Mi lista de blogs


jueves, 21 de agosto de 2014

Jorge Luis y Diego, dos niños especiales


“Todo lo que un individuo llegará a ser, todo en lo que se convertirá, será producto de la educación que haya recibido en casa.”
Rabindranath Tagore, filósofo, poeta y dramaturgo indio, premio nobel de literatura, 1913

“Sé el cambio que quieres ver en el mundo”
Mahatma Gandhi
Leyendo los periódicos esta mañana, me llaman la atención dos notas en la primera página de la sección “ciudad”. En una de ellas, ilustrada con la fotografía de un policía escoltando a una madre de familia y su hijo de 10 años con la cara cubierta para efectos de privacidad, leo que los padres de familia y los maestros de una de las primarias con mayor aprovechamiento en la colonia del valle, hartos de la mala conducta y del bullying a que el niño sometía no sólo a sus compañeros sino a maestros, y cansados de esperar respuesta de la SEP a quien la directora del plantel había reportado el caso hace meses, decidieron tomar el caso en sus manos y simplemente impedirle a Diego (así se llama el menor) y a su madre, el acceso a la escuela.
La directora del plantel, quien fue entrevistada por los medios, dijo que desde abril pasado se había notificado el caso no sólo a la SEP, sino se había canalizado el niño a USAER (donde se atienden los casos con niños proclives a conductas irregulares), e incluso al UAMASI (Unidad de Atención al Maltrato y Abuso Sexual Infantil), pues el niño en varias ocasiones molestó tocando sus partes a compañeros y mostrándoles sus genitales. En ninguna instancia recibieron respuesta. En un caso sin precedentes en la escuela, que además del alto rendimiento escolar se ha destacado siempre por el orden y la disciplina, los padres de familia se unieron en una causa común, la de “expulsar” al mal elemento que impedía el buen funcionamiento y alteraba el orden y la paz de la escuela de sus hijos.
En la foto de primera plana, se ve a una madre de familia rubia, vestida a la moda, con lentes y bolsa “de marca” y una expresión de angustia en su rostro y a un niño también rubio, obeso, bien vestido y con cara de no entender bien qué pasaba. Ambos aparecen siendo escoltados por un policía y después dentro de una patrulla, como delincuentes.
La segunda nota que menciono, viene un poco más abajo y sin foto. Es el caso de Jorge Luis, también de 10 años y a quien su padre ha educado solo desde que el niño quedó huérfano de madre a los tres años. La nota se centra en el hecho de que el GDF les otorgará el crédito para una vivienda digna, pues desde que el hombre enviudó, ambos, él y el niño viven en un cuarto de cuatro por tres metros y se alimentan en un comedor popular del GDF. Pero lo más destacado de la nota es que Jorge Luis, así se llama el niño, ganó este año la Olimpiada del Conocimiento en el D.F. Y eso no es raro, pues su padre, Alejandro Avilés, tiene un doctorado en matemáticas por la Universidad Estatal de Moscú. Sin embargo, decidió hace 7 años renunciar a un trabajo estable para dedicarse a su hijo y por ahora vive de dar clases particulares.
¿Qué nos dicen estas notas? ¿De qué nos hablan? Martha Nussbaum, filósofa norteamericana dedicada a cuestiones de educación, en un hermoso libro llamado Not For Profit, why Democracy Needs The Humanities[1], nos alerta del peligro que corren las sociedades democráticas con la tendencia global de eliminar de los planes de estudio de las escuelas (desde nivel básico hasta universidad), las materias de humanidades, como la ética, la sociología, la psicología, la economía, la historia, la literatura y las artes. Nussbaum pone el dedo en la llaga de muchas sociedades modernas que han abandonado sus tradiciones humanistas en aras de un desarrollo económico brutal, enloquecido y que ha dejado de lado las diferencias abismales entre la sociedad rural pobre y la urbana rica. Ella se centra en India, que es donde ha realizado más sus estudios, en especial, en el pensamiento de Tagore, pues este filósofo indio hacía énfasis claro, ya desde principios del SXX, de la urgencia de humanizar y cultivar las artes en las escuelas públicas y no sólo enseñar un oficio, pues esto generaría una sociedad carente de valores necesarios para la democracia, como la igualdad, el respeto, la tolerancia, la solidaridad, los buenos modales, el buen gusto, el valor del trabajo, de la familia, la buena distribución de la riqueza, la educación, entre otros.
Y cuando Nussbaum habla de la familia, se refiere a ella, al igual que Tagore, como la encargada de transmitir los valores democráticos que el niño o la niña llevará consigo a la escuela y a otros ámbitos sociales y que serán los que formen su carácter, moldeen su percepción de la realidad y hagan de él o de ella un adulto responsable, generoso, virtuoso, respetuoso de las diferencias, en fin, una buena persona y no sólo alguien “útil” a la sociedad. La escuela, más tarde y el círculo de amigos y compañeros de estudio y de trabajo, después, serán los otros ámbitos en donde los niños y jóvenes apliquen los valores aprendidos y adquieran otros. El papel que desempeñan sus maestros, aunque es también muy importante, no es crucial, como el de los padres, abuelos y familiares cercanos en la formación de lo que él o ella llegarán a ser. Es decir, la familia sigue y seguirá siendo la principal fuente de educación de la sociedad y su pilar más importante.
El escenario al que estamos asistiendo ahora nos devuelve una imagen terrible. Si las familias (de madres o padres solteros, viudos, divorciados, o donde hay padre y madre) son disfuncionales, lo será también la sociedad, pues ésta es una cadena cuyos eslabones son las familias. Los padres (y, en la mayoría de los casos, las madres) siguen siendo la figura “adulta” por antonomasia para los hijos. Es decir, el modelo que ellos tienen de lo que debe o no debe ser un adulto.
Nos quejamos de la falta de igualdad entre hombres y mujeres y de la falta de una figura de respeto para nuestros hijos, pero maltratamos a nuestros esposos y los humillamos y menospreciamos cada vez que se presenta la ocasión. Ah, pero eso sí, cuando nuestros hijos varones sufren el mismo trato por parte de sus mujeres, ellas son las malas, las perversas, las tiranas. Nos quejamos de la discriminación en las escuelas, en las calles, pero no podemos evitar decirle “indio” a un niño moreno o pobre cuando nuestros hijos han reñido con alguno de ellos. Nos indigna la cantidad de basura en las calles, pero nos encanta comer fuera y generar toneladas de basura inorgánica que sólo contribuye a dañar el planeta. Nos enferma y nos da asco el maltrato animal, pero no tenemos empacho en maltratar a una persona, incluso a un miembro de nuestra familia. Nos parece inadmisible la ignorancia, la pereza, la falta de un proyecto de vida, pero dejamos que nuestros hijos mayores pasen horas frente a la computadora o el televisor y no cooperen en casa con la limpieza o aporten a la economía familiar.
Entonces, ¿de dónde esperamos que surjan los valores democráticos? ¿A quién queremos pasar la estafeta en la enseñanza del respeto, de la tolerancia, de la solidaridad, de la ayuda mutua, de la cooperación? ¿Cómo queremos vivir en una sociedad buena si nuestros hijos sólo ven desprecio entre sus padres? ¿Cómo hacerles creer en el amor si no lo ven entre sus padres? ¿Cómo decirles que los buenos sentimientos valen por sí mismos y nos hacen plenos y felices si nosotros no los cultivamos?
Recurrimos al yoga, a la meditación trascendental, al vegetarianismo y al budismo zen para hallar la armonía que no vemos en torno nuestro. Pero nada de eso nos sirve, pues estamos llenos de complejos, de rencores, de odios, de frustraciones y todo porque no nos gustamos a nosotros mismos y no nos gustamos porque no somos buenos. Pero el llegar a ser una buena persona requiere un gran esfuerzo, una aceptación de nuestras limitaciones y mucho tiempo, paciencia y otras virtudes que no estamos dispuestos a cultivar, pues es más fácil “ver la paja en el ojo ajeno” y culpar de todos nuestros males a alguien más. Pero bien sabemos que somos nosotros los únicos responsables de lo que nuestros hijos son.
A los padres, en especial a las madres, nos ciega el “amor” (entre comillas) por nuestros hijos. No queremos ver sus errores, nos negamos a aceptar sus fallas, sus defectos, sus fracasos, porque son un reflejo de los nuestros. Hemos fallado en la única tarea que aceptamos voluntariamente al decidir ser padres, la de educar bien a nuestros hijos.
Nos guste o no, lo queramos aceptar o no, todo lo malo que vemos afuera, viene desde casa. Sólo quienes siguen pensando como adolescentes culpan a factores “externos” de todos los males que vemos a diario al salir de casa. Violencia, basura, suciedad, faltas de respeto, prácticas corruptas, etcétera.
La madre de Diego y el padre de Jorge Luis deberían servirnos como ejemplos de las únicas dos formas posibles de educar y de formar ciudadanos responsables o irresponsables. Adultos plenos, felices, realizados y comprometidos, o eternos adolescentes, malcriados, flojos, parásitos, egoístas e irresponsables. Les dejo esa inquietud. Considerémosla, por amor a ellos.

Teresa de Jesús Padrón Benavides







[1] Nussbaum, Martha C., Not For Profit: Why Democracy Needs Humanities, Princeton University Press, USA, 2010.

No hay comentarios:

Publicar un comentario