Mi lista de blogs


domingo, 3 de octubre de 2010


¡LLORE, POR FAVOR!



Yo quiero ser, llorando, el hortelano,
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano…
Miguel Hernández


La vida, ineluctablemente, va ligada con la muerte. Sin embargo, y a pesar de ser concientes de ello, tendemos a ensalzar una y a repudiar la otra. Procuramos todo aquello que nos reafirme día a día que estamos “vivos” y evitamos, a toda costa, cualquier cosa que nos insinúe, incluso sutilmente, la idea de la muerte; en especial la de nuestra propia muerte. Y con la muerte, ese “temor primigenio”, vienen sus inevitables acompañantes: los diversos miedos, el dolor, la tristeza y las enfermedades. A todos éstos también procuramos sacarles la vuelta, cómo no. Pero, así como se considera patológico deleitarse con la muerte, la sangre y el dolor, propios o ajenos, ¿no resulta siquiera un poquito sospechosa la tendencia actual, cada vez más acentuada, de rechazar a cualquier costo el dolor o de vivir de plano como si éste no existiera?
En la Grecia clásica existió un género literario muy popular llamado tragedia. El significado de la palabra, según el diccionario, es “obra dramática”, de asunto “serio”, capaz de infundir “lástima” y “terror” y en donde intervienen personajes “heroicos” e “ilustres”. Si la obra era buena, los espectadores de aquella época lejana pasaban por un proceso que Aristóteles definió como catarsis, esto es, una suerte de gozo, de profunda alegría íntima, que nace de experimentar toda la escala de afectos tras presenciar algo espantoso y conmovedor, generalmente la historia del aniquilamiento y rehabilitación moral de un héroe. Se trataba de un verdadero “aprendizaje a través del sufrimiento” al que se exponían las masas voluntariamente en grandes festivales populares y religiosos. Desde entonces hasta nuestros días ha persistido una vena trágica en muchas manifestaciones artísticas, aunque curiosamente esa vena ha tendido ha estrecharse cada vez más en estos tiempos posmodernos. Con la asimilación (¿o confusión?) del arte y el entretenimiento buscamos más un arte feliz, lúdico y sin mayores infortunios y evitamos, en la medida de lo posible, los aspectos trágicos u oscuros de la vida. Si algo puede parecernos hoy día aquel noble arte de Esquilo, Sófocles o Eurípides es que se trata de algo demasiado “azotado”, y ¿para qué azotarse si la podemos pasar suave con otros espectáculos, a gusto y sin emplearnos a fondo emocionalmente?
La sociedad actual, con su tendencia al consumismo y al placer inmediato, parece querer sortear a toda costa cualquier asunto en el que estén involucrados nuestros miedos, pasiones, temores o complejos en aras de una vida sin sobresaltos. Una vida en la que uno no tenga que enfrentarse nunca a lo serio, lo adusto, lo grave, porque, además, seríamos incapaces de comprenderlo. ¿Por qué? Porque es de “mal gusto” mostrar incluso el menor atisbo de que somos vulnerables, capaces de sufrir, de llorar. Es un signo de debilidad y, en un mundo en donde se le rinde culto al más fuerte, al más poderoso (entendiéndose por esto a quien es tiene lo “necesario” para no sufrir), es muy mal visto desnudar el alma y mostrar los sentimientos. Además, en nuestra cultura machista lo de llorar se deja preferentemente a las mujeres e incluso conmoverse con el arte se consideran recaídas sentimentales vedadas a muchos varones. Hay hasta quienes piensan que presenciar la tragedia humana y afligirse con ella, sirve sólo para “desequilibrarnos” emocionalmente y no aporta nada positivo a nuestro “bienestar” social. ¿Ver más películas sobre el Holocausto? ¿Escuchar música seria apachurrado en un sillón? ¿Otro documental sobre el hambre en África? ¿Ir a una obra de teatro que me haga sentir mal y encima tener que pagar por ello? Pero si uno lo que quiere es alejarse de los problemas y pasar un buen rato...
La mercadotecnia pretende, utilizando a sus dos aliados más fieles, la televisión y la red, vendernos la idea de que somos dueños, amos y señores de nuestro destino si poseemos ciertas cosas ya que poseerlas nos hará inmunes a cualquier “percance”. Los libros más vendidos en nuestro país de escasísimos lectores son los así llamados de “auto ayuda”: Sonría y triunfe en la vida, Pare de sufrir, Éxito inmediato en sus relaciones personales, Compre y sea feliz. El slogan o la consigna actual pareciera ser: “No importa qué tan mal te salgan las cosas, ¡sonríe, por favor!” como si haciéndolo, pudiésemos exorcizar el sufrimiento, la frustración o el dolor. Sin embargo, cada vez con más frecuencia asistimos al drama de los suicidios, fratricidios, parricidios, feminicidios y tantos otros “idios” de los cuales nos “informan” los medios masivos (esos mismos que nos tranquilizan y nos “entretienen” con cosas más agradables). Entonces, ¿de qué se trata? ¿De ser felices o de aparentar serlo? ¿No sería mejor, ingerir pequeñas dosis de sufrimiento de vez en cuándo y así, ir liberando poco a poco esa frustración y ese miedo contenidos por tanto tiempo para que éstos no desencadenen en una tragedia aún mayor? En ese sentido, y como dijera Enrique Serna, “La tragedia es una confrontación con la muerte, y en una sociedad que pretende ignorarla, eludir esa confrontación se ha convertido en una principio de higiene mental.”[1]
Además, ¿qué podemos hacer al respecto, si eso ocurrió en Europa hace más de medio siglo? ¿Qué puedo hacer yo, simple mortal, para mitigar siquiera un poco el sufrimiento de los niños con sida en África si estoy tan lejos de ellos? Sin embargo, tengo más de 300 canales de televisión que me conectan instantáneamente con el resto del mundo y puedo “navegar” a gran velocidad por la red incluso hasta el más remoto lugar de la tierra… Es decir, para procurarnos placer, no existen los límites físicos ni geográficos, en cambio, si de ayudar al que otro se trata…
Hay dos tipos de dolor, el que podemos mitigar o contribuir a mitigar en nosotros y nuestros semejantes, y el que es inevitable. Ambos forman por derecho propio parte de lo que significa vivir tanto como la alegría, el éxito, los logros. Ambos forman parte de una vida plena. Pues tendemos a equiparar el dolor con el fracaso y el éxito con la comodidad. Pero una vida de perpetua felicidad, de continua alegría y risas todo el día es, en el mejor de los casos, un estado ininteligible para nosotros mortales, acaso viable en el otro mundo, y, en el peor de los casos, un estado patológico que más bien nos mueve a lástima que a envidia.
Esta tendencia generalizada al goce y al placer, y a la negación del dolor, lo único que ha traído consigo es una insensibilidad y una enorme falta de respeto por los valores esenciales de la humanidad: la amistad, la solidaridad, el afecto, la conmiseración. ¿Tendrá que ver esto también con nuestro desapego a lo trágico, con una falta de catarsis? Ahora bien, no se trata de empeñarnos en amargarnos la vida, de llevar luto permanente por todas las tragedias y fracasos de la humanidad, sino simplemente de tratar de vivir de acuerdo con una imagen menos distorsionada de la existencia, una en la que nos sepamos como somos: finitos, vulnerables, capaces de grandes alegrías y también de grandes penas. Digo esto con un profundo respeto por los que más sufren. ¡Qué mejor que todos suframos menos! Y son, por cierto, de nuevo los medios quienes subestiman el dolor ajeno al presentarlo como materia de entretenimiento con su buena dosis de morbo y cuando trivializan la muerte y la violencia a través de películas, programas de televisión y videojuegos.
Si insistimos en ver las cosas con un sesgo positivo a como dé lugar, hay algo “bueno” en nuestras eventuales caídas en la desgracia si pensamos que nos pueden ayudar a apreciar lo que de bueno tienen la salud, la felicidad, la unión familiar, etc. ¿No decimos acaso que hasta que no enfermamos nos damos cuenta de las bondades de la salud? ¿Que hasta que no irrumpe la discordia, la paz y la estabilidad dejan de ser situaciones aburridas y que damos por sentado? Y los médicos nos hablan de los beneficios terapéuticos del llanto, tan tonificante y saludable como unas buenas carcajadas. También se dice que no hay dolor tan grande que haber sido feliz alguna vez. Así que ojalá nuestra sociedad, tan empeñada en prepararnos para el éxito, también se preocupara un poco en educarnos para el fracaso y el dolor, pues de esto último seguro nos toca aunque sea un poco a todos, mientras que de lo primero… Querría terminar esta nota con una reflexión a de mi propia experiencia con el dolor. Yo, al igual que usted, he experimentado situaciones de profunda pena, como la pérdida de mi hermanita menor. Y han sido justamente estas tragedias las que me han hecho apreciar plenamente y celebrar el milagro de la vida. Pero ¿significará esto que el dolor y sufrimientos reales de nuestros semejantes sirven para enseñarnos algo sobre nuestra propia vida? ¿Que debemos estarles agradecidos a los muertos por sus servicios pedagógicos? ¿No deberíamos más bien guardar silencio con profundo respeto y estimar todas las muertes como simplemente absurdas? Paradojas de la vida…



Teresa de Jesús Padrón Benavides
[1] Enrique Serna, “Contra la higiene mental”, Letras Libres, año 1, núm. 12, diciembre de 1999, México. De este artículo tomo el nombre del presente escrito.

No hay comentarios:

Publicar un comentario