El
cuerpo humano es casi perfecto. Su
maquinaria fue hecha siguiendo un minucioso y complejo instructivo en donde
cada cavidad, cada orificio, cada vertebra, cada vena son una intrincada red de
carreteras, túneles, cuevas, montanas, ríos y mares a través de los cuales
fluye la vida. Cuando enfermamos, este sofisticado aparato sufre averías
algunas veces menores, otras veces serias y difíciles de arreglar. Algunas
veces incluso, estas descomposturas causan la muerte. Por eso es tan importante
cuidarlo. Al nacer, y durante nuestra infancia, nuestros padres procuran
alimentarnos bien, protegernos de los
peligros del clima extremo, procurarnos un espacio seguro donde podamos jugar
sin peligros, etcétera. Conforme crecemos, nos advierten de otro tipo de
peligros a los que nuestro cuerpo se expone, en especial, al relacionarnos con
otras personas. En la adolescencia se nos advierte acerca de las enfermedades
de transmisión sexual y del consumo de algunas drogas que son altamente
adictivas y dañinas y cuyos daños colaterales al cerebro causan casi siempre la
muerte. Al llegar a la edad adulta, depende totalmente de nosotros cuidar ambas
cosas, la mente y el cuerpo, pues la primera es parte del segundo y una parte esencial,
por eso no es de extrañar que los griegos dijeran “Mente sana en cuerpo sano” y
enviasen a los jóvenes a estudiar los grandes temas de la filosofía y a
practicar los deportes que consideraban aptos para desarrollar sus capacidades
físicas e intelectuales al máximo.
Sin
embargo, hoy en día estamos asistiendo a un panorama verdaderamente desolador.
En la actualidad, la práctica de deportes extremos, los tatuajes, los piercings y los excesos en la comida, la
bebida, el sexo sin protección y los placeres de todo tipo, están enviándonos
un mensaje alarmante: nuestro cuerpo es, en el mejor de los casos, un centro de
experimentación para todo tipo de sensaciones, que van desde el máximo placer
hasta el dolor físico más agudo. Los jóvenes, en su ansia por vivir al máximo y
experimentar todo en poco tiempo (pues el futuro es algo que esta fuera de su
discurso), recurren a todo aquello que les proporcione este tipo de
sensaciones, de experiencias y de emociones para sentir esa adrenalina y esa
catarsis que antes provenía de enfrentar los peligros de la guerra, de las
competencias deportivas, de la reflexión y discusión filosóficas y del trabajo
y el esfuerzo en beneficio de la comunidad.
Malcom
Philips, un antropólogo norteamericano de la Universidad de Arizona, publico
hace un par de meses un artículo en Scientific American, en donde advierte de
los peligros del estilo de vida inútil que es cada vez mar recurrente en las
familias de clase media y clase baja no solo en Estados Unidos, sino en America
Latina. Su investigación es muy
interesante pues Philips, quien también es doctor en psicología y especialista
en trastornos de la conducta por la misma universidad, centra su atención en la
estrecha relación entre autoestima y estilo de vida. En las sociedades de
consumo, en especial en el llamado Tercer Mundo, nos hacen creer que la única
vida digna de ser vivida es una en la cual podamos satisfacer todos nuestros
deseos, sin importar las consecuencias que esto traiga para nosotros y para las
personas que usamos como vehículo para lograrlo. Sin embargo, dice Philips,
esto no es verdad y la prueba más visible de ello es que nuestros cuerpos se
han deteriorado junto con nuestras mentes a tal punto que no “vivimos”, sino
que “funcionamos” a medias, “reaccionamos” a ciertos estímulos, pero solo
parcialmente, pues nos hemos convertido en seres casi inanimados (es decir, sin alma, sin “anima”), que no
reaccionan ante, por ejemplo, el dolor de otras personas, de sus necesidades,
de sus sufrimientos, o de sus sentimientos.
Para
Philips, como para muchos otros estudiosos de la materia, el origen del problema
se remonta a nuestra infancia, a nuestra primera educación, que es la que nos
dieron en casa. El niño, al contacto con sus padres y el resto de su familia,
ira asimilando todo aquello que estos practiquen y eso será su primer referente
y su primera “fuente de inspiración” para cuidar o descuidar su cuerpo, el de
los demás y, en definitiva, el entorno natural o las cosas “vivas” que lo
rodean. “Cuando los niños nacen, crecen y se desenvuelven en un entorno
familiar que privilegia el trabajo, el esfuerzo físico, los buenos hábitos de
higiene y alimentación en beneficio del cuerpo y de la salud, lo que en
realidad están aprendiendo es que el cuerpo y la mente son algo valioso, algo
que vale la pena cuidar y preservar, pues el cuerpo es una parte muy importante
de lo que somos: individuos irrepetibles, únicos y especiales. La otra parte es
la mente (espíritu, alma o como quiera que lo llamemos) y esta también debe
cuidarse con el mismo esmero, pero recurriendo no solo a los buenos hábitos
físicos, sino a una serie de recursos creados ex profeso para esto: el
estudio, la lectura, la discusión filosófica, el esparcimiento, la cultura,
etcétera.
En
este sentido, Philips menciona algo muy importante, que ha sido tema de estudio
también de filósofos como la española Victoria Camps, o la norteamericana
Martha C. Nussbaum, a saber, el cultivo de los buenos sentimientos. Es curioso como últimamente el tema de los
sentimientos, del alma, del espíritu, ha sido recurrente en los foros de
discusión de las universidades más importantes del mundo occidental. Y es un
tema delicado pues cuando pensamos de donde puede surgir una ética que
privilegie la vida en todas sus formas y de todas las maneras posibles, nos
cuidamos mucho de no meternos con Dios y en cambio, apelamos a las ya conocidas
formas de pensamiento agnósticas desde Platón hasta nuestros días (el subrayado
es mío).
Y
es que no nos gusta penetrar el terreno de la religión pues sabemos que es
escabroso, y que siempre, o casi siempre
conduce a un cuello de botella difícil de sortear pues poner a Dios, a la
espiritualidad o a la fe en el centro de un debate moral, nos obliga a tomar
partido, a aceptar, a ceder, a dar concesiones, al menos un poco, respecto del
hecho de que para muchos de nosotros, la ética, la moral y la vida buena emanan
de nuestra conciencia espiritual, o de nuestra creencia en que poseemos un
alma, un espíritu y no somos solamente carne, materia inanimada (es decir, sin
alma).
Sin
embargo, los filósofos, antropólogos, sociólogos, sicólogos y casi todos los humanistas coinciden en que
es urgente un retorno al cultivo de la vida espiritual, cualquiera que sea la religión
o la creencia que profesemos, pero que ello conduzca realmente a hacer de
nosotros mejores criaturas en todos los sentidos y, sobre todo, que contribuya
a enriquecer nuestra vida y la de quienes nos rodean y que nos despierte y nos
haga conscientes de lo precioso que es la vida, de lo único e irrepetible que
somos cada uno de nosotros y del hecho trascendente de que somos seres
perfectibles, susceptibles de cambiar, de modificar todo aquello que nos hace daño
no solamente a nivel físico sino también intelectual y afectivo pero que eso
solo es posible cultivando el espíritu a través no solo de la religión o de
cualquiera que sea nuestra creencia, sino de todos los quehaceres humanos que
nos engrandecen, que nos ennoblecen y que nos dignifican.
Para nosotros, los judíos,
es perfectamente claro. El cuerpo es sagrado, es un receptáculo para el alma y
como tal, es igualmente importante cuidar uno como la otra. Y en el cuidado que
damos al cuerpo y al espíritu se refleja nuestro amor por Dios, quien nos creo
a imagen Suya. Por eso, una de las oraciones matutinas que los judíos pronunciamos
al levantarnos es “Asher Yatzar”, que dice algo así como: “Bendito seas Adonai,
rey del universo, que hizo al hombre y a la mujer con sabiduría y lo creo con
muchos orificios y muchas cavidades… es claro y bien conocido en tu Santo trono
de gloria que si uno solo de estos orificios se bloquea o se obstruye nos sería
imposible sobrevivir y llegar a estar ante tu presencia. Bendito eres Tu,
Adonai, quien cura toda carne y obra maravillas en el cuerpo.”
Pero sin importar lo
que crean los demás, el cuidado y el esmero que ponemos en nuestro cuerpo y en
nuestro espíritu o, al contrario, el descuido y el desinterés a que los
sometamos, es sinónimo del amor o el desprecio que sentimos hacia nosotros
mismos y, en ese sentido, del amor o el desprecio que sentimos hacia la vida en
todas sus formas.

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