“Show me the place, where you want your slave to go, show me the place, I’ve forgotten, I don’t know…”
Leonard Cohen
Muchas veces olvidamos el camino. Son demasiadas las opciones, demasiadas las oportunidades de desviarnos, de perder de vista el puerto de llegada en un mar turbulento de distractores, de placeres fugaces, de ilusiones y quimeras respecto de lo que creemos que es la felicidad. Es muy fácil perderse cuando no se ha estudiado concienzudamente el mapa. Ninguna brújula mágica nos sirve de guía. Ningún faro brilla para nosotros y las bitácoras de viaje no son de provecho. Naufragamos en la inmensidad de un océano de confusión y entonces, si aún nos queda un mínimo de fuerza y de razón, intentamos nadar de regreso a nuestro puerto, al lugar de descanso, al remanso de paz, al refugio anhelado, junto a los nuestros y ahora sí, comenzamos a construir un barco nuevo, siguiendo el instructivo al pie de la letra y nos volvemos a aventurar mar adentro, con nuestro mapa de ruta, nuestro catalejo y nuestra tripulación bien provista para la travesía hacia puerto seguro. Y ahora sí recordamos el puerto hacia donde queremos llegar. Y es grande y es hermoso y es abundante en cosas buenas, cosas imperecederas, cosas que nos trascienden pues son intangibles, pero reales, invaluables, pero valiosas, y ese lugar siempre estuvo ahí, pero su cercanía impedía apreciarlo en su totalidad. Impedía verlo tal cual es pero ahora, después del naufragio que puso la distancia justa entre él y nosotros, podemos admirarlo en toda su belleza.
Y sólo entonces comprendemos que aquel naufragio había sido necesario. Que los tropiezos, los errores, las desviaciones y los intentos fallidos por retomar el camino una y otra vez, no fueron en balde. Cumplieron su misión aleccionadora y toca ahora sólo a nosotros, no volver a perder el rumbo. Y el mapa está ahí, ante nuestros ojos, expuesto en toda su amplitud. Su código es difícil de descifrar, pero no imposible. Sólo requiere de nuestra aplicación en su estudio, de nuestra apertura de mente y corazón, de nuestra disponibilidad de someternos a un dulce yugo, a un amoroso señorío de quien es el creador de todo cuanto existe, el creador de ese mapa, que es la Ley, que contiene las instrucciones precisas para llegar a buen puerto y disfrutar el viaje en cada una de sus estaciones.
La Ley, que es el mapa, es un libro abierto a todos y nadie puede negar conocerla. Al menos de oídas. Más no basta con solo conocerla, saber que “está ahí”, sino penetrar en ella, escudriñarla pacientemente, sopesarla, ponderar sus misterios, abrazarla y acogerla amorosamente, como se acoge a un viejo amigo a quien se temía perdido. Asignarle un tiempo especial y que ese sea el tiempo más anhelado del día. No postergar su estudio con pretextos fáciles. Hacer de esa ocasión el más esperado encuentro dentro de nuestras faenas diarias. Solemos decir “es que yo merezco darme este o aquel lujo, como recompensa por que me mato trabajando”, y bien, ¿Por qué no aprender a hacer de la Ley y su estudio ese “lujo”? ¿Por qué no aprender a sentir el mayor de los placeres durante esa hora santa en que penetramos al recinto de la Ley y comulgamos con Él? ¿Por qué no romper de tajo con las cadenas que nos atan a todo lo demás? Somos esclavos de todo y de todos. Compramos lo que nos venden, hacemos lo que nos dicen, actuamos servilmente ante casi cualquier cosa, pero somos incapaces de someternos a la Ley, pues ésta conlleva un esfuerzo y una valentía superiores a los de cualquier otro yugo. No cualquiera es capaz de soportar el régimen. Prefieren la aprobación inmediata, la aceptación instantánea de otros que son más esclavos que ellos y cuando no la obtienen, se amargan, se frustran y culpan al resto del mundo de su fracaso.
Pero la recompensa de vivir de acuerdo a la Ley no es a corto ni a largo plazo. Es permanente, es como un premio del que podemos disfrutar de por vida, puesto que no se irá, a menos que nosotros lo decidamos. Di_s nunca se aleja, nosotros simplemente dejamos de buscarle o le damos la espalda. Y esa recompensa se manifiesta no sólo en los grandes logros de nuestra vida, sino en las cosas sencillas, en lo cotidiano, en lo inmediato. En nuestra capacidad de asombro ante el mundo que nos rodea y nuestro agradecimiento por estar vivos, por sentir alegría, dolor, conmiseración, deseo, pasión, compasión, euforia. En tener la humildad suficiente para dejar de lado nuestro egoísmo y poder ver el rostro de los demás tal y como es y amarlo tal y como es, porque es diferente pero semejante a mi. Eso es vivir de acuerdo a la Ley. Y eso es la búsqueda más alta, el fin último, el verdadero lugar al que deberíamos aspirar todos sin excepción, pues es el lugar donde mora Él y ese lugar está aquí mismo, en la tierra, en el corazón de cada persona y el mapa de ruta está en la Torá.
Tere Padrón