“El peor lado de la enfermedad
mental es que la gente espera que te portes como si no la tuvieras”, escribe Arthur
Fleck en su diario. La demencia de la sociedad actual reflejada en un solo
individuo. La locura social, la histeria
colectiva, la psicosis contemporánea, el absurdo de la vida, encarnados en un “hombre
sin rostro”, en un paria, en uno de los millones de seres que nacen y mueren
sin que alguien los vea.
Joker es una película perturbadora, desagradable,
triste y cruel de principio a fin porque nos devuelve lo peor de nosotros
mismos como sociedad y porque nos muestra el peor rostro de un sistema que
excluye a los más desfavorecidos y les niega los servicios básicos no sólo de
salud, sino de oportunidades, de trabajo, de educación, y que son quienes
padecen la mayoría de los trastornos mentales justo por su condición social.
Arthur Fleck es un
personaje trágico que padece PBA, (Desorden pseudo bulbar), una enfermedad emocional
que se caracteriza por episodios incontrolables de risa o de llanto y que tiene
su origen en la corteza cerebral muchas veces a causa de lesión cerebral o de
algún padecimiento neurológico. A diferencia de la depresión, en donde el
llanto o la risa son señales típicas de tristeza o de euforia, en el PBA estos
episodios ocurren repentinamente y sin causa aparente. Otra diferencia es que
la depresión suele ser un estado permanente o duradero mientras que el PBA se
presenta en episodios breves.
Arthur Fleck tiene motivos
de sobra para estar enojado con quienes ostentan el poder, sin embargo no lo
está, sino hasta el final de la película. Él es un hombre enfermo cuya única
ilusión consiste en hacer reír a las personas, en ser un comediante. Él cuida
de su madre anciana mientras trabaja en lo único que puede hacer debido a su
condición: de payaso de calle para una agencia de cuarta que explota a quienes
como él, están incapacitados para realizar otro tipo de trabajo. Pero a
diferencia de sus colegas de la agencia, él sí disfruta haciendo reía a los
demás, sobre todo a los niños enfermos de cáncer en los hospitales. Él y su
madre ven juntos cada noche a su comediante favorito y ríen como niños con sus
bromas y sus chistes.
Pero hay de bromas a
bromas y una cosa es bromear o hacer un chiste de mal gusto y otra muy distinta
es la burla, el escarnio, la mofa y la humillación hacia los demás a partir de sus defectos
físicos, de sus enfermedades o de su condición social. Y eso es justamente lo
que Arthur no puede tolerar. La crueldad ejercida no sólo por los ricos, los
famosos o los influyentes, sino también por quienes son como él, los marginados
sociales, los que se regodean y disfrutan haciendo el mal por el mal, pues su
frustración los empuja a ello. Incapaces de sobresalir, de salir de su
condición, recurren a la violencia y a la crueldad como válvula de escape.
Desde la primera escena, vestido
de payaso afuera de una tienda, vemos cómo es víctima de un grupo de muchachos
que le quitan el letrero que porta y hacen que los persiga hasta un callejón
donde le propinan una cruel golpiza y lo dejan tirado entre las ratas y la
basura (que por cierto son mencionadas como un problema de la ciudad desde el
principio de la cinta, tal vez como metáfora de la podredumbre social).
Luego sufre otra golpiza
en el metro por parte de tres hombres (estos de clase media), que intentan
abusar de una muchacha mientras él sufre de uno de sus ataques sorpresivos de
risa, tal vez causado por la situación estresante del momento. A estos los mata
a sangre fría con un arma que le ofrece un compañero de trabajo para “defenderse”
y la cual él acepta no de muy buena gana. A partir de ese hecho, se convierte
(sin proponérselo), en la inspiración de protestas y disturbios de las clases
oprimidas contra el gobierno y las clases altas, quienes toman las calles
violentamente con las caras cubiertas con máscaras de payaso y causando
destrozos y caos a su paso.
Después continúa sufriendo
una serie de infortunios, como el hecho de descubrir que es hijo adoptivo y
que, además, sufrió abuso y maltrato infantil por parte de su madre y su
padrastro, recuerdos dolorosos que ha tratado de reprimir y que tal vez sean los
responsables de su condición mental y de su risa espontánea e involuntaria.
Sin embargo, no podemos
ver ni la película ni a su personaje principal sólo con un sesgo de denuncia
social o moral contra un sistema que margina y aliena a las personas, aunque no
podemos negar que Joker sea no víctima pero sí, en gran medida, producto
de de ese sistema.
Lo fascinante e
inquietante es que el personaje no puede escindirse de la historia. La historia
es el personaje. Y no es el clásico villano que se presenta como la
encarnación del mal. No. La historia es narrada totalmente desde la perspectiva
de Arthur, con quien llegamos a simpatizar casi de inmediato, pues a través de
él, de su vida, de sus experiencias y diálogos, de lo que escribe en su diario,
llegamos a conocerlo, a compenetrar con él, a comprender por qué termina
actuando como lo hace y aunque no aceptemos que se convierta en criminal,
aunque no le quitemos responsabilidad por sus actos ni lo eximamos de culpa,
tampoco podemos negar que todos hemos creado el ambiente perfecto para que
alguien como él pueda surgir. La mofa, la burla, el escarnio, la humillación,
tan característicos de nuestra sociedad, son el caldo de cultivo perfecto para
engendrar seres como Arthur Fleck y eso es justamente lo que incomoda de la
película.
Joker es el personaje que encarna todo aquello que
queremos negar de nosotros mismos, de lo que hemos hecho como sociedad, pero
que tarde o temprano estalla en nuestra propia cara y nos devuelve al monstruo
que todos llevamos dentro y que puede llegar a convertirse en el ídolo de los
parias, de los sin rostro, de los que nunca han importado.
Lo peligroso de Joker
es que pasa de ser un enfermo mental a un asesino serial inmisericorde y que, a
pesar de ello, se vuelve figura de culto para muchos que ven en él, en sus
acciones y en su “ascenso”, al líder que habían estado esperando para
finalmente hacerse notar, para ser escuchados y tomados en cuenta.
Sin embargo, la historia
de Arthur Fleck no es la de su ascenso, sino la de su caída. Él comienza siendo
un hombre bueno. Es trabajador, hace reír a los niños enfermos, cuida a su
madre anciana, sigue al pie de la letra su tratamiento psiquiátrico. Sin
embargo, el mundo lo ha “golpeado” literalmente muchas veces y de manera cruel.
La gente lo ha tratado muy mal y de muchas maneras.
Si la violencia de Arthur
nos resulta catártica a veces, es porque hemos visto cómo el mundo lo ha
tratado, no porque sus acciones sean loables. Él sólo ha creado un caos mayor
dentro de un mundo ya de por sí caótico, violento e indiferente al sufrimiento
de los demás. Pero este es "su" caos, y este caos sí le agrada, sí le complace, pues a través de él puede ppr fín ser visto. Joker es un chivo expiatorio de todos los males que nos
afectan como sociedad. Él no es más que el espejo donde vemos reflejado el
rostro de los asesinos seriales, de los atacantes masivos, de los sicópatas que
no son otra cosa sino producto del modo de vida consumista y absurdo que
excluye a millones y que los margina a la oscuridad absoluta.
Más allá de todo análisis
del personaje, creo que la película podría ser un instrumento o más bien, un
medio para poner sobre la mesa de discusión las causas de las enfermedades
mentales. No sólo las genéticas, sino las sociales. Podría ser utilizada para
analizar el origen de esta problemática social que afecta a miles de personas y
que las señala y las margina negándoles tratamiento médico por su condición
social, lo que muchas veces desemboca en atrocidades como las que comete Arthur
Fleck. También para revisar, como sociedad, nuestros estándares de lo que se considera "normal" o "anormal", pues muchas veces nuestros prejuicios nos impiden juzgar imparcialmente a las personas y lo hacemos sólo a partir de su aspecto o condición social.
La violencia es real, los
crímenes en el mundo son reales y Joker es sólo una película inspirada
en un personaje de cómic, pero bien podría ser el catalizador para empezar a
atender las causas y los orígenes de la violencia y para cambiar radicalmente
nuestra forma de actuar en sociedad ayudando a integrar a personas como Arthur
Fleck en vez de marginarlas, rechazarlas y señalarlas como responsables de
todos los males del mundo cuando en realidad todos sabemos que son sólo la
coartada perfecta de los verdaderos malos. Y eso no es una broma.






