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lunes, 22 de octubre de 2018

Todos somos inmigrantes





“Al extranjero no maltratarás ni oprimirás, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto.


 (Éxodo 22:21)



Casi todos, en algún momento de nuestra vida, hemos debido dejar nuestro lugar de nacimiento para irnos a uno distinto, ya sea dentro del país o fuera de él. A algunos nos han movido circunstancias familiares, a otros económicas, a unos más, profesionales, a otros, personales, a muchos, persecuciones de índole racista, pero la gran mayoría hemos emigrado por cuestiones de falta de oportunidades, inseguridad, violencia, crimen y pobreza.
La ciudad donde vivo, la capital del país, está llena de gente que no nació aquí y que debió venirse por motivos socio económicos, principalmente, pero también por causas de otra índole, como estudiar una carrera que sólo había aquí, o hacer un posgrado que sólo es posible aquí.
México es un país de inmigrantes. Hasta mediados del siglo pasado, llegaron por Veracrúz y también por el Pacífico muchas personas buscando asilo huyendo de los horrores de la guerra, el hambre, la persecución no sólo de Europa, sino de países de medio oriente, como Líbano o Siria y de Asia, como China y Japón.
Todos ellos se establecieron, formaron familias, abrieron negocios fructíferos que emplearon a muchos mexicanos en sus filas, contribuyeron al bienestar de sus comunidades y del país. Todos ellos se consideran mexicanos, pues uno no es del lugar donde nació, sino de aquel que lo acogió y lo protegió.
Sin embargo, hubo momentos oscuros en la Historia de México que hemos querido borrar, pero que están ahí como una mancha indeleble en nuestro pasado reciente. La masacre de más de 300 ciudadanos de origen chino en Torreón en 1911, es uno de los episodios más vergonzosos y menos discutidos de México. Reproduzco un breve párrafo del periodista que atestiguó la masacre, Delfino Ríos:
“Las calles de Torreón a las tres de la tarde estaban cubiertas de cadáveres… La consternación en que quedó la ciudad es indescriptible, no hay palabras con que expresarla".
El autor de estas líneas fue el periodista Delfino Ríos, testigo del asesinato de 303 chinos ocurrido el 15 de mayo de 1911.
Es la masacre más violenta de ciudadanos de ese país en la historia del continente americano, según historiadores.
La mitad de la comunidad china de Torreón, Coahuila, en el noreste de México fue asesinada.
Y sin embargo, el hecho es poco conocido en el país.

Yo crecí en una ciudad de las más alejadas del centro, con un clima inclemente, una tierra árida e indómita que se convirtió en poco tiempo en uno de los lugares más prósperos del Noroeste, Mexicali. Y eso fue, en gran medida, gracias a sus inmigrantes chinos, japoneses, pero también mexicanos de otros estados que llegaron ahí a principios del siglo pasado a trabajar la tierra, a echar los durmientes del ferrocarril del Pacífico, a iniciar comercios y restaurantes, a abrir escuelas, en fin, a formar una comunidad que prosperó cobijada bajo “un sol abrasador” y protegida de la contaminación del centro de México.  Los “cachanillas” somos gente trabajadora y honesta, en su mayor parte y venimos de muchos lugares, algunos del otro lado del mar, como los chinos y japoneses que también son cachanillas y están orgullosos de serlo.

He visto cómo la ciudad donde nací, Matamoros, y  donde crecí, Mexicali, ambas fronterizas, han debido improvisar albergues para muchos inmigrantes centroamericanos que intentan cruzar el Río Bravo o la línea hacia Estados Unidos buscando oportunidades de empleo y una vida digna para ellos y sus familias.

He visto a muchas de esas personas limpiando vidrios de carros, vendiendo agua embotellada, dulces y chicles a cambio de unas monedas para sobrevivir mientras esperan una oportunidad de cruzar al otro lado, pero también he visto cómo los agentes de migración mexicanos en ambas fronteras, la sur y la norte,  los han estafado, maltratado, torturado no sólo física sino psicológicamente e incluso han cometido crímenes peores con ellos, como secuestrarlos para el narco o violado a las mujeres.

México es un infierno para los inmigrantes que intentan llegar hacia Estados Unidos y así ha sido en los últimos 50 años. Somos un país inhóspito, racista, clasista y xenófobo. La hostilidad con la que tratamos a los inmigrantes centroamericanos sólo es comparable con la que los estadounidenses tratan a los inmigrantes mexicanos en su país.
Pero cuando se trata de los mexicanos en Estados Unidos, sí levantamos la voz. Queremos que se nos dé un trato “digno” incluso si somos ilegales. Exigimos garantías, seguridad, respeto a nuestros derechos humanos pero ¿cómo podemos atrevernos a exigir algo que nosotros no damos? ¿Con qué calidad moral demandamos a Estados Unidos lo que nosotros negamos a quienes intentan entrar a México por la frontera sur?
Si bien es cierto que los países de origen de los inmigrantes centroamericanos deben garantizar que no ocurra un éxodo masivo de sus ciudadanos, también lo es que el país de tránsito hacia su destino final debe hacer valer su soberanía y su derecho a negarle la entrada al país a quienes considere no aptos, pero debe revisar cada caso individualmente y no detenerlos en la frontera sur y deportarlos en masa a todos juntos.
México está en deuda con sus inmigrantes de todas partes del mundo, incluidos los centroamericanos y tiene el deber ético y moral de, al menos, analizar caso por caso su situación y actuar en consecuencia. Y también tiene la obligación de procurarles albergue, de garantizarles protección contra el crimen y contra los agentes corruptos del INM y de asegurarles un libre tránsito a través el país, sea cual sea su destino final.
Todos somos inmigrantes y en algún momento de nuestras vidas hemos sufrido en carne propia el desprecio, la humillación, la burla de algún tipo por parte de quienes debían acogernos o protegernos.
México tiene una oportunidad de oro para demostrarle al mundo que es realmente un país soberano, libre y que toma sus propias decisiones y que no es un simple lacayo de Estados Unidos. Ojalá y no la desperdicie.

Teresa Padrón Benavides

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