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martes, 31 de octubre de 2017

Pensar con el Corazón




When I was Young, I admired clever people. Now that I’m old I admire kind people.
Abraham Joshua Heschel
Para Amos, quien piensa con el corazón y ama con la razón

La palabra hebrea para sabiduría es “jojmá” . Un sabio es un “jajam”. Y en hebreo la palabra cálido, es “jam”. Un hombre que posee un corazón bondadoso tiene un “lev jam”.  La palabra cálido, aplicada al carácter de las personas quiere decir “bondadoso, generoso, agradable”, y la palabra sabiduría quiere decir también madurez, prudencia, acierto, conocimiento, experiencia. Etimológicamente, en hebreo, ambas palabras, sabiduría “jojmá” y calidez “jamim”, poseen la misma raíz, las letras Jet y Mem (חם).  Muchos sabios dicen que es así porque ambas cosas, la sabiduría y la calidez humanas, es decir, la bondad, son sinónimos.
Crecí escuchando que a la gente buena le llamaban estúpida. Que el mundo era de los astutos y que el más vivo vivía del más idiota. También crecí escuchando que no había gente buena en el mundo y que los pocos que quedaban lo eran porque eran tontos, cobardes o porque no tenían ningún atributo físico. En el fondo, nunca me lo creí y con el tiempo he llegado a comprobar que quienes decían eso estaban equivocados y que yo tenía razón. Que la gente buena es mucha y que, al contrario de lo que me decían, la mayoría de esa gente es inteligente, independiente, dueña de su vida y eso los hace bellos (al menos a los ojos de otras personas igualmente buenas o inteligentes).
Hoy más que nunca vivimos en un mundo que no valora a las personas por lo que son sino por lo que tienen. La bondad, la amabilidad, el respeto, la cordialidad, la generosidad han dejado de ser atributos loables y en cambio, ahora consideramos digno de admiración a alguien rico, famoso (incluso por algo malo), físicamente dotado, audaz, atrevido, astuto, y, sobre todo, admiramos a quienes aprovechan su poder para abusar o dominar a otros.
Sólo basta ver quiénes son los héroes actuales para darnos cuenta cuales son las “virtudes” que se aprecian hoy en día: futbolistas, modelos, actores y actrices de muy mala categoría y reputación; criminales famosos, gángsters, políticos corruptos (pero ricos), chicas audaces que se atreven a decir lo que piensan sin pudor en la red y que se ganan la popularidad y la simpatía de la mayoría de los idiotas que las escuchan y las siguen.
¿Dónde quedaron los héroes de la época de Oro de la literatura? ¿Dónde se fueron Ájax, Odiseo, Héctor, Aquiles, Don Qujote, el Amadís de Gaula, el Mio Cid? ¿O de la Historia, con mayúscula, como Gandhi, Martin Luther King, Abraham Lincoln, Juárez, Iturbide, Guerrero, Allende?  ¿O algunos que fueron poetas y escritores y que, al mismo tiempo, usaron su arte y su poesía como arma contra la tiranía de sus países como Miguel Hernández, Federico García Lorca, Reinaldo Arenas? ¿Qué fue de los hombres y mujeres que dieron su vida o la arriesgaron por una causa justa o que inventaron o descubrieron cosas que ayudarían a la humanidad entera como Marie Curie, Oskar Schindler, Louis Pasteur? Nadie los conoce. Nadie ha oído de ellos y a nadie le importa. Mucho menos a los millones de héroes anónimos, soldados desconocidos, que dieron su vida para que a nosotros nos tocara vivir en una sociedad más “justa” y “libre” (nótense las comillas).
¿Por qué ser una buena persona es sinónimo de ser un “loser”? ¿Por qué ahora todo mundo educa a sus hijos para ser “triunfadores”, “ganadores”, “competitivos” sin importar a quién se lleven por delante y sin detenerse a pensar en si sus actos afectan a otros? ¿Contra qué o contra quién están compitiendo? ¿Y cuál es el juego y cuál es el premio?
Lo que yo he visto, a lo largo de mi medio siglo de vida, o al menos desde que comencé a percatarme de lo que pasaba en torno mío, es que el éxito en el terreno económico o social no es sinónimo de felicidad y que la gente que vive para alcanzar ese tipo de éxito, casi nunca logra estar cien por ciento satisfecha. Una de las razones es tal vez el hecho de que, por más riqueza y poder que acumulemos, jamás podremos, por ejemplo, comprar el afecto y el cariño de las personas. “Money can´t buy me love”, decían los Beatles allá por 1962.
Además, por más dinero o poder que alguien tenga, ¿puede acaso librarse de la muerte, de las enfermedades, de las tragedias? No. El dinero y el poder nos sirven como armas de control, pues una persona poderosa o rica infunde temor, miedo e incluso terror a veces. Pero alguien que se hace respetar a través de ese tipo de control, es justamente porque no posee virtudes que lo hagan amable, querible, entrañable.
En su obra de teatro “Calígula”, el escritor francés Albert Camus describe al tirano emperador como un ser mucho más vil de lo que nos dicen los libros históricos. Alguien capaz de cometer actos sádicos,  crueles y despiadados con tal de obtener lo que desea. Pero como lo que ahora desea es nada más y nada menos que volver a la vida a Drusila, su hermana y amante y sabe que eso es imposible, trama su propio asesinato. “Los hombres mueren y no son felices”, dice Calígula en la obra.
En cambio, también a lo largo de mi vida he visto cómo, las personas más sencillas, las que han vivido con lo indispensable, han sido también las más felices.  Pienso en este momento en personas muy cercanas a mí , a quienes no recuerdo haber visto tristes, enojadas o angustiadas y cuya compañía yo disfrutaba más que cualquier otra. Dios siempre proveyó para ellas lo indispensable a través de mucha gente que las quiso, justo por ser buenas.
No estoy negando que el dinero no sea necesario para vivir una vida digna, sin tener que preocuparse por lo inmediato y para poder dedicarnos a otras actividades que nos ennoblezcan y nos hagan crecer como personas. No, lo que estoy diciendo es que cuando le concedemos más valor a obtener más y más dinero, bienes o poder, nuestra vida se vuelve miserable, vacía, sin sentido, pues es la ambición, el deseo de tener más de lo necesario, lo que causa la desgracia humana.
Pero volviendo a lo de las personas buenas, si ser alguien inteligente es sinónimo de ser alguien astuto, poderoso, rico o famoso, pues eso conduce a la felicidad ¿cómo es que la mayoría de estas personas no logran ser felices? Y si, por el contrario, ser alguien estúpido es sinónimo de ser un perdedor, un don nadie, un cero a la izquierda, alguien de bajo perfil, ¿por qué muchas de estas personas son más felices y están más satisfechas con su vida? Si la felicidad se mide en términos de satisfacción, de alegría, de amor y de bienestar, la mayoría de las personas con dinero y poder carecen de ellas, mientras que las personas con menos recursos materiales, pero más recursos humanos, afectivos, amistosos, manifiestan en cada aspecto de su vida, mucha más alegría y felicidad que las primeras.
Porque, ¿qué es lo que finalmente queremos lograr a través de lo que hacemos? Que nos amen. Que nos quieran y nos requieran, que busquen estar cerca nuestro, que nos demuestren afecto, cariño, respeto y amor. Porque no somos nadie si los demás no nos reconocen, si no nos ven, si no nos consideran. Porque incluso el peor de los tiranos lo es porque no posee una sola virtud que lo haga un ser amable, digno de amor y de respeto. Porque las virtudes son difíciles de cultivar, requieren paciencia, humildad para aprender de los demás, valor para reconocer nuestras limitaciones, capacidad de soportar el dolor, tolerancia ante la frustración, constancia y otras muchas que sólo poseen las personas inteligentes.
Y como es mucho más difícil cultivar estas virtudes que nos hacen especiales, recurrimos a la violencia, al sometimiento, al terror y al crimen para así hacernos presentes, para que nos vean, aunque no nos quieran, para que nos teman, aunque no nos amen. Pues son muy pocas las personas realmente inteligentes (que para mí es sinónimo de buenas), que poseen todo aquello que los demás envidian porque no pueden tener: el respeto, la admiración y el amor verdaderos.  Por eso es que las personas buenas son inteligentes, porque se esfuerzan en cultivar las virtudes que los hacen ser amados, pues eso, el amor, es por lo que la gente vive y muere, mata y da vida.

Teresa de Jesús Padrón Benavides

Otoño, 2017

domingo, 22 de octubre de 2017

El soundtrack de mi vida (A propósito de mis 50 años)



Freud decía que la infancia era destino. Que lo que sucedía en nuestra vida adulta sería como una re edición de lo que había sido nuestra niñez. Yo no sé qué tan cierto sea esto, pero lo que sí sé es que mi infancia y mi adolescencia fueron etapas muy felices en mi vida y no fueron para nada compatibles con la idea idílica que se tiene de esa edad, al menos para una niña.
No crecí entre hermanas, sino entre hermanos, más grandes que yo. No tuve una educación “femenina y delicada”, sino masculina y hasta cierto punto burda, tosca. Mis juegos de infancia fueron más de niño que de niña: canicas, bicicleta, patines, papalotes. Mi cuarto era el mismo de mis hermanos y no era color de rosa ni con papel tapiz de flores, sino azul y con pósters de los Bee Gees, Farah Fawcett, Creedence Clearwater y los Beatles.
Aprendí a andar en moto a los catorce, a trabajar con máquinas de limpieza a los trece y manejé mi primer carro a los 15, un pick up Ford 1965, color vino, con la palanca de los cambios durísima y en dónde apenas si alcanzaba los pedales del clutch y del freno.  Mis hermanos me enseñaron a nadar desde pequeña, en la alberca Chávez, en Matamoros. Después me enseñaron a tirar golpes de verdad. Aprendí a pelear como si fuera una mini boxeadora peso pluma: jabs, ganchos al hígado, cruzados, upper cuts. Mis golpes resultaron tan buenos que varias veces, ensayando, dejé a mis hermanos el ojo morado.
Otra cosa que aprendí en aquella época y que sería, esa sí, definitiva en mi vida futura, fue el amor por la música. Cuando nos mudamos de Matamoros a Mexicali, dejamos atrás un pasado claroscuro. Familia, vecinos y amigos queridos, pero también problemas familiares irresolubles y turbulentos. Mexicali nos acogió calurosamente (en sentido literal pero también metafórico). Allí todos, desde el primer día, mi tía, mis primos y los amigos que hicimos al llegar, nos recibieron con afecto y amabilidad y como si nos conocieran y quisieran desde siempre.
La música, desde entonces, servía para llenar todos los momentos de nuestra nueva vida y también para recordar con nostalgia lo que habíamos dejado atrás. Fue mi hermano Héctor, “Torín”, como lo conocen todos, quien más me contagió su gusto por los Beatles, los Bee Gees, Creedence Clearwater Revival, los Rolling Stones, y tantos otros grupos, algunos pop, de su época preparatoriana, como Chicago, y otros más pesados y más viejos como Led Zeppelin.
De ahí nació mi gusto por el inglés, por la literatura y por la música. Pero también el rock (y el pop) fueron el vínculo más fuerte entre yo, una niña de apenas doce años, y mis hermanos, uno de 17 y otro de 20. Yo sentía entonces que cada canción había sido escrita para nosotros, yo y mi familia, mis amigos de infancia y mi ciudad, Mexicali. Aunque en realidad las canciones hubieran sido concebidas al otro lado del mundo, en lugares muy distintos al mío y en condiciones diametralmente opuestas a lo que era mi vida. Yo las hacía mías, las reinventaba.
Recuerdo el camino de nuestra casa, en la colonia industrial, hacia la secundaria. Debía pasar por un lote baldío, de esos que abundan en Mexicali, con el sol a plomo sobre mis espaldas de niña, pero yo iba cantando “Penny Lane is in my ears and in my eyes, there beneath the blue suburban skies…” Mi cielo no era suburbano ni azul, sino plomizo y con un sol abrazador, pero yo me hallaba a miles de kilómetros de distancia, allende el mar, en Livepool , con John, Paul, George y Ringo caminando a mi lado. Mis amigos de aquella época, hace más de 35 años, me recuerdan como “la que se sabía todas las de los Beatles”.
Al salir de la escuela, en los meses de otoño e invierno, ya está oscuro en Mexicali. De regreso a mi casa, bordeaba el lote baldío y atravesaba por callejones llenos de casas viejas de madera estilo californiano, con tejas de barro y corredores. Desde los radios de algunas de esas casas llegaban hasta mí melodías del programa “Beatlemanía”, de radio 790 A. M. Casi siempre me detenía para escuchar el final de alguna de mis favoritas.
Al llegar a mi casa, me esperaban mis hermanos con algunos de sus amigos y a veces también mis primos, escuchando a Boston, Foreinger o Supertramp y preparando tortillas de harina, frijolitos con chorizo y un chocolate “Quick” para cenar. Mi hermano Torín siempre ha sido buen cocinero, pues le encanta comer.
Después me dejaban salir un rato en mi bici de carreras, una Huffy color beige con café, regalo de navidad de mi mamá, y mientras pedaleaba a la casa de alguno de mis amiguillos, iba tarareando “Help”, “A Hard Day’s Night”, o alguna de moda, como “Don’t Stop Believing” de Journey. Una vez reunida con mis amigos, sacábamos una vieja grabadora Sony y poníamos un cassette para escuchar música mientras hacíamos una fogata en algún lote baldío y nos pasábamos una coca o un gansito. “Hot Blooded,” “Juke Box Hero”, de Foreinger,  “Separate Ways” de Journey, “Logical Song” de Supertramp, se escuchaban cada vez más lentas y distorsionadas hasta acabarse las pilas Rayo Vac. Nos despedíamos prometiendo volver a la noche siguiente, aunque el frío del desierto nos calara en los huesos, pues el calor de la fogata y más aún, el de la amistad, nos mantenían tibios.
A pesar de haber crecido entre hombres y mayores que yo, mis hermanos, mis primos y sus amigos, siempre me trataron con afecto, con un cariño especial, de hermana menor, de niña y no recuerdo una sola vez en la cual no me defendieran o me ayudaran si me metía en problemas. Me hicieron mi fiesta de quince años, con chambelán, vestido rosa y todo lo demás, pero eso sí, con el “Danger Discoteque” amenizando. Un sonido disco del gran Luisón, (qepd,) querido amigo de mis primos y hermanos. En mi fiesta hubo sobre todo rock, pop en inglés y una que otra cumbia de Rigo Tovar, pues era el orgullo de “Mi Matamoros Querido”.
Durante esa época fui siempre la chaperona de mis hermanos y sus novias. Debían llevarme con ellos cuando las visitaban o las invitaban al cine o a algún otro lugar. A mí no me importaba mucho, siempre y cuando me compraran algo rico y me dejaran andar sola un rato. Aunque hubo algunas que me resultaban más bonitas y simpáticas que otras, nunca expresé mi opinión, pues sabía bien que no la tomarían en cuenta, después de todo, yo era la hermanita menor.
Después entré a la prepa. Poco a poco, mis hermanos y yo nos fuimos distanciando, pero nunca demasiado como para no ayudarnos, como para no acompañarnos en las buenas y en las malas, como para no sacar la casta a la hora de ayudar a mamá en todo. Mis amigos y amigas de esa época son entrañables no sólo para mí, sino para mi familia, pues crecí en un tiempo en el que la amistad era aún de verdad y para siempre. Tuve mi primer novio. Un rockero greñudo y gordito del que yo estaba perdidamente enamorada. Era el guitarrista de la primera banda de rock que formé en mi vida. Por supuesto, mis hermanos y mi madre debieron dar su aprobación y él tuvo que pasar varias pruebas de fuego si quería que le concedieran permiso para ser mi novio. La primera fue la más dura, cortarse la melena. La pasó. 
Las canciones de esa época también fueron definitivas en mi vida, esta vez, como vínculo entre yo y mis amigos. Canciones de Scorpions, Rush, Iron Maiden, entre otras de nuestras bandas favoritas muchas delas cuales pudimos ir a escuchar en vivo al San Diego Sports Arena, todos juntos.
Luego conseguí mi primer trabajo, a los 18 años, de secretaria bilingüe en el parque industrial Mexicali I. Me lo dieron en la primera entrevista. Cuando me preguntaron dónde había aprendido a hablar inglés de manera tan fluida y con tan buena pronunciación, esbocé una ligera sonrisa y dije: “en los discos”. Sí, en los LP’s que me compraba mi hermano Torín y que oíamos una y otra vez al acostarnos, o mientras hacíamos una carne asada con los amigos, o en el viejo pick Ford color vino, o mientras limpiábamos la casa, los tres juntos, mis hermanos y yo.
Nuestra vida en Mexicali transcurrió como la de cualquier familia, con fiestas de cumpleaños, velorios de amigos y parientes, viajes a Las Vegas, Disneyland, Sea World, y al mar, a la montaña y al desierto. Después vinieron tragedias. Algunas muy dolorosas e insuperables. Pero incluso esas tragedias sirvieron para mantenernos más unidos. La música que empecé a escuchar se volvió cada vez más oscura, tal vez por la etapa en la que estaba pasando. Pink Floyd, Black Sabbath, Uriah Heep, encerrada en mi cuarto, con luces apagadas en las noches gélidas de invierno. Pero aquello también pasó.
Luego mis hermanos formaron sus familias. Me quedé sola en casa con mi mamá. Estudié, trabajé, me casé y formé, yo también mi familia. Hoy, la música sigue siendo parte de mi vida, pero el sonido es otro, la motivación es otra, la expresividad es otra. Con mi esposo he aprendido a amar, comprender, analizar y disfrutar la música clásica de una forma que sólo los melómanos entienden. También el jazz y el blues, entre otros géneros, nutren nuestra vida adulta y tenemos la fortuna de poder disfrutarlos con nuestro hijo, quien también ama la música y la interpreta.
Algunas personas dicen que me he convertido en una mujer joven, guapa, madura e inteligente. Otros que sigo siendo la misma niña libre, salvaje e inquieta de hace muchos años. Yo no sabría definirme en esos términos. Lo que sí sé es quién he sido, cuál es mi historia, mis raíces y salvo por la muerte prematura de mi hermanita de 12 años, no cambiaría ni una sola cosa. Cada canción, cada libro, cada viaje, cada relación y cada lugar han dejado huella en mí y son el material con que me nutro para escribir, para cantar, para vivir.
Porque cada persona que he conocido y cada acontecimiento que he vivido a su lado, triste o alegre, amargo o afortunado, han hecho de mí la persona que soy y creo que no ha sido para mal, pues tengo la fortuna de contar con el amor y el afecto de mucha gente, quienes conservan siempre un buen recuerdo mío y eso es lo que da sentido a mi vida, lo que hace que haya valido la pena llegar hasta este momento rodeada de amor y de música. Y sólo tengo que decirles, a cada una de ellas, gracias por recordarme y por quererme. El sentimiento es mutuo. Que sus vidas estén siempre llenas de música, de buena música y que haya entre todas, una canción que me traiga a sus mentes.
Quisiera terminar este homenaje a la música y a la gente que he amado con una frase de “In My Life” de John Lennon (canción que amo más que a ninguna, pues con ella nació mi hijo):
“Though I know I’ll never lose affection, for people and things that went before, I know I’ll often stop and think about them, In my life, I love you more.”

Teresa de Jesús Padrón Benavides
Otoño, 2017, Ciudad de México


domingo, 13 de agosto de 2017

“Los Olvidados”, la película “inolvidable” de Buñuel.




El buen cine y la buena literatura lo son porque reflejan la realidad pero lo hacen de manera profunda, no superficial.  El cine y la literatura se permiten licencias que enfatizan y resaltan todo lo que de malo (y de bueno) tiene la realidad  y, además, añaden elementos que pertenecen al ámbito de la psique, de los sueños, el sub consciente y eso las convierte en obras maestras, pues es muy difícil retratar el interior de las personas y la esencia de las cosas.
Los olvidados, de Luis Buñuel, se inserta en el así llamado género “surrealista”, al que pertenecieron pintores como Dalí, Max Ernest, entre otros y escritores como Guillaume Apollinaire y André Breton y que surgió a principios de la década de los años 20.
Pero no profundizaré aquí acerca de lo que es el surrealismo pues se han escrito chorros de tinta al respecto. Sólo me gustaría resaltar los elementos de surrealismo que hay en la película para tratar de entender cómo Buñuel logró combinar a la perfección el híper realismo (es decir, la realidad tal cual) con los elementos que pertenecen al campo del sub consciente, a los sueños, a lo irracional, para crear una obra oscura, que retrata la marginalidad, la miseria, el abandono y la falta de amor y cómo esto desemboca en la crueldad y la brutalidad humanas más descarnadas.
Haciendo una comparación entre la obra maestra del realismo italiano “Pobres, sucios y malos” de Ettore Scola, y “Los olvidados”, nos encontramos ante una realidad que se repite en todas las grandes urbes del mundo, sobre todo en la era capitalista: cinturones de miseria en medio de edificios de lujo, población indígena que debe migrar a la ciudad en busca de trabajo, falta de educación y de empleo de calidad, prostitución, crímenes, etcétera.
La película transcurre en el México de principios de los cincuenta, en un barrio marginal en donde el crimen y la desolación  son el pan de cada día. Jaibo, un adolescente infractor que acaba de escapar del reclusorio, regresa a su barrio para continuar sus fechorías en complicidad de los otros muchachos de la vecindad, en su mayoría niños y adolescentes que pasan el día robando para vivir, pues no asisten a la escuela.
El jaibo desea vengarse del joven que lo delató y que provocó que lo recluyeran, Julián, un muchacho bien intencionado, honrado y trabajador que sólo desea mantenerse alejado del jaibo y compañía. Para llevar a cabo su venganza, el jaibo contará con la complicidad de Pedro, su mejor amigo, un chico despreciado por su madre, cuya rebeldía es más por esa falta de amor que por maldad, pues varias veces durante la película, Pedro quiere reivindicarse y ganar el amor de su madre, pero el miedo que siente por el jaibo y el coraje y frustración por ser rechazado por su propia madre, lo involucran en el crimen y lo hacen cómplice y víctima.
Los personajes secundarios juegan también un papel crucial en la película, pues aunque no caen en los estereotipos, sí encajan a la perfección en el ambiente oscuro y marginal de la trama. El ciego, un anciano invidente que se gana la vida pidiendo limosna y tocando instrumentos. El ojitos, un niño de que viene del campo y que es abandonado por su padre en la gran urbe por librarse de una boca más que mantener. La madre de Pedro, una mujer joven y amargada debido al abandono de su marido y a tener que trabajar de sol a sol lavando ropa para mantener a su familia. Meche, una niña a quien el entorno en el que vive ha vuelto huraña y desconfiada, pero que conserva su buen corazón y su candor.
Los personajes, todos, son muy humanos en el sentido de que aquí no hay buenos y malos, es decir, todos, pueden tener las peores intenciones, pero también mueven a compasión y a lástima. Pues algunas veces son movidos por sus más bajos instintos y eso desemboca en crímenes y otras son víctimas de las circunstancias en las que viven.
En Los olvidados no hay una lectura fácil ni una sola escena en donde se pueda juzgar a alguien en términos objetivos, puesto que sus personajes son tan “reales”, es decir, tan parecidos a nosotros, que no sabemos qué esperar de ellos ante tal o cual estímulo.
 En “Los olvidados”, Igual que en la película de Scola,  no podemos juzgar sesgadamente a nadie, pues todos son víctimas y verdugos. Por ejemplo, el jaibo, un joven sin escrúpulos a quien no le mueve a compasión ni siquiera la invalidez de un indigente a quien, junto con sus compinches, despojan de su dinero y del carrito con el que se transporta y lo dejan tirado en plena calle, es un paria, vive en el abandono absoluto, solo, sin familia y eso es ya razón suficiente para compadecerlo (no para justificarlo). O el mismo ciego, el anciano indigente que toca instrumentos y canta para sobrevivir, es víctima del sistema que le niega asistencia social, pero es también un ser cruel, lascivo y avaro. O a la madre de Pedro, que si bien trabaja y mantiene a sus otros hijos, también repudia y rechaza a Pedro, su hijo mayor, a quien tuvo a los catorce años, producto de una violación. O incluso Meche, la niña dulce y tierna que se compadece del “ojitos”, el niño que viene del campo y a quien su padre abandonó, tiene su lado “oscuro”, pues al final de la película, es cómplice de su abuelo de un acto injusto e inhumano.
En este sentido, los olvidados son cada uno de los personajes, el joven abandonado desde la infancia; el niño rechazado por su madre, el invidente a quien se le niega asistencia, la mujer a quien su marido dejó con tres hijos, el niño del campo cuyo padre huyó dejándolo en la ciudad, en fin, los olvidados son los “invisibles”, a quienes la sociedad les voltea la cara, los que no tienen rostro, ni voz ni voto, aquellos que nacen y mueren sin ser percibidos. Todos aquellos cuyas vidas son irrelevantes para los demás y que son vistos únicamente cuando los “otros”, los que sí son “vistos”, son víctimas de alguno de ellos o cuando finalmente deciden formar alianzas criminales y vengarse de la sociedad que los ha relegado durante toda su vida.
Los olvidados es una gran película porque nos muestra de lo que somos capaces cuando el hambre, la miseria y la marginación nos mueven a actuar para cambiar radicalmente nuestra situación. Y ¿quién puede juzgar los crímenes cometidos por aquellos a quienes se les ha negado la oportunidad de vivir una vida digna durante tanto tiempo?
La crueldad, el sexo, la muerte, son las constantes de la película que culmina, como la Ilíada de Homero, con la muerte de sus dos “héroes” (o anti héroes, como se prefiera). Uno, a manos de su enemigo (antes amigo) y el otro, como era de esperarse, a manos de la “justicia”, entre comillas, pues no hay justicia en Los olvidados. No hay posibilidad de redención, por más intentos que, al menos Pedro, haya hecho. Porque es muy difícil dejar de ser uno de “los olvidados”.
Las extraordinarias actuaciones de Roberto Cobo como “el jaibo”, le valieron en 1951, el Ariel a mejor actor juvenil y la película es considerada por la UNESCO como “Memoria del mundo”, una categoría que sólo ostentan “Metrópolis” de Fritz Lang, “El mago de Oz” de Victor Fleming, además de toda la filmografía de los hermanos Lumiere. Luis Buñuel fue también galardonado ese año con el Ariel a mejor director.

Teresa Padrón Benavides

Ciudad de México, verano del 2017