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martes, 23 de junio de 2015

Teenage (and adult) Wasteland



Don’t cry, Don’t raise your eye
Is only teenage wasteland…
The Who

Hace unos días, mientras esperaba a mi alumna en el café de siempre, escuchaba las conversaciones entre un grupo de jóvenes de entre 20 y 25 años, aproximadamente. No pude evitar distraerme con lo que decían así que hice como que seguía inmersa en mi lectura, pero en realidad, estaba escuchándoles. Uno de ellos, un joven de alrededor de 23 años decía, sin asomo de vergüenza o empacho que él engañaba a sus padres pero que en realidad no estaba yendo a la universidad, sino que pasaba las mañanas entre amigos en un café cercano a la escuela o simplemente paseando por Coyoacán con su novia en el coche que sus padres la habían regalado. Decía que sus “jefes”, ni “se las olían”.

Otra, como de veinte, con un piercing en la nariz y un tatuaje de un ángel en la espalda, se ufanaba mientras prendía un cigarro de que ella los “mandaba a la goma” siempre. Que iba  a su casa sólo para dormir, bañarse y comer y eso sólo cuando quería, pues sus papás no estaban en todo el día e incluso podía coger dinero de la casa para sus gastos (que incluían tiempo aire para su i-phone, cigarros, cerveza, gasolina para el coche, etcétera).

El último, un chico entre metro sexual y gay, típico personaje capitalino, con su smart phone “state of the art”, sus pantalones rojos entubados y su saco sport, decía que a él si siquiera le preguntaban lo que hacía cuando salía de casa. Que él no estaba para pedirle permiso a nadie, que sólo les hablaba para pedirles dinero para sus cosas y que si se atrevían a decirle algo, los “mandaba a la chingada”, que él no estaba para andarles dando explicaciones. Este joven ni siquiera mencionó la escuela.

Los tres parecían muy felices con sus vidas y hablaron también de sus hazañas etílicas y sexuales de las últimas fiestas. De los chismes que andaban circulando acerca de no sé quién y por último, de chismes del espectáculo y de la farándula. Cuando estaban a puto de irse, sonó el celular de la chica quien de inmediato cambió el tono de su voz por uno meloso e infantil y les pidió a sus amigos bajar la voz: “Sí, ma, ya salí, pero todavía debo regresar a otra clase a las cinco, así que me quedo por acá, okis? Sí ma, te quiero, bye…”

Los otros dos mientras tanto jugaba con sus teléfonos y al terminar su llamada la chica exclamó, con una voz que parecía salir del infierno “¡puta madre! Mi mamá quiere que recoja a mi hermanita de la escuela… ¡qué gueva!...  ¡como si yo tuviera tiempo para esas pendejadas…!

Pidieron la cuenta, ella pagó por los tres, muy generosamente y se despidieron de besito y de abrazo tierno. Quedaron para el sábado en casa de no sé quién para el siguiente “reven” y cada uno se puso sus audífonos y sus ray ban´s y agarraron su camino.

Yo me quedé sola en el café, con mi amigo Conrado, el dueño, que es un poco mayor que yo y que es un hombre trabajador, serio, responsable y muy amable y educado. Nos vimos sin decir nada pero ambos entendimos que lo único que sentíamos era miedo e impotencia. ¿Quién o quiénes han sido responsables de criar y “educar” a estos engendros?
¿Dónde están los padres de estos monstruos para ir a reclamarles y exigirles que les pongan rienda, que no los solapen, que es su única obligación criar buenos ciudadanos y buenas personas?  

La principal responsable de educar a los hijos es la familia, después la escuela y no podemos echar la culpa a nadie más del mal trabajo que hemos hecho con los hijos. Cuando una madre o un padre permiten que su hijo o hija esté conectado todo el día a un aparato electrónico sin hacer otra cosa, con el pretexto de que ahora “todo es por computadora”, lo están insensibilizando a los problemas de su entorno, lo están idiotizando y enajenando. Decimos que está bien, que así es ahora, pero no, no está bien. La tecnología no debe ser el único medio de aprendizaje, pues nuestro cerebro también requiere estímulos de otro tipo, como la lectura, el esparcimiento sano, la buena música, la convivencia “real” con las personas para poder pensar bien , para volvernos inteligentes y sensible.

El darles todo sin pedirles nada es el recurso al que los malos padres acuden para poder ellos y ellas mismas vivir sus vidas sin que los hijos o hijas los juzguen por su conducta. Para que no les reprochen ni les echen en cara sus vicios, sus perversiones o sus ausencias.

Estamos criando seres viles, perversos e insensibles que se están rebelando contra nosotros y contra todo el mundo volviéndose parásitos que depredan el mundo que todos los demás construimos cada día. Conrado y yo, casi al mismo tiempo, exclamamos lo mismo: ¡habría que ponerles una golpiza a ellos y a sus padres! Y nos quedamos pasmados, sin poder decir nada más.

Al poco rato llegó mi alumna, venía corriendo pues había tenido examen en su universidad y debíamos apurarnos pues ella trabaja muy lejos del café donde tomamos la clase. Ella es una muchacha de la edad de los jóvenes que acababan de irse, vive con sus padres y está a punto de terminar su carrera de mercadotecnia y, además, trabaja como auditora en una empresa muy grande.

Le pregunté cómo eran sus padres, cómo la habían criado, cómo era su ambiente familiar y me dijo que su padre era muy estricto con ella y sus dos hermanas, que les daban todo pero les exigían mucho. Que debían salir bien en la escuela, ayudar a su madre en casa y si trabajaban, aportar algo para los gastos familiares. Su padre y su madre tenían 30 años de casados y ahora ambos eran pensionados y viajaban juntos cada vez que podían.

A Claudia, así se llama mi alumna, se le iluminaba el rostro con una sonrisa cada vez que hablaba de ellos, o de su niñez o de sus hermanas y decía que era muy afortunada de haber crecido en una familia que le enseñó el valor del esfuerzo, del trabajo y del estudio, pues eso la estaba convirtiendo en un ser productivo, independiente, pleno y feliz.

Claudia me confirmó lo que siempre he sabido, el amor de los padres por sus hijos e hijas se manifiesta no en lo que les den, sino en lo que les enseñen a ganarse por sí mismos. No en la cosas materiales que les proporcionen, sino en el tiempo que les dediquen, en la enseñanza y en los valores que les transmitan, como el del trabajo para un bien común, en la solidaridad, en el afecto, en el apego a la familia y los amigos, en la igualdad y el respeto, en la sencillez, en la disciplina y en fin, en los valores de la democracia.

Conrado y yo volteamos a vernos con una sonrisita cómplice pero que afirmaba que no todo estaba podrido, después de todo. Que por cada “nini” había, al menos, otro joven productivo y útil. Pedí otro café y comencé a dar mi clase.


Teresa Padrón Benavides

miércoles, 17 de junio de 2015

En defensa del padre


“Escucha, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no abandones la enseñanza de tu madre”
Proverbios, 1:18
A mi esposo, Hector Islas Azaïs,  papá de José Emilio.


Hace un poco más de un mes, la euforia colectiva se apoderaba de las calles, los restaurantes, los centros comerciales y los parques. Todos querían “festejar a mamá” en su día. Las florerías, las zapaterías  y las tiendas de ropa y accesorios hacían su “agosto en mayo”. Y cómo no, si “madre sólo hay una”, reza el refrán. En México, el culto guadalupano se entrelaza con la devoción a la figura materna y entre ambos forman una simbiosis única, sólo equiparable a lo que ocurre en países como Italia, por ejemplo.

La madre mexicana (con sus salvedades, por supuesto) es el centro de la mayoría de las familias y en torno a ella transcurre la vida. Pero no sólo eso, la gran influencia de la madre en el carácter y en la personalidad de los mexicanos (y de todas las culturas), es innegable. Los hijos somos, en gran medida, producto de lo que nuestras madres han hecho de nosotros. Sin embargo, esto no siempre es así.

A pesar de que hoy en día la figura paterna goza de poco prestigio gracias a gran parte del discurso feminista (o más bien, del discurso machista femenino), y al machismo exacerbado de muchos “hombres”, para quienes el concepto de masculinidad se rige por las conductas machistas, el vocabulario soez, el comportamiento violento y los chistes fálicos, aun hay culturas que consideran al padre una figura central para el desarrollo emocional y afectivo de los hijos y, sobre todo, para la formación de su carácter, de su personalidad y de lo que llegarán  a ser de adultos.

Tal es el caso del judaísmo, una tradición patriarcal que a lo largo de muchos siglos de historia ha sufrido modificaciones considerables en torno al papel que desempeña el padre en el seno familiar. Si bien es cierto que a Yahvé se le menciona como “Él”, en la Torá, jamás se nos dice que el artículo utilizado corresponda con el género de Di_s, pues Éste es todo y lo abraca todo. También podemos pensar en las figuras de nuestros patriarcas como Abraham, Isaac o Moisés, todos ellos varones y creer que son ellos quienes sirven de modelo a esta milenaria tradición, sin embargo no es así.

La Torá está llena de mujeres ejemplares que destacaron por su coraje, su valentía y so amor a Di_s y que arriesgaron su vida a favor de su pueblo, y son por eso consideradas nuestras “madres”, como Ruth, Sara, Rebeca, Nohemí y Miriam, entre otras.  Cada una de ellas, en diferentes momentos y de formas distintas, se equipararon a los hombres y éstos les concedieron el crédito que merecían y las consideraron como sus iguales.

Pero volviendo a la figura paterna, el judaísmo hace énfasis en que hay ciertas actitudes ante la vida, ciertos preceptos, ciertas formas de concebir el mundo que sólo un padre puede transmitir. Por ejemplo, el padre, en el judaísmo, es quien ha de servir como modelo de trabajo y de proveedor para su familia, pero también ha de ser quien aconseje a sus hijos e hija en cuestiones prácticas, como evitar a ciertas personas nocivas, o ciertas conductas riesgosas. Pero, además, es el padre quien (apoyado siempre y en común acuerdo con la madre), guiará a sus hijos e hijas en el estudio de la Torá.
Es él quien, con su experiencia y con amorosa paciencia, irá explicando a los hijos e hijas cómo es que los preceptos de la Torá se transforman en “acción”, en “práctica”, para llevar una vida buena en todos los sentidos.

Es el padre además, muchas veces apoyado por su esposa, quien también trabaja fuera de casa, el responsable de procurar a su familia todo lo necesario para una vida sin carencias, que les permita a sus hijos e hijas poder dedicarse al estudio de la Torá y de la profesión que hayan escogido hasta que llegue el momento de que puedan ser independientes económicamente. En ese sentido, es el padre la figura masculina que más influencia ejercerá sobre ellos. Con su fortaleza física, su ánimo, su carácter, su sentido del humor y su esfuerzo para bienestar familiar, el padre demuestra su amor por ellos, por los suyos.

La madre, por su parte, es la gran fuente de ternura y de amor de la que los hijos e hijas abrevan. Ella, aunque muchas veces se desarrolle también profesionalmente o trabaje fuera de casa, es la responsable del cuidado del hogar, en todos los aspectos y es la transmisora de los afectos, las emociones, los sentimientos que acompañarán a sus hijos e su trance por la vida y que serán los que definan en gran medida su personalidad. Ella también habrá de servir de ejemplo de cómo se debe servir a Di_s. El amor  que profese a su esposo será referente suficiente para que los hijos e hijas aprendan que ambos, padre y madre, son igualmente importantes en su vida y en lo que ellos y ellas llegarán a ser.

Por eso, debemos festejara al padre igual que como lo hacemos con la madre y no precisamente obsequiándoles con regalos costosos o comidas fuera, sino manifestándoles nuestro amor y respeto por sus enseñanzas, por su compañía y por su dedicación y devoción a nosotros.

¡Felicidades papás!


Teresa de Jesús Padrón Benavides