Cuando era niña creía que el mundo se iba a terminar en el año 2000. Eso se escuchaba en todas partes. Yo no sabía bien qué significaba pero más o menos intuía que un gran cataclismo acabaría con toda forma de vida en la Tierra y sólo quedarían polvo y cenizas. Me daba mucha tristeza pensar en los animales y en los árboles, en el mar, en el bosque y en todo lo amaba entonces y sigo amando ahora. Curiosamente, no pensaba en la gente ni siqueira en mí. Sólo pensaba en la naturaleza y en lo hermosa que era y que sería destruida para siempre.
Los años pasaron y aunque claramente era visible el deterioro del
medio ambiente, la vida continuó. Llegó el año “cero”. Cambio de siglo y de
milenio y para mí la vida se renovó pues nació mi hijo. Sin embargo, el cambio
climático ya era un tema recurrente, así como las energías renovables, el
cuidado del agua, el reciclaje y la reutilización de los plásticos de un solo
uso.
Fue entonces, a partir de la maternidad, que comencé a ser consciente
de la gravedad del asunto. No quería que mi hijo creciera en un mundo cada vez
más contaminado y a punto de colapsar. Combiné el uso de pañales de tela con
desechables, empecé a recolectar el agua de la lavadora para usarla en la
limpieza de la casa, apagaba las luces de los cuartos vacíos, y en cuanto al
carro, no tuve hasta que él cumplió cinco años y porque era absolutamente
necesario.
Sin embargo, todo parecía inutil. A dondquiera que volteaba, nadie
parecía tener la más mínima preocupación al respecto. Centros comerciales
infestados con gente comprando todo tipo de productos desechables, comiendo
comida chatarra sin siquiera considerar su origen o su producción, basura
acumulada por toneladas en las calles, uso excesivo de aerosoles y del
automóvil, contaminación del aire, del agua y de la tierra.
Un profundo sentimiento de angustia e impotencia comenzó a
invadirme a tal punto que estuve en tratamiento psiquiátrico por depresión y
ansiedad. Afortunadamente y con ayuda de mi familia logré superarlo. Pero la
angustia por el daño a la vida jamás me ha dejado. Y cuado imagino el fin del
mundo es eso, una tierra baldía, yerma, sin vida.
Pero también el fin del mundo para mí significa el fin de la
esperanza, de la confianza y de la fe. La esperanza en que el animal humano
logrará, a través del conocimiento y de la ciencia, hallar la manera de
preservar la vida en todas sus formas. La fe en que la humanidad logrará
despertar de su letargo, de su ignorancia, de sacudirse el tedio y de salirse
de su zona de comfort para ser parte de un cambio radical que incluya a todas
las especies. La confianza en que, como individuos, aportarermos cada uno
nuestras habilidades para salvar nuestra casa común.
Es decir, el fin del mundo para mí significa dejar de creer. Dejar
de confiar en la razón y en los sentimientos. Y yo aún los conservo. Así que
para mí el mundo no ha llegado a su fin. Pero tengo la certeza de que sólo en
la medida en que nos transformemos desde dentro a nosotros mismos, podremos
incidir en la transformación (para bien) del mundo.
Cada acción individual cuenta. Cada acto de compasión por la vida
en general, provoca una reacción en cadena y toca a muchas personas. El mejor
ejemplo lo damos con la manera en la que vivimos y nos relacionamos con los
demás y eso incluye al medio ambiente y al resto de las especies animales y
vegetales. Esa es la mejor herencia que podemos dejar a nuestra decendencia, a
los que amamos. Un mundo mejor en todos los aspectos y eso no se compra ni se
vende en los centros comerciales. Eso se forja con nuestra propia vida y la
forma en que la vivimos.
Por eso creo que el mundo, la vida en general, aún puede salvarse.
Pero no debemos delegar la responsabilidad ni en los políticos, ni en las
instituciones, ni en alguien más. Debemos trabajar en nosotros mismos, analizar
la forma en que vivimos, nuestros hábitos, nuestra conducta, nuestras
aportaciones en beneficio o detrimento del medio ambiente.
Termino con una hermosa frase de Mahatma Gandhi: “Sé el cambio que
quieres ver en el mundo”.
Teresa de Jesús Padrón Benavides
Ciudad de México, abril del 2021
