Fuerte pa’ ser su señor y tierno para el amor…
Serrat
Muchas amigas mías, mujeres todas talentosas e inteligentes,
han caído últimamente, casi a los cincuenta años, en un feminismo de lo más ramplón
y vulgar. Han tomado partido, según ellas, a favor de las mujeres, de una
manera que no sólo no nos beneficia, sino que, en mi opinión, nos denigra.
Creen que el discurso feminista debe ir aparejado de un odio hacia los hombres
o, en el mejor de los casos, en un menosprecio por sus virtudes, por sus
facultades y por su condición misma. La mayoría de ellas se refieren a los
hombres con motes como “proveedores”, “donantes de esperma”, “güeyes” o, acá en
el norte del país, “vatos”. Piensan también que la mejor manera de demostrar
nuestro valor como mujeres, es igualándonos a los hombres pero no en lo que de
bueno puedan tener, sino en sus defectos. Es decir, comenzamos a beber en exceso,
a hablar vulgarmente, a decir palabras y frases soeces, a liarnos con varios de
ellos simultáneamente, a hacer alarde de lo “chingonas” que somos y de lo auto
suficientes, y caemos en un discurso machista de lo femenino que, francamente,
resulta grotesco y tragicómico.
Otro de los rasgos de este tipo de “feminismo” (entre
comillas) es que no pugna por la igualdad de derechos y obligaciones, no busca
la equidad de género, no es un discurso democrático, sino todo lo contrario.
Pretende hacer una separación tajante entre hombres y mujeres en cuanto a sus
virtudes y sus cualidades, en cuanto a los papeles que un hombre y una mujer
desempeñan en la sociedad y en la familia inclinando la balanza a favor de
ellas y denigrando cualquier intento de equilibrarla señalando sólo lo que las
mujeres “saben”, “pueden” y “logran” hacer por sí mismas, sin necesidad de un
hombre.
En este tipo de discurso macho femenino, las redes sociales
han desempeñado un papel protagónico. Estos días, previos al día internacional
de la mujer, hallamos por todos lados posts
que denigran a los hombres y ensalzan a las mujeres. Unos más fuertes que
otros, pero todos igualmente vulgares y, además, llenos de lugares comunes, de
muletillas y de frases trilladas.
Entre ellos, me llamó mucho la atención uno que decía (más o
menos): “Los hombres son como los cigarros:
los prendes, los disfrutas y los tiras”, o esta otra, atribuida a Marilyn
Monroe: “una mujer inteligente besa sin enamorarse, escucha pero no cree y
abandona antes de que la abandonen…” o esta: “las mujeres hermosas no
necesitamos que un hombre nos lo diga… tenemos muchos atrás nuestro para
decírnoslo”.
¿En serio? ¿Es así como las mujeres pretendemos ganar
espacios igualitarios en la sociedad machista en la que vivimos? ¿Es así como
pensamos que debe ser la democracia y la justica? ¿Denigrando, humillando,
ofendiendo y descalificando a los hombres?
¿No será más bien que resaltando esos “atributos” de valientes, auto suficientes,
libres, e independientes de los hombres estamos justamente concediéndole más
importancia a ellos que a nosotras mismas? Es decir, ¿es necesario realmente
hacer énfasis en nuestras diferencias y en nuestra supuesta superioridad con
respecto de ellos? Los hombres y las
mujeres que verdaderamente lo son, ni siquiera se plantean la cuestión de lo
femenino o lo masculino como un problema, antes bien, su forma de actuar en la
vida, en cualquier ámbito, es igualmente masculino como femenino, es decir,
contiene e incluye ambos aspectos. Un hombre de verdad, cumple sus promesas,
actúa congruentemente con sus palabras, predica con el ejemplo, responde por
sus compromisos, es fiel a sus principios, ama a su familia, la defiende cuando
su causa es defendible pero la reprende cunado no lo es y lo mismo hace una
mujer.
Si hay más machos que hombres en nuestra sociedad, es porque
han sido criados por hembras, no por mujeres. Si hay machos que abandonan a su
familia o la cambian para formar otra, rompiendo sus compromisos, es porque una
hembra, no una mujer, quiso tener a un macho que le proporcionara placer, hijos
y que la mantuviera. Si hay más hembras que mujeres, es casi por las mismas razones,
porque un macho quiso placer, hijos, y una proveedora de servicios.
Si lo que en verdad se pretende es la igualdad, el respeto,
la solidaridad y la confianza mutuas, deberíamos empezar por ignorar el
discurso feminista o, más bien, hacerlo más masculino (en el sentido
incluyente) y al mismo tiempo, “feminizar”, lo masculino (en el mismo sentido).
Y aquí el lenguaje juega un papel fundamental. Hoy en día, el discurso a favor
de las mujeres se ha vulgarizado, se ha hecho soez, corriente, arrabalero,
porque se cree que para vencer a los machos hay que hacerse como ellos. Cada
vez con más frecuencia e incluso en los ámbitos académicos o universitarios se
escuchan frases y palabras vulgares y altisonantes para referirse a la
superioridad de las mujeres con respecto de los hombres. Esto, a mi juicio, es
pecar de lo mismo que se critica.
Si queremos que respeten nuestra condición de mujeres y nos
dejen de ver como hembras u objetos, no imitemos todo aquello que los machos
hacen y que va en detrimento de nuestra feminidad. No ataquemos como ellos
atacan, no caigamos en las prácticas denigrantes que tanto hemos odiado y
acusado; no hablemos como ellos hablan ni nos comportemos igual. La igualdad
debe ser en otro sentido, en el de la división del trabajo doméstico, en el de
compartir responsabilidades, en la equidad laboral, en la sana competencia
profesional, en el compañerismo, en la camaradería, etcétera.
Los hombres y las mujeres que realmente lo son, caminan
juntos hacia un mismo objetivo, el de crear una sociedad más justa, más
democrática y más feliz. Pero aportan cada uno y cada una sus valores para tal
efecto y esos valores son a veces exclusivos de las mujeres y a veces
exclusivos de los hombres, no porque una mujer no pueda tenerlos o porque un
hombre no tenga los suyos, sino porque en esas pequeñas sutilezas que nos hacen
diferentes, está justamente el complemento de lo otro, la atracción que el otro
o la otra ejercen en mí y que una vez juntos, se convierte en la fuerza que
mueve al mundo.
El mundo masculino debe volverse más hacia los valores
femeninos, apreciando la aportación de las mujeres en la construcción de una
sociedad más digna y valorando su papel protagónico dentro de la familia y el
mundo femenino debe masculinizarse en el sentido de apreciar y tratar de
comprender lo difícil que es ser un hombre en estos días en que muchas mujeres
aprecian más la fuerza bruta y la capacidad reproductiva o copulativa de un
macho que la valentía, la honestidad, la fortaleza de carácter y la palabra de
un hombre. Sólo si volvemos a admirar esas cualidades tanto femeninas como
masculinas, lograremos construir una verdadera democracia.
Teresa de Jesús Padrón Benavides
Marzo, 2016

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