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jueves, 26 de abril de 2012

NIMBUS



Y os días no son plenos
Y las noches no son plenas
Y la vida se desliza como rata campera
Sin perturbar la hierba
Ezra Pound
Una gran nube negra cubre la noche plegada de estrellas. El viento frío en mi cara trae un recuerdo que duele, que cala en lo más hondo. Inhalo profundamente el aroma de los eucaliptos húmedos. Los grillos vuelven a cantar después de la lluvia y una luciérnaga ha extraviado el camino y revolotea junto a nosotros, mi perro y yo. No hay nadie afuera a esta hora. El silencio nos rodea salvo por los ruidos de insectos nocturnos, ladridos lejanos y el maullido de una gata en celo. Si al menos me hubiese dejado decirle que permanecería conmigo por siempre. Pero cortó de tajo el finísimo hilo que aún nos sostenía. Dicen que las nubes negras son de mal agüero. A mi me gustan. Cubren la resplandeciente luna que ya no brilla más para mí. Presagian tormentas y las tormentas me aquietan, pues silencian los fuertes latidos de mi corazón al recordarlo. Cuánto amor tenía aún que darle. Cuántas canciones, poemas, caricias, besos que no hallarán más destinatario. Sus manos estaban hechas justo al tamaño de mis pechos. Mi boca justo a la medida de la suya. Su piel exhalaba el aroma del amor. Esta noche, mi perro no insiste en tirar de la correa. Su paso se hace a la medida del mío, lento, acompasado, y sólo de vez en cuando voltea a verme, como si quisiera decirme que él conoce de mi pena. Se detiene a olfatear un poco las hojas. Yo también me detengo a mirar el cielo nocturno. Venus brilla como nunca hacia el poniente. Sólo en el amor es posible fundirse con la noche y ser tres y uno al mismo tiempo. Pero él se ha ido para siempre. No habrá más noches plenas para mí. Tendré, si acaso, el consuelo de una grata compañía, de una charla amena y de un destello de pasión lejano. Si al menos me hubiese permitido la posibilidad remota de un encuentro, me habría devuelto la alegría perdida.  Cierro los ojos e inhalo profundo. Mis lágrimas ruedan y saben a sal. Alguien dice mi nombre a lo lejos. No es él. Tiempo de volver. Mi perro se ha echado a mis pies. Tiro de la correa y se espabila sacudiendo el cuerpo. Yo creí que el amor duraba por siempre. Estaba equivocada. El suyo por mi terminó. El mío permanece inútilmente. Sólo espero que se aleje poco a poco. Como esa nube negra que cubre un pedazo de cielo en esta noche constelada.

México, D.F. primavera, 2012

lunes, 9 de abril de 2012

SHOW ME THE PLACE




“Show me the place, where you want your slave to go,
show me the place, I’ve forgotten, I don’t know…”
Leonard Cohen

Muchas veces olvidamos el camino. Son demasiadas las opciones, demasiadas las oportunidades de desviarnos, de perder de vista el puerto de llegada en un mar turbulento de distractores, de placeres fugaces, de ilusiones y quimeras respecto de lo que creemos que es la felicidad. Es muy fácil perderse cuando no se ha estudiado concienzudamente el mapa. Ninguna brújula mágica nos sirve de guía. Ningún faro brilla para nosotros y las bitácoras de viaje no son de provecho. Naufragamos en la inmensidad de un océano de confusión y entonces, si aún nos queda un mínimo de fuerza y de razón, intentamos nadar de regreso a nuestro puerto, al lugar de descanso, al remanso de paz, al refugio anhelado, junto a los nuestros y ahora sí, comenzamos a construir un barco nuevo, siguiendo el instructivo al pie de la letra y nos volvemos a aventurar mar adentro, con nuestro mapa de ruta, nuestro catalejo y nuestra tripulación bien provista para la travesía hacia puerto seguro. Y ahora sí recordamos el puerto hacia donde queremos llegar. Y es grande y es hermoso y es abundante en cosas buenas, cosas imperecederas, cosas que nos trascienden pues son intangibles, pero reales, invaluables, pero valiosas, y ese lugar siempre estuvo ahí, pero su cercanía impedía apreciarlo en su totalidad. Impedía verlo tal cual es pero ahora, después del naufragio que puso la distancia justa entre él y nosotros, podemos admirarlo en toda su belleza.
Y sólo entonces comprendemos que aquel naufragio había sido necesario. Que los tropiezos, los errores, las desviaciones y los intentos fallidos por retomar el camino una y otra vez, no fueron en balde. Cumplieron su misión aleccionadora y toca ahora sólo a nosotros, no volver a perder el rumbo. Y el mapa está ahí, ante nuestros ojos, expuesto en toda su amplitud. Su código es difícil de descifrar, pero no imposible. Sólo requiere de nuestra aplicación en su estudio, de nuestra apertura de mente y corazón, de nuestra disponibilidad de someternos a un dulce yugo, a un amoroso señorío de quien es el creador de todo cuanto existe, el creador de ese mapa, que es la Ley, que contiene las instrucciones precisas para llegar a buen puerto y disfrutar el viaje en cada una de sus estaciones.
La Ley, que es el mapa, es un libro abierto a todos y nadie puede negar conocerla. Al menos de oídas. Más no basta con solo conocerla, saber que “está ahí”, sino penetrar en ella, escudriñarla pacientemente, sopesarla, ponderar sus misterios, abrazarla y acogerla amorosamente, como se acoge a un viejo amigo a quien se temía perdido. Asignarle un tiempo especial y que ese sea el tiempo más anhelado del día. No postergar su estudio con pretextos fáciles. Hacer de esa ocasión el más esperado encuentro dentro de nuestras faenas diarias. Solemos decir “es que yo merezco darme este o aquel lujo, como recompensa por que me mato trabajando”, y bien, ¿Por qué no aprender a hacer de la Ley y su estudio ese “lujo”? ¿Por qué no aprender a sentir el mayor de los placeres durante esa hora santa en que penetramos al recinto de la Ley y comulgamos con Él? ¿Por qué no romper de tajo con las cadenas que nos atan a todo lo demás? Somos esclavos de todo y de todos. Compramos lo que nos venden, hacemos lo que nos dicen, actuamos servilmente ante casi cualquier cosa, pero somos incapaces de someternos a la Ley, pues ésta conlleva un esfuerzo y una valentía superiores a los de cualquier otro yugo. No cualquiera es capaz de soportar el régimen. Prefieren la aprobación inmediata, la aceptación instantánea de otros que son más esclavos que ellos y cuando no la obtienen, se amargan, se frustran y culpan al resto del mundo de su fracaso.

Pero la recompensa de vivir de acuerdo a la Ley no es a corto ni a largo plazo. Es permanente, es como un premio del que podemos disfrutar de por vida, puesto que no se irá, a menos que nosotros lo decidamos. Di_s nunca se aleja, nosotros simplemente dejamos de buscarle o le damos la espalda. Y esa recompensa se manifiesta no sólo en los grandes logros de nuestra vida, sino en las cosas sencillas, en lo cotidiano, en lo inmediato. En nuestra capacidad de asombro ante el mundo que nos rodea y nuestro agradecimiento por estar vivos, por sentir alegría, dolor, conmiseración, deseo, pasión, compasión, euforia. En tener la humildad suficiente para dejar de lado nuestro egoísmo y poder ver el rostro de los demás tal y como es y amarlo tal y como es, porque es diferente pero semejante a mi. Eso es vivir de acuerdo a la Ley.  Y eso es la búsqueda más alta, el fin último, el verdadero lugar al que deberíamos aspirar todos sin excepción, pues es el lugar donde mora Él y ese lugar está aquí mismo, en la tierra, en el corazón de cada persona y el mapa de ruta está en la Torá.

Tere Padrón

martes, 3 de abril de 2012

Carta de amor



I hold this letter in my hand, a plea, a petition, a kind of prayer
I hope it does as I have planned
Losing her again is more than I can bear

Nick Cave



Ya nadie se escribe cartas, mucho menos de amor. Tal parece que en nuestro mundo moderno, invadido por la tecnología y la prisa, el género epistolar ha quedado en el olvido. Pero quienes alguna vez tuvimos el privilegio de recibir cartas, en especial de amor, las devorábamos en cuanto asomaba el sobre blanco en nuestro buzón. No leíamos entre líneas, no ponderábamos respecto de qué querían decirnos, sólo queríamos terminarlas para contestar con otra carta, igual de amorosa,  igual d e apasionada, igual de apremiante. Sin embargo ahora, a la distancia, las releemos con la sabia paciencia y madurez que no teníamos entonces, y  hallamos que todas las promesas ahí vertidas, se han consumado  y han resistido el peso del tiempo y de las vicisitudes.
Las conservamos amorosamente en una caja, Las llevamos con nosotros a cada ciudad a donde nos mudamos, les asignamos un lugar especial en la casa, como el cajón de un armario y nos gusta voltear a ver de reojo, de vez en cuando, ese rincón y así recordar que ellas están ahí, como testigos silenciosos de un juramento de amor hecho y consumado. Como cómplices de nuestros secretos de juventud sólo dichos ahí, y sólo compartidos con su destinatario. Nuestras cartas  hablan por nosotros cuando sentimos que el amor se nos escapa, cuando olvidamos nuestros votos y nos alejamos física y espiritualmente, de su destinatario (a). Ellas nos recuerdan, sutilmente, en voz baja, todo aquello por lo cual nos enamoramos de esa persona. Ellas testifican a su favor, le devuelven todos los atributos que nosotros les quitamos a través de tiempo. Nuestras cartas nos devuelven el rostro verdadero del amado (a) y acabamos besando su nombre plasmado en el sobre que alguna vez fue blanco y que ahora ha adquirido un tono amarillento y un olor a madera y a recuerdo.
Y entonces, nos invade una alegría indescriptible. Sólo comparada como la que sentimos al recibirlas, en medio del éxtasis y el júbilo, en plena juventud y llenos de esperanzas. Terminamos de releerlas con una sonrisa tranquila y con una que otra lágrima en la mejilla. Volteamos hacia el sillón de la sala y hallamos a su destinatario absorto en sus lecturas. Es él. Ahora peina canas, ya no fuma y usa gafas. Pero es él. El dueño de esas cartas y de todo el amor que ellas contienen, está aquí, junto a mi, tal y como lo prometió hace casi 20 años en sus cartas. Y yo, a su lado, tal y como lo juré, sin curas ni iglesias de por medio. Sólo ante él hice mis votos y sólo mis cartas lo atestiguan.

Teresa Padrón de Islas
Primavera, 2012