla de Nagashino, el Kagemusha toma una lanza y en un último ímpetu de lealtad, emprende la inútil empresa de arremeter contra la fortificación enemiga. No escuchamos ya el resoplar de los caballos agonizantes ni el oleaje del mar, sino la trompeta tocando el tema inolvidable de Shinishiro Ikebe. De nuevo, el mar como telón de fondo. Como testigo inmutable de la miseria humana. Esas películas nos resultan entrañables no sólo por su fotografía, su música, sus locaciones, sino por sus personajes.
Lo mismo ocurre con Roma, de Alfonso Cuarón. Desde la primera escena, el agua es el elemento que permeará toda la película. El agua que corre por los pasillos de la vieja casa de la histórica colonia Roma después del aseo matutino. El agua de los lavaderos en las azoteas; la lluvia que cae una tarde de verano mientras Cleo la contempla desde la cocina, en silencio; los charcos fangosos de las ciudades perdidas en los márgenes de la metrópoli; el mar, balanceando los cuerpos de Cleo y de los niños y amenazando con arrastrarlos hacia sus entrañas. Y no sólo el agua está presente de principio a fin, sino también el sonido que ésta produce en sus distintas manifestaciones. La orquesta de lluvia del granizo golpeando el cristal de las ventanas, por ejemplo.
Y a propósito de sonidos, la música de la película es esencial para recrear la atmósfera que Cuarón intenta, el México de principios de los setenta. El auge económico de la clase media, con sus coches, sus viajes, sus “problemas” personales y su servidumbre. Los movimientos sociales y estudiantiles, reprimidos cruelmente de nuevo en el sangriento Jueves de Corpus por el presidente Echeverría, quien orquestó, años antes, la matanza de Tlatelolco.
La música de Roma nos remite, a quienes éramos niños o jóvenes entonces, a unos días en que la radio era la compañera ideal de la clase trabajadora, pero también de las amas de casa y de los señores mientras manejaban hacia el trabajo. A través de la radio nos enterábamos de cómo estaba el mundo pero también oíamos radionovelas y escuchábamos melodías de moda y a sus intérpretes: Juan Gabriel, Leo Dan, Rigo Tovar, José José, Rocío Durcal, Los pasteles verdes, entre otros. Si la televisión en esa época era el centro en torno al cual se reunían las familias cada noche,  la radio era el corazón con que latía la vida cotidiana en las casas, los centros de trabajo, el transporte público y los comercios. La banda sonora de Roma es no sólo un homenaje a la música de esa época que añoramos, sino un personaje más de la película, pues cada canción nos remite a un cierto lugar, a un cierto tiempo, a un cierto olor, a ciertas personas.
Pero una película está hecha sobre todo de imágenes. La fotografía de Roma es magistral. No podía Cuarón acertar más cuando eligió que fuese en blanco y negro, pues la historia, los personajes y la ambientación hubiesen demeritado mucho de haberse filmado a color. Los acercamientos lentos de la cámara al rostro de los personajes, en especial al de Cleo, su protagonista, resaltan la belleza de sus facciones y el negro de su cabello largo se torna más brillante filmado de esa forma. El blanco y el negro como dos realidades irreconciliables que, aunque coexistan una al lado de la otra, jamás serán iguales. Los patrones siempre serán blancos. Los sirvientes siempre serán de piel oscura. También el hecho de que sea en blanco y negro es, a mi parecer, un homenaje a las grandes películas de la época de oro del cine. A Emilio Fernández, a Buñuel, a Fellini.
Pero dejando a un lado esos dos elementos, me gustaría decir qué pienso de la película y por qué la considero digna de figurar entre mis favoritas. Roma es un microcosmos que encierra la vida en general. Es un escaparate a través del cual podemos ver todas las emociones humanas. El miedo, el dolor, la tristeza, el placer, la alegría, el odio, los prejuicios, la nostalgia. Y los personajes encarnan algunas de estas emociones a la perfección.  Cleo, por ejemplo, podría representar la nostalgia, la tristeza, la ingenuidad, el miedo, pero también la alegría que dan los pequeños placeres de la vida. Mientras que Fermín, el protagonista masculino, encarna el odio, el complejo de inferioridad, la venganza.
Roma no es sólo una película acerca del machismo, aunque también es eso. No es sólo acerca del amor ingenuo, aunque también es eso. No es sólo acerca de los problemas de la clase media y sus prejuicios, aunque también es eso. No es sólo acerca de la barrera infranqueable entre pobres y ricos, aunque también es eso. No es sólo acerca de la nostalgia por la tierra abandonada para buscar una mejor vida en la ciudad, aunque también es eso. No es sólo acerca del papel predominante de las mujeres en la sociedad, aunque también es eso.
Roma es, a mi juicio, no sólo la historia de una joven indígena que ve cómo la vida en la ciudad amenaza con arrebatarle todo lo que es importante para las personas: su familia, su lugar, sus costumbres, su lengua, su dignidad, sino un homenaje al trabajo que desempeñan y al papel que juegan las empleadas domésticas en la sociedad mexicana contemporánea. Es una reivindicación de la importancia que tienen en la vida de muchas personas de clase media y clase alta, pues ellas no sólo son quienes nos facilitan la vida, sino quienes crían a nuestros hijos, los cuidan, juegan con ellos, les cantan, los llevan a la escuela, los curan si están enfermos.
Muchos de nosotros hemos tenido la fortuna de tener una “nana”, una señora que venía de algún pueblo cercano a nuestra ciudad y que se instalaba en nuestra casa y se volvía “parte de la familia”. Si entrecomillo esto es porque en la realidad, esto jamás ocurre del todo. Aunque las tratemos “bien”, aunque viajen con nosotros y sean nuestro paño de lágrimas, nuestras confidentes, siempre habrá una “diferencia” que jamás debe perderse de vista, entre la “patrona” y “la muchacha”.  Y por más amables y condescendientes que seamos con ellas, si tuvimos un mal día o no estamos de humor, les haremos saber cuál es su sitio y quién es quién en la casa. Y por más que finjamos “estar en sus zapatos”, entender su situación, esto jamás será posible.
 Y esto queda de manifiesto en la escena del parto. El dolor que experimenta Cleo en el parto de su hija no es sólo físico, sino es un dolor del alma, profundo y permanente. Vemos reflejado en su rostro la angustia y el miedo al voltear a ver a su bebé mientras la suturan, pues no escuchó su llanto ni sintió su respiración. Los médicos, con su frialdad característica, le dicen que no hay nada qué hacer. La niña nació muerta. Cuando le preguntan si aun así quiere ver a la criatura y ella accede, la toma en su pecho y llora desconsoladamente, su llanto no es sólo por su hija muerta, sino por su vida entera, por su condición de mujer, pobre e indígena. Es un llanto desgarrador por lo que nunca cambiará, a pesar de las buenas intenciones de algunos cuantos privilegiados, como su patrona.
Y no es la típica historia en donde los pobres o los indígenas son los “buenos” y los blancos de la ciudad son los “malos”. No. Roma es realista como sólo puede serlo la vida misma. Hay gente perversa entre los marginados, como Fermín y hay gente bien intencionada entre los acomodados, como la abuela e incluso la madre de la casa, Sofía. Sin embargo, una obra como Roma no puede juzgarse en esos términos. Está sujeta a muchas interpretaciones y tiene muchas lecturas.
Yo me quedo con la de que Roma es un relato hermoso y realista de la vida misma. De la de cualquier ser humano en condición de desventaja, vulnerable. Es como un poema en donde, como en el haikú, en unas cuantas líneas se nos despliega un pensamiento o una sensación profundos, en unos minutos se nos narra la condición humana, en todas sus facetas.

Teresa de Jesús Padrón Benavides

Ciudad de México, invierno de 2019