
Por Teresa Padrón
“Mientras más conozco a los hombres, más amo a mi perro…”
Charles de Gaulle
Hoy todo apuntaba a que sería un día normal. Por la mañana, después de dejar a nuestro hijo en su escuela, mi esposo y yo fuimos a desayunar, lo dejé en su trabajo y antes de volver a casa, me detuve a hacer algunas compras y algunos pagos, (como cuadra a toda buena ama de casa, ja, ja). Como aún era temprano y estaban cerrados la mayoría de los locales del centro comercial, me entretuve, como siempre, frente a la vitrina de la tienda de mascotas a contemplar los peces.
Absorta como estaba en el maravilloso espectáculo de una danza multicolor que los peces parecían estar ejecutando para mí y sólo para mí, no me percaté de una joven mujer que hacía esfuerzos inútiles por que alguien abriera la tienda. Cuando parecía que estaba a punto de tirar la puerta de establecimiento, me acerqué a señalarle el letrero que decía “ABRIMOS A LAS 10 a.m.”. Con cara de angustia me dio las gracias y me preguntó la hora. Le dije que apenas iban a dar las 9 y le pregunté cuál era la razón de su apuro. ─Mi hijo le pidió a Santa Clós un conejito y Santa Clós va a “llegar” a su kinder a las 11─ dijo. ¡Lo que no hace una madre por complacer a sus hijos!, pensé.
Recordé, hasta ese momento, que mi hijo también le pidió a Santa “otra” mascota. Y si entrecomillo la palabra es porque en nuestra casa ya hay más animales que personas (2 perros, una gatita y una tortuga). Es precisamente porque mi hijo piensa que la tortuga está muy sola en su pecera, que le pidió una “compañera”. Yo también creo que necesita compañía.
Como no veíamos la hora en que abrieran, le propuse llamar a la veterinaria de mis mascotas a ver si ella sabía de algún lugar en donde vendieran conejos. Me dio varias opciones, pero la joven no traía carro, así que también me ofrecí para llevarla. Nuestra búsqueda fue infructuosa. ─No es época de conejos─ nos dijo un veterinario con aspecto de granjero en el almacén de “Purina” en el que terminamos. Yo me quedé pensando en eso de la “época” de los conejos con mirada perpleja, puesto que los conejos son famosos justo por su reproducción acelerada en cualquier época.
Cuando habíamos perdido casi toda esperanza de hallar al susodicho lagomorfo (acabo de aprender que esa palabra se usa para designar al grupo al que pertenecen los conejos), recordé una tienda d mascotas con un nombre muy “nice” en donde yo había visto alguna vez conejos. La joven no reparaba en elogios hacia mí y me colmaba de bendiciones y me aseguraba que ella jamás había conocido alguien que se tomara las molestias que yo me estaba tomando por una desconocida y que…..!Pufff….! ─No es para tanto, le dije─ Lo hago porque soy mamá y porque amo a los animales y porque sé lo angustiante que les resulta a los padres evitar que sus niños se enteren de que “Santa” no existe…
En fin, que íbamos camino a nuestra cita con el destino por céntrica y concurrida avenida cuando en un semáforo en rojo, veo a una niñita arrojar montones de basura sin ningún pudor por la ventana de una camionetota de esas que les gustan tanto a las señoras de Obregón…. La reprendo diciéndole que no lo haga y le hago señas a su madre a través de los cristales oscuros y cuando ésta finalmente decide bajarlos, me asesta a todo pulmón: “Pin… perra, ¿qué traes perra? ¡Es una niña! ¡Hija de tu p…. madre…!” Me acompañante y yo no salíamos de nuestro estupor y, boquiabiertas, volteamos a vernos con cara de ¿!Qué está pasando aquí!?
Cuando finalmente la luz cambió, reinicié la marcha y la mujer seguía gritándome una retahíla de los más variopintos insultos. No es que me haya sentido ofendida (me han dicho cosas peores en la vida), mucho menos viniendo de alguien que ni siquiera conozco (ni querría conocer),. Además, para mí el que me digan “perra” es casi, casi un halago puesto que amo a todos los perros del mundo, porque creo que los animales nos enseñan a diario cómo vivir en armonía, sólo con lo indispensable y de acuerdo a la naturaleza. Lo que sí sentí fue mucha tristeza y miedo de pensar en el mal ejemplo que algunos padres, como esa señora, les dan a sus hijos a diario con su conducta.
Bajé a mi nueva amiga en la tienda y la esperé en mi carro. Me quedé pensando en lo mal que está el mundo. Crímenes, asaltos, secuestros, asesinatos y todo tipo de violencia a la orden del día en todas partes y Sonora no es la excepción. Lo peor es que esto se ha vuelto algo cotidiano y lo vemos ya como cosa “normal”. Y no sólo eso, sino que lo fomentamos desde nuestra casa y lo predicamos con nuestro ejemplo.
Nuestros ídolos son los rudos y bravucones. Nos gustan los narcocorridos y le rendimos culto al dinero, a la apariencia externa y a la ostentosidad. En nuestra ciudad abundan los expendios de cerveza, las estéticas, los lotes de autos y escasean los museos, las galerías, las bibliotecas, los parques y jardines públicos. El ejemplo de adultez que tienen nuestros niños es el de un papá grosero, malhablado, bravucón, borracho y con una camionetota y el de una mamá por el estilo (sólo que con uñas larguísimas de gel, delineado permanente en las cejas, luces en el pelo y esceso de maquillaje).
¡Y decimos querer a nuestros hijos! Si eso fuese cierto, nos preocuparía más educación que su “bienestar” económico. Pero para tener hijos bien educados no basta con mandarlos a escuelas caras, sino que hay que, primero, educarnos nosotros. En la medida en que cambiemos nuestros gustos y aficiones y comencemos a cultivarnos, a estudiar, a aprender, a adquirir otro tipo de hábitos, la cultura de la violencia en la que estamos inmersos irá cediendo terreno a una cultura de la tolerancia, la diversidad, el respeto y la armonía. Eso sí sería demostrarles a nuestros hijos cuánto los amamos y a nuestra ciudad cuánto aprecio y arraigo le tenemos.
Salió, finalmente mi amiga de la tienda de mascotas sin conejo, sin ratón, sin tortuga y sin tiempo ya para comprar algo. La dejé frente a su trabajo y nos despedimos intercambiando celulares y abrazos navideños. Me fui con el corazón alegre por haber hecho una nueva amistad y por que Dios me había puesto, de nuevo, en una situación en la que pudiese ser útil a alguien. Olvidé los insultos y, en vez de eso, me vino a la cabeza una de las bandas de rock favoritas de mi hijo, los “Patita de Perro” y me fui a casa “ladrando” una de sus rolas “Motoperros por aquí, motoperros por allá, motoperros ten cuidado! Guau, guau, guau…” Feliz Navidad. Amor y Paz”.
P.D.. Ilustro mi artículo con la foto del ganador al concurso del “perro más feo del mundo” 2009 (creo que este perro es más hermoso que muchas personas, incluida la señora que creyó haberme ofendido). Shalom!
Teresa de Jesús Padrón Benavides
