“Tengo un sueño: que
un día mis hijos vivirán en una nación que no juzgue a las personas por el
color de su piel, sino por el contenido de sus actos”.
Martin Luther King
Cuando era niña pensaba que era rica. Tenía una casa cómoda,
papás, hermanos, un carro y un perro. No necesitaba ni deseaba nada más. ¿Qué
más puede querer una niña para ser feliz?
Como casi todos en aquel tiempo, los hijos de las
familias de clase media íbamos a la escuela pública más cercana a nuestra casa.
Los grupos eran de hasta cincuenta niños y la maestra o el maestro no sólo eran
estrictos, sino celosos de su profesión, la cual ejercían con dedicación, amor
y entrega. A cambio, exigían lo mismo de sus alumnos.
Recuerdo con especial afecto a mi maestra de tercer año
en la escuela Josefina Menchaca en Matamoros. Aurora Zertuche. Una señora
enorme y rubia que había formado en sus primeras letras y números a varias
generaciones. Era estricta sin llegar a ser dura y a veces nos daba un par de
palmaditas en la espalda o nos acariciaba la cabeza cuando hacíamos bien
nuestros deberes. La maestra Aurora era reverenciada y querida por todos los
padres de familia y era una de las primeras invitadas en las fiestas infantiles
de sus alumnos.
En los salones de clase habíamos alumnos de varios
estratos sociales e incluso algunos que venían de alguna población rural, pero
básicamente éramos los mismos amigos del barrio. Yo me sentaba junto a una niña que se llamaba
Lupita. Ella venía del campo, de un lugar de la carretera hacia Monterrey. Era
una niña bajita, delgada y morena. Su cabello negro recogido siempre en dos
trenzas, brillaba con el sol.
Recuerdo uno de los primeros días de clase. Nos formaron en dos filas, una de niñas y otra de
niños. Fueron de la secretaría de salud a vacunarnos no recuerdo contra qué
enfermedad. También nos revisaron la cabeza para ver si no teníamos piojos. Nos
examinaron los dientes para ver si había caries y también las uñas de las
manos.
Lupita y yo éramos de las primeras de la fila, por
nuestra estatura baja. Me revisaron, me vacunaron y me pusieron una palomita en
un papel que mis padres debían firmar. Siguió Lupita. La revisaron
exhaustivamente. Primero la cabeza. Había liendres. Luego los brazos. No había
marcas de vacunas. Después los dientes. Aún no había caries pero tampoco
señales de una buena higiene bucal. Sus uñas no habían sido cortadas al menos
por un mes y estaban ennegrecidas por la tierra.
El personal de salud la paró enfrente de todo el grupo y
nos dijo que ella era un claro ejemplo de lo que NO debíamos ser los demás. La
niña rompió en llanto y tuvieron que llevarla a la dirección en donde esperó a
que sus padres la recogieran. Yo fui a buscarla en el recreo y le compartí de
mi lonche. Le dije que no estuviera triste y que nos juntaríamos en los
recreos.
A la hora de salida, volteé de reojo a la dirección y vi
a la directora hablando con los papás de Lupita. Me quedé a esperarlos afuera
de la escuela pues quería saber qué les habían dicho. Jamás olvidaré el rostro
triste, demacrado y compungido de los padres de mi amiga. Los ojos de su papá
estaban acuosos, como a punto del llanto. Nunca supe lo que había pasado ahí
dentro, pero pude intuirlo.
Me acerqué y saludé a los señores y abracé a mi amiga que
se abalanzó fuerte contra mí. Me dijo que sus papás la llevarían a vacunar al
día siguiente y que se iba a cortar el pelo y las uñas. Sentí pena por sus
hermosas trenzas negras, pero me alegré de que Lupita seguiría yendo a clases.
Al día siguiente la maestra Aurora nos dio un sermón
respecto del respeto, la tolerancia, la igualdad y otros valores. Nos dijo que
al menos en su clase, todos éramos iguales y debíamos tener los mismos
privilegios y las mismas responsabilidades. Cuando Lupita volvió, dos días después,
la maestra nos puso a limpiar el salón y a decorarlo pues se acercaba el 15 de
septiembre.
Sin embargo, durante el recreo, sólo yo y Miguel, otro
niño, nos juntábamos con Lupita. El resto seguía viéndola con recelo, con
desconfianza y, en el mejor de los casos, con curiosidad. Un día, Jessica, una
niña rubia, alta, ojos verdes, se acercó a nosotros mientras comíamos nuestro
lonche y me preguntó: ¿Por qué te juntas con esta piojosa? ¡Vente con nosotras!
No recuerdo bien cómo pasó, pero sí que sentí una furia y
una lumbre que me subía a la cabeza desde el estómago. Le espeté un golpe en la
nariz y un rodillazo en la panza. Recuerdo el hilo de sangre rojo sobre su
blusa blanca. Llamaron a mi mamá y me expulsaron tres días. Ese fue el primer
problema escolar en mi historial.
Poco a poco, los del salón fueron “aceptando” a Lupita.
Ya la incluían en sus juegos, en sus equipos de trabajo e incluso a veces la
invitaban a sus fiestas de cumpleaños.
Llegó la navidad de 1976. Hubo posada e intercambio de
regalos. Lupita llevó su regalo para otra niña. Era una canastita con jarritos
de barro que vendían en el mercado municipal. “Trastecitos”, les decíamos. A mí
me encantó, pero a la niña que lo recibió, le pareció muy poca cosa. Vivíamos
en la frontera y las barbies y los walkie talkies eran lo “cool”.
La niña dejó su regalo en el salón y salió a jugar con los demás. Lupita recibió una Barbie.
Una muñeca rubia,
esbelta, ojos claros, como Jessica. Una muñeca que no se parecía a ella en
nada. La contempló extasiada, acariciándole el pelo largo y lacio y la metió en
su flamante caja rosa. Estaba feliz. Jamás habría soñado tener una Barbie.
El tiempo pasó. Crecimos y tomamos distintos caminos.
Nunca más volví a ver a Lupita o a saber de ella. Muchos años después, yo ya
vivía en Mexicali, fuimos un verano a ver a la familia a Matamoros. En un
restaurante muy conocido en Brownsville, se me acercó una muchacha morena, muy
guapa y sonriendo me preguntó “¿Eres Tere? ¿Tere Padrón? ¿No me recuerdas?
Soy
Lupita, de la primaria Josefina Menchaca. Yo siempre te recuerdo. Estás igual
que entonces”.
Fue como viajar en el tiempo en cuestión de minutos.
Recordé cada detalle, cada juego, cada anécdota juntas. Recordé el día que le
pegué a Jessica por defenderla y recordé la cara triste de sus padres. Nos
abrazamos. Se sentó en nuestra mesa y durante el café hablamos largo y tendido.
Era doctora. Había estudiado en la Autónoma de Monterrey. Trabajaba en el IMSS
de Matamoros y aún era soltera, como yo en ese entonces. Me dio mucho gusto verla después de tanto
tiempo y que me recordara con cariño. Yo era una niña cuando la defendí, pero
algo me decía que era lo justo, lo que debía hacer. Porque ella ilustra un caso
excepcional. Lo común en México es que alguien como Lupita no llegue a concluir
siquiera la educación media superior.
Las comunidades rurales, la población
indígena, las personas de tez oscura, ocupan casi siempre los estratos
inferiores de la pirámide social.
Intercambiamos anécdotas, direcciones y teléfonos y
prometimos estar en contacto y volver a vernos a la primera oportunidad. Se
veía feliz, plena y realizada. Saludé a sus papás desde mi mesa con una
reverencia y nos despedimos con un abrazo fuerte.
Con esta anécdota de mi infancia quise ilustrar un
problema añejo en nuestra sociedad (y en casi todas las sociedades) y que en
pleno siglo XXI sigue estando presente de formas inconcebibles: el de la
discriminación.
México es racista, clasista y discriminatorio. Las
personas que realizan los trabajos esenciales como la limpieza de nuestras
calles, comúnmente son morenas, de rasgos autóctonos y siempre nos pasan
desapercibidos. Quienes nos sirven en los restaurantes, en los supermercados,
en los estacionamientos, también. Por no mencionar a las empleadas domésticas,
quienes parecen encajar con un estereotipo bien difundido: morrenas, bajitas y
de complexión gruesa.
En cambio, la publicidad promueve el modelo de belleza
occidental en todos sus comerciales, salvo en los del gobierno, que difunden la
ayuda social a los más desprotegidos. La televisión, el internet, el cine, y en
fin, los medios masivos, usan como modelos a personas que poco tienen que ver
con ese otro México, el de raíces indígenas, el México prehispánico, del que
también somos parte. Y también del México de raíces negras, el cual es
prácticamente desconocido.
Cito el boletín de prensa número 55 del CONAPRED (Consejo
Nacional para Prevenir la Discriminación) del 2019:
“Pese a que la mayoría de las personas tienen
un tono de piel oscuro, sólo tres por ciento ocupa puestos de dirección.
En México, 20 por ciento de las personas con
tono de piel oscura no cuentan con algún nivel de escolaridad. En contraste, la
cifra baja a la mitad si se trata de tonalidades más claras, así lo demuestran
los resultados del Módulo de Movilidad Social Intergeneracional del INEGI,
2017.
Siete de cada 10 personas en el país declaró
tener un tono de piel oscuro; sin embargo, sólo 3 por ciento de ellas
reporta tener puestos de dirección, en comparación con el 6 por ciento de
personas con color de piel más clara que ocupan estos puestos, según la ENADIS
2017.
La misma encuesta afirma que 44 por ciento de
las personas con un tono de piel más oscuro se desempeñan en la agricultura, la
ganadería, la pesca y la caza, mientras que sólo la mitad (21 por ciento) de
quienes tienen un tono de piel más claro se desempeñan en estas actividades.
Paradójicamente, la ENADIS 2017 señala que 93
por ciento de las personas de 18 años y más en México indica que no se
justifica burlarse de alguien por su tono de piel. Sin embargo, los datos
demuestran que sí existe una desventaja al tener un tono de piel más oscuro.”
Estos días, en que una pandemia desconocida,
feroz y sumamente contagiosa nos cogió por sorpresa, atacando por igual a ricos
y pobres, a blancos y morenos, en los cuales las manifestaciones en contra de
los abusos policiales contra negros en Estados Unidos nos han sacudido, en los
cuales la población en México está tan dividida políticamente, es más oportuno
que nunca que volteemos hacia nosotros mismos.
Es loable ver marchar y protestar a cientos
de mexicanos en contra del abuso, la tortura y la muerte de George Floyd a
manos de la policía en Estados Unidos. Es encomiable también ver a miles de
mujeres y hombres tomar las calles para exigir que se respeten sus derechos
sexuales, reproductivos y de todo tipo. Es parte de la democracia y es nuestro
derecho.
Pero también es doloroso ver que la violación
a los derechos humanos y a las garantías individuales son prácticas comunes en
nuestro propio país y entre nosotros mismos. Que la discriminación, la falta de
oportunidades, la desigualdad es la regla y no la excepción en México. Y que
eso no es de hace un par de años, sino que es algo muy arraigado en nuestra
cultura.
Da vergüenza ver a unos cuantos privilegiados
salir a protestar a Paseo de la Reforma en sus carros de lujo en contra de un
gobierno que, nos guste o no, estemos de acuerdo o no, ganó legítimamente en
las urnas y con una victoria apabullante.
Y da vergüenza verlos porque jamás los habíamos visto manifestarse.
¿Dónde estaban cuando las muertas de Juárez?, ¿Dónde estaban cuando Ayotzinapa?
¿Dónde cuando la marcha por la paz de Sicilia y Le Barón?
Ahora, cuando sus intereses se ven
amenazados, cuando no se sienten seguros ni respaldados por “papá gobierno”,
salen de sus mansiones bien amuralladas en la parte Noroeste de la Ciudad y
alzan la voz contra un gobierno al que “no quieren”. Como niños caprichosos.
Yo no voté por López Obrador. No estoy de
acuerdo con él en muchas cosas y no veo claro hacia dónde va ni cuál es su
proyecto. Pero tampoco niego que su victoria aplastante sea el resultado de
muchos sexenios de desigualdad, de abusos, de privilegios para unos cuantos y
de miseria para muchos otros.
“Everything is about color”, decía una
pancarta en las protestas por el asesinato de George Floyd en Minnesota. En México es igual. El Pantone con el que
juzgamos a los demás va desde el café oscuro hasta el rubio pasando por muchas
otras tonalidades. Esas tonalidades determinarán no sólo el grado de
escolaridad de las personas, sino su acceso a una vida mejor en todos los
sentidos.
Y mientras el color sea el que determine
quién vive bien y quien no, mientras la brecha social entre quienes concentran
grandes cantidades y quienes viven al día sea tan ancha, habrá muchas protestas
y marchas diferentes. Pues las causas también son distintas. Unos marcharán por
no perder sus privilegios y otros para exigir lo mínimo indispensable para una
vida digna: agua, luz, gas y esas cosas que nosotros damos por sentadas.
La pandemia nos ha dado una lección de
igualdad. Ha atacado a ricos y pobres casi sin distinción, también a jóvenes y
a viejos. Sin embargo, los que han podido acceder a tratamientos rápidos y
costosos siguen siendo unos cuantos. Otro indicador de la diferencia de clases
en México.
Mientras haya un México clasista y racista
que no ve o no quiere ver al otro México, al que sufre ese racismo, no habrá
paz, ni seguridad, ni tranquilidad en el país. Porque mientras la
discriminación por color de piel o por origen étnico determine la condición
social de las personas, seguirá habiendo desigualdad, descontento social,
violencia, crimen, inseguridad.
Por eso es que seguirá también habiendo
marchas. Unas poco concurridas de la clase media y alta y otras multitudinarias,
de los más desfavorecidos. En las primeras predominará el color blanco, en las
segundas el moreno.
Teresa de Jesús Padrón Benavides
Ciudad de México, junio del 2020

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