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lunes, 25 de mayo de 2015

A imagen y semejanza Suyas




El cuerpo humano es casi perfecto. Su maquinaria fue hecha siguiendo un minucioso y complejo instructivo en donde cada cavidad, cada orificio, cada vertebra, cada vena son una intrincada red de carreteras, túneles, cuevas, montanas, ríos y mares a través de los cuales fluye la vida. Cuando enfermamos, este sofisticado aparato sufre averías algunas veces menores, otras veces serias y difíciles de arreglar. Algunas veces incluso, estas descomposturas causan la muerte. Por eso es tan importante cuidarlo. Al nacer, y durante nuestra infancia, nuestros padres procuran alimentarnos bien,  protegernos de los peligros del clima extremo, procurarnos un espacio seguro donde podamos jugar sin peligros, etcétera. Conforme crecemos, nos advierten de otro tipo de peligros a los que nuestro cuerpo se expone, en especial, al relacionarnos con otras personas. En la adolescencia se nos advierte acerca de las enfermedades de transmisión sexual y del consumo de algunas drogas que son altamente adictivas y dañinas y cuyos daños colaterales al cerebro causan casi siempre la muerte. Al llegar a la edad adulta, depende totalmente de nosotros cuidar ambas cosas, la mente y el cuerpo, pues la primera es parte del segundo y una parte esencial, por eso no es de extrañar que los griegos dijeran “Mente sana en cuerpo sano” y enviasen a los jóvenes a estudiar los grandes temas de la filosofía y a practicar los deportes que consideraban aptos para desarrollar sus capacidades físicas e intelectuales al máximo.
Sin embargo, hoy en día estamos asistiendo a un panorama verdaderamente desolador. En la actualidad, la práctica de deportes extremos, los tatuajes, los piercings y los excesos en la comida, la bebida, el sexo sin protección y los placeres de todo tipo, están enviándonos un mensaje alarmante: nuestro cuerpo es, en el mejor de los casos, un centro de experimentación para todo tipo de sensaciones, que van desde el máximo placer hasta el dolor físico más agudo. Los jóvenes, en su ansia por vivir al máximo y experimentar todo en poco tiempo (pues el futuro es algo que esta fuera de su discurso), recurren a todo aquello que les proporcione este tipo de sensaciones, de experiencias y de emociones para sentir esa adrenalina y esa catarsis que antes provenía de enfrentar los peligros de la guerra, de las competencias deportivas, de la reflexión y discusión filosóficas y del trabajo y el esfuerzo en beneficio de la comunidad.
Malcom Philips, un antropólogo norteamericano de la Universidad de Arizona, publico hace un par de meses un artículo en Scientific American, en donde advierte de los peligros del estilo de vida inútil que es cada vez mar recurrente en las familias de clase media y clase baja no solo en Estados Unidos, sino en America Latina.  Su investigación es muy interesante pues Philips, quien también es doctor en psicología y especialista en trastornos de la conducta por la misma universidad, centra su atención en la estrecha relación entre autoestima y estilo de vida. En las sociedades de consumo, en especial en el llamado Tercer Mundo, nos hacen creer que la única vida digna de ser vivida es una en la cual podamos satisfacer todos nuestros deseos, sin importar las consecuencias que esto traiga para nosotros y para las personas que usamos como vehículo para lograrlo. Sin embargo, dice Philips, esto no es verdad y la prueba más visible de ello es que nuestros cuerpos se han deteriorado junto con nuestras mentes a tal punto que no “vivimos”, sino que “funcionamos” a medias, “reaccionamos” a ciertos estímulos, pero solo parcialmente, pues nos hemos convertido en seres casi inanimados (es decir, sin alma, sin “anima”), que no reaccionan ante, por ejemplo, el dolor de otras personas, de sus necesidades, de sus sufrimientos, o de sus sentimientos.
Para Philips, como para muchos otros estudiosos de la materia, el origen del problema se remonta a nuestra infancia, a nuestra primera educación, que es la que nos dieron en casa. El niño, al contacto con sus padres y el resto de su familia, ira asimilando todo aquello que estos practiquen y eso será su primer referente y su primera “fuente de inspiración” para cuidar o descuidar su cuerpo, el de los demás y, en definitiva, el entorno natural o las cosas “vivas” que lo rodean. “Cuando los niños nacen, crecen y se desenvuelven en un entorno familiar que privilegia el trabajo, el esfuerzo físico, los buenos hábitos de higiene y alimentación en beneficio del cuerpo y de la salud, lo que en realidad están aprendiendo es que el cuerpo y la mente son algo valioso, algo que vale la pena cuidar y preservar, pues el cuerpo es una parte muy importante de lo que somos: individuos irrepetibles, únicos y especiales. La otra parte es la mente (espíritu, alma o como quiera que lo llamemos) y esta también debe cuidarse con el mismo esmero, pero recurriendo no solo a los buenos hábitos físicos, sino a una serie de recursos creados ex profeso para esto: el estudio, la lectura, la discusión filosófica, el esparcimiento, la cultura, etcétera.
En este sentido, Philips menciona algo muy importante, que ha sido tema de estudio también de filósofos como la española Victoria Camps, o la norteamericana Martha C. Nussbaum, a saber, el cultivo de los buenos sentimientos.  Es curioso como últimamente el tema de los sentimientos, del alma, del espíritu, ha sido recurrente en los foros de discusión de las universidades más importantes del mundo occidental. Y es un tema delicado pues cuando pensamos de donde puede surgir una ética que privilegie la vida en todas sus formas y de todas las maneras posibles, nos cuidamos mucho de no meternos con Dios y en cambio, apelamos a las ya conocidas formas de pensamiento agnósticas desde Platón hasta nuestros días (el subrayado es mío).
Y es que no nos gusta penetrar el terreno de la religión pues sabemos que es escabroso,  y que siempre, o casi siempre conduce a un cuello de botella difícil de sortear pues poner a Dios, a la espiritualidad o a la fe en el centro de un debate moral, nos obliga a tomar partido, a aceptar, a ceder, a dar concesiones, al menos un poco, respecto del hecho de que para muchos de nosotros, la ética, la moral y la vida buena emanan de nuestra conciencia espiritual, o de nuestra creencia en que poseemos un alma, un espíritu y no somos solamente carne, materia inanimada (es decir, sin alma).
Sin embargo, los filósofos, antropólogos, sociólogos, sicólogos  y casi todos los humanistas coinciden en que es urgente un retorno al cultivo de la vida espiritual, cualquiera que sea la religión o la creencia que profesemos, pero que ello conduzca realmente a hacer de nosotros mejores criaturas en todos los sentidos y, sobre todo, que contribuya a enriquecer nuestra vida y la de quienes nos rodean y que nos despierte y nos haga conscientes de lo precioso que es la vida, de lo único e irrepetible que somos cada uno de nosotros y del hecho trascendente de que somos seres perfectibles, susceptibles de cambiar, de modificar todo aquello que nos hace daño no solamente a nivel físico sino también intelectual y afectivo pero que eso solo es posible cultivando el espíritu a través no solo de la religión o de cualquiera que sea nuestra creencia, sino de todos los quehaceres humanos que nos engrandecen, que nos ennoblecen y que nos dignifican.
Para nosotros, los judíos, es perfectamente claro. El cuerpo es sagrado, es un receptáculo para el alma y como tal, es igualmente importante cuidar uno como la otra. Y en el cuidado que damos al cuerpo y al espíritu se refleja nuestro amor por Dios, quien nos creo a imagen Suya. Por eso, una de las oraciones matutinas que los judíos pronunciamos al levantarnos es “Asher Yatzar”, que dice algo así como: “Bendito seas Adonai, rey del universo, que hizo al hombre y a la mujer con sabiduría y lo creo con muchos orificios y muchas cavidades… es claro y bien conocido en tu Santo trono de gloria que si uno solo de estos orificios se bloquea o se obstruye nos sería imposible sobrevivir y llegar a estar ante tu presencia. Bendito eres Tu, Adonai, quien cura toda carne y obra maravillas en el cuerpo.”

Pero sin importar lo que crean los demás, el cuidado y el esmero que ponemos en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu o, al contrario, el descuido y el desinterés a que los sometamos, es sinónimo del amor o el desprecio que sentimos hacia nosotros mismos y, en ese sentido, del amor o el desprecio que sentimos hacia la vida en todas sus formas.

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