A mi Emilio, porque
come muy bien.
Hoy en la mañana, mientras veía a
mi hijo desayunar con mucho gusto un plato de avena con canelita, pasas y
arándanos mientras platicábamos en la mesa, pensaba en algo que es realmente
preocupante pero que, como siempre, es culpa de los padres: la mala alimentación,
la obesidad, la anorexia, la bulimia, el raquitismo o el exceso de peso y la
flaccidez en los cuerpos de niños y jóvenes actualmente y todos los problemas
de salud que eso conlleva.
Desde pequeño, mi hijo ha sido tragón.
Disfruta muy placenteramente la comida, en especial la comida de casa. Los
caldos, el arroz, los frijoles de la olla, la sopa aguada e incluso los
desayunos mexicanos o americanos, pues no sólo ama los chilaquiles sino también
los hot cakes. Le gusta tanto comer que él mismo ya cocina algunas cosas y a
veces prepara el desayuno o la comida de fin de semana para todos.
Cuando comemos fuera, prefiere los
restaurantes sencillos, las fondas de barrio en donde el sabor es parecido al
de casa y sólo a veces elige algún restaurante oriental, italiano o mexicano típico,
pero sus gustos no son exóticos ni caros. Él prefiere que la comida sea sencilla pero
rica y que las cosas sepan a lo que son y no estén aderezadas o condimentadas
en exceso.
Le hemos enseñado a conocer y
disfrutar de los platillos regionales de varios lugres de México, en especial
del norte, pues somos norteños, pero él ama también la comida del sur, como los
tlacoyos, las gorditas, los sopes, etcétera. Sus gustos van desde un cocido sonorense con
tuétano y muchas verduras hasta unos noodles
japoneses con algas y tofu. Pero su
regla de oro al comer es que las cosas sean sencillas y sepan rico, que no
tengan mucho de todo sino lo suficiente de dos o tres ingredientes, pero que el
sabor de cada uno de ellos se paladee y se reconozca al primer bocado. Ama los espaguetis y tiene sus salsas
preferidas, como la de espinacas con crema y nuez moscada, la de tomate y albahaca
y la de aceite de olivo y ajo.
Jamás lo he visto condimentar con cátsup
o salsa de soya o mayonesa algún plato típico, mucho menos con picante o limón,
como hacen muchas personas, incluso antes de probar la comida. Y lo que
definitivamente odia es la comida chatarra. Sólo cuando lo invitan a un lugar
de comida rápida y por educación y consideración a quienes lo invitan, come una
rebanada de pizza o unas papas fritas, pero siempre una ración pequeña y la
acompaña de ensalada en abundancia. Tampoco le gustan las “modas” o los gustos “hipster”
que han adoptado algunas familias que quieren un –“retorno a Natura”, después
de haberse mal alimentado durante años por flojera y falta de imaginación y
ahora compran productos naturales que antes se hallaban en las tiendas de
semillas y condimentos en la esquina de la casa y ahora las venden empacadas en
Estados Unidos en bolsas reutilizables y selladas con etiquetas muy vistosas y
a precios exorbitantes como la chía, la linaza, el aceite de coco, etcétera. Él
dice que todo eso es una moda estúpida y que esas cosas las consumían nuestros
ancestros pre hispánicos desde hace cientos de años, sólo que ahora se han
puesto de moda entre los veganos “buena onda”, que no comen animales, pero sí
gastan mucho dinero en semillas y granos cuya producción excesiva también daña
el planeta, pues erosiona el suelo rápidamente.
Mucha gente se sorprende de lo bien
que come y de sus gustos, que son muy raros en un adolescente, y me preguntan
¿cómo le hiciste para enseñarlo a comer tan bien? ¿Cómo haces para que coma
nopales, o pescado, o muchas verduras o frutas? Yo me sorprendo aún más y les
pregunto de vuelta, ¿cómo le haces o le hiciste para NO enseñarle a comer bien?
¿Por qué diablos le preguntaste o le preguntas qué le gusta o qué quiere comer
en vez de darle lo que es bueno para él o para ella? ¿Te ve a ti comer bien? ¿te
ve disfrutar la comida y acompañarla con una buena plática en vez de comer
apurada o sin ganas y conectada a tu teléfono?
Yo creo que, como todo lo que
enseñamos y aprendemos, es cuestión de poner el ejemplo. Un niño pequeño irá
absorbiendo como una esponja todo lo que vea que hacen sus padres, incluido lo
que comen y cómo lo comen. Emilio nos ha visto a mí y a su padre cocinar juntos
desde siempre, disfrutando lo que hacemos y acompañando el ritual con una copa
de vino y buena música. Y casi siempre cocinando cosas para deleitar a nuestros
amigos y amigas. Nos gusta mucho comer, pero también cocinar y a pesar de haber
tenido cocinas muy pequeñas y con sartenes y ollas en no muy buen estado, la
comida siempre se ha hecho y se ha hecho bien y ha quedado deliciosa y la hemos
disfrutado en familia y con amigos. Los judíos disfrutamos mucho del buen comer
y nuestras discusiones y pláticas siempre son en torno a la mesa familiar o de
algún amigo o a miga. Sentados a la mesa, con abundante comida, es como
arreglamos nuestros asuntos y la risa y
el vino siempre acompañan la comida.
Emilio ama las tortillas de harina
de su abuela, en especial si hay frijoles de la olla, pero también el arroz
rojo que yo hago y también el minestrone italiano o la comida hindú con cúrcuma
y cardamomo que hace su padre. Yo creo que detrás de ese placer está el
ingrediente “secreto” que debe haber en toda cocina: el amor. El amor entre las
personas para las que se cocina y con las que se sienta uno a la mesa. El amor
entre los amigos que llegan de visita a disfrutar la comida y la compañía que
les ofrecemos. El amor que es como la sal, sin la cual todo sería insípido. El
amor que hace que incluso la sopa de fideo del mediodía recalentada al día
siguiente tenga el sabor único de nuestra madre. El amor sin el cual nada en la
vida se disfruta, ni siquiera una cena costosa y elegante en el mejor
restaurante del mundo.

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