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lunes, 25 de mayo de 2015

A Su imagen y semejanza


El cuerpo humano es casi perfecto. Su maquinaria fue hecha siguiendo un minucioso y complejo instructivo en donde cada cavidad, cada orificio, cada vertebra, cada vena son una intrincada red de carreteras, túneles, cuevas, montanas, ríos y mares a través de los cuales fluye la vida. Cuando enfermamos, este sofisticado aparato sufre averías algunas veces menores, otras veces serias y difíciles de arreglar. Algunas veces incluso, estas descomposturas causan la muerte. Por eso es tan importante cuidarlo. Al nacer, y durante nuestra infancia, nuestros padres procuran alimentarnos bien,  protegernos de los peligros del clima extremo, procurarnos un espacio seguro donde podamos jugar sin peligros, etcétera. Conforme crecemos, nos advierten de otro tipo de peligros a los que nuestro cuerpo se expone, en especial, al relacionarnos con otras personas. En la adolescencia se nos advierte acerca de las enfermedades de transmisión sexual y del consumo de algunas drogas que son altamente adictivas y dañinas y cuyos daños colaterales al cerebro causan casi siempre la muerte. Al llegar a la edad adulta, depende totalmente de nosotros cuidar ambas cosas, la mente y el cuerpo, pues la primera es parte del segundo y una parte esencial, por eso no es de extrañar que los griegos dijeran “Mente sana en cuerpo sano” y enviasen a los jóvenes a estudiar los grandes temas de la filosofía y a practicar los deportes que consideraban aptos para desarrollar sus capacidades físicas e intelectuales al máximo.
Sin embargo, hoy en día estamos asistiendo a un panorama verdaderamente desolador. En la actualidad, la práctica de deportes extremos, los tatuajes, los piercings y los excesos en la comida, la bebida, el sexo sin protección y los placeres de todo tipo, están enviándonos un mensaje alarmante: nuestro cuerpo es, en el mejor de los casos, un centro de experimentación para todo tipo de sensaciones, que van desde el máximo placer hasta el dolor físico más agudo. Los jóvenes, en su ansia por vivir al máximo y experimentar todo en poco tiempo (pues el futuro es algo que esta fuera de su discurso), recurren a todo aquello que les proporcione este tipo de sensaciones, de experiencias y de emociones para sentir esa adrenalina y esa catarsis que antes provenía de enfrentar los peligros de la guerra, de las competencias deportivas, de la reflexión y discusión filosóficas y del trabajo y el esfuerzo en beneficio de la comunidad.
Malcom Philips, un antropólogo norteamericano de la Universidad de Arizona, publico hace un par de meses un artículo en Scientific American, en donde advierte de los peligros del estilo de vida inútil que es cada vez mar recurrente en las familias de clase media y clase baja no solo en Estados Unidos, sino en America Latina.  Su investigación es muy interesante pues Philips, quien también es doctor en psicología y especialista en trastornos de la conducta por la misma universidad, centra su atención en la estrecha relación entre autoestima y estilo de vida. En las sociedades de consumo, en especial en el llamado Tercer Mundo, nos hacen creer que la única vida digna de ser vivida es una en la cual podamos satisfacer todos nuestros deseos, sin importar las consecuencias que esto traiga para nosotros y para las personas que usamos como vehículo para lograrlo. Sin embargo, dice Philips, esto no es verdad y la prueba más visible de ello es que nuestros cuerpos se han deteriorado junto con nuestras mentes a tal punto que no “vivimos”, sino que “funcionamos” a medias, “reaccionamos” a ciertos estímulos, pero solo parcialmente, pues nos hemos convertido en seres casi inanimados (es decir, sin alma, sin “anima”), que no reaccionan ante, por ejemplo, el dolor de otras personas, de sus necesidades, de sus sufrimientos, o de sus sentimientos.
Para Philips, como para muchos otros estudiosos de la materia, el origen del problema se remonta a nuestra infancia, a nuestra primera educación, que es la que nos dieron en casa. El niño, al contacto con sus padres y el resto de su familia, ira asimilando todo aquello que estos practiquen y eso será su primer referente y su primera “fuente de inspiración” para cuidar o descuidar su cuerpo, el de los demás y, en definitiva, el entorno natural o las cosas “vivas” que lo rodean. “Cuando los niños nacen, crecen y se desenvuelven en un entorno familiar que privilegia el trabajo, el esfuerzo físico, los buenos hábitos de higiene y alimentación en beneficio del cuerpo y de la salud, lo que en realidad están aprendiendo es que el cuerpo y la mente son algo valioso, algo que vale la pena cuidar y preservar, pues el cuerpo es una parte muy importante de lo que somos: individuos irrepetibles, únicos y especiales. La otra parte es la mente (espíritu, alma o como quiera que lo llamemos) y esta también debe cuidarse con el mismo esmero, pero recurriendo no solo a los buenos hábitos físicos, sino a una serie de recursos creados ex profeso para esto: el estudio, la lectura, la discusión filosófica, el esparcimiento, la cultura, etcétera.
En este sentido, Philips menciona algo muy importante, que ha sido tema de estudio también de filósofos como la española Victoria Camps, o la norteamericana Martha C. Nussbaum, a saber, el cultivo de los buenos sentimientos.  Es curioso como últimamente el tema de los sentimientos, del alma, del espíritu, ha sido recurrente en los foros de discusión de las universidades más importantes del mundo occidental. Y es un tema delicado pues cuando pensamos de donde puede surgir una ética que privilegie la vida en todas sus formas y de todas las maneras posibles, nos cuidamos mucho de no meternos con Dios y en cambio, apelamos a las ya conocidas formas de pensamiento agnósticas desde Platón hasta nuestros días (el subrayado es mío).
Y es que no nos gusta penetrar el terreno de la religión pues sabemos que es escabroso,  y que siempre, o casi siempre conduce a un cuello de botella difícil de sortear pues poner a Dios, a la espiritualidad o a la fe en el centro de un debate moral, nos obliga a tomar partido, a aceptar, a ceder, a dar concesiones, al menos un poco, respecto del hecho de que para muchos de nosotros, la ética, la moral y la vida buena emanan de nuestra conciencia espiritual, o de nuestra creencia en que poseemos un alma, un espíritu y no somos solamente carne, materia inanimada (es decir, sin alma).
Sin embargo, los filósofos, antropólogos, sociólogos, sicólogos  y casi todos los humanistas coinciden en que es urgente un retorno al cultivo de la vida espiritual, cualquiera que sea la religión o la creencia que profesemos, pero que ello conduzca realmente a hacer de nosotros mejores criaturas en todos los sentidos y, sobre todo, que contribuya a enriquecer nuestra vida y la de quienes nos rodean y que nos despierte y nos haga conscientes de lo precioso que es la vida, de lo único e irrepetible que somos cada uno de nosotros y del hecho trascendente de que somos seres perfectibles, susceptibles de cambiar, de modificar todo aquello que nos hace daño no solamente a nivel físico sino también intelectual y afectivo pero que eso solo es posible cultivando el espíritu a través no solo de la religión o de cualquiera que sea nuestra creencia, sino de todos los quehaceres humanos que nos engrandecen, que nos ennoblecen y que nos dignifican.
Para nosotros, los judíos, es perfectamente claro. El cuerpo es sagrado, es un receptáculo para el alma y como tal, es igualmente importante cuidar uno como la otra. Y en el cuidado que damos al cuerpo y al espíritu se refleja nuestro amor por Dios, quien nos creo a imagen Suya. Por eso, una de las oraciones matutinas que los judíos pronunciamos al levantarnos es “Asher Yatzar”, que dice algo así como: “Bendito seas Adonai, rey del universo, que hizo al hombre y a la mujer con sabiduría y lo creo con muchos orificios y muchas cavidades… es claro y bien conocido en tu Santo trono de gloria que si uno solo de estos orificios se bloquea o se obstruye nos sería imposible sobrevivir y llegar a estar ante tu presencia. Bendito eres Tu, Adonai, quien cura toda carne y obra maravillas en el cuerpo.”

Pero sin importar lo que crean los demás, el cuidado y el esmero que ponemos en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu o, al contrario, el descuido y el desinterés a que los sometamos, es sinónimo del amor o el desprecio que sentimos hacia nosotros mismos y, en ese sentido, del amor o el desprecio que sentimos hacia la vida en todas sus formas.

A Su imagen y semejanza


El cuerpo humano es casi perfecto. Su maquinaria fue hecha siguiendo un minucioso y complejo instructivo en donde cada cavidad, cada orificio, cada vertebra, cada vena son una intrincada red de carreteras, túneles, cuevas, montanas, ríos y mares a través de los cuales fluye la vida. Cuando enfermamos, este sofisticado aparato sufre averías algunas veces menores, otras veces serias y difíciles de arreglar. Algunas veces incluso, estas descomposturas causan la muerte. Por eso es tan importante cuidarlo. Al nacer, y durante nuestra infancia, nuestros padres procuran alimentarnos bien,  protegernos de los peligros del clima extremo, procurarnos un espacio seguro donde podamos jugar sin peligros, etcétera. Conforme crecemos, nos advierten de otro tipo de peligros a los que nuestro cuerpo se expone, en especial, al relacionarnos con otras personas. En la adolescencia se nos advierte acerca de las enfermedades de transmisión sexual y del consumo de algunas drogas que son altamente adictivas y dañinas y cuyos daños colaterales al cerebro causan casi siempre la muerte. Al llegar a la edad adulta, depende totalmente de nosotros cuidar ambas cosas, la mente y el cuerpo, pues la primera es parte del segundo y una parte esencial, por eso no es de extrañar que los griegos dijeran “Mente sana en cuerpo sano” y enviasen a los jóvenes a estudiar los grandes temas de la filosofía y a practicar los deportes que consideraban aptos para desarrollar sus capacidades físicas e intelectuales al máximo.
Sin embargo, hoy en día estamos asistiendo a un panorama verdaderamente desolador. En la actualidad, la práctica de deportes extremos, los tatuajes, los piercings y los excesos en la comida, la bebida, el sexo sin protección y los placeres de todo tipo, están enviándonos un mensaje alarmante: nuestro cuerpo es, en el mejor de los casos, un centro de experimentación para todo tipo de sensaciones, que van desde el máximo placer hasta el dolor físico más agudo. Los jóvenes, en su ansia por vivir al máximo y experimentar todo en poco tiempo (pues el futuro es algo que esta fuera de su discurso), recurren a todo aquello que les proporcione este tipo de sensaciones, de experiencias y de emociones para sentir esa adrenalina y esa catarsis que antes provenía de enfrentar los peligros de la guerra, de las competencias deportivas, de la reflexión y discusión filosóficas y del trabajo y el esfuerzo en beneficio de la comunidad.
Malcom Philips, un antropólogo norteamericano de la Universidad de Arizona, publico hace un par de meses un artículo en Scientific American, en donde advierte de los peligros del estilo de vida inútil que es cada vez mar recurrente en las familias de clase media y clase baja no solo en Estados Unidos, sino en America Latina.  Su investigación es muy interesante pues Philips, quien también es doctor en psicología y especialista en trastornos de la conducta por la misma universidad, centra su atención en la estrecha relación entre autoestima y estilo de vida. En las sociedades de consumo, en especial en el llamado Tercer Mundo, nos hacen creer que la única vida digna de ser vivida es una en la cual podamos satisfacer todos nuestros deseos, sin importar las consecuencias que esto traiga para nosotros y para las personas que usamos como vehículo para lograrlo. Sin embargo, dice Philips, esto no es verdad y la prueba más visible de ello es que nuestros cuerpos se han deteriorado junto con nuestras mentes a tal punto que no “vivimos”, sino que “funcionamos” a medias, “reaccionamos” a ciertos estímulos, pero solo parcialmente, pues nos hemos convertido en seres casi inanimados (es decir, sin alma, sin “anima”), que no reaccionan ante, por ejemplo, el dolor de otras personas, de sus necesidades, de sus sufrimientos, o de sus sentimientos.
Para Philips, como para muchos otros estudiosos de la materia, el origen del problema se remonta a nuestra infancia, a nuestra primera educación, que es la que nos dieron en casa. El niño, al contacto con sus padres y el resto de su familia, ira asimilando todo aquello que estos practiquen y eso será su primer referente y su primera “fuente de inspiración” para cuidar o descuidar su cuerpo, el de los demás y, en definitiva, el entorno natural o las cosas “vivas” que lo rodean. “Cuando los niños nacen, crecen y se desenvuelven en un entorno familiar que privilegia el trabajo, el esfuerzo físico, los buenos hábitos de higiene y alimentación en beneficio del cuerpo y de la salud, lo que en realidad están aprendiendo es que el cuerpo y la mente son algo valioso, algo que vale la pena cuidar y preservar, pues el cuerpo es una parte muy importante de lo que somos: individuos irrepetibles, únicos y especiales. La otra parte es la mente (espíritu, alma o como quiera que lo llamemos) y esta también debe cuidarse con el mismo esmero, pero recurriendo no solo a los buenos hábitos físicos, sino a una serie de recursos creados ex profeso para esto: el estudio, la lectura, la discusión filosófica, el esparcimiento, la cultura, etcétera.
En este sentido, Philips menciona algo muy importante, que ha sido tema de estudio también de filósofos como la española Victoria Camps, o la norteamericana Martha C. Nussbaum, a saber, el cultivo de los buenos sentimientos.  Es curioso como últimamente el tema de los sentimientos, del alma, del espíritu, ha sido recurrente en los foros de discusión de las universidades más importantes del mundo occidental. Y es un tema delicado pues cuando pensamos de donde puede surgir una ética que privilegie la vida en todas sus formas y de todas las maneras posibles, nos cuidamos mucho de no meternos con Dios y en cambio, apelamos a las ya conocidas formas de pensamiento agnósticas desde Platón hasta nuestros días (el subrayado es mío).
Y es que no nos gusta penetrar el terreno de la religión pues sabemos que es escabroso,  y que siempre, o casi siempre conduce a un cuello de botella difícil de sortear pues poner a Dios, a la espiritualidad o a la fe en el centro de un debate moral, nos obliga a tomar partido, a aceptar, a ceder, a dar concesiones, al menos un poco, respecto del hecho de que para muchos de nosotros, la ética, la moral y la vida buena emanan de nuestra conciencia espiritual, o de nuestra creencia en que poseemos un alma, un espíritu y no somos solamente carne, materia inanimada (es decir, sin alma).
Sin embargo, los filósofos, antropólogos, sociólogos, sicólogos  y casi todos los humanistas coinciden en que es urgente un retorno al cultivo de la vida espiritual, cualquiera que sea la religión o la creencia que profesemos, pero que ello conduzca realmente a hacer de nosotros mejores criaturas en todos los sentidos y, sobre todo, que contribuya a enriquecer nuestra vida y la de quienes nos rodean y que nos despierte y nos haga conscientes de lo precioso que es la vida, de lo único e irrepetible que somos cada uno de nosotros y del hecho trascendente de que somos seres perfectibles, susceptibles de cambiar, de modificar todo aquello que nos hace daño no solamente a nivel físico sino también intelectual y afectivo pero que eso solo es posible cultivando el espíritu a través no solo de la religión o de cualquiera que sea nuestra creencia, sino de todos los quehaceres humanos que nos engrandecen, que nos ennoblecen y que nos dignifican.
Para nosotros, los judíos, es perfectamente claro. El cuerpo es sagrado, es un receptáculo para el alma y como tal, es igualmente importante cuidar uno como la otra. Y en el cuidado que damos al cuerpo y al espíritu se refleja nuestro amor por Dios, quien nos creo a imagen Suya. Por eso, una de las oraciones matutinas que los judíos pronunciamos al levantarnos es “Asher Yatzar”, que dice algo así como: “Bendito seas Adonai, rey del universo, que hizo al hombre y a la mujer con sabiduría y lo creo con muchos orificios y muchas cavidades… es claro y bien conocido en tu Santo trono de gloria que si uno solo de estos orificios se bloquea o se obstruye nos sería imposible sobrevivir y llegar a estar ante tu presencia. Bendito eres Tu, Adonai, quien cura toda carne y obra maravillas en el cuerpo.”

Pero sin importar lo que crean los demás, el cuidado y el esmero que ponemos en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu o, al contrario, el descuido y el desinterés a que los sometamos, es sinónimo del amor o el desprecio que sentimos hacia nosotros mismos y, en ese sentido, del amor o el desprecio que sentimos hacia la vida en todas sus formas.

A imagen y semejanza Suyas




El cuerpo humano es casi perfecto. Su maquinaria fue hecha siguiendo un minucioso y complejo instructivo en donde cada cavidad, cada orificio, cada vertebra, cada vena son una intrincada red de carreteras, túneles, cuevas, montanas, ríos y mares a través de los cuales fluye la vida. Cuando enfermamos, este sofisticado aparato sufre averías algunas veces menores, otras veces serias y difíciles de arreglar. Algunas veces incluso, estas descomposturas causan la muerte. Por eso es tan importante cuidarlo. Al nacer, y durante nuestra infancia, nuestros padres procuran alimentarnos bien,  protegernos de los peligros del clima extremo, procurarnos un espacio seguro donde podamos jugar sin peligros, etcétera. Conforme crecemos, nos advierten de otro tipo de peligros a los que nuestro cuerpo se expone, en especial, al relacionarnos con otras personas. En la adolescencia se nos advierte acerca de las enfermedades de transmisión sexual y del consumo de algunas drogas que son altamente adictivas y dañinas y cuyos daños colaterales al cerebro causan casi siempre la muerte. Al llegar a la edad adulta, depende totalmente de nosotros cuidar ambas cosas, la mente y el cuerpo, pues la primera es parte del segundo y una parte esencial, por eso no es de extrañar que los griegos dijeran “Mente sana en cuerpo sano” y enviasen a los jóvenes a estudiar los grandes temas de la filosofía y a practicar los deportes que consideraban aptos para desarrollar sus capacidades físicas e intelectuales al máximo.
Sin embargo, hoy en día estamos asistiendo a un panorama verdaderamente desolador. En la actualidad, la práctica de deportes extremos, los tatuajes, los piercings y los excesos en la comida, la bebida, el sexo sin protección y los placeres de todo tipo, están enviándonos un mensaje alarmante: nuestro cuerpo es, en el mejor de los casos, un centro de experimentación para todo tipo de sensaciones, que van desde el máximo placer hasta el dolor físico más agudo. Los jóvenes, en su ansia por vivir al máximo y experimentar todo en poco tiempo (pues el futuro es algo que esta fuera de su discurso), recurren a todo aquello que les proporcione este tipo de sensaciones, de experiencias y de emociones para sentir esa adrenalina y esa catarsis que antes provenía de enfrentar los peligros de la guerra, de las competencias deportivas, de la reflexión y discusión filosóficas y del trabajo y el esfuerzo en beneficio de la comunidad.
Malcom Philips, un antropólogo norteamericano de la Universidad de Arizona, publico hace un par de meses un artículo en Scientific American, en donde advierte de los peligros del estilo de vida inútil que es cada vez mar recurrente en las familias de clase media y clase baja no solo en Estados Unidos, sino en America Latina.  Su investigación es muy interesante pues Philips, quien también es doctor en psicología y especialista en trastornos de la conducta por la misma universidad, centra su atención en la estrecha relación entre autoestima y estilo de vida. En las sociedades de consumo, en especial en el llamado Tercer Mundo, nos hacen creer que la única vida digna de ser vivida es una en la cual podamos satisfacer todos nuestros deseos, sin importar las consecuencias que esto traiga para nosotros y para las personas que usamos como vehículo para lograrlo. Sin embargo, dice Philips, esto no es verdad y la prueba más visible de ello es que nuestros cuerpos se han deteriorado junto con nuestras mentes a tal punto que no “vivimos”, sino que “funcionamos” a medias, “reaccionamos” a ciertos estímulos, pero solo parcialmente, pues nos hemos convertido en seres casi inanimados (es decir, sin alma, sin “anima”), que no reaccionan ante, por ejemplo, el dolor de otras personas, de sus necesidades, de sus sufrimientos, o de sus sentimientos.
Para Philips, como para muchos otros estudiosos de la materia, el origen del problema se remonta a nuestra infancia, a nuestra primera educación, que es la que nos dieron en casa. El niño, al contacto con sus padres y el resto de su familia, ira asimilando todo aquello que estos practiquen y eso será su primer referente y su primera “fuente de inspiración” para cuidar o descuidar su cuerpo, el de los demás y, en definitiva, el entorno natural o las cosas “vivas” que lo rodean. “Cuando los niños nacen, crecen y se desenvuelven en un entorno familiar que privilegia el trabajo, el esfuerzo físico, los buenos hábitos de higiene y alimentación en beneficio del cuerpo y de la salud, lo que en realidad están aprendiendo es que el cuerpo y la mente son algo valioso, algo que vale la pena cuidar y preservar, pues el cuerpo es una parte muy importante de lo que somos: individuos irrepetibles, únicos y especiales. La otra parte es la mente (espíritu, alma o como quiera que lo llamemos) y esta también debe cuidarse con el mismo esmero, pero recurriendo no solo a los buenos hábitos físicos, sino a una serie de recursos creados ex profeso para esto: el estudio, la lectura, la discusión filosófica, el esparcimiento, la cultura, etcétera.
En este sentido, Philips menciona algo muy importante, que ha sido tema de estudio también de filósofos como la española Victoria Camps, o la norteamericana Martha C. Nussbaum, a saber, el cultivo de los buenos sentimientos.  Es curioso como últimamente el tema de los sentimientos, del alma, del espíritu, ha sido recurrente en los foros de discusión de las universidades más importantes del mundo occidental. Y es un tema delicado pues cuando pensamos de donde puede surgir una ética que privilegie la vida en todas sus formas y de todas las maneras posibles, nos cuidamos mucho de no meternos con Dios y en cambio, apelamos a las ya conocidas formas de pensamiento agnósticas desde Platón hasta nuestros días (el subrayado es mío).
Y es que no nos gusta penetrar el terreno de la religión pues sabemos que es escabroso,  y que siempre, o casi siempre conduce a un cuello de botella difícil de sortear pues poner a Dios, a la espiritualidad o a la fe en el centro de un debate moral, nos obliga a tomar partido, a aceptar, a ceder, a dar concesiones, al menos un poco, respecto del hecho de que para muchos de nosotros, la ética, la moral y la vida buena emanan de nuestra conciencia espiritual, o de nuestra creencia en que poseemos un alma, un espíritu y no somos solamente carne, materia inanimada (es decir, sin alma).
Sin embargo, los filósofos, antropólogos, sociólogos, sicólogos  y casi todos los humanistas coinciden en que es urgente un retorno al cultivo de la vida espiritual, cualquiera que sea la religión o la creencia que profesemos, pero que ello conduzca realmente a hacer de nosotros mejores criaturas en todos los sentidos y, sobre todo, que contribuya a enriquecer nuestra vida y la de quienes nos rodean y que nos despierte y nos haga conscientes de lo precioso que es la vida, de lo único e irrepetible que somos cada uno de nosotros y del hecho trascendente de que somos seres perfectibles, susceptibles de cambiar, de modificar todo aquello que nos hace daño no solamente a nivel físico sino también intelectual y afectivo pero que eso solo es posible cultivando el espíritu a través no solo de la religión o de cualquiera que sea nuestra creencia, sino de todos los quehaceres humanos que nos engrandecen, que nos ennoblecen y que nos dignifican.
Para nosotros, los judíos, es perfectamente claro. El cuerpo es sagrado, es un receptáculo para el alma y como tal, es igualmente importante cuidar uno como la otra. Y en el cuidado que damos al cuerpo y al espíritu se refleja nuestro amor por Dios, quien nos creo a imagen Suya. Por eso, una de las oraciones matutinas que los judíos pronunciamos al levantarnos es “Asher Yatzar”, que dice algo así como: “Bendito seas Adonai, rey del universo, que hizo al hombre y a la mujer con sabiduría y lo creo con muchos orificios y muchas cavidades… es claro y bien conocido en tu Santo trono de gloria que si uno solo de estos orificios se bloquea o se obstruye nos sería imposible sobrevivir y llegar a estar ante tu presencia. Bendito eres Tu, Adonai, quien cura toda carne y obra maravillas en el cuerpo.”

Pero sin importar lo que crean los demás, el cuidado y el esmero que ponemos en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu o, al contrario, el descuido y el desinterés a que los sometamos, es sinónimo del amor o el desprecio que sentimos hacia nosotros mismos y, en ese sentido, del amor o el desprecio que sentimos hacia la vida en todas sus formas.

martes, 5 de mayo de 2015

“Estudia, trabaja, y haz lo que quieras…”



A San Agustín de Hipona, el gran filosofo y teólogo del siglo cuarto, se le atribuye, entre muchas otras frases la de “Ama y haz lo que quieras” para referirse a que, al menos para el buen cristiano, si uno ama a Dios, no puede hacer el mal. Es decir, nada de lo que haga alguien que ame a Dios, puede ser malo.

De acuerdo a esta idea, del amor a Dios emanan el bien, la justicia, la solidaridad, el respeto por la vida, el afecto y en fin, los buenos sentimientos y las cosas que nos hacen buenos. Entre esas cosas, están el trabajo y el estudio. Para san Agustín, quien en su búsqueda por la verdad había abrevado del Antiguo Testamento, es decir, del judaísmo, el estudio y el trabajo dignificaban al hombre, pues lo acercaban a Dios al transformar con sus conocimientos y con su trabajo el entorno en el que viven para beneficio de los demás (y del suyo propio). El estudio y el trabajo son la manifestación del amor que uno siente por Dios, pues en el afán por desentrañar los misterios de la Creación y poniendo en práctica lo aprendido es como los seres humanos devolvemos a Dios un poco de lo mucho que de Él hemos recibido.

San Agustín hablaba de que las ideas eternas están en Dios y son estas los arquetipos que El usa para crear el Cosmos. Dios, que está lleno de amor, sale de sí mismo y crea por amor el mundo a través de rationes seminales o gérmenes que explican la evolución que es una constante actividad creadora fundada en el estudio y el trabajo sin los cuales nada existiría. Y todo lo que existe, lo que Dios crea es bueno, el mal carece de entidad, es ausencia de bien y fruto indeseable del libre albedrio. Si enfatizo con cursivas las palabras “estudio” y “trabajo”, es porque creo, como San Agustín y como los escritores del Antiguo Testamento que el amor a Dios (que es para mí sinónimo de amor a la vida, en todas sus formas y, por extensión, amor a uno mismo y al prójimo), se pone de manifiesto cuando realizamos estas dos actividades. El estudio para develar en la medida de lo posible los misterios de la vida, para adquirir conocimiento, sabiduría y el trabajo para poner todo ese saber al servicio de la humanidad.

Si nos atenemos a esta idea, lo opuesto, es decir, la aversión por Dios y por la vida en general, se pone de manifiesto cuando no realizamos ninguna de estas cosas. En otras palabras, el desprecio por el estudio y por el trabajo son sinónimos del desprecio por la vida, la propia y la de los demás.

Aquellos para quienes la vida debe servirles y no se cuestionan cada día respecto de que es lo que ellos aportan en beneficio o perjuicio de la humanidad de la que forman parte son, a mi juicio, seres inútiles, parásitos que solo contribuyen a deteriorar el medio en el que habitan sin aportar ningún beneficio y si causando daño a su entorno, pues viven para consumir, depredar y destruir en vez de vivir para aprender, crear y aportar cosas buenas a la sociedad de la que dependen para su sustento.

Pero volviendo a la máxima de San Agustín de “Ama y haz lo que quieras”, si escudriñamos su significado, descubrimos también que lo que el filosofo de Hipona quería decir era que cualquier tipo de amor que no surja del amor a Dios debe ser puesto en duda, pues solo de este pueden emanar los verdaderos sentimientos nobles y estos son los que nos mueven a actuar en al mundo, los que nos hacen ir mas allá de nuestros límites y nos incitan a aprender, a trabajar y a demostrar así cuanto amamos a Dios y, en consecuencia, cuanto amamos la vida nuestra y de los demás.

De todo esto podemos concluir que debemos poner en tela de juicio cualquier “amor” que no se manifieste a través del estudio, del aprendizaje, del esfuerzo, del trabajo, pues son estas las pruebas más claras del verdadero amor, en todas sus formas, pues solo a través de el estudio y el trabajo es que los hombres pueden realizarse plenamente como individuos y llegar a alcanzar la sabiduría y las habilidades necesarias para desarrollar sus facultades al máximo y para ponerlas al servicio de la humanidad, pues solo así podemos afirmar que amamos a Dios y, por lo tanto, que sabemos amar, en general.

Teresa de Jesús Padrón Benavides



miércoles, 21 de enero de 2015

Los niños, la educación y el futuro distante



por Rabbi Jonathan Sacks
Traducción de Teresa Padrón


Para obtener una perspectiva sobre la lección de liderazgo que presenta la Parashá de esta semana, suelo pedirles a las personas que hagan un experimento mental. Imagínense que son los líderes de un pueblo que ha sufrido el exilio por más de dos siglos y ha sido esclavizado y oprimido. Ahora bien, luego de una serie de milagros el pueblo está a punto de ser liberado. Los reúnen y van a dirigirse a ellos. Ellos esperan con ansias sus palabras. Es un momento decisivo que nunca olvidarán. ¿Qué les dirían?
La mayoría de las personas responderían: hablaríamos sobre la libertad. Esa fue la decisión de Abraham Lincoln en su discurso en Gattysburg, cuando invocó la memoria de “una nueva nación, concebida en libertad”, y miró hacia adelante al “nuevo nacimiento de la libertad”. Hay quienes sostienen que la inspiración pasa por hablar del destino que aguarda adelante, “la tierra que mana leche y miel”. Sin embargo, otros afirman que le advertirían al pueblo acerca de los peligros y los desafíos que deberán enfrentar en lo que Nelson Mandela denominó “el largo camino hacia la libertad”.
Cualquier de estas opciones hubiera sido considerada el gran discurso de un gran líder. Guiado por Di-s, Moisés no hizo ninguna de las cosas sugeridas. Fue precisamente eso lo que lo convirtió en un líder único. Si analizamos el texto de la Parashá Bo, veremos que vuelve sobre el mismo tema en tres oportunidades: los niños, la educación y el futuro distante.
Cuando nuestros hijos nos preguntan “¿cuál es el significado de este ritual?” debemos contestarles “corresponde al sacrificio de Pesaj que hicimos en nombre de Di-s porque Él pasó sobre las casas de los Israelitas en Egipto cuando golpeó a los egipcios, pero a nosotros nos salvó”.1
Debemos explicarles a nuestros hijos ese día que lo hacemos “por lo que Di-s hizo por nosotros cuando nos liberó de Egipto”.2
La próxima vez que nuestros hijos nos pregunten “¿cuál es el significado de esto?” debemos contestarles, “fue con mano gentil que Di-s nos sacó de Egipto, de la tierra de esclavitud”. 3
Esto constituye uno de los actos de liderazgo más contrarios al sentido común. Moisés no hablo acerca del presente o del mañana. Habló del futuro distante y del deber de los padres de educar a sus hijos. Incluso se aventuró a decir – como interpreta la tradición judía – que debemos alentar a nuestros hijos a hacer preguntas, para que el legado del judaísmo no sea un mero acto pasivo de aprendizaje, sino un dialogo activo entre padres e hijos.
Entonces los judíos se convirtieron en el único pueblo en la historia que predicó su propia supervivencia mediante la educación. El deber más sagrado de todo padre era enseñar a sus hijos. Pesaj en sí mismo se convirtió en un seminario constante en pos de la memoria. El judaísmo se convirtió en la religión cuyos héroes eran maestros y cuya pasión era estudiar y alimentar el conocimiento. Los mesopotámicos construían Ziggurats. Los egipcios construían pirámides. Los griegos, el Panteón. Los romanos, el Coliseo. Los judíos construyeron escuelas. Y este es el motivo por el cual, de todas las civilizaciones del antiguo mundo, los judíos son los únicos que siguen vivos y pujantes, continuando con la vocación de sus ancestros y con su legado intacto.
La visión de Moisés era muy profunda. Sabía que no podía cambiar el mundo con superficialidades, con monumentos arquitectónicos o con ejércitos e imperios. Sabía que no debía usar la fuerza ni el poder. ¿Cuántos imperios han surgido y se han derrumbado mientras la condición humana perdura inmutable?
Existe una sola forma de cambiar el mundo y es mediante la educación. Debemos enseñarles a los niños la importancia de la justicia, la rectitud, la gentileza y la compasión. Debemos enseñarles que la libertad solo puede sostenerse por medio de leyes y hábitos de auto restricción. Debemos recordarles constantemente acerca de nuestra historia, “fuimos esclavos del Faraón en Egipto”, porque aquellos que se olvidan de la amargura de la esclavitud eventualmente pierden el compromiso y el coraje para luchar por la libertad. Y debemos alentar a los niños a preguntar, desafiar y discutir. Debemos respetarlos si queremos que respeten los valores que deseamos transmitirles.
Esta es una lección que la mayoría de las culturas aún no han aprendido después de más de tres mil años. Las revoluciones, las protestas y las guerras civiles alientan a las personas a creer que derrocando a los tiranos o teniendo elecciones democráticas acabarán con la corrupción, construirán la libertad y fomentaran la justicia y el gobierno de la ley. Y se sorprenden cuando esto no ocurre. Lo único que consiguen es cambiar algunas de las caras que transitan los corredores del poder.
En uno de los grandes discursos del siglo XX, un juez americano muy distinguido, el Juez Learned Hand, dijo:
“Con frecuencia me pregunta si no depositamos demasiado nuestras esperanzas en la constitución, en las leyes y en los tribunales. Estas son falsas esperanzas; créanme, lo son. La libertad yace en el corazón de los hombres y las mujeres; cuando muere no hay constitución ni ley ni tribunal que pueda salvarlo, y no hay nada que puedan hacer para ayudarnos.” 4
Lo que Di-s le enseñó a Moisés, fue que el verdadero cambio no radicaba en obtener la libertad, sino en sostenerla, manteniendo su espíritu vivo en el corazón de las generaciones futuras. Esto solo puede lograrse mediante un proceso educativo sostenido en el tiempo. Y esto tampoco es algo que se pueda delegar a los maestros y a las escuelas. Un gran porcentaje debe permanecer en manos de la familia, en el hogar, y con la obligación sagrada que deriva del deber religioso. Nadie vio esto con más claridad que Moisés y solo por su enseñanza es que los judíos y el judaísmo han sobrevivido.
Lo que hace grandes a los líderes es que pueden anticiparse a los hechos, preocupándose no por el mañana o por el próximo año o la próxima década. En uno de sus primeros discursos, Robert F. Kennedy hablo sobre el poder de los líderes para transformar el mundo cuando tiene una visión clara de un futuro posible:
“Algunos creen que no existe nada que un hombre o una mujer pueda hacer contra el abanico enorme de miserias del mundo- la ignorancia, la injusticia, la violencia. Sin embargo, muchos de los mayores movimientos del mundo, de pensamiento y acción, han nacido del trabajo de una sola persona. Un joven monje comenzó la reforma Protestante, un joven general extendió un imperio de Macedonia a las fronteras del mundo, una joven mujer recupero el territorio de Francia. Fue un joven italiano quien exploro en Nuevo Mundo, y Thomas Jefferson, de solo 32 años proclamó que todos los hombres son creados iguales. “Denme un lugar donde pararme”, dijo Arquímedes, “y moveré el mundo”. Estos hombre movieron el mundo, y lo mismo podemos hacer todos nosotros.” 5
El liderazgo visionario es parte intrínseca del judaísmo. Como dice el libro de Proverbios “sin una visión [jazón], el pueblo perece.”6 Esa visión en la mente de los profetas fue la de un futuro a largo plazo. Di-s le dijo a Ezequiel que el profeta es un guardián, aquel que asciende a un lugar privilegiado para observar el peligro que hay a la distancia, antes que el resto pueda percibirlo desde la llanura. 7 Los sabios dicen “¿Quién es sabio? Aquel que ve las consecuencias a largo plazo [ha-nolad]. 8 Dos de los grandes líderes del siglo XX, Churchill y Ben Gurion, también fueron reconocidos historiadores. Conociendo el pasado pudieron anticiparse al futuro. Eran como maestros del ajedrez que, como habían estudiado cientos de jugadas, reconocían casi de inmediato los peligros y las oportunidades de cualquier configuración de las piezas en el tablero. Sabían lo que ocurriría si movían tal o cual pieza.
Si queremos ser grandes líderes, no importa en qué terreno, ya sea que seamos primeros ministros o padres, es esencial que pensemos en el largo plazo. Nunca debemos elegir la opción más fácil porque sea simple o rápida o porque nos provea satisfacción inmediata. A la larga, terminaremos pagando un precio muy alto por ello.
Moisés fue un gran líder porque nos enseñó a futuro, más que cualquier otro líder. Sabía que el verdadero cambio en el comportamiento humano es fruto del trabajo de muchas generaciones. Por lo tanto, debemos considerar la educación de nuestros hijos como la mayor prioridad, para que ellos continúen lo que nosotros comenzamos, hasta que el mundo cambie porque nosotros hemos cambiado. Él sabía que si quería planificar para un año, debía plantar arroz. Si quería planificar para una década, debía plantar árboles. Y si quería planificar para la posteridad, debía educar a los niños. 9 La enseñanza de Moisés, de más de 33 siglos, aún está vigente.





Éxodo 12:26-27.
Éxodo 13:8
Éxodo 13:14
“The spirit of libety”, discurso pronunciado en la ceremonia “I am an American Day”, Central Park , Nueva York, (21 de mayo de 1994)
The Kennedys: America´s Front-Page Family, pagina 112
Proverbios, 29:18.
Ezequiel 33:1-6
Talmud, Tamid 32a
Refran atribuido a Confucio.


domingo, 23 de noviembre de 2014

Sören Kierkegaard y la desesperación


En la primera parte de La enfermedad mortal, Kierkegaard ofrece varias definiciones de “desesperación” (angustia, depresión, tristeza, miseria, melancolía). Todas estas formas de angustia, dice Kierkegaard, involucran nuestro fracaso en desarrollarnos plenamente como seres humanos. Kierkegaard describe a la desesperación (la enfermedad mortal), como una especie de condición predeterminada en la que las personas se hallan (consciente o inconscientemente) y que no termina sino hasta que la persona decide actuar para eliminar el origen de dicha desesperación.
Desde el primer apartado del libro, Kierkegaard menciona que la solución a nuestra enfermedad mortal (la desesperación), requiere establecer una relación íntima con el “poder” del que emana nuestra condición de seres humanos individuales, en otras palabras, con Dios. Al conectarnos con la fuente de todo lo creado en el universo, la fuerza que de Él proviene, nos hará maximizar nuestro potencial para hacer el bien y para ser felices, eliminando así nuestra enfermedad mortal.
Es evidente que para Kierkegaard el cristianismo es una religión que nos enseña que debemos tener una relación “íntima” e individual con Dios. En este sentido, Kierkegaard abreva de las fuentes del judaísmo (aprendió hebreo para poder estudiar el antiguo testamento), cuyas enseñanzas nos dicen que no es el ritual ni el fervor colectivo, sino nuestra relación personal con Dios, el único medio posible de eliminar la enfermedad mortal.
Una vez que se nos ha revelado esta verdad, permanecer desesperados, angustiados, deprimidos, no sólo es una tragedia, sino un pecado, una violación a la voluntad de Dios, que es la de que todos seamos felices y demos felicidad a los demás. Pero no a través de cosas materiales, no a través de nuestra dependencia a alguien o a algo, nuestra felicidad, para que sea auténtica, real, verdadera, genuina y no egoísta, debe emanar de Dios. En este sentido, dice Kierkegaard, el pecado consiste en permanecer desesperados aun sabiendo cuál es la solución para dejar de estarlo, y eso sólo intensifica más nuestra angustia, pues lo estamos cometiendo a sabiendas de que hay una solución para terminar con él.
La intención de La enfermedad mortal de Kierkegaard es la de animarnos a creer. Animarnos a tener fe en Dios. Pero no una fe ciega, sino una que provenga del conocimiento. Por eso, tanto para el judaísmo como para el cristianismo (no el fanatismo que ambas religiones contienen), debemos esforzarnos en alcanzar una estrecha y personal relación con Dios, y aunque tal vez jamás lleguemos a “saber” realmente si en verdad hemos alcanzado ese grado de intimidad con Él, Kierkegaard nos conmina a intentarlo a través de nuestra propia introspección y reflexión.
Para muchos lectores, el mensaje de Kierkegaard ha sido su inspiración para ahondar en la fe. Las obras de Kierkegaard nos ofrecen algunas de las más profundas reflexiones acerca del papel de la religión en el mundo moderno. De ahí su redescubrimiento reciente y su re valoración como uno de los pensadores más influyentes de la actualidad.  Kierkegaard nos enseña que el poder de la ciencia como herramienta para entender y manipular nuestro mundo no necesariamente es antagónico con nuestra necesidad de creer. Es decir, ciencia y religión son dos aspectos necesarios para tratar de entender el mundo que nos rodea.
La ciencia  nos puede ayudar a entender el mundo material, el de los “hechos”, nos ayuda a entender cómo funcionan las cosas, pero no nos sirve como guía para nuestros actos. Es decir, la ciencia no nos puede ayudar en cuestiones como nuestra conciencia propia, nuestros códigos éticos, nuestros valores. Este ha sido tal vez el legado más importante de Kierkegaard al pensamiento del S. XX.
En La enfermedad mortal, Kierkegaard nos dice que estamos desesperados, lo sepamos o no. Nos dice que hemos fallado en desarrollar todas nuestras capacidades al máximo, lo cual es un pecado, puesto que Dios nos ha otorgado capacidades únicas a cada uno pero está en nosotros el desarrollarlas para hacer el bien o desperdiciarlas para hacer el mal.
Kierkegaard es el primero de los existencialistas, pero no en el sentido del existencialismo de Sartre O Camus, aunque la visión no religiosa de Kierkegaard que ellos proponían era la de que Kierkegaard es existencialista en el sentido de que nos dice que no podemos depender de otras personas o en la realidad para responder las preguntas fundamentales de la moral o de la filosofía, sino que debemos buscarlas nosotros mismos. Nosotros somos responsables de nuestras propias decisiones. Somos nosotros mismos y nadie más quienes actuamos de acuerdo a nuestras decisiones morales. Por tal motivo, actuamos de acuerdo a nuestras propias convicciones y hacemos lo que creemos que es correcto para nosotros.
Kierkegaard describe esta especie de “autonomía moral” en el sentido de nuestra búsqueda de una relación íntima y personal con Dios.  Sin embargo, es difícil entender cómo esa relación con Dios sería diferente, en la práctica, con un deber auto impuesto, un deber que nos haya dictado nuestra propia conciencia. ¿No podríamos simplemente regir nuestros actos de acuerdo a los preceptos morales que nos sean razonables y dejar a Dios fuera de esto?
Muchos dirán que sí, que uno puede regir su vida de acuerdo a una “ética sin Dios”. Pero una ética o una moral basadas en códigos o preceptos humanos, siempre será falible, pues los seres humanos lo somos. Siempre será parcial y finita. En cambio, los preceptos divinos son imperecederos e imparciales. Kierkegaard nos recuerda, en sus escritos a Sócrates cuando plantea a Eutifrón el famoso dilema de que si Dios manda lo bueno porque es bueno o si lo bueno es bueno porque Dios lo manda. Kierkegaard no tiene dudas. Dios ordena que hagamos el bien porque Dios es bueno y todo lo bueno sólo puede venir de Él.
El relativismo moral es un problema tan añejo como la religión misma. Pero hemos visto que ha fallado en aclararnos nuestras grandes dudas y sobre todo, ha fallado en guiarnos hacia un camino de justicia, de  paz, de armonía, de respeto y de amor. ¿Regirnos por nuestra propia “ética” o conocer nuestra fe, amarla y actuar de acuerdo a ella? Esa es la gran incógnita que nos propone este gran pensador que sigue siendo enriquecedor y que está hoy más vigente que nunca.

Teresa de Jesús Padrón Benavides
Otoño, 2014



jueves, 21 de agosto de 2014

Jorge Luis y Diego, dos niños especiales


“Todo lo que un individuo llegará a ser, todo en lo que se convertirá, será producto de la educación que haya recibido en casa.”
Rabindranath Tagore, filósofo, poeta y dramaturgo indio, premio nobel de literatura, 1913

“Sé el cambio que quieres ver en el mundo”
Mahatma Gandhi
Leyendo los periódicos esta mañana, me llaman la atención dos notas en la primera página de la sección “ciudad”. En una de ellas, ilustrada con la fotografía de un policía escoltando a una madre de familia y su hijo de 10 años con la cara cubierta para efectos de privacidad, leo que los padres de familia y los maestros de una de las primarias con mayor aprovechamiento en la colonia del valle, hartos de la mala conducta y del bullying a que el niño sometía no sólo a sus compañeros sino a maestros, y cansados de esperar respuesta de la SEP a quien la directora del plantel había reportado el caso hace meses, decidieron tomar el caso en sus manos y simplemente impedirle a Diego (así se llama el menor) y a su madre, el acceso a la escuela.
La directora del plantel, quien fue entrevistada por los medios, dijo que desde abril pasado se había notificado el caso no sólo a la SEP, sino se había canalizado el niño a USAER (donde se atienden los casos con niños proclives a conductas irregulares), e incluso al UAMASI (Unidad de Atención al Maltrato y Abuso Sexual Infantil), pues el niño en varias ocasiones molestó tocando sus partes a compañeros y mostrándoles sus genitales. En ninguna instancia recibieron respuesta. En un caso sin precedentes en la escuela, que además del alto rendimiento escolar se ha destacado siempre por el orden y la disciplina, los padres de familia se unieron en una causa común, la de “expulsar” al mal elemento que impedía el buen funcionamiento y alteraba el orden y la paz de la escuela de sus hijos.
En la foto de primera plana, se ve a una madre de familia rubia, vestida a la moda, con lentes y bolsa “de marca” y una expresión de angustia en su rostro y a un niño también rubio, obeso, bien vestido y con cara de no entender bien qué pasaba. Ambos aparecen siendo escoltados por un policía y después dentro de una patrulla, como delincuentes.
La segunda nota que menciono, viene un poco más abajo y sin foto. Es el caso de Jorge Luis, también de 10 años y a quien su padre ha educado solo desde que el niño quedó huérfano de madre a los tres años. La nota se centra en el hecho de que el GDF les otorgará el crédito para una vivienda digna, pues desde que el hombre enviudó, ambos, él y el niño viven en un cuarto de cuatro por tres metros y se alimentan en un comedor popular del GDF. Pero lo más destacado de la nota es que Jorge Luis, así se llama el niño, ganó este año la Olimpiada del Conocimiento en el D.F. Y eso no es raro, pues su padre, Alejandro Avilés, tiene un doctorado en matemáticas por la Universidad Estatal de Moscú. Sin embargo, decidió hace 7 años renunciar a un trabajo estable para dedicarse a su hijo y por ahora vive de dar clases particulares.
¿Qué nos dicen estas notas? ¿De qué nos hablan? Martha Nussbaum, filósofa norteamericana dedicada a cuestiones de educación, en un hermoso libro llamado Not For Profit, why Democracy Needs The Humanities[1], nos alerta del peligro que corren las sociedades democráticas con la tendencia global de eliminar de los planes de estudio de las escuelas (desde nivel básico hasta universidad), las materias de humanidades, como la ética, la sociología, la psicología, la economía, la historia, la literatura y las artes. Nussbaum pone el dedo en la llaga de muchas sociedades modernas que han abandonado sus tradiciones humanistas en aras de un desarrollo económico brutal, enloquecido y que ha dejado de lado las diferencias abismales entre la sociedad rural pobre y la urbana rica. Ella se centra en India, que es donde ha realizado más sus estudios, en especial, en el pensamiento de Tagore, pues este filósofo indio hacía énfasis claro, ya desde principios del SXX, de la urgencia de humanizar y cultivar las artes en las escuelas públicas y no sólo enseñar un oficio, pues esto generaría una sociedad carente de valores necesarios para la democracia, como la igualdad, el respeto, la tolerancia, la solidaridad, los buenos modales, el buen gusto, el valor del trabajo, de la familia, la buena distribución de la riqueza, la educación, entre otros.
Y cuando Nussbaum habla de la familia, se refiere a ella, al igual que Tagore, como la encargada de transmitir los valores democráticos que el niño o la niña llevará consigo a la escuela y a otros ámbitos sociales y que serán los que formen su carácter, moldeen su percepción de la realidad y hagan de él o de ella un adulto responsable, generoso, virtuoso, respetuoso de las diferencias, en fin, una buena persona y no sólo alguien “útil” a la sociedad. La escuela, más tarde y el círculo de amigos y compañeros de estudio y de trabajo, después, serán los otros ámbitos en donde los niños y jóvenes apliquen los valores aprendidos y adquieran otros. El papel que desempeñan sus maestros, aunque es también muy importante, no es crucial, como el de los padres, abuelos y familiares cercanos en la formación de lo que él o ella llegarán a ser. Es decir, la familia sigue y seguirá siendo la principal fuente de educación de la sociedad y su pilar más importante.
El escenario al que estamos asistiendo ahora nos devuelve una imagen terrible. Si las familias (de madres o padres solteros, viudos, divorciados, o donde hay padre y madre) son disfuncionales, lo será también la sociedad, pues ésta es una cadena cuyos eslabones son las familias. Los padres (y, en la mayoría de los casos, las madres) siguen siendo la figura “adulta” por antonomasia para los hijos. Es decir, el modelo que ellos tienen de lo que debe o no debe ser un adulto.
Nos quejamos de la falta de igualdad entre hombres y mujeres y de la falta de una figura de respeto para nuestros hijos, pero maltratamos a nuestros esposos y los humillamos y menospreciamos cada vez que se presenta la ocasión. Ah, pero eso sí, cuando nuestros hijos varones sufren el mismo trato por parte de sus mujeres, ellas son las malas, las perversas, las tiranas. Nos quejamos de la discriminación en las escuelas, en las calles, pero no podemos evitar decirle “indio” a un niño moreno o pobre cuando nuestros hijos han reñido con alguno de ellos. Nos indigna la cantidad de basura en las calles, pero nos encanta comer fuera y generar toneladas de basura inorgánica que sólo contribuye a dañar el planeta. Nos enferma y nos da asco el maltrato animal, pero no tenemos empacho en maltratar a una persona, incluso a un miembro de nuestra familia. Nos parece inadmisible la ignorancia, la pereza, la falta de un proyecto de vida, pero dejamos que nuestros hijos mayores pasen horas frente a la computadora o el televisor y no cooperen en casa con la limpieza o aporten a la economía familiar.
Entonces, ¿de dónde esperamos que surjan los valores democráticos? ¿A quién queremos pasar la estafeta en la enseñanza del respeto, de la tolerancia, de la solidaridad, de la ayuda mutua, de la cooperación? ¿Cómo queremos vivir en una sociedad buena si nuestros hijos sólo ven desprecio entre sus padres? ¿Cómo hacerles creer en el amor si no lo ven entre sus padres? ¿Cómo decirles que los buenos sentimientos valen por sí mismos y nos hacen plenos y felices si nosotros no los cultivamos?
Recurrimos al yoga, a la meditación trascendental, al vegetarianismo y al budismo zen para hallar la armonía que no vemos en torno nuestro. Pero nada de eso nos sirve, pues estamos llenos de complejos, de rencores, de odios, de frustraciones y todo porque no nos gustamos a nosotros mismos y no nos gustamos porque no somos buenos. Pero el llegar a ser una buena persona requiere un gran esfuerzo, una aceptación de nuestras limitaciones y mucho tiempo, paciencia y otras virtudes que no estamos dispuestos a cultivar, pues es más fácil “ver la paja en el ojo ajeno” y culpar de todos nuestros males a alguien más. Pero bien sabemos que somos nosotros los únicos responsables de lo que nuestros hijos son.
A los padres, en especial a las madres, nos ciega el “amor” (entre comillas) por nuestros hijos. No queremos ver sus errores, nos negamos a aceptar sus fallas, sus defectos, sus fracasos, porque son un reflejo de los nuestros. Hemos fallado en la única tarea que aceptamos voluntariamente al decidir ser padres, la de educar bien a nuestros hijos.
Nos guste o no, lo queramos aceptar o no, todo lo malo que vemos afuera, viene desde casa. Sólo quienes siguen pensando como adolescentes culpan a factores “externos” de todos los males que vemos a diario al salir de casa. Violencia, basura, suciedad, faltas de respeto, prácticas corruptas, etcétera.
La madre de Diego y el padre de Jorge Luis deberían servirnos como ejemplos de las únicas dos formas posibles de educar y de formar ciudadanos responsables o irresponsables. Adultos plenos, felices, realizados y comprometidos, o eternos adolescentes, malcriados, flojos, parásitos, egoístas e irresponsables. Les dejo esa inquietud. Considerémosla, por amor a ellos.

Teresa de Jesús Padrón Benavides







[1] Nussbaum, Martha C., Not For Profit: Why Democracy Needs Humanities, Princeton University Press, USA, 2010.