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domingo, 23 de noviembre de 2014

Sören Kierkegaard y la desesperación


En la primera parte de La enfermedad mortal, Kierkegaard ofrece varias definiciones de “desesperación” (angustia, depresión, tristeza, miseria, melancolía). Todas estas formas de angustia, dice Kierkegaard, involucran nuestro fracaso en desarrollarnos plenamente como seres humanos. Kierkegaard describe a la desesperación (la enfermedad mortal), como una especie de condición predeterminada en la que las personas se hallan (consciente o inconscientemente) y que no termina sino hasta que la persona decide actuar para eliminar el origen de dicha desesperación.
Desde el primer apartado del libro, Kierkegaard menciona que la solución a nuestra enfermedad mortal (la desesperación), requiere establecer una relación íntima con el “poder” del que emana nuestra condición de seres humanos individuales, en otras palabras, con Dios. Al conectarnos con la fuente de todo lo creado en el universo, la fuerza que de Él proviene, nos hará maximizar nuestro potencial para hacer el bien y para ser felices, eliminando así nuestra enfermedad mortal.
Es evidente que para Kierkegaard el cristianismo es una religión que nos enseña que debemos tener una relación “íntima” e individual con Dios. En este sentido, Kierkegaard abreva de las fuentes del judaísmo (aprendió hebreo para poder estudiar el antiguo testamento), cuyas enseñanzas nos dicen que no es el ritual ni el fervor colectivo, sino nuestra relación personal con Dios, el único medio posible de eliminar la enfermedad mortal.
Una vez que se nos ha revelado esta verdad, permanecer desesperados, angustiados, deprimidos, no sólo es una tragedia, sino un pecado, una violación a la voluntad de Dios, que es la de que todos seamos felices y demos felicidad a los demás. Pero no a través de cosas materiales, no a través de nuestra dependencia a alguien o a algo, nuestra felicidad, para que sea auténtica, real, verdadera, genuina y no egoísta, debe emanar de Dios. En este sentido, dice Kierkegaard, el pecado consiste en permanecer desesperados aun sabiendo cuál es la solución para dejar de estarlo, y eso sólo intensifica más nuestra angustia, pues lo estamos cometiendo a sabiendas de que hay una solución para terminar con él.
La intención de La enfermedad mortal de Kierkegaard es la de animarnos a creer. Animarnos a tener fe en Dios. Pero no una fe ciega, sino una que provenga del conocimiento. Por eso, tanto para el judaísmo como para el cristianismo (no el fanatismo que ambas religiones contienen), debemos esforzarnos en alcanzar una estrecha y personal relación con Dios, y aunque tal vez jamás lleguemos a “saber” realmente si en verdad hemos alcanzado ese grado de intimidad con Él, Kierkegaard nos conmina a intentarlo a través de nuestra propia introspección y reflexión.
Para muchos lectores, el mensaje de Kierkegaard ha sido su inspiración para ahondar en la fe. Las obras de Kierkegaard nos ofrecen algunas de las más profundas reflexiones acerca del papel de la religión en el mundo moderno. De ahí su redescubrimiento reciente y su re valoración como uno de los pensadores más influyentes de la actualidad.  Kierkegaard nos enseña que el poder de la ciencia como herramienta para entender y manipular nuestro mundo no necesariamente es antagónico con nuestra necesidad de creer. Es decir, ciencia y religión son dos aspectos necesarios para tratar de entender el mundo que nos rodea.
La ciencia  nos puede ayudar a entender el mundo material, el de los “hechos”, nos ayuda a entender cómo funcionan las cosas, pero no nos sirve como guía para nuestros actos. Es decir, la ciencia no nos puede ayudar en cuestiones como nuestra conciencia propia, nuestros códigos éticos, nuestros valores. Este ha sido tal vez el legado más importante de Kierkegaard al pensamiento del S. XX.
En La enfermedad mortal, Kierkegaard nos dice que estamos desesperados, lo sepamos o no. Nos dice que hemos fallado en desarrollar todas nuestras capacidades al máximo, lo cual es un pecado, puesto que Dios nos ha otorgado capacidades únicas a cada uno pero está en nosotros el desarrollarlas para hacer el bien o desperdiciarlas para hacer el mal.
Kierkegaard es el primero de los existencialistas, pero no en el sentido del existencialismo de Sartre O Camus, aunque la visión no religiosa de Kierkegaard que ellos proponían era la de que Kierkegaard es existencialista en el sentido de que nos dice que no podemos depender de otras personas o en la realidad para responder las preguntas fundamentales de la moral o de la filosofía, sino que debemos buscarlas nosotros mismos. Nosotros somos responsables de nuestras propias decisiones. Somos nosotros mismos y nadie más quienes actuamos de acuerdo a nuestras decisiones morales. Por tal motivo, actuamos de acuerdo a nuestras propias convicciones y hacemos lo que creemos que es correcto para nosotros.
Kierkegaard describe esta especie de “autonomía moral” en el sentido de nuestra búsqueda de una relación íntima y personal con Dios.  Sin embargo, es difícil entender cómo esa relación con Dios sería diferente, en la práctica, con un deber auto impuesto, un deber que nos haya dictado nuestra propia conciencia. ¿No podríamos simplemente regir nuestros actos de acuerdo a los preceptos morales que nos sean razonables y dejar a Dios fuera de esto?
Muchos dirán que sí, que uno puede regir su vida de acuerdo a una “ética sin Dios”. Pero una ética o una moral basadas en códigos o preceptos humanos, siempre será falible, pues los seres humanos lo somos. Siempre será parcial y finita. En cambio, los preceptos divinos son imperecederos e imparciales. Kierkegaard nos recuerda, en sus escritos a Sócrates cuando plantea a Eutifrón el famoso dilema de que si Dios manda lo bueno porque es bueno o si lo bueno es bueno porque Dios lo manda. Kierkegaard no tiene dudas. Dios ordena que hagamos el bien porque Dios es bueno y todo lo bueno sólo puede venir de Él.
El relativismo moral es un problema tan añejo como la religión misma. Pero hemos visto que ha fallado en aclararnos nuestras grandes dudas y sobre todo, ha fallado en guiarnos hacia un camino de justicia, de  paz, de armonía, de respeto y de amor. ¿Regirnos por nuestra propia “ética” o conocer nuestra fe, amarla y actuar de acuerdo a ella? Esa es la gran incógnita que nos propone este gran pensador que sigue siendo enriquecedor y que está hoy más vigente que nunca.

Teresa de Jesús Padrón Benavides
Otoño, 2014



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