Para todos mis amigos y amigas de la Secundaria
Técnica No. 1, a quienes jamás he olvidado y quienes me recuerdan sobre todo, por mi amor a los Beatles..
Dicen que la infancia es el lugar al cual uno
siempre querría volver. Dicen que es el momento de nuestras vidas en el cual
todo era perfecto, pues siempre había alguien a quien acudir para ayudarnos,
para resolver nuestras dudas y nuestros “problemas”. Yo, sin embargo, añoro
mucho más mi adolescencia (aunque, bien visto, en aquel tiempo los adolescentes
éramos aún un poco niños, en todos los sentidos).
Soy parte de la llamada generación “X”, es decir,
las personas que nacimos a fines de los sesenta, con hermanos hippies y que
crecimos con la música disco, los patines y la ropa de colores chillantes. Sin
embargo, tal vez por la influencia de mis hermanos mayores (soy la menor de 6),
o porque nací y crecí en la frontera y siempre me gustó la música en inglés,
especialmente la de las décadas de los sesenta y setenta.
Mi adolescencia transcurrió en diferentes barrios
típicos de mi amada Mexicali, entre la colonia Nueva y la Industrial, entre
avenidas anchas al estilo americano y callejones estrechos en los cuales
podíamos andar en bici y hacer travesuras propias de nuestra edad sin estar muy
expuestos a los regaños de los adultos.
Había entonces todavía un cierto sentido de
pertenencia a un barrio, a una colonia, a un grupo los amigos eran los seres más queridos y
requeridos por nosotros en aquellos días. Una vez que entrábamos a la
secundaria, el salón de clase, los compañeros e incluso los maestros, se
volvían el centro de nuestras vidas.
Ahí pasábamos gran parte del día entre gente que
sentíamos como nuestra, amigos y amigas incondicionales y maestras y maestros
no sólo comprometidos sino dispuestos a darnos amorosamente su tiempo y sus
conocimientos. Recuerdo en especial a la profe Mariana, de ciencias naturales,
a la maestra Rosa Loo, que me hizo comprender (finalmente) las matemáticas y
entender que eran fundamentales para entender cómo funciona el mundo. A mi
maestro Alejandro Valdés, de ciencias sociales, quien con sus amplios
conocimientos de la historia, la política y el civismo, nos sumergía en un
México profundo y antiguo que nos resultaba fascinante y misterioso al mismo
tiempo. A mi querida maestra Alicia Márquez Recio, gracias a quien decidí
estudiar literatura, pues el entusiasmo y el amor con que ella nos impartía la
materia de español, nos hizo amar nuestro idioma y nuestras letras y apreciar
cada signo gramatical y cada fonema como indispensable para rendir homenaje a
nuestra lengua.
En cuanto a los amigos, era un tiempo en el cual
todavía creíamos en un futuro hermoso juntos. Era una época en la cual los
vínculos eran fuertes y permanentes, en la cual la agramasa que nos unía y nos
mantenía firmes y juntos, estaba hecha de momentos cotidianos, de pequeñas
alegrías, de dolores compartidos, pero también de música. La música era algo
asociado con cada momento de nuestra vida: con el primer beso, con el primer
baile, con el primero corazón roto… pero también con la emoción del primer día
después de vacaciones de verano, poniéndonos al corriente de lo que hicimos y
haciendo bromas y echando relajo mientras los maestros trataban de apaciguar
nuestro ánimo para poder comenzar la clase.
A la distancia, todavía al escuchar alguna de las
canciones de moda, sobre todo las canciones pop en inglés, pues eso era lo que
oíamos, me vienen recuerdos nítidos de tardes enteras en el patio escolar en
alguna tardeada organizada por los maestros
para recabar fondos y reparar nuestra querida escuela. Recuerdo a Billy
Idol “Dancing with myself, oh oh oh”), a The B 52’s "Rock Lobster uuuaa”, y las
“calmaditas” como “A totally eclipse of
the heart”, o “It’s a heartache, nothing but a heartache…” en donde buscábamos
con la Mirada al morrito que nos gustaba para que nos sacara a bailar y apoyar
nuestra cabeza en su hombro y ser felices en una secuencia de animación
suspendida que queríamos que durara para siempre…
En mi caso, yo siempre fui y sigo siendo fan de los
Beatles. Los Beatles significaban para mí un refugio en la tormenta. Cuando
había problemas en casa, ponía un disco de los Beatles e imaginaba que estaban
ahí conmigo y que entre los cinco cantábamos “Penny Lane”. A veces, sobre todo
cuando estaba nublado o llovía, imaginaba que una nube tenía la forma de John
tocando el piano y casi siempre camino a la escuela, iba cantando alguna de sus
melodías. Cualquier lote baldío o cualquier parque se convertían para mí en
“Strawberry fields”; cualquier calle de mi barrio era “Penny Lane”; mi ciudad
en el desierto de México y muy lejos del mar se convertía en Liverpool y yo era
una niña feliz, llena de imaginación y de amor gracias a las canciones de los
Beatles las cuales siempre compartí con mis queridos amigos de entonces.
Hoy, 30 años después, he vuelto a mi ciudad y me he
reencontrado, al menos virtualmente con mis amigos y amigas de la secundaria a
quienes veré dentro de muy poco. No sé qué ha sido de sus vidas ni ellos de la
mía. No sabemos qué rumbos tomamos cada uno. No nos hemos reunido todos desde
entonces, pero aquel vínculo estrecho que creamos hace tanto, sigue vigente
gracias a que lo construimos en una época en donde las relaciones aun eran
reales, verdaderas, auténticas y no estaban fundadas en el interés o en la
frivolidad o en cosas estúpidas, sino en un sueño compartido de afecto, de
solidaridad, de cariño incondicionales.
Y la música de los Beatles hablaba por nosotros y por cada uno de esos
afectos y lo sigue haciendo hoy en día.
Llevo a todos ellos en mi corazón y aunque he vivido
lejos de Mexicali por más de 20 años, siempre los tuve presentes, sobre todo al
escuchar a los Beatles. Hoy, para mi alegría, mi hijo de 14 años está
compartiendo esa misma música conmigo, junto a las viejas fotos de la
secundaria que mis amigos han subido a las redes sociales y en mi ciudad,
Mexicali. Junto a él estoy volviendo a vivir aquella época y el corazón me da
un vuelco de emoción, de una emoción que sólo sentí entonces y que ahora revivo
ante la inminencia del reencuentro.
No puedo esperar al momento de estar en torno a una
gran mesa con todos ellos escuchando “With a Little Help From y Friends” y
cantándola con ellos al unísono. Los Beatles hicieron que yo viviera en
Liverpool viviendo en Mexicali.
Teresa Padrón Benavides
Verano del 2015
