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lunes, 13 de mayo de 2013

El desorden armónico de Gustav Mahler


A Hector, quien me ha conducido por estas armonías desordenadas
En la naturaleza conviven brutalmente el orden y el caos. Después de tormentas avasallantes, sale el sol y el cielo se aclara. Las nubes se disipan y reina la armonía. Las aves trinan sin cesar y la hierba verde cubre las colinas. El balance perfecto entre ambas fuerzas es lo que hace posible la vida. En la naturaleza humana ocurre lo mismo. La razón y la pasión (logos vs. pathos) son las dos fuerzas motoras que impulsan al hombre a actuar. El ansia por desentrañar al menos algunos de los misterios de la vida aunado al impulso primigenio de unirse físicamente con alguien, de fundirse con otro ser, son la maquinaria detrás de la creación artística, de la investigación científica, de la movilidad del mundo.
Y por cierto de creación artística, tal vez la música sea la más pura de todas las artes, la música absoluta, pues en ella se funden completamente el fondo y la forma, es decir, el contenido y la cualidad. Los estados anímicos que provoca el escuchar una pieza de música clásica, por ejemplo, son muy distintos a los de contemplar una pintura o ser espectadores de una obra de teatro. Aunque, por supuesto, no me refiero a toda la música.  Los niveles de abstracción y de rigurosidad presentes en una composición sinfónica, por ejemplo, son muchas veces inversamente proporcionales al estado de ánimo que provocan en quien la escucha.
De todos los compositores de finales del siglo XIX y principios del XX, es en Mahler en donde las fuerzas antagónicas a que me referí antes están presentes con más fuerza y con más exactitud. En Mahler no sólo la sinfonía alcanza dimensiones colosales, sino que sus composiciones contienen la vida, el mundo, el ser humano completo, tal cual es. El bien y el mal, la espiritualidad y la carne, el nacimiento y la muerte, la serenidad y el caos, la brutalidad y la belleza, la soberbia y la humildad, el dolor y el consuelo, la trasgresión y el perdón, la vulgaridad y lo sublime, el pecado y el arrepentimiento.  Y, al igual que en la naturaleza, en Mahler todas estas fuerzas vitales conviven en un “caos perfecto”, o en una “armonía desordenada”, si se quiere.
Gustav Mahler nació en Bohemia en 1860, en el seno de una familia judía. Ingresó en el conservatorio de Viena en 1875 en donde estudió con Anton Bruckner, otro gran compositor tardío romántico. Fue un pianista sobresaliente y en 1880 compuso su primera obra importante, Das Klagende Lied, (la canción del lamento), una obra muy compleja y que requería una orquestación muy grande. Ese mismo año debuta como director asistente en Bad Hall, Austria. Se desempeñó como director durante casi 20 años en varias ciudades de Europa con un reconocimiento y aceptación por parte no sólo de los críticos, sino del público y de los músicos. Sin embargo, el fantasma del antisemitismo ya rondaba Europa y Mahler renunció a la religión hebrea (que nunca guardó celosamente, pues era más bien laico, aunque su judaísmo se ponga de manifiesto siempre en sus obras) para ocupar uno de los puestos más importantes al que un músico de su época podía aspirar:  director de la Ópera Imperial de Viena.  Sien embargo, su prestigio como director no era proporcional al de compositor. Las obras a las que Mahler se consagraba en cuerpo y alma durante los veranos no gozaron en su época del reconocimiento que merecían. Mahler comenzó a ser víctima de una disimulada campaña difamatoria en la que ya estaba presente también el antisemitismo.
En 1902, a los 42 años, Mahler se casó con Alma Schindler, también de origen judío, a quien había conocido en Viena un año antes. Alma era la musa de varios artistas e intelectuales de la época. Su juventud, belleza e inteligencia la volvieron una de las mujeres más codiciadas de su época. Gustav Klimt la inmortalizó en uno de sus cuadros. Mahler no fue la excepción. Él también sucumbió a sus encantos y le propuso matrimonio a pesar de la diferencia de edades (Gustav era casi 20 años mayor que Alma). La vida de los Mahler es casi del dominio público y la historia de amor, de pasión, de celos y de sufrimiento que ambos escribieron, ha sido llevada a la pantalla en varias ocasiones, recientemente en una película llamada “Mahler en el diván”, en donde se pone énfasis, sobre todo, en las sesiones que el compositor sostuvo con Sigmund Freud, con quien acudió a terapia varias veces después de descubrir la infidelidad de su mujer con el joven y prominente  arquitecto Walter Gropius. No voy a profundizar en detalles acerca de la película, pero sí me gustaría señalar que la leyenda “mahleriana” puede servir como telón de fondo para comprender un poco al menos algunos aspectos de su música.
Mahler amó profundamente a su esposa y este hecho fue fundamental en algunas de sus más bellas composiciones. Y el sentimiento fue mutuo. Alma fue tal vez la primera en entender su música, en sentirla, en sufrirla y en vivirla. En una de las escenas más bellas de la película, mientras Mahler da a leer a su mujer la partitura del adagio de la quinta sinfonía (ella también componía e interpretaba el piano), ella, extasiada, con los ojos cerrados, a punto de estallar en llanto mientras él la contempla con una amorosa mirada le dice a su esposo: “Tú eres mi dios… vivo por ti, muero por ti… Jamás sentí cosas tan grandiosas como contigo… Sólo ansiaba estar junto a ti y amarte….Yo estoy en tu música, Mahler.”
Mahler murió a los cincuenta años, el 18 de mayo de 1911 en Viena, víctima de una aflicción cardiaca que venía aquejándole desde años atrás. Sus sinfonías son un viaje introspectivo, profundamente psicológico y fluctúan entre el optimismo y la desolación con toques de ironía. Esta combinación de tristeza y euforia, dieron como resultado algunas de las más grandes composiciones del romanticismo tardío y son la nota distintiva del músico. Sin embargo, casi todas sus sinfonías tienen un desenlace optimista, por no decir alegre. Yo más bien lo calificaría de esperanzador Tal vez una de las piezas musicales de Mahler que mejor ejemplifica lo anterior sea el adagietto de la Quinta sinfonía o, (mi favorita), el final de La canción de la tierra. Su música transmite toda la vulnerabilidad de la condición humana a través de una grandiosa musicalidad.

Teresa de Jesús Padrón Benavides, primavera, 2013

miércoles, 8 de mayo de 2013

Tan cerca y tan lejos


Ella decía: “Ya no dejaré de mirarte. Te miraré para siempre.”
Milán Kundera, La identidad

Martin Buber, el gran filósofo judío austriaco, en su monumental “Yo y tú”, dice que existen dos tipos de relación la del “Yo-Ello”, en donde me refiero a la otra persona como un "Ello", como una cosa. Lo considero como algo que está ahí delante de mí, como algo sobre lo cual pienso, algo que experimento o conozco, manipulo, deseo, o trato de ayudar o explotar. Si, por ejemplo, pienso para mis adentros: "Me pregunto cómo se siente ahora", entonces estoy en una relación Yo-Ello.
Al revés, en la relación Yo-Tú, hay una proximidad, una cercanía. Es una relación en donde ambos sujetos están juntos. Yo estoy contigo y tú conmigo. Puede ser no sólo una persona, sino cualquier ser vivo, un árbol, una planta, un animal, un paisaje natural. No trato de entenderlo, no lo utilizo, no lo experimento, no lo analizo ni lo examino desde “fuera”, desde “lejos”, sino que estoy absolutamente junto a él y no hay distancia que nos separe. Y aunque ambos continuamos siendo “individuos”, dos personas diferentes  (sino no existiría una relación entre nosotros), estamos plenamente uno con el otro. Esta proximidad, esta cercanía, implica “todo mi ser”, a diferencia de la relación Yo-Ello, en donde la otra persona se vuelve un objeto y mi relación con ella involucra sólo una parte limitada, sólo mi pensamiento, mi curiosidad, mi deseo, etcétera.
Para entender esta idea de Buber, podemos pensar en un momento especial, en que estoy sentado o recostado con mi amigo (a) o amante. No se dicen ni una sola palabra. No están tratando  de impresionarse uno al otro, de analizarse o de entenderse. Simplemente “están uno con el otro”. Ese encuentro puede ser también a contemplar un paisaje natural en todo su esplendor. No tratas de identificar los árboles o las planas y sus nombres. Simplemente te sobreviene un sentimiento de asombro (a state of awe), como se dice en Inglés y te fundes con la naturaleza, te vuelves uno con ela, con todo tu ser.
Sin embargo, cuando esa proximidad, esa cercanía es muy grande, se corre el riesgo de perder la identidad, el “Yo”, del que habla Buber. Es decir, cuando no existe ninguna distancia entre dos personas, la identidad del otro se disuelve en la nuestra y llega un momento en que ninguno de los dos se reconoce a sí mismo. Es como acercamos demasiado un objeto a los ojos, simplemente no lo vemos tal y como es. Lo que vemos son figuras distorsionadas, colores imprecisos, pero no lo vemos “tal cual” es, en toda su esencia.  Y es entonces cuando decimos que el otro no nos “ve”, que es como si no existiéramos para él (ella). Y nos sobreviene una terrible urgencia de “desengancharnos”, del otro (de la otra). De liberarnos para reencontrarnos con nosotros mismos. De tomar distancia para poder verlo a él también, tal como es.
Esto ocurre con frecuencia en las relaciones amorosas. Cuando dos se aman demasiado, llega el momento en que se funden uno con el otro de tal modo que se despojan de su “yo”, de su ego y se funden con el otro, con el “tú”. Pero es justamente esa pérdida de la identidad individual lo que deviene en tragedia muchas veces. Pues al intentar recuperar nuestro yo, decidimos alejarnos, tomar distancia, desengancharnos de el otro o de la otra, para poder verlo de nuevo, contemplarlo, analizarlo, comprenderlo y en ese proceso, lo convertimos en objeto. Lo despojamos de su identidad de sujeto, de su calidad de “tú” y lo volvemos un “ello”.
Y una vez convertido en objeto, podemos manipularlo a nuestro antojo, pues nos posicionamos en un sitio privilegiado respecto de eso que antes considerábamos parte complementaria de nosotros. Eso que antes considerábamos como “”. Y pueden ocurrir dos cosas. O que la distancia sea sólo la necesaria para volver a ver a la persona amada tal cual es y volver a enamorarme de ella o que sea una distancia y un alejamiento tan grande, que no halla posibilidad de reencuentro entre ambos.
Desafortunadamente, casi siempre ocurre lo segundo. Cuando el tedio, el hastío, la cotidianidad han hecho que la otra persona pierda su identidad y que yo también deje de reconocerme a mí mismo, pues estoy disuelto con ella, esgrimo todo tipo de argumentos del tipo “necesito mi espacio”; “hay que darnos un tiempo lejos uno del otro”; “si te amo, pero necesito estar conmigo mismo…”, etcétera. Y es entonces cuando se pone a prueba el amor entre amas personas. Pues, como dije, la distancia que ambos decidan poner de por medio puede ser tan grande, que no haya posibilidad de volver a reunirse. Pues en ese lapso, pueden ocurrir cosas que hagan que la otra persona pierda por completo los vínculos amorosos que le unían y que eran la argamasa que daba cohesión a su relación, como la confianza, por ejemplo.
De seo trata La identidad, de MIlán Kundera. Escrita en 1997, esta hermosa historia nos narra la vida de Chantal, una mujer de casi cincuenta años y de Jean-Marc, su amante durante muchos años y un poco menor que ella. Ella está angustiada pues “los hombres ya no voltean a verme”, dice. Pero “yo te veo”, dice él. Sin embargo, no es suficiente. Ella necesita con urgencia la mirada del “otro”, del desconocido, para volver a sentirse viva y él, en cambio, la necesita junto suyo para que su vida tenga sentido.
Después de un experimento en e que uno de ellos es el “conejillo de indias” y el otro su creador, y de un proceso de separación que toca los límites entre lo real y lo ficticio, ambos vuelven a encontrarse sólo para darse cuenta que la vida, la verdadera vida, (o tal vez la muerte) está siempre frente a nuestros ojos. Que todo lo demás, nuestros sueños, anhelos, angustias, deseos, son sólo fantasía. Que esa búsqueda de algo más, que ese anhelo de liberarse y de encontrar algo nuevo, algo que nos devuelva las ganas de vivir, será siempre un retorno a ese lugar y con esa única persona, a la que amamos y de quien no podemos prescindir pues la llamamos por su nombre, la conocemos tal cual es, la hemos hecho parte nuestra. “Cada nuevo encuentro, me lleva siempre a ti y cada nuevo rostro, es siempre tu rostro”, dice Chantal en una da las últimas páginas y agrega, casi el final, ya recostada de nuevo en el hombro de Jean Marc: “Ya no dejaré de mirarte. Te miraré sin parar… dejaré la lámpara encendida toda la noche, todas las noches.”
Teresa de Jesús Padrón Benavides