Mi lista de blogs


jueves, 30 de junio de 2016

Rosendo y los árboles



“Y había Dios plantado un huerto en Edén al oriente, y puso allí al hombre que había formado. Y había Dios hecho nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer: también el árbol de vida en medio del huerto, y el árbol de ciencia del bien y del mal.”
Génesis 2:8-9
Para el chendo, por denunciar el descuido de los árboles en cajeme.
En la Biblia, desde el primer libro, el Génesis, apenas en el segundo capítulo se menciona a los árboles. La Biblia, en la tradición judía, se conoce como el “Árbol de la vida”, para mostrar cómo los árboles se vinculan con los valores más altos pero también porque los árboles simbolizan la vida misma. Un lugar yermo, sin árboles, sin plantas, es un lugar hostil e inhabitable, al menos para el hombre. Los árboles simbolizan un medio ambiente saludable y sostenible.
Cuando Dios creó a Adán, al primer hombre, lo llevó con Él a través del jardín de Edén y  le mostró Su creación y le dijo: “Mira mi obra, qué hermosa y digna de admiración es… y todo lo que he hecho, lo he hecho para ti. Ten cuidado de no destruir o arruinar Mi Mundo, pues si lo haces, no habrá alguien más que lo repare….”[1]
Esta Midrahs lo que nos dice es que los árboles del jardín del Edén, más que el jardín mismo, representan el mundo natural que Dios creó y nuestra obligación de obedecer el mandato divino de cuidarlos y de no destruirlos.
Pero también nos dice que tratemos de imitar las acciones de Dios, es decir, si lo primero que Él hizo fue plantar árboles, nosotros también debemos hacerlo, pero no sólo plantarlos y dejarlos a merced de las escasas lluvias o del viento o el sol inclemente, sino de ABONARLOS, REGARLOS, EN FIN, ¡CUIDARLOS!
Un lugar donde hay árboles y se les cuida, se les protege, se les tiene en alta estima, es un lugar donde habita gente buena, gente que ama y respeta la naturaleza, gente arraigada a su lugar de origen y consciente de que los árboles no sólo son necesarios para nosotros, sino que son preciosos y valiosos por sí mismos. Los árboles son esenciales para la vida, pero no sólo para la nuestra, para millones de otras especies en la Tierra, nuestra casa, la que se nos dio para cuidarla, para amarla, para santificarla.
¿Por qué en México, en muchos lugares, se depredan selvas y bosques enteros? ¿Por qué no podemos beber agua de los ríos o bañarnos en alguna laguna sin temor a morir? ¿Por qué la gente se empeña en tener casas ostentosas  y enormes pero lo primero que hacen es mandar talar los árboles? ¿Por qué la gente “cree” que los árboles estorban, que tiran muchas hojas, que no dejan ver la fachada elegante de nuestra casa, que no permiten que quepa nuestros carros en la cochera? ¿Por qué somos tan estúpidos?
Por una sencilla razón: no tenemos respeto por la vida, porque no nos gustamos ni nos queremos a nosotros mismos, porque estamos frustrados o nos sentimos inferiores, o tenemos complejos y por eso preferimos destruir a conservar, matar a salvar vidas, hacer daño a quienes no pueden defenderse, como plantas, árboles y animales en vez de cuidarlos y protegerlos. El desprecio que sentimos por el arte, la cultura, la educación, el conocimiento, es el mismo que sentimos por la Naturaleza, pues es un desprecio por la sabiduría y todos hemos escuchado aquello de que “La naturaleza es sabia.”
Vivimos en un mundo artificial, con clima artificial, senos artificiales, implantes plásticos en el cuerpo, consumimos materiales dañinos para el planeta y en grandes cantidades y los desechamos donde sea, sin siquiera reparar en si son biodegradables o no. Preferimos ser ignorantes, feos, malos, sucios, pues eso no es ninguna hazaña, mientras que conservar, reducir, reciclar, reusar requiere tiempo, esfuerzo, y, sobre todo, conciencia, y no tenemos, no somos conscientes de nada, vivimos enajenados, aislados, conectados a nuestros aparatos “smart”, porque ellos son más sabios que nosotros, nosotros sólo consumimos, depredamos, destruimos.
Somos mala gente. México es el país de la abundancia, de la abundancia de recursos, pero su gente es corrupta, no es temerosa de la Ley, con mayúscula. En pocas palabras, somos corruptos porque somos estúpidos, pues dice la Biblia que “el temor de Dios es el comienzo de la sabiduría”.
¿Por qué admiramos los jardines y bosques canadienses o europeos, si nosotros pudiéramos tener unos mejores y más bellos si tan solo la corrupción no diera una “licencia para matar” a las grandes corporaciones a cambio de mucho dinero? Pero no sólo la corrupción de los políticos que se benefician de los permisos que otorgan, a nivel personal, nosotros, los mexicanos, ¿qué hacemos para cuidar la casa común? ¿Cómo protegemos el medio ambiente?
En Ciudad Obregón, Sonora, lugar donde viví y al que le tengo mucho cariño,  acaba de ocurrir un ecocidio a la vista indiferente de casi todos, salvo de unos pocos, como mi amigo Rosendo, quien ama la vida en todas sus formas y es un luchador incansable por la defensa de ésta. Él, sin sacar ventaja o beneficio alguno, por iniciativa propia, ha creado y promovido organizaciones a favor de la vida, de la donación de órganos, de la creación de una asociación protectora de animales, y también ha denunciado públicamente los abusos y las omisiones del gobierno municipal, estatal y federal en cuestiones de ecología, como la tala innecesaria de árboles o el abandono de éstos a merced del clima, como el caso que menciono.
Rosendo es un hombre común, como cualquiera de nosotros, pero a diferencia de la mayoría, no sólo “dice”, sino que “hace”. Las redes sociales nos vuelven insensibles a lo que pasa en torno nuestro, por eso Rosendo las usa sólo como vehículo para su lucha “real”, la que libara allá a fuera, en el calor de 45 grados, en su amada Cajeme, a pie, observando, meditando y sacando conclusiones de todo cuanto ve y después, señalando lo que está mal y luchando por cambiarlo, al lado de gente que como él, aman la vida, la vida real, la que compartimos con quienes queremos y nos quieren.
Rosendo es esposo y padre de dos niños preciosos a quienes ama y cuida con el mismo amor y cuidado con que trata la vida. Alguna vez él y yo fuimos compañeros de trabajo dando clases en el Instituto Tecnológico de Sonora y estuvieron a punto de corrernos por intentar impedir que cortaran una hermosa y enorme ceiba que reinaba majestuosa al centro del patio. No pudimos impedirlo, por más denuncias ante el municipio y ante las autoridades escolares, que nos tacharon de locos. Escribí en mi blog algo al respecto, hace ya seis años.
El “chendo”, como lo conocemos los amigos, es alguien que sufre la estupidez de la gente. Alguna vez le pregunté por qué hacía lo que hacía, mientras tomábamos una cerveza en el patio de mi casa y me dijo, con su clásico acento sonorense: “porque es lo correcto, ¿qué no?”.
Hacer lo correcto, lo que DEBEMOS y no sólo lo que QUEREMOS es cosa de valientes. De hombres y mujeres que aman más la vida en general que la de sólo unos cuantos. Y que la cuidan, la protegen y la reparan para beneficio no sólo suyo, sino de todos. Se requiere mucho valor y mucho amor para enfrentar la estupidez y la corrupción, pero Rosendo los tiene, y en abundancia. En cambio, los funcionarios públicos, los gobernantes, los políticos, son cobardes. Se echan la “bolita” unos a otros, como en este caso, que los árboles fueron plantados por la SEDENA, pero debían ser regados y cuidados por el municipio de Cajeme. Todos se desentendieron. Otra vez, la ética de la responsabilidad, ausente de este y de todos los asuntos públicos. Dejar morir los árboles es matar la vida.
¿Por qué ensañarse con los árboles o con los animales si no son nuestros enemigos? ¿Por qué destruir algo que tiene tanto derecho a estar aquí como nosotros y que, a diferencia de nosotros, ellos no nos hacen daño?  Ya lo dije, por cobardes, corruptos e ignorantes. Destruimos aquello que no puede defenderse, porque nuestra cobardía no nos deja enfrentarnos a alguien como nosotros. Pero la Naturaleza, esa sí es sabia, y ahora mismo nos está cobrando la factura del daño que le hacemos.
Eso somos, cobardes e ignorantes y seguiremos siéndolo mientras no vivamos nuestras vidas de acuerdo a un código ético y moral que rija nuestros actos. Y ese código no puede ser otro que la Torá bendita, pues ahí está contenida toda la sabiduría del mundo. La que necesitamos para preservar la vida, para amarla y cuidarla.
Yo no sé si el chendo es siquiera religioso, pero sí sé que es un buen hombre y aunque nunca hemos hablado de eso, sé que él está imbuido de Dios, pues lo irradia en su persona y lo lleva consigo a donde va y Él le da ánimo y fuerza vital para seguir al pie de lucha por las causas justas, como la de los árboles. Ojalá y siga habiendo Rosendo para rato, pues personas de valor, necesitamos muchas en México. Gente que actúe y no hable tanto.

Teresa de Jesús Padrón Benavides












miércoles, 8 de junio de 2016

La importancia del padre



Para Hector, el padre de mi hijo
“Escucha, hijo mío la Torá de tu madre y no olvides la instrucción de tu padre.”
Proverbios

“Hijo de hija, nieto será, hijo de hijo, en duda estará”, reza un viejo refrán popular. Y puede que sea cierto, pues todos sabemos quién es nuestra madre, pues nos llevó en su vientre, pero no todos sabemos quién es nuestro padre, pues eso es más difícil, aunque hoy en día basta una prueba de sangre para descubrirlo.
Sin embargo, hace tres mil años, en pleno exilio en Egipto, en un lugar cuyas costumbres morales permitían la promiscuidad tanto de hombres como de mujeres, a pesar de ser el pueblo egipcio una gran nación, reconocida por sus logros en filosofía, el arte  y en muchas otras áreas, sin embargo, su moral se fundaba en la razón no en la fe en Dios y, en ese sentido, se podían permitir o justificar cualquier cosa, incluida la esclavitud.
Una moral basada en la razón es reversible, puede modificarse e incluso se corre el riesgo de caer en un relativismo en donde cada quien actúa de acuerdo a “su propia moral”. En cambio, una moral basada en la fe, es irreversible, pues proviene de la creencia en Dios, la autoridad suprema de quien emana el código ético que nos rige y lo que viene de Dios, no puede ser inmoral, sino bueno.
Pero, ¿qué tiene que ver la moral con este artículo? Se preguntarán. Pues mucho. Retomando el refrán al que aludíamos al principio, fue justamente el pueblo hebreo, durante su travesía por el Sinaí, a quien Dios le dio la Ley que lo regiría y lo haría diferente a otras naciones, pues deberían guiar su comportamiento de acuerdo a un código moral específico. Y esa es la razón por la cual Dios ordenó a Moshe hacer un censo y contar a las familias por sus nombres paternos. No sólo para saber de quién eran los hijos, sino para que guardaran celosamente los preceptos de la Ley y se comportaran de acuerdo a ella.
Por eso para el judaísmo ambos, padre y madre, son igualmente importantes. La madre es quien provee a los hijos el nutriente amoroso que les da confianza y les permite adquirir una personalidad propia mientras que los padres guían sus caminos y les enseñan a distinguir lo bueno de lo malo. Por supuesto que estos papeles no son exclusivos de cada uno, pues a veces se invierten , pero ambos se complementan.
Ambos, el padre y la madre, contribuyen a su modo a desarrollar el sentido ético y moral de sus hijos. Las mamás nos enseñan a anhelar la bondad, a desearla y a apreciarla,  conminándonos a ser buenos hijos, a portarnos bien, a no caer en tentaciones, en pleitos, etcétera, mientras que los padres nos instruyen a seguir y a cumplir con las reglas impuestas, nos gusten o no, las entendamos o no, porque alguien debe encargarse de que dichas reglas se cumplan y esa función le corresponde al padre, cuando hay padre en casa.  Cuando los hijos se rebelan y exigen explicaciones, la madre se las da amorosamente y con paciencia, mientras el padre puede responder “porque lo digo yo” y se acabó. Y está bien, así debe ser, los hijos DEBEN APRENDER A OBEDECER REGLAS, deben saber que NO TODO ESTÁ BIEN Y NO TODO ESTÁ PERMITIDO y que hay autoridad en casa, en la sociedad y en la escuela y que, si esa autoridad PREDICA CON EL EJEMPLO, no se cuestiona, al contrario, se estima, se aprecia como algo necesario para que funcione una sociedad.
Los hijos necesitan saber que la curiosidad y el interés por aprender y por saber cosas es normal, y que las respuestas están disponibles a través de diversas fuentes, pero que no todas las fuentes son válidas.  Pero también necesitan saber que las reglas no son negociables y que no deben esperar entender TODO. Incluso los adultos no entendemos las razones por las que actuamos de tal o cual manera, sin embargo actuamos así porque ENTENDEMOS que está bien, porque sabemos que es lo correcto.
Pero, a diferencia de la filosofía, nosotros, los judíos, SABEMOS qué es lo correcto, porque CREEMOS en ello, porque nos lo dice no sólo la razón, sino la fe, la fe en Dios.
Y es por eso que llevamos el apellido paterno y no el materno. Porque el amor de una madre por sus hijos es absolutamente necesario para su desarrollo afectivo, pero el del padre es indispensable para su desarrollo moral. De ahí la importancia del padre, no sólo para el judaísmo, sino para que una sociedad llegue a alcanzar la libertad, la mayoría de edad, la independencia que conlleva una responsabilidad.

Teresa de Jesús Padrón Benavides
Junio del 2016


.

miércoles, 25 de mayo de 2016

El ingrediente secreto



A mi Emilio, porque come muy bien.

Hoy en la mañana, mientras veía a mi hijo desayunar con mucho gusto un plato de avena con canelita, pasas y arándanos mientras platicábamos en la mesa, pensaba en algo que es realmente preocupante pero que, como siempre, es culpa de los padres: la mala alimentación, la obesidad, la anorexia, la bulimia, el raquitismo o el exceso de peso y la flaccidez en los cuerpos de niños y jóvenes actualmente y todos los problemas de salud que eso conlleva.

 Desde pequeño, mi hijo ha sido tragón. Disfruta muy placenteramente la comida, en especial la comida de casa. Los caldos, el arroz, los frijoles de la olla, la sopa aguada e incluso los desayunos mexicanos o americanos, pues no sólo ama los chilaquiles sino también los hot cakes. Le gusta tanto comer que él mismo ya cocina algunas cosas y a veces prepara el desayuno o la comida de fin de semana para todos. 
Cuando comemos fuera, prefiere los restaurantes sencillos, las fondas de barrio en donde el sabor es parecido al de casa y sólo a veces elige algún restaurante oriental, italiano o mexicano típico, pero sus gustos no son exóticos ni caros.  Él prefiere que la comida sea sencilla pero rica y que las cosas sepan a lo que son y no estén aderezadas o condimentadas en exceso.

Le hemos enseñado a conocer y disfrutar de los platillos regionales de varios lugres de México, en especial del norte, pues somos norteños, pero él ama también la comida del sur, como los tlacoyos, las gorditas, los sopes, etcétera.  Sus gustos van desde un cocido sonorense con tuétano y muchas verduras hasta unos noodles japoneses con algas y tofu.  Pero su regla de oro al comer es que las cosas sean sencillas y sepan rico, que no tengan mucho de todo sino lo suficiente de dos o tres ingredientes, pero que el sabor de cada uno de ellos se paladee y se reconozca al primer bocado.  Ama los espaguetis y tiene sus salsas preferidas, como la de espinacas con crema y nuez moscada, la de tomate y albahaca y la de aceite de olivo y ajo.

Jamás lo he visto condimentar con cátsup o salsa de soya o mayonesa algún plato típico, mucho menos con picante o limón, como hacen muchas personas, incluso antes de probar la comida. Y lo que definitivamente odia es la comida chatarra. Sólo cuando lo invitan a un lugar de comida rápida y por educación y consideración a quienes lo invitan, come una rebanada de pizza o unas papas fritas, pero siempre una ración pequeña y la acompaña de ensalada en abundancia. Tampoco le gustan las “modas” o los gustos “hipster” que han adoptado algunas familias que quieren un –“retorno a Natura”, después de haberse mal alimentado durante años por flojera y falta de imaginación y ahora compran productos naturales que antes se hallaban en las tiendas de semillas y condimentos en la esquina de la casa y ahora las venden empacadas en Estados Unidos en bolsas reutilizables y selladas con etiquetas muy vistosas y a precios exorbitantes como la chía, la linaza, el aceite de coco, etcétera. Él dice que todo eso es una moda estúpida y que esas cosas las consumían nuestros ancestros pre hispánicos desde hace cientos de años, sólo que ahora se han puesto de moda entre los veganos “buena onda”, que no comen animales, pero sí gastan mucho dinero en semillas y granos cuya producción excesiva también daña el planeta, pues erosiona el suelo rápidamente.

Mucha gente se sorprende de lo bien que come y de sus gustos, que son muy raros en un adolescente, y me preguntan ¿cómo le hiciste para enseñarlo a comer tan bien? ¿Cómo haces para que coma nopales, o pescado, o muchas verduras o frutas? Yo me sorprendo aún más y les pregunto de vuelta, ¿cómo le haces o le hiciste para NO enseñarle a comer bien? ¿Por qué diablos le preguntaste o le preguntas qué le gusta o qué quiere comer en vez de darle lo que es bueno para él o para ella? ¿Te ve a ti comer bien? ¿te ve disfrutar la comida y acompañarla con una buena plática en vez de comer apurada o sin ganas y conectada a tu teléfono?

Yo creo que, como todo lo que enseñamos y aprendemos, es cuestión de poner el ejemplo. Un niño pequeño irá absorbiendo como una esponja todo lo que vea que hacen sus padres, incluido lo que comen y cómo lo comen. Emilio nos ha visto a mí y a su padre cocinar juntos desde siempre, disfrutando lo que hacemos y acompañando el ritual con una copa de vino y buena música. Y casi siempre cocinando cosas para deleitar a nuestros amigos y amigas. Nos gusta mucho comer, pero también cocinar y a pesar de haber tenido cocinas muy pequeñas y con sartenes y ollas en no muy buen estado, la comida siempre se ha hecho y se ha hecho bien y ha quedado deliciosa y la hemos disfrutado en familia y con amigos. Los judíos disfrutamos mucho del buen comer y nuestras discusiones y pláticas siempre son en torno a la mesa familiar o de algún amigo o a miga. Sentados a la mesa, con abundante comida, es como arreglamos nuestros asuntos y la risa  y el vino siempre acompañan la comida.


Emilio ama las tortillas de harina de su abuela, en especial si hay frijoles de la olla, pero también el arroz rojo que yo hago y también el minestrone italiano o la comida hindú con cúrcuma y cardamomo que hace su padre. Yo creo que detrás de ese placer está el ingrediente “secreto” que debe haber en toda cocina: el amor. El amor entre las personas para las que se cocina y con las que se sienta uno a la mesa. El amor entre los amigos que llegan de visita a disfrutar la comida y la compañía que les ofrecemos. El amor que es como la sal, sin la cual todo sería insípido. El amor que hace que incluso la sopa de fideo del mediodía recalentada al día siguiente tenga el sabor único de nuestra madre. El amor sin el cual nada en la vida se disfruta, ni siquiera una cena costosa y elegante en el mejor restaurante del mundo.

miércoles, 20 de abril de 2016

Pésaj, un mensaje oportuno para nuestros días.




Por Teresa Padrón Benavides

¿Cuál es el mayor anhelo del hombre? La libertad. Por ella se han librado las batallas más cruentas de la Historia; en su nombre se han erigido naciones enteras en contra de tiranos y se han derramado mares de sangre inocente para conseguirla. La libertad es la condición necesaria para desarrollarnos plenamente como personas dignas y para ejercer nuestros potenciales, nuestras virtudes y nuestros dones. La libertad es el fin último (o al menos así debiera ser) de una sociedad justa. Sólo los individuos libres pueden vivir de acuerdo a sus creencias, a sus tradiciones y a sus costumbres sin que eso ponga en riesgo su integridad, su vida.

Porque, ¿de qué le vale al hombre trabajar de sol a sol para poseer bienes materiales si no es dueño de su propio tiempo para disfrutarlos? ¿Para qué acumular o anhelar tener más y más dinero, si lo gastamos en cosas que alguien más nos dice que debemos tener? ¿Somos libres en realidad? ¿O somos más bien esclavos del consumismo y de los vaivenes de la moda? ¿Podemos, realmente, ejercer nuestra condición de mujeres y hombres libres y hacer realmente con nuestro tiempo lo que nos plazca y podemos realmente vivir de acuerdo a nuestros ideales? ¿Nos atrevemos a desafiar el Status Quo imperante en nuestra sociedad (cuyo modelo es hoy por hoy Estados Unidos) o intentamos vivir de acuerdo a lo que creemos que es lo correcto y nos arriesgamos a ser “desechados” por el resto del mundo?

Egipto, hace más de tres mil años, era el parangón de la riqueza. No había en el mundo antiguo una nación con más poder económico, con más monumentos al poder (la pirámide de Giza, construida aproximadamente hace cuatro mil quinientos años, ya es testimonio viviente de cómo, desde entonces, Egipto era la nación más poderosa del mundo conocido. Durante épocas difíciles, muchos pueblos cercanos, especialmente del norte, viajaban ahí para comprar grano e intercambiar mercancías.

Uno de esos pueblos era el pueblo hebreo, una nación pequeña y nómada entre muchas que habitaban la región comprendida entre el Mar Rojo, el Sinaí y el Mediterráneo. Los hebreos, al igual que muchos de los pueblos semitas, cruzaban el Sinaí hacia Egipto en largas caravanas en busca de alimento y en épocas de sequía y escasez, de empleo. Fue así como muchos hebreos emigraron hacia el sur, hacia el país dela abundancia, y obtuvieron trabajo en la construcción, haciendo ladrillos para las grandes pirámides, tumbas y monumentos egipcios. Suena muy familiar y reciente esta historia, ¿no es verdad? Al igual que nuestros compatriotas actuales, los hebreos fueron esclavos de los poderosos, por un sueldo miserable, un trabajo arduo y en condiciones deplorables, sin “cobertura de salud”, ni “prestaciones”. La única diferencia tal vez, es que en aquella época emigraron hacia el sur, mientras que ahora, al menos desde esta parte del mundo, emigramos al norte. Pero la esclavitud es la misma, no importa dónde, cuándo ni quien someta a quien. Pésaj es la historia de cómo un pueblo sometido por los “poderosos” de la tierra, fueron ayudados por el Poder Supremo, el de Di_s,  para salir de la esclavitud y caminar hacia la libertad.

Pésaj, o la pascua hebrea, es la historia que los judíos hemos contado a nuestros hijos por más de cien generaciones, y es el canto de rebeldía de una nación pequeña que desafió a los poderosos y exigió su libertad y aunque el faraón se negó mil veces a concedérselas, aunque Di_s  envió a Egipto señales muy claras de su poder, castigándolo con plagas, hambre, muerte de los primogénitos y enfermedades, aun así, el faraón no cedía en su postura, pues es muy difícil tener el poder sobre alguien y luego concederle su autonomía, su libertad, pues una persona libre puede llegar a utilizar su libertad para sojuzgarnos o vengarse de nosotros.

Actualmente, nosotros somos esclavos de la nación más poderos del mundo conocido, pues no producimos sino sólo consumimos todo lo que ellos quieren que consumamos para mantenernos sometidos a su dominio. Toda la basura cultural, política, social y de consumo que ellos, los poderosos, producen, nosotros la consumimos y creemos que somos felices, pues, al igual que los hebreos en Egipto, se conformaban con tener trabajo seguro y pan en su mesa. Nosotros nos conformamos con un carro usado, comida chatarra, una pantalla gigante y celulares y videojuegos para enajenarnos más, para no pensar en nuestra mísera condición de esclavos del consumismo.

Pero eso no es la libertad, aunque nos “vendan” la terrible idea de que “tener es poder”.  Si eso fuera cierto, no tendríamos que trabajar como esclavos y vivir para el trabajo en lugar de dedicar tiempo al esparcimiento, a cultivarnos, a practicar el deporte o la actividad cultural de nuestra preferencia. Nuestro tiempo sería nuestro realmente para aprovechar al máximo nuestras capacidades mentales y físicas, para explotar nuestro potencial como seres humanos, en vez de pasar nuestro mínimo tiempo “libre” frente a una pantalla mientras otros, los hombres y mujeres realmente libres, inventan un nuevo artefacto o producto para mantenernos idiotizados y esclavizados, pero preferimos vivir así, esclavizados y enajenados y conformándonos con "pan y circo" como decían los romanos, antes que asumir que la libertad tiene un precio: la responsabilidad, pues la suprema y verdadera libertad va aparejada con la responsabilidad.

Por eso no queremos ser libres, al menos no nos gusta ese tipo de libertad, pues es una libertad que exige responsabilidad. Cuando un niño pide permiso a sus padres para salir a jugar con sus amigos, éstos, si nos buenos padres, le exigen primero que termine su tarea, que prepare sus cosas para el día siguiente, y así. Bueno, del mismo modo, como un padre bueno, amoroso y generoso, Dios nos pide que hagamos buen uso de nuestra libertad. Y ¿cómo lo hace? Como lo hizo con el pueblo hebreo, justamente durante el Éxodo de Egipto, cuando caminábamos hacia la libertad, cuando entregó a Moisés los diez mandamientos en el desierto.

Esa es la única condición que Él nos pide para ser libres. Que vivamos de acuerdo a un código ético y moral imperecedero y trascendente, que amemos al prójimo, que respetemos la vida, en todas sus formas, que no hagamos a los otros lo que no queremos que nos hagan, que cuidemos la “casa”, el planeta tierra, que sirvamos como ejemplo a otros de cómo se debe ejercer el más precioso de los dones, la libertad.

Cuando la libertad va acompañada de un código ético y moral fundado en valores que provienen de Di_s, no puede ser utilizada para someter, sino al contrario, para servir como ejemplo al resto de las naciones de cómo es que se debe vivir. Los hebreos lucharon por la libertad y el derecho a existir como pueblo y aunque  lo largo de más de tres mil años de historia otros han tratado de borrarlos de la faz de la tierra, seguimos aquí, pues nuestro poder no proviene de demostraciones y despliegues de grandiosidad, de monumentos, de carruajes tirados por caballos colosales, sino de la humildad ante la presencia del Di-s de la Creación. Nuestra fuerza proviene de la fe en el Di-s de la redención y de creer en que el mundo es sagrado pues Di_s lo creó y nosotros estamos aquí para resguardarlo, para protegerlo del deterioro a que lo someten las naciones poderosas. Deterioro no sólo ambiental, sino moral, cultural, social.

Por eso es que la historia de Pésaj sigue siendo vigente. No hay nada antiguo o pasado de moda. Trata de los mismos temas de actualidad que leemos en los periódicos a diario: la esclavitud, la política, el poder de una minoría sobre otra, el estado, la sociedad, la dignidad humana y de la responsabilidad de los hombres para con sus semejantes. Mientras la libertad de unos sea al precio del sometimiento de otros, la historia de Pésaj seguirá viva y nosotros, los judíos, seguiremos contándosela a nuestros hijos e hijas.


lunes, 7 de marzo de 2016

En defensa del hombre (a propósito del día de la mujer)





Fuerte pa’ ser su señor y tierno para el amor…
Serrat

Muchas amigas mías, mujeres todas talentosas e inteligentes, han caído últimamente, casi a los cincuenta años, en un feminismo de lo más ramplón y vulgar. Han tomado partido, según ellas, a favor de las mujeres, de una manera que no sólo no nos beneficia, sino que, en mi opinión, nos denigra. Creen que el discurso feminista debe ir aparejado de un odio hacia los hombres o, en el mejor de los casos, en un menosprecio por sus virtudes, por sus facultades y por su condición misma. La mayoría de ellas se refieren a los hombres con motes como “proveedores”, “donantes de esperma”, “güeyes” o, acá en el norte del país, “vatos”. Piensan también que la mejor manera de demostrar nuestro valor como mujeres, es igualándonos a los hombres pero no en lo que de bueno puedan tener, sino en sus defectos. Es decir, comenzamos a beber en exceso, a hablar vulgarmente, a decir palabras y frases soeces, a liarnos con varios de ellos simultáneamente, a hacer alarde de lo “chingonas” que somos y de lo auto suficientes, y caemos en un discurso machista de lo femenino que, francamente, resulta grotesco y tragicómico.
Otro de los rasgos de este tipo de “feminismo” (entre comillas) es que no pugna por la igualdad de derechos y obligaciones, no busca la equidad de género, no es un discurso democrático, sino todo lo contrario. Pretende hacer una separación tajante entre hombres y mujeres en cuanto a sus virtudes y sus cualidades, en cuanto a los papeles que un hombre y una mujer desempeñan en la sociedad y en la familia inclinando la balanza a favor de ellas y denigrando cualquier intento de equilibrarla señalando sólo lo que las mujeres “saben”, “pueden” y “logran” hacer por sí mismas, sin necesidad de un hombre.
En este tipo de discurso macho femenino, las redes sociales han desempeñado un papel protagónico. Estos días, previos al día internacional de la mujer, hallamos por todos lados posts que denigran a los hombres y ensalzan a las mujeres. Unos más fuertes que otros, pero todos igualmente vulgares y, además, llenos de lugares comunes, de muletillas y de frases trilladas.
Entre ellos, me llamó mucho la atención uno que decía (más o menos):  “Los hombres son como los cigarros: los prendes, los disfrutas y los tiras”, o esta otra, atribuida a Marilyn Monroe: “una mujer inteligente besa sin enamorarse, escucha pero no cree y abandona antes de que la abandonen…” o esta: “las mujeres hermosas no necesitamos que un hombre nos lo diga… tenemos muchos atrás nuestro para decírnoslo”.
¿En serio? ¿Es así como las mujeres pretendemos ganar espacios igualitarios en la sociedad machista en la que vivimos? ¿Es así como pensamos que debe ser la democracia y la justica? ¿Denigrando, humillando, ofendiendo y descalificando a los hombres?  ¿No será más bien que resaltando esos “atributos” de valientes, auto suficientes, libres, e independientes de los hombres estamos justamente concediéndole más importancia a ellos que a nosotras mismas? Es decir, ¿es necesario realmente hacer énfasis en nuestras diferencias y en nuestra supuesta superioridad con respecto de ellos?  Los hombres y las mujeres que verdaderamente lo son, ni siquiera se plantean la cuestión de lo femenino o lo masculino como un problema, antes bien, su forma de actuar en la vida, en cualquier ámbito, es igualmente masculino como femenino, es decir, contiene e incluye ambos aspectos. Un hombre de verdad, cumple sus promesas, actúa congruentemente con sus palabras, predica con el ejemplo, responde por sus compromisos, es fiel a sus principios, ama a su familia, la defiende cuando su causa es defendible pero la reprende cunado no lo es y lo mismo hace una mujer.
Si hay más machos que hombres en nuestra sociedad, es porque han sido criados por hembras, no por mujeres. Si hay machos que abandonan a su familia o la cambian para formar otra, rompiendo sus compromisos, es porque una hembra, no una mujer, quiso tener a un macho que le proporcionara placer, hijos y que la mantuviera. Si hay más hembras que mujeres, es casi por las mismas razones, porque un macho quiso placer, hijos, y una proveedora de servicios.
Si lo que en verdad se pretende es la igualdad, el respeto, la solidaridad y la confianza mutuas, deberíamos empezar por ignorar el discurso feminista o, más bien, hacerlo más masculino (en el sentido incluyente) y al mismo tiempo, “feminizar”, lo masculino (en el mismo sentido). Y aquí el lenguaje juega un papel fundamental. Hoy en día, el discurso a favor de las mujeres se ha vulgarizado, se ha hecho soez, corriente, arrabalero, porque se cree que para vencer a los machos hay que hacerse como ellos. Cada vez con más frecuencia e incluso en los ámbitos académicos o universitarios se escuchan frases y palabras vulgares y altisonantes para referirse a la superioridad de las mujeres con respecto de los hombres. Esto, a mi juicio, es pecar de lo mismo que se critica.
Si queremos que respeten nuestra condición de mujeres y nos dejen de ver como hembras u objetos, no imitemos todo aquello que los machos hacen y que va en detrimento de nuestra feminidad. No ataquemos como ellos atacan, no caigamos en las prácticas denigrantes que tanto hemos odiado y acusado; no hablemos como ellos hablan ni nos comportemos igual. La igualdad debe ser en otro sentido, en el de la división del trabajo doméstico, en el de compartir responsabilidades, en la equidad laboral, en la sana competencia profesional, en el compañerismo, en la camaradería, etcétera.
Los hombres y las mujeres que realmente lo son, caminan juntos hacia un mismo objetivo, el de crear una sociedad más justa, más democrática y más feliz. Pero aportan cada uno y cada una sus valores para tal efecto y esos valores son a veces exclusivos de las mujeres y a veces exclusivos de los hombres, no porque una mujer no pueda tenerlos o porque un hombre no tenga los suyos, sino porque en esas pequeñas sutilezas que nos hacen diferentes, está justamente el complemento de lo otro, la atracción que el otro o la otra ejercen en mí y que una vez juntos, se convierte en la fuerza que mueve al mundo.
El mundo masculino debe volverse más hacia los valores femeninos, apreciando la aportación de las mujeres en la construcción de una sociedad más digna y valorando su papel protagónico dentro de la familia y el mundo femenino debe masculinizarse en el sentido de apreciar y tratar de comprender lo difícil que es ser un hombre en estos días en que muchas mujeres aprecian más la fuerza bruta y la capacidad reproductiva o copulativa de un macho que la valentía, la honestidad, la fortaleza de carácter y la palabra de un hombre. Sólo si volvemos a admirar esas cualidades tanto femeninas como masculinas, lograremos construir una verdadera democracia.

Teresa de Jesús Padrón Benavides
Marzo, 2016









martes, 12 de enero de 2016

Las estrellas se ven hoy muy diferentes





As long as there’s sun….
David Bowie, Where are we now?

Si pudiéramos anticipar el día y la hora de nuestra muerte, ¿tendría sentido la vida? Si conociéramos los misterios que encierra la otra persona ¿tendría sentido el amor? Si alguien viese el rostro de Dios y volviera para contárnoslo, ¿desaparecería la fe? Y si supiéramos que el sol no saldría al día siguiente, como cada mañana, ¿podríamos seguir lúcidos?
Todas estas preguntas desfilan por mi mente al escuchar Blackstar, el último disco de David Bowie y las lágrimas empañan los cristales de mis lentes, pues no dejo de pensar en que hace sólo unos días salió a la luz, mientras que a su creador se le extinguía la suya.

Viendo las imágenes que acompañan la canción “Lazarus”, veo a un hombre maduro anticipando su muerte, pero aún lleno ideas, que son las que nos mantienen vivos. Un cuerpo deteriorado y anciano, temblando de miedo ante la inminencia de la muerte que de repente se detiene a escribir todavía algunas líneas, pues aún debe decir algo más al mundo, a este mundo, al que le tocó habitar alternadamente con todos los otros que su imaginación creó y que compartió con nosotros.

El dolor y la tristeza me invaden ante las imágenes. No sabía que estaba muriéndose David Bowie. No quería que muriera. No todavía.

Llegué a su música de forma tardía, después de los 25 años, pero creo que fue la edad perfecta para aprender a apreciarlo en su justa medida, pues en mi adolescencia creía que Bowie era el cantante pop guapo y elegante de “Let’s Dance” y “Modern Love”, que bailábamos en la preparatoria. No fue sino hasta 1992 cuando a través de quien es hoy mi esposo, escuché The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars y tuve una revelación.

Durante todo el tiempo anterior a esa experiencia “cósmica",  había vivido en la estúpida creencia de que Bowie era sólo una estrella pop más. A partir de ese momento me di a la tarea de escuchar cada uno de sus discos desde Space Oddity hasta Earthling, que era el de la gira que haría más tarde y que pudimos ver en la Ciudad de México.

Junto a mi esposo pasé noches enteras escuchando sus discos y aprendí de memoria algunas de sus canciones que me parecían lo más vanguardista que hubiese escuchado jamás, a pesar de que habían pasado años de sus lanzamientos. “Moonage Daydream”, “Lady Stardust”, “Space Oddity”, “Starman”,  “Ziggy Stardust”, “The Man Who Sold the World”, “Life on Mars”,” Quicksand”, entre muchas otras, me decían cosas que ninguna otra canción o libro o pintura pudiesen haberme dicho: que la vida se diversificaba de mil maneras distintas en una sola persona y que estábamos hechos de muchos pedazos y que podíamos actuar en este escenario humano y representar cualquier papel, siempre y cuando lo hiciéramos mejor que nadie antes que nosotros.

Su música me decía que estábamos, como decía José Gorostiza “sitiados en nuestra epidermis” y que para vivir realmente debíamos salirnos de nosotros mismos y ser muchos otros, muchas otras, ponernos, literalmente, “en otra piel”, incluso en otro lugar, en otras galaxias, remotas e inhóspitas, para poder ver desde allá nuestro hogar y apreciarlo realmente “Planet Earth is blue and there’s nothing I can do…”

También me llevaba de la mano a través de toda la comedia humana y sus personajes, desde Greta Garbo hasta Himmler; desde Churchill hasta Crowley, pasando por Andy Warhol, hasta Bob Dylan, pero lo hacía de una forma sabia y humilde al mismo tiempo, crítica y respetuosa a la vez.

David Bowie, sobra decirlo, imaginó mundos que habitó y abandonó para aventurarse hacia otros. Creó personajes y escenarios, sonidos y letras, modas y tendencias, para después destruirlos con algo mejor, cada vez más vanguardista y más humano al mismo tiempo. Porque tal vez él no creía en sí mismo, en lo que era, pues tenía la certeza de que uno es alguien sólo en la medida en que los otros lo conciben. Uno no existe si otros no lo ven y él nos hizo no sólo ver, sino sentir y escuchar a muchos personajes que lo habitaron como el Major Tom, el White Duke, Ziggy Stardust, Aladdin Sane, Lady Stardust, Starman, o The Man Who Sold the World.

Bowie podía transformarse en casi cualquier cosa, en una Drag queen de Picadilly Circus hasta un Crooner de los años cincuenta; desde un Rock star rebelde e irreverente hasta un hombre maduro temeroso de a muerte, lleno de dudas y de incertidumbre y justo por esa capacidad histriónica y por esa creatividad artística es que lo apreciamos y lo disfrutamos en todo lo que hacía, no sólo como músico, sino como actor y creador de mundos alternos y de sonidos astrales y terrenales al mismo tiempo.

Su cabeza imaginaba y soñaba planetas con músicas y silencios propios. Con seres extraños que los habitaban pero que bien podían ser también como cualquiera de nosotros. El onirismo de Bowie, sus miedos, sus fantasías, eran también las de muchos de nosotros, sólo que él supo cómo materializarlas en discos entrañables como Hunky Dory o Space Oddity.

Todo lo que somos, lo que podemos ser, lo que quisiéramos ser y no nos atrevemos a ser, todo lo horrible y lo hermoso del ser humano, su lado oscuro y su lado luminoso, Bowie lo plasmó en sus canciones. Todo lo que la imaginación y los sueños son capaces de alcanzar cuando se nutren del arte, que es la fuente inagotable de alimento para la creación, Bowie supo sintetizarlo hermosa y dolorosamente en muchas de sus canciones como “Quicksand”, mi favorita, con cuyas líneas me gustaría cerrar este breve y sentido homenaje al hombre que cayó a la Tierra:

“Don’t believe in yourself
Don’t decieve with belief
Knowledge comes with Death’s release, ah ah ah ah…”

Teresa Padrón Benavides
Mexicali, Baja California, 12 de enero del 2016


martes, 1 de diciembre de 2015

Hombre que camina



Para la libertad, sangro, lucho, pervivo, para la libertad…
Antonio Machado

En todas partes, en medio de la indiferencia, de la apatía y del desinterés, existen hombres y mujeres comunes y corrientes que sienten la urgencia de cambiar el mundo para hacerlo un lugar más habitable. Son personas que a simple vista pasan desapercibidas. No sobresalen por ser ostentosos, por ser elocuentes o por lucir atuendos llamativos. Uno puede topárselos y no saber quiénes son en realidad, pues no se han dedicado a hacer otra cosa que a vivir para los demás, a luchar por causas comunes y a insistir en que la justicia, la paz y la igualdad deben imperar un día entre las personas de todas las condiciones y de todas las ideologías.
En Ciudad Obregón, una ciudad norteña de poco más de 500,000 habitantes, hay un hombre así. Es un hombre joven, de menos de 50 años, delgado, canoso, con unos ojos tristes que contrastan con una sonrisa irresistible y contagiosa. Su rostro semeja el de Leonard Cohen pero en su edad adulta, no cuando joven, tal vez a causa del pelo prematuramente blanco y escaso de este hombre que camina. Es guapo, nuestro hombre y siempre va vestido impecablemente y de tanto aparecer en cualquier lugar en donde haya una causa que defender, de tanto apelar a la autoridad y de exigirle que cumpla su trabajo, los medios y la gente ya lo reconocen. Pasó del anonimato, de ser un héroe desconocido y de bajo perfil, a ser el rostro más fotografiado por los medios locales y más entrevistado en la radio y la televisión de su ciudad.
Nuestro hombre es de a pie y así recorre las calles de su ciudad a paso ágil y seguro, como quien sabe bien cuál es su cometido, cuál es su consigna: abogar por las causas justas, ayudar a quienes lo requieran, interceder por “el pobre, la viuda y el huérfano”, como ordena la Biblia, aunque este hombre jamás la lea, aunque este hombre lo haga sin profesar una religión o un credo. No, este hombre lo hace porque es su deber, porque es un ciudadano del mundo y como tal, debe actuar en consecuencia. Lo hace porque ama la vida, no sólo su vida, sino La Vida, con mayúsculas, en todas sus formas.
 En un mundo donde impera el egoísmo, donde cada quien ve por su propio interés, donde la cultura del “selfie” se impone a la tradición familiar, a la camaradería y a la amistad real y duradera, Rosendo, “el chendo”, para quienes tenemos la fortuna de ser sus amigos, es tachado de loco, de chiflado. Es un ser “incómodo”, una persona non grata, sobre todo en el ámbito político, en donde él se mueve, pues como abogado, esa es su arena, su campo de batalla, pero, a diferencia de la mayoría de sus colegas, él sí es honesto, él sí defiende a los que nadie defiende porque no tienen dinero ni influencias. Por eso es tachado de loco y por eso lucha en solitario.
Tiene en su haber, entre otros logros, la autoría del artículo 21 bis de la Ley de donación de órganos, que permitió, entre otras cosas, la credencialización de donadores potenciales de órganos y de tejidos y trasplantes en Sonora. Ha participado activamente en la lucha a favor de los niños yaquis, niños indígenas que viven en las condiciones más marginales y más adversas, pugnando porque obtengan cirugías gratuitas cuando lo requieren; ha colaborado al lado de la Sra. Luz Esther Salazar en la creación de la Asociación Protectora de Animales de Cajeme, que ahora es una realidad y marcha viento en popa; ha convocado a marchas y protestas en contra de la violencia en el estado y siempre hace escuchar su voz en los medios con propuestas nobles que sean aprobado, como la instalación de bebederos públicos en Cajeme, donde el calor en verano llega a alcanzar hasta los 45 grados. Ha colaborado con el programa de prevención de situaciones de riesgo para la fundación Save the Children en Sonora, y ha dado más de 150 conferencias en torno a la donación y el trasplante de órganos.
Sin embargo, a pesar de todo eso, el chendo sigue siendo desagradable e incómodo para la autoridad y cada vez que los legisladores lo ven aparecer en cabildo, se les retuercen las tripas y por algo será. Quien nada debe, nada teme, reza un conocido refrán popular. Hace unos días, a Rosendo le habían dado un nombramiento como supervisor de un grupo de encuestadores de la SEDATU, (secretaría de desarrollo agrario, territorial y urbano), ya lo habían ratificado en su cargo y se lo habían notificado por escrito pero, a los pocos días, después de que Rosendo sufriera un atropello por parte de la policía afuera de cabildo, y sin motivo alguno y sin falta de por medio, le llaman para decirle que siempre no obtendría el empleo. Existe evidencia de ambas cosas, la ratificación por escrito y la llamada telefónica donde le dicen que siempre no, porque es un activista social y pues, no pueden contratarlo.
Así las cosas en este país donde el defender a los demás sin que medie interés alguno es causa de recisión de contrato laboral. Y a Rosendo, ¿Quién lo defiende? ¿Quién aboga por su causa? ¿Dónde están sus amigos? ¿Quién da la cara y saca la casta por este hombre que camina con paso firme hacia la verdad, pues sabe que sólo la verdad nos hace libres?
El Rosendo no necesita defensa, pues sus obras hablan por sí solas. Pero si un día te topas con él en la calle y hace mucho calor y lo ves caminando apresuradamente con un montón de papeles bajo el brazo a las tres de la tarde en medio de la nada, invítale una Bud Light y llévatelo a tu casa un rato. Eso le basta y le sobra para saber que la vida por la que él lucha a diario, aún vale la pena de ser defendida.

Teresa de Jesús Padrón Benavides
Mexicali, diciembre del 2015


viernes, 7 de agosto de 2015

Liverpool en Mexicali





Para todos mis amigos y amigas de la Secundaria Técnica No. 1, a quienes jamás he olvidado y quienes me recuerdan sobre todo, por mi amor a los Beatles..

Dicen que la infancia es el lugar al cual uno siempre querría volver. Dicen que es el momento de nuestras vidas en el cual todo era perfecto, pues siempre había alguien a quien acudir para ayudarnos, para resolver nuestras dudas y nuestros “problemas”. Yo, sin embargo, añoro mucho más mi adolescencia (aunque, bien visto, en aquel tiempo los adolescentes éramos aún un poco niños, en todos los sentidos).
Soy parte de la llamada generación “X”, es decir, las personas que nacimos a fines de los sesenta, con hermanos hippies y que crecimos con la música disco, los patines y la ropa de colores chillantes. Sin embargo, tal vez por la influencia de mis hermanos mayores (soy la menor de 6), o porque nací y crecí en la frontera y siempre me gustó la música en inglés, especialmente la de las décadas de los sesenta y setenta.
Mi adolescencia transcurrió en diferentes barrios típicos de mi amada Mexicali, entre la colonia Nueva y la Industrial, entre avenidas anchas al estilo americano y callejones estrechos en los cuales podíamos andar en bici y hacer travesuras propias de nuestra edad sin estar muy expuestos a los regaños de los adultos.
Había entonces todavía un cierto sentido de pertenencia a un barrio, a una colonia, a un grupo  los amigos eran los seres más queridos y requeridos por nosotros en aquellos días. Una vez que entrábamos a la secundaria, el salón de clase, los compañeros e incluso los maestros, se volvían el centro de nuestras vidas.
Ahí pasábamos gran parte del día entre gente que sentíamos como nuestra, amigos y amigas incondicionales y maestras y maestros no sólo comprometidos sino dispuestos a darnos amorosamente su tiempo y sus conocimientos. Recuerdo en especial a la profe Mariana, de ciencias naturales, a la maestra Rosa Loo, que me hizo comprender (finalmente) las matemáticas y entender que eran fundamentales para entender cómo funciona el mundo. A mi maestro Alejandro Valdés, de ciencias sociales, quien con sus amplios conocimientos de la historia, la política y el civismo, nos sumergía en un México profundo y antiguo que nos resultaba fascinante y misterioso al mismo tiempo. A mi querida maestra Alicia Márquez Recio, gracias a quien decidí estudiar literatura, pues el entusiasmo y el amor con que ella nos impartía la materia de español, nos hizo amar nuestro idioma y nuestras letras y apreciar cada signo gramatical y cada fonema como indispensable para rendir homenaje a nuestra lengua.
En cuanto a los amigos, era un tiempo en el cual todavía creíamos en un futuro hermoso juntos. Era una época en la cual los vínculos eran fuertes y permanentes, en la cual la agramasa que nos unía y nos mantenía firmes y juntos, estaba hecha de momentos cotidianos, de pequeñas alegrías, de dolores compartidos, pero también de música. La música era algo asociado con cada momento de nuestra vida: con el primer beso, con el primer baile, con el primero corazón roto… pero también con la emoción del primer día después de vacaciones de verano, poniéndonos al corriente de lo que hicimos y haciendo bromas y echando relajo mientras los maestros trataban de apaciguar nuestro ánimo para poder comenzar la clase.
A la distancia, todavía al escuchar alguna de las canciones de moda, sobre todo las canciones pop en inglés, pues eso era lo que oíamos, me vienen recuerdos nítidos de tardes enteras en el patio escolar en alguna tardeada organizada por los maestros  para recabar fondos y reparar nuestra querida escuela. Recuerdo a Billy Idol “Dancing with myself, oh oh oh”), a The B 52’s "Rock Lobster uuuaa”, y las “calmaditas”  como “A totally eclipse of the heart”, o “It’s a heartache, nothing but a heartache…” en donde buscábamos con la Mirada al morrito que nos gustaba para que nos sacara a bailar y apoyar nuestra cabeza en su hombro y ser felices en una secuencia de animación suspendida que queríamos que durara para siempre…
En mi caso, yo siempre fui y sigo siendo fan de los Beatles. Los Beatles significaban para mí un refugio en la tormenta. Cuando había problemas en casa, ponía un disco de los Beatles e imaginaba que estaban ahí conmigo y que entre los cinco cantábamos “Penny Lane”. A veces, sobre todo cuando estaba nublado o llovía, imaginaba que una nube tenía la forma de John tocando el piano y casi siempre camino a la escuela, iba cantando alguna de sus melodías. Cualquier lote baldío o cualquier parque se convertían para mí en “Strawberry fields”; cualquier calle de mi barrio era “Penny Lane”; mi ciudad en el desierto de México y muy lejos del mar se convertía en Liverpool y yo era una niña feliz, llena de imaginación y de amor gracias a las canciones de los Beatles las cuales siempre compartí con mis queridos amigos de entonces.
Hoy, 30 años después, he vuelto a mi ciudad y me he reencontrado, al menos virtualmente con mis amigos y amigas de la secundaria a quienes veré dentro de muy poco. No sé qué ha sido de sus vidas ni ellos de la mía. No sabemos qué rumbos tomamos cada uno. No nos hemos reunido todos desde entonces, pero aquel vínculo estrecho que creamos hace tanto, sigue vigente gracias a que lo construimos en una época en donde las relaciones aun eran reales, verdaderas, auténticas y no estaban fundadas en el interés o en la frivolidad o en cosas estúpidas, sino en un sueño compartido de afecto, de solidaridad, de cariño incondicionales.  Y la música de los Beatles hablaba por nosotros y por cada uno de esos afectos y lo sigue haciendo hoy en día.
Llevo a todos ellos en mi corazón y aunque he vivido lejos de Mexicali por más de 20 años, siempre los tuve presentes, sobre todo al escuchar a los Beatles. Hoy, para mi alegría, mi hijo de 14 años está compartiendo esa misma música conmigo, junto a las viejas fotos de la secundaria que mis amigos han subido a las redes sociales y en mi ciudad, Mexicali. Junto a él estoy volviendo a vivir aquella época y el corazón me da un vuelco de emoción, de una emoción que sólo sentí entonces y que ahora revivo ante la inminencia del reencuentro.
No puedo esperar al momento de estar en torno a una gran mesa con todos ellos escuchando “With a Little Help From y Friends” y cantándola con ellos al unísono. Los Beatles hicieron que yo viviera en Liverpool viviendo en Mexicali.

Teresa Padrón Benavides

Verano del 2015

martes, 23 de junio de 2015

Teenage (and adult) Wasteland



Don’t cry, Don’t raise your eye
Is only teenage wasteland…
The Who

Hace unos días, mientras esperaba a mi alumna en el café de siempre, escuchaba las conversaciones entre un grupo de jóvenes de entre 20 y 25 años, aproximadamente. No pude evitar distraerme con lo que decían así que hice como que seguía inmersa en mi lectura, pero en realidad, estaba escuchándoles. Uno de ellos, un joven de alrededor de 23 años decía, sin asomo de vergüenza o empacho que él engañaba a sus padres pero que en realidad no estaba yendo a la universidad, sino que pasaba las mañanas entre amigos en un café cercano a la escuela o simplemente paseando por Coyoacán con su novia en el coche que sus padres la habían regalado. Decía que sus “jefes”, ni “se las olían”.

Otra, como de veinte, con un piercing en la nariz y un tatuaje de un ángel en la espalda, se ufanaba mientras prendía un cigarro de que ella los “mandaba a la goma” siempre. Que iba  a su casa sólo para dormir, bañarse y comer y eso sólo cuando quería, pues sus papás no estaban en todo el día e incluso podía coger dinero de la casa para sus gastos (que incluían tiempo aire para su i-phone, cigarros, cerveza, gasolina para el coche, etcétera).

El último, un chico entre metro sexual y gay, típico personaje capitalino, con su smart phone “state of the art”, sus pantalones rojos entubados y su saco sport, decía que a él si siquiera le preguntaban lo que hacía cuando salía de casa. Que él no estaba para pedirle permiso a nadie, que sólo les hablaba para pedirles dinero para sus cosas y que si se atrevían a decirle algo, los “mandaba a la chingada”, que él no estaba para andarles dando explicaciones. Este joven ni siquiera mencionó la escuela.

Los tres parecían muy felices con sus vidas y hablaron también de sus hazañas etílicas y sexuales de las últimas fiestas. De los chismes que andaban circulando acerca de no sé quién y por último, de chismes del espectáculo y de la farándula. Cuando estaban a puto de irse, sonó el celular de la chica quien de inmediato cambió el tono de su voz por uno meloso e infantil y les pidió a sus amigos bajar la voz: “Sí, ma, ya salí, pero todavía debo regresar a otra clase a las cinco, así que me quedo por acá, okis? Sí ma, te quiero, bye…”

Los otros dos mientras tanto jugaba con sus teléfonos y al terminar su llamada la chica exclamó, con una voz que parecía salir del infierno “¡puta madre! Mi mamá quiere que recoja a mi hermanita de la escuela… ¡qué gueva!...  ¡como si yo tuviera tiempo para esas pendejadas…!

Pidieron la cuenta, ella pagó por los tres, muy generosamente y se despidieron de besito y de abrazo tierno. Quedaron para el sábado en casa de no sé quién para el siguiente “reven” y cada uno se puso sus audífonos y sus ray ban´s y agarraron su camino.

Yo me quedé sola en el café, con mi amigo Conrado, el dueño, que es un poco mayor que yo y que es un hombre trabajador, serio, responsable y muy amable y educado. Nos vimos sin decir nada pero ambos entendimos que lo único que sentíamos era miedo e impotencia. ¿Quién o quiénes han sido responsables de criar y “educar” a estos engendros?
¿Dónde están los padres de estos monstruos para ir a reclamarles y exigirles que les pongan rienda, que no los solapen, que es su única obligación criar buenos ciudadanos y buenas personas?  

La principal responsable de educar a los hijos es la familia, después la escuela y no podemos echar la culpa a nadie más del mal trabajo que hemos hecho con los hijos. Cuando una madre o un padre permiten que su hijo o hija esté conectado todo el día a un aparato electrónico sin hacer otra cosa, con el pretexto de que ahora “todo es por computadora”, lo están insensibilizando a los problemas de su entorno, lo están idiotizando y enajenando. Decimos que está bien, que así es ahora, pero no, no está bien. La tecnología no debe ser el único medio de aprendizaje, pues nuestro cerebro también requiere estímulos de otro tipo, como la lectura, el esparcimiento sano, la buena música, la convivencia “real” con las personas para poder pensar bien , para volvernos inteligentes y sensible.

El darles todo sin pedirles nada es el recurso al que los malos padres acuden para poder ellos y ellas mismas vivir sus vidas sin que los hijos o hijas los juzguen por su conducta. Para que no les reprochen ni les echen en cara sus vicios, sus perversiones o sus ausencias.

Estamos criando seres viles, perversos e insensibles que se están rebelando contra nosotros y contra todo el mundo volviéndose parásitos que depredan el mundo que todos los demás construimos cada día. Conrado y yo, casi al mismo tiempo, exclamamos lo mismo: ¡habría que ponerles una golpiza a ellos y a sus padres! Y nos quedamos pasmados, sin poder decir nada más.

Al poco rato llegó mi alumna, venía corriendo pues había tenido examen en su universidad y debíamos apurarnos pues ella trabaja muy lejos del café donde tomamos la clase. Ella es una muchacha de la edad de los jóvenes que acababan de irse, vive con sus padres y está a punto de terminar su carrera de mercadotecnia y, además, trabaja como auditora en una empresa muy grande.

Le pregunté cómo eran sus padres, cómo la habían criado, cómo era su ambiente familiar y me dijo que su padre era muy estricto con ella y sus dos hermanas, que les daban todo pero les exigían mucho. Que debían salir bien en la escuela, ayudar a su madre en casa y si trabajaban, aportar algo para los gastos familiares. Su padre y su madre tenían 30 años de casados y ahora ambos eran pensionados y viajaban juntos cada vez que podían.

A Claudia, así se llama mi alumna, se le iluminaba el rostro con una sonrisa cada vez que hablaba de ellos, o de su niñez o de sus hermanas y decía que era muy afortunada de haber crecido en una familia que le enseñó el valor del esfuerzo, del trabajo y del estudio, pues eso la estaba convirtiendo en un ser productivo, independiente, pleno y feliz.

Claudia me confirmó lo que siempre he sabido, el amor de los padres por sus hijos e hijas se manifiesta no en lo que les den, sino en lo que les enseñen a ganarse por sí mismos. No en la cosas materiales que les proporcionen, sino en el tiempo que les dediquen, en la enseñanza y en los valores que les transmitan, como el del trabajo para un bien común, en la solidaridad, en el afecto, en el apego a la familia y los amigos, en la igualdad y el respeto, en la sencillez, en la disciplina y en fin, en los valores de la democracia.

Conrado y yo volteamos a vernos con una sonrisita cómplice pero que afirmaba que no todo estaba podrido, después de todo. Que por cada “nini” había, al menos, otro joven productivo y útil. Pedí otro café y comencé a dar mi clase.


Teresa Padrón Benavides

miércoles, 17 de junio de 2015

En defensa del padre


“Escucha, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no abandones la enseñanza de tu madre”
Proverbios, 1:18
A mi esposo, Hector Islas Azaïs,  papá de José Emilio.


Hace un poco más de un mes, la euforia colectiva se apoderaba de las calles, los restaurantes, los centros comerciales y los parques. Todos querían “festejar a mamá” en su día. Las florerías, las zapaterías  y las tiendas de ropa y accesorios hacían su “agosto en mayo”. Y cómo no, si “madre sólo hay una”, reza el refrán. En México, el culto guadalupano se entrelaza con la devoción a la figura materna y entre ambos forman una simbiosis única, sólo equiparable a lo que ocurre en países como Italia, por ejemplo.

La madre mexicana (con sus salvedades, por supuesto) es el centro de la mayoría de las familias y en torno a ella transcurre la vida. Pero no sólo eso, la gran influencia de la madre en el carácter y en la personalidad de los mexicanos (y de todas las culturas), es innegable. Los hijos somos, en gran medida, producto de lo que nuestras madres han hecho de nosotros. Sin embargo, esto no siempre es así.

A pesar de que hoy en día la figura paterna goza de poco prestigio gracias a gran parte del discurso feminista (o más bien, del discurso machista femenino), y al machismo exacerbado de muchos “hombres”, para quienes el concepto de masculinidad se rige por las conductas machistas, el vocabulario soez, el comportamiento violento y los chistes fálicos, aun hay culturas que consideran al padre una figura central para el desarrollo emocional y afectivo de los hijos y, sobre todo, para la formación de su carácter, de su personalidad y de lo que llegarán  a ser de adultos.

Tal es el caso del judaísmo, una tradición patriarcal que a lo largo de muchos siglos de historia ha sufrido modificaciones considerables en torno al papel que desempeña el padre en el seno familiar. Si bien es cierto que a Yahvé se le menciona como “Él”, en la Torá, jamás se nos dice que el artículo utilizado corresponda con el género de Di_s, pues Éste es todo y lo abraca todo. También podemos pensar en las figuras de nuestros patriarcas como Abraham, Isaac o Moisés, todos ellos varones y creer que son ellos quienes sirven de modelo a esta milenaria tradición, sin embargo no es así.

La Torá está llena de mujeres ejemplares que destacaron por su coraje, su valentía y so amor a Di_s y que arriesgaron su vida a favor de su pueblo, y son por eso consideradas nuestras “madres”, como Ruth, Sara, Rebeca, Nohemí y Miriam, entre otras.  Cada una de ellas, en diferentes momentos y de formas distintas, se equipararon a los hombres y éstos les concedieron el crédito que merecían y las consideraron como sus iguales.

Pero volviendo a la figura paterna, el judaísmo hace énfasis en que hay ciertas actitudes ante la vida, ciertos preceptos, ciertas formas de concebir el mundo que sólo un padre puede transmitir. Por ejemplo, el padre, en el judaísmo, es quien ha de servir como modelo de trabajo y de proveedor para su familia, pero también ha de ser quien aconseje a sus hijos e hija en cuestiones prácticas, como evitar a ciertas personas nocivas, o ciertas conductas riesgosas. Pero, además, es el padre quien (apoyado siempre y en común acuerdo con la madre), guiará a sus hijos e hijas en el estudio de la Torá.
Es él quien, con su experiencia y con amorosa paciencia, irá explicando a los hijos e hijas cómo es que los preceptos de la Torá se transforman en “acción”, en “práctica”, para llevar una vida buena en todos los sentidos.

Es el padre además, muchas veces apoyado por su esposa, quien también trabaja fuera de casa, el responsable de procurar a su familia todo lo necesario para una vida sin carencias, que les permita a sus hijos e hijas poder dedicarse al estudio de la Torá y de la profesión que hayan escogido hasta que llegue el momento de que puedan ser independientes económicamente. En ese sentido, es el padre la figura masculina que más influencia ejercerá sobre ellos. Con su fortaleza física, su ánimo, su carácter, su sentido del humor y su esfuerzo para bienestar familiar, el padre demuestra su amor por ellos, por los suyos.

La madre, por su parte, es la gran fuente de ternura y de amor de la que los hijos e hijas abrevan. Ella, aunque muchas veces se desarrolle también profesionalmente o trabaje fuera de casa, es la responsable del cuidado del hogar, en todos los aspectos y es la transmisora de los afectos, las emociones, los sentimientos que acompañarán a sus hijos e su trance por la vida y que serán los que definan en gran medida su personalidad. Ella también habrá de servir de ejemplo de cómo se debe servir a Di_s. El amor  que profese a su esposo será referente suficiente para que los hijos e hijas aprendan que ambos, padre y madre, son igualmente importantes en su vida y en lo que ellos y ellas llegarán a ser.

Por eso, debemos festejara al padre igual que como lo hacemos con la madre y no precisamente obsequiándoles con regalos costosos o comidas fuera, sino manifestándoles nuestro amor y respeto por sus enseñanzas, por su compañía y por su dedicación y devoción a nosotros.

¡Felicidades papás!


Teresa de Jesús Padrón Benavides