“Recordar, pues, no es conmemorar un hecho que tuvo lugar hace medio siglo, sino reconocer que nuestro presente está construido sobre cadáveres y escombros, sobre los vencidos de la historia”.
Reyes Mate, Memoria de Auschwitz
El holocausto no fue la antítesis de la civilización moderna y de todo lo que
ésta representa o, al menos, eso es lo que queremos creer. Sospechamos,
aunque nos neguemos a admitirlo, que el holocausto podría haber descubierto
un rostro oculto de la sociedad moderna, un rostro distinto del que
ya conocemos y admiramos. Y que los dos coexisten con toda comodidad
Sygmunt Bauman
Los seres humanos tendemos con frecuencia a olvidar. Nuestra memoria es selectiva y recordamos sólo aquello que nos ha marcado de manera directa, para bien o para mal, pero sólo a nosotros mismos. Recordamos lo malo e intentamos olvidarlo, pero si no lo conseguimos, guardamos rencor hacia quien o quienes nos hicieron sufrir (pues, irremediablemente, culpamos a alguien más de nuestras penas o fracasos) y recordamos lo bueno y queremos revivirlo a toda costa, sin importar que, en el proceso, hagamos daño a terceros.
Los sujetos construimos nuestra identidad a través de la memoria. La transmisión de las experiencias de los mayores a los menores, junto con las costumbres, las tradiciones y la historia familiar, son indispensables en la construcción de la identidad individual. Los momentos más importantes en la vida de las personas, adquirirán, con el tiempo, un significado diferente y funcionarán como cimiento sobre el cual construir su propia historia.
Sin embargo, cuando se trata de una memoria colectiva, de un evento de dimensiones enormes que involucra a otras personas y que ha tenido repercusiones colosales no sólo históricas, sino políticas, sociales, éticas y morales, a nivel mundial como el caso de la Shoah (el holocausto), o los genocidios contra armenios por parte del imperio otomano; los de los serbios contra musulmanes en Bosnia; los de Ruanda, los de Camboya; los de Sudamérica; la represión política, las desapariciones de opositores a los regímenes dictatoriales; las violaciones a los derechos elementales de las minorías étnicas, religiosas o políticas; las víctimas de la violencia y del crimen organizado, en fin, todos los eventos que involucran el sufrimiento de otros, tendemos, irremediablemente, a olvidar.
Pero somos, indefectiblemente, una sociedad y como tal, tenemos una historia común, es decir, una memoria colectiva que es la responsable que seamos como somos, cultural y socialmente. Esa memoria colectiva es la responsable de nuestros rasgos distintivos como sociedad. Y la memoria es la fuerza que perpetúa, que prolonga la identidad colectiva y que logra que perdure a través del tiempo. Si olvidásemos nuestro pasado, no sabríamos quiénes somos ni hacia dónde vamos. No tendríamos un referente histórico sobre el cual construir todos esos rasgos que nos distinguen de los demás, que nos identifican como una sociedad específica, con costumbres, tradiciones, y, en fin, con una cultura propia.
Sin embargo, los responsables de transmitir esa historia común, esa memoria colectiva a las siguientes generaciones, no siempre hablan verdad. La Historia, con mayúscula, la escriben, como bien sabemos, los vencedores. Los poderosos que quieren perpetuar su sitio privilegiado en la sociedad a toda costa, valiéndose del engaño, manteniendo al pueblo en la ignorancia, en el miedo y en el sometimiento a través del control de los medios masivos, de la propaganda sucia y de un discurso gastado en el que nadie cree, pero que tampoco se discute por miedo a la represión. Lo peor es que ese discurso, de tan escuchado, termina por tomarse como cierto. Así, como decía Goebbels, el despiadado general responsable de la propaganda nazi: “una mentira repetida mil veces, se vuelve una verdad”, refiriéndose al discurso de la superioridad recial aria y de la condición infrahumana judía.
No es casual que en cada genocidio, los perpetradores intenten construir una “memoria oficial”, manipulando la información, negando el exterminio, una “historia oficial”, pues. Tampoco lo es el hecho que las víctimas sobrevivientes necesiten imperiosamente recordar la persecución y el extermino incorporándolo a la memoria como piedra de toque de esa identidad colectiva. Como sabemos, la Shoá no escapa a ese destino y hoy es considerado por todos los judíos sin distinción (laicos y religiosos; de izquierda y derecha; sefardíes o ashkenazim; etc.) como uno de los dos eventos históricos más importantes de la historia del judaísmo.
¿Por qué es imprescindible recordar los genocidios? No sólo para no repetir nuestros “errores”, sino para vernos reflejados en el espejo de la Historia y horrorizarnos (si es que podemos hacerlo aún) de los niveles de barbarie a los que hemos podido llegar. Para ver, sin que nada enturbie nuestra vista, “el fin de lo humano”, como bien lo llama Joan-Carles Mélich[1]. Lo que discute el artículo citado es, básicamente, si es posible educar después del holocausto. Porque uno se pregunta, a la luz de los acontecimientos de los últimos 100 años y sobre todo, después del holocausto, ¿tiene sentido enviar a nuestros hijos a la escuela? ¿Qué les enseñarán en sus clases de historia? ¿Les narrarán, detalladamente, el proceso por el cual los nazis hacían una “selección” minuciosa antes de enviar al exterminio en las cámaras de gas a millones de hombres, mujeres, niños y ancianos borrándolos, absolutamente, del mundo, convirtiéndoles en cenizas, en humo, en nada? ¿Les contaran las masacres de tutsis por parte de los hutus en Ruanda y los cadáveres apilados en fosas en aldeas familiares? ¿Les mostrarán fotografías de los musulmanes de la ex Yugoslavia, que fueron casi borrados de los lugares en donde habían vivido por miles de años por los serbios?
Educar después del holocausto (y delos siguientes genocidios) ¿es aún posible? ¿Sobre qué cimientos históricos podemos erigir una educación sólida, ética, moral, que tome en consideración la responsabilidad que cada uno tenemos para con los demás? ¿Cómo hablarles a los niños y a los jóvenes de valores, de respeto, de tolerancia, de igualdad después de Aushwitz? ¿Tiene sentido seguir poniendo al hombre como parangón de la civilización después de lo ocurrido? ¿Podemos seguir defendiendo la dimensión “humana” en la educación? Yo creo que sí, siempre y cuando se reconsidere dicha dimensión, se redefina lo que es “ser humano” a la luz de los acontecimientos más oscuros de la historia de la humanidad y se circunscriba al hombre como parte, no como absoluto, de un mundo complejo, diverso, en donde debe haber lugar para todos, sin menoscabo de su condición social, de sus preferencias sexuales, su orientación religiosa, su bagaje cultural. Porque sólo así, nutriéndonos mutuamente de nuestras experiencias particulares, podremos construir una sociedad verdaderamente rica, diversa, heterogénea, plural y justa.
Sin embargo, educar para seguir creyendo en la humanidad, es una tarea titánica, no sólo para quienes estamos día a día en la trinchera del aula, sino para los padres de familia, los gobiernos, las instituciones, los medios masivos en fin, la sociedad en su conjunto. Todos tenemos la obligación moral, ética, de educar responsablemente. Es decir, debemos ser muy cuidadosos con los mensajes que enviamos a los demás, predicando con nuestra propia forma de vida. El ejemplo sigue siendo el mejor método de enseñanza. Pero, además del ejemplo, y retomando la cuestión de la memoria, la enseñanza de la historia, la verdadera, no la oficial, es imprescindible si lo que queremos lograr es formar seres humanos conscientes, comprometidos, responsables, justos y, en fin, moralmente plenos. Debemos mostrar no sólo la mejor faceta del hombre sino también su peor rostro, el más inhumano, el más oscuro, para darnos cuenta, como dice Bauman en el epígrafe de este escrito, de que ambos rostros forman parte de un mismo cuerpo, pero que nuestra misión en la vida es hacer visible el rostro bueno. Lograr que triunfe l bien sobre el mal, la luz sobre las tinieblas, pero para eso, no debemos negar la historia. Al contrario, debemos aprender de ella. Vernos reflejados en su espejo para reconocernos en ella y congraciarnos, cuando hayan triunfado el amor y la razón y horrorizarnos, cuando hayan vencido el odio y la estupidez.
Esto no quiere decir que los millones de víctimas de guerras, genocidios y holocaustos nos deban servir de ejemplo pedagógico respecto de lo que no debemos hacer. Más bien, que su recuerdo, su memoria, sirva para luchar por la paz, la justicia, la igualdad, el respeto y todos aquellos valores que hacen de nosotros mejores personas. Educar después de Auschwitz es posible, siempre y cuando no neguemos la historia y no permitamos que ocurra de nuevo. Porque si bien reza el refrán “recordar es vivir”, vale entonces decir “olvidar es morir” (o más bien, matar).
[1] Joan-Carles Miélich, “El fin de lo humano. ¿Cómo educar después del holocausto?”, Universidad Autónoma de Barcelona.

No hay comentarios:
Publicar un comentario