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martes, 5 de mayo de 2015

“Estudia, trabaja, y haz lo que quieras…”



A San Agustín de Hipona, el gran filosofo y teólogo del siglo cuarto, se le atribuye, entre muchas otras frases la de “Ama y haz lo que quieras” para referirse a que, al menos para el buen cristiano, si uno ama a Dios, no puede hacer el mal. Es decir, nada de lo que haga alguien que ame a Dios, puede ser malo.

De acuerdo a esta idea, del amor a Dios emanan el bien, la justicia, la solidaridad, el respeto por la vida, el afecto y en fin, los buenos sentimientos y las cosas que nos hacen buenos. Entre esas cosas, están el trabajo y el estudio. Para san Agustín, quien en su búsqueda por la verdad había abrevado del Antiguo Testamento, es decir, del judaísmo, el estudio y el trabajo dignificaban al hombre, pues lo acercaban a Dios al transformar con sus conocimientos y con su trabajo el entorno en el que viven para beneficio de los demás (y del suyo propio). El estudio y el trabajo son la manifestación del amor que uno siente por Dios, pues en el afán por desentrañar los misterios de la Creación y poniendo en práctica lo aprendido es como los seres humanos devolvemos a Dios un poco de lo mucho que de Él hemos recibido.

San Agustín hablaba de que las ideas eternas están en Dios y son estas los arquetipos que El usa para crear el Cosmos. Dios, que está lleno de amor, sale de sí mismo y crea por amor el mundo a través de rationes seminales o gérmenes que explican la evolución que es una constante actividad creadora fundada en el estudio y el trabajo sin los cuales nada existiría. Y todo lo que existe, lo que Dios crea es bueno, el mal carece de entidad, es ausencia de bien y fruto indeseable del libre albedrio. Si enfatizo con cursivas las palabras “estudio” y “trabajo”, es porque creo, como San Agustín y como los escritores del Antiguo Testamento que el amor a Dios (que es para mí sinónimo de amor a la vida, en todas sus formas y, por extensión, amor a uno mismo y al prójimo), se pone de manifiesto cuando realizamos estas dos actividades. El estudio para develar en la medida de lo posible los misterios de la vida, para adquirir conocimiento, sabiduría y el trabajo para poner todo ese saber al servicio de la humanidad.

Si nos atenemos a esta idea, lo opuesto, es decir, la aversión por Dios y por la vida en general, se pone de manifiesto cuando no realizamos ninguna de estas cosas. En otras palabras, el desprecio por el estudio y por el trabajo son sinónimos del desprecio por la vida, la propia y la de los demás.

Aquellos para quienes la vida debe servirles y no se cuestionan cada día respecto de que es lo que ellos aportan en beneficio o perjuicio de la humanidad de la que forman parte son, a mi juicio, seres inútiles, parásitos que solo contribuyen a deteriorar el medio en el que habitan sin aportar ningún beneficio y si causando daño a su entorno, pues viven para consumir, depredar y destruir en vez de vivir para aprender, crear y aportar cosas buenas a la sociedad de la que dependen para su sustento.

Pero volviendo a la máxima de San Agustín de “Ama y haz lo que quieras”, si escudriñamos su significado, descubrimos también que lo que el filosofo de Hipona quería decir era que cualquier tipo de amor que no surja del amor a Dios debe ser puesto en duda, pues solo de este pueden emanar los verdaderos sentimientos nobles y estos son los que nos mueven a actuar en al mundo, los que nos hacen ir mas allá de nuestros límites y nos incitan a aprender, a trabajar y a demostrar así cuanto amamos a Dios y, en consecuencia, cuanto amamos la vida nuestra y de los demás.

De todo esto podemos concluir que debemos poner en tela de juicio cualquier “amor” que no se manifieste a través del estudio, del aprendizaje, del esfuerzo, del trabajo, pues son estas las pruebas más claras del verdadero amor, en todas sus formas, pues solo a través de el estudio y el trabajo es que los hombres pueden realizarse plenamente como individuos y llegar a alcanzar la sabiduría y las habilidades necesarias para desarrollar sus facultades al máximo y para ponerlas al servicio de la humanidad, pues solo así podemos afirmar que amamos a Dios y, por lo tanto, que sabemos amar, en general.

Teresa de Jesús Padrón Benavides



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