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viernes, 7 de agosto de 2015

Liverpool en Mexicali





Para todos mis amigos y amigas de la Secundaria Técnica No. 1, a quienes jamás he olvidado y quienes me recuerdan sobre todo, por mi amor a los Beatles..

Dicen que la infancia es el lugar al cual uno siempre querría volver. Dicen que es el momento de nuestras vidas en el cual todo era perfecto, pues siempre había alguien a quien acudir para ayudarnos, para resolver nuestras dudas y nuestros “problemas”. Yo, sin embargo, añoro mucho más mi adolescencia (aunque, bien visto, en aquel tiempo los adolescentes éramos aún un poco niños, en todos los sentidos).
Soy parte de la llamada generación “X”, es decir, las personas que nacimos a fines de los sesenta, con hermanos hippies y que crecimos con la música disco, los patines y la ropa de colores chillantes. Sin embargo, tal vez por la influencia de mis hermanos mayores (soy la menor de 6), o porque nací y crecí en la frontera y siempre me gustó la música en inglés, especialmente la de las décadas de los sesenta y setenta.
Mi adolescencia transcurrió en diferentes barrios típicos de mi amada Mexicali, entre la colonia Nueva y la Industrial, entre avenidas anchas al estilo americano y callejones estrechos en los cuales podíamos andar en bici y hacer travesuras propias de nuestra edad sin estar muy expuestos a los regaños de los adultos.
Había entonces todavía un cierto sentido de pertenencia a un barrio, a una colonia, a un grupo  los amigos eran los seres más queridos y requeridos por nosotros en aquellos días. Una vez que entrábamos a la secundaria, el salón de clase, los compañeros e incluso los maestros, se volvían el centro de nuestras vidas.
Ahí pasábamos gran parte del día entre gente que sentíamos como nuestra, amigos y amigas incondicionales y maestras y maestros no sólo comprometidos sino dispuestos a darnos amorosamente su tiempo y sus conocimientos. Recuerdo en especial a la profe Mariana, de ciencias naturales, a la maestra Rosa Loo, que me hizo comprender (finalmente) las matemáticas y entender que eran fundamentales para entender cómo funciona el mundo. A mi maestro Alejandro Valdés, de ciencias sociales, quien con sus amplios conocimientos de la historia, la política y el civismo, nos sumergía en un México profundo y antiguo que nos resultaba fascinante y misterioso al mismo tiempo. A mi querida maestra Alicia Márquez Recio, gracias a quien decidí estudiar literatura, pues el entusiasmo y el amor con que ella nos impartía la materia de español, nos hizo amar nuestro idioma y nuestras letras y apreciar cada signo gramatical y cada fonema como indispensable para rendir homenaje a nuestra lengua.
En cuanto a los amigos, era un tiempo en el cual todavía creíamos en un futuro hermoso juntos. Era una época en la cual los vínculos eran fuertes y permanentes, en la cual la agramasa que nos unía y nos mantenía firmes y juntos, estaba hecha de momentos cotidianos, de pequeñas alegrías, de dolores compartidos, pero también de música. La música era algo asociado con cada momento de nuestra vida: con el primer beso, con el primer baile, con el primero corazón roto… pero también con la emoción del primer día después de vacaciones de verano, poniéndonos al corriente de lo que hicimos y haciendo bromas y echando relajo mientras los maestros trataban de apaciguar nuestro ánimo para poder comenzar la clase.
A la distancia, todavía al escuchar alguna de las canciones de moda, sobre todo las canciones pop en inglés, pues eso era lo que oíamos, me vienen recuerdos nítidos de tardes enteras en el patio escolar en alguna tardeada organizada por los maestros  para recabar fondos y reparar nuestra querida escuela. Recuerdo a Billy Idol “Dancing with myself, oh oh oh”), a The B 52’s "Rock Lobster uuuaa”, y las “calmaditas”  como “A totally eclipse of the heart”, o “It’s a heartache, nothing but a heartache…” en donde buscábamos con la Mirada al morrito que nos gustaba para que nos sacara a bailar y apoyar nuestra cabeza en su hombro y ser felices en una secuencia de animación suspendida que queríamos que durara para siempre…
En mi caso, yo siempre fui y sigo siendo fan de los Beatles. Los Beatles significaban para mí un refugio en la tormenta. Cuando había problemas en casa, ponía un disco de los Beatles e imaginaba que estaban ahí conmigo y que entre los cinco cantábamos “Penny Lane”. A veces, sobre todo cuando estaba nublado o llovía, imaginaba que una nube tenía la forma de John tocando el piano y casi siempre camino a la escuela, iba cantando alguna de sus melodías. Cualquier lote baldío o cualquier parque se convertían para mí en “Strawberry fields”; cualquier calle de mi barrio era “Penny Lane”; mi ciudad en el desierto de México y muy lejos del mar se convertía en Liverpool y yo era una niña feliz, llena de imaginación y de amor gracias a las canciones de los Beatles las cuales siempre compartí con mis queridos amigos de entonces.
Hoy, 30 años después, he vuelto a mi ciudad y me he reencontrado, al menos virtualmente con mis amigos y amigas de la secundaria a quienes veré dentro de muy poco. No sé qué ha sido de sus vidas ni ellos de la mía. No sabemos qué rumbos tomamos cada uno. No nos hemos reunido todos desde entonces, pero aquel vínculo estrecho que creamos hace tanto, sigue vigente gracias a que lo construimos en una época en donde las relaciones aun eran reales, verdaderas, auténticas y no estaban fundadas en el interés o en la frivolidad o en cosas estúpidas, sino en un sueño compartido de afecto, de solidaridad, de cariño incondicionales.  Y la música de los Beatles hablaba por nosotros y por cada uno de esos afectos y lo sigue haciendo hoy en día.
Llevo a todos ellos en mi corazón y aunque he vivido lejos de Mexicali por más de 20 años, siempre los tuve presentes, sobre todo al escuchar a los Beatles. Hoy, para mi alegría, mi hijo de 14 años está compartiendo esa misma música conmigo, junto a las viejas fotos de la secundaria que mis amigos han subido a las redes sociales y en mi ciudad, Mexicali. Junto a él estoy volviendo a vivir aquella época y el corazón me da un vuelco de emoción, de una emoción que sólo sentí entonces y que ahora revivo ante la inminencia del reencuentro.
No puedo esperar al momento de estar en torno a una gran mesa con todos ellos escuchando “With a Little Help From y Friends” y cantándola con ellos al unísono. Los Beatles hicieron que yo viviera en Liverpool viviendo en Mexicali.

Teresa Padrón Benavides

Verano del 2015