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martes, 20 de marzo de 2012

Lecciones


"Together we stand, divided we fall"
Roger Waters
La mayoría de los animales aprendemos a través de la experiencia. Un cachorro de león aprende, después de ver a su hermano en las fauces de una hiena, que no debe alejarse mucho de su madre para buscar alimento y, sobre todo, que debe protegerse a sí mismo. Lo mismo ocurre con un niño cuando, por ejemplo, siente dolor al tocar el fuego de la hornilla de la estufa. Sin embargo, hay lecciones que nos resultan muy difíciles de aprender, tal vez porque el daño no nos haya tocado directamente a nosotros, tal vez porque hemos corrido con suerte de no haber sufrido en carne propia el dolor o tal vez porque simplemente activamos un mecanismo de autodefensa ante éste, el cual consiste básicamente en ignorarlo. Hacer como que no está pasando nada, como que las tragedias humanas o los desastres naturales son mejor evadirlos con una buena dosis de diversión, esparcimiento o trabajo.
Pero esta evasión, que no es otra cosa que cobardía, conduce casi siempre, a la insensibilidad y esta, a su vez, a la deshumanización.  El grado de violencia y de barbarie que estamos presenciando hoy día, es justamente producto de esta deshumanización. A diario somos testigos de cómo el hombre es el peor enemigo de sí mismo y a diario tenemos que salir a enfrentarnos a esta terrible realidad y a tratar de sobrevivir al peligro inminente.
A diario se despliegan ante nosotros los escenarios más cruentos de que el hombre es capaz contra sus semejantes: decapitaciones en plena vía pública, masacres frente a centros escolares a plena luz del día, cadáveres apilados en fosas clandestinas, y todo el amplio espectro de brutalidad sólo concebible entre la única bestia que actúa con saña, alevosía, ventaja y premeditación:  los seres humanos.
Y mientras esto ocurre, seguimos viviendo nuestra vida como si nada, como si no perteneciéramos a esta especie, como si no fuese esta nuestra casa común, como si los malos fueran otros, no nosotros. Somos incapaces de vernos reflejados en esos crímenes. Somos incapaces de ver siquiera un destello de nuestra propia maldad en lo que ocurre y así vamos por la vida, ocupándonos de nuestros propios asuntos, evadiendo la realidad con toda clase de placeres: sexo, drogas, música, alcohol, televisión, etcétera, mientras el mundo se colapsa frente a nuestros ojos. Lo peor es que al hacerlo, al evadir nuestra responsabilidad, le damos, al mismo tiempo, una licencia al crimen, a la corrupción y a la violencia de seguir operando a sus anchas. Le otorgamos un permiso y un perdón anticipado a los verdaderos culpables de que nuestra vida esté hecha mierda: políticos, empresarios, líderes sindicales, gobernantes en fin. Al no hacer nada, al evadir nuestra responsabilidad de exigir justicia y cese de políticos y funcionarios públicos corruptos, al no salir a las calles en masa, como lo han hecho en países como Colombia, Bolivia, Egipto, por citar sólo algunos,  estamos permitiendo que estas prácticas sigan ocurriendo.
Esto sólo demuestra que los seres humanos, específicamente los mexicanos, no sólo no aprendemos de nuestras experiencias, sino que, además, contribuimos a permanecer en un estado de cosas que va de mal en peor. Y eso sólo habla de la poca capacidad de raciocinio, de la poca inteligencia que tenemos y de la poca memoria. Porque olvidamos. Olvidamos lo que sucede cuando se conjuntan corrupción, ignorancia, marginalidad e injusticia. Olvidamos que todo eso junto, es el caldo de cultivo perfecto para la violencia. Lo olvidamos mientras nadie toque lo nuestro. Mientas nadie ose poner su pie en mi pequeña zona de confort. Y volvemos, irremediablemente, a caer en el engaño de los que nos tienen amarrados de brazos. Inmóviles. No aprendemos la lección, hasta que, un buen día, el dolor nos toca en donde más nos duele. En los “nuestros” y si lo entrecomillo es porque justamente, los nuestros deberían ser todos los demás, los que nos rodean, con los que interactuamos a diario, el prójimo, además de nuestra familia y amigos.
Sin embargo, hay un ámbito en el que, al menos así lo parece, sí hemos aprendido la lección. El día de hoy a las 12 en punto del mediodía, un sismo e 7.8 grados en la escala de Richter sacudió el sur del país. En la ciudad de México, el sismo se sintió fuerte, en especial en el sur. Las alarmas sísmicas se activaron casi con 50 segundos de anticipación. Las escuelas, oficinas y edificios fueron evacuados en orden y sin contratiempos. Salvo algunos ataques de pánico y desmayos, los accidentes humanos fueron casi nulos. No hubo pérdidas humanas y sólo daños materiales menores. En la escuela primaria en donde trabajo, los niños, maestros, directivos y personal, sabían lo que debían hacer y lo hicieron bien. Poco a poco, desde el tercer piso, fueron saliendo uno tas otro en orden y bajaron las escaleras en perfecta calma. Los pequeños de preescolar y de los primeros grados de primaria, cantaron con nosotros, sus maestros, mientras se reunían en el centro del patio escolar. Una vez que cesó el movimiento telúrico, los niños se pusieron a jugar, sin levantarse de sus lugares en el patio; otros platicaban de sus juegos favoritos; otros preguntaban si habría clases mañana, otros que si se quedarían sin clase el resto del día, en fin.
Pongo a los niños como ejemplo porque, a diferencia de nosotros los adultos, que no podemos resolver nuestras diferencias, ni ponernos de acuerdo, ni estar unidos por alguna causa común, los niños sí. Se protegían mientras buscaban a sus mejores amiguitos para, junto a ellos, cubrirse la cabeza y agacharse hasta que pasara el peligro. Mientras veía todo aquello, pensaba en los niños del Norte del país, concretamente de Monterrey, quienes, a diferencia de estos, son víctimas de otro tipo de peligro, uno que no es de origen natural y el cual todos somos responsables, el crimen y la violencia. Ellos, como estos, también hacen simulacros, pero ante tiroteos entre bandas de sicarios. Unos, crecerán sabiendo qué hacer en caso de un sismo. Otros, los que sobrevivan a la barbarie, crecerán creyendo que eso es “normal” , sin poder distinguir entre el bien y el mal y, en el peor de los casos, convirtiéndose ellos mismos en agentes del mal y, en el mejor, en sus cómplices.
Las lecciones que podemos (si somos medianamente inteligentes) aprender de estos acontecimientos son muchas, pero las que nos dan los niños, son tal vez, las más importantes.  Ellos sí saben qué hacer ante el peligro: estar juntos, protegerse, ayudarse, consolarse y conmiserarse ante el sufrimiento de sus compañeros. Saben que unidos vencemos y que separados caemos.


Teresa Padrón Benavides

jueves, 8 de marzo de 2012

MACHISMO FEMENINO



Las mujeres no somos iguales a los hombres. En ningún sentido. Basta mirarnos al espejo para ver lo obvio. Nuestro cuerpo nos delata. Tenemos protuberancias ahí donde los hombres carecen de ellas. Nuestros rasgos faciales son más finos. Nuestras caderas son anchas y las de los hombres son estrechas. Nuestra voz es más tenue, menos ronca. Nuestros músculos no son tan definidos y, en fin, son muchas las cosas que nos distinguen de los hombres.  
Pero no sólo físicamente nos diferenciamos de ellos. Sin el afán de caer en generalidades, podríamos decir que las mujeres, amén de sus características individuales, su bagaje cultural, su nivel de educación, su condición social, compartimos rasgos comunes. Por ejemplo, al menos en nuestro país, es la mujer la encargada, la mayoría de las veces, de la educación de los hijos en casa, de su crianza. Aunque existen muchos hogares excepcionales, en donde el hombre asume su condición de igual ante la mujer, es ella, casi siempre,  la responsable de los quehaceres domésticos, de la administración del dinero (pagar cuentas, colegiaturas, etcétera).  Esto, por supuesto, se da por sentado, como parte de sus “deberes”, sin importar que la mujer también realice trabajo fuera de casa. Sea profesionista, empleada, vendedora, empresaria, maestra, la mujer desempeña casi siempre, como bien lo sabemos, la “doble jornada”, es decir, la de madre o esposa (o ambas) y la de trabajadora. Pero hay un terreno que sea tal vez el más obvio para analizar esos rasgos comunes que compartimos casi todas las mujeres y que es, el de la feminidad. ¿A qué nos referimos cuando hablamos de “lo femenino”?
Vivimos en una sociedad patriarcal (por no decir machista), en donde se da por sentado que es la mujer y no el hombre, quien tiene que reivindicar su papel no de ama de casa, de esposa o de madre, sino de eso, de mujer. Es decir, las mujeres tenemos la obligación de acentuar todos esos rasgos que mencioné arriba y que nos distinguen de los hombres, antes de salir a enfrentar el mundo. Arreglarnos, perfumarnos, vestirnos de forma tal que resultemos “apetecibles” o, al menos, presentables a los demás, en especial, a los hombres. Y si bien, últimamente este papel de “objeto consumible” se aplica también a los hombres (hoy existen tantas revistas de moda para ellos como para ellas), aún persiste en el imaginario colectivo, que es la mujer quien tiene que “verse bien” para los demás. No es extraño que sean las mujeres, mucho más que los hombres, las principales consumidoras, es decir, quienes son más proclives a ir de compras.[1] Aunque este papel, el de compradoras, surge a partir justamente de que somos las mujeres las encargadas de administrar la economía familiar. Hay quienes sitúan este rol de compradoras o consumidoras en los albores del renacimiento, con el intercambio de mercancías entre el continente europeo y Asia. Hay quienes lo ubican más tarde, a comienzos de la revolución industrial, con el advenimiento del ferrocarril y de las grandes fábricas de bienes domésticos. Sea como fuere, el hecho es que, hasta la fecha, es la mujer la consumidora por excelencia y casi todos los anuncios de televisión, radio, prensa escrita e internet, van dirigidos a ellas.
Sin embargo, una cosa es el consumo de bienes y servicios familiares o comunes y otra, las compras compulsivas de objetos de uso personal como ropa, calzado y accesorios. La compulsión femenina por adquirir todo aquello que esté de moda, tiene que ver con esta idea de que las mujeres debemos vernos siempre bonitas, no importa en qué situación económica nos hallemos o cuál sea la tarea que desempeñemos. Las mujeres debemos “mostrar lo que tenemos”. La mayoría de los comerciales, incluso si lo que anuncian son productos de limpieza,  utilizan un lenguaje sexista. Oral o visual (o ambos).  El ama de casa que, en vez de un mandil, chanclas y un sacudidor, luce un peinado de salón, una ropa casual impecable y una sonrisa entre coqueta y tierna, para recibir a su marido “siempre bonita” y con la casa bien limpia, gracias a la “ayuda invaluable” de tal o cual producto (nunca se menciona a la mujer, de carne y hueso, que es quien verdaderamente hace el trabajo “sucio”, es decir, la trabajadora doméstica o la “chacha”, como se la llama despectivamente).
Los ejemplos de este tipo abundan, así que sólo mencionaré uno más, que utilicé previamente en otro artículo respecto del consumismo.  Es el caso de la mujer joven, esbelta, hermosa quien, ataviada ala última moda, camina segura de sí misma y de su belleza, como retando al mundo a que la admiren, por entre una fila de autos varados en la hora pico de un boulevard. Al llegar al automóvil de su novio, abre la puerta trasera y lo sorprende con su rival en pleno transe amoroso. Acto seguido, le espeta una tremenda bofetada, avienta la puerta y se va, oronda, con una sonrisa triunfal y la mirada de orgullo y de triunfo. El mensaje que se nos quiere dar es el de “no importa que me engañe, soy una reina de belleza” o algo así. Pero si no nos dejamos guiar por las apariencias, lo que verdaderamente nos dice es “cómprenme, lo tengo TODO”. Es decir, la mujer como objeto de consumo y no como sujeto. Lo que importa es su apariencia y no su esencia. Si nos atenemos a esta última interpretación, un discurso paralelo sería el de que, en este mundo materialista, todo es consumible y desechable, incluso las personas, en especial las mujeres. En este tipo de mensajes, aparentemente inofensivos, el lenguaje tanto corporal como verbal, ocupa un lugar preponderante.
Y es justamente el lenguaje y el papel que desempeña en la sociedad como agente de discriminación, no sólo sexual sino social y racial, uno de los factores decisivos en el discurso feminista. Las organizaciones feministas, ya sea mixtas o compuestas sólo por mujeres, pecan de lo mismo que critican. Es decir, apelan a todo aquello que las diferencia de los hombres en su lucha contra la discriminación o de las vejaciones de que somos víctimas las mujeres. Si bien es cierto que, como dice el filósofo Hector Islas Azaïs[2],  el lenguaje sexista, es decir, el que fomenta la discriminación de genero hacia las mujeres, es el más estudiado, el más difundido y extendido entre los especialistas, también lo es el hecho de que muchas veces el caso contario es también utilizado por los movimientos feministas. Es decir, el lenguaje “machista” prevalece en los discursos a favor de las mujeres.  Los argumentos que se esgrimen en defensa de la mujer pueden ser válidos, justos y estar bien sustentados, sin embargo, muchas veces se enfatiza lo superior que somos las mujeres respecto de los hombres y se hace recurriendo a los mismos clichés, los mismos insultos y las mismas frases discriminatorias usadas por los hombres para referirse a nosotras. Por ejemplo, “las viejas somos más chingonas que los hombres” (las cursivas son mías) es una frase no solo despectiva y vulgar, sino machista (hembrista), pues hace énfasis en la superioridad de las mujeres sobre los hombres y lo hace recurriendo a un lenguaje que se identifica más con el sexo masculino.
Si bien es cierto que, como afirma Hector Islas,  dentro de las múltiples formas del lenguaje discriminatorio, el  sexista es el más extendido y el que presenta más variantes, también lo es el que en el discurso a favor de las mujeres, al lenguaje hembrista es el que prevalece, haciendo énfasis en la misandria (odio hacia los varones) y en las diferencias entre hombres y mujeres, en vez de las semejanzas. Nadie niega que, a través e la historia, el lenguaje sexista es el que ha prevalecido. La Historia, con mayúscula, está escrita por hombres. Decimos “Dios padre”, para referirnos a la divinidad; “el hombre”, para referirnos a la humanidad; “los niños”, para hablar de la niñez; “los mexicanos”, para hablar indistintamente de toda la población mexicana, en fin.  También, citando a Hector Islas “el lenguaje sexista ha fomentado, con el empleo de estereotipos insidiosos y diferencias semánticas y sintácticas, una imagen de la mujer que desestima su contribución a la sociedad, incluso su presencia misma en ciertas áreas. También se le presenta como alguien fundamentalmente incompleta, que se define por su relación con los hombres, su sexualidad y sus funciones reproductivas…En cambio, los varones son los actores sociales, los agentes de cambio y los individuos por antonomasia.”
Esto, obviamente, ha contribuido a “normalizar” la percepción de esta idea y a hacer más evidente la actuación y la participación de los hombres en el ámbito público. Nos extraña cuando hay una “presidenta” de un país; cuando hay una campeona mundial de boxeo; una rectora de una universidad; una directora de una firma importante. Lo “normal” es que sean hombres.  El lenguaje sexista, entonces, contribuye a reafirmar prácticas discriminatorias  hacia la mujer y a fomentar las condiciones sociales desventajosas para ellas, pero justamente por eso, es que el discurso feminista debe ir más encaminado a lograr las condiciones de igualdad social y en todos los terrenos. El feminismo, si aspira a lograr un cambio verdadero en las condiciones de desventaja de las mujeres respecto de los hombres y a hacer valer los derechos de las mujeres y la igualdad de oportunidades entre ambos sexos, debe evitar caer en las mismas prácticas del machismo. Debe hacer énfasis en la igualdad, no en la superioridad de la mujer respecto del hombre. El discurso feminista debe hacer énfasis en las capacidades intelectuales de la mujer y no sólo apelar a su “arma más poderosa”, su cuerpo, para lograr un verdadero cambio en la percepción de lo que es una mujer y erradicar la idea de objeto que de ella se tiene.
Las mujeres debemos reafirmar nuestras particularidades, nuestras características exclusivas, pero para complementar las de los hombres. Para nutrirnos y enriquecernos mutuamente con nuestras experiencias propias. El lenguaje sexista perdería entonces fuerza y tendería a desaparecer, junto con las prácticas a que da lugar, allanando el terreno a una sociedad más justa para ambos, mujeres y hombres.
Teresa Padrón


[1] “Born to buy”, Juliet B. Schor, Amazon, 2005.
[2] Héctor Islas Azaïs, “Lenguaje y discriminación”, en Cuadernos de Igualdad, México, CONAPRED, 2005.

miércoles, 7 de marzo de 2012

memoria es vida, olvido es muerte (después de visitar el Museo de la Memoria y Tolerancia)




 “Recordar, pues, no es conmemorar un hecho que tuvo lugar hace medio siglo, sino reconocer que nuestro presente está construido sobre cadáveres y escombros, sobre los vencidos de la historia”.
Reyes Mate, Memoria de Auschwitz

El holocausto no fue la antítesis de la civilización moderna y de todo lo que
ésta representa o, al menos, eso es lo que queremos creer. Sospechamos,
aunque nos neguemos a admitirlo, que el holocausto podría haber descubierto
un rostro oculto de la sociedad moderna, un rostro distinto del que
ya conocemos y admiramos. Y que los dos coexisten con toda comodidad
Sygmunt Bauman

Los seres humanos tendemos con frecuencia a olvidar. Nuestra memoria es selectiva y recordamos sólo aquello que nos ha marcado de manera directa, para bien o para mal, pero sólo a nosotros mismos. Recordamos lo malo e intentamos olvidarlo, pero si no lo conseguimos, guardamos rencor hacia quien o quienes nos hicieron sufrir (pues, irremediablemente, culpamos  a alguien más de nuestras penas o fracasos) y recordamos lo bueno y queremos revivirlo a toda costa, sin importar que, en el proceso, hagamos daño a terceros.
Los sujetos construimos nuestra identidad a través de la memoria. La transmisión de las experiencias de los mayores a los menores, junto con las costumbres, las tradiciones y la historia familiar, son indispensables en la construcción de la identidad individual. Los momentos más importantes en la vida de las personas, adquirirán, con el tiempo, un significado diferente y funcionarán como cimiento sobre el cual construir su propia historia.
Sin embargo, cuando se trata de una memoria colectiva, de un evento de dimensiones enormes que involucra a otras personas y que ha tenido repercusiones colosales no sólo históricas, sino políticas, sociales, éticas y morales, a nivel mundial como el caso de la Shoah (el holocausto), o los genocidios contra armenios por parte del imperio otomano; los de los serbios contra musulmanes en Bosnia; los de Ruanda, los de Camboya; los de Sudamérica; la represión política, las desapariciones de opositores a los regímenes dictatoriales; las violaciones a los derechos elementales de las minorías étnicas, religiosas o políticas; las víctimas de la violencia y del crimen organizado, en fin, todos los eventos que involucran el sufrimiento de otros, tendemos, irremediablemente, a olvidar.
Pero somos, indefectiblemente, una sociedad y como tal, tenemos una historia común, es decir, una memoria colectiva que es la responsable que seamos como somos, cultural y socialmente. Esa memoria colectiva es la responsable de nuestros rasgos distintivos como sociedad. Y la memoria es la fuerza que perpetúa, que prolonga la identidad colectiva y que logra que perdure a través del tiempo. Si olvidásemos nuestro pasado, no sabríamos quiénes somos ni hacia dónde vamos. No tendríamos un referente histórico sobre el cual construir todos esos rasgos que nos distinguen de los demás, que nos identifican como una sociedad específica, con costumbres, tradiciones, y, en fin, con una cultura propia. 
Sin embargo, los responsables de transmitir esa historia común, esa memoria colectiva a las siguientes generaciones, no siempre hablan verdad. La Historia, con mayúscula, la escriben, como bien sabemos, los vencedores. Los poderosos que quieren perpetuar su sitio privilegiado en la sociedad a toda costa, valiéndose del engaño, manteniendo al pueblo en la ignorancia, en el miedo y en el sometimiento a través del control de los medios masivos, de la propaganda sucia y de un discurso gastado en el que nadie cree, pero que tampoco se discute por miedo a la represión. Lo peor es que ese discurso, de tan escuchado, termina por tomarse como cierto. Así, como decía Goebbels, el despiadado general responsable de la propaganda nazi: “una mentira repetida mil veces, se vuelve una verdad”, refiriéndose al discurso de la superioridad recial aria y de la condición infrahumana judía.
No es casual que en cada genocidio, los perpetradores intenten construir una “memoria oficial”, manipulando la información, negando el exterminio, una “historia oficial”, pues. Tampoco lo es el hecho que las víctimas sobrevivientes necesiten imperiosamente recordar la persecución y el extermino incorporándolo a la memoria como piedra de toque de esa identidad colectiva. Como sabemos, la Shoá no escapa a ese destino y hoy es considerado por todos los judíos sin distinción (laicos y religiosos; de izquierda y derecha; sefardíes o ashkenazim; etc.) como uno de los dos eventos históricos más importantes de la historia del judaísmo.
¿Por qué es imprescindible recordar los genocidios? No sólo para no repetir nuestros “errores”, sino para vernos reflejados en el espejo de la Historia y horrorizarnos (si es que podemos hacerlo aún) de los niveles de barbarie a los que hemos podido llegar. Para ver, sin que nada enturbie nuestra vista, “el fin de lo humano”, como bien lo llama Joan-Carles Mélich[1]. Lo que discute el artículo citado es, básicamente, si es posible educar después del holocausto. Porque uno se pregunta, a la luz de los acontecimientos de los últimos 100 años y sobre todo, después del holocausto, ¿tiene sentido enviar a nuestros hijos a la escuela? ¿Qué les enseñarán en sus clases de historia? ¿Les narrarán, detalladamente, el proceso por el cual los nazis hacían una “selección” minuciosa antes de enviar al exterminio en las cámaras de gas a millones de hombres, mujeres, niños y ancianos borrándolos, absolutamente, del mundo, convirtiéndoles en cenizas, en humo, en nada? ¿Les contaran las masacres de tutsis por parte de los hutus en Ruanda y los cadáveres apilados en fosas en aldeas familiares?  ¿Les mostrarán fotografías de los musulmanes de la ex Yugoslavia, que fueron casi borrados de los lugares en donde habían vivido por miles de años por los serbios?
Educar después del holocausto (y delos siguientes genocidios) ¿es aún posible? ¿Sobre qué cimientos históricos podemos erigir una educación sólida, ética, moral, que tome en consideración la responsabilidad que cada uno tenemos para con los demás? ¿Cómo hablarles a los niños y a los jóvenes de valores, de respeto, de tolerancia, de igualdad después de Aushwitz? ¿Tiene sentido seguir poniendo al hombre como parangón de la civilización después de lo ocurrido? ¿Podemos seguir defendiendo la dimensión “humana” en la educación? Yo creo que sí, siempre y cuando se reconsidere dicha dimensión, se redefina lo que es “ser humano” a la luz de los acontecimientos más oscuros de la historia de la humanidad y se circunscriba al hombre como parte, no como absoluto, de un mundo complejo, diverso, en donde debe haber lugar para todos, sin menoscabo de su condición social, de sus preferencias sexuales, su orientación religiosa, su bagaje cultural. Porque sólo así, nutriéndonos mutuamente de nuestras experiencias particulares, podremos construir una sociedad verdaderamente rica, diversa, heterogénea, plural y justa.
Sin embargo, educar para seguir creyendo en la humanidad, es una tarea titánica, no sólo para quienes estamos día a día en la trinchera del aula, sino para los padres de familia, los gobiernos, las instituciones, los medios masivos en fin, la sociedad en su conjunto. Todos tenemos la obligación moral, ética, de educar responsablemente. Es decir, debemos ser muy cuidadosos con los mensajes que enviamos a los demás, predicando con nuestra propia forma de vida. El ejemplo sigue siendo el mejor método de enseñanza.  Pero, además del ejemplo, y retomando la cuestión de la memoria, la enseñanza de la historia, la verdadera, no la oficial, es imprescindible si lo que queremos lograr es formar seres humanos conscientes, comprometidos, responsables, justos y, en fin, moralmente plenos. Debemos mostrar no sólo la mejor faceta del hombre sino también su peor rostro, el más inhumano, el más oscuro, para darnos cuenta, como dice Bauman en el epígrafe de este escrito, de que ambos rostros forman parte de un mismo cuerpo, pero que nuestra misión en la vida es hacer visible el rostro bueno. Lograr que triunfe l bien sobre el mal, la luz sobre las tinieblas, pero para eso, no debemos negar la historia. Al contrario, debemos aprender de ella. Vernos reflejados en su espejo para reconocernos en ella y congraciarnos, cuando hayan triunfado el amor y la razón y horrorizarnos, cuando hayan vencido el odio y la estupidez.
Esto no quiere decir que los millones de víctimas de guerras, genocidios y holocaustos nos deban servir de ejemplo pedagógico respecto de lo que no debemos hacer. Más bien, que su recuerdo, su memoria, sirva para luchar por la paz, la justicia, la igualdad, el respeto y todos aquellos valores que hacen de nosotros mejores personas. Educar después de Auschwitz es posible, siempre y cuando no neguemos la historia y no permitamos que ocurra de nuevo. Porque si bien reza el refrán “recordar es vivir”, vale entonces decir “olvidar es morir” (o más bien, matar).


[1] Joan-Carles Miélich, “El fin de lo humano. ¿Cómo educar después del holocausto?”, Universidad Autónoma de Barcelona.