“Al extranjero no maltratarás ni oprimirás, porque extranjeros
fuisteis vosotros en la tierra de Egipto.”
(Éxodo 22:21)
Casi todos, en algún momento de nuestra vida, hemos debido
dejar nuestro lugar de nacimiento para irnos a uno distinto, ya sea dentro del
país o fuera de él. A algunos nos han movido circunstancias familiares, a otros
económicas, a unos más, profesionales, a otros, personales, a muchos,
persecuciones de índole racista, pero la gran mayoría hemos emigrado por
cuestiones de falta de oportunidades, inseguridad, violencia, crimen y pobreza.
La ciudad donde vivo, la capital del país, está llena de
gente que no nació aquí y que debió venirse por motivos socio económicos,
principalmente, pero también por causas de otra índole, como estudiar una
carrera que sólo había aquí, o hacer un posgrado que sólo es posible aquí.
México es un país de inmigrantes. Hasta mediados del siglo
pasado, llegaron por Veracrúz y también por el Pacífico muchas personas
buscando asilo huyendo de los horrores de la guerra, el hambre, la persecución
no sólo de Europa, sino de países de medio oriente, como Líbano o Siria y de
Asia, como China y Japón.
Todos ellos se establecieron, formaron familias, abrieron
negocios fructíferos que emplearon a muchos mexicanos en sus filas,
contribuyeron al bienestar de sus comunidades y del país. Todos ellos se
consideran mexicanos, pues uno no es del lugar donde nació, sino de aquel que
lo acogió y lo protegió.
Sin embargo, hubo momentos oscuros en la Historia de México
que hemos querido borrar, pero que están ahí como una mancha indeleble en
nuestro pasado reciente. La masacre de más de 300 ciudadanos de origen chino en
Torreón en 1911, es uno de los episodios más vergonzosos y menos discutidos de
México. Reproduzco un breve párrafo del periodista que atestiguó la masacre,
Delfino Ríos:
“Las calles de Torreón a las tres de la tarde estaban cubiertas
de cadáveres… La consternación en que quedó la ciudad es indescriptible, no hay
palabras con que expresarla".
El autor de estas líneas fue el periodista Delfino Ríos, testigo
del asesinato de 303 chinos ocurrido el 15 de mayo de 1911.
Es la masacre más violenta de ciudadanos de ese país en la
historia del continente americano, según historiadores.
La mitad de la comunidad china de Torreón, Coahuila, en el
noreste de México fue asesinada.
Y sin embargo, el hecho es poco conocido en el país.
Yo crecí en una ciudad de las más
alejadas del centro, con un clima inclemente, una tierra árida e indómita que
se convirtió en poco tiempo en uno de los lugares más prósperos del Noroeste, Mexicali.
Y eso fue, en gran medida, gracias a sus inmigrantes chinos, japoneses, pero
también mexicanos de otros estados que llegaron ahí a principios del siglo
pasado a trabajar la tierra, a echar los durmientes del ferrocarril del
Pacífico, a iniciar comercios y restaurantes, a abrir escuelas, en fin, a
formar una comunidad que prosperó cobijada bajo “un sol abrasador” y protegida
de la contaminación del centro de México.
Los “cachanillas” somos gente trabajadora y honesta, en su mayor parte y
venimos de muchos lugares, algunos del otro lado del mar, como los chinos y
japoneses que también son cachanillas y están orgullosos de serlo.
He visto cómo la ciudad donde
nací, Matamoros, y donde crecí,
Mexicali, ambas fronterizas, han debido improvisar albergues para muchos
inmigrantes centroamericanos que intentan cruzar el Río Bravo o la línea hacia
Estados Unidos buscando oportunidades de empleo y una vida digna para ellos y
sus familias.
He visto a muchas de esas
personas limpiando vidrios de carros, vendiendo agua embotellada, dulces y
chicles a cambio de unas monedas para sobrevivir mientras esperan una
oportunidad de cruzar al otro lado, pero también he visto cómo los agentes de
migración mexicanos en ambas fronteras, la sur y la norte, los han estafado, maltratado, torturado no
sólo física sino psicológicamente e incluso han cometido crímenes peores con
ellos, como secuestrarlos para el narco o violado a las mujeres.
México es un infierno para los
inmigrantes que intentan llegar hacia Estados Unidos y así ha sido en los
últimos 50 años. Somos un país inhóspito, racista, clasista y xenófobo. La
hostilidad con la que tratamos a los inmigrantes centroamericanos sólo es
comparable con la que los estadounidenses tratan a los inmigrantes mexicanos en
su país.
Pero cuando se trata de los
mexicanos en Estados Unidos, sí levantamos la voz. Queremos que se nos dé un
trato “digno” incluso si somos ilegales. Exigimos garantías, seguridad, respeto
a nuestros derechos humanos pero ¿cómo podemos atrevernos a exigir algo que
nosotros no damos? ¿Con qué calidad moral demandamos a Estados Unidos lo que
nosotros negamos a quienes intentan entrar a México por la frontera sur?
Si bien es cierto que los países
de origen de los inmigrantes centroamericanos deben garantizar que no ocurra un
éxodo masivo de sus ciudadanos, también lo es que el país de tránsito hacia su
destino final debe hacer valer su soberanía y su derecho a negarle la entrada
al país a quienes considere no aptos, pero debe revisar cada caso individualmente y no detenerlos en la frontera sur y deportarlos en masa a
todos juntos.
México está en deuda con sus
inmigrantes de todas partes del mundo, incluidos los centroamericanos y tiene
el deber ético y moral de, al menos, analizar caso por caso su situación y
actuar en consecuencia. Y también tiene la obligación de procurarles albergue,
de garantizarles protección contra el crimen y contra los agentes corruptos del
INM y de asegurarles un libre tránsito a través el país, sea cual sea su
destino final.
Todos somos inmigrantes y en
algún momento de nuestras vidas hemos sufrido en carne propia el desprecio, la
humillación, la burla de algún tipo por parte de quienes debían acogernos o
protegernos.
México tiene una oportunidad de
oro para demostrarle al mundo que es realmente un país soberano, libre y que
toma sus propias decisiones y que no es un simple lacayo de Estados Unidos.
Ojalá y no la desperdicie.
Teresa Padrón Benavides
.
