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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Dejar Sonora (por segunda vez)



Al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver…
Joaquín Sabina

A Ramón Íñiguez Franco, otro sonorense adoptivo.
A todos nuestros amigos del alma, a quienes querría no tener que dejar nunca.

Dicen que uno no es del lugar donde nace, sino de aquel en donde ha sido plenamente feliz. En mi caso, los dos acontecimientos más afortunados de mi vida han sucedido en Sonora. Aquí, en esta tierra hospitalaria donde las haya, están muchos de mis amigos más entrañables. Aquí, a través de uno de esos amigos, conocí al amor de mi vida y aquí también concebí y di a luz a mi hijo, mi razón de ser.
No sé por qué circunstancias fortuitas del destino vine a dar aquí habiendo nacido tan lejos, en Matamoros, pero sí sé que muchas veces, sin un plan trazado e inesperadamente, uno se encuentra en un lugar que siente suyo desde el primer momento. Su luz, su atmósfera, su gente, sus calles, sus costumbres y tradiciones, todo parece arraigado en algún rincón de la memoria aun cuando jamás hallamos estado ahí antes. Eso me pasó en Sonora. Primero en Ciudad Obregón, después en Hermosillo.
Vine aquí por primera vez hace casi 20 años, invitada por mi gran amigo Carlos Avilés a pasar las fiestas decembrinas con él y su familia. Yo vivía entonces en Mexicali (mi segundo amor) y accedí, entre otras cosas, porque acá estaba también mi mejor amiga, Ana Cristina. De esa visita, “saqué marido” ¡Y qué marido! (el lugar menos indicado para hallar un filósofo, de acuerdo a mis cálculos era, justamente, Sonora y no porque no pueda haber filósofos aquí, sino porque uno tiende a asociar, muchas veces equivocadamente, al Norte del país con otro tipo de quehaceres).
Ahí estaba. En el estudio de la casa de los Avilés, echando humo como loco y hablando de música, literatura, arte y pintura con mi amigo y yo apenas pude balbucear no sé qué tontería cuando me lo presentaron pues quedé total y absolutamente prendada de aquel joven alto, espigado, con aire de intelectual del S XIX y que prendía un cigarro en cada pausa de la conversación. Nos casamos dos años más tarde.
Viví mis primeros 5 años de matrimonio en la Ciudad de México y fui inmensamente feliz. Allá como aquí, tengo también grandes amigos a quienes quiero y añoro. La ciudad me embrujó desde un principio por todo lo que ofrece a quienes, como yo, llegan ahí ávidos por devorarse su historia, su cultura, sus lugares mágicos. Además, pude ver concretado uno de mis más grandes sueños, entrar a la UNAM  a estudiar literatura. En México, mis días transcurrían entre la vida universitaria, las librerías, las salas de concierto, los museos, las galerías y las cantinas tradicionales del centro y de Coyoacán. En fin, una típica vida bohemia, siempre ente amigos queridos y charlas enriquecedoras.
En 1999, después de 6 meses de haber estallado la huelga en la UNAM y sin indicios de una salida en el corto plazo al conflicto, decidimos venir a vivir a Hermosillo, animados por otro gran amigo (cajemense, por cierto), Edmundo Armenta. Él se encargó de hallarnos trabajo y nosotros nos dedicamos a “encargar” a nuestro hijo. José Emilio nació una calurosa tarde de septiembre del 2000 en la “Tierra del sol” y estuvimos rodeados de gente buena, generosa y querida, quienes ya se contaban entre nuestros amigos para toda la vida. Recuerdo en especial a Ramón Miranda. Un ser excepcional y una de las mentes más brillantes que conozco. Él y mi madre registraron a nuestro hijo en Villa de Seris. Por cierto, fue Ramón quien bautizó a José Emilio con el sobrenombre de “cochimilo”, debido a la constitución “robusta” del niño a los tres meses de edad.
Dejamos Sonora por primera vez un año después de nuestra llegada debido a circunstancias desafortunadas en nuestro trabajo. Regresamos al D.F. con un hijo pequeño, dos perros y nuestros amados libros (que ahora incluían algunos para padres primerizos, cuentos infantiles, fábulas, nanas, entre otros).  De vuelta en México, nos reencontramos con nuestra vida ajetreada, pero ya era imposible la bohemia y la vida social de antaño. Ahora nuestros paseos sabatinos y dominicales incluían, además de las librerías de viejo, parques infantiles, circos, ferias y zoológicos.
Cuando el ritmo de vida y las distancias resultaron insoportables, decidimos, después de ponderarlo durante varios meses, dejar la vieja y amada ciudad, amigos imprescindibles y  un trabajo estable de 10 años en la UNAM. Añorando la tierra, volvimos a Sonora. Esta vez a Cajeme. La acogida de este querido lugar fue, como siempre que yo había estado aquí, cálida, hospitalaria y generosa. Amigos queridos de antaño, como Alejandro Jacobo (a) “el maestrín”,  nos ayudaron a conseguir trabajo como maestros universitarios y durante estos 6 años, hemos estado rodeados de personas para quienes la amistad es el más grande y noble de los vínculos afectivos, y quienes, para nuestra fortuna, ocupan ahora un lugar muy especial en nuestros corazones y en nuestros pensamientos.
Durante estos 6 años hemos hecho, junto a todos ellos, grandes cosas. Hemos participado activamente de la vida académica y cultural de Cajeme. Hemos tenido una página en internet dedicada al quehacer cultural de la región, hemos colaborado con artículos de opinión en algunos periódicos locales, hemos producido y realizado un programa de radio (en radiobemba de Hermosillo), hemos dirigido cursos de historia del arte en galerías, coordinado talleres literarios, impartido clases en diversas universidades en materias de humanidades y muchos de nuestros alumnos son ahora grandes amigos nuestros y, en fin, creo que hemos aportado nuestro granito de arena desde la trinchera que hemos resguardado.
Pero lo mejor de todo ha sido no lo que nosotros le hallamos dado a Sonora, sino lo que Sonora nos ha dado a nosotros. Sonora par mi, es el lugar en donde me gustaría ver el atardecer por última vez. De preferencia en el mar. Sonora, es el lugar donde se hunden más profundamente mis raíces, puesto que aquí  conocí a mi esposo y aquí me convertí en madre. Sonora es el sito que más me duele dejar, sobre todo ahora, por segunda vez, pues  aquí ha transcurrido la infancia de mi hijo.  Aquí, en esta tierra bendecida con la abundancia de recursos naturales, con especies de plantas y animales hermosos. Con paisajes tan variados y bellos como el bosque, el mar y el desierto, aquí, digo, es donde no puedo dejar de evocar la frase de Sabina  que sirve de epígrafe a este escrito. Porque no se debe volver al lugar en donde uno ha sido tan feliz, so pena de sufrir, mucho más que la primera vez, al tener que dejarlo.
Teresa de Jesús Padrón Benavides
Invierno, 2011


miércoles, 9 de noviembre de 2011

Educación moral posmoderna

Héctor Islas Azaïs
¿Qué tipo de competencias morales se supone que debemos fomentar en los estudiantes de una sociedad posmoderna? Con ello me refiero a una sociedad que se caracteriza, entre otras cosas, por su diversidad, relativismo y hedonismo, en contraste con una cultura moderna, aparentemente en vías de extinción, basada en la confianza en los grandes proyectos, la racionalidad y la emancipación de la humanidad. Una sociedad en la que lo que creíamos saber sobre moralidad es puesto en tela de juicio. Si anteriormente podíamos tratar de comprender nuestras acciones morales diciendo, por ejemplo, que son acciones universales, razonadas, basadas en principios y válidas eternamente, hoy se nos pide que intentemos concebirlas como sucesos particulares, inciertos, espontáneos y de corta duración. A la idea de fundamentar los valores en una teoría y construir con ellos proyectos globales de vida la sustituye la tendencia a cambiar las justificaciones racionales por nuestros impulsos inmediatos, la opinión de la mayoría o el cinismo, y los valores se instrumentalizan para dejar de ser motivos de desarrollo humano y convertirse en barreras contra la intrusión de los otros; muy útiles para “llevar la fiesta en paz”. Esta ausencia de un fundamento axiológico y el estancamiento del discurso escolar sobre la moral muestran una fisura entre la acción educativa y la cultura, una precaria circunstancia que A. Finkielkraut resumió al decir que hoy tenemos una escuela moderna con alumnos posmodernos. No intentaré en esta charla examinar este horizonte general, con todos sus vaivenes teóricos y pronunciamientos sobre la muerte de Dios, la moral o el hombre y otros juicios apocalípticos por el estilo, sino que me concentraré, para atender la pregunta con la que comencé estas líneas, en un concepto en torno al cual aún gira la mayor parte de la educación moral en nuestros días, a saber, la noción de autonomía. Y para ello debemos comenzar con Kant, el padre filosófico de la moral moderna.
El lugar central que ocupa el principio de autonomía en la ética kantiana resulta evidente cuando se dice de él, en el capítulo segundo de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, que es el “fundamento de la dignidad de la naturaleza humana” y el “principio supremo de la moralidad”. Recordemos que en la Fundamentación Kant se propone investigar cuál es el fundamento de la obligación moral, lo que lo lleva a emprender un análisis del imperativo categórico, llamado también imperativo de la moralidad. Así, sus esfuerzos se centran en averiguar cuál es el imperativo categórico, qué dice, cuál es su forma y cómo es posible. Y, según Kant, la característica específica que hace posible el imperativo categórico es “la idea de todo ser racional como voluntad legisladora universal”, la cual no es otra cosa que el principio de autonomía. En oposición a esto, Kant llama “heterónomo” a cualquier principio que se base en algún interés particular o, más en general, en cualquier determinación externa a la voluntad legisladora.
Como no se trata de aburrirnos aquí con disquisiciones demasiado técnicas, intentaré resumir las ideas que me importa destacar. La autonomía es la independencia de la voluntad de un individuo de todo deseo o influencia externa y su capacidad para determinarse conforme a una ley propia, que es la ley de la razón. Es condición de posibilidad de la moralidad, y únicamente tiene sentido si suponemos que somos libres. Es decir, quien no es libre no puede ser moral, porque sólo será una especie de marioneta de los dictados de otros o de sus propios impulsos irracionales. Si yo me comporto según las normas morales para evitar un castigo o ganarme una recompensa, porque me agrada, por hacerles caso a mis padres o a Dios o por cualquier otro motivo que no sea por elección libre y racional, no soy, según Kant, un sujeto moral. Y como se ve, algunas de estas intuiciones aún chispean en nuestra visión moral como cuando indagamos por los motivos de una persona que nos extraña por sus acciones buenas o cuando nos detenemos a reflexionar si puede existir algún sentido de obligación sin presuponer una noción de autonomía, esto es, si puedo llamarle a algo mi deber sin ser capaz al mismo tiempo de evitar hacerlo.
Podemos estar de acuerdo o no con Kant en cuanto a su caracterización de la autonomía, pero lo que es innegable es que hay que tenerlo presente para entender qué ocurre hoy con ese concepto —y en particular, como me interesa aquí, en el contexto de la educación moral. El problema consiste en que hoy enseñamos a nuestros estudiantes a ser autónomos y que no hay moral sin autonomía, pero al hacerlo echamos mano de un concepto de autonomía que justamente ha perdido su conexión con la moralidad. Quizás me pueda explicar si subrayamos tres momentos estrechamente conectados de la autonomía kantiana recién esbozada.
El primero es el de la universalidad. Para Kant, la voluntad libre no puede elegir cualquier ley para ser moral, sino sólo las leyes morales que puedan universalizarse, es decir, ser válidas para todos. Esta idea garantizaba un lazo entre la elección libre y la racionalidad. Si elijo una norma por capricho o por temor, elijo por egoísmo o por prudencia, pero no moralmente. Sólo la elección racional es moral. La segunda idea es la de la trascendentalidad del sujeto práctico que, dicho de manera simple, implica que la autonomía es en realidad atributo de una persona ideal, con características racionalmente necesarias, y no un rasgo empírico de las personas concretas. Es como decir que los seres humanos somos autónomos por definición, y no necesariamente en la realidad. De hecho, sólo Dios o los ángeles podrían ser, de acuerdo con esta teoría, plenamente autónomos. (Esta idea de trascendencia puede entenderse si recordamos que Kant pensaba que nunca podemos estar seguros, ni ustedes ni yo, de que somos libres, pero que no nos queda más remedio que hacerlo así para entender lo que somos y cómo actuamos.) Y el tercer rasgo es el momento de la libertad negativa, esto es, la capacidad de la voluntad de actuar sin interferencias de otros individuos ni de las cosas del mundo. Pues bien, lo que ha sucedido con el concepto de autonomía desde Kant hasta nuestros días es que ha ido perdido paulatinamente los dos primeros rasgos mencionados hasta quedar reducido al mero momento de la libertad negativa. El principio de universalidad recibió ataques casi prácticamente desde la primera publicación de la obra de Kant, y en una época, como la nuestra, en que el pluralismo se confunde con el relativismo cultural y aun con el subjetivismo, la universalidad de las normas morales tiene cada vez menos popularidad. En cuanto a la trascendentalidad, hoy tenemos menos paciencia con dualismos metafísicos, o al menos con ideas metafísicas de este tipo, pues quién duda que hoy la credulidad ha vuelto por sus fueros. Pero la libertad, el tercer componente de la autonomía, la seguimos valorando. Lo que ha sucedido entonces es el paso de una voluntad racional que al elegir se constituía en moral a una voluntad solitaria que sólo elige. La autonomía se ha vaciado de contenido moral y es, por lo tanto, neutral en relación con las preferencias, valores e incluso la naturaleza de las personas autónomas. De acuerdo con esta definición, las personas autónomas podrían ser nazis, algo totalmente contradictorio para la mayoría de los pensadores modernos, según los cuales elegir racionalmente implica, por necesidad, elegir bien.
Ya no vemos una conexión ineludible entre nuestras razones y el bien. Tampoco pensamos que la autonomía nos viene dada por alguna segunda naturaleza metafísica y más bien la concebimos como un proceso de construcción, algo que cada quien debe esforzarse por alcanzar por sus propios medios. De acuerdo con Zygmunt Bauman, en una cultura posmoderna la individualidad es la tarea que la propia sociedad fija para sus miembros, y esa individualidad “representa, sobre todo, la autonomía de la persona que, a su vez, es vista al mismo tiempo como el derecho y el deber de ésta”. Según este pensador, la afirmación “soy un individuo” significa ante todo que yo soy el único responsable de mis virtudes y de mis fallos, y que es tarea mía cultivar las primeras y arrepentirme de las segundas. Cada uno se siente compelido a buscar ser original y forjarse su propio talante moral. Los educadores morales se ven reducidos a ser meros acompañantes en este proceso de autoconstrucción que echan porras a quienes consiguen organizar su personalidad en torno a algún conjunto de valores vigentes y abuchean a quienes fracasan en ese intento. Ya no decimos a nuestros alumnos “sean así o asá”, sino, simplemente, a cada uno le decimos “sé tú mismo”. En el contexto escolar actual, esos llamados a la autenticidad sólo pueden interpretarse, como escuchamos tantas veces en las aulas, con frases como “los valores son de cada quien”, “fulano tiene sus propios valores” o, abusando de una jerga pedagógica también muy de moda, “los valores los construye cada sujeto”. Y también la tesis “Todo individuo tiene derecho a elaborar racional y reflexivamente sus propios criterios éticos” debe considerarse, sin una idea medianamente robusta de razón o un discurso social compartido, mal planteada o por lo menos incompleta.
Todo esto es compatible desde luego con la ética de los jóvenes (y adultos) light, basada (en el mejor de los casos) en la estadística y las encuestas; armada sobre convicciones sin fuerza y cuya ideología es el pragmatismo. La felicidad desde esta perspectiva se identifica con el bienestar: un buen nivel de vida y ausencia de molestias físicas o problemas importantes. En nuestros estudiantes domina la frivolidad; no tienen inquietudes culturales y en lo intelectual sólo buscan aquello que tiene relación inmediata con su vida profesional (y aquí resuena la penosa pregunta que todos enfrentamos en el aula “Maestro, ¿y eso para qué me va a servir?”). Manifiestan preocupación e incluso impugnan algunos aspectos de su sociedad, pero su rechazo lo ejercen “desde la distancia”, sin compromisos y refugiándose en el consumo, en el que se ha consolidado incluso un fuerte “mercado de la contracultura”. En la época posmoderna, el ambiente moral se caracteriza por las dudas sobre uno mismo, la pérdida de confianza, el cinismo o el mero desprecio por el esfuerzo de pensar en la vida humana de una forma que no sea la más superficial posible.
Para Kant la Ilustración se definía como la liberación del hombre de su culpable incapacidad para servirse de su inteligencia sin la guía de otro, y resumía su orientación con la consigna “¡Atrévete a saber!”. Pues bien, Si los críticos de la modernidad tienen algo de razón, hemos pasado del ¡Sapere aude! ilustrado al “Sé tu mismo, toma Pepsi”, sin apenas darnos cuenta.
Que la autonomía es un concepto central en la educación moral contemporánea lo revela el examen más distraído de las perspectivas teóricas actuales sobre el tema y los contenidos de cursos, currículos y declaraciones de los objetivos y la misión de las más diversas escuelas y universidades. Por citar un caso concreto, el Manual de formación cívica y ética para las secundarias públicas de nuestro país menciona la necesidad de “centrar” la educación en valores en el “desarrollo de la autonomía”. Y la definición misma del concepto que ofrece este manual nos ayuda a entender lo que trato de explicar: “autonomía” es ahí “la capacidad de las personas para elegir libremente entre diversas opciones de valor con referencia a principios éticos identificados con los derechos humanos y la democracia”. La acotación que se añade a la definición es importante, qué duda cabe. Sólo que revela también la disociación de que hablo entre autonomía y contenidos morales específicos, pues cada vez que escribimos sobre el tema o les explicamos a nuestros alumnos el concepto nos sentimos obligados a agregar que la autonomía hay que ejercerla siempre y cuando “se respete a los demás”, “no se violen los derechos de los otros” o incluso siempre y cuando “no se confunda con el egoísmo”. Esto es, siempre y cuando sea “moral”. Pero el hecho de que se pueda confundir con tanta facilidad con el egoísmo es señal de un equívoco profundo. Desde esta perspectiva, la autonomía no es ya condición suficiente de moralidad, y ello debería por lo menos hacernos reflexionar sobre el papel que se le concede como el concepto “central” de la enseñanza moral.
En lo que se refiere a las perspectivas teóricas sobre el tema, tras muchos años de dominio de teorías que reivindicaban la necesidad de transmitir contenidos morales específicos a las jóvenes generaciones, la década de los años setenta presenció el surgimiento de la teoría del desarrollo del juicio moral que, apoyada en las tesis de Jean Piaget sobre el desarrollo psíquico e intelectual, mostró una cara liberal frente a la educación moral tradicional y rechazó la transmisión de normas y prácticas morales como una alternativa para fomentar el pensamiento autónomo. La neutralidad axiológica fue su bandera contra el adoctrinamiento imperante de los años precedentes. Esto representó sin duda una propuesta muy razonable, así sea sólo porque una de las pocas certezas que podemos tener acerca de la moralidad es que no puede ceñirse sólo a las nociones que imponen las normas sociales; que los principios, creencias y valores morales, las costumbres y convenciones sociales que transmite la tradición son susceptibles de evaluación y que es tarea del agente moral autónomo someterlas al juicio de su razón. (Y esto nos recuerda la paradoja de la educación moral moderna que parece hacer incompatibles la transmisión de valores tradicionales y el impulso al ejercicio crítico). Pero aquí de nuevo, según algunos autores (como Betty Sichel y David Carr) el vacío de la enseñanza sobre contenidos morales específicos a que da lugar la teoría del desarrollo del juicio moral es un responsable más de las notas de individualismo rampante que caracteriza a las sociedades en las últimas décadas. La idea de esta crítica es que la enseñanza de la autonomía entre los alumnos junto con la falsa neutralidad adoptada por el profesor fomenta la apatía y el relativismo antes que una toma de postura informada y comprometida con respecto a los problemas sociales más urgentes.
Agreguemos para completar este panorama los “valores del éxito” que se enseñan en las escuelas privadas y que ahora las escuelas públicas buscan como supuesto remedio para los males que las aquejan. Hoy se busca formar a los jóvenes en las virtudes de la competitividad, la eficiencia, el procesamiento de información “útil” y la capacidad de resolver problemas en un contexto cambiante. En función de ello se define la “excelencia educativa”. Se trata de una filosofía educativa que tiene elementos positivos al lado de otros inaceptables: una forma de pensar que define el sentido de la vida básicamente por la superación personal, el vencimiento de los obstáculos, el desarrollo de las capacidades para producir dinero y triunfar ante la competencia. Es la filosofía del ganador, fundada en la autoestima, la dinámica del perfeccionamiento continuo y la capacidad para salir avante en situaciones difíciles. Es sin duda esencial promover la autoestima de niños y jóvenes. Pero fomentar de manera exclusiva esta tendencia como si fuera la dinámica central del hombre, proponer el éxito individual como meta suprema (y encima reducirlo al logro de bienes materiales) es una simplificación y una distorsión de nuestra vida. Como acertadamente nos recuerda el investigador Latapí Sarré:

La existencia humana no es plenamente inteligible ni analizable ni sintetizable. Si se pierde de vista que somos seres vulnerables y paradójicos, nos salimos de la realidad. La madurez humana se construye de otra manera, a través de la materia prima de nuestros dolores, en la creciente conciencia de nuestra indigencia radical, necesitados de los demás y compartiendo con ellos nuestras experiencias: Esto significa que somos muchas veces perdedores al lado de otros perdedores y que crecemos junto con ellos en la medida en que compartimos una misma vulnerabilidad.

¿Qué queda entonces de la autonomía? ¿Hay que dejar de enseñarla en las escuelas? Permítaseme algunas vaguedades sobre el asunto. La autodeterminación de las personas es un aspecto de lo que suele incluirse en las caracterizaciones de la autonomía individual. Para comprender la importancia que se le concede a esta cualidad, debemos tratar de responder a la pregunta de por qué las personas se interesan por tomar por sí mismas decisiones sobre su vida pues, después de todo, constantemente apelamos a distintas autoridades para conducirnos en la vida, entre las cuales las autoridades intelectuales, médicas, nuestros padres, psicólogos y abogados son de los más comunes. Una razón de por qué ello es así tiene que ver otra vez con la creencia común de que un individuo es el mejor juez de su propio bien. Aplicado al ámbito de la autodeterminación, este rasgo implicaría que la autodeterminación individual tendría un valor instrumental para promover el bienestar individual, por lo menos en la mayoría de las veces en que se ejercita. El conocimiento de las personas de sus propios valores y propósitos alienta la opinión de que si dejamos a cada quien decidir sobre los asuntos que afectan su bienestar estaremos maximizando las posibilidades de que los cursos de acción que adopten promuevan ese bienestar.
Sin embargo, existe una razón más importante para explicar el deseo de las personas de tomar decisiones por sí mismas que es independiente del hecho de que crean que siempre, o que muchas veces, estén en la mejor posición para tomarlas. Y es que guiarnos en nuestra vida por una idea del bien tiene siempre un valor que va más allá de lo instrumental, más allá del razonamiento basado en medios y fines. Deseamos tomar decisiones por nosotros mismos porque también deseamos satisfacer nuestra capacidad de autoevaluarnos, de considerar qué motivaciones queremos tener y qué tipo de personas anhelamos ser. Este ideal se encuentra en la base de una concepción de autonomía defendida por muchos teóricos recientes, que suele llamarse la teoría jerárquica de la autonomía. Según estos pensadores, la autonomía es un deseo de segundo orden, una forma que tenemos de aceptar o rechazar nuestros deseos y propósitos. Así que el valor que le concedemos a la autodeterminación no se basa necesariamente en la promoción de nuestro propio bienestar. A veces deseamos tomar decisiones por nosotros mismos aunque sepamos que existen otros que tienen mejores elementos para emitir un fallo más adecuado. Esto puede generar un conflicto entre los valores de la autodeterminación y el bienestar personal, pues es perfectamente posible que un individuo maduro decida de manera que afecte su bienestar.
Creo que la cualidad que acabo de esbozar de la autonomía puede respaldarse con buenas razones y que el ambiente cultural no es (aún) abiertamente hostil a su acogida. Pero me interesa mencionar por último algo que considero mucho más importante. Se trata de un asunto muy amplio que no podría abordar como se debe en este momento. No tenemos que ni debemos sucumbir al desencanto de la cultura posmoderna. Pero ello no implica dejar de ser críticos ante la modernidad y sus proyectos. Y en mi opinión, no creo que haya crítica más pertinente (e incluso urgente) de la cultura moderna que la que señala que el proceso de deshumanización que conduce al crimen y a la injusticia sigue desarrollándose en muchos elementos de las sociedades posmodernas. Me parece que una moral posmoderna, o “moderna crítica” o como se la quiera llamar puede encontrar en la diversidad y el debilitamiento del concepto de autonomía una buena oportunidad para reponer un concepto de heteronomía, e incluso para reivindicar ese concepto como fundante y precedente de la autonomía. Una moral que cuestione nuestra autonomía, que descentre el sujeto y haga prevalecer la responsabilidad por los otros sobre la libertad negativa. Y, sobre todo, retomando las palabras de Latapí Sarré, una moral que sea conciente de nuestra indigencia radical y que no pretenda que la existencia humana es plenamente comprensible o sintetizable. La moral moderna y su herencia fragmentada nos presenta una imagen del “otro” como alguien que debemos respetar en la medida en que es como nosotros: comparte nuestra humanidad, posee autonomía como nosotros, derechos como uno, etc. Incluso la “empatía”, también muy mencionada en la educación moral de hoy, se caracteriza comúnmente como una cualidad activa del sujeto autónomo, quien es capaz de abandonar su perspectiva y adoptar la del otro. Pero la heteronomía del otro, la alteridad absoluta del otro implicaría aquí una moral no condicional o contractualista, sino imperativa e incondicional; no confiada en la razón y la empatía sino una que se rinde ante la mirada del otro y que, antes que la empatía, exige la escucha del otro. La autonomía no será entonces condición de posibilidad de la moral; será la heteronomía la que nos desafiará a ejercer nuestra libertad: el reconocimiento del otro, del valor, de aquello que no podemos instrumentalizar. Decía E. Levinas que  “El Otro es más allá y antes de toda relación”. Y pienso que algo similar debe ocurrir en cualquier apreciación de valores en otros campos, como la estética y la religión. Sin una capacidad de contemplación no posesiva de lo que es valioso no somos capaces verdaderamente de percibir ningún valor.

La idea de mi charla fue exponer el individualismo posmoderno como un fenómeno cultural que reduce al absurdo la idea moderna de autonomía y cuestiona el sentido de la enseñanza moral de hoy. La conexión entre autonomía y moral ha perdido fuerza y en su lugar nos hemos quedado con una idea de autonomía estrictamente procedimental, valorativamente neutra, de aspecto ramplón pero de efectos corrosivos. Me parece que la solución no tiene por qué ser abandonar por completo el discurso moderno de la autonomía y posmodernizar irreflexivamente la educación moral. Propuse por último rescatar ciertos aspectos de la idea de autodeterminación que aún me parece válidos y mencioné la oportunidad actual para desplazar la importancia exagerada que se concede al concepto de autonomía mediante la reivindicación de (algunas formas de) heteronomía. Se trataría de gestar un saber que parta de la experiencia de la no autosuficiencia, que procure que las diferencias decanten la alteridad. Una pedagogía posmoderna puede al mismo tiempo respetar la diversidad y recuperar un sentido del misterio; combatir la indiferencia nihilista, oponerse a la violencia y sanar el sufrimiento.

jueves, 20 de octubre de 2011

Amor verdadero

Para la guera, una perrita que amamos y que perdimos.
Todas las grandes historias de amor terminan en tragedia y casi siempre demasiado pronto. Madame Bovary ingiere arsénico y muere al poco tiempo después de que sus dos amantes la abandonaran y de dejar en la ruina a su esposo y a su pequeña hija. Ana Karenina, a punto de arrojarse a las vías del tren tras el rompimiento definitivo con Bronsky, su amante, recapacita por un segundo respecto de la locura que está a punto de cometer, pero es golpeada por el tren y muere al instante. Madame Butterfly, al enterarse de que Pinkerton, el oficial estadounidense que se casó con ella bajo el rito Goro japonés (el cual Pinkerton no tomó en serio)  ha vuelto a Nagasaki pero casado y con familia, le pide a su criada que le lleve a su pequeño hijo, fruto de su amor con Pinkerton, a su habitación para “despedirse” de él con un beso y después, se quita la vida con un cuchillo.
Podríamos seguir enumerando grandes obras dela literatura universal cuyo tema central es el amor apasionado por alguien que se vuelve el centro de nuestras vidas, pero no es este el asunto que nos toca ahora, sino el de otro tipo de amor, igualmente apasionado, pero no egoísta, sino sincero, puro e incondicional. El amor que uno puede llegar a sentir por un perro (o perra) y que es, además, un amor recíproco y fiel, donde los haya. A lo largo dela literatura, desde Homero hasta nuestros días, encontramos historias bellísimas y enternecedoras entre los perros y sus dueños que nos mueven a preguntarnos cómo puede haber quienes maltraten o abandonen a su suerte a estos fieles compañeros nuestros.
Sólo pondré una muestra. Kashtanka, el gran cuento de Chéjov, narra la historia de la perrita de un ebanista que salía a trabajar con su amo todas las mañanas muy temprano, pero un buen día, al alejarse ambos demasiado de su ruta habitual y al haber entrado su amo a descansar un rato a una taberna, pierde el camino e regreso a casa. Es hallada por un cirquero quien la acoge amablemente en su humilde casa a donde llega muerta de frío y de hambre. El cirquero, quien tenía muchos otros animales, entre ellos un pato, a los cuales entrenaba para actuar toda suerte de trucos en el circo, le ofrece a Kashtanka una cama calientita y un buen plato de comida, igual que a todos los demás, por lo que la perrita se muestra muy agradecida y dispuesta a obedecer a su entrenamiento, llegándose a convertir en la estrella del circo.
Sin embargo, jamás olvida a su antigua familia y una noche, a punto de salir a escena, reconoce entre el público a su viejo amo, el ebanista, quien le silba y la llama por su nombre verdadero. La perrita corre en dirección a él, saltando por entre las butacas y la gente y llega a su encuentro moviendo la cola de alegría ymejor dejemos al propio Chéjov terminar la historia: “Media hora más tarde Kashtanka iba ya por la calle detrás de personas que olían a cola y barniz. Luká Alexándrich se tambaleaba e instintivamente, aleccionado por la experiencia, procuraba mantenerselejos de las zanjas. -En el abismo de mis entrañas anida el pecado...-balbuceaba- Y a ti, Kashtanka, no hay quien te entienda. Comparado con el hombre, eres como un mal carpintero frente a un buen ebanista. A su lado caminaba Fiédiushka, el hijo del carpintero, tocado con la gorra del padre. Kashtanka miraba las espaldas de ambos, le parecía que hacía ya mucho que iba detrás de ellos y se alegraba de que su vida no se hubiese interrumpido ni por un instante. Recordaba el cuartito del empapelado sucio, el ganso y Fiódor Tímoféich, las sabrosas comidas, las, lecciones, el circo... pero todo eso no era ahora para ella sino una pesadilla larga y confusa”.
Escribo esto con un profundo dolor en mi corazón, porque hoy se extravió nuestra perrita, la guera,  que apenas hace un mes recogimos de la calle. Desnutrida, deshidratada y con una pata enferma, estaba recuperándose rápidamente con nuestro amor y cuidados. Era mi compañera en las caminatas matutinas y en los paseos vespertinos. Su semblante se iluminaba y no dejaba de mover la cola cada vez que me veía llegar con la correa en mano. Sus ojos, de un color maple precioso, irradiaban luz al verme acercarme. Esta mañana mi hijo y yo peinamos toda el área que solíamos recorrer juntos con la esperanza de que algún vecino le hubiese visto. Nada. Preguntamos a los jardineros de los parques, a los vendedores e periódicos y, en fin,  a todas las personas que encontrábamos cada mañana la guera y yo al salir de paseo. Nadie la había visto hoy.
No puedo expresar con palabras lo que siento en este momento. Sólo espero que quien la encuentre, le prodigue el mismo cariño que yo y que ella, en sus sueños perrunos, guarde un buen recuerdo mío y, si es posible, que vuelva con nosotros., porque no puedo evitar soltar el llanto al ver sus dos platitos vacíos. El amarillo, para la comida. El verde, para el agua. Yo no sé si este tipo de amor sea lo más parecido al amor puro, pero sí sé algo: un amor así, es para siempre.

Teresa de Jesús Padrón Benavides
Otoño, 2011

martes, 13 de septiembre de 2011

MATAR COMO SI NADA


Cualquiera que derrame la sangre de un hombre,
por el hombre será también derramada su propia sangre,
pues Dios creó al hombre a su propia imagen.
Génesis 9:6

En el libro Eichmann en Jerusalén (un estudio sobre la banalidad del mal) de 1963 de la filósofa alemana de origen judío, Hannah Arendt, se nos narra, entre otras cosas, las causas del Holocausto, la naturaleza de la función de la justicia, la urgencia de un tribunal internacional que juzgue los crímenes de lesa humanidad, pero, antes que todo, es un estudio respecto de la personalidad de uno de los actores más macabros del nazismo: Adolf Eichmann, quien fue llevado a juicio en Jerusalén, tras ser capturado en Argentina, en donde vivía una vida plácida y tranquila.
Eichmann, lugarteniente y teniente coronel de Hitler, fue, entre otras cosas, la figura central en la logística y operación del traslado de millones de judíos hacia los campos de exterminio nazi. Después de la guerra logró huir de Alemania con un pasaporte falso expedido por la Cruz Roja Internacional y se refugió en Argentina en donde trabajó para Mercedes-Benz hasta que fue capturado por la policía secreta israelí, que lo llevó a juicio y finalmente a la horca en 1962 por crímenes de lesa humanidad. Analizando en detalle su vida, desde la infancia, vemos que ésta fue una sucesión de trabajos sencillos, de los cuales pudo ir ascendiendo de puesto como cualquier burócrata que hace bien su trabajo. En 1933 se une al partido nazi en el cual también escaló desde líder de escuadrón hasta jefe de operaciones logísticas en la llamada “solución final”, el exterminio masivo y sistemático de millones de judíos europeos en las cámaras de gas.
La vida de Eichmann pues, vista por él mismo y por muchos de sus colegas nazis (pero no sólo por éstos) fue una vida dedicada al trabajo y al servicio de su patria y de su partido. Es decir, un “hombre ordinario” que se casó, tuvo hijos, un “trabajo”, para el cual resultó bastante bueno, por cierto y quien jamás se arrepintió ni dio muestras de remordimiento o de vergüenza, ni siquiera durante su captura y juicio en 1961 de donde fue conducido a la horca al año siguiente. Las últimas palabras que Eichmann pronunció antes de su condena resumen mejor que nada esta “banalidad del mal” de la cual habla Hannah Arendt en su libro: “Larga vida a Alemania. Larga vida a Austria. Larga vida a Argentina. Estos son los países más cercanos para mi y los que jamás olvidaré. Tuve que obedecer las reglas de la guerra y de mi país. Me duelen mi esposa, mi familia y mis amigos. Estoy listo. Nos veremos pronto de nuevo, como es el destino de todos los hombres. Muero creyendo en Dios”. (Las cursivas son mías).
Un hombre nace en ciertas circunstancias sociales y políticas, en cierto lugar del mundo, le inculcan una ideología fascista y excluyente, le educan para funcionar como una pieza clave del engranaje nacionalista de un país que busca desesperadamente un chivo expiatorio a quien culpar por todos sus fracasos y sus errores pasados para, sobre esa idea, justificar los más atroces crímenes contra un pueblo hasta lograr su exterminio total para “librar a la nación de un cáncer que corroe sus entrañas” y así “ver renacer una nación fuerte, libre y justa”. Este hombre vive su vida “normal”, se comporta a la altura de las circunstancias, cumple órdenes y realiza su trabajo lo mejor posible. Un buen día, las aguas se agitan, huye de su país, sigue viviendo su vida “normal” (sólo que bajo una falsa identidad) hasta que es capturado al otro lado del mundo por la Mossad (policía secreta israelí) y sentenciado a la horca por crímenes de lesa humanidad.
¿Qué pasa por la mente de alguien que mata con tanta frialdad? ¿En verdad “piensa”? Matar a cientos a miles como si fuera un acto cotidiano, trivial. “Hacer el trabajo. Cumplir órdenes” y seguir viviendo una vida “normal”.  Según Hannah Arendt, “El mal triunfa sobre el bien cuando es capaz de eliminar en los otros la capacidad de pensar, de evaluar, de ponderar moralmente sus acciones. Esa cancelación del pensamiento se extiende entre nosotros y se arraiga muy hondo, hasta crear una crisis moral en donde el bien y el mal son subjetivos. Y una crisis de Estado, es una crisis moral”.
Utilicé el caso e Eichmann como pretexto para plantear la crisis moral que vivimos actualmente en el mundo, pero sobre todo, para asociarlo a un acontecimiento brutal que ha cimbrado a México recientemente, el crimen contra civiles en el casino Royale de Monterrey. Cuando intento imaginar la frialdad, la premeditación, la trivialidad con que los asesinos realizaron una serie de actos aparentemente “normales” como cargar gasolina, transportarla, vaciarla, prender un cerillo y arrojarlo en un lugar público y lleno de gente, salir corriendo del lugar e informarle a su jefe que “ya se hizo el trabajo .Ya cumplimos sus órdenes.”
Quiero pensar que estos tipos estaban completamente fuera de sí, desconectados de la realidad, bajo el influjo de estupefacientes capaces de desactivar completamente los mecanismos cerebrales que activan el pensamiento, porque si no fuera así, si lo hicieron en sus cinco sentidos, quiere decir que el mal ha triunfado sobre el bien, como dice Arendt en su libro, porque ha eliminado nuestra capacidad de razonar, de sopesar nuestros actos moralmente y esta realidad no puede sino provocarnos un miedo terrible porque estamos completamente desprotegidos y a merced de seres irracionales, para quienes matar o comer son lo mismo. Seres para quienes una vida humana tiene el mismo valor que el de una cucaracha, o el de un animal ponzoñoso al que simplemente hay que eliminar.
Eso pensaban los nazis de los judíos. Que había que borrarlos e la faz de la tierra por que eran los causantes de todos los males de Alemania. Por supuesto que su odio exacerbado era totalmente infundado y se fue cocinando lentamente a través de una maquinaria propagandística espectacular y de un gran despliegue de poderío militar y unos discursos acalorados de Hitler. Además, estaban el hambre y el miedo, que son dos acicates muy poderosos para alimentar los prejuicios y el odio racial. Pero,  ¿y en México? ¿Cuáles son los orígenes de esta crisis moral? ¿De dónde nació tanto odio, tanto encono y tanta maldad? ¿En qué momento empezó a gestarse esta maquinaria criminal que ha desembocado en miles de muertes y cuyas víctimas somos, sobre todo, la sociedad civil? ¿Quién es el enemigo? ¿Cuál es su rostro, su nombre? ¿Cómo enfrentarlo? ¿Con qué armas? Tal parece que no hay respuesta. El Estado, cuya principal función debiera ser la de protegernos, no nos da respuestas convincentes. Nos habla de “el mal” como un ente metafísico, ontológico que se ha cernido sobre nosotros y no como algo real, tangible, mundano. Y eso es una muy buena coartada para evadir la responsabilidad no solo del Estado, sino de cada uno de nosotros como miembros de una sociedad que ha permitido que prosperen en México la desigualdad, la injusticia, la ignorancia, la impunidad y la corrupción.
En México el enemigo está en casa, duerme con nosotros, comparte nuestra mesa. Lo hemos convidado a instalarse en nuestras vidas y parece que llegó para quedarse. Le hemos dado licencia al crimen en cada acto de omisión que hemos cometido. Al evadir nuestra responsabilidad individual y colectiva en la construcción de una sociedad democrática, justa, igualitaria, solidaria. Al no querer enfrentar una realidad nefasta, evadiéndonos con todos los recursos que tenemos a mano, al no querer ser mayores de edad y culpar a “papá” Estado de todo lo malo que nos pasa. Los acontecimientos recientes debieran ser más que suficientes para asumir nuestra responsabilidad, comenzar a concebirnos como parte del engranaje social de un país que atraviesa por una de las peores crisis de su historia reciente y echar mano de todo los medios posibles para reeducarnos en una cultura del respeto por la vida humana de cada una de las personas que vivimos en este país, sin distinción social, de raza, de credo, de ideología, de gustos o preferencias. Para dejar de lado nuestras diferencias y vencer al enemigo común, que es la estupidez, la ignorancia, las estereotipos y los prejuicios. Y el primer paso es dejar de culpar a los demás por el estado de cosas al que hemos llegado y comenzar a hacer conciencia de que somos parte de un todo y que cada acción o cada omisión individual afectan a la colectividad y se reflejan en lo bueno o lo malo que ocurre a nuestro país. Debemos comenzar a considerar las causas y las consecuencias de nuestra manera de pensar y de vivir y hacer algo al respecto antes que sea (si no es que ya es) demasiado tarde

Teresa de Jesús Padrón Benavides

miércoles, 3 de agosto de 2011

Responsabilidad colectiva y educación





“No odies de corazón a tu hermano, pero corrige a tu prójimo, para que sus pecados no recaigan sobre ti”
Levítico 19:16
“¿Cómo podré ver la desgracia de mi pueblo y la ruina de mi gente y no hacer nada al respecto?
Ester 8:6
“No te apartes de las necesidades de tu comunidad”
Pirkei Avot 2:4






Mientras los columnistas de cientos de periódicos opinan sobre la reunión del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad con los diputados y senadores, la injusticia, la desigualdad, el crimen, la corrupción y la impunidad continúan reinando en México. En el diario La Jornada del 1 de agosto, se lee que los legisladores acaban de asignar a empresas privadas la estrepitosa cantidad de 250 millones de pesos para “necesidades varias”, como espacios en radio y t.v., entre otros. Más abajo, una nota que debería avergonzarnos como sociedad: 3.3 millones de jornaleros ganan un mísero salario de entre ¡680 y 1,329 pesos mensuales! Un poco más adelante: En Guerrero, Oaxaca y Chiapas 1 de cada 3 personas viven en pobreza extrema; Nuevo León, Baja california Sur y el D.F. registran la misma cifra pero en pobreza “moderada”.



Todos los días, miles de compatriotas de los estados del sur junto a miles de indocumentados centroamericanos intentan llegar a la frontera Norte con la esperanza de hallar un trabajo que les permita acceder a una vida menos denigrante, menos inhumana. En el trayecto, muchos son vejados, secuestrados, violados e incluso encuentran una muerte terrible. Por otro lado, vemos cómo nuestros representantes ante el Estado, a quienes nosotros dimos un voto de confianza para que llevaran a la mesa de discusión los problemas que aquejan a nuestras comunidades y hallaran soluciones a los mismos, se olvidan de sus promesas y en cambio, gozan de privilegios que rayan en el descaro, en la burla y en la ignominia. Vemos, con rabia y con impotencia, cómo pactan con los empresarios poderosos, con los líderes sindicales corruptos e inamovibles (como la Gordillo), cómo venden el país al mejor postor y se embolsan los recursos que, en teoría, deberían pertenecer al pueblo entero.



Asistimos a diario a notas periodísticas en donde Elba Esther y sus allegados más cercanos, alardean de su poder y de su influencia ante los ojos atónitos de un pueblo cada vez más ignorante, más inculto y, por lo tanto, más débil e indefenso. La educación que se imparte a nuestros hijos y que pagamos con nuestro trabajo, en manos de maestros reprobados en los exámenes de CENEVAL (4 de cada 6 reprobaron los exámenes, y muchos no se presentaron ni siquiera a uno de los cursos o talleres que se les impartió). Pero, ¿qué les importa a los maestros? Son agremiados del sindicato más fuerte del país y no se les negará el acceso a una plaza por aprobar o reprobar un examen, sino por “pagar sus cuotas” al sindicato a tiempo. El SNTE tiene más de 65 años de existir gracias a sus alianzas con el partido hegemónico (o al que se le vea trazas de ganar) y lo que menos le ha importado a sus líderes y agremiados es la educación. Continúan con el viejo modelo educativo al más puro estilo cacique.



La educación de calidad es el pilar sobre el cual se sostiene una democracia con justicia e igualdad. Pero nosotros, ocupamos, según la OCDE (organización para la cooperación y el desarrollo económicos) el deshonroso último lugar en educación de entre los 30 países pertenecientes a dicho organismo abajo incluso de Grecia, Turquía, Chile y Uruguay. Por no hablar de que somos el país que menos invierte en investigación científica y tecnológica (menos del 0.04 % del PIB), mientras que en países también en vías d desarrollo como Brasil, se invierte el 1% del PIB aunado a la participación de la industria en apoyo a la educación, caso inexistente en México. Así las cosas, con maestros reprobados enseñando lo que no saben a millones de niños mexicanos, con fugas de cerebros de nuestros investigadores y científicos por la falta de apoyos e incentivos para sus proyectos y con la lideresa del SNTE pactando alianzas sucias con cualquier partido en época pre electoral, nuestros niños y jóvenes tienen un futuro muy poco alentador.



La corrupción mata. Y la corrupción ha permeado a todas las áreas del quehacer mexicano. Desde la política hasta la educación. Sin una educación de calidad, con maestros preparados no sólo en sus diferentes áreas, sino con un nivel de cultura general alto, con una formación académica sólida y con valores bien arraigados, México simplemente no avanzará por buen camino. Vemos con tristeza que la edad promedio de los delincuentes que a diario llenan las páginas de los periódicos oscila entre los 18 a los 23 años y no todos provienen de estratos sociales inferiores, sino de la clase media y peor aún, tienen estudios universitarios. Pero ¿de qué universidades salieron? ¿Quiénes fueron sus maestros? ¿Qué tipo de educación recibieron? ¿Quiénes han permitido, desde el poder, que individuos de lesa calidad humana y de una ignorancia absoluta en casi cualquier área, lleguen a dirigir nuestras universidades y no sólo eso, sino que incorporan a sus “filas” a muchos otros sujetos igualmente ignorantes y se adueñan de proyectos educativos forjados por maestros comprometidos y preparados? La corrupción. Los compadrazgos entre gobernantes y achichinques que ayudaron a que llegaran al poder y ahora exigen que se cumplan sus promesas de campaña.



Aunado a esto, las universidades exigen a sus maestros como requisito de contratación que estén titulados, sin importar de qué escuela “patito” hayan egresado. Como si el obtener un título en cualquiera de estas nuevas escuelas fuera sinónimo de saber realmente algo. En cambio, muchos maestros que carecen de un título, pero que los avala su experiencia profesional, sus conocimientos, su dominio del tema a enseñar, son rechazados de antemano y, salvo que tengan algún tipo de influencia, se les contrata.



Y los jóvenes cuya educación, para su mala fortuna, cayó en manos de “maestros” improvisados y advenedizos, egresan sin estar preparados para casi nada y con muchas deficiencias en las diversas áreas de su especialidad y, en consecuencia, no son competitivos. No sirven. No pueden aprobar exámenes en el extranjero ni acceder a becas en otros lugares pues no tienen las herramientas para tal efecto. Y peor aún, no encuentran un trabajo digno y en donde puedan aplicar lo que aprendieron. Entonces, vemos a universitarios vendedores de comida chatarra, repartidores de pizzas, conserjes en franquicias restauranteras, meseros… En fin, un panorama desalentador y muy triste. Muchos de ellos, caen víctimas del encanto del dinero rápido y en grandes cantidades y la única vía para obtenerlo es el crimen. Y así, vemos a diario en los encabezados de los principales diarios del país en donde se narran los pormenores de la lucha anti narco, rostros jóvenes con miradas extraviadas, como viendo hacia el vacío, hacia la nada.



Y es hacia la nada a dónde hemos enviado a nuestros jóvenes. Todos, sin excepción, hemos sido y somos responsables de lo que esos jóvenes son hoy en día y del estado de cosas tremendo en que nos hallamos. Porque hemos permitido que la corrupción se instale en nuestra vida como algo cotidiano. Con pequeños actos a veces involuntarios, pero otras premeditados. Como no levantar la voz ante las injusticias; no exigir rendimiento de cuentas a los funcionarios (a cambio de favorcillos recibidos o por recibir); no acusar públicamente actos de corrupción dentro de nuestros centros de trabajo, de nuestra comunidad, de nuestro estado y nuestro país. Como aceptar que haya monopolios en los medios masivos que no permitan acceder a programas educativos y de calidad y, en cambio, seguir contratándolos bajo el pretexto de que “no hay otra cosa”; como tolerar que la riqueza del país esté en manos de unos cuantos mientras millones viven con un salario mísero; como permitir que las universidades públicas y privadas, estén sujetas a los vaivenes políticos y que cada cambio de sexenio, haya un despido masivo e injustificado de maestros y sean sustituidos por oportunistas, advenedizos e ignorantes a quienes les importa un bledo la educación y sólo la ven como una oportunidad de engordar sus bolsillos.



Si somos incapaces de entender la conexión entre la falta de educación de calidad, la pobreza, la corrupción y el crimen, estamos negando el problema de fondo. Para que un país sea fuerte económicamente, sus miembros deben se personas educadas, preparadas y con experiencia en su área de conocimiento. Pero, es tarea del Estado, de los empresarios, de la iniciativa privada, de los inversionistas y de los gobernantes elegidos legítimamente por los ciudadanos, garantizar que dichas personas, accedan a un empleo digno, bien remunerado, con prestaciones de ley, con posibilidades de crecimiento profesional y personal y con permanencia en él. Si este escenario no existe, los egresados seguirán engrosando las filas del crimen, único “empleo” accesible para ellos. Sin educación no hay evolución (ni revolución). Pero primero “hay que comer que ser cristianos” dice el refrán. Entonces, ¿cómo va a querer ir a la escuela un niño o un joven que carece de o mínimo indispensable para vivir? Preferirá trabajar. Y si no hay empleo para alguien “preparado”, mucho menos para él. Entonces le entrará “a lo que sea”.



Una sociedad democrática debe garantizar primero, la seguridad de sus individuos y segundo, el acceso a una vida digna en todos los ámbitos, desde el profesional hasta el cultural; desde el educativo hasta el laboral. Si las instituciones que nos representan están podridas en sus raíces, si los gobiernos corruptos siguen pactando con líderes sindicales poderosos y con los criminales y la sociedad civil no despierta y se organiza para formar un frente común contra ellos, el rumbo del país irá en reversa. No somos islas. Somos parte de un todo llamado México. Si nos dedicamos sólo a ver por nuestros intereses y no nos concebimos como parte de una comunidad, en donde cada acto individual tiene efectos positivos o negativos para los demás y para nosotros mismos, no estamos siendo democráticos. Si nos quedamos cruzados de brazos viendo cómo se hunde el barco frente a nosotros, tarde o temprano nos hundiremos con él, puesto que todos somos sus pasajeros.



La apatía y el desinterés ante las necesidades de los otros, es decir, del prójimo, es la prueba fehaciente de que no nos concebimos como una colectividad, como una sociedad y, por lo tanto, no somos ni seremos jamás un país fuerte, libre y seguro. Pero para concebirnos así, tendríamos que ser personas conscientes de nuestra responsabilidad individual y colectiva. Y eso sólo es posible en sociedades en donde la educación de calidad es una prioridad. Y evidentemente en México, no es el caso.



Teresa de Jesús Padrón Benavides

lunes, 11 de julio de 2011

CUIDAR LA CASA









“Y tomó Dios al hombre, y lo llevó al jardín de Edén, para cultivar la tierra y cuidar de ella”.
Génesis 2:15

Hoy por la mañana, mientras leía algunos de los encabezados de los periódicos nacionales por internet, me topé con una nota triste, desalentadora y que me inspiró a escribir esto. México es uno de los 3 países con mayor grado de deforestación y deterioro ambiental en el mundo. Me puse a hurgar en nuestros orígenes pre y post colombinos y la única respuesta convincente que hallé es que los mexicanos no amamos la vida, ni la nuestra, ni la de otros y, en consecuencia, la vida en general. Pero, ¿de dónde viene ese desprecio hacia la vida? Nuestra historia pre colombina nos habla de una cultura que, si bien respetaba hasta cierto punto la naturaleza, era más bien porque de ella obtenían los recursos para vivir y para curarse de ciertas enfermedades. Además, porque asociaban la naturaleza, sus elementos y su fuerza, con las deidades que veneraban y que, según creían, eran las responsables de las buenas cosechas, de la lluvia, etcétera.

Más tarde, con la llegada de los europeos, la evangelización y la “civilización”, la doctrina católica promueve, entre otras cosas, la explotación sin límites de los recursos naturales para beneficio de unos cuantos (casi siempre, curiosamente, miembros de su grey, o ciudadanos españoles que llegaron a hacer fortuna a este vasto y rico territorio) escudándose también en el libro del Génesis, sólo que un poco antes del citado aquí como epígrafe: “Dios bendijo al recién creado hombre y le dijo “Creced y multiplicaos y sometan la tierra y dominen sobre toda criatura viviente…” Este es el precepto bíblico bajo el cual se ha conducido nuestra civilización, en especial, aquí en México. Somos un país eminentemente católico y una parte muy importante de nuestro bagaje cultural, de nuestra visión del mundo, está imbuida de la doctrina de la Iglesia. Y en el discurso dominante de ésta, por lo menos en el que concierne a nuestro papel en el mundo, queda totalmente fuera la ecología y el cuidado al medio ambiente.

Esto, por un lado. Por el otro, la brecha abismal entre ricos y pobres y, por ende, la ignorancia y falta de oportunidades de ascenso social de millones de personas que carecen de lo mínimo indispensable para vivir y su contraparte, el despilfarro de unos cuantos miles que han sacado ventaja de sus vínculos con las instituciones (entre ellas la Iglesia católica, por supuesto), han permitido que en México hayamos llegado a un estado de cosas caótico en donde no hay lugar para la compasión, la tolerancia y el respeto hacia los seres vivos, incluso los humanos.

Esta alianza entre el estado y la iglesia, en un país como el nuestro, ha devenido en un desorden social, político, cultural y, por supuesto, natural que difícilmente habrá de revertirse, en la medida en que sigamos siendo ignorantes, egoístas y en la medida en que los beneficios de esta “tierra de la abundancia” sean sólo para unos pocos. La violencia en que estamos inmersos, es producto de todos estos años de corrupción de gobierno, instituciones, empresarios, líderes sindicales, etcétera, que han sumido al pueblo cada vez más en la ignorancia a través de los medios masivos que privilegian programas embrutecedores, de pésima calidad y nulo contenido cultural, para así tenerlo sometido a sus reglas que, curiosamente, siempre los benefician a ellos en este juego sucio de la “democracia”, entre comillas.

¿Y qué tiene que ver la política, la corrupción, la brecha social con la ecología? Pues mucho. Porque un país que permite que se despilfarren sus recursos naturales a beneficio de unos cuantos, que de concesiones a los poderosos para seguir devastando nuestra tierra sin permitir a los que menos tienen tener acceso a beneficiarse también de ella y así, mejorar su condición, seguiremos inmersos en el absurdo de la violencia y en un ambiente así, simplemente no hay lugar para el discurso ecológico. Lo que prevalece es la lucha por la sobrevivencia humana, no importan los costos naturales que ésta implique, ¿a quién le va a interesar cuidar los árboles o los perros, cuando hay que hallar el sustento del día siguiente?

El judaísmo, en cambio, es muy claro respecto del papel del hombre en el mundo. Para esta tradición, el versículo bíblico en el que hay que reparar para asumirnos como parte de la creación es, justamente, Génesis 2:15 “Y tomó Dios al hombre, y lo llevó al jardín de Edén, para cultivar la tierra y cuidar de ella” (nótense las cursivas). Este versículo impone sobre el hombre la gran responsabilidad de salvaguardar la vida en la Tierra y contribuir a su preservación, ya que es el hombre y sólo él, el único ser “racional” capaz de asumir tal reto. Pero también, el judaísmo pone al hombre en una posición privilegiada respecto de su relación con Dios, situándolo como el “intermediario” entre Él y la creación. Y esta posición implica, entre otras cosas, que el hombre tiene que vigilar muy de cerca que ninguno de sus semejantes se beneficie más que otro de esta creación, para que no surja entre ellos el descontento. Es decir, el hombre debe procurar que cada quién tenga acceso a una vida digna. He ahí el fundamento de una verdadera democracia. Muy lejos de la que tenemos nosotros los mexicanos.


Como podemos ver, hay una interpretación diametralmente opuesta en ambas tradiciones, la católica y la judía, respecto de cuál es o debiera ser nuestro papel en el mundo y de cómo debemos actuar en él para preservarlo, en todas sus formas.

Una ética ambiental debe partir del principio de que nadie tenemos derecho a devastar ecosistemas, a infligir dolor a los seres vivos o a contaminar en aras del progreso de nuestra especie bajo el argumento de que Dios nos dio “supremacía” sobre las demás. Si nos la dio, fue justamente, para utilizarla como los “guardianes” de la vida, en todas sus formas. Y eso, más que un privilegio, es una responsabilidad muy grande, pero una responsabilidad hermosa, ya que nos reitera que Yahvé nos eligió, de entre todas sus criaturas, para ser los “hermanos mayores” de la creación y, por lo tanto, protegerla, amorosamente, para el disfrute y la admiración de las generaciones por venir. Cuidar el planeta como cuidamos la casa. No permitiendo que alguien la deteriore, sino, al contrario, reparándola y embelleciéndola cada vez más, porque es nuestro hogar. Donde convivimos con quienes son especiales para nosotros, donde soñamos, donde hacemos planes, donde querríamos estar para siempre.





Teresa de Jesús Padrón Benavides



verano, 2011




martes, 28 de junio de 2011

Adiós a una Ceiba verde




“Nudos amargos duelen en tus maderos, encina verde,
Que tus contornos te quieran, que te respete la muerte…”
Joan Manuel Serrat





Los antiguos mayas creían que la una gran Ceiba enraizada en el centro de la tierra conectaba el mundo espiritual con el terrestre. Pensaban que sus largos brazos cubiertos de hojas servían de escalones entre el cielo y quienes intentaban ascender a él. Además, creían que el espíritu de la Ceiba era indomable, puesto que, aún después de talados los bosques, siempre persistía, enhiesta y frondosa, una gran Ceiba. Aún hoy, no es raro observar, en medio del campo sembrado, o de una plancha de adoquines o cemento, erguida, bella, y exuberante, una Ceiba.




En esta hermosa y húmeda mañana de verano, mientras bebo mi primer café y escucho las noticias del mundo por Internet, observo a través de la ventana las plantas de mi jardín, aún mojadas por la copiosa lluvia de ayer por la noche, exhalando deliciosos aromas y sirviendo de alimento a unos cuantos revoltosos colibríes que se disputan el néctar de sus flores (campanitas).
No puedo evitar pararme de mi silla e ir a contemplar el espectáculo. Suspiro profundamente y me pregunto si no será esta sensación tan placentera lo más parecido al paraíso. Salgo repentinamente de mis cavilaciones al escuchar, a través de la radio de la BBC, una entrevista con el Doctor Osvaldo Canziani, premio Nóbel de la Paz por sus contribuciones a tratar de frenar el cambio climático.




El doctor Canziani comienza diciendo algo muy cierto: Independientemente de los esfuerzos que hagan los gobiernos de los países por reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, de implementar políticas para sancionar a las empresas que contaminen, etcétera, nosotros, cada individuo como habitante de este planeta, tenemos una RESPONSABILIDAD ÉTICA con su preservación y, por ende, con cada una de las especies que lo habitan (y eso, por supuesto, incluye a los animales, los árboles y las plantas).
Es decir, las consecuencias devastadoras para el planeta, producto del cambio climático, no son sólo producto de la contaminación provocada por las grandes industrias, sino de cada persona individualmente, cualquiera que sea su función, desde ejecutivos hasta amas de casa, pasando por estudiantes, obreros, burócratas, artistas, intelectuales, maestros, padres de familia, en fin. Todos y cada uno de nosotros debemos asumir nuestra parte de culpa en el deterioro de la Tierra y actuar en consecuencia. Hallar la manera de, cualquiera que sea nuestro quehacer, encaminarlo (por lo menos un poco) a cumplir con ese compromiso ético para con el planeta. Un artista plástico, podrá montar una exposición cuyo tema central sea, por ejemplo, la tala indiscriminada; un burócrata, fomentará desde su lugar de trabajo el reciclaje, llevándose a casa las latas de refresco de sus compañeros (incluso cuando lucre con ellas) y, así, podrá el ejemplo entre los demás, quienes también querrán sacar algún provecho con ello.




Algunos lo haremos desde la trinchera del aula, independientemente cuál sea la materia que impartamos, dedicando un pequeño tiempo de la clase a discutir de estos temas con los alumnos. A escuchar sus inquietudes, sus ideas y a ayudarles a darles forma a manera de propuestas canalizándolas a las autoridades a manera de un artículo, un ensayo, una petición, ó, incluso, una protesta abierta y directa hacia “quien resulte responsable”, incluso si con ello ponemos en riesgo nuestra permanencia en la institución educativa a la que pertenezcamos.




Y es justamente en este punto en dónde retomo el hilo conductor de este trabajo, la Ceiba, “mi” Ceiba. Una institución de educación superior, se ha dedicado, en “aras del progreso, la modernidad y la calidad” (nótense las comillas) a “mutilar” árboles y flora endémica de nuestra región y que antes existían dentro de la escuela. Entre ellos una enorme, hermosísima y frondosa Ceiba bajo cuya amable sombra tantas veces di consejos extramuros a mis alumnos y sostuve amenas charlas con compañeros maestros. Es devastador. Es un panorama desolador e inmensamente triste. Inmensas placas de concreto y enormes y sombríos edificios en dónde antes había árboles, pasto, plantas, VIDA!!! Lo más alarmante, es que esto se dé en un lugar que debiera ser, por antonomasia, precursor del humanismo, el cual entraña, entre otras cosas, la preservación y cuidado de la Naturaleza: la universidad.




Podrá haber quienes argumenten que “los nuevos tiempos lo requieren”. Que cada vez hay más demanda educativa y que, por tanto, hay que darle prioridad a las aulas (claro, como los árboles no pagan colegiatura…) No, los árboles no pagan nada, porque nos dan todo. Todo lo que necesitamos para vivir. La fuente de vida, que es el agua, incluye en su ciclo vital a los árboles. De la abundancia o escasez de ellos depende que llueva mucho o poco en un sitio. De su presencia depende también, que el clima de una región sea o no extremadamente caluroso (como el que sufrimos en nuestra querida Cajeme).




Pero, este argumento de la escasez del agua en la región, podrá ser esgrimido también por los ingenieros, arquitectos, diseñadores de jardines autoridades escolares y “expertos” en la materia (como los ingenieros ambientales, cuya carrera cursan en esa escuela, por cierto) para justificar su barbarie. ¡Tonterías!
Todo mundo sabe que, a mayor forestación, más lluvia y, en consecuencia, más abasto de agua. Tenemos un gran sistema de captación de agua en el estado, pero si no empezamos por promover (con el ejemplo, claro está, que así es como se aprende, y a la escuela vamos, principalmente, a aprender), la cultura del agua (la cual incluye el NO TALAR ÁRBOLES, SINO PLANTARLOS), nuestra actitud de despilfarro no cambiará.



Tendemos a creer, erróneamente, que una escuela cuyo lema es la promoción y difusión de los vínculos comerciales, los negocios, la mercadotecnia, la competencia, es el lugar idóneo para que estudien y se “formen” nuestros hijos. Otra falacia. Para empezar los “valores” se enseñan en casa y se refuerzan en la escuela. Si la técnica no va acompañada de un humanismo, se convierte en automatización, en trabajo mecánico realizado por una especie de robots o androides completamente insensibles a lo que pasa a su alrededor.
Como maestra tengo un compromiso ineludible para con mis alumnos y es el de transmitirles ambas cosas. Conocimientos prácticos y valores universales, imperecederos, cono el respeto a la Naturaleza, aun si esto implica ir en contra de las “políticas de la empresa”. Una escuela no es ni debe ser una empresa. Una universidad debe ser eso mismo, un “universo” de conocimientos. La técnica sí, pero también el humanismo y éste, como dije antes, entraña el respeto por la vida en todas sus formas, los árboles incluidos.



Mi compromiso es no sólo para con mi hijo, con mis alumnos, con mis amigos o mi familia. Mi deber es también para las futuras generaciones, es decir, para la posteridad. Para que no se agote la vida en la Tierra, nuestro hogar, el único lugar posible para la vida.






Teresa de Jesús Padrón Benavides

domingo, 22 de mayo de 2011

Canción de boda




A Hector Islas Azaïs
Y a Bob, en su 70 aniversario


I Love you more than ever, more than time and more than love
I love you more than money and more than the stars above…
Bob Dylan, The wedding song



Hace más o menos 3 años Bob Dylan dio una serie de conciertos en las principales ciudades de México. Yo me puse muy triste por no haber podido ir a ninguno de ellos. He visto y escuchado en vivo a muchos de los mejores grupos y músicos de rock (Rolling Stones, David Bowie, entre otros), pero cambiaría cualquiera de ellos por una sola hora de música en vivo con Dylan.

Entre las cosas que más amo en la vida están la música y la literatura. Afortunadamente, he tenido oportunidad, a lo largo de los últimos 20 años, de expresarme a través de ambas, con relativo éxito (no comercial, pero sí personal, que es lo que cuenta). He escrito para periódicos, revistas culturales, he tenido programas de radio y he tenido 3 bandas de rock. Durante ese tiempo, he llegado a apreciar cada vez más a Dylan el poeta y a Dylan el músico. He descubierto que el resto de los músicos a quienes admiro, son todos, irremediablemente, “hijos” de Dylan.

En Dylan se sintetiza el ideal de letra-música que todo compositor se afana por alcanzar. Por supuesto que hay quienes lo han logrado también (Leonard Cohen, por ejemplo), sin embargo su influencia, aunque grande, no lo ha sido tanto como la de Dylan. ¿A qué se debe este fenómeno “dylaniano”? ) Mi opinión (y puede refutarse, por supuesto), es que Dylan ha tocado todas las emociones que nos mueven a actuar (desde el desencanto amoroso hasta la crítica política, pasando por el despertar religioso) de una manera en que nadie ha podido. Dylan es poesía pura. Sus canciones, incluso las más sencillas, son un tributo al lenguaje. Nos enseña que las palabras no tienen que ser rebuscadas, sino encajar cada una dentro del sentimiento que quieren expresar, para convertirse, ellas mismas, en emociones profundamente humanas.

Bob Dylan no es un gran cantante. Eso lo sabemos todos, sin embargo, a los “puristas” de Dylan (entre quienes me cuento), nos gusta Dylan con Dylan. Su voz, chillona y desafinada, es el complemento ideal de sus letras.
Bob Dylan significa mucho para mí. Sin su música simplemente no hubiese iniciado aquella prolongada charla (acompañada de tabaco y cerveza, por supuesto) con un muchacho que parecía llegado de otro mundo, como surrealista, y que habría de convertirse, poco tiempo después, en mi esposo.


En este momento, mientras escucho The wedding song (la canción de bodas) de Bob Dylan, recuerdo que hace quince años, poco más, me aventuré en la riesgosa empresa del matrimonio. Hoy, a la distancia, recuerdo el día de mi boda como la culminación de un proceso de aprendizaje personal que me llevó a cometer muchos errores (algunos de ellos con secuelas graves), pero que me sirvió, entre otras cosas, para crecer tanto intelectual como espiritualmente y quedar convencida de que, si algún día habría de dar el “gran paso”, sería por amor y para siempre.
Pero, intimidades aparte, Dylan significa no sólo para mí, sino para muchas personas, una especie de gurú; de guía espiritual en medio de un mundo materialista, en donde parece haber cambiado radicalmente el ideal de belleza clásico (bello= bueno y verdadero), por uno efímero, volátil y perecedero.


En Like a Rolling Stone, (el “himno”) de la generación de fines de los sesenta, por ejemplo, Dylan dice: “Once upon a time you dressed so fine, you threw the bums a dime in your prime, didn’t you…? Aduciendo a la frivolidad y a la banalidad de una mujer bella y joven que ha sido despojada de sus posesiones materiales y de sus atributos externos y no le ha quedado absolutamente nada, y sin eso no es nadie. Y ésta bien puede ser la metáfora de la vida actual, inmersa en lo absurdo del consumo desmedido y alejada completamente de los valores universales esenciales como la amistad, la confianza, el respeto, la solidaridad, la camaradería, la espiritualidad, etcétera.

Dylan en canciones como Desolation row aborda también de forma sublime y poética la soledad y la miseria humanas a través de conversaciones imaginarias entre las grandes figuras de la literatura, la poesía y el arte, en general, desde Cenicienta hasta Caín y Abel, pasando por el jorobado de Notre Dame, Betty Davis, Ezra Pound, T.S. Elliot, el Fantasma de la ópera, Robin Hood, Casanova….en fin, todos los epítomes de héroes, antihéroes, sex symbols y demás que convergen en esta “calle de la desolación” que es la vida misma y que, vistos desde afuera así, todos juntos, como fantasmas en una especie de tertulia imaginaria, resultan en una magistral comedia humana del absurdo.


En cuanto a la vida espiritual se refiere, el Maestro también, por supuesto, ha sido un constante buscador de “La Verdad”. Judío de nacimiento (recuérdese que su verdadero apellido es Zimmerman), cristiano por adopción (al menos durante un periodo), Dylan también reniega de su fe en un gran disco de los ochenta, “Infidels” (nótese el título), en donde aparece en la contraportada dándole “la espalda” a la Ciudad Santa (Jerusalén) y el título de la primera canción lo resume todo: Jokerman, o algo así como “charlatán” , hace una clara alusión a toda la parafernalia utilizada por los líderes espirituales de todas las religiones para manipular a las masas y apropiarse de sus vidas (y de sus almas). El desencanto religioso, lo compensa (¿con qué más iba a ser?) con la aventura amorosa que, es también, bien visto, una experiencia “mística”.

Podría mencionar también, por supuesto, la influencia de Dylan en el pensamiento de los movimientos sociales y políticos en los sesenta, pero de eso ya se ha hablado hasta la saciedad. Sólo diré que Bob Dylan, junto con Joan Baez, apoyaron a figuras como Rosa Parks, Martin Luther King, y muchos otros activistas sociales en su lucha por los derechos civiles.

Sólo quisiera compartir una última cosa. Dylan está presente en casi todos los aspectos de mi vida y mucho de lo que soy se lo debo, en gran medida, a su música. Si pudiese tener la certeza de que este pequeño tributo llegaría a sus manos alguna vez, me gustaría decirle: “Gracias Bob y felices 70…”










Teresa de Jesús Padrón Benavides
teresa_padron@hotmail.com

miércoles, 4 de mayo de 2011

La fruta prohibida




Y mandó Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás;
porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.
Génesis 2:16-17




Los hombres somos rebeldes por naturaleza. Todo se remonta a la creación, cuando el hombre (o, más bien, la mujer, Eva) decide que ha de trasgredir la Ley y da a Adán a probar del fruto prohibido. Los seres humanos, en nuestro afán de querer igualarnos a la divinidad, de alcanzar la inmortalidad, de conocer los misterios del universo, de dominar a los demás, desobedecemos. Rechazamos los límites, transgredimos las leyes, las normas, los preceptos. Si algo es prohibido, seguramente es bueno, pensamos. Si nos está vetado, por algo será. Desde niños, cuando nuestros padres nos negaban el acceso a tal o cual revista, a tal o cual película, a tal o cual programa de televisión, crecía en nosotros nuestra curiosidad morbosa y no cejábamos hasta hallar la ocasión de acceder a todo ese mundo “misterioso” sólo reservado para los adultos. Y entre más nos los prohibieran, más nos afanábamos en conseguirlo.


Pero, ¿de dónde nace esa inclinación hacia lo prohibido? Cuando Dios nos concedió la libertad de elegir entre el bien y el mal, cuando nos dio la capacidad de discernir, de sopesar, de medir las consecuencias de nuestros actos y nos dio un código ético, la Torá (la Ley), para tratar de vivir de acuerdo a éste. ¿Qué caso hubiese tenido que fuésemos obedientes por naturaleza? ¿Cómo demostraríamos a Dios nuestro amor por Él si no tuviésemos capacidad de elegir? Él nos dio un código. Cuando lo seguimos, estamos más cerca de Él. Cuando lo trasgredimos, estamos más lejos suyo.

Y como en nuestra naturaleza está el ansia de dominio, de poder, de sometimiento y de control sobre los demás (producto de nuestra indefensión yd e nuestro miedo a morir), pues nos erigimos en “amos y señores” aunque sea de nuestro pequeño “universo” (casa, trabajo, escuela, círculo de amigos) y no aceptamos vivir bajo ningún código que no sea el nuestro. Por lo tanto, no aceptamos someternos a ninguna autoridad superior. Transgredimos la Ley. Accedemos a lo prohibido y entre más obstáculos haya en el camino, más insistiremos en obtenerlo. Porque sólo así (creemos), le demostraremos al mundo que somos grandes, invulnerables, indestructibles. Sólo haciendo lo que nos de la gana, imponiendo nuestra voluntad sobre la de los otros, violando las leyes, nos haremos “respetar” y seremos como “dioses”. Porque además, queremos retar a la muerte, desafiarla, enfrentarla y ver hasta dónde somos capaces de llegar, porque sin ese miedo ante la proximidad de la muerte, muchos de nosotros no entendemos la vida. Sin el miedo a correr riesgos, la vida no tiene sentido, creemos. Queremos ver si somos, al menos un poco, inmortales.


Pero, por más que nos afanemos, jamás podremos alcanzar la inmortalidad, que es la madre de todos nuestros afanes. El hombre y la mujer, cuando quieren ser vistos, cuando quieren ser admirados y respetados, en el fondo lo que anhelan es no ser olvidados, no pasar por la vida sin dejar huella, porque creen (equivocadamente) que sólo así podrán permanecer “vivos”, al menos en la mente de alguien más. En realidad, lo que buscamos todos, el fin último de nuestra existencia, es el ser amados. Queremos que alguien al menos, nos ame y esté dispuesto a cualquier cosa por nosotros. En ese anhelo de ser queridos, amados, admirados, requeridos, indispensables, se nos agota la vida y cuando no podemos conseguirlo, recurrimos a todo aquello que nos haga olvidar esa incapacidad de hacernos querer. Y si aún así no lo conseguimos, recurrimos entonces a todo aquello que nos haga permanecer en un estado de inconsciencia y olvido, para alejar el temor al rechazo social, a las desgracias, a la indiferencia, a la muerte.

Y las drogas, sobre todo las prohibidas, nos dan esa posibilidad. Nos permiten, al menos temporalmente, ser plenamente felices. Olvidar nuestra condición de mortales, de finitos y sentir un placer máximo, como el que sólo debe ser posible en otro mundo, en otra parte. Por eso es que todos buscamos algún tipo de narcótico. Para unos es el sexo, el juego, las drogas, el alcohol (que dicho sea de paso, también es una droga, pero esa no está prohibida, aunque es la responsable de la mayoría de los accidentes automovilísticos mortales y de la mayoría de los casos de violencia doméstica). Porque esto es más fácil que someterse a un régimen de, por ejemplo, estudio. Es más fácil drogarse y olvidar que uno no es quien quisiera ser, que cultivarse, que estudiar celosamente, que aprender a dominar un instrumento musical, que alcanzar la perfección en alguna disciplina, en algún deporte, pero sobre todo, que llegar a amarse a uno mismo tal y como es. Porque, dominados como estamos por el modelo de belleza occidental, al cual no nos parecemos, para nada, y por los “valores” que hemos importado y adoptado de Occidente, sobre todo de Estaos Unidos, como la idea de que “eres lo que tienes”, nos resulta imposible aceptarnos diferentes a ese modelo. Y entonces, hay que recurrir al olvido. Y para eso están las drogas.


Pero como la mayoría de las drogas que nos hacen olvidar y caer en un estado de placer absoluto, de euforia, de alegría y de inconsciencia son prohibidas, comienza la pesadilla. La pesadilla que inició en 1937 con la prohibición de la marihuana en Estados Unidos y que trajo consigo el mercado negro. Esa es la raíz de la violencia que afrontamos hoy en día en México y en muchas otras partes del mundo. Pero no sólo la prohibición dio pie al surgimiento del narcotráfico. También la miseria y marginalidad en la que viven millones de personas, víctimas de un sistema corrupto que ha permitido que proliferen en México la injusticia, la discriminación, la falta de oportunidades a cambio de privilegiar sus propios intereses. Políticos, líderes sindicales, empresarios, jueces, jerarcas de la Iglesia, todos, sin excepción, han caído bajo el embrujo del poder que da el dinero y han permitido que el crimen se haya instalado en nuestro país. Porque la corrupción mata. Es como un cáncer que se expande rápidamente y daña todo el tejido social de un país. Y para extirparlo a tiempo, hay que mutilar el miembro infectado. El problema es que el miembro es ya todo el cuerpo. El cuerpo de México está casi totalmente infectado.


México, para nuestro infortunio, es el punto intermedio entre el principal exportador de droga y entre el principal consumidor. Mariguana y cocaína, son las “frutas prohibidas” más codiciadas entre los ávidos consumidores del país “más poderoso del mundo”. Y si lo entrecomillo es justamente, porque el poder de los países se mide en términos de su capacidad de defensa militar y de su riqueza, aunque Estados Unidos también hay muchos pobres (sólo el año pasado, los estadunidenses viviendo en pobreza extrema eran 45 millones). Y la pobreza es el peor de los flagelos sociales y es caldo de cultivo para la violencia. El narco, para muchas familias, representa una fuente de empleo, una forma de vida y una práctica muy arraigada en sus culturas. Si todas esas personas hubiesen tenido acceso a una mejor calidad de vida, en todos los aspectos, no hubiesen sido orilladas a buscar el sustento en esas prácticas. Entonces, las ganancias que representan el tráfico y el comercio de esta “fruta prohibida”, aunado al aumento sustancial en el número de consumidores en ambos lados de la frontera, han desembocado en la terrible situación actual.


Porque la gente quiere ser feliz y va a recurrir a cualquier cosa que le de acceso a la felicidad. Las drogas, nos dicen, son malas. No es cierto, la gente se droga porque se siente muy bien, aunque haga mal. Y entre más ilegal sea, más bueno debe ser. No estoy diciendo que legalizar sea la solución. Carezco de bases suficientes para tal afirmación, pero sí creo que a partir de la prohibición en los años 30, el tráfico ilegal de estupefacientes, en especial de mariguana, ha desembocado en la barbarie actual, de la que difícilmente lograremos salir, no sólo porque, como dije, las drogas representan un gran negocio para muchos países, sino por su calidad de “prohibidas”. Porque ese aparente “halo” de misterio (aunque cada vez esa más evidente su consumo), es lo que hace de las drogas sean deseadas, codiciadas, apetecibles, como la fruta prohibida del Génesis.



Teresa de Jesús Padrón Benavides
Primavera, 2011