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miércoles, 25 de septiembre de 2019

El lenguaje crea mundos


En el principio creó Dios los cielos y la tierra.
 Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo,
Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.
Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz."
Génesis 1, 1:5

Hay quienes afirman que el lenguaje que utilizamos moldea nuestra percepción de la realidad, como el filósofo Hector Islas Azaïs. Yo coincido con él.

Basta dar una breve caminata por las calles de nuestra ciudad o asistir a un restaurante o a cualquier lugar público para darnos una idea de cómo habla la gente y de qué habla. La mayoría de las personas hablan de temas triviales, irrelevantes como el nuevo celular, el último partido de futbol de tal o cual equipo, el trabajo en la oficina, la marca de coche de moda, lo que comieron ayer en tal o cual restaurante, la fiesta de la noche anterior y cómo acabó en pleito, o los chismes y escándalos de Facebook.

Además de estos temas limitados y sin importancia, el lenguaje que utilizan para hablar de ellos es vulgar, soez o, en el mejor de los casos, vacío, hueco, insulso.

Nadie, o acaso muy pocas personas, van inmersos en un buen libro o en una conversación “real”, es decir, interesante, que aporte a quien la escucha no sólo información, sino aprendizaje. Y si no es así es justamente porque la vida que llevan la mayoría de las personas es así, irrelevante, carente de ideas, de pasión, de acción, de aprendizaje y de crecimiento.

Incluso entre quienes se auto denominan poetas o escritores, académicos o profesores, escasean los temas de conversación relevantes, esos sobre los cuales todos deberíamos estar discutiendo, no sólo para demostrar que sabemos de ellos, sino para nutrirnos, retroalimentarnos, aportar soluciones, ideas y propuestas.

El mundo es un lugar demasiado interesante, inaprensible, sorpresivo y asombroso y nuestro lenguaje debería ser, o al menos intentar ser, un reflejo de éste. Si no lo es, es porque no apreciamos la vida en su justa dimensión. Hemos perdido la capacidad de asombro, el candor y la sencillez para dejarnos cautivar por la belleza que nos rodea, por los amaneceres y atardeceres, por el paisaje, por las criaturas que habitan este maravilloso e irrepetible planeta, no sólo las humanas, sino las de todas las otras especies animales y vegetales.

A cambio de eso, vivimos inmersos en mundos virtuales, fríos e inhóspitos, gastamos el tiempo en recorrer grandes distancias en nuestros carros para ir de un sitio a otro, desperdiciamos la vida dentro de oficinas o centros comerciales que nos ofrecen una ilusión de lo que es la felicidad. Nuestras relaciones son también frías, distantes, no nos comprometen a nada porque evadimos sentir apegos, pues no queremos subyugar nuestra voluntad a la de nadie más.

Pero si no nos involucramos realmente con las personas, si no nos “apegamos” a ellas, nuestra vida se vuelve superficial, carente de pasión, hueca y gris. Y una vida así no es la que corresponde a los buenos artistas, escritores, poetas, músicos. Nuestro “arte” no pasará de ser un reflejo de esa misma vida sin chiste que llevamos y si acaso provocará reacciones igualmente superficiales en las redes sociales o elogios de los tontos e ignorantes.

Para que el lenguaje recupere su riqueza expresiva debe reflejar una vida igualmente rica y esta sólo es posible en la medida en que nos alejemos más de lo virtual y nos atrevamos a vivir realmente, con todo lo que ello conlleva. La lectura, las artes, la cultura, la filosofía, pero también la vida cotidiana, que es la que más nos enriquece. Las relaciones “profundas” con la gente y no sólo en la superficie. El coraje para afirmar “yo amo a tal o cual persona y en ello me va la vida”. El valor para aceptar que uno pertenece a tal o cual partido político, a tal o cual religión, que uno comulga con tales o cuales ideas, que a uno le gusta tal o cual género literario o musical y defenderlo con argumentos válidos y convincentes.
Para que el lenguaje sea rico, nuestro mundo también debe serlo. La literatura, la música, la pintura, el arte en general, no debiera ser la excepción sino la regla en nuestras vidas. Debemos aprender a apreciarlo, a pagar por él, a concederle valor para que se vuelva algo valioso en nuestra empobrecida vida. Pero si el lenguaje artístico no se distingue en absoluto del común y corriente, ¿qué valor artístico tiene? Si el lenguaje poético se contamina de los modismos, vulgaridades y estupideces del lenguaje común y corriente, carece de valor, pues entonces cualquiera puede decirse a sí mismo “poeta”.

Y los grandes poetas, como los grandes escritores, lo son porque han sido toda su vida asiduos lectores de poesía y de literatura. Lo son porque han cultivado el arte del verso o de la prosa a través de horas de desvelo leyendo y releyendo a los clásicos de todas las culturas. Pero también porque han llevado su poesía o su literatura al terreno de lo cotidiano y han logrado ver la belleza en todo lo que les rodea.

El lenguaje debe servir también para protestar, para levantar la voz contra lo que consideramos injusto o terrible, para dejar claro que no estamos de acuerdo con todo y que no todo se vale, e incluso las groserías que son las mejores palabras que podemos usar en estos casos, deben estar cargadas de rabia sí, pero también de significado. “Que chingue a su madre el presidente y su séquito”, por ejemplo, o “Mueran los hijos de puta criminales y políticos corruptos”. Son dos frases o consignas que se me ocurren en este momento aciago que estamos viviendo. Incluso frases como esta, deben brotar desde la pasión, el coraje y el conocimiento de causa para que surtan el efecto esperado.

Hoy ni siquiera nos atrevemos a hablar así. Vivimos al margen de los problemas sociales, al margen de la política, en nuestra zona de confort, importándonos sólo a nosotros mismos y a nuestro miserable mundo. Y también por eso nuestro lenguaje se pobre.

El lenguaje crea mundos y si nuestro mundo es pobre, hostil, ignorante y aburrido, es, en gran medida, por la forma en que nos expresamos, por las palabras que utilizamos a diario, por los temas de conversación que tenemos, en fin, porque nos falta valor para atrevernos a hablar de lo realmente importante, de aquello que nos compromete y nos deja muchas veces al descubierto, desprotegidos ante la mirada crítica o el juicio de los demás, y no queremos mostrarnos al desnudo ante nadie, pues eso nos hace vulnerables y querremos seguir dando al mundo la idea de que somos “chingones”, independientes, dueños de nosotros mismos, cuando en realidad vivimos a merced de la opinión de los demás.

El lenguaje crea mundos pero el mundo en que vivimos también crea el lenguaje que usamos para aprehenderlo. Es decir, en la medida en que nuestro lenguaje se enriquezca con palabras llenas de contenido, de significado, de valor, nuestro mundo adquirirá también significado, sentido y se volverá mucho más valioso no sólo para nosotros, sino para todos aquellos con quienes lo compartimos.

Palabras como “amor”, “ternura”, “fe”, “confianza”, “temor”, “dolor”, “muerte”, “vida”, “Dios”, “ayuda”, “amistad”, “necesario”, “justicia”, “gracias”, “perdón”, etcétera, deben volver a estar presentes en nuestro lenguaje común pero deben representar realmente lo que dicen y para que así sea, nuestro mundo debe volverse un lugar en donde prevalezcan esas palabras y en donde nombren la realidad que nos circunde.

Rivka Jaya
Ciudad de México, 25 de Elul, 5779 (Septiembre 25, 2019)


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