As
long as there’s sun….
David
Bowie, Where are we now?
Si pudiéramos anticipar el día y
la hora de nuestra muerte, ¿tendría sentido la vida? Si conociéramos los
misterios que encierra la otra persona ¿tendría sentido el amor? Si alguien
viese el rostro de Dios y volviera para contárnoslo, ¿desaparecería la fe? Y si
supiéramos que el sol no saldría al día siguiente, como cada mañana, ¿podríamos
seguir lúcidos?
Todas estas preguntas desfilan
por mi mente al escuchar Blackstar, el
último disco de David Bowie y las lágrimas empañan los cristales de mis lentes,
pues no dejo de pensar en que hace sólo unos días salió a la luz, mientras que a
su creador se le extinguía la suya.
Viendo las imágenes que acompañan
la canción “Lazarus”, veo a un hombre maduro anticipando su muerte, pero aún
lleno ideas, que son las que nos mantienen vivos. Un cuerpo deteriorado y
anciano, temblando de miedo ante la inminencia de la muerte que de repente se
detiene a escribir todavía algunas líneas, pues aún debe decir algo más al
mundo, a este mundo, al que le tocó habitar alternadamente con todos los otros
que su imaginación creó y que compartió con nosotros.
El dolor y la tristeza me invaden
ante las imágenes. No sabía que estaba muriéndose David Bowie. No quería que
muriera. No todavía.
Llegué a su música de forma
tardía, después de los 25 años, pero creo que fue la edad perfecta para
aprender a apreciarlo en su justa medida, pues en mi adolescencia creía que
Bowie era el cantante pop guapo y elegante de “Let’s Dance” y “Modern Love”,
que bailábamos en la preparatoria. No fue sino hasta 1992 cuando a través de
quien es hoy mi esposo, escuché The Rise and
Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars y tuve una revelación.
Durante todo el tiempo anterior a
esa experiencia “cósmica", había vivido en la estúpida creencia de que Bowie era
sólo una estrella pop más. A partir de ese momento me di a la tarea de escuchar
cada uno de sus discos desde Space Oddity
hasta Earthling, que era el de la
gira que haría más tarde y que pudimos ver en la Ciudad de México.
Junto a mi esposo pasé noches enteras
escuchando sus discos y aprendí de memoria algunas de sus canciones que me
parecían lo más vanguardista que hubiese escuchado jamás, a pesar de que habían
pasado años de sus lanzamientos. “Moonage Daydream”, “Lady Stardust”, “Space
Oddity”, “Starman”, “Ziggy Stardust”, “The
Man Who Sold the World”, “Life on Mars”,” Quicksand”, entre muchas otras, me
decían cosas que ninguna otra canción o libro o pintura pudiesen haberme dicho:
que la vida se diversificaba de mil maneras distintas en una sola persona y que
estábamos hechos de muchos pedazos y que podíamos actuar en este escenario
humano y representar cualquier papel, siempre y cuando lo hiciéramos mejor que
nadie antes que nosotros.
Su música me decía que estábamos,
como decía José Gorostiza “sitiados en nuestra epidermis” y que para vivir
realmente debíamos salirnos de nosotros mismos y ser muchos otros, muchas otras,
ponernos, literalmente, “en otra piel”, incluso en otro lugar, en otras
galaxias, remotas e inhóspitas, para poder ver desde allá nuestro hogar y
apreciarlo realmente “Planet Earth is blue and there’s nothing I can do…”
También me llevaba de la mano a
través de toda la comedia humana y sus personajes, desde Greta Garbo hasta
Himmler; desde Churchill hasta Crowley, pasando por Andy Warhol, hasta Bob
Dylan, pero lo hacía de una forma sabia y humilde al mismo tiempo, crítica y
respetuosa a la vez.
David Bowie, sobra decirlo,
imaginó mundos que habitó y abandonó para aventurarse hacia otros. Creó
personajes y escenarios, sonidos y letras, modas y tendencias, para después
destruirlos con algo mejor, cada vez más vanguardista y más humano al mismo
tiempo. Porque tal vez él no creía en sí mismo, en lo que era, pues tenía la
certeza de que uno es alguien sólo en la medida en que los otros lo conciben. Uno
no existe si otros no lo ven y él nos hizo no sólo ver, sino sentir y escuchar
a muchos personajes que lo habitaron como el Major Tom, el White Duke, Ziggy Stardust,
Aladdin Sane, Lady Stardust, Starman, o The Man Who Sold the World.
Bowie podía transformarse en casi
cualquier cosa, en una Drag queen de Picadilly
Circus hasta un Crooner de los años cincuenta;
desde un Rock star rebelde e irreverente hasta un hombre maduro temeroso de a
muerte, lleno de dudas y de incertidumbre y justo por esa capacidad histriónica
y por esa creatividad artística es que lo apreciamos y lo disfrutamos en todo
lo que hacía, no sólo como músico, sino como actor y creador de mundos alternos
y de sonidos astrales y terrenales al mismo tiempo.
Su cabeza imaginaba y soñaba
planetas con músicas y silencios propios. Con seres extraños que los habitaban
pero que bien podían ser también como cualquiera de nosotros. El onirismo de
Bowie, sus miedos, sus fantasías, eran también las de muchos de nosotros, sólo
que él supo cómo materializarlas en discos entrañables como Hunky Dory o Space Oddity.
Todo lo que somos, lo que podemos
ser, lo que quisiéramos ser y no nos atrevemos a ser, todo lo horrible y lo
hermoso del ser humano, su lado oscuro y su lado luminoso, Bowie lo plasmó en
sus canciones. Todo lo que la imaginación y los sueños son capaces de alcanzar
cuando se nutren del arte, que es la fuente inagotable de alimento para la
creación, Bowie supo sintetizarlo hermosa y dolorosamente en muchas de sus
canciones como “Quicksand”, mi favorita, con cuyas líneas me gustaría cerrar
este breve y sentido homenaje al hombre que cayó a la Tierra:
“Don’t believe in yourself
Don’t decieve with belief
Knowledge comes with Death’s release,
ah ah ah ah…”
Teresa
Padrón Benavides
Mexicali,
Baja California, 12 de enero del 2016








