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sábado, 20 de octubre de 2012

MIRADA DE OSO




Y dijo Dios “que la tierra produzca criaturas según su especie,
bestias, reptiles y animales terrestres según su especie.
Y sí fue…. Y vio Dios que era bueno.” Génesis 1:24

Según el Génesis, el sexto día Dios creó a las diferentes especies de animales terrestres. Los reptiles, las bestias, las alimañas. Ese mismo día, un poco después, creo al hombre y a la mujer, a quienes dio la orden de ser fecundos y multiplicarse y dominar sobre la tierra y sobre el resto de las especies. Sin embargo, Dios dijo al hombre ya la mujer “Ved que os he dado toda hierba e semilla que existe sobre la faz de la tierra, así como todo árbol que lleva fruto de semilla; os servirá de alimento”. (Génesis 1:29) En el siguiente versículo, Yahvé concede a todos los animales terrestres, a todos los reptiles y a todo “ser animado” sobre la Tierra la hierba verde como alimento.
De estos versículos podemos concluir varias cosas. La primera, que incluso la más repugnante de las alimañas precedió al hombre en la creación, lo cual debiera movernos a reflexionar en torno a la importancia que tienen todas y cada una de las especies vivas y de que nosotros, los humanos, no somos ni más ni menos importantes que éstas. Y en segundo lugar, que, si leemos bien, ambos, los seres humanos y los animales, somos vegetarianos en nuestro origen.
Los judíos del mundo estamos comenzando el año. Como cada año nuevo, iniciamos un nuevo ciclo leyendo la Torá desde el primer capítulo del Génesis, que habla justamente de la Creación. El judaísmo es muy enfático respecto del trato adecuado que damos a los animales. La crueldad y el sufrimiento innecesarios de un animal cualquiera, está estrictamente prohibido en la Torá. Esta visión contrasta totalmente con la mala interpretación que el cristianismo ha hecho de ella, a saber, que Dios nos dio “superioridad” sobre las bestias, por lo tanto podemos hacer uso de ellas a nuestro parecer.  Incluso muchas de las culturas más “civilizadas”, no adoptaron medidas de protección animal sino hasta muy recientemente, en pleno siglo XX.
Muchos de los grandes personajes de la Biblia, tuvieron un estrecho vínculo con los animales. Por ejemplo, Moisés, Jacob y David fueron pastores. De hecho, el Talmud menciona que Dios eligió a Moisés para guiar a su pueblo a través el desierto, pues él era misericordioso y compasivo con su rebaño. O Rebeca, quien fue elegida para ser la esposa de Isaac debido a su amor por los animales, al ofrecerse a dar de beber a los camellos de uno de los sirvientes de Abraham.
El judaísmo no prohíbe que nos sirvamos de ciertas especies de animales como alimento, como vestido e incluso con otros fines, como el de elaborar arneses y otros utensilios. Incluso los rollos de la Torá se escriben sobre piel de animales. Sin embargo, La Torá es muy enfática en el hecho de que estas necesidades sean legítimas y también en el hecho de que al animal en cuestión no se le haya hecho pasar por un maltrato o sufrimiento innecesarios. La cacería deportiva está estrictamente prohibida y el sacrificio animal debe ser hecho por un experto de manera rápida y procurando causarle el mínimo dolor. Tzaar Baalei Chayim quiere decir en hebreo “prevenir la crueldad hacia los animales”, y es una ley tan importante o incluso más, que muchas otras dentro del judaísmo.
Para ejemplificar lo anterior, me gustaría detenerme en la palabra hebrea para vida חיים)) y la palabra animal (חי ó בעל חיים) (se pronuncian “jaiim” y “jaí” ó baal jaiim), respectivamente. Curiosamente, en Español  la palabra “animal”, viene de “ánima” o “alma”, lo que sugiere el hecho de que los animales no sólo son seres sintientes, sino que poseen sentimientos, tienen recuerdos y sufren al ser maltratados. En el judaísmo los animales gozan de algunos de los derechos que los seres humanos (al menos de los de los judíos), como descansar los sábados. Se nos dice que tenemos la obligación de liberar a un animal de su sufrimiento, incluso sin consentimiento de su dueño,  porque por ejemplo, lo han dejado atado sin agua y sin comida, La palabra hebra “kosher” (כשר) significa “adecuado, legítimo, apropiado”, y aplica no sólo a los alimentos sino al tratamiento que demos a los animales al sacrificarlos, y esto viene estipulado en el Talmud, específicamente en la Halajá, (las opiniones legales).
Todo esto lo pongo como telón de fondo de una terrible nota que leí hoy en los periódicos y cuya fotografía, en primera plana, me llenó de terror y de coraje. Una osesna (bebé oso), atada de las cuatro patas, con sangre por todo el cuerpo por los golpes recibidos hasta causarle la muerte, era mostrada como trofeo por un grupo de “bestias” (con toda la connotación negativa que esta palabra pueda tener) de Protección Civil, quienes, atendiendo a una llamada de peligro, acudieron a una localidad de Coahuila para prestar “ayuda” y salvar del “peligro” a sus habitantes (las comillas son enfáticas). En la foto aparecen también familias con niños sonriendo ante la “gran hazaña” de los “héroes” de Protección Civil.
¿Hasta qué nivel de incomprensión y estupidez hemos llegado los seres humanos (y los mexicanos, específicamente)? ¿Qué es lo que nos han enseñado en las aulas? ¿Cuáles son los códigos éticos y morales que nos rigen? ¿Qué hemos aprendido al interior de nuestras casas? ¿Por qué nos causa un placer morboso la masacre de animales y los espectáculos macabros que involucran animales como las peleas clandestinas de perros, por ejemplo? ¿Por qué nos mueve, nos incita, casi hasta un grado orgásmico el asistir a este tipo de barbarie? Creo que la respuesta a todo esto la hallamos en lo más profundo de nuestra cultura y de nuestra historia. Los mexicanos siempre hemos rendido culto a la sangre, a los sacrificios (no sólo animales sino humanos) y nuestra propensión a someter a los más débiles e indefensos queda manifiesta en los anales históricos de México,  la anterior a la conquista y la posterior a ésta.
La combinación de nuestro pasado indígena, lleno de este tipo de prácticas sangrientas con la irrupción violenta de los españoles y su imposición a punta de armas, es lo que constituye nuestra fisionomía y nuestra identidad. Esto, aunado al hecho de que somos un pueblo católico por antonomasia y en esta tradición se privilegia la “superioridad” humana con respecto de la animal. Esto es lo que ha hecho de nosotros un pueblo carnicero, cruel y despiadado. Y eso lo vemos reflejado en la violencia desatada de estos tiempos. Pero lo peor, somos un pueblo ignorante. Y cuando hablo de ignorancia, no sólo me refiero a la falta de preparación académica (muchos de los pueblos más civilizados han cometido los peores crímenes contra natura), sino ignorantes de la Ley, de la Ley con mayúscula.
Quien no conoce a Dios no le teme y por lo tanto es capaz de cualquier cosa, no sólo contra la naturaleza, sino contra sus semejantes. “El temor de Yahvé es el principio de la sabiduría” dicen los Proverbios. Pero, cómo vamos a conocer a Dios y a guardar sus preceptos si no lo buscamos o más bien, lo buscamos en donde sabemos de antemano que no está: en las iglesias, en las congregaciones cristianas “light”, en las sectas “pare de sufrir” y en toda esa sarta de charlatanerías que nos dicen sólo lo que queremos oír: que todo está bien y que no somos responsables por lo malo que pasa en el mundo.
Pero sí somos responsables. Todos y cada uno de nosotros. Responsables por el resto de la Creación, puesto que sólo nosotros somos capaces de ver por el bienestar de todas las otras especies, animales y vegetales. Sólo nosotros tenemos la capacidad de razonar y de sopesar la consecuencia de nuestros actos. Pero no queremos sumir esa responsabilidad pues implica involucrarnos activamente en la defensa de los más vulnerables. Y eso, pensamos, ¿qué ganancia nos deja? Mientras sigamos creyendo que nuestra felicidad consiste sólo en las cosas materiales y perecederas, jamás lograremos revertir los efectos dañinos de vivir en una sociedad insensible, apática e irresponsable.
Los daños están ahí, a la vista de todos y van en aumento. Si no nos vemos reflejados en cada uno de los actos de violencia que padecemos, quiere decir que no hemos aprendido nada, que damos por hecho que la violencia es el estado “natural” del hombre y que no podemos hacer nada. La fotografía de la pequeña osa masacrada y exhibida como presea, sólo nos muestra lo que estamos haciéndole a Dios. Sus ojos abiertos en una mirada de horror y de súplica, reflejan la imagen de la barbarie humana.

Teresa de Jesús Padrón Benavides
Otoño, 2012

viernes, 28 de septiembre de 2012

El poder de las palabras


Al principio del libro de Éxodo,  Yahvé encomienda a Moisés la misión de liberar a su pueblo de la esclavitud en Egipto y le da instrucciones precisas respecto de lo que ha de decirle al faraón. Moisés, afligido, le responde: “Por favor, señor, yo nunca he sido hombre e palabras, ni aún después de haber hablado Tú con tu siervo, sino que soy torpe de boca y de lengua”. Yahvé le arengó diciendo: “¿Quién ha dado la boca al hombre? ¿Quién hace al mudo y al sordo?” “¿No soy Yo, Yahvé? Así pues, vete, que Yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que debes decir”. Moisés encomienda a Aarón, su hermano, la tarea de hablar al pueblo en su nombre, a sugerencia de Dios.
Sin embargo, hacia el final de la Torá, en Deuteronomio 32, Moisés se ha vuelto un hombre no sólo de acción, sino también de palabras. El capítulo comienza con un hermoso poema el “Cántico de Moisés”, que no sólo es un poema, sino una arenga a su pueblo y las primeras palabras que leemos son: “Prestad oídos, cielos y hablaré. Escuche la Tierra las palabras e mi boca. Como lluvia se derrame mi doctrina, caiga como rocío mi palabra, como suave lluvia sobre la hierba verde, como aguacero sobre el césped, porque voy a aclamar el nombre e Yahvé, ¡Ensalzad a nuestro Dios!”[1]
Muchos años han pasado, casi cuarenta, desde que Moisés acató la orden divina y ahora, anciano, cansado y a punto de morir, se ha vuelto un hombre sabio y Dios le ha otorgado el don de las palabras. Este bellísimo poema es una arenga a los hijos de Israel para que presten oídos al mensaje, para que se vuelvan hacia Él, que es el único camino posible. Para que dejen atrás su pasado idólatra y sólo obedezcan la Ley, que ha sido pronunciada, escuchada y escrita.
El judaísmo es una religión de palabras, no de imágenes. La Torá, el Talmud, y todos los textos sagrados son palabras puestas en papel. Palabras cuyo significado y trascendencia han moldeado la vida de los judíos a través de milenios. La palabra hebrea para “cosa” es la misma que para “palabra” דבר (davar) quiere decir ambas, cosa y palabra. Porque para el judaísmo una cosa no existe hasta que ha sido nombrada.
Si Dios no hubiera pronunciado “Hágase la luz”, la luz no habría sido. Y así con el resto dela Creación.  Si Dios no hubiese santificado el sábado con una bendición, no tendríamos nuestro día de descanso y de encuentro con Él. Si Dios no hubiese infundido en Adán el hálito divino, no existiría la raza humana. Y la primera encomienda que Dios hizo a Adán fue, justamente, la de dar nombre a todas sus criaturas.
A diferencia de otras religiones en donde se privilegia la imagen (cosa por cierto que contradice el mandamiento de no hacernos imagen de Dios, puesto que nadie lo ha visto), la judía está determinada por la palabra. Para un judío las palabras son más poderosas que las cosas del mundo material. En ese sentido, podemos decir que los judíos fueron el primer pueblo anti materialista del mundo. Nuestra tradición se funda en las palabras: habladas y escuchadas; escritas y cantadas. Palabras que se vuelven actos. Actos de amor, de gratitud, de justicia y de caridad.
Nuestra oración más importante es justamente la “Shemá Israel” (Escucha, Israel) dice “ Escucha, oh Israel, el Señor es tu Dios, el Señor es Uno” (Deuteronomio 6:4). En ella Dios nos habla y nos dice que escuchemos, que entendamos, que aprendamos y guardemos todos sus mandamientos. Y lo que escuchamos son palabras. Pronunciadas y escritas. Palabras que quedan grabadas en nuestro corazón, en nuestra mente y en nuestra alma para que recordemos. Para que jamás olvidemos lo que somos y lo que podemos llegar a ser. Palabras tan poderosas que cada vez que las escuchamos, pareciera que escuchamos Su voz. Palabras que nos hacen experimentar un temblor y un temor que sólo se siente ante Su presencia. Porque cada vez que las decimos, Él está ahí. Se hace presente a través de nuestra palabra.  Como se hizo presente a Moisés, por última vez, en las estepas del Moab y le mostró de lejos la tierra que habrían e heredar sus hijos y de nuevo escuchó Moisés la voz de Yahvé quien le dijo “Esta es la tierra que bajo juramento prometí a Abraham, a Isaac y Jacob diciendo: A tu descendencia la daré. Te dejo verla con tus ojos, pero no pasarás a ella”.
Teresa de Jesús Padrón Benavides
Otoño, 2012


[1] Deuteronomio 32:1-3, Biblia de Jerusalén.

lunes, 27 de agosto de 2012

Antopófagos


“Y enviaré hambre al país, no hambre de pan ni de agua,
sino de escuchar las palabras del Eterno”.
Amós, VIII, 2

El capítulo XXX de La Guía de los Perplejos de Maimónides[1], se titula “Del verbo ajal, ((אכל (comer) aplicado al alimento intelectual, a la ciencia y a la percepción de las cosas intangibles”.  No añadiré nada ni comentaré respecto de la obra de Maimónides, pues además de  carecer de la autoridad y de la inteligencia para hacerlo, el mismo Rambam nos lo prohíbe explícitamente al inicio de su hermoso tratado, no sea que añadamos u omitamos alguna cosa que pueda tergiversar su obra.
Lo único que me atreveré a hacer, es utilizar el capítulo XXX de su Guía, como telón de fondo de una breve reflexión acerca de la ignorancia. En particular, la que asola nuestro país y nos consume día a día.   La ignorancia es el flagelo de las sociedades. Un país de ignorantes es un país en donde priva el caos, la desigualdad social, la corrupción, el abuso de autoridad, la falta de oportunidades. Es un lugar inhabitable, insoportable, pues la vorágine de males que la ignorancia trae consigo, nos “consume”, con “come”, literalmente. Agota nuestras posibilidades de vivir una vida buena, en cualquier sentido, pues no hay lugar para  el orden, para la paz, para la tranquilidad y el bienestar, que son los instrumentos indispensables para desarrollar nuestras potencialidades al máximo y a favor de todos.
Maimónides hace énfasis en dos acepciones para el verbo comer (ajal). La primera, en relación con que “la cosa comida se pierde y se va, quiero decir, que su forma se corrompe…el animal, debido a lo que come, continúa conservándose,  prolongando su existencia y restaurando las fuerzas de su cuerpo”  . Maimónides utiliza el verbo “comer” como metáfora de todo aquello que se pierde y se destruye, para todo lo que pierde su forma original y se transforma en desecho.
Si nos atenemos a esta definición y la aplicamos al contexto el México actual, cae como anillo al dedo. Vivimos sólo para satisfacer nuestras necesidades primitivas (comer, dormir, beber, defecar, copular) y estamos consumiendo rápidamente no sólo nuestros recursos naturales, sino la poca capacidad de raciocinio que es lo que nos distingue del resto e los animales. A donde sea que volteemos, sólo vemos consumo exacerbado: gente comiendo, bebiendo, fumando, produciendo sólo basura, “ingiriendo” (ojel) basura también: basura publicitaria, basura televisiva, basura radiofónica, basura impresa y en video (revistas y películas pornográficas), etcétera. Y alguien que consume basura, desecha basura. Una sociedad cuyo fin último es el e consumir y desechar, está destinad al fracaso. Ninguna persona digna de ostentar ese título (persona), puede basar su vida en este sólo propósito.
La estupidez, la ignorancia, la indiferencia imperan en nuestra sociedad y han devenido en cosas peores: violencia, brutalidad, terror. Y tal parece que la ignorancia se ha vuelto la nota distintiva entre nosotros y el resto del mundo. Ahora México se distingue no por sus tradiciones, su riquísima cultura, su diversidad étnica y su folklore, sino por ocupar los primeros lugares en pornografía infantil, en pederastia, en feminicidios, en corrupción, abuso de autoridad y en un bajísimo nivel educativo y de crecimiento económico.  Los gobiernos corruptos han pactado con el crimen, han otorgado concesiones y permisos que permiten a unos cuantos “empresarios”, concentrar la fortuna del país, sin un compromiso social, sin una ética profesional que haga énfasis en crear más empleo bien remunerado, sin una conciencia de bienestar común (que se traduce, al mediano plazo, en paz social) y sin ningún respeto por la vida y el entorno.
Eso es antropofagia. Nos estamos comiendo vivos. Y lo peor, es que lo estamos haciendo ante la vista del mundo entero, quien afirma, con mucha razón, que los mexicanos somos nuestros peores enemigos. Porque hemos llegado a un nivel de ignorancia y de estupidez que nos impide ver más allá de nuestras necesidades inmediatas y el egoísmo y la indiferencia ante las necesidades de los otros, la envidia y el hambre de saciar nuestros apetitos más básicos, nos está convirtiendo en algo peor que bestial, pues las bestias actúan así por mero instinto,  a falta de capacidad de razonamiento, pero nosotros lo hacemos con alevosía, ventaja y conocimiento de causa ¿o no? Me temo que ya no. La poca sensatez que nos quedaba, parece que también se la ha devorado la bestia del consumismo exacerbado, de la avaricia y de la lucha diaria por obtener más y más cosas. Salimos a la calle a ver a quién consumimos, a ver a quién usamos, a ver a quién devoramos y así obtenemos nuestra cuota diaria de placer y saciamos nuestro apetito devorador. Pero como este apetito es cada vez mayor, pues no sacia las verdaderas necesidades (las espirituales, las intelectuales, las afectivas), vamos por la vida, literalmente, “comiendo y desechando”, no solo cosas, sino personas, pues utilizamos a los demás come medios para obtener placer y no como fines a los cuales llegar, a los cuales aproximarse.
Sin embargo, Maimónides alude también a una segunda consideración de la palabra “comer” (ojel), para “designar metafóricamente el saber y la instrucción y, en general, las percepciones intelectuales por las cuales la forma humana continúa conservándose en el estado más perfecto, lo mismo que el cuerpo se mantiene con el alimento en su mejor estado. Por ejemplo “Venid, comprad y comed” (Isaías, LV:1); “Escuchadme y comeréis lo que es bueno” (Ibid, 2); “Come miel, hijo mío, que es cosa buena. La miel pura el duce a tu paladar, tal es para tu alma el conocimiento de la sabiduría” (Proverbios XXIV, 13-14). Y no sólo el comer, sino el beber conocimiento, nos sacia y nos alimenta. Dice Maimónides, un poco más adelante “De la misma forma se llama a la ciencia agua , por ejemplo: “Oh vosotros, todos los sedientos id hacia el agua” (Isaías LV:1).
Pero Maimónides se refiere a un alimento y a un agua específicos. Se refiere al pan y al gua de vida que emanan de la fuente de la Ley.  “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente” (Salmos, XLII:3). De esto hay numerosos ejemplos. Las palabras “Y tomareis agua con alegría de las fuentes e la salvación (Isaías XII:3) y un poco más adelante, Moshe Maimónides cita a otro famoso rabí, Jonatán ben Uziel: “Y recibirás con alegría una nueva doctrina de los elegidos de entre los justos” y hace observar que el agua designa la ciencia y el conocimiento y la palabra “fuentes” la asimila a “fuentes de la comunidad” (Números XV:24) y sigue Maimónides “que los sabios son los elegidos entre los justos porque la justicia y la piedad son la verdadera salvación”.
Según Maimónides, para que prive la justicia en el mundo, es necesario “comer y beber” sabiduría. Es decir, la ignorancia es oscuridad, la sabiduría, el conocimiento, son luz. La sabiduría, igual que la luz, nos permite “ver” al otro. Ver su rostro, tal  cual es, ver sus carencias, sus necesidades, su dolor y actuar en consecuencia. La ignorancia, en cambio, nos impide ver lo que nos rodea, incluso lo más inmediato y vamos por el mundo como por un túnel interminable de oscuridad y tinieblas, que sólo conduce a un abismo aun más profundo y más desolado. Y como no tenemos esperanza alguna de llegar a un lugar mejor, pues no conocemos la Verdad (con mayúscula) despreciamos la vida y nos la consumimos a diario en placeres y excesos, destruyéndola a nuestro paso y con ella la posibilidad de que prive algún día la razón y la sabiduría,  que conducen a la paz, la justicia y la armonía, única condición posible para el desarrollo pleno de nuestras potencialidades, de todo aquello que nos acerca, al menos un poco a Él, quien sacia nuestra hambre y apaga nuestra sed, que es la fuente de vida y el pan de salvación. [2]


Teresa de Jesús Padrón Benavides
Agosto, 2012


[1] Maimónides, Guía de los perplejos, Cap. XXX, pp. 113-115, “Cien del Mundo”, FCE, México, 1993
[2] Esta frase, aunque suena más cristiana que judía, la tomo literalmente de Maiónides, de donde dice “los sabios son los elegidos de entre los justos pues la justicia y la piedad son la verdadera salvación”.  (las cursivas son mías).

jueves, 5 de julio de 2012

Esclavos



“Nada es tan desalentador como un esclavo satisfecho”
Ricardo Flores Magón

Cuando Moisés dirigía a los israelitas a través del desierto para librarlos e la esclavitud del faraón egipcio y conducirlos a la tierra que Dios les había prometido, hubo un motín en su contra, encabezado por un tal Coré,  quien, junto con Datán, Abirón y 250 hombres más, hacían reclamos  a Moisés y le echaban en cara haberlos sacado de Egipto para conducirlos a un desierto en donde podían perecer “¿Te parece poco habernos sacado de una tierra que mana leche y miel para hacernos perecer en el desierto y además, te eriges como príncipe entre nosotros?” (Génesis 16:13). Narra el texto bíblico que Moisés se enojó mucho, pues en cuanto supo de su descontento, les llamó para decirles “¿Os parece poco que el Dios de Israel os haya apartado del resto de la comunidad para hacerlos sacerdotes y prestar servicio al templo y estar al frente de la comunidad atendiendo el culto?” puesto que no eran capaces de ver más allá de sus intereses propios e inmediatos y darse cuenta que el precio de la libertad era alto, pero que nada podía compararse con ésta. El capítulo termina con la furia de Yavhé consumiendo a los 250 rebeldes y convirtiéndolos en ceniza, y a los líderes de la rebelión, se los tragó vivos la tierra ante los ojos atónitos de los israelitas. Y la divina promesa se cumplió. Moisés murió en su ancianidad entonando un hermoso cántico de alabanza a Yavhé por su lealtad con el pueblo de Israel.
La libertad es el más precioso de los dones. La historia de la humanidad es la historia de la lucha por la libertad. Pero la libertad tiene un costo muy alto que no todos están dispuestos a pagar, ya que la libertad implica responsabilidad y esa es una cuota demasiado riesgosa, demasiado comprometedora. Sin embargo, la libertad sin responsabilidad, no es libertad, sino más bien, una sujeción, un sometimiento a un orden de cosas que no fue diseñado por uno mismo, sino impuesto desde fuera, por alguien más. Responsabilidad es una palabra que, según el Diccionario de la Real Academia Española, significa responder de nuestros propios actos o de los de alguien más, cuando las consecuencias de éstos puedan interferir con la libertad o el derecho de los demás. Ser responsable implica contraer una deuda de reparar y satisfacer; estar obligado a responder de algo o por alguien.
En otras palabras, ser libre es la condición indispensable para ser responsable y viceversa. Sin embargo, la libertad implica también conocimiento, sabiduría, pero, sobre todo, respeto. Y el respeto surge invariablemente de un cierto grado de temor. Temor a una autoridad superior, temor aun castigo o a una consecuencia desfavorable para nosotros. Temor a la Ley, con mayúscula. Pero para que el temor se traduzca en respeto, es necesario también otro ingrediente, el amor. Y cuando hablo de amor, no me refiero precisamente al amor romántico entre dos personas, sino al amor en general. Al amor por la vida, por la propia y por la de los otros así como por la vida en todas sus formas. Para que alguien sea capaz de amar a otro o a otros, debe primero sentir amor por sí mismo. Y el amor propio se alcanza sólo a través del auto conocimiento. Uno no puede amar aquello que no conoce. Sin embargo, nos pasamos la vida evadiendo con toda clase de distractores ese enfrentamiento con nosotros mismos.
Preferimos auto engañarnos antes de hacer un viaje hacia dentro de nosotros y vernos tal y como somos porque seguramente lo que hallaremos no será de nuestro agrado. Todos los defectos, todas las mentiras, todos los miedos de los que somos presa saldrán a relucir con una nitidez y una claridad que seremos incapaces de soportar. Por eso siempre es mejor hallar un chivo expiatorio a quien culpar de todos los males que nos aquejan, antes de mirarnos en el espejo de nuestra miserable condición de esclavos. De esclavos de nuestras pasiones, de nuestros apetitos, de esclavos de la mercadotecnia, de la parafernalia, de la basura televisiva, (futbol, comida chatarra, telenovelas, chismes de la farándula, programas idiotas de chistes vulgares), de la palabrería hueca de los políticos, de sus discursos mesiánicos, redentores, que nos hacen irrumpir en un llanto liberador como el que sentimos ante la imagen guadalupana, y creer que ahora sí saldremos de pobres, ahora sí seremos autosuficientes, ahora sí habrá empleo bien remunerado, ahora sí no habrá corrupción, porque “él” o “ella” nos librarán de todos los males, de todas las amenazas que, curiosamente, siempre vienen de “fuera”, de otra parte. Porque nosotros, los mexicanos, “somos buenos, derechos, honrados, tenemos palabra y no nos rajamos”.
¡Cuánta falsedad hay en tales afirmaciones! ¡Cómo nos gustaauto engañarnos! Somos los eternos adolescentes, que prefieren hacer desmanes, cerrar calles, quemar camiones, gritar consignas contra el gobierno corrupto, mismo que nosotros elegimos una y otra vez, mismo al que nosotros encumbramos en la cima del poder para que siga aplastándonos, asfixiándonos y sometiéndonos a sus designios, pues no hemos sido capaces de hacerle frente con armas lo suficientemente fuertes, porque para que haya fuerza se necesita unidad y esa es la palabra clave y el talón de Aquiles de la sociedad mexicana. No hay unidad, no hay cohesión, no existe un reclamo común de justicia, respeto, legalidad, libertad, oportunidad, pues cada quien ve para su santo. Cada quien quiere llevar agua a su molino, ver por su causa individual y los demás “ahí se la echan”. Que cada quien se rasque con sus uñas. Ese es el pensamiento que nos define.
Porque para que surja entren nosotros un sentimiento de cohesión, de unidad, tenemos que vernos como hijos de un mismo Padre, con una herencia común, con un pasado y una historia compartidos y sobre todo, con una responsabilidad individual primero y colectiva después. Pero para ser capaces de concebirnos como un todo, los mexicanos debemos comenzar por crecer, por volvernos un país de adultos maduros, capaces de verse en el espejo de la Historia y de corregir los errores pasados. Y eso, como dije, implica hacernos responsables y eso es justamente lo que tratamos de evitar a toda costa. La responsabilidad, pues ésta conlleva la aceptación de los defectos, y la humildad para reconocer nuestras fallas, la vulnerabilidad, las flaquezas. Pero también implica el valor para cambiar el rumbo de nuestra vida individual y en sociedad.
No hay libertad gratuita. Su precio es incalculable puesto que no hay nada más preciado que ella. Sin ella simplemente no podemos desarrollar todas nuestras potencialidades. Todas las maravillas de las que el hombre ha sido capaz a lo largo de su historia, han sido posibles en la libertad y desde la libertad. Un pueblo esclavo  jamás logrará la autosuficiencia, jamás alcanzará la plenitud de sus potencialidades y vivirá en la oscuridad de los tiempos por siempre. Lo sabemos, sin embargo, preferimos seguir siendo esclavos y conformarnos con las sobras de lo que nos correspondería por derecho propio si fuésemos capaces de reclamarlo, si tuviéramos el valor de hacerlo. No hay peor esclavitud que el conformismo. Como bien reza el epígrafe de este artículo del gran educador y humanista mexicano Flores Magón. Somos “esclavos satisfechos”. “Podríamos estar peor”, decimos. Y así seguimos, estancados, atorados en medio del desierto de la ignorancia y la apatía. Esclavos que añoran volver a su vieja esclavitud antes que soportar un poco de sufrimiento a cambio de la libertad absoluta. Como los israelitas que se sublevaron contra Moisés y fueron tragados por la tierra.
Tenemos miedo. Miedo de “someternos” a esa única sumisión que nos haría libres. Somos esclavos de todo y de todos, pero no queremos aceptar dócilmente esa dulce sumisión a la única autoridad digna de obedecer. La autoridad suprema, la que debiera ser el parangón de todas las leyes humanas. La Ley de la cual debían desprenderse todas las otras leyes, puesto que sólo en la Ley con mayúscula están contenidos todos los preceptos y los ideales de justicia, de paz, de solidaridad, de igualdad y de respeto que harían de nosotros una sociedad libre y responsable. La ley está ahí, al alcance de todos, sólo exige de nosotros una cosa, compromiso irrestricto a su cumplimiento. Pero preferimos conformarnos con los mendrugos y vivir nuestras “pequeñas” libertades, pues son muy fáciles de obtener y no exigen mayor compromiso, antes de ir en pos dela única y suprema libertad, la del hombre con Dios.

Teresa de Jesús Padrón Benavides
Verano, 2012

sábado, 12 de mayo de 2012

Desde la fila de los desolados




Right now I can't read too good
Don't send me no more letters no
Not unless you mail them
From Desolation Row.
Bob Dylan


Viernes de una noche hermosa y fresca. El tráfico y el ajetreo de avenida Insurgentes a la altura del recinto, anticipaban una velada inolvidable, como lo fue. El lugar tal vez no era el más apropiado para tan anhelado acontecimiento, sin embargo, ahí estábamos, casi al fondo y entre más de cinco mil almas expectantes, igual que nosotros, por ver y escuchar al legendario personaje. Henos ahí, intentando hallar el lugar con la mejor vista posible entre la multitud y a una distancia de más de setenta metros, lo cual se antojaba cada vez menos probable, pues el auditorio carece de inclinación. Optamos por el extremo derecho y creo que fue lo mejor, pues ahí estaba, junto a una de las columnas de hierro, un gran bote de basura sobre el cual me paré para ver mejor.
Nueve en punto. Se apagan las luces y sobre el escenario muy sobrio (sólo un telón negro sobre el que se reflejaba una luz azul), aparecen proyectando sus sombras Bob Dylan y su banda: Stu Kimball en la guitarra rítmica, Charlie Sexton en la guitarra armónica, George Recelli en la batería y las percusiones y le gran Tony Garnier, en el bajo eléctrico y el contrabajo. También estaba ahí su viejo amigo y compañero de batalla, Donny Herron, en el violín. El Maestro, guitarra en mano, inicia los primeros versos de “Leopard-Skin Pill-Box Hat” y la gente grita a todo pulmón. A pesar de que los acordes iniciales no permitían reconocerla, en el estribillo nadie dudó un instante en corear “Well, I see you got your brand new leopard-skin pill-box hat, Yes, I see you got your brand new leopard-skin pill-box hat… Well, you must tell me, baby, How your head feels under somethin’ like that. Under your brand new leopard-skin pill-box hat”
Echo un vistazo alrededor. Gente de todas las edades, jóvenes de entre 18 hasta 30 años; parejas en sus cuarentas y cincuentas, señores de entre 65 y 70 años. Todos con una expresión de complacencia y agradecimiento, a pesar del lugar tan poco privilegiado que nos había tocado y sin quitar la vista del escenario. Cada quien lleva su propio Dylan dentro, pienso mientras busco desesperadamente a mi esposo a quien en algún momento perdí de vista mientras compraba una cerveza. Distingo su silueta alta y espigada unas cuantas filas atrás y le hago señas para que voltee. Al fin me ve y viene a mi encuentro mientras comienza “To Ramona”, una de nuestras favoritas. Y entonces pienso que Dylan es nuestro, mío, suyo, de todos y cada uno de los que ahí estamos. Cada canción, cada verso, nos pertenece, nos es familiar y entrañable. “And someday, maybe, who knows baby, I’ll come and be cryin’ to you”.
Comienzan unos acordes acústicos de Dylan de algo que no termino de reconocer hasta el estribillo, “People are crazy and times are strange, I’m locked in tight, I’m out of range, I used to care, but things have changed”.  Things have changed, tema de la película Wonder Boys de 2000 con Michael Douglas. Y vaya que si las cosas han cambiado. Atrás ha quedado la voz de “sand and glue”, como la llamaba Bowie y ahora Dylan suena chillón y rasposo al mismo tiempo. Aguardentoso y agudo a la vez. Y nosotros, sus fans, también hemos cambiado. Nos sentimos, la mayoría, como dice el estribillo de la canción, “fuera de foco”, raros, inadaptados, anacrónicos. Solía importarnos, pero las cosas han cambiado. Después viene “Desolation Row” y T.S. Eliot y Ezra Pound, y Shakespeare y Cenicienta y Romeo y Julieta y Caín y Abel y toda la caterva de personajes famosos desfila por mi cabeza y no puedo evitar llorar de emoción y de pena por la futilidad de nuestra vida que, no importa quiénes hayamos sido o qué hayamos hecho, al final todos coincidiremos en la fila de la desolación. Y como si él supiera que las lágrimas habían rodado por mis mejillas, comienza, justamente “Cry a while”.
Me seco las lágrimas, doy un trago a mi cerveza e intento llegar al cielo antes de que cierren la puerta. “Trying to Get to Heaven”, del Time Out of Mind, de 1997, muy querido por nosotros, pues nos recuerda la época de recién casados, con veladas interminables entre charla, música, vino y amigos queridos. El ritmo acompasado y lento de esta balada puso a bailar “pegadito” a varias parejas alrededor nuestro. Y hasta nosotros comenzamos a balancearnos un poco, abrazados con “Spirit on the wáter” del Modern Times, con su ritmo tranquilo, como de canción de crooner de los años treinta “Life without you, doesn’t mean a thing to me, if I can’t have you, I’ll throw my love into the deep blue see….”. Ahora sí, aquello se ha vuelto literalmente una pista de baile, las parejas mejilla con mejilla. Termina la canción con el contrabajo, los acordes suaves de la Gibson Les Paul y la armónica de Dylan, dulce, melódica.
Después de la gran ovación, ahora sí, viene “el plato fuerte”, el rock rupestre de la carretera 61 revisitada, en donde Di_s le pide a Abraham que le sacrifique un hijo o si no habrá de conocerlo en toda su furia. Ahora las voces son una sola coreando cada uno de los versos fuerte y duro, para que se escuche y para que no quepa duda de que, después de 40 años, Dylan sigue siendo Dylan y, tal como lo demostró anoche, tiene para rato, salvo que ocurriese una simple vuelta del destino. “Simple Twist of Fate” (una de mis consentidas), sigue causando estragos en el corazón de todos los dylanianos que hemos sido víctimas de las flechas de Cupido más de una vez.  People tell me it's a sin, to know and feel too much within” y yo pienso que no, que no es pecado saber y sentir tanto por alguien y para celebrarlo, doy otro trago a mi cerveza. Y a propósito de amor y dolor, lo que sigue es “Love Sick”,  “I’m sick of love, I wish I’d never met you, I’m sick of love, I’m trying to forget you…” canta el maestro acompañado de su Fender, mientras atrás el hammond marca una sola nota, obstinada, como el amor imposible, inalcanzable, el amor enfermizo. Después de la histeria colectiva al terminar “Love Sick”, hizo su flamante aparición una de las favoritas de todos los tiempos, y algo está pasando pero no sabemos qué y entonces los acordes del Hammond acompañados del compás del piano nos recuerdan a un tal Mr. Jones y recordamos, sí recordamos “Ballad of a Thin Man”, del Highway 61, y también recordamos las muchas veces que nos han preguntado qué se siente ser un freak, y que no hemos sabido exactamente a qué se referían.

En el concierto de Dylan no hubo mariachis, ni pirotecnia, ni bromas con el público ni diálogos. Bastó con su poesía y su música, amada, venerada, incluso las canciones irónicas, mordaces, incisivas, las hirientes, las que preguntan ¿cómo se siente, después de haber estado en la cima del mundo,  no tener casa, ser un perfecto desconocido, una piedra rodante? Like a Rolling Stone hizo estremecer el auditorio en sus cimientos. Y cómo no, si es, tal vez, el  icono musical de los sesenta. La canción más popular de Dylan y la que el público más deseaba escuchar, aun a sabiendas e que sería el preámbulo de la despedida. Y así fue. Después de la tempestad, vino un breve lapso de calma. Bob presentó a los músicos, dio las gracias al público en Español y entonó, en una versión muy sui generis, el himno de la generación hippie “Blowing in the Wind”, que sonó más vigente que nunca, en estos tiempos oscuros e inciertos en que vivimos. Y Dylan nos preguntaba cuántas muertes más serían necesarias, antes de darnos cuenta de que ha muerto mucha gente y la respuesta soplaba en el viento.
Bob y su banda hicieron una reverencia, dieron las gracias y salieron del escenario. Sin embargo, la euforia del público los hizo volver para el encore. El maestro, a sus 72 años, lucía algo cansado y parecía decir “Debe haber una forma de salir de aquí”.  “All Along the Watchtower”, cerró con broche de oro la noche y el público la acompañó a todo pulmón y con palmas y silbidos. Nosotros, complacidos, agradecidos de haber visto finalmente a Dylan en vivo, contemplábamos satisfechos la escena desde la última fila. La fila de los desolados.

jueves, 26 de abril de 2012

NIMBUS



Y os días no son plenos
Y las noches no son plenas
Y la vida se desliza como rata campera
Sin perturbar la hierba
Ezra Pound
Una gran nube negra cubre la noche plegada de estrellas. El viento frío en mi cara trae un recuerdo que duele, que cala en lo más hondo. Inhalo profundamente el aroma de los eucaliptos húmedos. Los grillos vuelven a cantar después de la lluvia y una luciérnaga ha extraviado el camino y revolotea junto a nosotros, mi perro y yo. No hay nadie afuera a esta hora. El silencio nos rodea salvo por los ruidos de insectos nocturnos, ladridos lejanos y el maullido de una gata en celo. Si al menos me hubiese dejado decirle que permanecería conmigo por siempre. Pero cortó de tajo el finísimo hilo que aún nos sostenía. Dicen que las nubes negras son de mal agüero. A mi me gustan. Cubren la resplandeciente luna que ya no brilla más para mí. Presagian tormentas y las tormentas me aquietan, pues silencian los fuertes latidos de mi corazón al recordarlo. Cuánto amor tenía aún que darle. Cuántas canciones, poemas, caricias, besos que no hallarán más destinatario. Sus manos estaban hechas justo al tamaño de mis pechos. Mi boca justo a la medida de la suya. Su piel exhalaba el aroma del amor. Esta noche, mi perro no insiste en tirar de la correa. Su paso se hace a la medida del mío, lento, acompasado, y sólo de vez en cuando voltea a verme, como si quisiera decirme que él conoce de mi pena. Se detiene a olfatear un poco las hojas. Yo también me detengo a mirar el cielo nocturno. Venus brilla como nunca hacia el poniente. Sólo en el amor es posible fundirse con la noche y ser tres y uno al mismo tiempo. Pero él se ha ido para siempre. No habrá más noches plenas para mí. Tendré, si acaso, el consuelo de una grata compañía, de una charla amena y de un destello de pasión lejano. Si al menos me hubiese permitido la posibilidad remota de un encuentro, me habría devuelto la alegría perdida.  Cierro los ojos e inhalo profundo. Mis lágrimas ruedan y saben a sal. Alguien dice mi nombre a lo lejos. No es él. Tiempo de volver. Mi perro se ha echado a mis pies. Tiro de la correa y se espabila sacudiendo el cuerpo. Yo creí que el amor duraba por siempre. Estaba equivocada. El suyo por mi terminó. El mío permanece inútilmente. Sólo espero que se aleje poco a poco. Como esa nube negra que cubre un pedazo de cielo en esta noche constelada.

México, D.F. primavera, 2012

lunes, 9 de abril de 2012

SHOW ME THE PLACE




“Show me the place, where you want your slave to go,
show me the place, I’ve forgotten, I don’t know…”
Leonard Cohen

Muchas veces olvidamos el camino. Son demasiadas las opciones, demasiadas las oportunidades de desviarnos, de perder de vista el puerto de llegada en un mar turbulento de distractores, de placeres fugaces, de ilusiones y quimeras respecto de lo que creemos que es la felicidad. Es muy fácil perderse cuando no se ha estudiado concienzudamente el mapa. Ninguna brújula mágica nos sirve de guía. Ningún faro brilla para nosotros y las bitácoras de viaje no son de provecho. Naufragamos en la inmensidad de un océano de confusión y entonces, si aún nos queda un mínimo de fuerza y de razón, intentamos nadar de regreso a nuestro puerto, al lugar de descanso, al remanso de paz, al refugio anhelado, junto a los nuestros y ahora sí, comenzamos a construir un barco nuevo, siguiendo el instructivo al pie de la letra y nos volvemos a aventurar mar adentro, con nuestro mapa de ruta, nuestro catalejo y nuestra tripulación bien provista para la travesía hacia puerto seguro. Y ahora sí recordamos el puerto hacia donde queremos llegar. Y es grande y es hermoso y es abundante en cosas buenas, cosas imperecederas, cosas que nos trascienden pues son intangibles, pero reales, invaluables, pero valiosas, y ese lugar siempre estuvo ahí, pero su cercanía impedía apreciarlo en su totalidad. Impedía verlo tal cual es pero ahora, después del naufragio que puso la distancia justa entre él y nosotros, podemos admirarlo en toda su belleza.
Y sólo entonces comprendemos que aquel naufragio había sido necesario. Que los tropiezos, los errores, las desviaciones y los intentos fallidos por retomar el camino una y otra vez, no fueron en balde. Cumplieron su misión aleccionadora y toca ahora sólo a nosotros, no volver a perder el rumbo. Y el mapa está ahí, ante nuestros ojos, expuesto en toda su amplitud. Su código es difícil de descifrar, pero no imposible. Sólo requiere de nuestra aplicación en su estudio, de nuestra apertura de mente y corazón, de nuestra disponibilidad de someternos a un dulce yugo, a un amoroso señorío de quien es el creador de todo cuanto existe, el creador de ese mapa, que es la Ley, que contiene las instrucciones precisas para llegar a buen puerto y disfrutar el viaje en cada una de sus estaciones.
La Ley, que es el mapa, es un libro abierto a todos y nadie puede negar conocerla. Al menos de oídas. Más no basta con solo conocerla, saber que “está ahí”, sino penetrar en ella, escudriñarla pacientemente, sopesarla, ponderar sus misterios, abrazarla y acogerla amorosamente, como se acoge a un viejo amigo a quien se temía perdido. Asignarle un tiempo especial y que ese sea el tiempo más anhelado del día. No postergar su estudio con pretextos fáciles. Hacer de esa ocasión el más esperado encuentro dentro de nuestras faenas diarias. Solemos decir “es que yo merezco darme este o aquel lujo, como recompensa por que me mato trabajando”, y bien, ¿Por qué no aprender a hacer de la Ley y su estudio ese “lujo”? ¿Por qué no aprender a sentir el mayor de los placeres durante esa hora santa en que penetramos al recinto de la Ley y comulgamos con Él? ¿Por qué no romper de tajo con las cadenas que nos atan a todo lo demás? Somos esclavos de todo y de todos. Compramos lo que nos venden, hacemos lo que nos dicen, actuamos servilmente ante casi cualquier cosa, pero somos incapaces de someternos a la Ley, pues ésta conlleva un esfuerzo y una valentía superiores a los de cualquier otro yugo. No cualquiera es capaz de soportar el régimen. Prefieren la aprobación inmediata, la aceptación instantánea de otros que son más esclavos que ellos y cuando no la obtienen, se amargan, se frustran y culpan al resto del mundo de su fracaso.

Pero la recompensa de vivir de acuerdo a la Ley no es a corto ni a largo plazo. Es permanente, es como un premio del que podemos disfrutar de por vida, puesto que no se irá, a menos que nosotros lo decidamos. Di_s nunca se aleja, nosotros simplemente dejamos de buscarle o le damos la espalda. Y esa recompensa se manifiesta no sólo en los grandes logros de nuestra vida, sino en las cosas sencillas, en lo cotidiano, en lo inmediato. En nuestra capacidad de asombro ante el mundo que nos rodea y nuestro agradecimiento por estar vivos, por sentir alegría, dolor, conmiseración, deseo, pasión, compasión, euforia. En tener la humildad suficiente para dejar de lado nuestro egoísmo y poder ver el rostro de los demás tal y como es y amarlo tal y como es, porque es diferente pero semejante a mi. Eso es vivir de acuerdo a la Ley.  Y eso es la búsqueda más alta, el fin último, el verdadero lugar al que deberíamos aspirar todos sin excepción, pues es el lugar donde mora Él y ese lugar está aquí mismo, en la tierra, en el corazón de cada persona y el mapa de ruta está en la Torá.

Tere Padrón

martes, 3 de abril de 2012

Carta de amor



I hold this letter in my hand, a plea, a petition, a kind of prayer
I hope it does as I have planned
Losing her again is more than I can bear

Nick Cave



Ya nadie se escribe cartas, mucho menos de amor. Tal parece que en nuestro mundo moderno, invadido por la tecnología y la prisa, el género epistolar ha quedado en el olvido. Pero quienes alguna vez tuvimos el privilegio de recibir cartas, en especial de amor, las devorábamos en cuanto asomaba el sobre blanco en nuestro buzón. No leíamos entre líneas, no ponderábamos respecto de qué querían decirnos, sólo queríamos terminarlas para contestar con otra carta, igual de amorosa,  igual d e apasionada, igual de apremiante. Sin embargo ahora, a la distancia, las releemos con la sabia paciencia y madurez que no teníamos entonces, y  hallamos que todas las promesas ahí vertidas, se han consumado  y han resistido el peso del tiempo y de las vicisitudes.
Las conservamos amorosamente en una caja, Las llevamos con nosotros a cada ciudad a donde nos mudamos, les asignamos un lugar especial en la casa, como el cajón de un armario y nos gusta voltear a ver de reojo, de vez en cuando, ese rincón y así recordar que ellas están ahí, como testigos silenciosos de un juramento de amor hecho y consumado. Como cómplices de nuestros secretos de juventud sólo dichos ahí, y sólo compartidos con su destinatario. Nuestras cartas  hablan por nosotros cuando sentimos que el amor se nos escapa, cuando olvidamos nuestros votos y nos alejamos física y espiritualmente, de su destinatario (a). Ellas nos recuerdan, sutilmente, en voz baja, todo aquello por lo cual nos enamoramos de esa persona. Ellas testifican a su favor, le devuelven todos los atributos que nosotros les quitamos a través de tiempo. Nuestras cartas nos devuelven el rostro verdadero del amado (a) y acabamos besando su nombre plasmado en el sobre que alguna vez fue blanco y que ahora ha adquirido un tono amarillento y un olor a madera y a recuerdo.
Y entonces, nos invade una alegría indescriptible. Sólo comparada como la que sentimos al recibirlas, en medio del éxtasis y el júbilo, en plena juventud y llenos de esperanzas. Terminamos de releerlas con una sonrisa tranquila y con una que otra lágrima en la mejilla. Volteamos hacia el sillón de la sala y hallamos a su destinatario absorto en sus lecturas. Es él. Ahora peina canas, ya no fuma y usa gafas. Pero es él. El dueño de esas cartas y de todo el amor que ellas contienen, está aquí, junto a mi, tal y como lo prometió hace casi 20 años en sus cartas. Y yo, a su lado, tal y como lo juré, sin curas ni iglesias de por medio. Sólo ante él hice mis votos y sólo mis cartas lo atestiguan.

Teresa Padrón de Islas
Primavera, 2012

martes, 20 de marzo de 2012

Lecciones


"Together we stand, divided we fall"
Roger Waters
La mayoría de los animales aprendemos a través de la experiencia. Un cachorro de león aprende, después de ver a su hermano en las fauces de una hiena, que no debe alejarse mucho de su madre para buscar alimento y, sobre todo, que debe protegerse a sí mismo. Lo mismo ocurre con un niño cuando, por ejemplo, siente dolor al tocar el fuego de la hornilla de la estufa. Sin embargo, hay lecciones que nos resultan muy difíciles de aprender, tal vez porque el daño no nos haya tocado directamente a nosotros, tal vez porque hemos corrido con suerte de no haber sufrido en carne propia el dolor o tal vez porque simplemente activamos un mecanismo de autodefensa ante éste, el cual consiste básicamente en ignorarlo. Hacer como que no está pasando nada, como que las tragedias humanas o los desastres naturales son mejor evadirlos con una buena dosis de diversión, esparcimiento o trabajo.
Pero esta evasión, que no es otra cosa que cobardía, conduce casi siempre, a la insensibilidad y esta, a su vez, a la deshumanización.  El grado de violencia y de barbarie que estamos presenciando hoy día, es justamente producto de esta deshumanización. A diario somos testigos de cómo el hombre es el peor enemigo de sí mismo y a diario tenemos que salir a enfrentarnos a esta terrible realidad y a tratar de sobrevivir al peligro inminente.
A diario se despliegan ante nosotros los escenarios más cruentos de que el hombre es capaz contra sus semejantes: decapitaciones en plena vía pública, masacres frente a centros escolares a plena luz del día, cadáveres apilados en fosas clandestinas, y todo el amplio espectro de brutalidad sólo concebible entre la única bestia que actúa con saña, alevosía, ventaja y premeditación:  los seres humanos.
Y mientras esto ocurre, seguimos viviendo nuestra vida como si nada, como si no perteneciéramos a esta especie, como si no fuese esta nuestra casa común, como si los malos fueran otros, no nosotros. Somos incapaces de vernos reflejados en esos crímenes. Somos incapaces de ver siquiera un destello de nuestra propia maldad en lo que ocurre y así vamos por la vida, ocupándonos de nuestros propios asuntos, evadiendo la realidad con toda clase de placeres: sexo, drogas, música, alcohol, televisión, etcétera, mientras el mundo se colapsa frente a nuestros ojos. Lo peor es que al hacerlo, al evadir nuestra responsabilidad, le damos, al mismo tiempo, una licencia al crimen, a la corrupción y a la violencia de seguir operando a sus anchas. Le otorgamos un permiso y un perdón anticipado a los verdaderos culpables de que nuestra vida esté hecha mierda: políticos, empresarios, líderes sindicales, gobernantes en fin. Al no hacer nada, al evadir nuestra responsabilidad de exigir justicia y cese de políticos y funcionarios públicos corruptos, al no salir a las calles en masa, como lo han hecho en países como Colombia, Bolivia, Egipto, por citar sólo algunos,  estamos permitiendo que estas prácticas sigan ocurriendo.
Esto sólo demuestra que los seres humanos, específicamente los mexicanos, no sólo no aprendemos de nuestras experiencias, sino que, además, contribuimos a permanecer en un estado de cosas que va de mal en peor. Y eso sólo habla de la poca capacidad de raciocinio, de la poca inteligencia que tenemos y de la poca memoria. Porque olvidamos. Olvidamos lo que sucede cuando se conjuntan corrupción, ignorancia, marginalidad e injusticia. Olvidamos que todo eso junto, es el caldo de cultivo perfecto para la violencia. Lo olvidamos mientras nadie toque lo nuestro. Mientas nadie ose poner su pie en mi pequeña zona de confort. Y volvemos, irremediablemente, a caer en el engaño de los que nos tienen amarrados de brazos. Inmóviles. No aprendemos la lección, hasta que, un buen día, el dolor nos toca en donde más nos duele. En los “nuestros” y si lo entrecomillo es porque justamente, los nuestros deberían ser todos los demás, los que nos rodean, con los que interactuamos a diario, el prójimo, además de nuestra familia y amigos.
Sin embargo, hay un ámbito en el que, al menos así lo parece, sí hemos aprendido la lección. El día de hoy a las 12 en punto del mediodía, un sismo e 7.8 grados en la escala de Richter sacudió el sur del país. En la ciudad de México, el sismo se sintió fuerte, en especial en el sur. Las alarmas sísmicas se activaron casi con 50 segundos de anticipación. Las escuelas, oficinas y edificios fueron evacuados en orden y sin contratiempos. Salvo algunos ataques de pánico y desmayos, los accidentes humanos fueron casi nulos. No hubo pérdidas humanas y sólo daños materiales menores. En la escuela primaria en donde trabajo, los niños, maestros, directivos y personal, sabían lo que debían hacer y lo hicieron bien. Poco a poco, desde el tercer piso, fueron saliendo uno tas otro en orden y bajaron las escaleras en perfecta calma. Los pequeños de preescolar y de los primeros grados de primaria, cantaron con nosotros, sus maestros, mientras se reunían en el centro del patio escolar. Una vez que cesó el movimiento telúrico, los niños se pusieron a jugar, sin levantarse de sus lugares en el patio; otros platicaban de sus juegos favoritos; otros preguntaban si habría clases mañana, otros que si se quedarían sin clase el resto del día, en fin.
Pongo a los niños como ejemplo porque, a diferencia de nosotros los adultos, que no podemos resolver nuestras diferencias, ni ponernos de acuerdo, ni estar unidos por alguna causa común, los niños sí. Se protegían mientras buscaban a sus mejores amiguitos para, junto a ellos, cubrirse la cabeza y agacharse hasta que pasara el peligro. Mientras veía todo aquello, pensaba en los niños del Norte del país, concretamente de Monterrey, quienes, a diferencia de estos, son víctimas de otro tipo de peligro, uno que no es de origen natural y el cual todos somos responsables, el crimen y la violencia. Ellos, como estos, también hacen simulacros, pero ante tiroteos entre bandas de sicarios. Unos, crecerán sabiendo qué hacer en caso de un sismo. Otros, los que sobrevivan a la barbarie, crecerán creyendo que eso es “normal” , sin poder distinguir entre el bien y el mal y, en el peor de los casos, convirtiéndose ellos mismos en agentes del mal y, en el mejor, en sus cómplices.
Las lecciones que podemos (si somos medianamente inteligentes) aprender de estos acontecimientos son muchas, pero las que nos dan los niños, son tal vez, las más importantes.  Ellos sí saben qué hacer ante el peligro: estar juntos, protegerse, ayudarse, consolarse y conmiserarse ante el sufrimiento de sus compañeros. Saben que unidos vencemos y que separados caemos.


Teresa Padrón Benavides