Don’t cry, Don’t raise your eye
Is only teenage wasteland…
The Who
Hace
unos días, mientras esperaba a mi alumna en el café de siempre, escuchaba las
conversaciones entre un grupo de jóvenes de entre 20 y 25 años,
aproximadamente. No pude evitar distraerme con lo que decían así que hice como
que seguía inmersa en mi lectura, pero en realidad, estaba escuchándoles. Uno
de ellos, un joven de alrededor de 23 años decía, sin asomo de vergüenza o
empacho que él engañaba a sus padres pero que en realidad no estaba yendo a la
universidad, sino que pasaba las mañanas entre amigos en un café cercano a la
escuela o simplemente paseando por Coyoacán con su novia en el coche que sus
padres la habían regalado. Decía que sus “jefes”, ni “se las olían”.
Otra,
como de veinte, con un piercing en la nariz y un tatuaje de un ángel en
la espalda, se ufanaba mientras prendía un cigarro de que ella los “mandaba a
la goma” siempre. Que iba a su casa sólo
para dormir, bañarse y comer y eso sólo cuando quería, pues sus papás no
estaban en todo el día e incluso podía coger dinero de la casa para sus gastos
(que incluían tiempo aire para su i-phone, cigarros, cerveza, gasolina
para el coche, etcétera).
El
último, un chico entre metro sexual y gay, típico personaje capitalino, con su smart
phone “state of the art”, sus pantalones rojos entubados y su saco sport,
decía que a él si siquiera le preguntaban lo que hacía cuando salía de casa.
Que él no estaba para pedirle permiso a nadie, que sólo les hablaba para pedirles
dinero para sus cosas y que si se atrevían a decirle algo, los “mandaba a la
chingada”, que él no estaba para andarles dando explicaciones. Este joven ni
siquiera mencionó la escuela.
Los
tres parecían muy felices con sus vidas y hablaron también de sus hazañas
etílicas y sexuales de las últimas fiestas. De los chismes que andaban
circulando acerca de no sé quién y por último, de chismes del espectáculo y de
la farándula. Cuando estaban a puto de irse, sonó el celular de la chica quien
de inmediato cambió el tono de su voz por uno meloso e infantil y les pidió a
sus amigos bajar la voz: “Sí, ma, ya salí, pero todavía debo regresar a otra
clase a las cinco, así que me quedo por acá, okis? Sí ma, te quiero, bye…”
Los
otros dos mientras tanto jugaba con sus teléfonos y al terminar su llamada la
chica exclamó, con una voz que parecía salir del infierno “¡puta madre! Mi mamá
quiere que recoja a mi hermanita de la escuela… ¡qué gueva!... ¡como si yo tuviera tiempo para esas
pendejadas…!
Pidieron
la cuenta, ella pagó por los tres, muy generosamente y se despidieron de besito
y de abrazo tierno. Quedaron para el sábado en casa de no sé quién para el
siguiente “reven” y cada uno se puso sus audífonos y sus ray ban´s y
agarraron su camino.
Yo
me quedé sola en el café, con mi amigo Conrado, el dueño, que es un poco mayor
que yo y que es un hombre trabajador, serio, responsable y muy amable y
educado. Nos vimos sin decir nada pero ambos entendimos que lo único que
sentíamos era miedo e impotencia. ¿Quién o quiénes han sido responsables de criar
y “educar” a estos engendros?
¿Dónde
están los padres de estos monstruos para ir a reclamarles y exigirles que les
pongan rienda, que no los solapen, que es su única obligación criar buenos ciudadanos
y buenas personas?
La
principal responsable de educar a los hijos es la familia, después la escuela y
no podemos echar la culpa a nadie más del mal trabajo que hemos hecho con los
hijos. Cuando una madre o un padre permiten que su hijo o hija esté conectado
todo el día a un aparato electrónico sin hacer otra cosa, con el pretexto de
que ahora “todo es por computadora”, lo están insensibilizando a los problemas
de su entorno, lo están idiotizando y enajenando. Decimos que está bien, que
así es ahora, pero no, no está bien. La tecnología no debe ser el único medio
de aprendizaje, pues nuestro cerebro también requiere estímulos de otro tipo,
como la lectura, el esparcimiento sano, la buena música, la convivencia “real”
con las personas para poder pensar bien , para volvernos inteligentes y
sensible.
El
darles todo sin pedirles nada es el recurso al que los malos padres acuden para
poder ellos y ellas mismas vivir sus vidas sin que los hijos o hijas los
juzguen por su conducta. Para que no les reprochen ni les echen en cara sus
vicios, sus perversiones o sus ausencias.
Estamos
criando seres viles, perversos e insensibles que se están rebelando contra
nosotros y contra todo el mundo volviéndose parásitos que depredan el mundo que
todos los demás construimos cada día. Conrado y yo, casi al mismo tiempo,
exclamamos lo mismo: ¡habría que ponerles una golpiza a ellos y a sus padres! Y
nos quedamos pasmados, sin poder decir nada más.
Al
poco rato llegó mi alumna, venía corriendo pues había tenido examen en su
universidad y debíamos apurarnos pues ella trabaja muy lejos del café donde
tomamos la clase. Ella es una muchacha de la edad de los jóvenes que acababan
de irse, vive con sus padres y está a punto de terminar su carrera de
mercadotecnia y, además, trabaja como auditora en una empresa muy grande.
Le
pregunté cómo eran sus padres, cómo la habían criado, cómo era su ambiente
familiar y me dijo que su padre era muy estricto con ella y sus dos hermanas, que
les daban todo pero les exigían mucho. Que debían salir bien en la escuela,
ayudar a su madre en casa y si trabajaban, aportar algo para los gastos
familiares. Su padre y su madre tenían 30 años de casados y ahora ambos eran
pensionados y viajaban juntos cada vez que podían.
A
Claudia, así se llama mi alumna, se le iluminaba el rostro con una sonrisa cada
vez que hablaba de ellos, o de su niñez o de sus hermanas y decía que era muy
afortunada de haber crecido en una familia que le enseñó el valor del esfuerzo,
del trabajo y del estudio, pues eso la estaba convirtiendo en un ser productivo,
independiente, pleno y feliz.
Claudia
me confirmó lo que siempre he sabido, el amor de los padres por sus hijos e
hijas se manifiesta no en lo que les den, sino en lo que les enseñen a ganarse
por sí mismos. No en la cosas materiales que les proporcionen, sino en el
tiempo que les dediquen, en la enseñanza y en los valores que les transmitan, como
el del trabajo para un bien común, en la solidaridad, en el afecto, en el apego
a la familia y los amigos, en la igualdad y el respeto, en la sencillez, en la
disciplina y en fin, en los valores de la democracia.
Conrado
y yo volteamos a vernos con una sonrisita cómplice pero que afirmaba que no
todo estaba podrido, después de todo. Que por cada “nini” había, al menos, otro
joven productivo y útil. Pedí otro café y comencé a dar mi clase.
Teresa
Padrón Benavides

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