A
San Agustín de Hipona, el gran filosofo y teólogo del siglo cuarto, se le
atribuye, entre muchas otras frases la de “Ama y haz lo que quieras” para
referirse a que, al menos para el buen cristiano, si uno ama a Dios, no puede hacer
el mal. Es decir, nada de lo que haga alguien que ame a Dios, puede ser malo.
De
acuerdo a esta idea, del amor a Dios emanan el bien, la justicia, la
solidaridad, el respeto por la vida, el afecto y en fin, los buenos
sentimientos y las cosas que nos hacen buenos. Entre esas cosas, están el
trabajo y el estudio. Para san Agustín, quien en su búsqueda por la verdad había
abrevado del Antiguo Testamento, es decir, del judaísmo, el estudio y el
trabajo dignificaban al hombre, pues lo acercaban a Dios al transformar con sus
conocimientos y con su trabajo el entorno en el que viven para beneficio de los
demás (y del suyo propio). El estudio y el trabajo son la manifestación del
amor que uno siente por Dios, pues en el afán por desentrañar los misterios de
la Creación y poniendo en práctica lo aprendido es como los seres humanos
devolvemos a Dios un poco de lo mucho que de Él hemos recibido.
San Agustín hablaba
de que las ideas eternas están en Dios y son estas los arquetipos que El usa
para crear el Cosmos. Dios, que está
lleno de amor, sale de sí mismo y crea por amor el mundo a través de rationes seminales o gérmenes que explican
la evolución que es una constante actividad creadora fundada en el estudio y el trabajo sin los cuales
nada existiría. Y todo lo que existe, lo que Dios crea es bueno, el mal carece de
entidad, es ausencia de bien y fruto indeseable del libre albedrio. Si enfatizo con
cursivas las palabras “estudio” y “trabajo”, es porque creo, como San Agustín y
como los escritores del Antiguo Testamento que el amor a Dios (que es para mí sinónimo
de amor a la vida, en todas sus formas y, por extensión, amor a uno mismo y al prójimo),
se pone de manifiesto cuando realizamos estas dos actividades. El estudio para
develar en la medida de lo posible los misterios de la vida, para adquirir
conocimiento, sabiduría y el trabajo para poner todo ese saber al servicio de
la humanidad.
Si nos atenemos a
esta idea, lo opuesto, es decir, la aversión por Dios y por la vida en general,
se pone de manifiesto cuando no realizamos ninguna de estas cosas. En otras
palabras, el desprecio por el estudio y por el trabajo son sinónimos del
desprecio por la vida, la propia y la de los demás.
Aquellos para
quienes la vida debe servirles y no se cuestionan cada día respecto de que es
lo que ellos aportan en beneficio o perjuicio de la humanidad de la que forman
parte son, a mi juicio, seres inútiles, parásitos que solo contribuyen a
deteriorar el medio en el que habitan sin aportar ningún beneficio y si
causando daño a su entorno, pues viven para consumir, depredar y destruir en
vez de vivir para aprender, crear y aportar cosas buenas a la sociedad de la
que dependen para su sustento.
Pero volviendo a la máxima
de San Agustín de “Ama y haz lo que quieras”, si escudriñamos su significado,
descubrimos también que lo que el filosofo de Hipona quería decir era que
cualquier tipo de amor que no surja del amor a Dios debe ser puesto en duda,
pues solo de este pueden emanar los verdaderos sentimientos nobles y estos son
los que nos mueven a actuar en al mundo, los que nos hacen ir mas allá de
nuestros límites y nos incitan a aprender, a trabajar y a demostrar así cuanto
amamos a Dios y, en consecuencia, cuanto amamos la vida nuestra y de los demás.
De todo esto podemos
concluir que debemos poner en tela de juicio cualquier “amor” que no se
manifieste a través del estudio, del aprendizaje, del esfuerzo, del trabajo,
pues son estas las pruebas más claras del verdadero amor, en todas sus formas,
pues solo a través de el estudio y el trabajo es que los hombres pueden
realizarse plenamente como individuos y llegar a alcanzar la sabiduría y las
habilidades necesarias para desarrollar sus facultades al máximo y para ponerlas
al servicio de la humanidad, pues solo así podemos afirmar que amamos a Dios y,
por lo tanto, que sabemos amar, en general.
Teresa de Jesús Padrón Benavides

No hay comentarios:
Publicar un comentario