Al principio del libro de Éxodo, Yahvé encomienda a Moisés la misión de liberar a su pueblo de la esclavitud en Egipto y le da instrucciones precisas respecto de lo que ha de decirle al faraón. Moisés, afligido, le responde: “Por favor, señor, yo nunca he sido hombre e palabras, ni aún después de haber hablado Tú con tu siervo, sino que soy torpe de boca y de lengua”. Yahvé le arengó diciendo: “¿Quién ha dado la boca al hombre? ¿Quién hace al mudo y al sordo?” “¿No soy Yo, Yahvé? Así pues, vete, que Yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que debes decir”. Moisés encomienda a Aarón, su hermano, la tarea de hablar al pueblo en su nombre, a sugerencia de Dios.
Sin embargo, hacia el final de la Torá, en Deuteronomio 32, Moisés se ha vuelto un hombre no sólo de acción, sino también de palabras. El capítulo comienza con un hermoso poema el “Cántico de Moisés”, que no sólo es un poema, sino una arenga a su pueblo y las primeras palabras que leemos son: “Prestad oídos, cielos y hablaré. Escuche la Tierra las palabras e mi boca. Como lluvia se derrame mi doctrina, caiga como rocío mi palabra, como suave lluvia sobre la hierba verde, como aguacero sobre el césped, porque voy a aclamar el nombre e Yahvé, ¡Ensalzad a nuestro Dios!”[1]
Muchos años han pasado, casi cuarenta, desde que Moisés acató la orden divina y ahora, anciano, cansado y a punto de morir, se ha vuelto un hombre sabio y Dios le ha otorgado el don de las palabras. Este bellísimo poema es una arenga a los hijos de Israel para que presten oídos al mensaje, para que se vuelvan hacia Él, que es el único camino posible. Para que dejen atrás su pasado idólatra y sólo obedezcan la Ley, que ha sido pronunciada, escuchada y escrita.
El judaísmo es una religión de palabras, no de imágenes. La Torá, el Talmud, y todos los textos sagrados son palabras puestas en papel. Palabras cuyo significado y trascendencia han moldeado la vida de los judíos a través de milenios. La palabra hebrea para “cosa” es la misma que para “palabra” דבר (davar) quiere decir ambas, cosa y palabra. Porque para el judaísmo una cosa no existe hasta que ha sido nombrada.
Si Dios no hubiera pronunciado “Hágase la luz”, la luz no habría sido. Y así con el resto dela Creación. Si Dios no hubiese santificado el sábado con una bendición, no tendríamos nuestro día de descanso y de encuentro con Él. Si Dios no hubiese infundido en Adán el hálito divino, no existiría la raza humana. Y la primera encomienda que Dios hizo a Adán fue, justamente, la de dar nombre a todas sus criaturas.
A diferencia de otras religiones en donde se privilegia la imagen (cosa por cierto que contradice el mandamiento de no hacernos imagen de Dios, puesto que nadie lo ha visto), la judía está determinada por la palabra. Para un judío las palabras son más poderosas que las cosas del mundo material. En ese sentido, podemos decir que los judíos fueron el primer pueblo anti materialista del mundo. Nuestra tradición se funda en las palabras: habladas y escuchadas; escritas y cantadas. Palabras que se vuelven actos. Actos de amor, de gratitud, de justicia y de caridad.
Nuestra oración más importante es justamente la “Shemá Israel” (Escucha, Israel) dice “ Escucha, oh Israel, el Señor es tu Dios, el Señor es Uno” (Deuteronomio 6:4). En ella Dios nos habla y nos dice que escuchemos, que entendamos, que aprendamos y guardemos todos sus mandamientos. Y lo que escuchamos son palabras. Pronunciadas y escritas. Palabras que quedan grabadas en nuestro corazón, en nuestra mente y en nuestra alma para que recordemos. Para que jamás olvidemos lo que somos y lo que podemos llegar a ser. Palabras tan poderosas que cada vez que las escuchamos, pareciera que escuchamos Su voz. Palabras que nos hacen experimentar un temblor y un temor que sólo se siente ante Su presencia. Porque cada vez que las decimos, Él está ahí. Se hace presente a través de nuestra palabra. Como se hizo presente a Moisés, por última vez, en las estepas del Moab y le mostró de lejos la tierra que habrían e heredar sus hijos y de nuevo escuchó Moisés la voz de Yahvé quien le dijo “Esta es la tierra que bajo juramento prometí a Abraham, a Isaac y Jacob diciendo: A tu descendencia la daré. Te dejo verla con tus ojos, pero no pasarás a ella”.
Teresa de Jesús Padrón Benavides
Otoño, 2012


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