Mi lista de blogs


martes, 12 de enero de 2016

Las estrellas se ven hoy muy diferentes





As long as there’s sun….
David Bowie, Where are we now?

Si pudiéramos anticipar el día y la hora de nuestra muerte, ¿tendría sentido la vida? Si conociéramos los misterios que encierra la otra persona ¿tendría sentido el amor? Si alguien viese el rostro de Dios y volviera para contárnoslo, ¿desaparecería la fe? Y si supiéramos que el sol no saldría al día siguiente, como cada mañana, ¿podríamos seguir lúcidos?
Todas estas preguntas desfilan por mi mente al escuchar Blackstar, el último disco de David Bowie y las lágrimas empañan los cristales de mis lentes, pues no dejo de pensar en que hace sólo unos días salió a la luz, mientras que a su creador se le extinguía la suya.

Viendo las imágenes que acompañan la canción “Lazarus”, veo a un hombre maduro anticipando su muerte, pero aún lleno ideas, que son las que nos mantienen vivos. Un cuerpo deteriorado y anciano, temblando de miedo ante la inminencia de la muerte que de repente se detiene a escribir todavía algunas líneas, pues aún debe decir algo más al mundo, a este mundo, al que le tocó habitar alternadamente con todos los otros que su imaginación creó y que compartió con nosotros.

El dolor y la tristeza me invaden ante las imágenes. No sabía que estaba muriéndose David Bowie. No quería que muriera. No todavía.

Llegué a su música de forma tardía, después de los 25 años, pero creo que fue la edad perfecta para aprender a apreciarlo en su justa medida, pues en mi adolescencia creía que Bowie era el cantante pop guapo y elegante de “Let’s Dance” y “Modern Love”, que bailábamos en la preparatoria. No fue sino hasta 1992 cuando a través de quien es hoy mi esposo, escuché The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars y tuve una revelación.

Durante todo el tiempo anterior a esa experiencia “cósmica",  había vivido en la estúpida creencia de que Bowie era sólo una estrella pop más. A partir de ese momento me di a la tarea de escuchar cada uno de sus discos desde Space Oddity hasta Earthling, que era el de la gira que haría más tarde y que pudimos ver en la Ciudad de México.

Junto a mi esposo pasé noches enteras escuchando sus discos y aprendí de memoria algunas de sus canciones que me parecían lo más vanguardista que hubiese escuchado jamás, a pesar de que habían pasado años de sus lanzamientos. “Moonage Daydream”, “Lady Stardust”, “Space Oddity”, “Starman”,  “Ziggy Stardust”, “The Man Who Sold the World”, “Life on Mars”,” Quicksand”, entre muchas otras, me decían cosas que ninguna otra canción o libro o pintura pudiesen haberme dicho: que la vida se diversificaba de mil maneras distintas en una sola persona y que estábamos hechos de muchos pedazos y que podíamos actuar en este escenario humano y representar cualquier papel, siempre y cuando lo hiciéramos mejor que nadie antes que nosotros.

Su música me decía que estábamos, como decía José Gorostiza “sitiados en nuestra epidermis” y que para vivir realmente debíamos salirnos de nosotros mismos y ser muchos otros, muchas otras, ponernos, literalmente, “en otra piel”, incluso en otro lugar, en otras galaxias, remotas e inhóspitas, para poder ver desde allá nuestro hogar y apreciarlo realmente “Planet Earth is blue and there’s nothing I can do…”

También me llevaba de la mano a través de toda la comedia humana y sus personajes, desde Greta Garbo hasta Himmler; desde Churchill hasta Crowley, pasando por Andy Warhol, hasta Bob Dylan, pero lo hacía de una forma sabia y humilde al mismo tiempo, crítica y respetuosa a la vez.

David Bowie, sobra decirlo, imaginó mundos que habitó y abandonó para aventurarse hacia otros. Creó personajes y escenarios, sonidos y letras, modas y tendencias, para después destruirlos con algo mejor, cada vez más vanguardista y más humano al mismo tiempo. Porque tal vez él no creía en sí mismo, en lo que era, pues tenía la certeza de que uno es alguien sólo en la medida en que los otros lo conciben. Uno no existe si otros no lo ven y él nos hizo no sólo ver, sino sentir y escuchar a muchos personajes que lo habitaron como el Major Tom, el White Duke, Ziggy Stardust, Aladdin Sane, Lady Stardust, Starman, o The Man Who Sold the World.

Bowie podía transformarse en casi cualquier cosa, en una Drag queen de Picadilly Circus hasta un Crooner de los años cincuenta; desde un Rock star rebelde e irreverente hasta un hombre maduro temeroso de a muerte, lleno de dudas y de incertidumbre y justo por esa capacidad histriónica y por esa creatividad artística es que lo apreciamos y lo disfrutamos en todo lo que hacía, no sólo como músico, sino como actor y creador de mundos alternos y de sonidos astrales y terrenales al mismo tiempo.

Su cabeza imaginaba y soñaba planetas con músicas y silencios propios. Con seres extraños que los habitaban pero que bien podían ser también como cualquiera de nosotros. El onirismo de Bowie, sus miedos, sus fantasías, eran también las de muchos de nosotros, sólo que él supo cómo materializarlas en discos entrañables como Hunky Dory o Space Oddity.

Todo lo que somos, lo que podemos ser, lo que quisiéramos ser y no nos atrevemos a ser, todo lo horrible y lo hermoso del ser humano, su lado oscuro y su lado luminoso, Bowie lo plasmó en sus canciones. Todo lo que la imaginación y los sueños son capaces de alcanzar cuando se nutren del arte, que es la fuente inagotable de alimento para la creación, Bowie supo sintetizarlo hermosa y dolorosamente en muchas de sus canciones como “Quicksand”, mi favorita, con cuyas líneas me gustaría cerrar este breve y sentido homenaje al hombre que cayó a la Tierra:

“Don’t believe in yourself
Don’t decieve with belief
Knowledge comes with Death’s release, ah ah ah ah…”

Teresa Padrón Benavides
Mexicali, Baja California, 12 de enero del 2016


No hay comentarios:

Publicar un comentario