Por Teresa Padrón Benavides
Hay un momento hermoso en la parashá de esta semana que nos
habla de la generosidad de Moisés como líder del pueblo hebreo. Moisés se
hallaba desesperado y desconsolado al ver que la gente se quejaba por la falta
de agua y comida a mitad del Sinaí, en lugar de agradecer a Dios por haberles
librado de su esclavitud en Egipto. Ya no querían alimentarse de maná, querían
comer carne. Moisés se da cuenta de que el pueblo no ha aprendido ni aceptado
que la libertad tiene un precio y se encuentra totalmente devastado y ruega a
Dios que le quite la vida, pues no puede más con esa carga: “si es así como has
de tratarme, te ruego que vayas delante de mí y me quites la vida…si he hallado
favor a tus ojos, no me dejes presenciar mi propia ruina.” (Números 11:15)
Dios, al ver la tristeza de Moisés, le ordena que reúna a 70
hombres del sanedrín y que delegue funciones a ellos y reparta su liderazgo
entre todos y así aligere su carga. Moisés lo hace y sobre ellos se posa el
espíritu divino que les ayudará a conducir los asuntos del pueblo sabiamente. Sin embargo, Josué, el segundo en liderazgo
después de Moisés, ve esto como una amenaza potencial, a lo que Moisés le
responde, con gran dignidad, “¿Estás
celoso? Yo querría que todos los hombres fuesen profetas y que Dios les
infundiera del espíritu divino para que supieran conducir al pueblo sabiamente.”
(Núm. 11:29)
Sin
embargo, pasajes más adelante, Moisés no mostró la misma generosidad, cuando Kóraj
y sus seguidores se amotinan y sublevan contra él. En esa ocasión, Moisés rogó
a Dios que se abriera la tierra y los tragara vivos, lo cual sí sucedió. (Num.
16:28-30) ¿Cuál es la diferencia entre ambos pasajes bíblicos? Para entenderlo,
es necesario establecer la diferencia entre poder y liderazgo, dos palabras que
suelen confundirse a menudo. Creemos que toda la gente poderosa ejerce
influencia y que la gente influyente tiene poder, pero no es así.
Imaginemos que tenemos un poder absoluto. Lo que deseemos, se
hace. Un día, decidimos compartir ese poder con otros nueve. Ahora sólo tenemos
una décima parte del poder del que gozábamos. Ahora, imaginemos que tenemos que
tenemos cierta influencia. Decidimos compartir esa influencia con otros nueve,
a quienes hacemos nuestros socios. Ahora tenemos 10 veces más poder de
influencia, pues en vez de ser sólo nosotros, ahora hay otras nueve personas
esparciendo el mismo mensaje. El poder funciona por división, la influencia por
multiplicación. Entre más poder compartamos, menos poder tenemos. En cambio,
entre más influencia compartamos, más tenemos.
Durante más de cuarenta años, Moisés había hecho las veces de líder
absoluto del pueblo hebreo durante su travesía por el Sinaí. Había desempeñado
funciones diversas, como la de profeta, enseñándoles la Torá a los israelitas y
comunicándose con Dios. Había sido maestro, juez en los problemas y conflictos
entre las personas, etcétera. Lo único que no había sido, era sacerdote del
templo, pues esa función recayó sobre Arón, su hermano. En el libro de Números,
capítulo 27, versículos 18 al 20,
leemos: “Toma a Josué, hijo de Nun, y hombre de espíritu y posa tu mano sobre
él (besamajta) y colócalo delante de Eleazar, el sacerdote y delante de
toda la comunidad y cédele parte de tu poder y de tu dignidad (hod) para
que le obedezcan todos los israelitas.”
La palabra hebrea semichah, es el origen de ve.samajtá,
que quiere decir “posar la mano sobre la cabeza de alguien”, confiriéndole así,
investidura y poder para tomar decisiones en su nombre. Es lo que hace un
rabino al ordenar a alguno de sus pupilos para que éstos puedan continuar con
la transmisión de la Torá. Por otro lado, la palabra hebra hod, significa “honor”. Hod malkhut, es el honor de los reyes.
Los reyes tienen poder, los profetas, o maestros (rabinos), tienen influencia.
Josué y los siguientes reyes de Israel, tenían poder, pero no todos tenían el
poder de influir sobre la gente. Los profetas, en cambio, siguen ejerciendo
influencia con sus enseñanzas hasta nuestros días. Como decía el filósofo Soren
Kierkegaard, “Cuando un rey muere, acaba su poder. Cuando un profeta muere,
comienza su influencia.”
El judaísmo claramente
establece la diferencia entre poder e influencia. Es muy enfático sobre la
importancia de la segunda y muy escéptico respecto de la autenticidad del
primero. El Tanaj, uno de nuestros libros más estudiados, pues son comentarios
acerca de las leyes, es muy enfático en su crítica al poder. El poder absoluto,
dice, sólo pertenece a Dios. La Torá reconoce la necesidad de mantener la Ley y
el orden en un mundo imperfecto, pero no a través del poder, sino e la
influencia, es decir, del ejemplo. El auténtico liderazgo que la Torá reconoce
es el que surge de la influencia, no del poder. Y quienes más influencia han
ejercido en el judaísmo son sus profetas y maestros. Moshe rabeinu (Moisés,
nuestro maestro). Ezra, Hillel, rabbi Akiva, los maestros del Tlamud y en fin,
una larga lista de profetas y maestros quienes, con sus sabias enseñanzas
respecto del amor, de la justicia, de la generosidad, del valor del esfuerzo y
del estudio, han conducido al pueblo hebreo durante más de 3000 años a través
de los desiertos de la ignorancia, del odio, de las persecuciones, de los
abusos de poder y de la injusticia. El maestro como héroe, ese es el papel que
sigue teniendo para el judaísmo.
Todos, en algún momento,
somos influencia para alguien. No sólo hermanos mayores, sino padres de
familia, maestros y amigos. Pensemos y reflexionemos respecto de esto: Todos
somos “maestros” de alguien más, en algún momento y, por lo tanto, ejercemos
influencia sobre él o ella, influencia buena o mala. El judaísmo fue la primera
civilización basada en la educación. Las casas de estudio o yeshivás, hacen
énfasis en el valor del estudio más que incluso, el de la oración. Para Dios es
muy importante que seamos personas instruidas, educadas, que adquiramos
conocimiento y lo compartamos con los demás. El judaísmo es enfático respecto
de que debemos adquirir conocimiento y compartirlo. Pero ese conocimiento debe
ser para beneficio de todos, debe de materializarse en cosas útiles y buenas, que
hagan del mundo un lugar mejor, en todos los sentidos (el Tikkun Olam), o el
mejoramiento del mundo.
Los buenos líderes son
personas que ejercen una buena influencia sobre los demás y logran que se movilicen
en torno a un objetivo noble y común. Lo hacen apelando a los sentimientos y
necesidades de la gente y les enseñan cómo trabajar en equipo, como concebirse
como un grupo, como una comunidad. Estan dotados de un avisión común, su
personalidad es carismática, sencilla, amable y articulan sus ideas en un
lenguaje entendible para la gente. Los otros, en cambio, los déspotas, ejercen su liderazgo abusando de su poder, lo
hacen tratando a las personas como medios, no como fines, es decir,
despojándolas de su calidad de personas, viéndolas como objetos y, por lo
tanto, ignorando sus necesidades. El poder minimiza el valor de las personas.
La influencia a través de la educación, las ennoblece y engrandece.
Reflexionemos acerca de esto
volteando a ver en torno nuestro y veamos si nuestros líderes, nuestros
gobernantes, maestros, y nosotros mismos estamos siendo una buena influencia
para los demás o si sólo estamos ejerciendo nuestro poder abusivamente. La respuesta
que demos a lo anterior, nos explicará la realidad en la que se halla nuestro
país (y el mundo entero) en nuestros días.
