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lunes, 28 de junio de 2010



Amores perros

A la memoria de Sancho, nuestro perro, a quien tanto amamos.

"Si existen hombres que excluyen a cualquiera de las criaturas de Dios del amparo de la compasión y la misericordia, existirán hombres que tratarán a sus hermanos de la misma manera". "¿Cómo podéis asesinar y devorar despiadadamente a esas adorables criaturas que mansa y amorosamente os ofrecen su ayuda, amistad y compañía?"

San Francisco de Asís


Hay seres excepcionales en este mundo. Personas que tienen un don de gentes y una infinita gratitud hacia la vida y quieren devolverle algo por sus favores, aunque ésta no los haya favorecido mucho y a pesar de no poseer ningún bien material. Personas cuya felicidad estriba en hacer felices a otros, ya sea a sus semejantes o a cualquier otra criatura con quien compartan el mundo. Uno de esos seres es Don José Sainz.
Me enteré acerca de don José a través de Javier, un amigo muy querido que comparte conmigo y con mi esposo, además del placer por la música, el amor hacia los animales. Fue él quien me proporcionó el material para este escrito a manera de una transcripción de una grabación que hizo a don José y de un par de fotos que le tomó con los miembros de su familia: sus perros.
Don José, como dije, no tiene casa. Vive en el estadio de futbol, sobre la calle Sahuaripa. Sin embargo, con lo que gana haciendo trabajos de albañilería, de soldadura, o recogiendo latas para venderlas, les procura alimento a sus perros, pero no sólo eso, hace que los vacunen y les compra polvo contra las pulgas. Él dice que espera que haya gente de buen corazón que los adopte y los cuide como él, ya que sabe que cualquier día le dirán que tiene que irse de allí con todo y perros., aunque asegura que se las verán muy duras para echarlo.
Don José comienza la entrevista diciéndole a mi amigo: “Tráigame al perro que esté abandonado… Yo con toda mi alma lo cuido… y no me agradezcan, sólo denme un poco de croquetas cuando puedan…” Después, comienza a dar testimonio de cómo ha presenciado, en muchas ocasiones, la crueldad hacia los perros de parte de ¡sus propios dueños! Perros que son dejados a la intemperie sobre el pavimento de las casas en noches heladas y que son reprendidos con golpes para callar sus lamentos…Perros que son maltratados, apedreados ¡por niños! sin motivo alguno. Perros que son golpeados cruelmente por sus dueños que los tienen para “cuidar” la casa o el negocio y que, cuando fallan en su “trabajo”, se hacen “merecedores” de esos castigos.
A don José le duele esta crueldad en lo más profundo de su ser. A mí también. Pero no sólo me duele, me indigna. Me indigna que don José se de cuenta de que aquí, en nuestro estado, en nuestra ciudad, no se le de un trato digno a los perros y, además, se los maltrate. ¿Por qué? ¿Cuál es la causa de este brutal comportamiento?
Echemos un vistazo a nuestro entorno inmediato y entenderemos. Aquí en el Norte somos “machos”, “bravucones”, “broncos” (si entrecomillo estos términos, es porque me parecen, más que atributos, defectos). Usamos frases como “qué perrón”, “qué perro o qué perra eres”; a los policías motorizados les decimos que son unos “perros” y que nos piden “mordida”; cuando no nos está yendo bien decimos: “qué perra vida”. Pero no sólo eso. Cuando compramos un perro grande como un pastor alemán o un Rottweiler, lo “entrenamos” para que sea bravo, para que ataque y muerda a quien se acerque a nuestra propiedad. Ponemos letreros de: “Cuidado con el perro”, o “Perro bravo”.
Todas estas nociones equivocadas respecto de la conducta de los animales nos han hecho creer, absurdamente, que un perro es “malo” por naturaleza. Que de entrada, al ver una jauría de perros callejeros, mejor agarramos una piedra y nos preparamos, “por si acaso”. Sí, es cierto que muchos perros callejeros son bravos, pero porque toda su vida han sufrido atropellos por parte de los humanos. Los han apedreado y apaleado sin piedad para ahuyentarlos de sus casas.
Pero, ¿quién o quiénes son responsables de que haya tantos perros callejeros? ¿No es acaso responsabilidad nuestra el que los perros no se reproduzcan indiscriminadamente? ¿No somos nosotros quienes debemos ver por su salud, incluyendo la reproductiva? ¿Qué estamos haciendo para evitar que haya tantos perros abandonados? ¡La perrera! Decimos. Qué vengan del antirrábico por ellos y se los lleven a “sacrificar”. Entrecomillo la palabra porque me parece que lo que verdaderamente hacen en esos “campos de concentración” es una matanza inmisericorde y cruel. ¿Sabe usted cómo los matan?
El perro es considerado el mejor amigo del hombre, pero ¿Es el hombre el mejor amigo del perro? Yo no lo creo así. ¿Qué pensará el perro de un amigo que lo maltrata, lo golpea, lo insulta, lo deja a pleno sol en el patio en verano, lo deja que se llene de parásitos y mal le da de comer…? ¡Si los perros pudiesen hablar! Pues sí que hablan. Con un lenguaje propio a base de gruñidos, lamentos, ladridos y expresiones faciales y corporales nos “hablan”. Cuando mi hijo regresa de la escuela, lo reciben mis perros y mi gata (que se comporta como perro), meneándole la cola y con ladridos de algarabía. Demuestran así su afecto hacia él y, de paso, le “piden” jugar con ellos.
La historia de la humanidad, narrada en la literatura y en las pinturas y esculturas antiguas, desde épocas tan remotas como la de las primeras dinastías egipcias o la literatura griega clásica, está llena de anécdotas respecto de la relación del hombre con su perro. Recuerdo, por ejemplo, a Argos, el fiel perro de Odiseo (o Ulises) quien, después de volver su amo a Ítaca, después de un exilio forzoso de 20 años, es el único en reconocerlo. Cuenta Homero cómo la diosa Atenea disfraza a Odiseo de pordiosero para que entre a su palacio por la puerta trasera sin ser reconocido por los pretendientes de Penélope, su esposa. Lo acoge el ya también anciano porquerizo Eumeo, uno de sus fieles sirvientes. Sin embargo, mientras Odiseo acepta el pan y el vino que Eumeo le ofrece, viene Argos menando la cola y lamiendo las sandalias de su amo y chillando de alegría, exhala su último aliento mientras Odiseo le acaricia la cabeza con lágrimas en los ojos.
Podría mencionar a muchos otros perros “famosos” en la literatura, pero como lo que me movió a escribir este articulo fue la historia de don José, quisiera concluir conminando a mis lectores a reflexionar en torno al vínculo afectivo que tenemos con nuestros perros. Respecto de qué clase de vida les estamos dando. Acerca del valor que tienen para nosotros, como miembros de la familia. Acerca de las condiciones miserables en que se encuentran muchos perros que no han tenido la fortuna de hallar a alguien como don José y deambulan sin rumbo fijo por las calles en busca de desperdicios para comer y expuestos a toda clase de peligros.
Ciudad Obregón, dice un letrero giratorio en la esquina de Hidalgo y 5 de Febrero “es la casa del Espíritu Santo”. Entonces, demostremos que somos almas caritativas y que, como San Francisco de Asís, amamos a los animales, ayudando a don José a continuar protegiendo a sus perros. Aportemos dinero para un albergue; donémosle comida y vacunas; consigamos hogar a esos animales. Si no lo hacemos, con perdón de herir susceptibilidades, no estamos actuando de acuerdo a los preceptos del cristianismo. Cuando Jesús dice: “En verdad os digo, que si hacéis algo bueno por cualquiera de mis criaturas, es como si a mí me lo hicieras”.
Pero no es sólo el motivo religioso el que nos debe mover a tomar conciencia acerca del trato que damos a los animales. Es también un problema mucho más palpable, más tangible. La violencia en que estamos inmersos hoy en día en todo el país, es consecuencia de toda esa deshumanización y esa barbarie a la que rendimos tributo, sobre todo, nosotros, los norteños. No nos quejemos, entonces, cuando nos toque a nosotros ser las víctimas de tanta violencia. Sólo es el resultado del culto al más fuerte, al más bruto, al más grosero, al más gritón.
Si queremos cambiar el estado de cosas actual, debemos empezar por mirar a nuestro entorno inmediato y preguntarnos cuál es nuestra relación con él prójimo. Y el prójimo incluye también, irremediablemente, a nuestros hermanos los animales. La forma en que los tratamos, es un reflejo de lo que somos. La relación que tenemos con ellos, delata nuestros sentimientos hacia toda otra forma de vida. Si amamos a los animales, amamos, en consecuencia, la vida en general.



Teresa de Jesús Padrón Benavides
teresa_padron@hotmail.com

domingo, 13 de junio de 2010

Poesía, cuento y música brotan del alma

Queridos amigos, nuestros colaboradores y amigos entrañables, Perla y Javier, nos comparten estas dos entregas que surgen de lo más profundo de su ser.
Javier, nos invita al deleite musical con su análisis de la bellísima sinfonía en Re menor de Franck y Perla, nos hace tomar partido de su rabia y su dolor con este hermoso poema. Compartimos.
Tere Padrón

César Franck: Symphony in d minor - movement 2, part 1

Sinfonía en Re menor de Cèsar Franck



Javier Martínez Rosas
x-remo@hotmail.com


La Sinfonía en Re menor de César Franck, es una de las últimas grandes obras del periodo romántico de la música en Europa. Berlioz había inaugurado el romanticismo musical en 1830 con el estreno en París de su Sinfonía Fantástica. César Franck, estrenaría su sinfonía en 1889 en el Conservatorio de París, un año antes de morir.

El Romanticismo impacta en Europa durante el siglo XIX. Surge en Inglaterra y Alemania como un movimiento filosófico-literario en contra del exacerbado racionalismo y la rigidez formal característica en todos los ámbitos durante gran parte del siglo XVIII. Al impactar en la música, la libera de los gustos de la aristocracia y estereotipos clásicos, permitiendo emerger más la personalidad del músico. No significó una música más simple, al contrario, las mismas libertades llevaron a la escritura musical a un altísimo grado de complejidad. Pero tampoco fue una ruptura con lo que se venía haciendo y desarrollando durante el clasicismo; por ejemplo, se siguió cultivando la forma sonata, aunque con mayores libertades, expandiéndola, buscando superar limitaciones expresivas.

César Franck era más reconocido como organista e improvisador que como compositor. Fue hasta después de su muerte, cuando sus discípulos[1] comenzaron a destacar y difundir su obra que, adquirió la relevancia como compositor que hoy tiene. Su obra abunda en magníficas piezas para órgano y música vocal sacra, aunque, varias de sus creaciones más grandes son para música de cámara y orquesta sinfónica. Para orquesta sinfónica compuso nueve obras: cinco poemas sinfónicos[2], dos conciertos para piano, dos variaciones y una sinfonía.

La Sinfonía en Re menor tuvo una mala recepción en su estreno, las razones de ello no están claras. Probablemente tenga que ver con el hecho de que, si bien su forma es clásica, el lenguaje, el tratamiento de los temas y algunos detalles de instrumentación son muy originales; a veces la orquesta pareciera estar emulando sus improvisaciones al órgano. Pero finalmente, al paso del tiempo, la obra ha ocupado su lugar merecido entre las grandes sinfonías, y a César Franck, entre los grandes compositores de todos los tiempos. Su música se caracteriza por su cromatismo, diversidad de texturas, denso tejido contrapuntístico, frecuentes modulaciones y gran riqueza armónica. Suena siempre fluida, y hay en ella, un fino halo de misterio.


Sinfonía en Re menor


I. Lento. Allegro ma non troppo.
II. Allegretto
III. Finale. Allegro non troppo.

Orquestación indicada: 2 flautas, 2 oboes, 1 corno inglés, 2 clarinetes en Si bemol, 1 clarinete bajo en Si bemol, 2 fagots, 2 cornos en Fa, 2 trompetas en Fa, 3 trombones, tuba, timbales, arpa y sección de cuerdas completa.

Primer movimiento:
Lento. Allegro ma non troppo:

La sinfonía comienza directamente con el tema principal en tonalidad de Re menor tocado por las violas, violonchelos y contrabajos (a). Hay algo curioso. El motivo de tres notas con que inicia el tema, lo utilizaron Beethoven, en su Cuarteto en Fa mayor Op.135, en cuyo manuscrito escribió Muß es sein?[3]; Wagner, en El Anillo de los Nibelungos como parte del tema del cuestionamiento del Destino; y Liszt en su Les Préludes. Tres compositores que fueron influencia fundamental para César Franck y un motivo, como un cuestionamiento.

(a). Inicio de la Sinfonía. El tema principal. Compases 1 al 6.

El primer movimiento, es una forma sonata con una constante sucesión de tiempos completos Lento y Allegro. El tema principal, aparece con mucha recurrencia pero en diferentes tonalidades, tempos e instrumentos.

La sinfonía tiene un clímax muy pronto. Al terminar la presentación del tema principal en el Lento, una escala ascendente que va en crescendo, de un piano a un fortísimo, mientras que es acompañado de trinos en las cuerdas, crea una acumulación de energía enorme que explota cuando llega, de nuevo, el tema principal, pero ahora vigoroso en Allegro y acompañado de unos remates de timbales. El resultado es impactante. Éste momento se vuelve a repetir, pero ya no sorprende igual. En el segundo Allegro, hacen su aparición dos temas secundarios, más «luminosos», en la tonalidad de Fa mayor. Destaca el segundo (b) de ellos donde suena la orquesta completa. Luego sigue todo un desarrollo.

(b). Segundo tema secundario. Compases 129-135

Al final, el movimiento termina con una recapitulación que sirve de resumen para no olvidar los temas.

Segundo movimiento:
Allegretto.

Inicia con el arpa tocando acordes mientras las cuerdas le acompañan con notas en pizzicato. Pronto calla el arpa e inmediatamente, el corno inglés comienza a sonar una melodía lírica (c); y mientras «canta», los pizzicatos en las cuerdas continúan acompañando. Luego, se reincorpora el arpa. Esto acontece bajo un ritmo ternario cuyo segundo tiempo está silenciado en el acompañamiento, creando un efecto de avance y pausa que estimula la imaginación. Franck describía su sinfonía como clásica (aunque admitía que era atrevida) y de música pura, pero que, mientras estaba componiendo el Allegretto, en los primeros compases, vagamente se imaginó una procesión antigua.


(c) La melodía del corno. Tema principal del movimiento. Compases 16-24

Hay un segundo tema. Una melodía de registro agudo y de poco movimiento en los violines que aparece en el compás 49. Pero luego, reaparece la melodía del corno que domina todo el movimiento, ya sea completo, variado o fragmentado, y también con variantes en el acompañamiento. En un momento, el tema lo «cantan» juntos el corno y el clarinete.

Antes del final, las cuerdas tocan lo que pareciera ser un nuevo tema, pero se trata de una variación del acompañamiento del arpa y las cuerdas del inicio. En la Coda, los violines tocan reminiscencias del segundo tema, y todo termina en calma.

Tercer movimiento:
Finale, Allegro non troppo

El movimiento final de la sinfonía es brillantísimo, empezando por su inolvidable primer tema, el principal; un tema sincopado (d).

(d) Tema principal del movimiento. A dos fagotes. Compases 7-12


Luego, reaparecen los temas de los movimientos anteriores. Con esto, la sinfonía adquiere forma cíclica, logrando una sólida unidad. La riqueza temática, con sus variantes, contrastes y unificaciones a lo largo del movimiento es extraordinaria, y su tratamiento genial.

Luego de reaparecer notablemente el primer tema de la sinfonía, llega la Coda final, que es magnífica. En ella la orquesta suena completa, a todo volumen, incluyendo sostenidos redobles de timbales. El tema sincopado del inicio del tercer movimiento, termina siendo proyectado al infinito.

Fuentes:

-Kramer, Jonathan. Invitación a la Música. Ed. Vergara, 1993

-Beales, Brendan. Royal Philharmonic Orchestra, Cesar Franck Symphony in D minor, Conducted by Raymond Leppard. CD booklet notes, 1995.


[1] Entre ellos destacan Vincent d’ Indy, Henri Duparc, Ernest Chausson, Pierre de Bréville, Gabriel Pierné, Guy Ropartz, Louis Vierne y Charles Tournemire.
[2] Ce qu’on entend sur la montagne, Les Eolides, Le Chasseur maudit, Les Djinns y Psyché.
[3] ¿Tiene que ser?


Ángeles de Hermosillo

Perla Julieta Ortiz Murray.
Junio del 2010.

Con eterna vergüenza, recordando a los ángeles muertos en el incendio de la guardería ABC de Hermosillo, ocurrido el 05 del 06 del 2009.


Hoy, la mañana se ha quedado vestida de negro.
Pensarás entonces que la noche no ha mudado de casa,
O que los rayos del sol desvelados están de tanto llorar
Pero, por favor,
No se lo digas a nadie…
Lo cierto es que
-en el recuento-
cuarenta y nueve sonrisas le han faltado.

No tiene hoy la mañana quien la ayude a cambiar su vestido:
El albo de las nubes pintado no fue en el brillante añil
Ni juegan las aves ni el agua ríe…
Pero, por favor,
No se lo digas a nadie…
Lo cierto –y como cierto lo digo-
Es que –en el recuento-
Cuarenta y nueve sonrisas le han faltado.

Lloran los ángeles:
-¡mi muñeca, mi muñeca! ¿Dónde está mi muñeca?-
Llanto de padres es ahogo infinito,
Dolor inenarrable de hombre enrabiado
De matriz magullada, herida….
De infinita decepción estrangulada….
Lloran los ángeles:
En un rincón, la pelota arrumbada está….
Y al carrito azul le falta la regordeta mano que lo empuja:
Hermosillo se ha vuelto pequeñito,
México se ha vuelto pequeñito,
¡Y al mundo se lo ha tragado la chingada!

Lloran los ángeles:
Santiago, Aquiles, Jazmín,
Ruth, Axel, Pauleth,
Ian, Juan Carlos, Monserrat,
Andrés, Germán, Lucía,
Ximena, Jesús, Jorge,
Omar, Bryan, Denisse,
Yoselín, Juan Israel,
Luis, Daniel, Magdalena,
Camila, Rafael, Jonathan,
Emilia, Emily, Jesús Antonio,
Xiunelth, Santiago, Javier,
Nayeli, Valeria, Julio César,
Fátima, Ana Paula, Andrea,
Yeseli, Ximena, Ariadna,
Carlos Alan, Martín, Dafne,
Daniela, Juan Carlos, María Fernanda,
María Ximena, y Sofía
Se han convertido
–por negra magia de íncubos
En orgía de sangre concebidos-
En sus hijos…..en mis hijos….
Y en los hijos que llorarán los ojos
De los hijos de tus hijos.

domingo, 6 de junio de 2010

A mil besos de profundidad

Desire moves the world Leonard Cohen Is the passion that we live with that makes us not want to die.. Philip Roth
Fue como si de pronto todo se hubiese revelado. Él llegó y, entonces, todo alrededor suyo desapareció. Conocía su rostro a la perfección. Podía descifrar cada uno de sus gestos. Su piel, suave y morena, como barro húmedo que uno quisiera moldear con las manos. Por cierto, sus manos, hoscas, pero pequeñas, con los nudillos prominentes y algo de vello en los dedos, eran lo que más placer le provocaba. Además, su voz… grave, pero no burda. Sensual, masculina, pero tierna a la vez. Cuando le hablaba al oído, mientras le desnudaba, esa voz se iba haciendo más pausada, como la cadencia de los movimientos de cadera con que ella respondía a sus estímulos. Así iniciaban el ritual en el que se conjuraba a todos los dioses a ser testigos de su pasión desbordada… Lo más extraño, era que nunca antes le había visto. Lo había soñado, lo había imaginado. Lo había concebido tal cual era en sus más íntimas fantasías. Había anticipado su llegada tal y como había sucedido. Ël aparecería al atardecer (cuando aparecen las almas perdidas) y con sólo cruzar sus miradas, todo estaría dicho. Y así fue. Una vez que sucedió, ambos lo supieron al instante. Él sería suyo, inexorablemente. Él solía decir que nada era fortuito. Que todo estaba predestinado. Solía hablar del destino y de lo remoto e improbable que era que dos como ellos se encontrasen en el universo sin la intervención de el Maestro Titiritero. Quien, decía, tiraba de las cuerdas de nosotros a su antojo urdiendo un plan “macabro” para su propio deleite, sin que uno pudiese hacer algo al respecto. Sin embargo, decía, uno podía resistirse a dicho plan si se afanaba con todas sus fuerzas. Lo difícil era darse cuenta de que no era nuestra voluntad la que se estaba realizando, sino la de alguien más allá de nuestra comprensión. Y bajo esta creencia transcurrirían sus primeros encuentros clandestinos cobijados por noches de lluvia interminable en una ciudad que era indiferente a su amor. Una ciudad que se cerraba en sí misma, y prefería permanecer ajena e ignorante a esos breves y fugaces destellos de pasión que solían darle vida a esas noches monótonas, insulsas, decadentes e irrelevantes de la gente común, quienes no lograrían nunca atisbar siquiera aquel sentimiento, aquel impulso, aquel deseo, aquella urgencia de estar juntos para iniciar el ritual de la vida y de la muerte fundiéndose en un solo cuerpo, mezclando sus fluidos (sangre, sudor, lágrimas) para crear con ellos el elixir sagrado del que sólo los dioses pueden beber… Ella era toda música. Su cuerpo, sus ojos, su sonrisa, emanaban notas primigenias, surgidas de la tierra antes de todos los tiempos. La música regía cada acontecimiento de su vida. Ël había sido capaz de descifrar el código musical que ella contenía, supo darle forma, materializarlo. La música era el vínculo entre ellos. Echaban mano de sus canciones para expresar cada experiencia, cada reflexión, cada sentimiento. Había una canción para cada uno de ellos. Ella iniciaba el juego de la música, entonando las primeras notas de la canción, a la cual él iba incorporándose hasta mezclarse ambas en un contrapunto perfecto, del que incluso las aves sentían envidia. Nunca hubo dos que se dieran a sí mismos tanto como ellos al besarse. Querían beber de sus labios toda la sabiduría y todos los secretos que cada uno albergaba (como si eso fuera posible) pero ambos sabían que hurgar en sus respectivos pasados les estaba vedado así como en sus vidas cotidianas. Prohibidas las preguntas que condujeran a cualquier discusión banal. Prohibido intentar adentrarse en la otra vida que cada quien llevaba. Eso hubiese matado el misterio y sin misterio, no puede haber pasión. A él le gustaba recorrer con su boca cada palmo de su cuerpo, desde la frente hasta los dedeos, frágiles y pequeños, de sus pies, los cuales besaba uno a uno. Iba descendiendo muy lentamente, exhalando un vaho tibio, con los ojos cerrados. Sus labios apenas rozaban la piel de ella, suave, aterciopelada, firme, perfumada. Bajaba por su cuello dibujando con la punta de su lengua las protuberancias óseas de sus hombros, de su tórax. Continuaba lentamente hasta los montículos que él más amaba. Los envolvía dulcemente entre sus manos, a cuya medida estaban hechos. Mientras, la besaba en la boca, sorbía sus encías, rozaba con su lengua el paladar de ella mientras sus manos continuaban asidas a sus pechos cada vez con más fuerza, como si quisiese arrancarlos en un arrebato de locura. Ella, extasiada, conducía después lentamente su cabeza hacia su vientre. En donde él reposaba, por unos instantes, antes de continuar su viaje descendente a través de esa geografía indómita, salvaje, que ella sentía como nunca antes explorada. Separaba con dulzura sus muslos y localizaba su punto débil: la entrepierna… ahí se ahondaba frenéticamente con movimientos circulares de cabeza mientras ella se desbordaba de alegría emitiendo pequeños espasmos de una risa ebria de placer hasta que él llegaba justo al centro…allí, su lengua se volvía una serpiente de fuego hurgando en las entrañas de la tierra en busca del néctar y la ambrosía que habrían de convertirle a él en dios por una noche…Cuando ella estallaba al fin en un grito primigenio. Recobraban fuerza abrazados, mirándose cada uno en los ojos del otro y sonriendo como dos niños cómplices de una travesura común. Luego, ella le susurraba al oído algo a lo que él asentía con un ligero pestañeo y una profunda inhalación. Era su turno. Él ya había amado demasiado, ahora ella sería la amante. Comenzaba por trazar suavemente en su espalda signos de una caligrafía fina y delicada, cuyo código él iba descifrando poco a poco. Sus omóplatos eran como las páginas opuestas de un libro en blanco en donde ella iba escribiendo la historia de su amor en un idioma que sólo ellos conocían. Su piel oscura contrastaba con lo blanco de las manos de ella y eso le provocaba un deseo insospechado. Al llegar a la parte baja de su espalda, acogía sus glúteos con el cuenco de sus manos mientras besaba sus muslos, envueltos en un vello espeso, como laderas oscuras cubiertas de ortiga. Bajaba lentamente hasta sus pies, los cuales besaba con amorosa paciencia y después, cuando él se hallaba en un profundo letargo de placer, ella decía, despacio, “vuélvete”. Así, de frente, se miraban fijamente a los ojos, como si cada uno quisiera someter al otro a su voluntad, doblegarlo, hacerlo rendirse a sus más descabellados deseos, ceder, darse por completo… y entonces…¡Ah! Entonces ella buscaba con ansia esa parte de su cuerpo que ya le esperaba impaciente por hundirse lentamente en la humedad de su boca. En ese lugar tibio y mojado, como el vientre materno, a donde todos quisiésemos volver. Ella usaba su lengua como un sensor que captaba a través de esa antena enhiesta todas y cada una de las vibraciones que surgían de lo más profundo de sus entrañas… decodificando el mensaje, traduciéndolo a su propio idioma. El mensaje era uno solo, remontar los límites del placer con ella encima suyo, iniciar la cabalgata en donde ella era el jinete y el era el corcel alado que la llevaría hasta ese lugar remoto e inasequible que sólo pueden alcanzar quienes se dejan guiar por Deseo, aunque en ello les vaya la vida misma, pues saben bien que una vez alcanzado su destino, comenzarán a morir un poco, exhalando parte de su espíritu, el cual se elevará hasta los dioses quienes, complacidos por la consagración de ese amor, tendrán compasión de las almas caídas de los amantes prohibidos y serán redimidas de todos sus pecados de una vez para siempre. Amén.
Teresa de Jesús Padrón Benavides