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miércoles, 3 de julio de 2019

Pesar



Cuando por fin pudo levantarse de la cama sentía la cabeza como un mazo de plomo pegado al cuello. Sus pies hinchados y amoratados, le hicieron recordar que hacía varios días no tenía su medicina y que debía agendar una cita con su médico para que se le diera y le hiciera su chequeo de rutina.

Encendió la radio para el noticiero que estaba a punto de terminar pues eran casi las siete. Puso la cafetera eléctrica y mientras el café colaba se duchó con agua casi fría. Se preparó avena, pan tostado y mantequilla y le dio algunos sorbos al café. Se cepilló los dientes, cogió su sombrero y su bastón y al cuarto para las ocho salió de su casa.

Apenas tendría tiempo de llegar a la oficina  donde cada mes hacía una larga fila junto a cientos de jubilados para recibir su pensión. Mientras esperaba el autobús, sintió un leve calambre recorrerle el cuerpo desde la parte trasera del cuello hasta la pantorrilla derecha. No le prestó atención. Subió al autobús y llegó justo a tiempo a la oficina donde la fila serpenteaba hasta doblar la esquina del edificio. Dio los buenos días y saludó a algunos conocidos con quienes se reunía una o dos veces por semana a jugar dominó y tomar café.

El sol caía a plomo a las nueve de la mañana y aún había más de 20 personas adelante suyo. Sacó de su bolsa reciclable un periódico de hacía una semana y le dio algunos tragos a la botella de agua que había sacado del refrigerador antes de irse. Entre las noticias que no había tenido tiempo de leer vio una que decía: “A partir del 15 de agosto los adultos mayores, jubilados y pensionados podrán cobrar su pensión en cualquier institución bancaria presentando su credencial vigente o cualquier identificación oficial con fotografía”.

Se alegró de la noticia aunque él preferiría seguir viniendo a la oficina de pensiones porque era la única ocasión que tenía de ver a algunos de sus conocidos, de hablar con gente de su edad y de ver a la señora Lupita. Lupita era viuda de un ex agente de aduanas y vivía sola. Sus únicos dos hijos habían emigrado a Estados Unidos hacía años y casi no los veía. Era una señora de unos setenta años, menudita y con el pelo rizado teñido de un rojo bugambilia que la hacía sobresalir de entre el resto de las señoras en la fila.

Esa mañana llevaba un vestido de flores rojas que hacían juego con su cabello. Traía unas arracadas doradas y zapatillas también rojas. A él le pareció más guapa que nunca. Estaba formada a unos ocho lugares antes que él y lo saludó con una inclinación de cabeza y una sonrisa. Él sintió que algo le subía desde el estómago y sintió agolpársele la sangre en las sienes.

De pronto la perdió de vista pues ella ya estaba en el mostrador cobrando su dinero. Se despidió de la cajera y de algunas de sus amigas y él la vio alejarse por la banqueta sin voltear. Cuando al fin llegó su turno cobró rápidamente su dinero y sin decir adiós a nadie apresuró el paso hacia la parada de autobús que Lupita tomaba con la esperanza de alcanzarla. Ahí estaba. Su bolso grande, su pelo rojo y sus lentes oscuros a la moda, la hacían parecer mucho más joven de lo que era.

La saludó de nuevo, esta vez de mano. Le preguntó a dónde iba. Ella le respondió que debía hacer algunos pagos y comprar algunas cosas antes de regresar a su casa. Él se ofreció a acompañarla. Ella aceptó. Una vez sentados en el autobús, hablaron un poco de todo. Del calor, de la carestía, de la inseguridad, de la familia. Al llegar a ese punto, Lupita guardó silencio durante unos minutos y en la comisura de sus labios se notó un rictus de dolor. Él le preguntó si se sentía mal. Ella dijo, a secas “es un pesar que tengo, pero es sólo mío” y volvió a callar durante el resto del viaje.

Al llegar a su destino, él la tomó del brazo para ayudarla a bajar y por descuido, se olvidó el bastón en el camión. La acompañó a hacer sus cosas y ella, como cortesía, le invitó un helado que él aceptó de mil maravillas. Sentados frente a frente en las pequeñas mesitas del área de comidas del centro comercial se sintieron más en confianza, intercambiaron bromas y hasta se rieron de los defectos de algunos de los otros pensionados.


A la una en punto ella dijo que era hora de volver a casa. Había que hacer la comida y limpiar un poco. Él estuvo de acuerdo. Él también tenía sus pendientes. Le preguntó si alguien la esperaba en casa y ella le respondió que sí. Además de sus dos perros, un gato y sus plantas, Lupita tenía en casa a su hermano mayor, ciego y paralítico. Había perdido la vista después de años trabajando en un taller de soldadura y la movilidad de sus piernas por un accidente.

Ella lo aseaba, lo alimentaba, lo sacaba a dar pequeños paseos por el parque cercano a su casa y le leía fragmentos de la Biblia por las noches. Cuando debía salir, le dejaba encendida la televisión para que escuchara las noticias y no se sintiera solo. Por las tardes lo sacaba al jardín mientras regaba las plantas y platicaban de su pueblo, de su infancia y de su familia. A su hermano le gustaba escuchar el chorro de agua de la manguera y que el rocío le mojara un poco la cara. También le gustaba acariciar a los perros y oír a su hermana saludar a algún vecino o vecina que pasaban por la calle.

Se despidieron en la parada donde ella debía bajar. Lupita le dio las gracias por todo y le recordó de la fiesta que habría la próxima semana en la casa club de la tercera edad con motivo del día de los abuelos. Él no tenía nietos. Su único hijo había muerto de una bala perdida en una fiesta de pueblo cuando apenas tenía 18 años y su mujer murió poco tiempo después de pura tristeza. De todos modos le prometió que iría y que ahí se verían. Se sentía bien después de haber pasado parte del día con Lupita.

Cuando llegó a su casa se calentó la comida del día anterior. Puso la televisión para el noticiero de la tarde y se quedó dormido en el sofá. Soñó con Lupita, con su pelo rojo bugambilia y su vestido de flores, con su hermano ciego. Soñó que bailaba con ella en la fiesta de los abuelos. También soñó con su hijo y su mujer muertos hacía 25 años. Soñó con perros, gatos y plantas.  El dolor de cabeza y de pecho y el calambre que le subía desde la pierna volvieron, esta vez con más fuerza. Intentó levantarse a buscar una aspirina y a tomar un poco de agua. Se lo impidieron el cansancio y la pesadez del cuerpo. Buscó su bastón y recordó que lo había dejado en el autobús.

Volvió a cerrar los ojos y se quedó dormido hasta el amanecer. Abrió un poco la cortina para ver entrar el sol y contempló el enorme árbol frente a su ventana. Hizo planes en su mente para ir a comprarse ropa nueva para el baile y se sintió animado. Imaginó a Lupita muy elegante, la música de su época, los compañeros jubilados y la comida. Se sintió animado. Suspiró profundamente antes de intentar levantarse y exhaló su último aliento con una leve sonrisa dibujada en sus labios.



Rivka Jaya, 30 Siván, 5779 (3 de julio de 2019)

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