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martes, 12 de enero de 2016

Las estrellas se ven hoy muy diferentes





As long as there’s sun….
David Bowie, Where are we now?

Si pudiéramos anticipar el día y la hora de nuestra muerte, ¿tendría sentido la vida? Si conociéramos los misterios que encierra la otra persona ¿tendría sentido el amor? Si alguien viese el rostro de Dios y volviera para contárnoslo, ¿desaparecería la fe? Y si supiéramos que el sol no saldría al día siguiente, como cada mañana, ¿podríamos seguir lúcidos?
Todas estas preguntas desfilan por mi mente al escuchar Blackstar, el último disco de David Bowie y las lágrimas empañan los cristales de mis lentes, pues no dejo de pensar en que hace sólo unos días salió a la luz, mientras que a su creador se le extinguía la suya.

Viendo las imágenes que acompañan la canción “Lazarus”, veo a un hombre maduro anticipando su muerte, pero aún lleno ideas, que son las que nos mantienen vivos. Un cuerpo deteriorado y anciano, temblando de miedo ante la inminencia de la muerte que de repente se detiene a escribir todavía algunas líneas, pues aún debe decir algo más al mundo, a este mundo, al que le tocó habitar alternadamente con todos los otros que su imaginación creó y que compartió con nosotros.

El dolor y la tristeza me invaden ante las imágenes. No sabía que estaba muriéndose David Bowie. No quería que muriera. No todavía.

Llegué a su música de forma tardía, después de los 25 años, pero creo que fue la edad perfecta para aprender a apreciarlo en su justa medida, pues en mi adolescencia creía que Bowie era el cantante pop guapo y elegante de “Let’s Dance” y “Modern Love”, que bailábamos en la preparatoria. No fue sino hasta 1992 cuando a través de quien es hoy mi esposo, escuché The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars y tuve una revelación.

Durante todo el tiempo anterior a esa experiencia “cósmica",  había vivido en la estúpida creencia de que Bowie era sólo una estrella pop más. A partir de ese momento me di a la tarea de escuchar cada uno de sus discos desde Space Oddity hasta Earthling, que era el de la gira que haría más tarde y que pudimos ver en la Ciudad de México.

Junto a mi esposo pasé noches enteras escuchando sus discos y aprendí de memoria algunas de sus canciones que me parecían lo más vanguardista que hubiese escuchado jamás, a pesar de que habían pasado años de sus lanzamientos. “Moonage Daydream”, “Lady Stardust”, “Space Oddity”, “Starman”,  “Ziggy Stardust”, “The Man Who Sold the World”, “Life on Mars”,” Quicksand”, entre muchas otras, me decían cosas que ninguna otra canción o libro o pintura pudiesen haberme dicho: que la vida se diversificaba de mil maneras distintas en una sola persona y que estábamos hechos de muchos pedazos y que podíamos actuar en este escenario humano y representar cualquier papel, siempre y cuando lo hiciéramos mejor que nadie antes que nosotros.

Su música me decía que estábamos, como decía José Gorostiza “sitiados en nuestra epidermis” y que para vivir realmente debíamos salirnos de nosotros mismos y ser muchos otros, muchas otras, ponernos, literalmente, “en otra piel”, incluso en otro lugar, en otras galaxias, remotas e inhóspitas, para poder ver desde allá nuestro hogar y apreciarlo realmente “Planet Earth is blue and there’s nothing I can do…”

También me llevaba de la mano a través de toda la comedia humana y sus personajes, desde Greta Garbo hasta Himmler; desde Churchill hasta Crowley, pasando por Andy Warhol, hasta Bob Dylan, pero lo hacía de una forma sabia y humilde al mismo tiempo, crítica y respetuosa a la vez.

David Bowie, sobra decirlo, imaginó mundos que habitó y abandonó para aventurarse hacia otros. Creó personajes y escenarios, sonidos y letras, modas y tendencias, para después destruirlos con algo mejor, cada vez más vanguardista y más humano al mismo tiempo. Porque tal vez él no creía en sí mismo, en lo que era, pues tenía la certeza de que uno es alguien sólo en la medida en que los otros lo conciben. Uno no existe si otros no lo ven y él nos hizo no sólo ver, sino sentir y escuchar a muchos personajes que lo habitaron como el Major Tom, el White Duke, Ziggy Stardust, Aladdin Sane, Lady Stardust, Starman, o The Man Who Sold the World.

Bowie podía transformarse en casi cualquier cosa, en una Drag queen de Picadilly Circus hasta un Crooner de los años cincuenta; desde un Rock star rebelde e irreverente hasta un hombre maduro temeroso de a muerte, lleno de dudas y de incertidumbre y justo por esa capacidad histriónica y por esa creatividad artística es que lo apreciamos y lo disfrutamos en todo lo que hacía, no sólo como músico, sino como actor y creador de mundos alternos y de sonidos astrales y terrenales al mismo tiempo.

Su cabeza imaginaba y soñaba planetas con músicas y silencios propios. Con seres extraños que los habitaban pero que bien podían ser también como cualquiera de nosotros. El onirismo de Bowie, sus miedos, sus fantasías, eran también las de muchos de nosotros, sólo que él supo cómo materializarlas en discos entrañables como Hunky Dory o Space Oddity.

Todo lo que somos, lo que podemos ser, lo que quisiéramos ser y no nos atrevemos a ser, todo lo horrible y lo hermoso del ser humano, su lado oscuro y su lado luminoso, Bowie lo plasmó en sus canciones. Todo lo que la imaginación y los sueños son capaces de alcanzar cuando se nutren del arte, que es la fuente inagotable de alimento para la creación, Bowie supo sintetizarlo hermosa y dolorosamente en muchas de sus canciones como “Quicksand”, mi favorita, con cuyas líneas me gustaría cerrar este breve y sentido homenaje al hombre que cayó a la Tierra:

“Don’t believe in yourself
Don’t decieve with belief
Knowledge comes with Death’s release, ah ah ah ah…”

Teresa Padrón Benavides
Mexicali, Baja California, 12 de enero del 2016


martes, 1 de diciembre de 2015

Hombre que camina



Para la libertad, sangro, lucho, pervivo, para la libertad…
Antonio Machado

En todas partes, en medio de la indiferencia, de la apatía y del desinterés, existen hombres y mujeres comunes y corrientes que sienten la urgencia de cambiar el mundo para hacerlo un lugar más habitable. Son personas que a simple vista pasan desapercibidas. No sobresalen por ser ostentosos, por ser elocuentes o por lucir atuendos llamativos. Uno puede topárselos y no saber quiénes son en realidad, pues no se han dedicado a hacer otra cosa que a vivir para los demás, a luchar por causas comunes y a insistir en que la justicia, la paz y la igualdad deben imperar un día entre las personas de todas las condiciones y de todas las ideologías.
En Ciudad Obregón, una ciudad norteña de poco más de 500,000 habitantes, hay un hombre así. Es un hombre joven, de menos de 50 años, delgado, canoso, con unos ojos tristes que contrastan con una sonrisa irresistible y contagiosa. Su rostro semeja el de Leonard Cohen pero en su edad adulta, no cuando joven, tal vez a causa del pelo prematuramente blanco y escaso de este hombre que camina. Es guapo, nuestro hombre y siempre va vestido impecablemente y de tanto aparecer en cualquier lugar en donde haya una causa que defender, de tanto apelar a la autoridad y de exigirle que cumpla su trabajo, los medios y la gente ya lo reconocen. Pasó del anonimato, de ser un héroe desconocido y de bajo perfil, a ser el rostro más fotografiado por los medios locales y más entrevistado en la radio y la televisión de su ciudad.
Nuestro hombre es de a pie y así recorre las calles de su ciudad a paso ágil y seguro, como quien sabe bien cuál es su cometido, cuál es su consigna: abogar por las causas justas, ayudar a quienes lo requieran, interceder por “el pobre, la viuda y el huérfano”, como ordena la Biblia, aunque este hombre jamás la lea, aunque este hombre lo haga sin profesar una religión o un credo. No, este hombre lo hace porque es su deber, porque es un ciudadano del mundo y como tal, debe actuar en consecuencia. Lo hace porque ama la vida, no sólo su vida, sino La Vida, con mayúsculas, en todas sus formas.
 En un mundo donde impera el egoísmo, donde cada quien ve por su propio interés, donde la cultura del “selfie” se impone a la tradición familiar, a la camaradería y a la amistad real y duradera, Rosendo, “el chendo”, para quienes tenemos la fortuna de ser sus amigos, es tachado de loco, de chiflado. Es un ser “incómodo”, una persona non grata, sobre todo en el ámbito político, en donde él se mueve, pues como abogado, esa es su arena, su campo de batalla, pero, a diferencia de la mayoría de sus colegas, él sí es honesto, él sí defiende a los que nadie defiende porque no tienen dinero ni influencias. Por eso es tachado de loco y por eso lucha en solitario.
Tiene en su haber, entre otros logros, la autoría del artículo 21 bis de la Ley de donación de órganos, que permitió, entre otras cosas, la credencialización de donadores potenciales de órganos y de tejidos y trasplantes en Sonora. Ha participado activamente en la lucha a favor de los niños yaquis, niños indígenas que viven en las condiciones más marginales y más adversas, pugnando porque obtengan cirugías gratuitas cuando lo requieren; ha colaborado al lado de la Sra. Luz Esther Salazar en la creación de la Asociación Protectora de Animales de Cajeme, que ahora es una realidad y marcha viento en popa; ha convocado a marchas y protestas en contra de la violencia en el estado y siempre hace escuchar su voz en los medios con propuestas nobles que sean aprobado, como la instalación de bebederos públicos en Cajeme, donde el calor en verano llega a alcanzar hasta los 45 grados. Ha colaborado con el programa de prevención de situaciones de riesgo para la fundación Save the Children en Sonora, y ha dado más de 150 conferencias en torno a la donación y el trasplante de órganos.
Sin embargo, a pesar de todo eso, el chendo sigue siendo desagradable e incómodo para la autoridad y cada vez que los legisladores lo ven aparecer en cabildo, se les retuercen las tripas y por algo será. Quien nada debe, nada teme, reza un conocido refrán popular. Hace unos días, a Rosendo le habían dado un nombramiento como supervisor de un grupo de encuestadores de la SEDATU, (secretaría de desarrollo agrario, territorial y urbano), ya lo habían ratificado en su cargo y se lo habían notificado por escrito pero, a los pocos días, después de que Rosendo sufriera un atropello por parte de la policía afuera de cabildo, y sin motivo alguno y sin falta de por medio, le llaman para decirle que siempre no obtendría el empleo. Existe evidencia de ambas cosas, la ratificación por escrito y la llamada telefónica donde le dicen que siempre no, porque es un activista social y pues, no pueden contratarlo.
Así las cosas en este país donde el defender a los demás sin que medie interés alguno es causa de recisión de contrato laboral. Y a Rosendo, ¿Quién lo defiende? ¿Quién aboga por su causa? ¿Dónde están sus amigos? ¿Quién da la cara y saca la casta por este hombre que camina con paso firme hacia la verdad, pues sabe que sólo la verdad nos hace libres?
El Rosendo no necesita defensa, pues sus obras hablan por sí solas. Pero si un día te topas con él en la calle y hace mucho calor y lo ves caminando apresuradamente con un montón de papeles bajo el brazo a las tres de la tarde en medio de la nada, invítale una Bud Light y llévatelo a tu casa un rato. Eso le basta y le sobra para saber que la vida por la que él lucha a diario, aún vale la pena de ser defendida.

Teresa de Jesús Padrón Benavides
Mexicali, diciembre del 2015


viernes, 7 de agosto de 2015

Liverpool en Mexicali





Para todos mis amigos y amigas de la Secundaria Técnica No. 1, a quienes jamás he olvidado y quienes me recuerdan sobre todo, por mi amor a los Beatles..

Dicen que la infancia es el lugar al cual uno siempre querría volver. Dicen que es el momento de nuestras vidas en el cual todo era perfecto, pues siempre había alguien a quien acudir para ayudarnos, para resolver nuestras dudas y nuestros “problemas”. Yo, sin embargo, añoro mucho más mi adolescencia (aunque, bien visto, en aquel tiempo los adolescentes éramos aún un poco niños, en todos los sentidos).
Soy parte de la llamada generación “X”, es decir, las personas que nacimos a fines de los sesenta, con hermanos hippies y que crecimos con la música disco, los patines y la ropa de colores chillantes. Sin embargo, tal vez por la influencia de mis hermanos mayores (soy la menor de 6), o porque nací y crecí en la frontera y siempre me gustó la música en inglés, especialmente la de las décadas de los sesenta y setenta.
Mi adolescencia transcurrió en diferentes barrios típicos de mi amada Mexicali, entre la colonia Nueva y la Industrial, entre avenidas anchas al estilo americano y callejones estrechos en los cuales podíamos andar en bici y hacer travesuras propias de nuestra edad sin estar muy expuestos a los regaños de los adultos.
Había entonces todavía un cierto sentido de pertenencia a un barrio, a una colonia, a un grupo  los amigos eran los seres más queridos y requeridos por nosotros en aquellos días. Una vez que entrábamos a la secundaria, el salón de clase, los compañeros e incluso los maestros, se volvían el centro de nuestras vidas.
Ahí pasábamos gran parte del día entre gente que sentíamos como nuestra, amigos y amigas incondicionales y maestras y maestros no sólo comprometidos sino dispuestos a darnos amorosamente su tiempo y sus conocimientos. Recuerdo en especial a la profe Mariana, de ciencias naturales, a la maestra Rosa Loo, que me hizo comprender (finalmente) las matemáticas y entender que eran fundamentales para entender cómo funciona el mundo. A mi maestro Alejandro Valdés, de ciencias sociales, quien con sus amplios conocimientos de la historia, la política y el civismo, nos sumergía en un México profundo y antiguo que nos resultaba fascinante y misterioso al mismo tiempo. A mi querida maestra Alicia Márquez Recio, gracias a quien decidí estudiar literatura, pues el entusiasmo y el amor con que ella nos impartía la materia de español, nos hizo amar nuestro idioma y nuestras letras y apreciar cada signo gramatical y cada fonema como indispensable para rendir homenaje a nuestra lengua.
En cuanto a los amigos, era un tiempo en el cual todavía creíamos en un futuro hermoso juntos. Era una época en la cual los vínculos eran fuertes y permanentes, en la cual la agramasa que nos unía y nos mantenía firmes y juntos, estaba hecha de momentos cotidianos, de pequeñas alegrías, de dolores compartidos, pero también de música. La música era algo asociado con cada momento de nuestra vida: con el primer beso, con el primer baile, con el primero corazón roto… pero también con la emoción del primer día después de vacaciones de verano, poniéndonos al corriente de lo que hicimos y haciendo bromas y echando relajo mientras los maestros trataban de apaciguar nuestro ánimo para poder comenzar la clase.
A la distancia, todavía al escuchar alguna de las canciones de moda, sobre todo las canciones pop en inglés, pues eso era lo que oíamos, me vienen recuerdos nítidos de tardes enteras en el patio escolar en alguna tardeada organizada por los maestros  para recabar fondos y reparar nuestra querida escuela. Recuerdo a Billy Idol “Dancing with myself, oh oh oh”), a The B 52’s "Rock Lobster uuuaa”, y las “calmaditas”  como “A totally eclipse of the heart”, o “It’s a heartache, nothing but a heartache…” en donde buscábamos con la Mirada al morrito que nos gustaba para que nos sacara a bailar y apoyar nuestra cabeza en su hombro y ser felices en una secuencia de animación suspendida que queríamos que durara para siempre…
En mi caso, yo siempre fui y sigo siendo fan de los Beatles. Los Beatles significaban para mí un refugio en la tormenta. Cuando había problemas en casa, ponía un disco de los Beatles e imaginaba que estaban ahí conmigo y que entre los cinco cantábamos “Penny Lane”. A veces, sobre todo cuando estaba nublado o llovía, imaginaba que una nube tenía la forma de John tocando el piano y casi siempre camino a la escuela, iba cantando alguna de sus melodías. Cualquier lote baldío o cualquier parque se convertían para mí en “Strawberry fields”; cualquier calle de mi barrio era “Penny Lane”; mi ciudad en el desierto de México y muy lejos del mar se convertía en Liverpool y yo era una niña feliz, llena de imaginación y de amor gracias a las canciones de los Beatles las cuales siempre compartí con mis queridos amigos de entonces.
Hoy, 30 años después, he vuelto a mi ciudad y me he reencontrado, al menos virtualmente con mis amigos y amigas de la secundaria a quienes veré dentro de muy poco. No sé qué ha sido de sus vidas ni ellos de la mía. No sabemos qué rumbos tomamos cada uno. No nos hemos reunido todos desde entonces, pero aquel vínculo estrecho que creamos hace tanto, sigue vigente gracias a que lo construimos en una época en donde las relaciones aun eran reales, verdaderas, auténticas y no estaban fundadas en el interés o en la frivolidad o en cosas estúpidas, sino en un sueño compartido de afecto, de solidaridad, de cariño incondicionales.  Y la música de los Beatles hablaba por nosotros y por cada uno de esos afectos y lo sigue haciendo hoy en día.
Llevo a todos ellos en mi corazón y aunque he vivido lejos de Mexicali por más de 20 años, siempre los tuve presentes, sobre todo al escuchar a los Beatles. Hoy, para mi alegría, mi hijo de 14 años está compartiendo esa misma música conmigo, junto a las viejas fotos de la secundaria que mis amigos han subido a las redes sociales y en mi ciudad, Mexicali. Junto a él estoy volviendo a vivir aquella época y el corazón me da un vuelco de emoción, de una emoción que sólo sentí entonces y que ahora revivo ante la inminencia del reencuentro.
No puedo esperar al momento de estar en torno a una gran mesa con todos ellos escuchando “With a Little Help From y Friends” y cantándola con ellos al unísono. Los Beatles hicieron que yo viviera en Liverpool viviendo en Mexicali.

Teresa Padrón Benavides

Verano del 2015

martes, 23 de junio de 2015

Teenage (and adult) Wasteland



Don’t cry, Don’t raise your eye
Is only teenage wasteland…
The Who

Hace unos días, mientras esperaba a mi alumna en el café de siempre, escuchaba las conversaciones entre un grupo de jóvenes de entre 20 y 25 años, aproximadamente. No pude evitar distraerme con lo que decían así que hice como que seguía inmersa en mi lectura, pero en realidad, estaba escuchándoles. Uno de ellos, un joven de alrededor de 23 años decía, sin asomo de vergüenza o empacho que él engañaba a sus padres pero que en realidad no estaba yendo a la universidad, sino que pasaba las mañanas entre amigos en un café cercano a la escuela o simplemente paseando por Coyoacán con su novia en el coche que sus padres la habían regalado. Decía que sus “jefes”, ni “se las olían”.

Otra, como de veinte, con un piercing en la nariz y un tatuaje de un ángel en la espalda, se ufanaba mientras prendía un cigarro de que ella los “mandaba a la goma” siempre. Que iba  a su casa sólo para dormir, bañarse y comer y eso sólo cuando quería, pues sus papás no estaban en todo el día e incluso podía coger dinero de la casa para sus gastos (que incluían tiempo aire para su i-phone, cigarros, cerveza, gasolina para el coche, etcétera).

El último, un chico entre metro sexual y gay, típico personaje capitalino, con su smart phone “state of the art”, sus pantalones rojos entubados y su saco sport, decía que a él si siquiera le preguntaban lo que hacía cuando salía de casa. Que él no estaba para pedirle permiso a nadie, que sólo les hablaba para pedirles dinero para sus cosas y que si se atrevían a decirle algo, los “mandaba a la chingada”, que él no estaba para andarles dando explicaciones. Este joven ni siquiera mencionó la escuela.

Los tres parecían muy felices con sus vidas y hablaron también de sus hazañas etílicas y sexuales de las últimas fiestas. De los chismes que andaban circulando acerca de no sé quién y por último, de chismes del espectáculo y de la farándula. Cuando estaban a puto de irse, sonó el celular de la chica quien de inmediato cambió el tono de su voz por uno meloso e infantil y les pidió a sus amigos bajar la voz: “Sí, ma, ya salí, pero todavía debo regresar a otra clase a las cinco, así que me quedo por acá, okis? Sí ma, te quiero, bye…”

Los otros dos mientras tanto jugaba con sus teléfonos y al terminar su llamada la chica exclamó, con una voz que parecía salir del infierno “¡puta madre! Mi mamá quiere que recoja a mi hermanita de la escuela… ¡qué gueva!...  ¡como si yo tuviera tiempo para esas pendejadas…!

Pidieron la cuenta, ella pagó por los tres, muy generosamente y se despidieron de besito y de abrazo tierno. Quedaron para el sábado en casa de no sé quién para el siguiente “reven” y cada uno se puso sus audífonos y sus ray ban´s y agarraron su camino.

Yo me quedé sola en el café, con mi amigo Conrado, el dueño, que es un poco mayor que yo y que es un hombre trabajador, serio, responsable y muy amable y educado. Nos vimos sin decir nada pero ambos entendimos que lo único que sentíamos era miedo e impotencia. ¿Quién o quiénes han sido responsables de criar y “educar” a estos engendros?
¿Dónde están los padres de estos monstruos para ir a reclamarles y exigirles que les pongan rienda, que no los solapen, que es su única obligación criar buenos ciudadanos y buenas personas?  

La principal responsable de educar a los hijos es la familia, después la escuela y no podemos echar la culpa a nadie más del mal trabajo que hemos hecho con los hijos. Cuando una madre o un padre permiten que su hijo o hija esté conectado todo el día a un aparato electrónico sin hacer otra cosa, con el pretexto de que ahora “todo es por computadora”, lo están insensibilizando a los problemas de su entorno, lo están idiotizando y enajenando. Decimos que está bien, que así es ahora, pero no, no está bien. La tecnología no debe ser el único medio de aprendizaje, pues nuestro cerebro también requiere estímulos de otro tipo, como la lectura, el esparcimiento sano, la buena música, la convivencia “real” con las personas para poder pensar bien , para volvernos inteligentes y sensible.

El darles todo sin pedirles nada es el recurso al que los malos padres acuden para poder ellos y ellas mismas vivir sus vidas sin que los hijos o hijas los juzguen por su conducta. Para que no les reprochen ni les echen en cara sus vicios, sus perversiones o sus ausencias.

Estamos criando seres viles, perversos e insensibles que se están rebelando contra nosotros y contra todo el mundo volviéndose parásitos que depredan el mundo que todos los demás construimos cada día. Conrado y yo, casi al mismo tiempo, exclamamos lo mismo: ¡habría que ponerles una golpiza a ellos y a sus padres! Y nos quedamos pasmados, sin poder decir nada más.

Al poco rato llegó mi alumna, venía corriendo pues había tenido examen en su universidad y debíamos apurarnos pues ella trabaja muy lejos del café donde tomamos la clase. Ella es una muchacha de la edad de los jóvenes que acababan de irse, vive con sus padres y está a punto de terminar su carrera de mercadotecnia y, además, trabaja como auditora en una empresa muy grande.

Le pregunté cómo eran sus padres, cómo la habían criado, cómo era su ambiente familiar y me dijo que su padre era muy estricto con ella y sus dos hermanas, que les daban todo pero les exigían mucho. Que debían salir bien en la escuela, ayudar a su madre en casa y si trabajaban, aportar algo para los gastos familiares. Su padre y su madre tenían 30 años de casados y ahora ambos eran pensionados y viajaban juntos cada vez que podían.

A Claudia, así se llama mi alumna, se le iluminaba el rostro con una sonrisa cada vez que hablaba de ellos, o de su niñez o de sus hermanas y decía que era muy afortunada de haber crecido en una familia que le enseñó el valor del esfuerzo, del trabajo y del estudio, pues eso la estaba convirtiendo en un ser productivo, independiente, pleno y feliz.

Claudia me confirmó lo que siempre he sabido, el amor de los padres por sus hijos e hijas se manifiesta no en lo que les den, sino en lo que les enseñen a ganarse por sí mismos. No en la cosas materiales que les proporcionen, sino en el tiempo que les dediquen, en la enseñanza y en los valores que les transmitan, como el del trabajo para un bien común, en la solidaridad, en el afecto, en el apego a la familia y los amigos, en la igualdad y el respeto, en la sencillez, en la disciplina y en fin, en los valores de la democracia.

Conrado y yo volteamos a vernos con una sonrisita cómplice pero que afirmaba que no todo estaba podrido, después de todo. Que por cada “nini” había, al menos, otro joven productivo y útil. Pedí otro café y comencé a dar mi clase.


Teresa Padrón Benavides

miércoles, 17 de junio de 2015

En defensa del padre


“Escucha, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no abandones la enseñanza de tu madre”
Proverbios, 1:18
A mi esposo, Hector Islas Azaïs,  papá de José Emilio.


Hace un poco más de un mes, la euforia colectiva se apoderaba de las calles, los restaurantes, los centros comerciales y los parques. Todos querían “festejar a mamá” en su día. Las florerías, las zapaterías  y las tiendas de ropa y accesorios hacían su “agosto en mayo”. Y cómo no, si “madre sólo hay una”, reza el refrán. En México, el culto guadalupano se entrelaza con la devoción a la figura materna y entre ambos forman una simbiosis única, sólo equiparable a lo que ocurre en países como Italia, por ejemplo.

La madre mexicana (con sus salvedades, por supuesto) es el centro de la mayoría de las familias y en torno a ella transcurre la vida. Pero no sólo eso, la gran influencia de la madre en el carácter y en la personalidad de los mexicanos (y de todas las culturas), es innegable. Los hijos somos, en gran medida, producto de lo que nuestras madres han hecho de nosotros. Sin embargo, esto no siempre es así.

A pesar de que hoy en día la figura paterna goza de poco prestigio gracias a gran parte del discurso feminista (o más bien, del discurso machista femenino), y al machismo exacerbado de muchos “hombres”, para quienes el concepto de masculinidad se rige por las conductas machistas, el vocabulario soez, el comportamiento violento y los chistes fálicos, aun hay culturas que consideran al padre una figura central para el desarrollo emocional y afectivo de los hijos y, sobre todo, para la formación de su carácter, de su personalidad y de lo que llegarán  a ser de adultos.

Tal es el caso del judaísmo, una tradición patriarcal que a lo largo de muchos siglos de historia ha sufrido modificaciones considerables en torno al papel que desempeña el padre en el seno familiar. Si bien es cierto que a Yahvé se le menciona como “Él”, en la Torá, jamás se nos dice que el artículo utilizado corresponda con el género de Di_s, pues Éste es todo y lo abraca todo. También podemos pensar en las figuras de nuestros patriarcas como Abraham, Isaac o Moisés, todos ellos varones y creer que son ellos quienes sirven de modelo a esta milenaria tradición, sin embargo no es así.

La Torá está llena de mujeres ejemplares que destacaron por su coraje, su valentía y so amor a Di_s y que arriesgaron su vida a favor de su pueblo, y son por eso consideradas nuestras “madres”, como Ruth, Sara, Rebeca, Nohemí y Miriam, entre otras.  Cada una de ellas, en diferentes momentos y de formas distintas, se equipararon a los hombres y éstos les concedieron el crédito que merecían y las consideraron como sus iguales.

Pero volviendo a la figura paterna, el judaísmo hace énfasis en que hay ciertas actitudes ante la vida, ciertos preceptos, ciertas formas de concebir el mundo que sólo un padre puede transmitir. Por ejemplo, el padre, en el judaísmo, es quien ha de servir como modelo de trabajo y de proveedor para su familia, pero también ha de ser quien aconseje a sus hijos e hija en cuestiones prácticas, como evitar a ciertas personas nocivas, o ciertas conductas riesgosas. Pero, además, es el padre quien (apoyado siempre y en común acuerdo con la madre), guiará a sus hijos e hijas en el estudio de la Torá.
Es él quien, con su experiencia y con amorosa paciencia, irá explicando a los hijos e hijas cómo es que los preceptos de la Torá se transforman en “acción”, en “práctica”, para llevar una vida buena en todos los sentidos.

Es el padre además, muchas veces apoyado por su esposa, quien también trabaja fuera de casa, el responsable de procurar a su familia todo lo necesario para una vida sin carencias, que les permita a sus hijos e hijas poder dedicarse al estudio de la Torá y de la profesión que hayan escogido hasta que llegue el momento de que puedan ser independientes económicamente. En ese sentido, es el padre la figura masculina que más influencia ejercerá sobre ellos. Con su fortaleza física, su ánimo, su carácter, su sentido del humor y su esfuerzo para bienestar familiar, el padre demuestra su amor por ellos, por los suyos.

La madre, por su parte, es la gran fuente de ternura y de amor de la que los hijos e hijas abrevan. Ella, aunque muchas veces se desarrolle también profesionalmente o trabaje fuera de casa, es la responsable del cuidado del hogar, en todos los aspectos y es la transmisora de los afectos, las emociones, los sentimientos que acompañarán a sus hijos e su trance por la vida y que serán los que definan en gran medida su personalidad. Ella también habrá de servir de ejemplo de cómo se debe servir a Di_s. El amor  que profese a su esposo será referente suficiente para que los hijos e hijas aprendan que ambos, padre y madre, son igualmente importantes en su vida y en lo que ellos y ellas llegarán a ser.

Por eso, debemos festejara al padre igual que como lo hacemos con la madre y no precisamente obsequiándoles con regalos costosos o comidas fuera, sino manifestándoles nuestro amor y respeto por sus enseñanzas, por su compañía y por su dedicación y devoción a nosotros.

¡Felicidades papás!


Teresa de Jesús Padrón Benavides

lunes, 25 de mayo de 2015

A Su imagen y semejanza


El cuerpo humano es casi perfecto. Su maquinaria fue hecha siguiendo un minucioso y complejo instructivo en donde cada cavidad, cada orificio, cada vertebra, cada vena son una intrincada red de carreteras, túneles, cuevas, montanas, ríos y mares a través de los cuales fluye la vida. Cuando enfermamos, este sofisticado aparato sufre averías algunas veces menores, otras veces serias y difíciles de arreglar. Algunas veces incluso, estas descomposturas causan la muerte. Por eso es tan importante cuidarlo. Al nacer, y durante nuestra infancia, nuestros padres procuran alimentarnos bien,  protegernos de los peligros del clima extremo, procurarnos un espacio seguro donde podamos jugar sin peligros, etcétera. Conforme crecemos, nos advierten de otro tipo de peligros a los que nuestro cuerpo se expone, en especial, al relacionarnos con otras personas. En la adolescencia se nos advierte acerca de las enfermedades de transmisión sexual y del consumo de algunas drogas que son altamente adictivas y dañinas y cuyos daños colaterales al cerebro causan casi siempre la muerte. Al llegar a la edad adulta, depende totalmente de nosotros cuidar ambas cosas, la mente y el cuerpo, pues la primera es parte del segundo y una parte esencial, por eso no es de extrañar que los griegos dijeran “Mente sana en cuerpo sano” y enviasen a los jóvenes a estudiar los grandes temas de la filosofía y a practicar los deportes que consideraban aptos para desarrollar sus capacidades físicas e intelectuales al máximo.
Sin embargo, hoy en día estamos asistiendo a un panorama verdaderamente desolador. En la actualidad, la práctica de deportes extremos, los tatuajes, los piercings y los excesos en la comida, la bebida, el sexo sin protección y los placeres de todo tipo, están enviándonos un mensaje alarmante: nuestro cuerpo es, en el mejor de los casos, un centro de experimentación para todo tipo de sensaciones, que van desde el máximo placer hasta el dolor físico más agudo. Los jóvenes, en su ansia por vivir al máximo y experimentar todo en poco tiempo (pues el futuro es algo que esta fuera de su discurso), recurren a todo aquello que les proporcione este tipo de sensaciones, de experiencias y de emociones para sentir esa adrenalina y esa catarsis que antes provenía de enfrentar los peligros de la guerra, de las competencias deportivas, de la reflexión y discusión filosóficas y del trabajo y el esfuerzo en beneficio de la comunidad.
Malcom Philips, un antropólogo norteamericano de la Universidad de Arizona, publico hace un par de meses un artículo en Scientific American, en donde advierte de los peligros del estilo de vida inútil que es cada vez mar recurrente en las familias de clase media y clase baja no solo en Estados Unidos, sino en America Latina.  Su investigación es muy interesante pues Philips, quien también es doctor en psicología y especialista en trastornos de la conducta por la misma universidad, centra su atención en la estrecha relación entre autoestima y estilo de vida. En las sociedades de consumo, en especial en el llamado Tercer Mundo, nos hacen creer que la única vida digna de ser vivida es una en la cual podamos satisfacer todos nuestros deseos, sin importar las consecuencias que esto traiga para nosotros y para las personas que usamos como vehículo para lograrlo. Sin embargo, dice Philips, esto no es verdad y la prueba más visible de ello es que nuestros cuerpos se han deteriorado junto con nuestras mentes a tal punto que no “vivimos”, sino que “funcionamos” a medias, “reaccionamos” a ciertos estímulos, pero solo parcialmente, pues nos hemos convertido en seres casi inanimados (es decir, sin alma, sin “anima”), que no reaccionan ante, por ejemplo, el dolor de otras personas, de sus necesidades, de sus sufrimientos, o de sus sentimientos.
Para Philips, como para muchos otros estudiosos de la materia, el origen del problema se remonta a nuestra infancia, a nuestra primera educación, que es la que nos dieron en casa. El niño, al contacto con sus padres y el resto de su familia, ira asimilando todo aquello que estos practiquen y eso será su primer referente y su primera “fuente de inspiración” para cuidar o descuidar su cuerpo, el de los demás y, en definitiva, el entorno natural o las cosas “vivas” que lo rodean. “Cuando los niños nacen, crecen y se desenvuelven en un entorno familiar que privilegia el trabajo, el esfuerzo físico, los buenos hábitos de higiene y alimentación en beneficio del cuerpo y de la salud, lo que en realidad están aprendiendo es que el cuerpo y la mente son algo valioso, algo que vale la pena cuidar y preservar, pues el cuerpo es una parte muy importante de lo que somos: individuos irrepetibles, únicos y especiales. La otra parte es la mente (espíritu, alma o como quiera que lo llamemos) y esta también debe cuidarse con el mismo esmero, pero recurriendo no solo a los buenos hábitos físicos, sino a una serie de recursos creados ex profeso para esto: el estudio, la lectura, la discusión filosófica, el esparcimiento, la cultura, etcétera.
En este sentido, Philips menciona algo muy importante, que ha sido tema de estudio también de filósofos como la española Victoria Camps, o la norteamericana Martha C. Nussbaum, a saber, el cultivo de los buenos sentimientos.  Es curioso como últimamente el tema de los sentimientos, del alma, del espíritu, ha sido recurrente en los foros de discusión de las universidades más importantes del mundo occidental. Y es un tema delicado pues cuando pensamos de donde puede surgir una ética que privilegie la vida en todas sus formas y de todas las maneras posibles, nos cuidamos mucho de no meternos con Dios y en cambio, apelamos a las ya conocidas formas de pensamiento agnósticas desde Platón hasta nuestros días (el subrayado es mío).
Y es que no nos gusta penetrar el terreno de la religión pues sabemos que es escabroso,  y que siempre, o casi siempre conduce a un cuello de botella difícil de sortear pues poner a Dios, a la espiritualidad o a la fe en el centro de un debate moral, nos obliga a tomar partido, a aceptar, a ceder, a dar concesiones, al menos un poco, respecto del hecho de que para muchos de nosotros, la ética, la moral y la vida buena emanan de nuestra conciencia espiritual, o de nuestra creencia en que poseemos un alma, un espíritu y no somos solamente carne, materia inanimada (es decir, sin alma).
Sin embargo, los filósofos, antropólogos, sociólogos, sicólogos  y casi todos los humanistas coinciden en que es urgente un retorno al cultivo de la vida espiritual, cualquiera que sea la religión o la creencia que profesemos, pero que ello conduzca realmente a hacer de nosotros mejores criaturas en todos los sentidos y, sobre todo, que contribuya a enriquecer nuestra vida y la de quienes nos rodean y que nos despierte y nos haga conscientes de lo precioso que es la vida, de lo único e irrepetible que somos cada uno de nosotros y del hecho trascendente de que somos seres perfectibles, susceptibles de cambiar, de modificar todo aquello que nos hace daño no solamente a nivel físico sino también intelectual y afectivo pero que eso solo es posible cultivando el espíritu a través no solo de la religión o de cualquiera que sea nuestra creencia, sino de todos los quehaceres humanos que nos engrandecen, que nos ennoblecen y que nos dignifican.
Para nosotros, los judíos, es perfectamente claro. El cuerpo es sagrado, es un receptáculo para el alma y como tal, es igualmente importante cuidar uno como la otra. Y en el cuidado que damos al cuerpo y al espíritu se refleja nuestro amor por Dios, quien nos creo a imagen Suya. Por eso, una de las oraciones matutinas que los judíos pronunciamos al levantarnos es “Asher Yatzar”, que dice algo así como: “Bendito seas Adonai, rey del universo, que hizo al hombre y a la mujer con sabiduría y lo creo con muchos orificios y muchas cavidades… es claro y bien conocido en tu Santo trono de gloria que si uno solo de estos orificios se bloquea o se obstruye nos sería imposible sobrevivir y llegar a estar ante tu presencia. Bendito eres Tu, Adonai, quien cura toda carne y obra maravillas en el cuerpo.”

Pero sin importar lo que crean los demás, el cuidado y el esmero que ponemos en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu o, al contrario, el descuido y el desinterés a que los sometamos, es sinónimo del amor o el desprecio que sentimos hacia nosotros mismos y, en ese sentido, del amor o el desprecio que sentimos hacia la vida en todas sus formas.

A Su imagen y semejanza


El cuerpo humano es casi perfecto. Su maquinaria fue hecha siguiendo un minucioso y complejo instructivo en donde cada cavidad, cada orificio, cada vertebra, cada vena son una intrincada red de carreteras, túneles, cuevas, montanas, ríos y mares a través de los cuales fluye la vida. Cuando enfermamos, este sofisticado aparato sufre averías algunas veces menores, otras veces serias y difíciles de arreglar. Algunas veces incluso, estas descomposturas causan la muerte. Por eso es tan importante cuidarlo. Al nacer, y durante nuestra infancia, nuestros padres procuran alimentarnos bien,  protegernos de los peligros del clima extremo, procurarnos un espacio seguro donde podamos jugar sin peligros, etcétera. Conforme crecemos, nos advierten de otro tipo de peligros a los que nuestro cuerpo se expone, en especial, al relacionarnos con otras personas. En la adolescencia se nos advierte acerca de las enfermedades de transmisión sexual y del consumo de algunas drogas que son altamente adictivas y dañinas y cuyos daños colaterales al cerebro causan casi siempre la muerte. Al llegar a la edad adulta, depende totalmente de nosotros cuidar ambas cosas, la mente y el cuerpo, pues la primera es parte del segundo y una parte esencial, por eso no es de extrañar que los griegos dijeran “Mente sana en cuerpo sano” y enviasen a los jóvenes a estudiar los grandes temas de la filosofía y a practicar los deportes que consideraban aptos para desarrollar sus capacidades físicas e intelectuales al máximo.
Sin embargo, hoy en día estamos asistiendo a un panorama verdaderamente desolador. En la actualidad, la práctica de deportes extremos, los tatuajes, los piercings y los excesos en la comida, la bebida, el sexo sin protección y los placeres de todo tipo, están enviándonos un mensaje alarmante: nuestro cuerpo es, en el mejor de los casos, un centro de experimentación para todo tipo de sensaciones, que van desde el máximo placer hasta el dolor físico más agudo. Los jóvenes, en su ansia por vivir al máximo y experimentar todo en poco tiempo (pues el futuro es algo que esta fuera de su discurso), recurren a todo aquello que les proporcione este tipo de sensaciones, de experiencias y de emociones para sentir esa adrenalina y esa catarsis que antes provenía de enfrentar los peligros de la guerra, de las competencias deportivas, de la reflexión y discusión filosóficas y del trabajo y el esfuerzo en beneficio de la comunidad.
Malcom Philips, un antropólogo norteamericano de la Universidad de Arizona, publico hace un par de meses un artículo en Scientific American, en donde advierte de los peligros del estilo de vida inútil que es cada vez mar recurrente en las familias de clase media y clase baja no solo en Estados Unidos, sino en America Latina.  Su investigación es muy interesante pues Philips, quien también es doctor en psicología y especialista en trastornos de la conducta por la misma universidad, centra su atención en la estrecha relación entre autoestima y estilo de vida. En las sociedades de consumo, en especial en el llamado Tercer Mundo, nos hacen creer que la única vida digna de ser vivida es una en la cual podamos satisfacer todos nuestros deseos, sin importar las consecuencias que esto traiga para nosotros y para las personas que usamos como vehículo para lograrlo. Sin embargo, dice Philips, esto no es verdad y la prueba más visible de ello es que nuestros cuerpos se han deteriorado junto con nuestras mentes a tal punto que no “vivimos”, sino que “funcionamos” a medias, “reaccionamos” a ciertos estímulos, pero solo parcialmente, pues nos hemos convertido en seres casi inanimados (es decir, sin alma, sin “anima”), que no reaccionan ante, por ejemplo, el dolor de otras personas, de sus necesidades, de sus sufrimientos, o de sus sentimientos.
Para Philips, como para muchos otros estudiosos de la materia, el origen del problema se remonta a nuestra infancia, a nuestra primera educación, que es la que nos dieron en casa. El niño, al contacto con sus padres y el resto de su familia, ira asimilando todo aquello que estos practiquen y eso será su primer referente y su primera “fuente de inspiración” para cuidar o descuidar su cuerpo, el de los demás y, en definitiva, el entorno natural o las cosas “vivas” que lo rodean. “Cuando los niños nacen, crecen y se desenvuelven en un entorno familiar que privilegia el trabajo, el esfuerzo físico, los buenos hábitos de higiene y alimentación en beneficio del cuerpo y de la salud, lo que en realidad están aprendiendo es que el cuerpo y la mente son algo valioso, algo que vale la pena cuidar y preservar, pues el cuerpo es una parte muy importante de lo que somos: individuos irrepetibles, únicos y especiales. La otra parte es la mente (espíritu, alma o como quiera que lo llamemos) y esta también debe cuidarse con el mismo esmero, pero recurriendo no solo a los buenos hábitos físicos, sino a una serie de recursos creados ex profeso para esto: el estudio, la lectura, la discusión filosófica, el esparcimiento, la cultura, etcétera.
En este sentido, Philips menciona algo muy importante, que ha sido tema de estudio también de filósofos como la española Victoria Camps, o la norteamericana Martha C. Nussbaum, a saber, el cultivo de los buenos sentimientos.  Es curioso como últimamente el tema de los sentimientos, del alma, del espíritu, ha sido recurrente en los foros de discusión de las universidades más importantes del mundo occidental. Y es un tema delicado pues cuando pensamos de donde puede surgir una ética que privilegie la vida en todas sus formas y de todas las maneras posibles, nos cuidamos mucho de no meternos con Dios y en cambio, apelamos a las ya conocidas formas de pensamiento agnósticas desde Platón hasta nuestros días (el subrayado es mío).
Y es que no nos gusta penetrar el terreno de la religión pues sabemos que es escabroso,  y que siempre, o casi siempre conduce a un cuello de botella difícil de sortear pues poner a Dios, a la espiritualidad o a la fe en el centro de un debate moral, nos obliga a tomar partido, a aceptar, a ceder, a dar concesiones, al menos un poco, respecto del hecho de que para muchos de nosotros, la ética, la moral y la vida buena emanan de nuestra conciencia espiritual, o de nuestra creencia en que poseemos un alma, un espíritu y no somos solamente carne, materia inanimada (es decir, sin alma).
Sin embargo, los filósofos, antropólogos, sociólogos, sicólogos  y casi todos los humanistas coinciden en que es urgente un retorno al cultivo de la vida espiritual, cualquiera que sea la religión o la creencia que profesemos, pero que ello conduzca realmente a hacer de nosotros mejores criaturas en todos los sentidos y, sobre todo, que contribuya a enriquecer nuestra vida y la de quienes nos rodean y que nos despierte y nos haga conscientes de lo precioso que es la vida, de lo único e irrepetible que somos cada uno de nosotros y del hecho trascendente de que somos seres perfectibles, susceptibles de cambiar, de modificar todo aquello que nos hace daño no solamente a nivel físico sino también intelectual y afectivo pero que eso solo es posible cultivando el espíritu a través no solo de la religión o de cualquiera que sea nuestra creencia, sino de todos los quehaceres humanos que nos engrandecen, que nos ennoblecen y que nos dignifican.
Para nosotros, los judíos, es perfectamente claro. El cuerpo es sagrado, es un receptáculo para el alma y como tal, es igualmente importante cuidar uno como la otra. Y en el cuidado que damos al cuerpo y al espíritu se refleja nuestro amor por Dios, quien nos creo a imagen Suya. Por eso, una de las oraciones matutinas que los judíos pronunciamos al levantarnos es “Asher Yatzar”, que dice algo así como: “Bendito seas Adonai, rey del universo, que hizo al hombre y a la mujer con sabiduría y lo creo con muchos orificios y muchas cavidades… es claro y bien conocido en tu Santo trono de gloria que si uno solo de estos orificios se bloquea o se obstruye nos sería imposible sobrevivir y llegar a estar ante tu presencia. Bendito eres Tu, Adonai, quien cura toda carne y obra maravillas en el cuerpo.”

Pero sin importar lo que crean los demás, el cuidado y el esmero que ponemos en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu o, al contrario, el descuido y el desinterés a que los sometamos, es sinónimo del amor o el desprecio que sentimos hacia nosotros mismos y, en ese sentido, del amor o el desprecio que sentimos hacia la vida en todas sus formas.

A imagen y semejanza Suyas




El cuerpo humano es casi perfecto. Su maquinaria fue hecha siguiendo un minucioso y complejo instructivo en donde cada cavidad, cada orificio, cada vertebra, cada vena son una intrincada red de carreteras, túneles, cuevas, montanas, ríos y mares a través de los cuales fluye la vida. Cuando enfermamos, este sofisticado aparato sufre averías algunas veces menores, otras veces serias y difíciles de arreglar. Algunas veces incluso, estas descomposturas causan la muerte. Por eso es tan importante cuidarlo. Al nacer, y durante nuestra infancia, nuestros padres procuran alimentarnos bien,  protegernos de los peligros del clima extremo, procurarnos un espacio seguro donde podamos jugar sin peligros, etcétera. Conforme crecemos, nos advierten de otro tipo de peligros a los que nuestro cuerpo se expone, en especial, al relacionarnos con otras personas. En la adolescencia se nos advierte acerca de las enfermedades de transmisión sexual y del consumo de algunas drogas que son altamente adictivas y dañinas y cuyos daños colaterales al cerebro causan casi siempre la muerte. Al llegar a la edad adulta, depende totalmente de nosotros cuidar ambas cosas, la mente y el cuerpo, pues la primera es parte del segundo y una parte esencial, por eso no es de extrañar que los griegos dijeran “Mente sana en cuerpo sano” y enviasen a los jóvenes a estudiar los grandes temas de la filosofía y a practicar los deportes que consideraban aptos para desarrollar sus capacidades físicas e intelectuales al máximo.
Sin embargo, hoy en día estamos asistiendo a un panorama verdaderamente desolador. En la actualidad, la práctica de deportes extremos, los tatuajes, los piercings y los excesos en la comida, la bebida, el sexo sin protección y los placeres de todo tipo, están enviándonos un mensaje alarmante: nuestro cuerpo es, en el mejor de los casos, un centro de experimentación para todo tipo de sensaciones, que van desde el máximo placer hasta el dolor físico más agudo. Los jóvenes, en su ansia por vivir al máximo y experimentar todo en poco tiempo (pues el futuro es algo que esta fuera de su discurso), recurren a todo aquello que les proporcione este tipo de sensaciones, de experiencias y de emociones para sentir esa adrenalina y esa catarsis que antes provenía de enfrentar los peligros de la guerra, de las competencias deportivas, de la reflexión y discusión filosóficas y del trabajo y el esfuerzo en beneficio de la comunidad.
Malcom Philips, un antropólogo norteamericano de la Universidad de Arizona, publico hace un par de meses un artículo en Scientific American, en donde advierte de los peligros del estilo de vida inútil que es cada vez mar recurrente en las familias de clase media y clase baja no solo en Estados Unidos, sino en America Latina.  Su investigación es muy interesante pues Philips, quien también es doctor en psicología y especialista en trastornos de la conducta por la misma universidad, centra su atención en la estrecha relación entre autoestima y estilo de vida. En las sociedades de consumo, en especial en el llamado Tercer Mundo, nos hacen creer que la única vida digna de ser vivida es una en la cual podamos satisfacer todos nuestros deseos, sin importar las consecuencias que esto traiga para nosotros y para las personas que usamos como vehículo para lograrlo. Sin embargo, dice Philips, esto no es verdad y la prueba más visible de ello es que nuestros cuerpos se han deteriorado junto con nuestras mentes a tal punto que no “vivimos”, sino que “funcionamos” a medias, “reaccionamos” a ciertos estímulos, pero solo parcialmente, pues nos hemos convertido en seres casi inanimados (es decir, sin alma, sin “anima”), que no reaccionan ante, por ejemplo, el dolor de otras personas, de sus necesidades, de sus sufrimientos, o de sus sentimientos.
Para Philips, como para muchos otros estudiosos de la materia, el origen del problema se remonta a nuestra infancia, a nuestra primera educación, que es la que nos dieron en casa. El niño, al contacto con sus padres y el resto de su familia, ira asimilando todo aquello que estos practiquen y eso será su primer referente y su primera “fuente de inspiración” para cuidar o descuidar su cuerpo, el de los demás y, en definitiva, el entorno natural o las cosas “vivas” que lo rodean. “Cuando los niños nacen, crecen y se desenvuelven en un entorno familiar que privilegia el trabajo, el esfuerzo físico, los buenos hábitos de higiene y alimentación en beneficio del cuerpo y de la salud, lo que en realidad están aprendiendo es que el cuerpo y la mente son algo valioso, algo que vale la pena cuidar y preservar, pues el cuerpo es una parte muy importante de lo que somos: individuos irrepetibles, únicos y especiales. La otra parte es la mente (espíritu, alma o como quiera que lo llamemos) y esta también debe cuidarse con el mismo esmero, pero recurriendo no solo a los buenos hábitos físicos, sino a una serie de recursos creados ex profeso para esto: el estudio, la lectura, la discusión filosófica, el esparcimiento, la cultura, etcétera.
En este sentido, Philips menciona algo muy importante, que ha sido tema de estudio también de filósofos como la española Victoria Camps, o la norteamericana Martha C. Nussbaum, a saber, el cultivo de los buenos sentimientos.  Es curioso como últimamente el tema de los sentimientos, del alma, del espíritu, ha sido recurrente en los foros de discusión de las universidades más importantes del mundo occidental. Y es un tema delicado pues cuando pensamos de donde puede surgir una ética que privilegie la vida en todas sus formas y de todas las maneras posibles, nos cuidamos mucho de no meternos con Dios y en cambio, apelamos a las ya conocidas formas de pensamiento agnósticas desde Platón hasta nuestros días (el subrayado es mío).
Y es que no nos gusta penetrar el terreno de la religión pues sabemos que es escabroso,  y que siempre, o casi siempre conduce a un cuello de botella difícil de sortear pues poner a Dios, a la espiritualidad o a la fe en el centro de un debate moral, nos obliga a tomar partido, a aceptar, a ceder, a dar concesiones, al menos un poco, respecto del hecho de que para muchos de nosotros, la ética, la moral y la vida buena emanan de nuestra conciencia espiritual, o de nuestra creencia en que poseemos un alma, un espíritu y no somos solamente carne, materia inanimada (es decir, sin alma).
Sin embargo, los filósofos, antropólogos, sociólogos, sicólogos  y casi todos los humanistas coinciden en que es urgente un retorno al cultivo de la vida espiritual, cualquiera que sea la religión o la creencia que profesemos, pero que ello conduzca realmente a hacer de nosotros mejores criaturas en todos los sentidos y, sobre todo, que contribuya a enriquecer nuestra vida y la de quienes nos rodean y que nos despierte y nos haga conscientes de lo precioso que es la vida, de lo único e irrepetible que somos cada uno de nosotros y del hecho trascendente de que somos seres perfectibles, susceptibles de cambiar, de modificar todo aquello que nos hace daño no solamente a nivel físico sino también intelectual y afectivo pero que eso solo es posible cultivando el espíritu a través no solo de la religión o de cualquiera que sea nuestra creencia, sino de todos los quehaceres humanos que nos engrandecen, que nos ennoblecen y que nos dignifican.
Para nosotros, los judíos, es perfectamente claro. El cuerpo es sagrado, es un receptáculo para el alma y como tal, es igualmente importante cuidar uno como la otra. Y en el cuidado que damos al cuerpo y al espíritu se refleja nuestro amor por Dios, quien nos creo a imagen Suya. Por eso, una de las oraciones matutinas que los judíos pronunciamos al levantarnos es “Asher Yatzar”, que dice algo así como: “Bendito seas Adonai, rey del universo, que hizo al hombre y a la mujer con sabiduría y lo creo con muchos orificios y muchas cavidades… es claro y bien conocido en tu Santo trono de gloria que si uno solo de estos orificios se bloquea o se obstruye nos sería imposible sobrevivir y llegar a estar ante tu presencia. Bendito eres Tu, Adonai, quien cura toda carne y obra maravillas en el cuerpo.”

Pero sin importar lo que crean los demás, el cuidado y el esmero que ponemos en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu o, al contrario, el descuido y el desinterés a que los sometamos, es sinónimo del amor o el desprecio que sentimos hacia nosotros mismos y, en ese sentido, del amor o el desprecio que sentimos hacia la vida en todas sus formas.

martes, 5 de mayo de 2015

“Estudia, trabaja, y haz lo que quieras…”



A San Agustín de Hipona, el gran filosofo y teólogo del siglo cuarto, se le atribuye, entre muchas otras frases la de “Ama y haz lo que quieras” para referirse a que, al menos para el buen cristiano, si uno ama a Dios, no puede hacer el mal. Es decir, nada de lo que haga alguien que ame a Dios, puede ser malo.

De acuerdo a esta idea, del amor a Dios emanan el bien, la justicia, la solidaridad, el respeto por la vida, el afecto y en fin, los buenos sentimientos y las cosas que nos hacen buenos. Entre esas cosas, están el trabajo y el estudio. Para san Agustín, quien en su búsqueda por la verdad había abrevado del Antiguo Testamento, es decir, del judaísmo, el estudio y el trabajo dignificaban al hombre, pues lo acercaban a Dios al transformar con sus conocimientos y con su trabajo el entorno en el que viven para beneficio de los demás (y del suyo propio). El estudio y el trabajo son la manifestación del amor que uno siente por Dios, pues en el afán por desentrañar los misterios de la Creación y poniendo en práctica lo aprendido es como los seres humanos devolvemos a Dios un poco de lo mucho que de Él hemos recibido.

San Agustín hablaba de que las ideas eternas están en Dios y son estas los arquetipos que El usa para crear el Cosmos. Dios, que está lleno de amor, sale de sí mismo y crea por amor el mundo a través de rationes seminales o gérmenes que explican la evolución que es una constante actividad creadora fundada en el estudio y el trabajo sin los cuales nada existiría. Y todo lo que existe, lo que Dios crea es bueno, el mal carece de entidad, es ausencia de bien y fruto indeseable del libre albedrio. Si enfatizo con cursivas las palabras “estudio” y “trabajo”, es porque creo, como San Agustín y como los escritores del Antiguo Testamento que el amor a Dios (que es para mí sinónimo de amor a la vida, en todas sus formas y, por extensión, amor a uno mismo y al prójimo), se pone de manifiesto cuando realizamos estas dos actividades. El estudio para develar en la medida de lo posible los misterios de la vida, para adquirir conocimiento, sabiduría y el trabajo para poner todo ese saber al servicio de la humanidad.

Si nos atenemos a esta idea, lo opuesto, es decir, la aversión por Dios y por la vida en general, se pone de manifiesto cuando no realizamos ninguna de estas cosas. En otras palabras, el desprecio por el estudio y por el trabajo son sinónimos del desprecio por la vida, la propia y la de los demás.

Aquellos para quienes la vida debe servirles y no se cuestionan cada día respecto de que es lo que ellos aportan en beneficio o perjuicio de la humanidad de la que forman parte son, a mi juicio, seres inútiles, parásitos que solo contribuyen a deteriorar el medio en el que habitan sin aportar ningún beneficio y si causando daño a su entorno, pues viven para consumir, depredar y destruir en vez de vivir para aprender, crear y aportar cosas buenas a la sociedad de la que dependen para su sustento.

Pero volviendo a la máxima de San Agustín de “Ama y haz lo que quieras”, si escudriñamos su significado, descubrimos también que lo que el filosofo de Hipona quería decir era que cualquier tipo de amor que no surja del amor a Dios debe ser puesto en duda, pues solo de este pueden emanar los verdaderos sentimientos nobles y estos son los que nos mueven a actuar en al mundo, los que nos hacen ir mas allá de nuestros límites y nos incitan a aprender, a trabajar y a demostrar así cuanto amamos a Dios y, en consecuencia, cuanto amamos la vida nuestra y de los demás.

De todo esto podemos concluir que debemos poner en tela de juicio cualquier “amor” que no se manifieste a través del estudio, del aprendizaje, del esfuerzo, del trabajo, pues son estas las pruebas más claras del verdadero amor, en todas sus formas, pues solo a través de el estudio y el trabajo es que los hombres pueden realizarse plenamente como individuos y llegar a alcanzar la sabiduría y las habilidades necesarias para desarrollar sus facultades al máximo y para ponerlas al servicio de la humanidad, pues solo así podemos afirmar que amamos a Dios y, por lo tanto, que sabemos amar, en general.

Teresa de Jesús Padrón Benavides