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viernes, 17 de diciembre de 2010

LI PO Y LA SUBLIMACIÓN DEL VINO


El noveno día bebo en el monte del dragón
Las flores amarillas se ríen del exiliado
Borracho, veo cómo el viento se lleva mi gorro
Y me quedo bailando con la luna
Li Po

Li Po, laureado poeta chino de la dinastía T’ang, vivió hace más de 1000 años. Sin embargo, hasta nuestros días continúa considerándosele el más grande poeta de la llamada “edad de oro” de la poesía china entre los años 650-800 de nuestra era. Él formaba parte, junto con Wang Wei, To Fu Yi y algunos otros, del grupo de los “Ocho inmortales de la copa de vino”, poetas que rendían tributo al vino y sus bondades.
Li Po amaba profundamente la naturaleza, la amistad, la música, la poesía, pero sobre todo, el vino. En todos sus poemas el vino no sólo es una presencia constante, sino que es un compañero, un aliado, un amigo. Hijo de comerciantes exiliados en Turkestán, a causa de un crímen cometido por un antepasado suyo, él siempre sostuvo que era descendiente de príncipes y que de ahí le venía su inclinación a las artes y a la poesía, aunque tal vez él mismo se haya inventado su pasado. Pasó su infancia y su adolescencia dedicado a los estudios clásicos y a los 15 años dejó la casa paterna para irse a un monasterio taoísta y en esa época empezó una serie de peregrinajes en busca de la santidad, aunque no tuvo mucho éxito, ya que tenía otras aficiones, no muy acordes con su búsqueda espiritual. Por ejemplo, dominaba el arte de la espada y tenía una especial afición por la música y el vino. Se hizo caballero errante y como el quijote, anduvo impartiendo justicia por mano propia, defendiendo a las débiles y a los oprimidos y mandó al otro mundo a más de uno.
De todos modos, eventualmente y gracias a su fama como gran poeta, logró, por recomendación de un alto funcionario amigo de su familia, acomodarse en la corte del emperador Chang An, quien inmediatamente lo nombró Han Li o secretario imperial. Ahí conoció a otro gran maestro taoísta, ilustre poeta, He Zhizhang, quien se volvió su amigo entrañable y fue uno de los “ocho inmortales del vino”. Harto de la corrupción y los excesos dela corte, Li Po decide abandonar su trabajo y emprender un largo viaje para reencontrarse consigo mismo y con la naturaleza. Durante esa época, la dinastía de los T’ang pasa por un periodo de crisis interna aunado a las invasiones de mongoles y turcos. Hay sublevaciones por parte de algunos de los hijos del emperador como Li Shuan quien, indignado por la tiranía de su padre y de la miseria que reinaba en la mayoría d las provincias, se subleva con un gran ejército y Li Po se alista en sus filas. Es exiliado en la provincia de Guizhou, remota y lejana y durante el viaje aprovecha el largo camino hacia el exilio para hacer paradas continuas en cada una de las ciudades por las que pasa festejando con sus amigos la despedida con música, baile, poesía y vino, mucho vino.
Li Po exaltó en sus poemas al vino y sus bondades como elixir que incita al placer ya al contemplación de la belleza. Como fuente inspiradora de poemas sublimes y reflexiones filosóficas profundas. El vino como compañero de soledad y de andanzas. El vino como aliciente para cantar y exaltar la maravilla de la naturaleza. El vino como estimulante para alcanzar el Dao, el estado de perfección. Para comunicarse con Dios.
Es casi imposible imaginar, en la época actual, que el vino pueda provocar en alguien tal estado de gracia, de comunión con la naturaleza y con la vida en general. Inmersos como estamos en un mundo banal, superficial, en donde se rinde tributo a los placeres vulgares, a lo instantáneo, lo efímero y lo artificial y llenas nuestras cabezas con toda la basura comercial, la violencia, la estupidez y la falta de estímulos espirituales, el vino sólo provoca en nosotros un efecto adverso y diametralmente opuesto al que describe Li Po en sus poemas. El vino o el alcohol en cualquiera de sus formas, es un estimulante y un relajante del sistema nervioso central y, como tal, potencia lo que de bueno o malo haya en nosotros y lo deja al descubierto. Lo terrible es que cuando no se tienen nada bueno por dentro, ni espiritual ni intelectualmente, el vino sólo sirve para sumergirnos en un profundo estado de estupidez, casi siempre con consecuencias nefastas. Entonces ocurre que, al ser el causante de tantas desgracias, se le sataniza o peor aún, muchos lo usan como pretexto para hacer alarde de sus dotes de machos, de temerarios, de galanes. Para envalentonarse frente a los demás y decir todo lo que no se atreven estando sobrios.
En cambio, para Li Po y sus amigos, el vino era el estimulante al que acudían para sublimar todo lo que de bueno les rodeaba. Para rendirle homenaje al placer de estar vivos, de ser parte del Dao, es decir, de la fuerza vital que mueve al mundo, del fluir de la existencia. O sea, para sacralizar la vida y todo cuanto hay en ella.
Li Po murió a los 61 años en casa de un pariente a quien encomendó la edición de sus poemas. La leyenda e su muerte es my hermosa. Se dice que paseando en barca por el río amarillo, en una noche de borrachera, quiso abrazar el reflejo de la luna sobre la superficie del agua y murió ahogado. Reproduzco aquí algunos de sus más bellos poemas en donde sublima al vino.



BEBIENDO SOLO BAJO LA LUNA

Entre flores, mi jarra de vino
Bebo solo, sin amigo
Alzo la copa e invito a la luna
Con mi sombra, ya somos tres
Más la luna no sabe beber
Y mi sombra me sigue en vano
Compañeras de un instante
Es preciso divertirse antes de que pase la primavera
Canto y la una se columpia
Bailo y mi sombra también
Antes de caer borracho, divirtámonos juntos
Cada uno se dispersará después
Seréis, sin alma, eternas amigas
Y un tiempo llegará en que, el la lejana Vía Láctea
Nos volvamos a encontrar.


PASO LA NOCHE ENTRE AMIGOS

Alejemos las tristezas de este mundo
Quedémonos bebiendo cientos de jarras
En la hermosa noche es bueno conversar
El fulgor de la luna nos impide dormir
Una vez borrachos nos acostaremos en la montaña vacía
El cielo será nuestra manta y nuestra almohada la tierra


TRAS LA BORRACHERA, EN UN DÍA DE PRIMAVERA

Si la vida entre los hombres no es más que un gran sueño
¿Para que esforzarse?
Por eso paso el día borracho
Y, rendido, me acuesto ante una columna del portal
Al despertar, miro más allá del patio
Un pájaro canta entre las flores
Decidme, ¿en qué tiempo vivimos?
El viento de la primavera hace hablar a la oropéndola viajera
La emoción me hace suspirar
Pero, al ver el vino, me vuelvo a servir
Canto en voz alta, esperando a la luna brillante
Y, al terminar, ya no recuerdo nada


BEBO EN EL MONTE DEL DRAGÓN

El noveno día bebo en el monte del dragón
Las flores amarillas se ríen del exiliado
Borracho, veo cómo el viento se lleva mi gorro
Y me quedo bailando con la luna.



Teresa de Jesús Padrón Benavides
Invierno, 2010

miércoles, 17 de noviembre de 2010

La fiesta del libro en Cajeme


"Creo que la televisión es muy educativa. Cuando alguien la enciende me voy a leer un libro."Groucho Marx


Por todos lados escuchamos decir que estamos asistiendo a la muerte del libro. Que los días del libro están contados. Que en medio de la era de la tecnología, ya no hay lugar para éste y que las bibliotecas pronto se volverán una especie de museos de objetos obsoletos. Las librerías, se dice, muy pronto serán cosa del pasado. Nos dicen que la tinta y el papel cederán su lugar completamente, más pronto de lo que pensamos, al libro electrónico. Por supuesto que es muy cómodo cargar consigo volúmenes enteros en un aparato delgado, fácil de transportar y que puede llevarse a todos lados. Sin embargo, un libro es algo físico. Es un cuerpo con personalidad propia. Su alma es la historia que narra. Su lugar en el mundo lo define su forma, su tamaño, su color, su olor. Es un habitante más de nuestra casa. Lo reconocemos, lo identificamos como “alguien” especial. Le hacemos una oquedad entre otros de su misma “especie” en alguno d nuestros libreros. Nos sentimos tranquilos de que esté ahí, en su sitio, entre nosotros, para recurrir a él cuando lo necesitemos, cuando queramos volver a tener una conversación íntima con él. Es nuestro cómplice, nuestro amigo, nuestro allegado.
Muchos de mis recuerdos más placenteros de la infancia, tienen que ver con los libros. Recuerdo a mi madre preocupada por tener a tiempo el “abono” para el señor que iba cada mes, puntualmente, a cobrar por las enciclopedias Salvat, El Tesoro de la juventud, El Quillet y Los clásicos. Mi madre solía decir que no había mejor inversión que los libros. También recuerdo las tardes de invierno, sentada a la mesa del comedor, mientras ella hacía manualidades, yo le leía alguna de las historias de mi tomo favorito del “Libro de oro de los niños”. Además, no había nada en el mundo que disfrutara más que el que alguno de mis hermanos me leyera alguna historia antes de dormir o leerla yo misma, cuando ya podía hacerlo. Este es un hábito que aún conservo y que sigue siendo todo un ritual previo al sueño.
Durante un tiempo fui editora independiente. Me dediqué, entre otras cosas, a la formación y diseño tipográfico y de interiores para editoriales como Planeta. Tuve oportunidad de ser parte de la “creación” del cuerpo físico de los libros. Me involucré en el proceso del diseño de la portada, hasta la elección del papel, del tipo de letra, de la formación de páginas, hasta su impresión. Conocí los llamados “tipos móviles”, que aún se utilizan en algunas imprentas y a quienes los viejos tipógrafos, celosos de su oficio, conceden un valor especial frente a la nueva producción en serie. Aún puedo, con sólo pensarlo, evocar el olor a la “cola”, que es el pegamento que se utiliza para adherir la portada al lomo del libro. Conocí el arte amoroso de “coser” las páginas, con hilo (método cada vez menos utilizado) y, en fin, tuve el privilegio de asistir a cada una de las etapas de la transformación de un texto, en algo físico, tangible, vivo, real.
Esta presencia física del libro, si bien es asistida hoy día por la tecnología (cosa que es muy valiosa, puesto que así se reproduce con más rapidez y es accesible a más personas), es lo que permite que tengamos una relación afectiva con él. Hace surgir en nosotros un apego, un afecto hacia algo que se ve, que se siente al tacto, que se huele, que se lleva con uno. El libro lleva impreso en su cuerpo no sólo las letras, sino alas marcas el tiempo (una mancha de café, un boleto del autobús o de algún concierto; la servilleta con algún numero de teléfono o alguna frase cogida al vuelo) Todo eso son revelaciones de cómo ha sido nuestra relación con él. Y eso, es insustituible.
Por eso es que ayer, durante la inauguración de la 5ª Feria del Libro en Cajeme, pude constatar eso. El libro no ha muerto. Se siguen haciendo libros. Se sigue publicando. Se siguen ofreciendo a un mercado tal vez más reducido, pero no menos asiduo de conocer las novedades editoriales, o las reimpresiones de clásicos, o las recomendaciones de algún amigo o familiar. Daba gusto ver la curiosidad con que los asistentes, niños incluso, hojeaban las páginas, olían su interior, leían la reseña en la contraportada, preguntaban precios. A la par de la exposición y venta de libros, hay contempladas muchas actividades como presentaciones de libros, teatro guiñol, danza, música, cuenta cuentos, entre otras, por parte de la Dirección de Cultura Municipal, la Compañía de Teatro de Cajeme, ITESCA, UTS, Biblioteca Pública Municipal, Ponguingiola, ITSON, Intituto Cumbre el Noroeste, entre otras instituciones.
Durante la conferencia magistral que ofreció el escritor tijuanense Federico Campbell, habló de la memoria. No sólo en términos fisiológicos, sino de la memoria registrada, en libros de historia, pero también en novelas, cuentos, relatos, etcétera. Habló acerca de cómo nuestra memoria es selectiva y va desechando aquello que le molesta, que le impide seguir adelante con su vida. Pero también de la evocación, del recuerdo, de la añoranza. Mencionó varios libros y autores que han sido una influencia en su vida y que le han permitido crecer no sólo como escritor, sino, más importante, como ser humano. Y terminó su intervención diciendo que leer nos sirve para vivir. Para aprehender el mundo en todos sus aspectos, con todos sus matices, con su placer y su dolor, con lo bello y lo horrible, con el miedo, la furia, la rabia, pero también con la ternura, la empatía y el amor. Y toda esa gama de sensaciones de las que es capaz el hombre, está plasmada en los grandes libros. Sólo hay que acudir a ellos. Hacerles una visita, como quien visita a un viejo y entrañable amigo. Sin prisa, con el ánimo de pasar una velada agradable. Solos, los dos, en un diálogo íntimo, placentero y enriquecedor.
Por eso, para seguir dando vida a los libros y para vivir más intensamente nosotros, asistamos al CUM, a partir de hoy y hasta el sábado 20 a partir de las 9 am y hasta las 8 pm a vivir la Fiesta el libro en Cajeme. A celebrar la vida a través de los libros ¡Larga vida al libro!


Teresa de Jesús Padrón Benavides

miércoles, 27 de octubre de 2010

¿Educación superior?


La educación es el único medio para alcanzar el crecimiento integral de los pueblos, su desarrollo económico y su bienestar social.
José Vasconcelos



En su discurso al recibir el premio Príncipe de Asturias 2010, el rector de la UNAM, José Narro Robles, hizo hincapié en que frente a la crisis financiera mundial producto a su vez de la crisis de valores, se debe volver al humanismo que proponían los pensadores del siglo XIX. “Frente al éxito quimérico, el egoísmo, la corrupción o la indiferencia, el mejor antídoto son los valores laicos de ayer y siempre”, dijo. Habló también del panorama desalentador que se les presenta a los jóvenes que no tienen muchas esperanzas respecto de que las cosas mejoren y dijo, textualmente, que el gran reto consiste en lograr un “progreso en donde lo humano y lo social sean lo verdaderamente importante”.
Estamos asistiendo al colapso del país. Las instituciones se desmoronan ante nuestra indefensión e indiferencia. La corrupción ha permeado a todos los ámbitos de la vida cotidiana y nadie escapa del coste social que ésta conlleva: pobreza extrema, desempleo, ignorancia, violencia y un panorama general de enojo e impotencia por no poder o no saber cómo protestar, cómo levantar la voz sin ser reprendidos, castigados o criticados.
A algunos les puede parecer que hablar de valores o de humanismo es asunto del pasado, del Renacimiento o del siglo XIX. Se equivocan. También lo es de ahora y del futuro. Por esto, la crisis que enfrenta la población mundial requiere de una revisión a fondo de los valores que transmitimos a los jóvenes. Se debe hacer, en virtud de que la desigualdad y el rezago afectan en el mundo a miles de millones de personas. La modernidad debe traducirse en mejores condiciones para los excluidos de siempre. El verdadero saber no es neutro, debe estar impregnado de compromiso social. El gran reto consiste en alcanzar un progreso donde lo humano y lo social sean verdaderamente lo importante.
José Vasconcelos fue uno de los grandes pensadores que ha dado México. Abogado de profesión, educador, filósofo y humanista, Vasconcelos fundó, junto con otros ilustres mexicanos de su época, como Alfonso Reyes y Antonio Caso, Pedro Henríquez Ureña, Isidro Fabela, entre otros, el famoso “Ateneo de la juventud”, en 1909. El Ateneo surgió como una inquietud de los jóvenes intelectuales que con sus ideas humanistas contagiaron el espíritu de los ideólogos y de los líderes de la Revolución Mexicana que se consolidaría con el fin del régimen porfirista y culminaría con una reforma cultural.
Uno de los principios rectores de esa nueva generación entusiasta, era la de humanizar la educación. Es decir, educar a los nuevos profesionistas no sólo en las áreas del conocimiento que les compitiera, sino también en los aspectos intelectuales y en los valores humanos trascendentales que harían de ellos hombres y mujeres libres, críticos, dotados de juicio, responsables, comprometidos con sus ideas y valientes.
Vasconcelos y los otros miembros del Ateneo tenían la fuerte convicción es que es sólo a través de una educación integral que contemple todos los aspectos del ser humano, que se puede consolidar una nación libre y soberana. Hombre culto, lector voraz de grandes filósofos como Platón, Kant, Nietszche, Schopenhauer, quienes influyeron en su pensamiento humanista, Vasconcelos fue nombrado Rector de la Universidad Nacional de México (hoy UNAM) bajo el gobierno de Adolfo de la Huerta y secretario de Instrucción Pública (hoy SEP) bajo el Álvaro Obregón. Curiosamente, ambos presidentes, eran sonorenses. Fue, de hecho, durante el gobierno de Obregón que se llevó a cabo la primera reforma educativa en el país de donde surgirían, entre otras cosas, los libros de texto gratuitos.
¿No resulta increíble que hayan sido justamente 2 sonorenses quienes hayan permitido que la educación superior se humanizara y elevara su nivel, dejándola bajo buen resguardo en manos de uno de los mejores pensadores de México y que hoy, tristemente, estemos, aquí en Sonora, asistiendo a un panorama desolador en el terreno de la educación superior?
Instituciones que hasta hace poco eran semillero de conocimiento, generadores de desarrollo y fuente de vinculación con otras universidades del país y del extranjero, han ido a parar en manos de gente inepta, inexperta y sin compromiso alguno con la sociedad. Las materias de humanidades, que son complemento indispensable en la formación integral de los futuros profesionistas, simplemente se han desechado, por “falta de presupuesto”, dicen. A cambio, se ha privilegiado el despilfarro, la ostentación y el mal manejo de los recursos en aras de una “imagen externa” que, dicho sea de paso, está cada vez más desprestigiada.
¿Es que quieren copiar el modelo de otras instituciones educativas como semillero de ese tipo de nuevos “profesionistas”? La mayoría (con sus escasas excepciones) de sus egresados de las últimas generaciones, son “maestros” allí mismo e imparten materias cuyos contenidos desconocen por completo y si entrecomillo la palabra es por que para ser maestro hay que estudiar pedagogía, metodología, psicología, docencia y muchas otras cosas de las que ellos carecen. Además de tener vocación y amor por el oficio. No por el hecho de ser ingeniero, voy a dar clases de ingeniería, por ejemplo.
Estas universidades se han vuelto una pasarela en donde se exhibe a las “reinas” de belleza y se hacen concursos, rifas, bailes, tocadas y bailes en pleno campus y a horas de clase. Eso, sin mencionar el lenguaje soez que usan no sólo los alumnos, sino algunos de los maestros. Su vocabulario se reduce a 10 palabras y todas ellas son groserías. ¿Ese es el futuro de México? Da miedo, terror, siquiera imaginarlo.
¡Qué tristeza! Llegar como se llega a un nuevo “changarro”, recién “regalado” y echar por tierra un proyecto de educación integral forjado con el esfuerzo, el tesón, el entusiasmo y el amor de profesores y académicos de primer nivel y cuya preparación y profesionalismo se veían reflejados en su compromiso con la escuela pero, sobre todo, con los jóvenes y con México.
Nunca como antes, el Norte del país se había visto tan golpeado por la violencia y el crimen. Nunca como antes habíamos sido presa del miedo y de la desconfianza. Nos quejamos de que nuestros jóvenes estén perdidos en un mar de dudas, que sólo quieran echar relajo, tomar y no tener responsabilidades, pero ¿por qué habrían de comportarse como adultos, si los “modelos” de adultez que tienen, se comportan como adolescentes?
¿En dónde pues, sino en la universidad es en donde se forma un adulto de verdad? ¿En dónde, sino ahí, se debe fomentar el pensamiento crítico, la reflexión, el análisis, la discusión de los temas verdaderamente relevantes? ¿En qué otro lugar se va moldeando lo que será el carácter y la personalidad (no exterior) de una persona? Tal parece que tendríamos que volver a analizar el concepto de “adulto”. Según la definición más socorrida, la de La Real Academia Española, adulto es alguien: Llegado a cierto grado de perfección, cultivado, experimentado. Ejemplo: Una nación adulta. Y yo, como maestra universitaria, constato, todos los días, que las personas que ahí veo, tanto alumnos como muchos de los maestros, empleados y directivos, distan mucho de encajar dentro de esa definición.
Cada día hay más universidades. Demasiadas, diría yo, para un lugar de apenas 500,000 mil habitantes. Pero, ¿cuántas de ellas incluyen entre sus planes de estudio materias de humanidades? Y, más importante, ¿en dónde se pueden manifestar la cultura, la artes y las humanidades que deberían promoverse en las universidades? Aquí no hay espacios para ello. Hay sólo 2 museos, una galería de arte; no hay Instituto de Bellas Artes; escasean las librerías, los cafés, los teatros y las salas de cine culto, no comercial. Entonces, ¿por qué nos escandaliza que nuestros jóvenes tomen tanto, cada fin de semana o consuman droga o manejen como locos o usen el lenguaje que usan? ¿Qué otra opción tienen?
El proyecto del modelo educativo que hasta hace poco tenían algunas universidades locales, estaba diseñado para englobar todas las áreas del conocimiento. Sus creadores son personas inteligentes, cultas y conscientes de que la técnica sin el humanismo, sólo genera seres maquinales, que no piensan ni tienen ideas propias, y que carecen de una formación ética que les permita discernir entre lo que es bueno y lo que no. Ellos saben que la tecnología sin las humanidades, sin el arte, sin la cultura, sirve sólo para generar obreros, esclavos del trabajo, dependientes siempre y al servicio de alguien más, incapaces de emitir un juicio acerca de nada, sin capacidad crítica y sin ideas propias. Y peor aún, adolescentes eternos. Que serán incapaces de conducir sus vidas y mucho menos, desarrollar sus potencialidades a favor de la comunidad en donde se desenvuelvan, ya que no sentirán por ella ningún arraigo, ningún afecto, puesto que ese tipo de sentimientos sólo surgen de quienes han recibido una educación integral, en donde las humanidades ocupan un sitio preponderante.


Teresa padrón Benavides

domingo, 3 de octubre de 2010


¡LLORE, POR FAVOR!



Yo quiero ser, llorando, el hortelano,
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano…
Miguel Hernández


La vida, ineluctablemente, va ligada con la muerte. Sin embargo, y a pesar de ser concientes de ello, tendemos a ensalzar una y a repudiar la otra. Procuramos todo aquello que nos reafirme día a día que estamos “vivos” y evitamos, a toda costa, cualquier cosa que nos insinúe, incluso sutilmente, la idea de la muerte; en especial la de nuestra propia muerte. Y con la muerte, ese “temor primigenio”, vienen sus inevitables acompañantes: los diversos miedos, el dolor, la tristeza y las enfermedades. A todos éstos también procuramos sacarles la vuelta, cómo no. Pero, así como se considera patológico deleitarse con la muerte, la sangre y el dolor, propios o ajenos, ¿no resulta siquiera un poquito sospechosa la tendencia actual, cada vez más acentuada, de rechazar a cualquier costo el dolor o de vivir de plano como si éste no existiera?
En la Grecia clásica existió un género literario muy popular llamado tragedia. El significado de la palabra, según el diccionario, es “obra dramática”, de asunto “serio”, capaz de infundir “lástima” y “terror” y en donde intervienen personajes “heroicos” e “ilustres”. Si la obra era buena, los espectadores de aquella época lejana pasaban por un proceso que Aristóteles definió como catarsis, esto es, una suerte de gozo, de profunda alegría íntima, que nace de experimentar toda la escala de afectos tras presenciar algo espantoso y conmovedor, generalmente la historia del aniquilamiento y rehabilitación moral de un héroe. Se trataba de un verdadero “aprendizaje a través del sufrimiento” al que se exponían las masas voluntariamente en grandes festivales populares y religiosos. Desde entonces hasta nuestros días ha persistido una vena trágica en muchas manifestaciones artísticas, aunque curiosamente esa vena ha tendido ha estrecharse cada vez más en estos tiempos posmodernos. Con la asimilación (¿o confusión?) del arte y el entretenimiento buscamos más un arte feliz, lúdico y sin mayores infortunios y evitamos, en la medida de lo posible, los aspectos trágicos u oscuros de la vida. Si algo puede parecernos hoy día aquel noble arte de Esquilo, Sófocles o Eurípides es que se trata de algo demasiado “azotado”, y ¿para qué azotarse si la podemos pasar suave con otros espectáculos, a gusto y sin emplearnos a fondo emocionalmente?
La sociedad actual, con su tendencia al consumismo y al placer inmediato, parece querer sortear a toda costa cualquier asunto en el que estén involucrados nuestros miedos, pasiones, temores o complejos en aras de una vida sin sobresaltos. Una vida en la que uno no tenga que enfrentarse nunca a lo serio, lo adusto, lo grave, porque, además, seríamos incapaces de comprenderlo. ¿Por qué? Porque es de “mal gusto” mostrar incluso el menor atisbo de que somos vulnerables, capaces de sufrir, de llorar. Es un signo de debilidad y, en un mundo en donde se le rinde culto al más fuerte, al más poderoso (entendiéndose por esto a quien es tiene lo “necesario” para no sufrir), es muy mal visto desnudar el alma y mostrar los sentimientos. Además, en nuestra cultura machista lo de llorar se deja preferentemente a las mujeres e incluso conmoverse con el arte se consideran recaídas sentimentales vedadas a muchos varones. Hay hasta quienes piensan que presenciar la tragedia humana y afligirse con ella, sirve sólo para “desequilibrarnos” emocionalmente y no aporta nada positivo a nuestro “bienestar” social. ¿Ver más películas sobre el Holocausto? ¿Escuchar música seria apachurrado en un sillón? ¿Otro documental sobre el hambre en África? ¿Ir a una obra de teatro que me haga sentir mal y encima tener que pagar por ello? Pero si uno lo que quiere es alejarse de los problemas y pasar un buen rato...
La mercadotecnia pretende, utilizando a sus dos aliados más fieles, la televisión y la red, vendernos la idea de que somos dueños, amos y señores de nuestro destino si poseemos ciertas cosas ya que poseerlas nos hará inmunes a cualquier “percance”. Los libros más vendidos en nuestro país de escasísimos lectores son los así llamados de “auto ayuda”: Sonría y triunfe en la vida, Pare de sufrir, Éxito inmediato en sus relaciones personales, Compre y sea feliz. El slogan o la consigna actual pareciera ser: “No importa qué tan mal te salgan las cosas, ¡sonríe, por favor!” como si haciéndolo, pudiésemos exorcizar el sufrimiento, la frustración o el dolor. Sin embargo, cada vez con más frecuencia asistimos al drama de los suicidios, fratricidios, parricidios, feminicidios y tantos otros “idios” de los cuales nos “informan” los medios masivos (esos mismos que nos tranquilizan y nos “entretienen” con cosas más agradables). Entonces, ¿de qué se trata? ¿De ser felices o de aparentar serlo? ¿No sería mejor, ingerir pequeñas dosis de sufrimiento de vez en cuándo y así, ir liberando poco a poco esa frustración y ese miedo contenidos por tanto tiempo para que éstos no desencadenen en una tragedia aún mayor? En ese sentido, y como dijera Enrique Serna, “La tragedia es una confrontación con la muerte, y en una sociedad que pretende ignorarla, eludir esa confrontación se ha convertido en una principio de higiene mental.”[1]
Además, ¿qué podemos hacer al respecto, si eso ocurrió en Europa hace más de medio siglo? ¿Qué puedo hacer yo, simple mortal, para mitigar siquiera un poco el sufrimiento de los niños con sida en África si estoy tan lejos de ellos? Sin embargo, tengo más de 300 canales de televisión que me conectan instantáneamente con el resto del mundo y puedo “navegar” a gran velocidad por la red incluso hasta el más remoto lugar de la tierra… Es decir, para procurarnos placer, no existen los límites físicos ni geográficos, en cambio, si de ayudar al que otro se trata…
Hay dos tipos de dolor, el que podemos mitigar o contribuir a mitigar en nosotros y nuestros semejantes, y el que es inevitable. Ambos forman por derecho propio parte de lo que significa vivir tanto como la alegría, el éxito, los logros. Ambos forman parte de una vida plena. Pues tendemos a equiparar el dolor con el fracaso y el éxito con la comodidad. Pero una vida de perpetua felicidad, de continua alegría y risas todo el día es, en el mejor de los casos, un estado ininteligible para nosotros mortales, acaso viable en el otro mundo, y, en el peor de los casos, un estado patológico que más bien nos mueve a lástima que a envidia.
Esta tendencia generalizada al goce y al placer, y a la negación del dolor, lo único que ha traído consigo es una insensibilidad y una enorme falta de respeto por los valores esenciales de la humanidad: la amistad, la solidaridad, el afecto, la conmiseración. ¿Tendrá que ver esto también con nuestro desapego a lo trágico, con una falta de catarsis? Ahora bien, no se trata de empeñarnos en amargarnos la vida, de llevar luto permanente por todas las tragedias y fracasos de la humanidad, sino simplemente de tratar de vivir de acuerdo con una imagen menos distorsionada de la existencia, una en la que nos sepamos como somos: finitos, vulnerables, capaces de grandes alegrías y también de grandes penas. Digo esto con un profundo respeto por los que más sufren. ¡Qué mejor que todos suframos menos! Y son, por cierto, de nuevo los medios quienes subestiman el dolor ajeno al presentarlo como materia de entretenimiento con su buena dosis de morbo y cuando trivializan la muerte y la violencia a través de películas, programas de televisión y videojuegos.
Si insistimos en ver las cosas con un sesgo positivo a como dé lugar, hay algo “bueno” en nuestras eventuales caídas en la desgracia si pensamos que nos pueden ayudar a apreciar lo que de bueno tienen la salud, la felicidad, la unión familiar, etc. ¿No decimos acaso que hasta que no enfermamos nos damos cuenta de las bondades de la salud? ¿Que hasta que no irrumpe la discordia, la paz y la estabilidad dejan de ser situaciones aburridas y que damos por sentado? Y los médicos nos hablan de los beneficios terapéuticos del llanto, tan tonificante y saludable como unas buenas carcajadas. También se dice que no hay dolor tan grande que haber sido feliz alguna vez. Así que ojalá nuestra sociedad, tan empeñada en prepararnos para el éxito, también se preocupara un poco en educarnos para el fracaso y el dolor, pues de esto último seguro nos toca aunque sea un poco a todos, mientras que de lo primero… Querría terminar esta nota con una reflexión a de mi propia experiencia con el dolor. Yo, al igual que usted, he experimentado situaciones de profunda pena, como la pérdida de mi hermanita menor. Y han sido justamente estas tragedias las que me han hecho apreciar plenamente y celebrar el milagro de la vida. Pero ¿significará esto que el dolor y sufrimientos reales de nuestros semejantes sirven para enseñarnos algo sobre nuestra propia vida? ¿Que debemos estarles agradecidos a los muertos por sus servicios pedagógicos? ¿No deberíamos más bien guardar silencio con profundo respeto y estimar todas las muertes como simplemente absurdas? Paradojas de la vida…



Teresa de Jesús Padrón Benavides
[1] Enrique Serna, “Contra la higiene mental”, Letras Libres, año 1, núm. 12, diciembre de 1999, México. De este artículo tomo el nombre del presente escrito.

lunes, 20 de septiembre de 2010


Niño del amor

A José Emilio, en su cumpleaños número 10


De puro amor ha nacido
Y de amor se ha amamantado
Por amor fue concebido
Para el amor engendrado.

Mi niño sueña con mundos
Por su cabeza inventados
Con seres maravillosos
Siempre buenos, nunca malos.

En sus juegos de la guerra
Se libran crueles batallas
Donde los tiranos mueren
Y los héroes se levantan.

Cuando llega de la escuela
Pinta de color la casa
Lo esperan con impaciencia
Los dos perros y la gata.

Sentaditos a la mesa
Apuramos nuestra sopa
Pues hay que hacer la tarea
Y jugar a la pelota.

O tal vez a las luchitas
O mejor armamos algo
O a los monstruos submarinos
O a las batallas de barcos…

Dormiremos una siesta
Porque estamos muy cansados
Cansan el amor y el juego
Cansan la risa y los cantos.

Papá llega por la tarde
A la hora del café
Mi niño sale a su encuentro
Y le cuenta cómo fue.

La tarde ya ha refrescado
Es la hora de pasear
Con los perros por el parque
Mi niño, papá y mamá.

La noche llega temprano
Es hora de descansar
Que tu sueño sea apacible
Como la brisa del mar.

Dos lustros de amor y juegos
Quién lo iba a imaginar
Si hace apenas tan poquito
Aún no podías andar

Te acunaba en mi regazo
Te arrullaba con canciones
Te ponía en tu cunita
Con besos y bendiciones.

Duerme mi niño cansado
Y en casa reina el silencio
Otro día de maravillas
De asombro y descubrimiento.




Teresa de Jesús Padrón Benavides
Septiembre, 2010


viernes, 10 de septiembre de 2010

VIDA DE ANIMALES




La nobleza de un pueblo y su progreso moral pueden juzgarse
por el modo en que se trata a sus animales
Mahatma Gandhi



La vida, tal y como la conocemos, es un milagro y, como tal, es raro, improbable, admirable y maravilloso. Si no fuese porque estamos vivos, la existencia de un fenómeno tan extraordinario seguramente sería inconcebible para nosotros, los humanes.
[1] Pero, ¿qué es la vida? Desde el punto de vista biológico, la vida es un estado de actividad de los organismos por el cual éstos crecen, se reproducen y se relacionan con el medio ambiente. Todos los organismos vivos estamos hechos de las mismas moléculas y funcionamos básicamente mediante los mismos procesos y nos ensamblamos conforme a las mismas instrucciones registradas en un código genético común. Todos los animales, incluido el hombre, reaccionamos ante los mismos estímulos (frío, calor, miedo, placer, etcétera) mediante receptores como los órganos de los sentidos (la piel, los ojos, los oídos, las fosas nasales, el paladar). Visto así, todos los seres vivos aparentemente compartimos un ancestro común y, por ende, estamos emparentados.
La palabra castellana animal deriva de la palabra latina ánima que significa “alma”. Lo primero que implica la idea de alma o ánima es “vida”, por eso a los seres sin vida los llamamos “inanimados”. También la palabra implica la posesión de sensaciones, sentimientos, ideas y emociones. A una persona que es cruel le decimos que es un “desalmado”, es decir, un ser sin alma (ánima). Con estas observaciones en mente, recordaré algunos cuantos ejemplos insignes de animales en la literatura y pasaré en una siguiente entrega al análisis ético de la “cuestión animal”.
A través de la historia, la relación amistosa y de trabajo entre hombres y animales ha sido plasmada en muchas de las joyas literarias occidentales. La Odisea de Homero, por ejemplo, relata el pasaje bellísimo en donde Odiseo regresa a Ítaca, terminada la Guerra de Troya y, puesto que la diosa que le era favorable lo había “disfrazado” de anciano para tomar por sorpresa a los pretendientes que consumían su hacienda, nadie lo reconoce, excepto Argos, su fiel compañero canino que, ya anciano, sólo esperó el regreso de su amo para expirar.
Otro gran ejemplo es la lealtad y fidelidad de Rocinante hacia Don Quijote, a pesar de las penurias que tenía que soportar junto con el caballero y de que muchos de los golpes inflingidos a su amo le tocaban a él también. Basta admirar cualquier reproducción pictórica de la famosa novela para contemplar el aspecto triste y desencajado tanto de Don Quijote como de su fiel caballo para comprender la magnitud de sus afectos mutuos. Son innumerables los cuentos, poemas, fábulas y novelas en que animales de todo tipo piensan, hablan y se comportan como personas y de manera divertida y didáctica nos sirven como espejo en que se reflejan nuestros vicios y virtudes.
Teniendo esto en mente, me gustaría formular al lector la siguiente pregunta: ¿Cómo es posible que nosotros, los humanes, es decir, los animales pensantes, podamos infligir tanto sufrimiento a los seres con quienes compartimos el planeta? Es alarmante ver lo que está ocurriendo en la Laguna del Náinari.con los miles de peces muertos y las tortugas abandonadas a su suerte. Las aves han emigrado y muchas no pueden volar largas distancias y seguramente morirán. ¿Quién o quiénes son responsables de salvaguardar el medio ambiente? ¡Nosotros! ¿Quién puede dormir tranquilo sabiendo del ecocidio que está ocurriendo en nuestra ciudad y que ocurre cada año, en época de lluvias, cuando se inunda el parque infantil y mueren muchos animales ahogados? ¿Quiénes no aman la vida, ni la suya propia? Quienes están TIRANDO agua regando los camellones a diario, quienes permiten que abunden los perros y gatos callejeros, quienes mandan talar los árboles despiadadamente, no se aman a sí mismos, se ven al espejo y no les gusta lo que ven y, entonces, DESTRUYEN en vez de construir.
Aquí, en el norte del país, le rendimos culto a la caza, en especial de venados. Muchas personas lucran con el “turismo ecológico” (¡qué poca vergüenza usar ese término!) Una verdadera masacre de venados cola blanca se lleva a cabo año con año en Sonora, con permisos otorgados por la SEMARNAT y con el pretexto de que “hay sobrepoblación”. También hay sobrepoblación de gente mala, ¿por qué no cazar unos cuantos? Y por si fuera poco, después, para demostrar su “hombría” y su bravura, cuelgan las cabezas de los pobres animales como trofeos a su “valentía”. ¿Eso es ser valiente? Valiente es quien arriesga su vida a favor de una causa noble, no quien mata con alevosía y ventaja a un ser indefenso.
Es verdaderamente denigrante y vergonzante ver las fotografías publicadas año con año de pescadores canadienses golpeando brutalmente y con saña con un tubo a las focas del ártico, so pretexto de que hay sobrepoblación y que éstas acaban con el salmón que ellos pescan. ¿Y por qué no sacrificarlas con un método menos cruel, como una inyección o una descarga eléctrica?
¿Qué me dicen de las corridas de toros o las peleas de gallos? Algunas personas aducen que este tipo de espectáculos son mucho más que derramamiento de sangre. Que la verdadera esencia es demostrar la “bravura” del animal, su casta, su “personalidad”. Que la “fiesta brava” es justo eso, una fiesta, en donde al toro se le trata con “dignidad” y “respeto” y se le da la “oportunidad” de demostrar su valor. Yo no estoy de acuerdo en lo absoluto. Pienso, más bien, que la dignidad y el respeto que los animales nos merecen estriba en nuestra capacidad de convivir con ellos y compartir con ellos el mundo en que vivimos. Que el hecho de servirnos de algunos de ellos como alimento, como “conejillos de indias” en el laboratorio o como ayuda en nuestro trabajo, no implique que debamos ultrajarlos y hacerlos sufrir innecesariamente. Recordemos que en la medida en que nos asumamos como parte del universo, adquiriremos conciencia de nuestra función en él, y en la medida en que nos asumamos como animales, no superiores, sino diferentes a los demás, comenzaremos a sensibilizarnos respecto del sufrimiento de éstos.
La ecología no sólo se encarga del cuidado de las plantas, sino de la biosfera en general. Pensemos en cuántos ecosistemas hemos dañado de manera definitiva y con ello, cuántas especies de animales están extintos, es decir, desaparecieron PARA SIEMPRE. No tenemos que ir muy lejos. La vaquita marina, una especie endémica (exclusiva) de nuestra región, está casi extinta debido a la pesca indiscriminada y al daño producido en su hábitat (el Mar de Cortés). La caguama, otra especie tan representativa del Golfo de California, también está a punto de la extinción por la violación a la veda y a su pesca y venta clandestinas.
Afortunadamente, siempre ha habido personas que han tratado con respeto a la naturaleza y han tratado con compasión e incluso con cariño a los animales. Existen en el mundo seres que no sólo se han consagrado en cuerpo y alma al cuidado y la protección de todo tipo de animales sino que, incluso han dado su vida por salvar delfines y ballenas, por ejemplo. De esas personas podemos decir que son animales verdaderamente nobles y dignos de vivir en este planeta y de disfrutar todo lo que de bello puede tener. No es coincidencia que estas personas sean, además, amantes de su todo su prójimo (parientes, amigos, vecinos, compañeros de trabajo o de estudio) y que posean virtudes que parecieran también extintas en el ser humano como el amor, el respeto, la tolerancia y la humildad. Estos son los verdaderos héroes. Ellos y ellas son quienes sienten un profundo amor por la vida en todas sus formas, porque se consideran parte de ella, porque se aman a sí mismos tal y como son, sólo un eslabón más en la cadena evolutiva. Dios está de su lado. Ellos heredarán la Tierra.




Teresa de Jesús Padrón Benavides



[1] Término científico que utilizaremos aquí para referirnos al animal humano.

viernes, 6 de agosto de 2010


Ellos
“Arde la casa encendida
De besos y sombra amante
No puede pasar la vida
Más honda y emocionante”
Miguel Hernández

Las mañanas son dos besos. Uno grande y bien plantado en el cachete, otro sutil y apurado en los labios. Dos platos en la mesa, uno grande y uno chico. Dos manos diciendo adiós, una chica y regordeta, otra grande y huesuda. A media mañana, la ropa tendida al sol delata a sus dueños. Un par de calcetines grandes, otro par pequeño. Incluso en el lavabo hay pistas. Un cepillo de dientes duro y desvencijado. Otro suave y con la figura de algún súper héroe.
Cuando no están, la casa toda habla de ellos. Voy por los cuartos intentando poner orden a lo que dejan tras de sí: libros, juguetes, lápices, sandalias, residuos de alguna golosina, una taza de café a medias, algún dibujo sin terminar…
Continúo mis faenas diarias mientras pienso qué querrán comer, qué planes tendrán para la tarde, qué cosas tendrán que contarme al volver, cómo habrá ido su día…
Paso de los asuntos domésticos a mi trabajo y ellos son mi impulso creador. Por ellos quiero devorarme la vida y asirla en toda su magnitud. No hay algo en lo que no intervengan, aún sin proponérselo. Todo gira en torno a ellos. La vida tiene sentido por ellos.
Me detengo unos instantes y mientras me sirvo más café pienso en qué soy para ellos. ¿Me tendrán tan presente como yo durante sus días? ¿Querrán verme con tantas ansias como yo al volver a casa? ¿Les gustará tenerme cerca? ¿Me necesitan como yo a ellos?
Suena el teléfono, una voz familiar pregunta que cómo va. Digo que bien, que ya casi es hora de vernos. Más tarde, frente a la escuela, reconozco entre muchas una pequeña cabeza. Vuelve su mirada ante la señal e un compañero que me apunta. Sonríe y corre hacia mí y nos fundimos en un abrazo.
Ya de vuelta, los tres a la mesa, nos ponemos al tanto de nuestras jornadas. Reímos y bromeamos durante el postre, que sabe más dulce que todas las mieles del mundo.
Y la casa se llena de una risa como sólo puede ser la de unos que son felices porque se aman demasiado.




Teresa Padrón

lunes, 28 de junio de 2010



Amores perros

A la memoria de Sancho, nuestro perro, a quien tanto amamos.

"Si existen hombres que excluyen a cualquiera de las criaturas de Dios del amparo de la compasión y la misericordia, existirán hombres que tratarán a sus hermanos de la misma manera". "¿Cómo podéis asesinar y devorar despiadadamente a esas adorables criaturas que mansa y amorosamente os ofrecen su ayuda, amistad y compañía?"

San Francisco de Asís


Hay seres excepcionales en este mundo. Personas que tienen un don de gentes y una infinita gratitud hacia la vida y quieren devolverle algo por sus favores, aunque ésta no los haya favorecido mucho y a pesar de no poseer ningún bien material. Personas cuya felicidad estriba en hacer felices a otros, ya sea a sus semejantes o a cualquier otra criatura con quien compartan el mundo. Uno de esos seres es Don José Sainz.
Me enteré acerca de don José a través de Javier, un amigo muy querido que comparte conmigo y con mi esposo, además del placer por la música, el amor hacia los animales. Fue él quien me proporcionó el material para este escrito a manera de una transcripción de una grabación que hizo a don José y de un par de fotos que le tomó con los miembros de su familia: sus perros.
Don José, como dije, no tiene casa. Vive en el estadio de futbol, sobre la calle Sahuaripa. Sin embargo, con lo que gana haciendo trabajos de albañilería, de soldadura, o recogiendo latas para venderlas, les procura alimento a sus perros, pero no sólo eso, hace que los vacunen y les compra polvo contra las pulgas. Él dice que espera que haya gente de buen corazón que los adopte y los cuide como él, ya que sabe que cualquier día le dirán que tiene que irse de allí con todo y perros., aunque asegura que se las verán muy duras para echarlo.
Don José comienza la entrevista diciéndole a mi amigo: “Tráigame al perro que esté abandonado… Yo con toda mi alma lo cuido… y no me agradezcan, sólo denme un poco de croquetas cuando puedan…” Después, comienza a dar testimonio de cómo ha presenciado, en muchas ocasiones, la crueldad hacia los perros de parte de ¡sus propios dueños! Perros que son dejados a la intemperie sobre el pavimento de las casas en noches heladas y que son reprendidos con golpes para callar sus lamentos…Perros que son maltratados, apedreados ¡por niños! sin motivo alguno. Perros que son golpeados cruelmente por sus dueños que los tienen para “cuidar” la casa o el negocio y que, cuando fallan en su “trabajo”, se hacen “merecedores” de esos castigos.
A don José le duele esta crueldad en lo más profundo de su ser. A mí también. Pero no sólo me duele, me indigna. Me indigna que don José se de cuenta de que aquí, en nuestro estado, en nuestra ciudad, no se le de un trato digno a los perros y, además, se los maltrate. ¿Por qué? ¿Cuál es la causa de este brutal comportamiento?
Echemos un vistazo a nuestro entorno inmediato y entenderemos. Aquí en el Norte somos “machos”, “bravucones”, “broncos” (si entrecomillo estos términos, es porque me parecen, más que atributos, defectos). Usamos frases como “qué perrón”, “qué perro o qué perra eres”; a los policías motorizados les decimos que son unos “perros” y que nos piden “mordida”; cuando no nos está yendo bien decimos: “qué perra vida”. Pero no sólo eso. Cuando compramos un perro grande como un pastor alemán o un Rottweiler, lo “entrenamos” para que sea bravo, para que ataque y muerda a quien se acerque a nuestra propiedad. Ponemos letreros de: “Cuidado con el perro”, o “Perro bravo”.
Todas estas nociones equivocadas respecto de la conducta de los animales nos han hecho creer, absurdamente, que un perro es “malo” por naturaleza. Que de entrada, al ver una jauría de perros callejeros, mejor agarramos una piedra y nos preparamos, “por si acaso”. Sí, es cierto que muchos perros callejeros son bravos, pero porque toda su vida han sufrido atropellos por parte de los humanos. Los han apedreado y apaleado sin piedad para ahuyentarlos de sus casas.
Pero, ¿quién o quiénes son responsables de que haya tantos perros callejeros? ¿No es acaso responsabilidad nuestra el que los perros no se reproduzcan indiscriminadamente? ¿No somos nosotros quienes debemos ver por su salud, incluyendo la reproductiva? ¿Qué estamos haciendo para evitar que haya tantos perros abandonados? ¡La perrera! Decimos. Qué vengan del antirrábico por ellos y se los lleven a “sacrificar”. Entrecomillo la palabra porque me parece que lo que verdaderamente hacen en esos “campos de concentración” es una matanza inmisericorde y cruel. ¿Sabe usted cómo los matan?
El perro es considerado el mejor amigo del hombre, pero ¿Es el hombre el mejor amigo del perro? Yo no lo creo así. ¿Qué pensará el perro de un amigo que lo maltrata, lo golpea, lo insulta, lo deja a pleno sol en el patio en verano, lo deja que se llene de parásitos y mal le da de comer…? ¡Si los perros pudiesen hablar! Pues sí que hablan. Con un lenguaje propio a base de gruñidos, lamentos, ladridos y expresiones faciales y corporales nos “hablan”. Cuando mi hijo regresa de la escuela, lo reciben mis perros y mi gata (que se comporta como perro), meneándole la cola y con ladridos de algarabía. Demuestran así su afecto hacia él y, de paso, le “piden” jugar con ellos.
La historia de la humanidad, narrada en la literatura y en las pinturas y esculturas antiguas, desde épocas tan remotas como la de las primeras dinastías egipcias o la literatura griega clásica, está llena de anécdotas respecto de la relación del hombre con su perro. Recuerdo, por ejemplo, a Argos, el fiel perro de Odiseo (o Ulises) quien, después de volver su amo a Ítaca, después de un exilio forzoso de 20 años, es el único en reconocerlo. Cuenta Homero cómo la diosa Atenea disfraza a Odiseo de pordiosero para que entre a su palacio por la puerta trasera sin ser reconocido por los pretendientes de Penélope, su esposa. Lo acoge el ya también anciano porquerizo Eumeo, uno de sus fieles sirvientes. Sin embargo, mientras Odiseo acepta el pan y el vino que Eumeo le ofrece, viene Argos menando la cola y lamiendo las sandalias de su amo y chillando de alegría, exhala su último aliento mientras Odiseo le acaricia la cabeza con lágrimas en los ojos.
Podría mencionar a muchos otros perros “famosos” en la literatura, pero como lo que me movió a escribir este articulo fue la historia de don José, quisiera concluir conminando a mis lectores a reflexionar en torno al vínculo afectivo que tenemos con nuestros perros. Respecto de qué clase de vida les estamos dando. Acerca del valor que tienen para nosotros, como miembros de la familia. Acerca de las condiciones miserables en que se encuentran muchos perros que no han tenido la fortuna de hallar a alguien como don José y deambulan sin rumbo fijo por las calles en busca de desperdicios para comer y expuestos a toda clase de peligros.
Ciudad Obregón, dice un letrero giratorio en la esquina de Hidalgo y 5 de Febrero “es la casa del Espíritu Santo”. Entonces, demostremos que somos almas caritativas y que, como San Francisco de Asís, amamos a los animales, ayudando a don José a continuar protegiendo a sus perros. Aportemos dinero para un albergue; donémosle comida y vacunas; consigamos hogar a esos animales. Si no lo hacemos, con perdón de herir susceptibilidades, no estamos actuando de acuerdo a los preceptos del cristianismo. Cuando Jesús dice: “En verdad os digo, que si hacéis algo bueno por cualquiera de mis criaturas, es como si a mí me lo hicieras”.
Pero no es sólo el motivo religioso el que nos debe mover a tomar conciencia acerca del trato que damos a los animales. Es también un problema mucho más palpable, más tangible. La violencia en que estamos inmersos hoy en día en todo el país, es consecuencia de toda esa deshumanización y esa barbarie a la que rendimos tributo, sobre todo, nosotros, los norteños. No nos quejemos, entonces, cuando nos toque a nosotros ser las víctimas de tanta violencia. Sólo es el resultado del culto al más fuerte, al más bruto, al más grosero, al más gritón.
Si queremos cambiar el estado de cosas actual, debemos empezar por mirar a nuestro entorno inmediato y preguntarnos cuál es nuestra relación con él prójimo. Y el prójimo incluye también, irremediablemente, a nuestros hermanos los animales. La forma en que los tratamos, es un reflejo de lo que somos. La relación que tenemos con ellos, delata nuestros sentimientos hacia toda otra forma de vida. Si amamos a los animales, amamos, en consecuencia, la vida en general.



Teresa de Jesús Padrón Benavides
teresa_padron@hotmail.com

domingo, 13 de junio de 2010

Poesía, cuento y música brotan del alma

Queridos amigos, nuestros colaboradores y amigos entrañables, Perla y Javier, nos comparten estas dos entregas que surgen de lo más profundo de su ser.
Javier, nos invita al deleite musical con su análisis de la bellísima sinfonía en Re menor de Franck y Perla, nos hace tomar partido de su rabia y su dolor con este hermoso poema. Compartimos.
Tere Padrón

César Franck: Symphony in d minor - movement 2, part 1

Sinfonía en Re menor de Cèsar Franck



Javier Martínez Rosas
x-remo@hotmail.com


La Sinfonía en Re menor de César Franck, es una de las últimas grandes obras del periodo romántico de la música en Europa. Berlioz había inaugurado el romanticismo musical en 1830 con el estreno en París de su Sinfonía Fantástica. César Franck, estrenaría su sinfonía en 1889 en el Conservatorio de París, un año antes de morir.

El Romanticismo impacta en Europa durante el siglo XIX. Surge en Inglaterra y Alemania como un movimiento filosófico-literario en contra del exacerbado racionalismo y la rigidez formal característica en todos los ámbitos durante gran parte del siglo XVIII. Al impactar en la música, la libera de los gustos de la aristocracia y estereotipos clásicos, permitiendo emerger más la personalidad del músico. No significó una música más simple, al contrario, las mismas libertades llevaron a la escritura musical a un altísimo grado de complejidad. Pero tampoco fue una ruptura con lo que se venía haciendo y desarrollando durante el clasicismo; por ejemplo, se siguió cultivando la forma sonata, aunque con mayores libertades, expandiéndola, buscando superar limitaciones expresivas.

César Franck era más reconocido como organista e improvisador que como compositor. Fue hasta después de su muerte, cuando sus discípulos[1] comenzaron a destacar y difundir su obra que, adquirió la relevancia como compositor que hoy tiene. Su obra abunda en magníficas piezas para órgano y música vocal sacra, aunque, varias de sus creaciones más grandes son para música de cámara y orquesta sinfónica. Para orquesta sinfónica compuso nueve obras: cinco poemas sinfónicos[2], dos conciertos para piano, dos variaciones y una sinfonía.

La Sinfonía en Re menor tuvo una mala recepción en su estreno, las razones de ello no están claras. Probablemente tenga que ver con el hecho de que, si bien su forma es clásica, el lenguaje, el tratamiento de los temas y algunos detalles de instrumentación son muy originales; a veces la orquesta pareciera estar emulando sus improvisaciones al órgano. Pero finalmente, al paso del tiempo, la obra ha ocupado su lugar merecido entre las grandes sinfonías, y a César Franck, entre los grandes compositores de todos los tiempos. Su música se caracteriza por su cromatismo, diversidad de texturas, denso tejido contrapuntístico, frecuentes modulaciones y gran riqueza armónica. Suena siempre fluida, y hay en ella, un fino halo de misterio.


Sinfonía en Re menor


I. Lento. Allegro ma non troppo.
II. Allegretto
III. Finale. Allegro non troppo.

Orquestación indicada: 2 flautas, 2 oboes, 1 corno inglés, 2 clarinetes en Si bemol, 1 clarinete bajo en Si bemol, 2 fagots, 2 cornos en Fa, 2 trompetas en Fa, 3 trombones, tuba, timbales, arpa y sección de cuerdas completa.

Primer movimiento:
Lento. Allegro ma non troppo:

La sinfonía comienza directamente con el tema principal en tonalidad de Re menor tocado por las violas, violonchelos y contrabajos (a). Hay algo curioso. El motivo de tres notas con que inicia el tema, lo utilizaron Beethoven, en su Cuarteto en Fa mayor Op.135, en cuyo manuscrito escribió Muß es sein?[3]; Wagner, en El Anillo de los Nibelungos como parte del tema del cuestionamiento del Destino; y Liszt en su Les Préludes. Tres compositores que fueron influencia fundamental para César Franck y un motivo, como un cuestionamiento.

(a). Inicio de la Sinfonía. El tema principal. Compases 1 al 6.

El primer movimiento, es una forma sonata con una constante sucesión de tiempos completos Lento y Allegro. El tema principal, aparece con mucha recurrencia pero en diferentes tonalidades, tempos e instrumentos.

La sinfonía tiene un clímax muy pronto. Al terminar la presentación del tema principal en el Lento, una escala ascendente que va en crescendo, de un piano a un fortísimo, mientras que es acompañado de trinos en las cuerdas, crea una acumulación de energía enorme que explota cuando llega, de nuevo, el tema principal, pero ahora vigoroso en Allegro y acompañado de unos remates de timbales. El resultado es impactante. Éste momento se vuelve a repetir, pero ya no sorprende igual. En el segundo Allegro, hacen su aparición dos temas secundarios, más «luminosos», en la tonalidad de Fa mayor. Destaca el segundo (b) de ellos donde suena la orquesta completa. Luego sigue todo un desarrollo.

(b). Segundo tema secundario. Compases 129-135

Al final, el movimiento termina con una recapitulación que sirve de resumen para no olvidar los temas.

Segundo movimiento:
Allegretto.

Inicia con el arpa tocando acordes mientras las cuerdas le acompañan con notas en pizzicato. Pronto calla el arpa e inmediatamente, el corno inglés comienza a sonar una melodía lírica (c); y mientras «canta», los pizzicatos en las cuerdas continúan acompañando. Luego, se reincorpora el arpa. Esto acontece bajo un ritmo ternario cuyo segundo tiempo está silenciado en el acompañamiento, creando un efecto de avance y pausa que estimula la imaginación. Franck describía su sinfonía como clásica (aunque admitía que era atrevida) y de música pura, pero que, mientras estaba componiendo el Allegretto, en los primeros compases, vagamente se imaginó una procesión antigua.


(c) La melodía del corno. Tema principal del movimiento. Compases 16-24

Hay un segundo tema. Una melodía de registro agudo y de poco movimiento en los violines que aparece en el compás 49. Pero luego, reaparece la melodía del corno que domina todo el movimiento, ya sea completo, variado o fragmentado, y también con variantes en el acompañamiento. En un momento, el tema lo «cantan» juntos el corno y el clarinete.

Antes del final, las cuerdas tocan lo que pareciera ser un nuevo tema, pero se trata de una variación del acompañamiento del arpa y las cuerdas del inicio. En la Coda, los violines tocan reminiscencias del segundo tema, y todo termina en calma.

Tercer movimiento:
Finale, Allegro non troppo

El movimiento final de la sinfonía es brillantísimo, empezando por su inolvidable primer tema, el principal; un tema sincopado (d).

(d) Tema principal del movimiento. A dos fagotes. Compases 7-12


Luego, reaparecen los temas de los movimientos anteriores. Con esto, la sinfonía adquiere forma cíclica, logrando una sólida unidad. La riqueza temática, con sus variantes, contrastes y unificaciones a lo largo del movimiento es extraordinaria, y su tratamiento genial.

Luego de reaparecer notablemente el primer tema de la sinfonía, llega la Coda final, que es magnífica. En ella la orquesta suena completa, a todo volumen, incluyendo sostenidos redobles de timbales. El tema sincopado del inicio del tercer movimiento, termina siendo proyectado al infinito.

Fuentes:

-Kramer, Jonathan. Invitación a la Música. Ed. Vergara, 1993

-Beales, Brendan. Royal Philharmonic Orchestra, Cesar Franck Symphony in D minor, Conducted by Raymond Leppard. CD booklet notes, 1995.


[1] Entre ellos destacan Vincent d’ Indy, Henri Duparc, Ernest Chausson, Pierre de Bréville, Gabriel Pierné, Guy Ropartz, Louis Vierne y Charles Tournemire.
[2] Ce qu’on entend sur la montagne, Les Eolides, Le Chasseur maudit, Les Djinns y Psyché.
[3] ¿Tiene que ser?


Ángeles de Hermosillo

Perla Julieta Ortiz Murray.
Junio del 2010.

Con eterna vergüenza, recordando a los ángeles muertos en el incendio de la guardería ABC de Hermosillo, ocurrido el 05 del 06 del 2009.


Hoy, la mañana se ha quedado vestida de negro.
Pensarás entonces que la noche no ha mudado de casa,
O que los rayos del sol desvelados están de tanto llorar
Pero, por favor,
No se lo digas a nadie…
Lo cierto es que
-en el recuento-
cuarenta y nueve sonrisas le han faltado.

No tiene hoy la mañana quien la ayude a cambiar su vestido:
El albo de las nubes pintado no fue en el brillante añil
Ni juegan las aves ni el agua ríe…
Pero, por favor,
No se lo digas a nadie…
Lo cierto –y como cierto lo digo-
Es que –en el recuento-
Cuarenta y nueve sonrisas le han faltado.

Lloran los ángeles:
-¡mi muñeca, mi muñeca! ¿Dónde está mi muñeca?-
Llanto de padres es ahogo infinito,
Dolor inenarrable de hombre enrabiado
De matriz magullada, herida….
De infinita decepción estrangulada….
Lloran los ángeles:
En un rincón, la pelota arrumbada está….
Y al carrito azul le falta la regordeta mano que lo empuja:
Hermosillo se ha vuelto pequeñito,
México se ha vuelto pequeñito,
¡Y al mundo se lo ha tragado la chingada!

Lloran los ángeles:
Santiago, Aquiles, Jazmín,
Ruth, Axel, Pauleth,
Ian, Juan Carlos, Monserrat,
Andrés, Germán, Lucía,
Ximena, Jesús, Jorge,
Omar, Bryan, Denisse,
Yoselín, Juan Israel,
Luis, Daniel, Magdalena,
Camila, Rafael, Jonathan,
Emilia, Emily, Jesús Antonio,
Xiunelth, Santiago, Javier,
Nayeli, Valeria, Julio César,
Fátima, Ana Paula, Andrea,
Yeseli, Ximena, Ariadna,
Carlos Alan, Martín, Dafne,
Daniela, Juan Carlos, María Fernanda,
María Ximena, y Sofía
Se han convertido
–por negra magia de íncubos
En orgía de sangre concebidos-
En sus hijos…..en mis hijos….
Y en los hijos que llorarán los ojos
De los hijos de tus hijos.

domingo, 6 de junio de 2010

A mil besos de profundidad

Desire moves the world Leonard Cohen Is the passion that we live with that makes us not want to die.. Philip Roth
Fue como si de pronto todo se hubiese revelado. Él llegó y, entonces, todo alrededor suyo desapareció. Conocía su rostro a la perfección. Podía descifrar cada uno de sus gestos. Su piel, suave y morena, como barro húmedo que uno quisiera moldear con las manos. Por cierto, sus manos, hoscas, pero pequeñas, con los nudillos prominentes y algo de vello en los dedos, eran lo que más placer le provocaba. Además, su voz… grave, pero no burda. Sensual, masculina, pero tierna a la vez. Cuando le hablaba al oído, mientras le desnudaba, esa voz se iba haciendo más pausada, como la cadencia de los movimientos de cadera con que ella respondía a sus estímulos. Así iniciaban el ritual en el que se conjuraba a todos los dioses a ser testigos de su pasión desbordada… Lo más extraño, era que nunca antes le había visto. Lo había soñado, lo había imaginado. Lo había concebido tal cual era en sus más íntimas fantasías. Había anticipado su llegada tal y como había sucedido. Ël aparecería al atardecer (cuando aparecen las almas perdidas) y con sólo cruzar sus miradas, todo estaría dicho. Y así fue. Una vez que sucedió, ambos lo supieron al instante. Él sería suyo, inexorablemente. Él solía decir que nada era fortuito. Que todo estaba predestinado. Solía hablar del destino y de lo remoto e improbable que era que dos como ellos se encontrasen en el universo sin la intervención de el Maestro Titiritero. Quien, decía, tiraba de las cuerdas de nosotros a su antojo urdiendo un plan “macabro” para su propio deleite, sin que uno pudiese hacer algo al respecto. Sin embargo, decía, uno podía resistirse a dicho plan si se afanaba con todas sus fuerzas. Lo difícil era darse cuenta de que no era nuestra voluntad la que se estaba realizando, sino la de alguien más allá de nuestra comprensión. Y bajo esta creencia transcurrirían sus primeros encuentros clandestinos cobijados por noches de lluvia interminable en una ciudad que era indiferente a su amor. Una ciudad que se cerraba en sí misma, y prefería permanecer ajena e ignorante a esos breves y fugaces destellos de pasión que solían darle vida a esas noches monótonas, insulsas, decadentes e irrelevantes de la gente común, quienes no lograrían nunca atisbar siquiera aquel sentimiento, aquel impulso, aquel deseo, aquella urgencia de estar juntos para iniciar el ritual de la vida y de la muerte fundiéndose en un solo cuerpo, mezclando sus fluidos (sangre, sudor, lágrimas) para crear con ellos el elixir sagrado del que sólo los dioses pueden beber… Ella era toda música. Su cuerpo, sus ojos, su sonrisa, emanaban notas primigenias, surgidas de la tierra antes de todos los tiempos. La música regía cada acontecimiento de su vida. Ël había sido capaz de descifrar el código musical que ella contenía, supo darle forma, materializarlo. La música era el vínculo entre ellos. Echaban mano de sus canciones para expresar cada experiencia, cada reflexión, cada sentimiento. Había una canción para cada uno de ellos. Ella iniciaba el juego de la música, entonando las primeras notas de la canción, a la cual él iba incorporándose hasta mezclarse ambas en un contrapunto perfecto, del que incluso las aves sentían envidia. Nunca hubo dos que se dieran a sí mismos tanto como ellos al besarse. Querían beber de sus labios toda la sabiduría y todos los secretos que cada uno albergaba (como si eso fuera posible) pero ambos sabían que hurgar en sus respectivos pasados les estaba vedado así como en sus vidas cotidianas. Prohibidas las preguntas que condujeran a cualquier discusión banal. Prohibido intentar adentrarse en la otra vida que cada quien llevaba. Eso hubiese matado el misterio y sin misterio, no puede haber pasión. A él le gustaba recorrer con su boca cada palmo de su cuerpo, desde la frente hasta los dedeos, frágiles y pequeños, de sus pies, los cuales besaba uno a uno. Iba descendiendo muy lentamente, exhalando un vaho tibio, con los ojos cerrados. Sus labios apenas rozaban la piel de ella, suave, aterciopelada, firme, perfumada. Bajaba por su cuello dibujando con la punta de su lengua las protuberancias óseas de sus hombros, de su tórax. Continuaba lentamente hasta los montículos que él más amaba. Los envolvía dulcemente entre sus manos, a cuya medida estaban hechos. Mientras, la besaba en la boca, sorbía sus encías, rozaba con su lengua el paladar de ella mientras sus manos continuaban asidas a sus pechos cada vez con más fuerza, como si quisiese arrancarlos en un arrebato de locura. Ella, extasiada, conducía después lentamente su cabeza hacia su vientre. En donde él reposaba, por unos instantes, antes de continuar su viaje descendente a través de esa geografía indómita, salvaje, que ella sentía como nunca antes explorada. Separaba con dulzura sus muslos y localizaba su punto débil: la entrepierna… ahí se ahondaba frenéticamente con movimientos circulares de cabeza mientras ella se desbordaba de alegría emitiendo pequeños espasmos de una risa ebria de placer hasta que él llegaba justo al centro…allí, su lengua se volvía una serpiente de fuego hurgando en las entrañas de la tierra en busca del néctar y la ambrosía que habrían de convertirle a él en dios por una noche…Cuando ella estallaba al fin en un grito primigenio. Recobraban fuerza abrazados, mirándose cada uno en los ojos del otro y sonriendo como dos niños cómplices de una travesura común. Luego, ella le susurraba al oído algo a lo que él asentía con un ligero pestañeo y una profunda inhalación. Era su turno. Él ya había amado demasiado, ahora ella sería la amante. Comenzaba por trazar suavemente en su espalda signos de una caligrafía fina y delicada, cuyo código él iba descifrando poco a poco. Sus omóplatos eran como las páginas opuestas de un libro en blanco en donde ella iba escribiendo la historia de su amor en un idioma que sólo ellos conocían. Su piel oscura contrastaba con lo blanco de las manos de ella y eso le provocaba un deseo insospechado. Al llegar a la parte baja de su espalda, acogía sus glúteos con el cuenco de sus manos mientras besaba sus muslos, envueltos en un vello espeso, como laderas oscuras cubiertas de ortiga. Bajaba lentamente hasta sus pies, los cuales besaba con amorosa paciencia y después, cuando él se hallaba en un profundo letargo de placer, ella decía, despacio, “vuélvete”. Así, de frente, se miraban fijamente a los ojos, como si cada uno quisiera someter al otro a su voluntad, doblegarlo, hacerlo rendirse a sus más descabellados deseos, ceder, darse por completo… y entonces…¡Ah! Entonces ella buscaba con ansia esa parte de su cuerpo que ya le esperaba impaciente por hundirse lentamente en la humedad de su boca. En ese lugar tibio y mojado, como el vientre materno, a donde todos quisiésemos volver. Ella usaba su lengua como un sensor que captaba a través de esa antena enhiesta todas y cada una de las vibraciones que surgían de lo más profundo de sus entrañas… decodificando el mensaje, traduciéndolo a su propio idioma. El mensaje era uno solo, remontar los límites del placer con ella encima suyo, iniciar la cabalgata en donde ella era el jinete y el era el corcel alado que la llevaría hasta ese lugar remoto e inasequible que sólo pueden alcanzar quienes se dejan guiar por Deseo, aunque en ello les vaya la vida misma, pues saben bien que una vez alcanzado su destino, comenzarán a morir un poco, exhalando parte de su espíritu, el cual se elevará hasta los dioses quienes, complacidos por la consagración de ese amor, tendrán compasión de las almas caídas de los amantes prohibidos y serán redimidas de todos sus pecados de una vez para siempre. Amén.
Teresa de Jesús Padrón Benavides

sábado, 22 de mayo de 2010

Matisyahu: El joven "rasta" cantor de Dios por Tere Padrón


Rise, to the occassion.
Keep these hearts all blazin.
Build your life on a river of wax.
Melt into space, we've been here since the beginning, not going away.
Not going away.....

Matisyahu



Cuando pensamos en los judíos ortodoxos (los que guardan al pie de la letra los preceptos de la Torah), nos los imaginamos como seres adustos, aburridos, anticuados. Vistiendo sus gabardinas negras, sus sombreros de pana, sus caireles y sus largas barbas. Parecen seres de otro tiempo para quienes la modernidad y los vaivenes de la moda han pasado de largo. Ahora, imaginemos a alguien ataviado con ese tipo de ropa pero cantando y bailando Reggae… ¿será…?
Para romper con todos los estereotipos y los motes que durante siglos se les han adjudicado a los judíos (y que han sido la causa de su diáspora por todo el mundo y del exterminio nazi), surge un ser excepcional, alguien que viene a “revivir” entre el pueblo judío y especialmente entre los jóvenes, la fe en Dios y en la humanidad. Alguien que vienen a darle un aire fresco a una tradición antiquísima. Alguien que ha hecho de la Biblia y de su estudio su fuente de inspiración para cantar a Dios con toda la alegría, el entusiasmo y el éxtasis propio de los jóvenes: Matisyahu.
Matisyahu es un joven cantante neoyorquino judío ortodoxo que, curiosamente, escogió como forma de expresión al Reggae. Es la viva prueba no sólo de la originalidad, sino de la mezcla de culturas propia de la globalización. Pero, ante todo, Matisyahu es un mensajero que, al mezclar los versos de la Biblia con el ritmo lento, pausado y repetitivo y la deliciosa cadencia del Reggae, nos hace concientes de que el sentimiento religioso es el mismo para todas las razas humanas y que a Dios hay que alabarlo con toda el alma, la mente y el cuerpo. Porque cuando uno lo escucha, no puede evitar ponerse a bailar y entrar en un estado de éxtasis y júbilo religiosos.
Y bien visto, hay muchas conexiones entre el mensaje bíblico de amor, paz, tolerancia, respeto y hermandad de Matisyahu y la música reggae. El reggae nace a fines de los sesenta en Jamaica, un país sumido en la miseria, la desigualdad y la marginalidad y con un pasado colonial y esclavista bastante oscuro. Surge como una música de protesta social y política, de exigencia por la igualdad, de paz y amor y de redención. Es la música que promueve en Jamaica el rastafarianismo, movimiento religioso surgido en Etiopía a mediados del siglo pasado y que proclama a su fundador, Haile Selassie, como una reencarnación de Cristo, y a África como la nueva Sión. Bob Marley es su más digno representante.
Algo semejante a lo que creen los judíos religiosos. Ellos consideran a Israel como la tierra prometida y esperan la llegada del Mesías para restablecer su reino en la tierra; por eso es que observan la Ley celosamente. Pero el hecho de concebirse a sí mismos como un pueblo elegido por Dios para preservar sus mandatos no los convierte en personas jactanciosas, soberbias o pretenciosas. Por el contrario, el judaísmo religioso es tal vez la única religión que no promueve la evangelización. Los judíos no intentan (como el cristianismo o el Islam, por ejemplo) convertir a nadie que no quiera.
Convertirse al judaísmo no sólo es un rito simbólico (como el bautizo). No. Convertirse es aceptar a Dios y a sus mandatos como la única vía posible para acercarse a Él. Y acercarse a Él es tratar de agradarle con nuestras obras aquí en la tierra, no sólo con la esperanza de la salvación y del paraíso prometido, sino con la firme convicción de que debemos ser buenos aquí, en este mundo, porque es el mundo creado por Él y es nuestra consigna cuidarlo y protegerlo. Aquí hay que estudiar concienzudamente (lo que implica horas de sacrificio dentro de casa o de la yeshiva, estudiando la Biblia guiados por un rabí o maestro); hay que hacer cambios radicales en nuestra vida para poder demostrarle a Dios y sólo a Él que le amamos y que amamos su creación. Hay que llevar una vida ejemplar en todos los sentidos y, sobre todo, tolerar y respetar las creencias de los demás (no hacer proselitismo a favor del judaísmo, como sí se hace en otras religiones incluso orando para que Dios conceda más miembros a su grey).
Las letras de Matisyahu hacen todas alusión a la Biblia, pero no a través de metáforas complicadas, sino de palabras sencillas (no vulgares, por supuesto) que permiten que los jóvenes (y todos) podamos acceder a sus canciones y entonarlas y corearlas mientras las bailamos. Aunque hay que decir que es difícil aprenderse algunas de sus canciones, no sólo porque canta el reggae como “rapeando”, sino porque le imprime el acento y la pronunciación jamaiquina.
En este punto quisiera detenerme a una consideración acerca del lenguaje. Los jóvenes en la actualidad (pero no sólo, también los niños y los adultos), no hablan sino con malas palabras. Maldicen todo el día y su vocabulario se reduce a 10 palabras (todas groserías) y con ellas se refieren a todo lo que les rodea y lo que les acontece. Es muy triste y yo lo vivo a diario, porque soy maestra universitaria. La vida se empobrece y también nuestros sentimientos, puesto que los reprimimos al no tener las palabras adecuadas para expresarlos.
Matisyahu honra el lenguaje con sus canciones, porque entre los judíos la palabra es sagrada, puesto que fue dada por Dios, que les habló a los profetas. Dios es verbo, la Biblia es “La palabra” (con mayúscula). En el judaísmo no hay lugar para la maldición, para el insulto, los vituperios. Todo lo contrario. Las palabras se usan para alabar a Yahvé y a toda su creación. Una de sus canciones más conocidas “King without a Crown” (rey sin corona), dice e uno de sus versos:

“¿Qué sentimiento es éste?
¡Mi amor hará un agujero en el techo!
Canto a mi Dios canciones de amor y sanación
Quiero al Mesías ¡ahora!
Es hora de que se nos revele.

Escuchar alabanzas a Dios en boca de un joven de 27 años, a ritmo de reggae, vestido con filacterias, bucles y sombrero, no puede sino contagiarnos de alegría de vivir, de euforia y de entusiasmo. Porque bien dice en la Biblia: “Acuérdate de tu creador en los días de tu juventud, para que te complazcas en Él en tu vejez.”
Matisyahu es la encarnación de todo lo bueno que tiene la juventud. Su rap-reggae no es el típico rap que incita a la violencia, como el de muchas bandas (Cártel de Santa es un buen ejemplo de esto último). No. Matisyahu los incita sí, pero a alzar su voz y a levantar el puño en contra de toda la basura, las mentiras, los prejuicios, el descuido y el odio al que han estado expuestos durante tanto tiempo por parte de una sociedad cada vez más materializada y menos espiritual. Matisyahu dice en su canción “Youth” (juventud) a ritmod de heavy metal mezclado con rap y reggae:

Young man control in your hand
Slam your fist on the table
And make your demand
Take a stand
Fan a fire for the flame of the youth
Got the freedom to choose
You better make the right move

“Joven, el control está en tus manos
Golpea con el puño la mesa
Y exige tus derechos
Toma partido, haz conciencia
Enciende la flama de la juventud
Y da el paso correcto….
Tienes la libertad de elegir….”

There's a spiritual emptiness
So the youth them get vexed
Skip class and get wrecked
Feel with beer and cigarettes
To fill the hole in their chest!

“Hay un vacío espiritual
Que incita al enojo de los jóvenes
Se van de pinta y arruinan su vida
Y llenan de cerveza y cigarros
El hueco que hay en su pecho…”


Otra de sus canciones (mi favorita) “Time of your song” narra lo que tal vez fue “su llamado”. Así como Dios interpeló a Saulo en el desierto, cuando perseguía a los primeros cristianos, Dios le habló a Matisyahu a través de una vieja melodía de su infancia y le reveló cuál sería su camino. Dice la canción:

Moonlight illuminate my night and my days sunray make the people say
Had a vision somethings missing so they're screaming out loud
Keep my feet on ground and my head in the clouds.
I'm the arrow, you're my bow, shoot me forth and I will go
And I know and I go and I go get up and go
Make me feel its for real tell me what you know.

“La luna ilumina mis noches y el sol mis días…Tuve una visión de que algo estaba perdido y ví a una multitud gritado muy fuerte…Mantendré mis pies en el suelo y mi cabeza en las nubes…Yo soy la flecha y Tú el arco, dispárame y me iré…Hazme sentir que esto es real….Dime lo que sabes…”
Matisyahu es, probablemente, uno de los músicos más influyentes entre los jóvenes no sólo de Estados Unidos, sino de muchas partes el mundo. Incluso en lugares en donde no se practica el judaísmo o incluso se desconoce, Matisyahu convoca en sus conciertos a multitudes de jóvenes de todas las edades, y los hace entrar en una especie de trance y liberación de adrenalina a la vez para elevar a Dios el coro de voces más sui generis con que jamás se le haya alabado. Y Dios lo escucha y acude a él.

¡Shalom!

Teresa Padrón Benavides

miércoles, 21 de abril de 2010

PARA MATAR… EL TIEMPO

“I have seen the future brother, it is murder…”

Leonard Cohen

¿Qué es el tiempo? Lo medimos, lo contamos, arreglamos nuestras vidas en torno suyo. Decimos tenerlo o no tenerlo; decimos que el tiempo es dinero; que el tiempo es oro; decimos que el tiempo cura las heridas; que vendrán tiempos mejores. Sentimos que pasa o no. Queremos huir de él, pero nos tiene atrapados. Es inexorable, como Dios. Nos deja su marca, en el cuerpo, en la memoria. Mata la memoria, cura las heridas (algunas, al menos) ¿Tal vez el tiempo es Dios? Cronos, devorando a sus hijos, castrando a su padre con la hoz, para ser él y sólo él, el amo y señor del universo.

El tiempo es una cosa extraña. Cuando eres joven no tienes más que tiempo. Gastas un par de años aquí, otro par de años allá….no pasa nada. Pero, de repente, llega un día en que te encuentras viejo, cansado, falto de aliento y cada vez más cerca de la muerte… Es entonces y sólo entonces que, si aún te queda algo de cordura y de sensatez, te cuestionas respecto del verdadero sentido de la vida.

Pero, ¿qué es la vida? Te preguntas. Y respondes: “La vida es un desierto, plagado de cadáveres de mujeres mutiladas, clamando justicia a un dios ciego y sordo…..” No. Corriges: “La vida es un avión a punto de estrellarse en medio de un desierto remoto plagado de cadáveres de mujeres mutiladas que, en un acto supremo de compasión, juntarán sus miembros dispersos para acoger, amorosas, a los pasajeros….”

No, Tampoco. La vida es el producto de un incesto. De dos hijas que embriagaron a su padre, se acostaron con él y ambas quedaron preñadas, de hijos varones, por supuesto. Mujeres no. Hubiera sido una tragedia de proporciones épicas. Los primogénitos “deben” ser varones, Eso sí es una bendición de Dios. Eso dice la Biblia., por eso, si mueren descuartizadas una cuantas mujeres, ¿a quién le importa? Malo fuera que fuesen hombres, entonces sí, ¡Qué tragedia!

No. La vida es un lapso de tiempo encapsulado en la mente de un dramaturgo, angustiado, confundido, avergonzado ante al imposibilidad de mostrar a través de su arte la dimensión de una tragedia que sobrepasa el entendimiento humano. Y, en su desesperación, acude a dios en busca de ayuda, y éste aparece, encarnado en los fantasmas de sus actores, quienes, compasivos unos y rencorosos otros, le ayudarán (o al menos lo intentarán) a poner en escena (si eso fuese posible) una tragicomedia del absurdo que tiene, como telón de fondo, otra tragedia, esa sí, real, descarnada, cruel, y, lo que es peor, casi olvidada.

Y ¿cómo no se va a olvidar, si estamos inmersos en una masa homogénea de mierda que nos embarran a la cara todos los días por televisión, por radio, por Internet? ¿Cómo no se va a olvidar que en México hay crímenes imperdonables, gente muriendo de hambre, niños violados por sacerdotes, mujeres golpeadas, maltratadas, campesinos desaparecidos o encarcelados injustamente, mientras que empresarios pederastas andan libres y continúan haciendo sus fechorías? ¿Cómo no se va a olvidar si decimos ser libres para decidir lo que consumimos y consumimos sólo la basura que nos anuncian y nos venden? ¿Cómo no se va a olvidar la ola de violencia en la que estamos inmersos si vivimos embrutecidos y enajenados con nuestros aparatos electrónicos, videojuegos, celulares y con nuestras cajas de hierro con llantas?

Pues para eso, justamente, para que no se olvide, para rendir homenaje, aunque sea el más modesto, a través del arte, a todos aquellos que mueren a diario en el anonimato y que nadie recuerda, salvo sus familias, la recién creada Compañía Municipal de Teatro, bajo la dirección del joven dramaturgo Rafael Martínez , quien también escribió el guión y es parte del elenco, pone en escena “Para matar…el tiempo”, una obra en la cual convergen estilos distintos que van desde el monólogo hasta la discusión pasando por el diálogo entre los 4 actores (o los fantasmas de éstos), quienes, en su afán por ayudar a su “creador” a dar forma a su trabajo, lo interpelan, lo cuestionan, lo juzgan, pero también acuden a él en busca de consejo para interpretar su papel y para aportar ideas.

“Para matar… el tiempo” es una obra que nos recuerda que el escenario es un micro universo en donde cada día actores y director, libran batallas campales y enfrentan su destino (personificado omniscientemente en el libreto) en su afán por devolvernos a nosotros, espectadores, la vida misma, pero dotada de sentido, de valor. Que eso es justamente lo que hace el arte. La recreación de la vida, con todos sus contrastes, a través de una obra de arte, en este caso de una obra de teatro, cumple la función de llenar el vacío espiritual e intelectual en que nos ha sumergido la “cultura” masiva del espectáculo. Una obra de teatro difícil, abstracta, ágil, que apela a nuestra inteligencia y a nuestra capacidad de concentración en una trama que parece no existir y frente a un escenario austero, casi vacío, sin utilería, sin apenas mobiliario, casi yermo, como el desierto en que fueron abandonados los cientos de cuerpos de las muertas de Juárez y que nadie parece ya recordar. Como el desierto del corazón de las madres huérfanas de hijas, solas, abandonadas y olvidadas.

Pocas veces habremos de tener el privilegio de presenciar una puesta en escena como esta, que nos hace reflexionar, tomar una postura ante un acto de barbarie, pero también asumir nuestra parte de responsabilidad ante él. Así que, para todos aquellos que se dicen “cejemenses de corazón”, ahora es momento de demostrarlo, apoyando al talento local y, de paso, cultivando el espíritu (que tanta falta nos hace) ¡No se lo pierdan!

“Para matar… el tiempo”, escrita y dirigida por Rafael Martínez Guerrero, con las actuaciones de Mary Santacruz, Armando García, Alejandra Sepúlveda, Marián Amavizca, Yaret Calleros y el mismo autor.

Teatro de la Casa de la Cultura, frente a la laguna, junto al deportivo. Funciones: sábados 5 y 7 p.m.