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lunes, 7 de marzo de 2016

En defensa del hombre (a propósito del día de la mujer)





Fuerte pa’ ser su señor y tierno para el amor…
Serrat

Muchas amigas mías, mujeres todas talentosas e inteligentes, han caído últimamente, casi a los cincuenta años, en un feminismo de lo más ramplón y vulgar. Han tomado partido, según ellas, a favor de las mujeres, de una manera que no sólo no nos beneficia, sino que, en mi opinión, nos denigra. Creen que el discurso feminista debe ir aparejado de un odio hacia los hombres o, en el mejor de los casos, en un menosprecio por sus virtudes, por sus facultades y por su condición misma. La mayoría de ellas se refieren a los hombres con motes como “proveedores”, “donantes de esperma”, “güeyes” o, acá en el norte del país, “vatos”. Piensan también que la mejor manera de demostrar nuestro valor como mujeres, es igualándonos a los hombres pero no en lo que de bueno puedan tener, sino en sus defectos. Es decir, comenzamos a beber en exceso, a hablar vulgarmente, a decir palabras y frases soeces, a liarnos con varios de ellos simultáneamente, a hacer alarde de lo “chingonas” que somos y de lo auto suficientes, y caemos en un discurso machista de lo femenino que, francamente, resulta grotesco y tragicómico.
Otro de los rasgos de este tipo de “feminismo” (entre comillas) es que no pugna por la igualdad de derechos y obligaciones, no busca la equidad de género, no es un discurso democrático, sino todo lo contrario. Pretende hacer una separación tajante entre hombres y mujeres en cuanto a sus virtudes y sus cualidades, en cuanto a los papeles que un hombre y una mujer desempeñan en la sociedad y en la familia inclinando la balanza a favor de ellas y denigrando cualquier intento de equilibrarla señalando sólo lo que las mujeres “saben”, “pueden” y “logran” hacer por sí mismas, sin necesidad de un hombre.
En este tipo de discurso macho femenino, las redes sociales han desempeñado un papel protagónico. Estos días, previos al día internacional de la mujer, hallamos por todos lados posts que denigran a los hombres y ensalzan a las mujeres. Unos más fuertes que otros, pero todos igualmente vulgares y, además, llenos de lugares comunes, de muletillas y de frases trilladas.
Entre ellos, me llamó mucho la atención uno que decía (más o menos):  “Los hombres son como los cigarros: los prendes, los disfrutas y los tiras”, o esta otra, atribuida a Marilyn Monroe: “una mujer inteligente besa sin enamorarse, escucha pero no cree y abandona antes de que la abandonen…” o esta: “las mujeres hermosas no necesitamos que un hombre nos lo diga… tenemos muchos atrás nuestro para decírnoslo”.
¿En serio? ¿Es así como las mujeres pretendemos ganar espacios igualitarios en la sociedad machista en la que vivimos? ¿Es así como pensamos que debe ser la democracia y la justica? ¿Denigrando, humillando, ofendiendo y descalificando a los hombres?  ¿No será más bien que resaltando esos “atributos” de valientes, auto suficientes, libres, e independientes de los hombres estamos justamente concediéndole más importancia a ellos que a nosotras mismas? Es decir, ¿es necesario realmente hacer énfasis en nuestras diferencias y en nuestra supuesta superioridad con respecto de ellos?  Los hombres y las mujeres que verdaderamente lo son, ni siquiera se plantean la cuestión de lo femenino o lo masculino como un problema, antes bien, su forma de actuar en la vida, en cualquier ámbito, es igualmente masculino como femenino, es decir, contiene e incluye ambos aspectos. Un hombre de verdad, cumple sus promesas, actúa congruentemente con sus palabras, predica con el ejemplo, responde por sus compromisos, es fiel a sus principios, ama a su familia, la defiende cuando su causa es defendible pero la reprende cunado no lo es y lo mismo hace una mujer.
Si hay más machos que hombres en nuestra sociedad, es porque han sido criados por hembras, no por mujeres. Si hay machos que abandonan a su familia o la cambian para formar otra, rompiendo sus compromisos, es porque una hembra, no una mujer, quiso tener a un macho que le proporcionara placer, hijos y que la mantuviera. Si hay más hembras que mujeres, es casi por las mismas razones, porque un macho quiso placer, hijos, y una proveedora de servicios.
Si lo que en verdad se pretende es la igualdad, el respeto, la solidaridad y la confianza mutuas, deberíamos empezar por ignorar el discurso feminista o, más bien, hacerlo más masculino (en el sentido incluyente) y al mismo tiempo, “feminizar”, lo masculino (en el mismo sentido). Y aquí el lenguaje juega un papel fundamental. Hoy en día, el discurso a favor de las mujeres se ha vulgarizado, se ha hecho soez, corriente, arrabalero, porque se cree que para vencer a los machos hay que hacerse como ellos. Cada vez con más frecuencia e incluso en los ámbitos académicos o universitarios se escuchan frases y palabras vulgares y altisonantes para referirse a la superioridad de las mujeres con respecto de los hombres. Esto, a mi juicio, es pecar de lo mismo que se critica.
Si queremos que respeten nuestra condición de mujeres y nos dejen de ver como hembras u objetos, no imitemos todo aquello que los machos hacen y que va en detrimento de nuestra feminidad. No ataquemos como ellos atacan, no caigamos en las prácticas denigrantes que tanto hemos odiado y acusado; no hablemos como ellos hablan ni nos comportemos igual. La igualdad debe ser en otro sentido, en el de la división del trabajo doméstico, en el de compartir responsabilidades, en la equidad laboral, en la sana competencia profesional, en el compañerismo, en la camaradería, etcétera.
Los hombres y las mujeres que realmente lo son, caminan juntos hacia un mismo objetivo, el de crear una sociedad más justa, más democrática y más feliz. Pero aportan cada uno y cada una sus valores para tal efecto y esos valores son a veces exclusivos de las mujeres y a veces exclusivos de los hombres, no porque una mujer no pueda tenerlos o porque un hombre no tenga los suyos, sino porque en esas pequeñas sutilezas que nos hacen diferentes, está justamente el complemento de lo otro, la atracción que el otro o la otra ejercen en mí y que una vez juntos, se convierte en la fuerza que mueve al mundo.
El mundo masculino debe volverse más hacia los valores femeninos, apreciando la aportación de las mujeres en la construcción de una sociedad más digna y valorando su papel protagónico dentro de la familia y el mundo femenino debe masculinizarse en el sentido de apreciar y tratar de comprender lo difícil que es ser un hombre en estos días en que muchas mujeres aprecian más la fuerza bruta y la capacidad reproductiva o copulativa de un macho que la valentía, la honestidad, la fortaleza de carácter y la palabra de un hombre. Sólo si volvemos a admirar esas cualidades tanto femeninas como masculinas, lograremos construir una verdadera democracia.

Teresa de Jesús Padrón Benavides
Marzo, 2016









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