El buen cine y la buena literatura lo son porque reflejan la
realidad pero lo hacen de manera profunda, no superficial. El cine y la literatura se permiten licencias
que enfatizan y resaltan todo lo que de malo (y de bueno) tiene la realidad y, además, añaden elementos que pertenecen al
ámbito de la psique, de los sueños, el sub consciente y eso las convierte en
obras maestras, pues es muy difícil retratar el interior de las personas y la
esencia de las cosas.
Los olvidados, de Luis Buñuel, se inserta en el así llamado
género “surrealista”, al que pertenecieron pintores como Dalí, Max Ernest,
entre otros y escritores como Guillaume Apollinaire y André Breton y que surgió
a principios de la década de los años 20.
Pero no profundizaré aquí acerca de lo que es el surrealismo
pues se han escrito chorros de tinta al respecto. Sólo me gustaría resaltar los
elementos de surrealismo que hay en la película para tratar de entender cómo
Buñuel logró combinar a la perfección el híper realismo (es decir, la realidad
tal cual) con los elementos que pertenecen al campo del sub consciente, a los
sueños, a lo irracional, para crear una obra oscura, que retrata la marginalidad,
la miseria, el abandono y la falta de amor y cómo esto desemboca en la crueldad
y la brutalidad humanas más descarnadas.
Haciendo una comparación entre la obra maestra del realismo
italiano “Pobres, sucios y malos” de Ettore Scola, y “Los olvidados”, nos
encontramos ante una realidad que se repite en todas las grandes urbes del
mundo, sobre todo en la era capitalista: cinturones de miseria en medio de
edificios de lujo, población indígena que debe migrar a la ciudad en busca de
trabajo, falta de educación y de empleo de calidad, prostitución, crímenes,
etcétera.
La película transcurre en el México de principios de los
cincuenta, en un barrio marginal en donde el crimen y la desolación son el pan de cada día. Jaibo, un adolescente
infractor que acaba de escapar del reclusorio, regresa a su barrio para
continuar sus fechorías en complicidad de los otros muchachos de la vecindad,
en su mayoría niños y adolescentes que pasan el día robando para vivir, pues no
asisten a la escuela.
El jaibo desea vengarse del joven que lo delató y que
provocó que lo recluyeran, Julián, un muchacho bien intencionado, honrado y
trabajador que sólo desea mantenerse alejado del jaibo y compañía. Para llevar
a cabo su venganza, el jaibo contará con la complicidad de Pedro, su mejor
amigo, un chico despreciado por su madre, cuya rebeldía es más por esa falta de
amor que por maldad, pues varias veces durante la película, Pedro quiere
reivindicarse y ganar el amor de su madre, pero el miedo que siente por el
jaibo y el coraje y frustración por ser rechazado por su propia madre, lo
involucran en el crimen y lo hacen cómplice y víctima.
Los personajes secundarios juegan también un papel crucial
en la película, pues aunque no caen en los estereotipos, sí encajan a la
perfección en el ambiente oscuro y marginal de la trama. El ciego, un anciano
invidente que se gana la vida pidiendo limosna y tocando instrumentos. El
ojitos, un niño de que viene del campo y que es abandonado por su padre en la
gran urbe por librarse de una boca más que mantener. La madre de Pedro, una
mujer joven y amargada debido al abandono de su marido y a tener que trabajar
de sol a sol lavando ropa para mantener a su familia. Meche, una niña a quien
el entorno en el que vive ha vuelto huraña y desconfiada, pero que conserva su
buen corazón y su candor.
Los personajes, todos, son muy humanos en el sentido de que
aquí no hay buenos y malos, es decir, todos, pueden tener las peores
intenciones, pero también mueven a compasión y a lástima. Pues algunas veces
son movidos por sus más bajos instintos y eso desemboca en crímenes y otras son
víctimas de las circunstancias en las que viven.
En Los olvidados no hay una lectura fácil ni una sola escena
en donde se pueda juzgar a alguien en términos objetivos, puesto que sus
personajes son tan “reales”, es decir, tan parecidos a nosotros, que no sabemos
qué esperar de ellos ante tal o cual estímulo.
En “Los olvidados”, Igual
que en la película de Scola, no podemos
juzgar sesgadamente a nadie, pues todos son víctimas y verdugos. Por ejemplo,
el jaibo, un joven sin escrúpulos a quien no le mueve a compasión ni siquiera
la invalidez de un indigente a quien, junto con sus compinches, despojan de su
dinero y del carrito con el que se transporta y lo dejan tirado en plena calle,
es un paria, vive en el abandono absoluto, solo, sin familia y eso es ya razón
suficiente para compadecerlo (no para justificarlo). O el mismo ciego, el
anciano indigente que toca instrumentos y canta para sobrevivir, es víctima del
sistema que le niega asistencia social, pero es también un ser cruel, lascivo y
avaro. O a la madre de Pedro, que si bien trabaja y mantiene a sus otros hijos,
también repudia y rechaza a Pedro, su hijo mayor, a quien tuvo a los catorce
años, producto de una violación. O incluso Meche, la niña dulce y tierna que se
compadece del “ojitos”, el niño que viene del campo y a quien su padre
abandonó, tiene su lado “oscuro”, pues al final de la película, es cómplice de su
abuelo de un acto injusto e inhumano.
En este sentido, los olvidados son cada uno de los
personajes, el joven abandonado desde la infancia; el niño rechazado por su
madre, el invidente a quien se le niega asistencia, la mujer a quien su marido
dejó con tres hijos, el niño del campo cuyo padre huyó dejándolo en la ciudad,
en fin, los olvidados son los “invisibles”, a quienes la sociedad les voltea la
cara, los que no tienen rostro, ni voz ni voto, aquellos que nacen y mueren sin
ser percibidos. Todos aquellos cuyas vidas son irrelevantes para los demás y
que son vistos únicamente cuando los “otros”, los que sí son “vistos”, son
víctimas de alguno de ellos o cuando finalmente deciden formar alianzas
criminales y vengarse de la sociedad que los ha relegado durante toda su vida.
Los olvidados es una gran película porque nos muestra de lo
que somos capaces cuando el hambre, la miseria y la marginación nos mueven a
actuar para cambiar radicalmente nuestra situación. Y ¿quién puede juzgar los
crímenes cometidos por aquellos a quienes se les ha negado la oportunidad de
vivir una vida digna durante tanto tiempo?
La crueldad, el sexo, la muerte, son las constantes de la
película que culmina, como la Ilíada de Homero, con la muerte de sus dos “héroes”
(o anti héroes, como se prefiera). Uno, a manos de su enemigo (antes amigo) y
el otro, como era de esperarse, a manos de la “justicia”, entre comillas, pues
no hay justicia en Los olvidados. No hay posibilidad de redención, por más
intentos que, al menos Pedro, haya hecho. Porque es muy difícil dejar de ser
uno de “los olvidados”.
Las extraordinarias actuaciones de Roberto Cobo como “el
jaibo”, le valieron en 1951, el Ariel a mejor actor juvenil y la película es
considerada por la UNESCO como “Memoria del mundo”, una categoría que sólo
ostentan “Metrópolis” de Fritz Lang, “El mago de Oz” de Victor Fleming, además
de toda la filmografía de los hermanos Lumiere. Luis Buñuel fue también
galardonado ese año con el Ariel a mejor director.
Teresa Padrón Benavides
Ciudad de México, verano del 2017
