"Together we stand, divided we fall"
Roger Waters
La mayoría de los animales aprendemos a través de la experiencia. Un cachorro de león aprende, después de ver a su hermano en las fauces de una hiena, que no debe alejarse mucho de su madre para buscar alimento y, sobre todo, que debe protegerse a sí mismo. Lo mismo ocurre con un niño cuando, por ejemplo, siente dolor al tocar el fuego de la hornilla de la estufa. Sin embargo, hay lecciones que nos resultan muy difíciles de aprender, tal vez porque el daño no nos haya tocado directamente a nosotros, tal vez porque hemos corrido con suerte de no haber sufrido en carne propia el dolor o tal vez porque simplemente activamos un mecanismo de autodefensa ante éste, el cual consiste básicamente en ignorarlo. Hacer como que no está pasando nada, como que las tragedias humanas o los desastres naturales son mejor evadirlos con una buena dosis de diversión, esparcimiento o trabajo.
Pero esta evasión, que no es otra cosa que cobardía, conduce casi siempre, a la insensibilidad y esta, a su vez, a la deshumanización. El grado de violencia y de barbarie que estamos presenciando hoy día, es justamente producto de esta deshumanización. A diario somos testigos de cómo el hombre es el peor enemigo de sí mismo y a diario tenemos que salir a enfrentarnos a esta terrible realidad y a tratar de sobrevivir al peligro inminente.
A diario se despliegan ante nosotros los escenarios más cruentos de que el hombre es capaz contra sus semejantes: decapitaciones en plena vía pública, masacres frente a centros escolares a plena luz del día, cadáveres apilados en fosas clandestinas, y todo el amplio espectro de brutalidad sólo concebible entre la única bestia que actúa con saña, alevosía, ventaja y premeditación: los seres humanos.
Y mientras esto ocurre, seguimos viviendo nuestra vida como si nada, como si no perteneciéramos a esta especie, como si no fuese esta nuestra casa común, como si los malos fueran otros, no nosotros. Somos incapaces de vernos reflejados en esos crímenes. Somos incapaces de ver siquiera un destello de nuestra propia maldad en lo que ocurre y así vamos por la vida, ocupándonos de nuestros propios asuntos, evadiendo la realidad con toda clase de placeres: sexo, drogas, música, alcohol, televisión, etcétera, mientras el mundo se colapsa frente a nuestros ojos. Lo peor es que al hacerlo, al evadir nuestra responsabilidad, le damos, al mismo tiempo, una licencia al crimen, a la corrupción y a la violencia de seguir operando a sus anchas. Le otorgamos un permiso y un perdón anticipado a los verdaderos culpables de que nuestra vida esté hecha mierda: políticos, empresarios, líderes sindicales, gobernantes en fin. Al no hacer nada, al evadir nuestra responsabilidad de exigir justicia y cese de políticos y funcionarios públicos corruptos, al no salir a las calles en masa, como lo han hecho en países como Colombia, Bolivia, Egipto, por citar sólo algunos, estamos permitiendo que estas prácticas sigan ocurriendo.
Esto sólo demuestra que los seres humanos, específicamente los mexicanos, no sólo no aprendemos de nuestras experiencias, sino que, además, contribuimos a permanecer en un estado de cosas que va de mal en peor. Y eso sólo habla de la poca capacidad de raciocinio, de la poca inteligencia que tenemos y de la poca memoria. Porque olvidamos. Olvidamos lo que sucede cuando se conjuntan corrupción, ignorancia, marginalidad e injusticia. Olvidamos que todo eso junto, es el caldo de cultivo perfecto para la violencia. Lo olvidamos mientras nadie toque lo nuestro. Mientas nadie ose poner su pie en mi pequeña zona de confort. Y volvemos, irremediablemente, a caer en el engaño de los que nos tienen amarrados de brazos. Inmóviles. No aprendemos la lección, hasta que, un buen día, el dolor nos toca en donde más nos duele. En los “nuestros” y si lo entrecomillo es porque justamente, los nuestros deberían ser todos los demás, los que nos rodean, con los que interactuamos a diario, el prójimo, además de nuestra familia y amigos.
Sin embargo, hay un ámbito en el que, al menos así lo parece, sí hemos aprendido la lección. El día de hoy a las 12 en punto del mediodía, un sismo e 7.8 grados en la escala de Richter sacudió el sur del país. En la ciudad de México, el sismo se sintió fuerte, en especial en el sur. Las alarmas sísmicas se activaron casi con 50 segundos de anticipación. Las escuelas, oficinas y edificios fueron evacuados en orden y sin contratiempos. Salvo algunos ataques de pánico y desmayos, los accidentes humanos fueron casi nulos. No hubo pérdidas humanas y sólo daños materiales menores. En la escuela primaria en donde trabajo, los niños, maestros, directivos y personal, sabían lo que debían hacer y lo hicieron bien. Poco a poco, desde el tercer piso, fueron saliendo uno tas otro en orden y bajaron las escaleras en perfecta calma. Los pequeños de preescolar y de los primeros grados de primaria, cantaron con nosotros, sus maestros, mientras se reunían en el centro del patio escolar. Una vez que cesó el movimiento telúrico, los niños se pusieron a jugar, sin levantarse de sus lugares en el patio; otros platicaban de sus juegos favoritos; otros preguntaban si habría clases mañana, otros que si se quedarían sin clase el resto del día, en fin.
Pongo a los niños como ejemplo porque, a diferencia de nosotros los adultos, que no podemos resolver nuestras diferencias, ni ponernos de acuerdo, ni estar unidos por alguna causa común, los niños sí. Se protegían mientras buscaban a sus mejores amiguitos para, junto a ellos, cubrirse la cabeza y agacharse hasta que pasara el peligro. Mientras veía todo aquello, pensaba en los niños del Norte del país, concretamente de Monterrey, quienes, a diferencia de estos, son víctimas de otro tipo de peligro, uno que no es de origen natural y el cual todos somos responsables, el crimen y la violencia. Ellos, como estos, también hacen simulacros, pero ante tiroteos entre bandas de sicarios. Unos, crecerán sabiendo qué hacer en caso de un sismo. Otros, los que sobrevivan a la barbarie, crecerán creyendo que eso es “normal” , sin poder distinguir entre el bien y el mal y, en el peor de los casos, convirtiéndose ellos mismos en agentes del mal y, en el mejor, en sus cómplices.
Las lecciones que podemos (si somos medianamente inteligentes) aprender de estos acontecimientos son muchas, pero las que nos dan los niños, son tal vez, las más importantes. Ellos sí saben qué hacer ante el peligro: estar juntos, protegerse, ayudarse, consolarse y conmiserarse ante el sufrimiento de sus compañeros. Saben que unidos vencemos y que separados caemos.
Teresa Padrón Benavides


