
Amores perros
A la memoria de Sancho, nuestro perro, a quien tanto amamos.
"Si existen hombres que excluyen a cualquiera de las criaturas de Dios del amparo de la compasión y la misericordia, existirán hombres que tratarán a sus hermanos de la misma manera". "¿Cómo podéis asesinar y devorar despiadadamente a esas adorables criaturas que mansa y amorosamente os ofrecen su ayuda, amistad y compañía?"
San Francisco de Asís
Hay seres excepcionales en este mundo. Personas que tienen un don de gentes y una infinita gratitud hacia la vida y quieren devolverle algo por sus favores, aunque ésta no los haya favorecido mucho y a pesar de no poseer ningún bien material. Personas cuya felicidad estriba en hacer felices a otros, ya sea a sus semejantes o a cualquier otra criatura con quien compartan el mundo. Uno de esos seres es Don José Sainz.
Me enteré acerca de don José a través de Javier, un amigo muy querido que comparte conmigo y con mi esposo, además del placer por la música, el amor hacia los animales. Fue él quien me proporcionó el material para este escrito a manera de una transcripción de una grabación que hizo a don José y de un par de fotos que le tomó con los miembros de su familia: sus perros.
Don José, como dije, no tiene casa. Vive en el estadio de futbol, sobre la calle Sahuaripa. Sin embargo, con lo que gana haciendo trabajos de albañilería, de soldadura, o recogiendo latas para venderlas, les procura alimento a sus perros, pero no sólo eso, hace que los vacunen y les compra polvo contra las pulgas. Él dice que espera que haya gente de buen corazón que los adopte y los cuide como él, ya que sabe que cualquier día le dirán que tiene que irse de allí con todo y perros., aunque asegura que se las verán muy duras para echarlo.
Don José comienza la entrevista diciéndole a mi amigo: “Tráigame al perro que esté abandonado… Yo con toda mi alma lo cuido… y no me agradezcan, sólo denme un poco de croquetas cuando puedan…” Después, comienza a dar testimonio de cómo ha presenciado, en muchas ocasiones, la crueldad hacia los perros de parte de ¡sus propios dueños! Perros que son dejados a la intemperie sobre el pavimento de las casas en noches heladas y que son reprendidos con golpes para callar sus lamentos…Perros que son maltratados, apedreados ¡por niños! sin motivo alguno. Perros que son golpeados cruelmente por sus dueños que los tienen para “cuidar” la casa o el negocio y que, cuando fallan en su “trabajo”, se hacen “merecedores” de esos castigos.
A don José le duele esta crueldad en lo más profundo de su ser. A mí también. Pero no sólo me duele, me indigna. Me indigna que don José se de cuenta de que aquí, en nuestro estado, en nuestra ciudad, no se le de un trato digno a los perros y, además, se los maltrate. ¿Por qué? ¿Cuál es la causa de este brutal comportamiento?
Echemos un vistazo a nuestro entorno inmediato y entenderemos. Aquí en el Norte somos “machos”, “bravucones”, “broncos” (si entrecomillo estos términos, es porque me parecen, más que atributos, defectos). Usamos frases como “qué perrón”, “qué perro o qué perra eres”; a los policías motorizados les decimos que son unos “perros” y que nos piden “mordida”; cuando no nos está yendo bien decimos: “qué perra vida”. Pero no sólo eso. Cuando compramos un perro grande como un pastor alemán o un Rottweiler, lo “entrenamos” para que sea bravo, para que ataque y muerda a quien se acerque a nuestra propiedad. Ponemos letreros de: “Cuidado con el perro”, o “Perro bravo”.
Todas estas nociones equivocadas respecto de la conducta de los animales nos han hecho creer, absurdamente, que un perro es “malo” por naturaleza. Que de entrada, al ver una jauría de perros callejeros, mejor agarramos una piedra y nos preparamos, “por si acaso”. Sí, es cierto que muchos perros callejeros son bravos, pero porque toda su vida han sufrido atropellos por parte de los humanos. Los han apedreado y apaleado sin piedad para ahuyentarlos de sus casas.
Pero, ¿quién o quiénes son responsables de que haya tantos perros callejeros? ¿No es acaso responsabilidad nuestra el que los perros no se reproduzcan indiscriminadamente? ¿No somos nosotros quienes debemos ver por su salud, incluyendo la reproductiva? ¿Qué estamos haciendo para evitar que haya tantos perros abandonados? ¡La perrera! Decimos. Qué vengan del antirrábico por ellos y se los lleven a “sacrificar”. Entrecomillo la palabra porque me parece que lo que verdaderamente hacen en esos “campos de concentración” es una matanza inmisericorde y cruel. ¿Sabe usted cómo los matan?
El perro es considerado el mejor amigo del hombre, pero ¿Es el hombre el mejor amigo del perro? Yo no lo creo así. ¿Qué pensará el perro de un amigo que lo maltrata, lo golpea, lo insulta, lo deja a pleno sol en el patio en verano, lo deja que se llene de parásitos y mal le da de comer…? ¡Si los perros pudiesen hablar! Pues sí que hablan. Con un lenguaje propio a base de gruñidos, lamentos, ladridos y expresiones faciales y corporales nos “hablan”. Cuando mi hijo regresa de la escuela, lo reciben mis perros y mi gata (que se comporta como perro), meneándole la cola y con ladridos de algarabía. Demuestran así su afecto hacia él y, de paso, le “piden” jugar con ellos.
La historia de la humanidad, narrada en la literatura y en las pinturas y esculturas antiguas, desde épocas tan remotas como la de las primeras dinastías egipcias o la literatura griega clásica, está llena de anécdotas respecto de la relación del hombre con su perro. Recuerdo, por ejemplo, a Argos, el fiel perro de Odiseo (o Ulises) quien, después de volver su amo a Ítaca, después de un exilio forzoso de 20 años, es el único en reconocerlo. Cuenta Homero cómo la diosa Atenea disfraza a Odiseo de pordiosero para que entre a su palacio por la puerta trasera sin ser reconocido por los pretendientes de Penélope, su esposa. Lo acoge el ya también anciano porquerizo Eumeo, uno de sus fieles sirvientes. Sin embargo, mientras Odiseo acepta el pan y el vino que Eumeo le ofrece, viene Argos menando la cola y lamiendo las sandalias de su amo y chillando de alegría, exhala su último aliento mientras Odiseo le acaricia la cabeza con lágrimas en los ojos.
Podría mencionar a muchos otros perros “famosos” en la literatura, pero como lo que me movió a escribir este articulo fue la historia de don José, quisiera concluir conminando a mis lectores a reflexionar en torno al vínculo afectivo que tenemos con nuestros perros. Respecto de qué clase de vida les estamos dando. Acerca del valor que tienen para nosotros, como miembros de la familia. Acerca de las condiciones miserables en que se encuentran muchos perros que no han tenido la fortuna de hallar a alguien como don José y deambulan sin rumbo fijo por las calles en busca de desperdicios para comer y expuestos a toda clase de peligros.
Ciudad Obregón, dice un letrero giratorio en la esquina de Hidalgo y 5 de Febrero “es la casa del Espíritu Santo”. Entonces, demostremos que somos almas caritativas y que, como San Francisco de Asís, amamos a los animales, ayudando a don José a continuar protegiendo a sus perros. Aportemos dinero para un albergue; donémosle comida y vacunas; consigamos hogar a esos animales. Si no lo hacemos, con perdón de herir susceptibilidades, no estamos actuando de acuerdo a los preceptos del cristianismo. Cuando Jesús dice: “En verdad os digo, que si hacéis algo bueno por cualquiera de mis criaturas, es como si a mí me lo hicieras”.
Pero no es sólo el motivo religioso el que nos debe mover a tomar conciencia acerca del trato que damos a los animales. Es también un problema mucho más palpable, más tangible. La violencia en que estamos inmersos hoy en día en todo el país, es consecuencia de toda esa deshumanización y esa barbarie a la que rendimos tributo, sobre todo, nosotros, los norteños. No nos quejemos, entonces, cuando nos toque a nosotros ser las víctimas de tanta violencia. Sólo es el resultado del culto al más fuerte, al más bruto, al más grosero, al más gritón.
Si queremos cambiar el estado de cosas actual, debemos empezar por mirar a nuestro entorno inmediato y preguntarnos cuál es nuestra relación con él prójimo. Y el prójimo incluye también, irremediablemente, a nuestros hermanos los animales. La forma en que los tratamos, es un reflejo de lo que somos. La relación que tenemos con ellos, delata nuestros sentimientos hacia toda otra forma de vida. Si amamos a los animales, amamos, en consecuencia, la vida en general.
Me enteré acerca de don José a través de Javier, un amigo muy querido que comparte conmigo y con mi esposo, además del placer por la música, el amor hacia los animales. Fue él quien me proporcionó el material para este escrito a manera de una transcripción de una grabación que hizo a don José y de un par de fotos que le tomó con los miembros de su familia: sus perros.
Don José, como dije, no tiene casa. Vive en el estadio de futbol, sobre la calle Sahuaripa. Sin embargo, con lo que gana haciendo trabajos de albañilería, de soldadura, o recogiendo latas para venderlas, les procura alimento a sus perros, pero no sólo eso, hace que los vacunen y les compra polvo contra las pulgas. Él dice que espera que haya gente de buen corazón que los adopte y los cuide como él, ya que sabe que cualquier día le dirán que tiene que irse de allí con todo y perros., aunque asegura que se las verán muy duras para echarlo.
Don José comienza la entrevista diciéndole a mi amigo: “Tráigame al perro que esté abandonado… Yo con toda mi alma lo cuido… y no me agradezcan, sólo denme un poco de croquetas cuando puedan…” Después, comienza a dar testimonio de cómo ha presenciado, en muchas ocasiones, la crueldad hacia los perros de parte de ¡sus propios dueños! Perros que son dejados a la intemperie sobre el pavimento de las casas en noches heladas y que son reprendidos con golpes para callar sus lamentos…Perros que son maltratados, apedreados ¡por niños! sin motivo alguno. Perros que son golpeados cruelmente por sus dueños que los tienen para “cuidar” la casa o el negocio y que, cuando fallan en su “trabajo”, se hacen “merecedores” de esos castigos.
A don José le duele esta crueldad en lo más profundo de su ser. A mí también. Pero no sólo me duele, me indigna. Me indigna que don José se de cuenta de que aquí, en nuestro estado, en nuestra ciudad, no se le de un trato digno a los perros y, además, se los maltrate. ¿Por qué? ¿Cuál es la causa de este brutal comportamiento?
Echemos un vistazo a nuestro entorno inmediato y entenderemos. Aquí en el Norte somos “machos”, “bravucones”, “broncos” (si entrecomillo estos términos, es porque me parecen, más que atributos, defectos). Usamos frases como “qué perrón”, “qué perro o qué perra eres”; a los policías motorizados les decimos que son unos “perros” y que nos piden “mordida”; cuando no nos está yendo bien decimos: “qué perra vida”. Pero no sólo eso. Cuando compramos un perro grande como un pastor alemán o un Rottweiler, lo “entrenamos” para que sea bravo, para que ataque y muerda a quien se acerque a nuestra propiedad. Ponemos letreros de: “Cuidado con el perro”, o “Perro bravo”.
Todas estas nociones equivocadas respecto de la conducta de los animales nos han hecho creer, absurdamente, que un perro es “malo” por naturaleza. Que de entrada, al ver una jauría de perros callejeros, mejor agarramos una piedra y nos preparamos, “por si acaso”. Sí, es cierto que muchos perros callejeros son bravos, pero porque toda su vida han sufrido atropellos por parte de los humanos. Los han apedreado y apaleado sin piedad para ahuyentarlos de sus casas.
Pero, ¿quién o quiénes son responsables de que haya tantos perros callejeros? ¿No es acaso responsabilidad nuestra el que los perros no se reproduzcan indiscriminadamente? ¿No somos nosotros quienes debemos ver por su salud, incluyendo la reproductiva? ¿Qué estamos haciendo para evitar que haya tantos perros abandonados? ¡La perrera! Decimos. Qué vengan del antirrábico por ellos y se los lleven a “sacrificar”. Entrecomillo la palabra porque me parece que lo que verdaderamente hacen en esos “campos de concentración” es una matanza inmisericorde y cruel. ¿Sabe usted cómo los matan?
El perro es considerado el mejor amigo del hombre, pero ¿Es el hombre el mejor amigo del perro? Yo no lo creo así. ¿Qué pensará el perro de un amigo que lo maltrata, lo golpea, lo insulta, lo deja a pleno sol en el patio en verano, lo deja que se llene de parásitos y mal le da de comer…? ¡Si los perros pudiesen hablar! Pues sí que hablan. Con un lenguaje propio a base de gruñidos, lamentos, ladridos y expresiones faciales y corporales nos “hablan”. Cuando mi hijo regresa de la escuela, lo reciben mis perros y mi gata (que se comporta como perro), meneándole la cola y con ladridos de algarabía. Demuestran así su afecto hacia él y, de paso, le “piden” jugar con ellos.
La historia de la humanidad, narrada en la literatura y en las pinturas y esculturas antiguas, desde épocas tan remotas como la de las primeras dinastías egipcias o la literatura griega clásica, está llena de anécdotas respecto de la relación del hombre con su perro. Recuerdo, por ejemplo, a Argos, el fiel perro de Odiseo (o Ulises) quien, después de volver su amo a Ítaca, después de un exilio forzoso de 20 años, es el único en reconocerlo. Cuenta Homero cómo la diosa Atenea disfraza a Odiseo de pordiosero para que entre a su palacio por la puerta trasera sin ser reconocido por los pretendientes de Penélope, su esposa. Lo acoge el ya también anciano porquerizo Eumeo, uno de sus fieles sirvientes. Sin embargo, mientras Odiseo acepta el pan y el vino que Eumeo le ofrece, viene Argos menando la cola y lamiendo las sandalias de su amo y chillando de alegría, exhala su último aliento mientras Odiseo le acaricia la cabeza con lágrimas en los ojos.
Podría mencionar a muchos otros perros “famosos” en la literatura, pero como lo que me movió a escribir este articulo fue la historia de don José, quisiera concluir conminando a mis lectores a reflexionar en torno al vínculo afectivo que tenemos con nuestros perros. Respecto de qué clase de vida les estamos dando. Acerca del valor que tienen para nosotros, como miembros de la familia. Acerca de las condiciones miserables en que se encuentran muchos perros que no han tenido la fortuna de hallar a alguien como don José y deambulan sin rumbo fijo por las calles en busca de desperdicios para comer y expuestos a toda clase de peligros.
Ciudad Obregón, dice un letrero giratorio en la esquina de Hidalgo y 5 de Febrero “es la casa del Espíritu Santo”. Entonces, demostremos que somos almas caritativas y que, como San Francisco de Asís, amamos a los animales, ayudando a don José a continuar protegiendo a sus perros. Aportemos dinero para un albergue; donémosle comida y vacunas; consigamos hogar a esos animales. Si no lo hacemos, con perdón de herir susceptibilidades, no estamos actuando de acuerdo a los preceptos del cristianismo. Cuando Jesús dice: “En verdad os digo, que si hacéis algo bueno por cualquiera de mis criaturas, es como si a mí me lo hicieras”.
Pero no es sólo el motivo religioso el que nos debe mover a tomar conciencia acerca del trato que damos a los animales. Es también un problema mucho más palpable, más tangible. La violencia en que estamos inmersos hoy en día en todo el país, es consecuencia de toda esa deshumanización y esa barbarie a la que rendimos tributo, sobre todo, nosotros, los norteños. No nos quejemos, entonces, cuando nos toque a nosotros ser las víctimas de tanta violencia. Sólo es el resultado del culto al más fuerte, al más bruto, al más grosero, al más gritón.
Si queremos cambiar el estado de cosas actual, debemos empezar por mirar a nuestro entorno inmediato y preguntarnos cuál es nuestra relación con él prójimo. Y el prójimo incluye también, irremediablemente, a nuestros hermanos los animales. La forma en que los tratamos, es un reflejo de lo que somos. La relación que tenemos con ellos, delata nuestros sentimientos hacia toda otra forma de vida. Si amamos a los animales, amamos, en consecuencia, la vida en general.
Teresa de Jesús Padrón Benavides
teresa_padron@hotmail.com

