En la primera parte de La
enfermedad mortal, Kierkegaard ofrece varias definiciones de
“desesperación” (angustia, depresión, tristeza, miseria, melancolía). Todas
estas formas de angustia, dice Kierkegaard, involucran nuestro fracaso en
desarrollarnos plenamente como seres humanos. Kierkegaard describe a la
desesperación (la enfermedad mortal), como una especie de condición
predeterminada en la que las personas se hallan (consciente o
inconscientemente) y que no termina sino hasta que la persona decide actuar
para eliminar el origen de dicha desesperación.
Desde el primer apartado del
libro, Kierkegaard menciona que la solución a nuestra enfermedad mortal (la
desesperación), requiere establecer una relación íntima con el “poder” del que
emana nuestra condición de seres humanos individuales, en otras palabras, con
Dios. Al conectarnos con la fuente de todo lo creado en el universo, la fuerza
que de Él proviene, nos hará maximizar nuestro potencial para hacer el bien y
para ser felices, eliminando así nuestra enfermedad mortal.
Es evidente que para
Kierkegaard el cristianismo es una religión que nos enseña que debemos tener
una relación “íntima” e individual con Dios. En este sentido, Kierkegaard
abreva de las fuentes del judaísmo (aprendió hebreo para poder estudiar el
antiguo testamento), cuyas enseñanzas nos dicen que no es el ritual ni el
fervor colectivo, sino nuestra relación personal con Dios, el único medio
posible de eliminar la enfermedad mortal.
Una vez que se nos ha revelado
esta verdad, permanecer desesperados, angustiados, deprimidos, no sólo es una
tragedia, sino un pecado, una violación a la voluntad de Dios, que es la de que
todos seamos felices y demos felicidad a los demás. Pero no a través de cosas
materiales, no a través de nuestra dependencia a alguien o a algo, nuestra
felicidad, para que sea auténtica, real, verdadera, genuina y no egoísta, debe
emanar de Dios. En este sentido, dice Kierkegaard, el pecado consiste en
permanecer desesperados aun sabiendo cuál es la solución para dejar de estarlo,
y eso sólo intensifica más nuestra angustia, pues lo estamos cometiendo a
sabiendas de que hay una solución para terminar con él.
La intención de La
enfermedad mortal de Kierkegaard es la de animarnos a creer. Animarnos a
tener fe en Dios. Pero no una fe ciega, sino una que provenga del conocimiento.
Por eso, tanto para el judaísmo como para el cristianismo (no el fanatismo que
ambas religiones contienen), debemos esforzarnos en alcanzar una estrecha y
personal relación con Dios, y aunque tal vez jamás lleguemos a “saber”
realmente si en verdad hemos alcanzado ese grado de intimidad con Él,
Kierkegaard nos conmina a intentarlo a través de nuestra propia introspección y
reflexión.
Para muchos lectores, el mensaje
de Kierkegaard ha sido su inspiración para ahondar en la fe. Las obras de
Kierkegaard nos ofrecen algunas de las más profundas reflexiones acerca del
papel de la religión en el mundo moderno. De ahí su redescubrimiento reciente y
su re valoración como uno de los pensadores más influyentes de la
actualidad. Kierkegaard nos enseña que
el poder de la ciencia como herramienta para entender y manipular nuestro mundo
no necesariamente es antagónico con nuestra necesidad de creer. Es decir,
ciencia y religión son dos aspectos necesarios para tratar de entender el mundo
que nos rodea.
La ciencia nos puede ayudar a entender el mundo
material, el de los “hechos”, nos ayuda a entender cómo funcionan las cosas,
pero no nos sirve como guía para nuestros actos. Es decir, la ciencia no nos
puede ayudar en cuestiones como nuestra conciencia propia, nuestros códigos
éticos, nuestros valores. Este ha sido tal vez el legado más importante de
Kierkegaard al pensamiento del S. XX.
En La enfermedad mortal, Kierkegaard
nos dice que estamos desesperados, lo sepamos o no. Nos dice que hemos fallado
en desarrollar todas nuestras capacidades al máximo, lo cual es un pecado,
puesto que Dios nos ha otorgado capacidades únicas a cada uno pero está en
nosotros el desarrollarlas para hacer el bien o desperdiciarlas para hacer el
mal.
Kierkegaard es el primero de
los existencialistas, pero no en el sentido del existencialismo de Sartre O
Camus, aunque la visión no religiosa de Kierkegaard que ellos proponían era la
de que Kierkegaard es existencialista en el sentido de que nos dice que no
podemos depender de otras personas o en la realidad para responder las
preguntas fundamentales de la moral o de la filosofía, sino que debemos
buscarlas nosotros mismos. Nosotros somos responsables de nuestras propias
decisiones. Somos nosotros mismos y nadie más quienes actuamos de acuerdo a
nuestras decisiones morales. Por tal motivo, actuamos de acuerdo a nuestras
propias convicciones y hacemos lo que creemos que es correcto para nosotros.
Kierkegaard describe esta
especie de “autonomía moral” en el sentido de nuestra búsqueda de una relación
íntima y personal con Dios. Sin embargo,
es difícil entender cómo esa relación con Dios sería diferente, en la práctica,
con un deber auto impuesto, un deber que nos haya dictado nuestra propia
conciencia. ¿No podríamos simplemente regir nuestros actos de acuerdo a los
preceptos morales que nos sean razonables y dejar a Dios fuera de esto?
Muchos dirán que sí, que uno
puede regir su vida de acuerdo a una “ética sin Dios”. Pero una ética o una
moral basadas en códigos o preceptos humanos, siempre será falible, pues los
seres humanos lo somos. Siempre será parcial y finita. En cambio, los preceptos
divinos son imperecederos e imparciales. Kierkegaard nos recuerda, en sus
escritos a Sócrates cuando plantea a Eutifrón el famoso dilema de que si Dios
manda lo bueno porque es bueno o si lo bueno es bueno porque Dios lo manda.
Kierkegaard no tiene dudas. Dios ordena que hagamos el bien porque Dios es
bueno y todo lo bueno sólo puede venir de Él.
El relativismo moral es un
problema tan añejo como la religión misma. Pero hemos visto que ha fallado en aclararnos
nuestras grandes dudas y sobre todo, ha fallado en guiarnos hacia un camino de justicia,
de paz, de armonía, de respeto y de
amor. ¿Regirnos por nuestra propia “ética” o conocer nuestra fe, amarla y
actuar de acuerdo a ella? Esa es la gran incógnita que nos propone este gran
pensador que sigue siendo enriquecedor y que está hoy más vigente que nunca.
Teresa de Jesús
Padrón Benavides
Otoño, 2014

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