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lunes, 28 de julio de 2014

Corazón en dos mitades



El sol de julio bañaba el pasillo del hospital y el brillo del piso recién pulido hacía que Amina entrecerrara los ojos mientras checaba su tarjeta de salida. Esa luz matinal bañándole el rostro le llenaba de una profunda nostalgia por los días en que ella y sus padres recogían del patio de su casa, en los altos del Golán, las granadas para el gulash de ramadán.
Camino a casa se detuvo como siempre a comprar el diario y los cigarros de su padre. ¡Shalom Tzipi! Saludó al tendero que le respondió de mala gana y le aventó con el diario, señalándole con su dedo índice, grueso y velludo, la fotografía de primera plana.  Amina miró la noticia de reojo, pero mientras hurgaba en su monedero buscando los 15 shkelim, su corazón latía cada vez con más fuerza. La ocupación había terminado y las fuerzas apostadas en la franja volvían a casa. Se sentó, pidió un café, encendió un cigarrillo y leyó con atención las páginas interiores. Después de 6 meses y medio de hostilidades, el conflicto había terminado. Era sólo cuestión de días para que se firmara la paz, la anhelada paz, la bendita paz.
Estiró el dinero a Tzipi y salió a toda prisa sin despedirse. El rechinido del portón despertó a su perro que salió a recibirla meneando el rabo. Recogió la correspondencia y oyó a su padre gritar exigiendo su café y su diario.  ¡Bóker tov, Aba, ¿ma shlomjá? Su padre no respondió y sólo estiró la mano para recoger la charola con las cosas. Volvió a la cocina y abrió apresuradamente la carta. Leyó con prisa línea por línea sin detenerse hasta legar a la parte que decía:
“Amina, ahabá sheli, te escribo con el corazón partido en dos mitades. Esto terminó. Volvemos a casa. No tuve que disparar un solo tiro. Mis manos están limpias y ansiosas por acariciar de nuevo tu carita hermosa. La guerra es el infierno. Nadie gana. Todos pierden. Gracias a Dios ha llegado la paz. Te compré un vestido azul con flores verdes, enormes. Shaira, la vendedora, me ha dicho que se llaman “Dhalias”, que en hebreo quiere decir “ramo de flores” y en árabe quiere decir, “esperanza”, como la esperanza de volver a estar juntos y para siempre, que es lo que me ha mantenido cuerdo todo este tiempo.
Por favor, ahabá sheli, espera un poco más. Casi puedo aspirar el fresco olor a gardenia de tu pelo negro que tanto amo.”
Tu Ari

Sus lágrimas habían caído en el café que se había enfriado y ahora tenía un sabor salubre. Pero esta vez eran lágrimas de alegría. Mientras preparaba el desayuno, le vino el recuerdo de aquella vieja canción que él cantaba con su guitarra en el bar Tel Keidar la noche en que se conocieron: “Kol ha leilot ba midbar, aní jolemet otí..”  (Todas las noches en el desierto sueño contigo) y una sonrisa iluminó su cara.
No había terminado su omelette cuando sonó la alarma anti aérea. Entró corriendo al cuarto de su padre, le ayudó a meterse bajo el cobertizo y ambos permanecieron ahí un buen rato. Cesaron los estallidos. Se incorporó y metió a su anciano padre de nuevo en la cama.
De vuelta en la cocina, encendió el televisor. Los rostros de varios soldados iban apareciendo encuadrados en la pantalla con sus respectivos nombres. El suyo no estaba entre los heridos. Cambió de canal y su corazón se detuvo uso instantes antes de emitir un grito sordo, amargo, como salido de las entrañas del desierto. El gritó apagó el ruido de las sirenas.
Alcanzó a reconocer su boina con el Maguén David que ella le había bordado. Su amplia sonrisa y los grandes ojos azules que ella tanto amaba y que ahora volvían a casa cerrados para siempre.”La guerra es el infierno. Nadie gana. Todos pierden”.

Teresa Padrón Benavides

México, D.F. Verano del 2014

viernes, 4 de julio de 2014

¿Quién puede contra Él?



“Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para arrepentirse.
¿Lo ha dicho Él y no lo hará? ¿Lo ha prometido y no lo cumplirá?”
Números 23:19

En el libro de Números, al inicio del capítulo 23, Balac, rey de los moabitas, está temeroso de los israelitas que se acercan a sus fronteras pues sabe que desde que el pueblo salió de su esclavitud en Egipto, han tenido que librar batallas contra otros reyes y los han derrotado, a pesar de que intentaron bordear sus países para  no dañar sus tierras, pues no pretendían conquistarlos, sino sólo usarlos como lugares de tránsito en su viaje de retorno a la Tierra Prometida.
Balac hace venir a un hechicero de Mesopotamia, Balaam, y lo instruye para que maldiga al pueblo de Israel con una anatema poderosa. Sin embargo, cuando Balaam está a punto de subir al montículo desde donde habrá de lanzar su maldición, sale un ángel de Dios a su encuentro e intenta impedir que vuelva con su rey. Más tarde, en un sueño, Dios mismo se aparece a Balaam y le dice que vuelva con Balac, y le diga estas palabras:   “¿Quién puede contar el polvo de Jacob, o numerar la cuarta parte de Israel? Muera yo la muerte de los rectos, y sea mi fin como el suyo. 
 Entonces Balac dijo a Balaam, “¿Qué me has hecho? Te tomé para maldecir a mis enemigos, pero mira, ¡los has llenado de bendiciones!  Y él respondió y dijo: ¿No debo tener cuidado de hablar lo que el Señor pone en mi boca?” (Núm:23:10)  Y un poco más adelante: “Porque desde la cumbre de las peñas lo veo, y desde los montes lo observo. He aquí, es un pueblo que mora aparte, y que no será contado entre las naciones.
A lo largo de la Historia, el pueblo de Israel ha sufrido persecución, abusos, despojo de su tierra y de sus pertenencias, humillaciones, insultos, vituperios. Ha sido víctima de los peores crímenes del hombre contra sus semejantes, como durante el Holocausto, en donde murieron más de 6 millones de judíos de todas las edades. ¿Por qué?  El Talmud y la Midrash, dos de los textos sagrados del judaísmo, nos hablan de la ocasión en que Dios ofreció la Torá (sus leyes, sus preceptos) a todos los pueblos de la tierra. Ninguno estuvo dispuesto a servir de ejemplo para el resto de las naciones, pues es una gran responsabilidad. Una carga muy pesada de llevar a cuestas. Sin embargo, los israelitas sí aceptaron, libre e incondicionalmente y decidieron, en un pacto sagrado con Dios, ser el pueblo que diera testimonio de su Gloria.
¿Por qué lo hicieron?  Intentaré explicarlo con una hermosa parábola del Maguid de Dubno, uno de nuestros más amados rabinos. Un comerciante fue una vez a un almacén mayorista para comprar prendas de vestir a crédito. El tendero se mostró más bien reservado y le mostró algunos de los artículos que ofrecía, pero no extrajo sus principales mercancías, y citó precios altos para todo lo que tenía en exhibición. Al final, el comerciante abandonó el almacén sin haber comprado nada. Poco después entró otro cliente y dijo que estaba dispuesto a pagar en efectivo. Esta vez el tendero extrajo lo mejor y más vendible de sus existencias y citó precios al por mayor razonables. Pronto se hizo una venta y el cliente se fue, bien satisfecho. Después de cerrarse la puerta del almacén, un aprendiz, que había observado los acontecimientos, preguntó a su patrón por qué había sido tan obviamente discriminatorio con el cliente que había querido hacer compras a crédito. Contestó el tendero: “¿viste al primer hombre? De una mirada yo podía decir que no era confiable y jamás habría saldado sus deudas. Tenía que ser cortés con el hombre, pero no estaba ansioso por hacer negocios con él y actué en consonancia. Ahora bien, el otro hombre, que siempre paga en efectivo lo que compra, es un viejo cliente, un caballero confiable a quien, de hecho, yo habría extendido crédito ilimitado si lo hubiera pedido. Naturalmente, me complace hacer negocios con una persona así e hice lo mejor que pude para satisfacerlo.”  El Supremo, dijo Rabí Iaacov, tenía la mercadería más preciosa de todas en oferta –la Santa Torá. Ahora bien, Él conocía de antemano cuál sería la actitud de las demás naciones. Estaban ansiosas por disfrutar de los placeres de este mundo a pleno, y por lo tanto a duras penas podían ser confiables de que observaran la Ley. En consecuencia, Di-s no estaba ansioso por que la tuvieran. No obstante, no deseó ser descortés, y por eso ofreció Su Torá a una nación pagana tras otra. Sin embargo, en cada caso, enfatizó aquel aspecto de la Torá que resultaría más difícil de aceptar a esa nación. Así, por ejemplo, cuando la presentó a los edomitas, les contó, ante todo, del Sexto Mandamiento, que prohíbe el asesinato, pues los hijos de Esaú habían hecho del homicidio una parte de su modo de vida. A los amonitas y moabitas, notorios por sus harenes, les mostró, ante todo, el Séptimo Mandamiento, que prohíbe el adulterio. Todas estas naciones habían demostrado a lo largo de su historia previa que serían incapaces de observar un Código de Leyes como el contenido en la Torá, y Di-s prefirió no dárselo a ellos, pues de las leyes de la Torá se espera que sean observadas, y no violadas. Los Hijos de Israel, sin embargo, habían probado desde sus albores su constancia y disposición por hacer cualquier cosa que dispusiera la voluntad de Dios. Por lo tanto, Di-s ansioso de que tuvieran Su Torá, les reveló toda la profunda sabiduría que Su Ley Eterna contenía.”

Hasta aquí la parábola del Maguid de Dubno. ¿Cuántas veces nos hemos preguntado qué es lo que mantiene unido al pueblo de Israel?  y sobre todo, ¿cómo han podido sobrevivir a tanta persecución y crueldad? ¿Cómo han logrado sobresalir en todas las áreas del conocimiento obteniendo tantos premios Nobel y otros reconocimientos? ¿Cómo una nación tan pequeña puede ser tan fuerte y tan próspera en todo lo que emprende? ¿Poseen acaso una fórmula “mágica” para ello? ¿Acaso recurren a la hechicería, a los anatemas o al vudú? No. Cuando los judíos del mundo se asumen como el “pueblo elegido”, no es porque consideren esto un privilegio, sino más bien, una gran responsabilidad, pues al aceptar la Torá, hacen un pacto de santidad con Dios y eso los convierte en ejemplo para el resto de las naciones. Y cuando uno sabe que ejerce influencia sobre los demás, debe cuidar muy bien sus caminos. Como un padre que instruye a sus hijos para ser buenas personas, predicando con el ejemplo, más que con las palabras.  Como dice el libro de Josué 1:8 “El Libro de esta Ley no se apartará de tu boca, sino que la estudiarás día y noche, para ser cuidadoso en actuar según todo lo escrito en él, pues entonces harás prosperar tus caminos, y tendrás éxito”.  (Las cursivas son mías).
No es fácil entender cómo el pueblo de Israel se mantiene vivo a lo largo de más de 4000 años de historia. Y no sólo vivo, sino fuerte, sólido y próspero. No es fácil entender cómo, a pesar de todo lo que otros han hecho por destruirlo, por miedo, ignorancia y envidia de su prosperidad, sigue en pie y sigue siendo ejemplo de constancia, de esfuerzo, de estudio, de amor por la vida y de temor de Dios. Es difícil entenderlo si no lo vemos a la luz de la Biblia y de sus enseñanzas. Si lo vemos a través del agua turbia de la historia y del tamiz de 2000 años de cristianismo.
Pero el texto bíblico es más que explícito: “El declara Su palabra a Jacob, Sus estatutos y ordenanzas a Israel. No lo hecho así con ninguna otra nación, y Sus ordenanzas no les ha dado a conocer”. (Salmo147)   Por eso es que Israel es un pueblo fuerte y una nación poderosa, pues Dios es su aliado. Muchos podrán argumentar en contra diciendo, ¿Y por qué Dios los abandonó durante el exterminio nazi? Dios jamás nos abandona. Somos nosotros, los hombres, quienes haciendo mal uso de nuestro libre albedrío, cometemos los peores crímenes contra Él. El nacionalsocialismo es sólo una de las tantas aberraciones que los hombres, presas del miedo y la ignorancia, han inventado para hallar culpables de su miseria, moral y económica y para justificar los actos más bajos y viles contra sus semejantes.
Sin embargo, como dice el hechicero Balaam al rey moabita, Balam: “Porque desde la cumbre de las peñas los veo y desde los montes los observo. He aquí que es un pueblo que mora aparte, y que no será contado entre las naciones, ¿Quién puede contar el polvo de Jacob o numerar la cuarta parte de Israel? Muera yo la muerte de los rectos y sea mi fin como el suyo.”
Ni los ejércitos más numerosos con las armas de destrucción masiva más poderosas, nada ni nadie pueden contra Dios y contra su bendición. Y los judíos del mundo, vivamos o no en la tierra de Israel, tenemos su bendición.
¡Shabat shalom!

Teresa de Jesús Padrón Benavides
Viernes, 6 de Tamuz, 5774