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domingo, 22 de mayo de 2011

Canción de boda




A Hector Islas Azaïs
Y a Bob, en su 70 aniversario


I Love you more than ever, more than time and more than love
I love you more than money and more than the stars above…
Bob Dylan, The wedding song



Hace más o menos 3 años Bob Dylan dio una serie de conciertos en las principales ciudades de México. Yo me puse muy triste por no haber podido ir a ninguno de ellos. He visto y escuchado en vivo a muchos de los mejores grupos y músicos de rock (Rolling Stones, David Bowie, entre otros), pero cambiaría cualquiera de ellos por una sola hora de música en vivo con Dylan.

Entre las cosas que más amo en la vida están la música y la literatura. Afortunadamente, he tenido oportunidad, a lo largo de los últimos 20 años, de expresarme a través de ambas, con relativo éxito (no comercial, pero sí personal, que es lo que cuenta). He escrito para periódicos, revistas culturales, he tenido programas de radio y he tenido 3 bandas de rock. Durante ese tiempo, he llegado a apreciar cada vez más a Dylan el poeta y a Dylan el músico. He descubierto que el resto de los músicos a quienes admiro, son todos, irremediablemente, “hijos” de Dylan.

En Dylan se sintetiza el ideal de letra-música que todo compositor se afana por alcanzar. Por supuesto que hay quienes lo han logrado también (Leonard Cohen, por ejemplo), sin embargo su influencia, aunque grande, no lo ha sido tanto como la de Dylan. ¿A qué se debe este fenómeno “dylaniano”? ) Mi opinión (y puede refutarse, por supuesto), es que Dylan ha tocado todas las emociones que nos mueven a actuar (desde el desencanto amoroso hasta la crítica política, pasando por el despertar religioso) de una manera en que nadie ha podido. Dylan es poesía pura. Sus canciones, incluso las más sencillas, son un tributo al lenguaje. Nos enseña que las palabras no tienen que ser rebuscadas, sino encajar cada una dentro del sentimiento que quieren expresar, para convertirse, ellas mismas, en emociones profundamente humanas.

Bob Dylan no es un gran cantante. Eso lo sabemos todos, sin embargo, a los “puristas” de Dylan (entre quienes me cuento), nos gusta Dylan con Dylan. Su voz, chillona y desafinada, es el complemento ideal de sus letras.
Bob Dylan significa mucho para mí. Sin su música simplemente no hubiese iniciado aquella prolongada charla (acompañada de tabaco y cerveza, por supuesto) con un muchacho que parecía llegado de otro mundo, como surrealista, y que habría de convertirse, poco tiempo después, en mi esposo.


En este momento, mientras escucho The wedding song (la canción de bodas) de Bob Dylan, recuerdo que hace quince años, poco más, me aventuré en la riesgosa empresa del matrimonio. Hoy, a la distancia, recuerdo el día de mi boda como la culminación de un proceso de aprendizaje personal que me llevó a cometer muchos errores (algunos de ellos con secuelas graves), pero que me sirvió, entre otras cosas, para crecer tanto intelectual como espiritualmente y quedar convencida de que, si algún día habría de dar el “gran paso”, sería por amor y para siempre.
Pero, intimidades aparte, Dylan significa no sólo para mí, sino para muchas personas, una especie de gurú; de guía espiritual en medio de un mundo materialista, en donde parece haber cambiado radicalmente el ideal de belleza clásico (bello= bueno y verdadero), por uno efímero, volátil y perecedero.


En Like a Rolling Stone, (el “himno”) de la generación de fines de los sesenta, por ejemplo, Dylan dice: “Once upon a time you dressed so fine, you threw the bums a dime in your prime, didn’t you…? Aduciendo a la frivolidad y a la banalidad de una mujer bella y joven que ha sido despojada de sus posesiones materiales y de sus atributos externos y no le ha quedado absolutamente nada, y sin eso no es nadie. Y ésta bien puede ser la metáfora de la vida actual, inmersa en lo absurdo del consumo desmedido y alejada completamente de los valores universales esenciales como la amistad, la confianza, el respeto, la solidaridad, la camaradería, la espiritualidad, etcétera.

Dylan en canciones como Desolation row aborda también de forma sublime y poética la soledad y la miseria humanas a través de conversaciones imaginarias entre las grandes figuras de la literatura, la poesía y el arte, en general, desde Cenicienta hasta Caín y Abel, pasando por el jorobado de Notre Dame, Betty Davis, Ezra Pound, T.S. Elliot, el Fantasma de la ópera, Robin Hood, Casanova….en fin, todos los epítomes de héroes, antihéroes, sex symbols y demás que convergen en esta “calle de la desolación” que es la vida misma y que, vistos desde afuera así, todos juntos, como fantasmas en una especie de tertulia imaginaria, resultan en una magistral comedia humana del absurdo.


En cuanto a la vida espiritual se refiere, el Maestro también, por supuesto, ha sido un constante buscador de “La Verdad”. Judío de nacimiento (recuérdese que su verdadero apellido es Zimmerman), cristiano por adopción (al menos durante un periodo), Dylan también reniega de su fe en un gran disco de los ochenta, “Infidels” (nótese el título), en donde aparece en la contraportada dándole “la espalda” a la Ciudad Santa (Jerusalén) y el título de la primera canción lo resume todo: Jokerman, o algo así como “charlatán” , hace una clara alusión a toda la parafernalia utilizada por los líderes espirituales de todas las religiones para manipular a las masas y apropiarse de sus vidas (y de sus almas). El desencanto religioso, lo compensa (¿con qué más iba a ser?) con la aventura amorosa que, es también, bien visto, una experiencia “mística”.

Podría mencionar también, por supuesto, la influencia de Dylan en el pensamiento de los movimientos sociales y políticos en los sesenta, pero de eso ya se ha hablado hasta la saciedad. Sólo diré que Bob Dylan, junto con Joan Baez, apoyaron a figuras como Rosa Parks, Martin Luther King, y muchos otros activistas sociales en su lucha por los derechos civiles.

Sólo quisiera compartir una última cosa. Dylan está presente en casi todos los aspectos de mi vida y mucho de lo que soy se lo debo, en gran medida, a su música. Si pudiese tener la certeza de que este pequeño tributo llegaría a sus manos alguna vez, me gustaría decirle: “Gracias Bob y felices 70…”










Teresa de Jesús Padrón Benavides
teresa_padron@hotmail.com

miércoles, 4 de mayo de 2011

La fruta prohibida




Y mandó Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás;
porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.
Génesis 2:16-17




Los hombres somos rebeldes por naturaleza. Todo se remonta a la creación, cuando el hombre (o, más bien, la mujer, Eva) decide que ha de trasgredir la Ley y da a Adán a probar del fruto prohibido. Los seres humanos, en nuestro afán de querer igualarnos a la divinidad, de alcanzar la inmortalidad, de conocer los misterios del universo, de dominar a los demás, desobedecemos. Rechazamos los límites, transgredimos las leyes, las normas, los preceptos. Si algo es prohibido, seguramente es bueno, pensamos. Si nos está vetado, por algo será. Desde niños, cuando nuestros padres nos negaban el acceso a tal o cual revista, a tal o cual película, a tal o cual programa de televisión, crecía en nosotros nuestra curiosidad morbosa y no cejábamos hasta hallar la ocasión de acceder a todo ese mundo “misterioso” sólo reservado para los adultos. Y entre más nos los prohibieran, más nos afanábamos en conseguirlo.


Pero, ¿de dónde nace esa inclinación hacia lo prohibido? Cuando Dios nos concedió la libertad de elegir entre el bien y el mal, cuando nos dio la capacidad de discernir, de sopesar, de medir las consecuencias de nuestros actos y nos dio un código ético, la Torá (la Ley), para tratar de vivir de acuerdo a éste. ¿Qué caso hubiese tenido que fuésemos obedientes por naturaleza? ¿Cómo demostraríamos a Dios nuestro amor por Él si no tuviésemos capacidad de elegir? Él nos dio un código. Cuando lo seguimos, estamos más cerca de Él. Cuando lo trasgredimos, estamos más lejos suyo.

Y como en nuestra naturaleza está el ansia de dominio, de poder, de sometimiento y de control sobre los demás (producto de nuestra indefensión yd e nuestro miedo a morir), pues nos erigimos en “amos y señores” aunque sea de nuestro pequeño “universo” (casa, trabajo, escuela, círculo de amigos) y no aceptamos vivir bajo ningún código que no sea el nuestro. Por lo tanto, no aceptamos someternos a ninguna autoridad superior. Transgredimos la Ley. Accedemos a lo prohibido y entre más obstáculos haya en el camino, más insistiremos en obtenerlo. Porque sólo así (creemos), le demostraremos al mundo que somos grandes, invulnerables, indestructibles. Sólo haciendo lo que nos de la gana, imponiendo nuestra voluntad sobre la de los otros, violando las leyes, nos haremos “respetar” y seremos como “dioses”. Porque además, queremos retar a la muerte, desafiarla, enfrentarla y ver hasta dónde somos capaces de llegar, porque sin ese miedo ante la proximidad de la muerte, muchos de nosotros no entendemos la vida. Sin el miedo a correr riesgos, la vida no tiene sentido, creemos. Queremos ver si somos, al menos un poco, inmortales.


Pero, por más que nos afanemos, jamás podremos alcanzar la inmortalidad, que es la madre de todos nuestros afanes. El hombre y la mujer, cuando quieren ser vistos, cuando quieren ser admirados y respetados, en el fondo lo que anhelan es no ser olvidados, no pasar por la vida sin dejar huella, porque creen (equivocadamente) que sólo así podrán permanecer “vivos”, al menos en la mente de alguien más. En realidad, lo que buscamos todos, el fin último de nuestra existencia, es el ser amados. Queremos que alguien al menos, nos ame y esté dispuesto a cualquier cosa por nosotros. En ese anhelo de ser queridos, amados, admirados, requeridos, indispensables, se nos agota la vida y cuando no podemos conseguirlo, recurrimos a todo aquello que nos haga olvidar esa incapacidad de hacernos querer. Y si aún así no lo conseguimos, recurrimos entonces a todo aquello que nos haga permanecer en un estado de inconsciencia y olvido, para alejar el temor al rechazo social, a las desgracias, a la indiferencia, a la muerte.

Y las drogas, sobre todo las prohibidas, nos dan esa posibilidad. Nos permiten, al menos temporalmente, ser plenamente felices. Olvidar nuestra condición de mortales, de finitos y sentir un placer máximo, como el que sólo debe ser posible en otro mundo, en otra parte. Por eso es que todos buscamos algún tipo de narcótico. Para unos es el sexo, el juego, las drogas, el alcohol (que dicho sea de paso, también es una droga, pero esa no está prohibida, aunque es la responsable de la mayoría de los accidentes automovilísticos mortales y de la mayoría de los casos de violencia doméstica). Porque esto es más fácil que someterse a un régimen de, por ejemplo, estudio. Es más fácil drogarse y olvidar que uno no es quien quisiera ser, que cultivarse, que estudiar celosamente, que aprender a dominar un instrumento musical, que alcanzar la perfección en alguna disciplina, en algún deporte, pero sobre todo, que llegar a amarse a uno mismo tal y como es. Porque, dominados como estamos por el modelo de belleza occidental, al cual no nos parecemos, para nada, y por los “valores” que hemos importado y adoptado de Occidente, sobre todo de Estaos Unidos, como la idea de que “eres lo que tienes”, nos resulta imposible aceptarnos diferentes a ese modelo. Y entonces, hay que recurrir al olvido. Y para eso están las drogas.


Pero como la mayoría de las drogas que nos hacen olvidar y caer en un estado de placer absoluto, de euforia, de alegría y de inconsciencia son prohibidas, comienza la pesadilla. La pesadilla que inició en 1937 con la prohibición de la marihuana en Estados Unidos y que trajo consigo el mercado negro. Esa es la raíz de la violencia que afrontamos hoy en día en México y en muchas otras partes del mundo. Pero no sólo la prohibición dio pie al surgimiento del narcotráfico. También la miseria y marginalidad en la que viven millones de personas, víctimas de un sistema corrupto que ha permitido que proliferen en México la injusticia, la discriminación, la falta de oportunidades a cambio de privilegiar sus propios intereses. Políticos, líderes sindicales, empresarios, jueces, jerarcas de la Iglesia, todos, sin excepción, han caído bajo el embrujo del poder que da el dinero y han permitido que el crimen se haya instalado en nuestro país. Porque la corrupción mata. Es como un cáncer que se expande rápidamente y daña todo el tejido social de un país. Y para extirparlo a tiempo, hay que mutilar el miembro infectado. El problema es que el miembro es ya todo el cuerpo. El cuerpo de México está casi totalmente infectado.


México, para nuestro infortunio, es el punto intermedio entre el principal exportador de droga y entre el principal consumidor. Mariguana y cocaína, son las “frutas prohibidas” más codiciadas entre los ávidos consumidores del país “más poderoso del mundo”. Y si lo entrecomillo es justamente, porque el poder de los países se mide en términos de su capacidad de defensa militar y de su riqueza, aunque Estados Unidos también hay muchos pobres (sólo el año pasado, los estadunidenses viviendo en pobreza extrema eran 45 millones). Y la pobreza es el peor de los flagelos sociales y es caldo de cultivo para la violencia. El narco, para muchas familias, representa una fuente de empleo, una forma de vida y una práctica muy arraigada en sus culturas. Si todas esas personas hubiesen tenido acceso a una mejor calidad de vida, en todos los aspectos, no hubiesen sido orilladas a buscar el sustento en esas prácticas. Entonces, las ganancias que representan el tráfico y el comercio de esta “fruta prohibida”, aunado al aumento sustancial en el número de consumidores en ambos lados de la frontera, han desembocado en la terrible situación actual.


Porque la gente quiere ser feliz y va a recurrir a cualquier cosa que le de acceso a la felicidad. Las drogas, nos dicen, son malas. No es cierto, la gente se droga porque se siente muy bien, aunque haga mal. Y entre más ilegal sea, más bueno debe ser. No estoy diciendo que legalizar sea la solución. Carezco de bases suficientes para tal afirmación, pero sí creo que a partir de la prohibición en los años 30, el tráfico ilegal de estupefacientes, en especial de mariguana, ha desembocado en la barbarie actual, de la que difícilmente lograremos salir, no sólo porque, como dije, las drogas representan un gran negocio para muchos países, sino por su calidad de “prohibidas”. Porque ese aparente “halo” de misterio (aunque cada vez esa más evidente su consumo), es lo que hace de las drogas sean deseadas, codiciadas, apetecibles, como la fruta prohibida del Génesis.



Teresa de Jesús Padrón Benavides
Primavera, 2011