“Y había Dios plantado un huerto en Edén al oriente, y puso allí
al hombre que había formado. Y había Dios hecho nacer de la tierra todo árbol
delicioso a la vista, y bueno para comer: también el árbol de vida en medio del
huerto, y el árbol de ciencia del bien y del mal.”
Génesis 2:8-9
Génesis 2:8-9
Para el chendo, por denunciar el descuido de los árboles en
cajeme.
En la Biblia, desde el primer libro,
el Génesis, apenas en el segundo capítulo se menciona a los árboles. La Biblia,
en la tradición judía, se conoce como el “Árbol de la vida”, para mostrar cómo
los árboles se vinculan con los valores más altos pero también porque los
árboles simbolizan la vida misma. Un lugar yermo, sin árboles, sin plantas, es
un lugar hostil e inhabitable, al menos para el hombre. Los árboles simbolizan
un medio ambiente saludable y sostenible.
Cuando Dios creó a Adán, al primer
hombre, lo llevó con Él a través del jardín de Edén y le mostró Su creación y le dijo: “Mira mi
obra, qué hermosa y digna de admiración es… y todo lo que he hecho, lo he hecho
para ti. Ten cuidado de no destruir o arruinar Mi Mundo, pues si lo haces, no
habrá alguien más que lo repare….”[1]
Esta Midrahs lo que nos dice es que los árboles del jardín del Edén, más
que el jardín mismo, representan el mundo natural que Dios creó y nuestra
obligación de obedecer el mandato divino de cuidarlos
y de no destruirlos.
Pero también nos dice que tratemos de
imitar las acciones de Dios, es decir, si lo primero que Él hizo fue plantar
árboles, nosotros también debemos hacerlo, pero no sólo plantarlos y dejarlos a
merced de las escasas lluvias o del viento o el sol inclemente, sino de
ABONARLOS, REGARLOS, EN FIN, ¡CUIDARLOS!
Un lugar donde hay árboles y se les
cuida, se les protege, se les tiene en alta estima, es un lugar donde habita
gente buena, gente que ama y respeta la naturaleza, gente arraigada a su lugar
de origen y consciente de que los árboles no sólo son necesarios para nosotros,
sino que son preciosos y valiosos por sí mismos. Los árboles son esenciales
para la vida, pero no sólo para la nuestra, para millones de otras especies en
la Tierra, nuestra casa, la que se nos dio para cuidarla, para amarla, para santificarla.
¿Por qué en México, en muchos lugares,
se depredan selvas y bosques enteros? ¿Por qué no podemos beber agua de los
ríos o bañarnos en alguna laguna sin temor a morir? ¿Por qué la gente se empeña
en tener casas ostentosas y enormes pero
lo primero que hacen es mandar talar los árboles? ¿Por qué la gente “cree” que
los árboles estorban, que tiran muchas hojas, que no dejan ver la fachada
elegante de nuestra casa, que no permiten que quepa nuestros carros en la
cochera? ¿Por qué somos tan estúpidos?
Por una sencilla razón: no tenemos
respeto por la vida, porque no nos gustamos ni nos queremos a nosotros mismos,
porque estamos frustrados o nos sentimos inferiores, o tenemos complejos y por
eso preferimos destruir a conservar, matar a salvar vidas, hacer daño a quienes
no pueden defenderse, como plantas, árboles y animales en vez de cuidarlos y
protegerlos. El desprecio que sentimos por el arte, la cultura, la educación,
el conocimiento, es el mismo que sentimos por la Naturaleza, pues es un
desprecio por la sabiduría y todos hemos escuchado aquello de que “La
naturaleza es sabia.”
Vivimos en un mundo artificial, con
clima artificial, senos artificiales, implantes plásticos en el cuerpo,
consumimos materiales dañinos para el planeta y en grandes cantidades y los
desechamos donde sea, sin siquiera reparar en si son biodegradables o no.
Preferimos ser ignorantes, feos, malos, sucios, pues eso no es ninguna hazaña,
mientras que conservar, reducir, reciclar, reusar requiere tiempo, esfuerzo, y,
sobre todo, conciencia, y no tenemos, no somos conscientes de nada, vivimos
enajenados, aislados, conectados a nuestros aparatos “smart”, porque ellos son
más sabios que nosotros, nosotros sólo consumimos, depredamos, destruimos.
Somos mala gente. México es el país de
la abundancia, de la abundancia de recursos, pero su gente es corrupta, no es
temerosa de la Ley, con mayúscula. En pocas palabras, somos corruptos porque
somos estúpidos, pues dice la Biblia que “el temor de Dios es el comienzo de la
sabiduría”.
¿Por qué admiramos los jardines y
bosques canadienses o europeos, si nosotros pudiéramos tener unos mejores y más
bellos si tan solo la corrupción no diera una “licencia para matar” a las
grandes corporaciones a cambio de mucho dinero? Pero no sólo la corrupción de
los políticos que se benefician de los permisos que otorgan, a nivel personal,
nosotros, los mexicanos, ¿qué hacemos para cuidar la casa común? ¿Cómo
protegemos el medio ambiente?
En Ciudad Obregón, Sonora, lugar donde
viví y al que le tengo mucho cariño,
acaba de ocurrir un ecocidio a la vista indiferente de casi todos, salvo
de unos pocos, como mi amigo Rosendo, quien ama la vida en todas sus formas y
es un luchador incansable por la defensa de ésta. Él, sin sacar ventaja o
beneficio alguno, por iniciativa propia, ha creado y promovido organizaciones a
favor de la vida, de la donación de órganos, de la creación de una asociación
protectora de animales, y también ha denunciado públicamente los abusos y las
omisiones del gobierno municipal, estatal y federal en cuestiones de ecología,
como la tala innecesaria de árboles o el abandono de éstos a merced del clima,
como el caso que menciono.
Rosendo es un hombre común, como
cualquiera de nosotros, pero a diferencia de la mayoría, no sólo “dice”, sino
que “hace”. Las redes sociales nos vuelven insensibles a lo que pasa en torno
nuestro, por eso Rosendo las usa sólo como vehículo para su lucha “real”, la
que libara allá a fuera, en el calor de 45 grados, en su amada Cajeme, a pie,
observando, meditando y sacando conclusiones de todo cuanto ve y después,
señalando lo que está mal y luchando por cambiarlo, al lado de gente que como
él, aman la vida, la vida real, la que compartimos con quienes queremos y nos
quieren.
Rosendo es esposo y padre de dos niños
preciosos a quienes ama y cuida con el mismo amor y cuidado con que trata la
vida. Alguna vez él y yo fuimos compañeros de trabajo dando clases en el
Instituto Tecnológico de Sonora y estuvieron a punto de corrernos por intentar
impedir que cortaran una hermosa y enorme ceiba que reinaba majestuosa al
centro del patio. No pudimos impedirlo, por más denuncias ante el municipio y
ante las autoridades escolares, que nos tacharon de locos. Escribí en mi blog
algo al respecto, hace ya seis años.
El “chendo”, como lo conocemos los
amigos, es alguien que sufre la estupidez de la gente. Alguna vez le pregunté
por qué hacía lo que hacía, mientras tomábamos una cerveza en el patio de mi
casa y me dijo, con su clásico acento sonorense: “porque es lo correcto, ¿qué
no?”.
Hacer lo correcto, lo que DEBEMOS y no
sólo lo que QUEREMOS es cosa de valientes. De hombres y mujeres que aman más la
vida en general que la de sólo unos cuantos. Y que la cuidan, la protegen y la
reparan para beneficio no sólo suyo, sino de todos. Se requiere mucho valor y
mucho amor para enfrentar la estupidez y la corrupción, pero Rosendo los tiene,
y en abundancia. En cambio, los funcionarios públicos, los gobernantes, los
políticos, son cobardes. Se echan la “bolita” unos a otros, como en este caso,
que los árboles fueron plantados por la SEDENA, pero debían ser regados y
cuidados por el municipio de Cajeme. Todos se desentendieron. Otra vez, la
ética de la responsabilidad, ausente de este y de todos los asuntos públicos.
Dejar morir los árboles es matar la vida.
¿Por qué ensañarse con los árboles o
con los animales si no son nuestros enemigos? ¿Por qué destruir algo que tiene
tanto derecho a estar aquí como nosotros y que, a diferencia de nosotros, ellos
no nos hacen daño? Ya lo dije, por
cobardes, corruptos e ignorantes. Destruimos aquello que no puede defenderse,
porque nuestra cobardía no nos deja enfrentarnos a alguien como nosotros. Pero
la Naturaleza, esa sí es sabia, y ahora mismo nos está cobrando la factura del
daño que le hacemos.
Eso somos, cobardes e ignorantes y
seguiremos siéndolo mientras no vivamos nuestras vidas de acuerdo a un código
ético y moral que rija nuestros actos. Y ese código no puede ser otro que la
Torá bendita, pues ahí está contenida toda la sabiduría del mundo. La que
necesitamos para preservar la vida, para amarla y cuidarla.
Yo no sé si el chendo es siquiera
religioso, pero sí sé que es un buen hombre y aunque nunca hemos hablado de
eso, sé que él está imbuido de Dios, pues lo irradia en su persona y lo lleva
consigo a donde va y Él le da ánimo y fuerza vital para seguir al pie de lucha
por las causas justas, como la de los árboles. Ojalá y siga habiendo Rosendo
para rato, pues personas de valor, necesitamos muchas en México. Gente que
actúe y no hable tanto.
Teresa de Jesús Padrón Benavides










