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lunes, 11 de noviembre de 2019

El hombre que ríe



“El peor lado de la enfermedad mental es que la gente espera que te portes como si no la tuvieras”, escribe Arthur Fleck en su diario. La demencia de la sociedad actual reflejada en un solo individuo.  La locura social, la histeria colectiva, la psicosis contemporánea, el absurdo de la vida, encarnados en un “hombre sin rostro”, en un paria, en uno de los millones de seres que nacen y mueren sin que alguien los vea.
Joker es una película perturbadora, desagradable, triste y cruel de principio a fin porque nos devuelve lo peor de nosotros mismos como sociedad y porque nos muestra el peor rostro de un sistema que excluye a los más desfavorecidos y les niega los servicios básicos no sólo de salud, sino de oportunidades, de trabajo, de educación, y que son quienes padecen la mayoría de los trastornos mentales justo por su condición social.
Arthur Fleck es un personaje trágico que padece PBA, (Desorden pseudo bulbar), una enfermedad emocional que se caracteriza por episodios incontrolables de risa o de llanto y que tiene su origen en la corteza cerebral muchas veces a causa de lesión cerebral o de algún padecimiento neurológico. A diferencia de la depresión, en donde el llanto o la risa son señales típicas de tristeza o de euforia, en el PBA estos episodios ocurren repentinamente y sin causa aparente. Otra diferencia es que la depresión suele ser un estado permanente o duradero mientras que el PBA se presenta en episodios breves.
Arthur Fleck tiene motivos de sobra para estar enojado con quienes ostentan el poder, sin embargo no lo está, sino hasta el final de la película. Él es un hombre enfermo cuya única ilusión consiste en hacer reír a las personas, en ser un comediante. Él cuida de su madre anciana mientras trabaja en lo único que puede hacer debido a su condición: de payaso de calle para una agencia de cuarta que explota a quienes como él, están incapacitados para realizar otro tipo de trabajo. Pero a diferencia de sus colegas de la agencia, él sí disfruta haciendo reía a los demás, sobre todo a los niños enfermos de cáncer en los hospitales. Él y su madre ven juntos cada noche a su comediante favorito y ríen como niños con sus bromas y sus chistes.
Pero hay de bromas a bromas y una cosa es bromear o hacer un chiste de mal gusto y otra muy distinta es la burla, el escarnio, la mofa y la humillación  hacia los demás a partir de sus defectos físicos, de sus enfermedades o de su condición social. Y eso es justamente lo que Arthur no puede tolerar. La crueldad ejercida no sólo por los ricos, los famosos o los influyentes, sino también por quienes son como él, los marginados sociales, los que se regodean y disfrutan haciendo el mal por el mal, pues su frustración los empuja a ello. Incapaces de sobresalir, de salir de su condición, recurren a la violencia y a la crueldad como válvula de escape.
Desde la primera escena, vestido de payaso afuera de una tienda, vemos cómo es víctima de un grupo de muchachos que le quitan el letrero que porta y hacen que los persiga hasta un callejón donde le propinan una cruel golpiza y lo dejan tirado entre las ratas y la basura (que por cierto son mencionadas como un problema de la ciudad desde el principio de la cinta, tal vez como metáfora de la podredumbre social).
Luego sufre otra golpiza en el metro por parte de tres hombres (estos de clase media), que intentan abusar de una muchacha mientras él sufre de uno de sus ataques sorpresivos de risa, tal vez causado por la situación estresante del momento. A estos los mata a sangre fría con un arma que le ofrece un compañero de trabajo para “defenderse” y la cual él acepta no de muy buena gana. A partir de ese hecho, se convierte (sin proponérselo), en la inspiración de protestas y disturbios de las clases oprimidas contra el gobierno y las clases altas, quienes toman las calles violentamente con las caras cubiertas con máscaras de payaso y causando destrozos y caos a su paso.
Después continúa sufriendo una serie de infortunios, como el hecho de descubrir que es hijo adoptivo y que, además, sufrió abuso y maltrato infantil por parte de su madre y su padrastro, recuerdos dolorosos que ha tratado de reprimir y que tal vez sean los responsables de su condición mental y de su risa espontánea e involuntaria.
Sin embargo, no podemos ver ni la película ni a su personaje principal sólo con un sesgo de denuncia social o moral contra un sistema que margina y aliena a las personas, aunque no podemos negar que Joker sea no víctima pero sí, en gran medida, producto de de ese sistema.
Lo fascinante e inquietante es que el personaje no puede escindirse de la historia. La historia es el personaje. Y no es el clásico villano que se presenta como la encarnación del mal. No. La historia es narrada totalmente desde la perspectiva de Arthur, con quien llegamos a simpatizar casi de inmediato, pues a través de él, de su vida, de sus experiencias y diálogos, de lo que escribe en su diario, llegamos a conocerlo, a compenetrar con él, a comprender por qué termina actuando como lo hace y aunque no aceptemos que se convierta en criminal, aunque no le quitemos responsabilidad por sus actos ni lo eximamos de culpa, tampoco podemos negar que todos hemos creado el ambiente perfecto para que alguien como él pueda surgir. La mofa, la burla, el escarnio, la humillación, tan característicos de nuestra sociedad, son el caldo de cultivo perfecto para engendrar seres como Arthur Fleck y eso es justamente lo que incomoda de la película.
Joker es el personaje que encarna todo aquello que queremos negar de nosotros mismos, de lo que hemos hecho como sociedad, pero que tarde o temprano estalla en nuestra propia cara y nos devuelve al monstruo que todos llevamos dentro y que puede llegar a convertirse en el ídolo de los parias, de los sin rostro, de los que nunca han importado.
Lo peligroso de Joker es que pasa de ser un enfermo mental a un asesino serial inmisericorde y que, a pesar de ello, se vuelve figura de culto para muchos que ven en él, en sus acciones y en su “ascenso”, al líder que habían estado esperando para finalmente hacerse notar, para ser escuchados y tomados en cuenta.
Sin embargo, la historia de Arthur Fleck no es la de su ascenso, sino la de su caída. Él comienza siendo un hombre bueno. Es trabajador, hace reír a los niños enfermos, cuida a su madre anciana, sigue al pie de la letra su tratamiento psiquiátrico. Sin embargo, el mundo lo ha “golpeado” literalmente muchas veces y de manera cruel. La gente lo ha tratado muy mal y de muchas maneras.
Si la violencia de Arthur nos resulta catártica a veces, es porque hemos visto cómo el mundo lo ha tratado, no porque sus acciones sean loables. Él sólo ha creado un caos mayor dentro de un mundo ya de por sí caótico, violento e indiferente al sufrimiento de los demás. Pero este es "su" caos, y este caos sí le agrada, sí le complace, pues a través de él puede ppr fín ser visto. Joker es un chivo expiatorio de todos los males que nos afectan como sociedad. Él no es más que el espejo donde vemos reflejado el rostro de los asesinos seriales, de los atacantes masivos, de los sicópatas que no son otra cosa sino producto del modo de vida consumista y absurdo que excluye a millones y que los margina a la oscuridad absoluta.
Más allá de todo análisis del personaje, creo que la película podría ser un instrumento o más bien, un medio para poner sobre la mesa de discusión las causas de las enfermedades mentales. No sólo las genéticas, sino las sociales. Podría ser utilizada para analizar el origen de esta problemática social que afecta a miles de personas y que las señala y las margina negándoles tratamiento médico por su condición social, lo que muchas veces desemboca en atrocidades como las que comete Arthur Fleck. También para revisar, como sociedad, nuestros estándares de lo que se considera "normal" o "anormal", pues muchas veces nuestros prejuicios nos impiden juzgar imparcialmente a las personas y lo hacemos sólo a partir de su aspecto o condición social.

La violencia es real, los crímenes en el mundo son reales y Joker es sólo una película inspirada en un personaje de cómic, pero bien podría ser el catalizador para empezar a atender las causas y los orígenes de la violencia y para cambiar radicalmente nuestra forma de actuar en sociedad ayudando a integrar a personas como Arthur Fleck en vez de marginarlas, rechazarlas y señalarlas como responsables de todos los males del mundo cuando en realidad todos sabemos que son sólo la coartada perfecta de los verdaderos malos. Y eso no es una broma.

Teresa Padrón, otoño del 2019

sábado, 5 de octubre de 2019

Siete historias verdaderas de una niña de cincuenta



I
En la fotografía debo tener nueve años pues atrás, un poco borrosa, se alcanza a distinguir la fecha: diciembre de 1976. Estoy sentada en las piernas de Santa Claus. Creo que es durante la inauguración de un centro comercial en Brownsville. Traigo un sweater verde con un carro bordado, regalo de mi madrina de bautizo. Santa apunta hacia la cámara con su dedo índice gordo y rojo como él y me dice que sonría. Yo no quiero sonreír. No tengo ganas ni motivos. Esa será la tercera navidad sin papá y eso no es motivo de alegría. Cuando la señorita de la foto se cansó de esperar mi sonrisa, disparó su cámara instantánea y salió la foto.
Y así salgo. Una niña triste y enojada en las piernas de un Santa Claus gordo y sonriente. No recuerdo si le pedí algo especial, pero sí que me dio un caramelo rojiblanco en forma de bastón para colgar en nuestro árbol. Me lo comí enseguida y me fui con mamá a seguir las compras navideñas.
Cuando por fin salimos de aquel enorme y ruidoso lugar lleno de gente, de luces y de cosas, había caído la tarde y un viento helado traía el olor del mar.
Al subir al carro mamá encendió la radio, prendió un cigarro y canturreó junto a Javier Solís, “Mar, se me fue, dijo adiós en su azul lejanía…”  Alcancé a ver sus lágrimas a través del espejo retrovisor pero me hice la despistada y me quedé dormida en el asiento trasero.
Al llegar a casa ya había anochecido. Mamá sonó el claxon y mis hermanos salieron corriendo a ayudar con las compras. Al entrar, toda la casa olía a pino y eso me alegró un poco. Le pedí a mamá dejarme dormir en la sala porque me gustaba ver las lucecitas de colores del árbol en la oscuridad y aspirar el olor a pino. Además, el nacimiento iluminado, con el pesebre, los animales, los pastores, José y María, me hacían pensar en la familia. En la mía y en todas las demás y eso me tranquilizaba.
Esa noche soñé con papá. Con que esta vez sí llegaría a casa en Navidad para cenar con nosotros y quedarnos en la sala con las luces apagadas y sólo el árbol encendido hasta que el sueño nos venciera y abrir juntos los regalos tempranito. Soñé con él y con mamá juntos en la cama y yo en medio de ellos.
Cuando desperté fui a la cocina y vi a mamá sola en la mesa, tomando café y llorando de nuevo con la radio. Esta vez se oía “Diciembre me gustó pa que te vayas, que sea tu cruel adiós mi Navidad...”
Cuando se percató que yo estaba ahí, se secó las lágrimas y me preguntó “¿Se te antojan unos hot cakes?” Y me dio un beso tronado en el cachete.
Entonces entendí, a mis cortos nueve años, que papá ya no vivía en casa y que a partir de entonces, en las navidades, seríamos sólo nosotros cuatro. Respondí “Sí, quiero dos con mucha miel y mantequilla”.

II

Recuerdo bien ese día. Hacía un viento fuerte y frío pero el sol brillaba.  Iba con mamá en su Ford Falcon por la carretera. Atrás habíamos dejado la ciudad y sólo se veían los campos sembrados y una que otra casita de madera. Al llegar al puesto de revisión, reconocí a papá desde lejos con su uniforme azul de lana y su gorra con el escudo metálico que brilló con el sol de mediodía.
Apuró el paso hasta nuestro carro, se metió y dio un portazo tan fuerte que me hizo saltar de mi asiento. No dijo nada. Sólo sacó unos billetes de la bolsa de su abrigo y se los dio a mamá. A mí me dio unas cuantas monedas y me dijo que bajara con él a buscar al “conejo de Pascua” que ahí, en el monte, entre los arbustos y matorrales, a un lado de la carretera, me había dejado una canasta con huevos de dulce y un regalo.
Corrí por entre la hierba y alcancé a distinguir algo amarillo detrás de un mezquite. “Ahí se ve algo”, grité. “Corre a ver qué es”, dijo papá. Era un pato de peluche gigantesco, amarillo, con chaleco y gorra a cuadros. Junto a él había una canasta también llena de huevos de chocolate y de dulce y también había huevos de verdad, pintados a mano con dibujos que, (sospechosamente), se parecían a los que me hacía mamá.
Cogí el enorme pato y papá la canasta. Volvimos corriendo al carro donde mamá fumaba con la ventana abierta. Me sonrió a través del vidrio del lado del copiloto. Era una sonrisa triste y forzada.
Besé a papá, subí mis cosas y nos fuimos yo y mamá de vuelta a casa. Por el camino cayó una ligera llovizna y una parvada de patos silvestres cruzó el cielo con dirección al sur. Mamá dijo “Se va a venir el norte otra vez. Son las últimas heladas del año”. Yo dije que sí sin dejar de contemplar a mi pato enorme sentado junto a mí, sonriéndome.

III
El invierno de 1976 debió ser uno de los más tristes de mi vida. Lloviznó durante casi dos meses y el frío se sintió como nunca antes. Debíamos permanecer encerrados en casa casi todo el tiempo y el tedio era insoportable.
Estaba en quinto grado y lo que más me dolía era la suspensión de las clases pues lo único que me alegraba un poco en esos días era ver a mis amigos de la escuela. La sola cosa que me consolaba era un radio de transistores “Soundesign” regalo de mi abuela. Todas las noches lo sintonizaba en “KRIO”, una estación de radio de McAllen. Las canciones de moda eran Just  The Way You Are de Billy Joel y Silly Love Songs de Paul Mc Cartney.  Esas y otras “canciones tontas de amor” me daban un poco de alegría durante aquel triste invierno.
Cuando por fin salió el sol, ya era primavera y sólo volví a clases durante unos días antes de las vacaciones de semana santa. Presumí con mis amigos mi radio y ellos conmigo sus regalos. Dante, cuya madre acababa de morir, me enseñó su reloj Casio digital a prueba de agua y Nely sus “walkie-talkies” que alcanzaban a escucharse a cien metros de distancia.
Durante el recreo, Dante me habló de su mamá muerta y de cuánto la echaba de menos. Yo le hablé de mi papá vivo y de cuánto lo echaba de menos. Compartimos nuestro sándwich, nos secamos las lágrimas y nos fuimos a jugar con los demás a “la roña”.

IV

Conocí el dolor verdadero por primera vez a los ocho años. Fue una tarde calurosa de verano mientras me bañaba. Mi hermano llegó a la casa corriendo y gritando que habían atropellado a nuestro perro Duque.
Recuerdo claramente que salí del baño sin y sin secarme, me puse el uniforme rojo que acababa de quitarme. Chorreando agua y descalza, quemándome los pies, corrí a toda prisa hasta el lugar de la tragedia. Mis lágrimas corrían por mi cara y se mezclaban con el agua que caía de mi pelo aún mojado.
Al llegar, muchos niños y algunos adultos rodeaban el cuerpo inerte de mi perro tirado a media calle.  Todos en el barrio lo querían. Era famoso por haberse enfrentado a los perros más bravos y haberlos vencido. Su cuerpo café y peludo tenía varias heridas de batalla.
Al ver sus ojos aún abiertos y sin vida, solté un grito de dolor que debió haberse escuchado hasta el Cielo. Mi hermano lo cogió en sus brazos y lo llevamos a la casa. Yo no quería escuchar ni ver a nadie. Sólo quería a mi perro. Lo quería de vuelta, vivo y jugando con los de mi cuadra. Lo quería saliendo a encontrarme al volver de la escuela. Lo quería echado en el porche con la vista atenta hacia la calle, cuidándonos. Nunca supe dónde lo enterraron mis hermanos. No quise saberlo. Tal vez fue en el patio de la casa. 
Pasaron los días y uno de esos, al volver de clases, mamá me pidió meter la ropa tendida en el patio. Escuché un ladrido familiar. Juro que lo vi. Juro que era él. Sentí su cola tibia acariciar mi pierna y al mirar abajo vi sus ojos tristes y sus dientes blancos como cuando me pedía abrir el portón para salir corriendo a la calle.
Desde entonces lo veo en cada perro que he tenido. Es mi Duque, encarnado en muchas razas.

V
Para una niña triste y enojada con la vida, su bicicleta representa su máximo tesoro. Yo tuve una “banana” azul marino que quería como a ninguna otra de mis cosas. Con ella recorría las calles de mi barrio a toda velocidad sin rumbo fijo. Con ella iba a los “mandados”, con ella jugaba carreritas con otros niños y casi siempre les ganaba. Mi bici y yo fuimos cómplices de cientos de aventuras que sólo nosotros conocimos.
Recuerdo un día de invierno, soleado pero frío. El ambiente en mi casa era tenso y yo no quería estar ahí. Cogí mi papalote y lo eché en la canasta de mi bici. Me aventuré a más de diez cuadras hasta llegar al bordo que sirve de muro de contención al Río Bravo.
La ocasión era perfecta para volar papalote. El viento del este soplaba ligero y alto. Corrí hacia adelante sujetando el carril y soltando el hilo poco a poco hasta que lo vi elevarse por los aires, un romboide amarillo y brillante. Precioso.
Lo contemplé, absorta, durante un largo rato y sentí cómo me balanceaba  suavemente a su vaivén. Era lo más parecido a la libertad que había conocido hasta entonces.  Jalé del hilo lentamente mientras lo enrollaba en el carrete. Volví a casa en mi bici, sin prisa y sin pensar en el regaño de mamá. La sensación de paz y libertad de aquel día permaneció conmigo mucho tiempo.

VI
Todo niño lleva en su memoria, además de un perro, un árbol. En el patio de mi casa, justo en el centro, había un árbol enorme (al menos así me lo parecía a mí a los nueve años). En él, mi abuelo me había construido un columpio con cuerdas y una tabla a la que le hizo dos cortes a ambos lados para que sirviera de asiento. También en ese árbol mis hermanos construyeron una especie de casa entre sus brazos, justo al centro.
Ahí trepaba yo cada vez que quería huir de los demás.  Me subía hasta lo más alto y me ocultaba entre sus ramas. Disfrutaba contemplar el mundo desde arriba pero más placer aún sentía al oír que gritaban mi nombre y maldecían por no hallarme.
Varias veces, escondida entre las ramas de mi árbol, puede ver a polluelos en su nido y a su madre traerles un gusano en el pico. Varias veces también tuve que bajar a toda prisa mordida por las hormigas o picada por las abejas. Muchas veces dormí ahí la siesta, sobre las tablas que mis hermanos habían puesto. Me arrullaban las hojas mecidas por el viento.
Amaba ese árbol y ceo que él a mí. Fue lo único que realmente eché de menos cuando vendimos la casa y nos fuimos lejos. Hasta hoy, cada vez que sueño con mi casa de infancia, lo único con lo que sueño es ese árbol amigo que tantas veces me acogió entre sus ramas cuando quería ahuyentar la soledad y la tristeza.

VII
Perdí a mi mejor amigo de la infancia a los once años. Lo atropelló un carro mientras tronaba cohetes con sus amigos en la Nochebuena de 1978. Unos meses antes, nos habíamos despedido llorando pues yo me iba a vivir a otra ciudad con mi familia. Quién iba a decir que aquella sería la última vez que nos veríamos.
Se llamaba Ramón. Era un niño menudito, muy blanco y de pelo muy corto, casi a rape. Era, como yo, el más chico de su casa. Sus papás y sus hermanos lo adoraban. Era la alegría de la familia.
Sus papás eran los dueños de la tienda de la esquina y muchas veces me invitaba alguna golosina. Yo pensaba en lo afortunado que era Ramón de tener su propia tienda y comer lo que se le antojara y cuando se le antojara.
En el patio de su casa, donde a veces jugábamos, había gallos y gallinas que nos correteaban. También tenía un perro corriente “Fermín”, que no dejaba a nadie acercarse a la casa pero que a nosotros no nos hacía nada.
Él iba a una escuela y yo a otra pero al salir de la mía, debía pasar por la suya y ahí estaba siempre esperándome para volver juntos a casa. Las últimas cuadras jugábamos carreras. Yo siempre ganaba, pero creo que es porque él me daba la ventaja. Al llegar a la esquina, donde estaba la tienda de sus padres, me regalaba una paleta de hielo. Nos despedíamos y yo seguía una cuadra más hasta mi casa.
Después de la comida y de la siesta, llegaba a buscarme. Siempre a las cinco en punto. Yo aún no terminaba la tarea y él se ofrecía a ayudarme para salir a jugar cuanto antes. Pasábamos el resto de la tarde junto a los otros niños de la cuadra jugando hasta cansarnos.
Al crepúsculo se escuchaba la voz de su mamá gritar “Ramón” y él se despedía y corría a toda prisa hasta su casa. Yo me quedaba siempre un rato más hasta que oía a mamá también llamándome.
Yo no sé qué se lleva uno de esta vida al morir siendo aún niño. Sólo espero que él me recuerde y que aún quiera jugar conmigo y ser mi amigo allá en el Paraíso.

Teresa Padrón Benavides, Ciudad de México. 5 de octubre de 2019.


miércoles, 25 de septiembre de 2019

El lenguaje crea mundos


En el principio creó Dios los cielos y la tierra.
 Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo,
Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.
Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz."
Génesis 1, 1:5

Hay quienes afirman que el lenguaje que utilizamos moldea nuestra percepción de la realidad, como el filósofo Hector Islas Azaïs. Yo coincido con él.

Basta dar una breve caminata por las calles de nuestra ciudad o asistir a un restaurante o a cualquier lugar público para darnos una idea de cómo habla la gente y de qué habla. La mayoría de las personas hablan de temas triviales, irrelevantes como el nuevo celular, el último partido de futbol de tal o cual equipo, el trabajo en la oficina, la marca de coche de moda, lo que comieron ayer en tal o cual restaurante, la fiesta de la noche anterior y cómo acabó en pleito, o los chismes y escándalos de Facebook.

Además de estos temas limitados y sin importancia, el lenguaje que utilizan para hablar de ellos es vulgar, soez o, en el mejor de los casos, vacío, hueco, insulso.

Nadie, o acaso muy pocas personas, van inmersos en un buen libro o en una conversación “real”, es decir, interesante, que aporte a quien la escucha no sólo información, sino aprendizaje. Y si no es así es justamente porque la vida que llevan la mayoría de las personas es así, irrelevante, carente de ideas, de pasión, de acción, de aprendizaje y de crecimiento.

Incluso entre quienes se auto denominan poetas o escritores, académicos o profesores, escasean los temas de conversación relevantes, esos sobre los cuales todos deberíamos estar discutiendo, no sólo para demostrar que sabemos de ellos, sino para nutrirnos, retroalimentarnos, aportar soluciones, ideas y propuestas.

El mundo es un lugar demasiado interesante, inaprensible, sorpresivo y asombroso y nuestro lenguaje debería ser, o al menos intentar ser, un reflejo de éste. Si no lo es, es porque no apreciamos la vida en su justa dimensión. Hemos perdido la capacidad de asombro, el candor y la sencillez para dejarnos cautivar por la belleza que nos rodea, por los amaneceres y atardeceres, por el paisaje, por las criaturas que habitan este maravilloso e irrepetible planeta, no sólo las humanas, sino las de todas las otras especies animales y vegetales.

A cambio de eso, vivimos inmersos en mundos virtuales, fríos e inhóspitos, gastamos el tiempo en recorrer grandes distancias en nuestros carros para ir de un sitio a otro, desperdiciamos la vida dentro de oficinas o centros comerciales que nos ofrecen una ilusión de lo que es la felicidad. Nuestras relaciones son también frías, distantes, no nos comprometen a nada porque evadimos sentir apegos, pues no queremos subyugar nuestra voluntad a la de nadie más.

Pero si no nos involucramos realmente con las personas, si no nos “apegamos” a ellas, nuestra vida se vuelve superficial, carente de pasión, hueca y gris. Y una vida así no es la que corresponde a los buenos artistas, escritores, poetas, músicos. Nuestro “arte” no pasará de ser un reflejo de esa misma vida sin chiste que llevamos y si acaso provocará reacciones igualmente superficiales en las redes sociales o elogios de los tontos e ignorantes.

Para que el lenguaje recupere su riqueza expresiva debe reflejar una vida igualmente rica y esta sólo es posible en la medida en que nos alejemos más de lo virtual y nos atrevamos a vivir realmente, con todo lo que ello conlleva. La lectura, las artes, la cultura, la filosofía, pero también la vida cotidiana, que es la que más nos enriquece. Las relaciones “profundas” con la gente y no sólo en la superficie. El coraje para afirmar “yo amo a tal o cual persona y en ello me va la vida”. El valor para aceptar que uno pertenece a tal o cual partido político, a tal o cual religión, que uno comulga con tales o cuales ideas, que a uno le gusta tal o cual género literario o musical y defenderlo con argumentos válidos y convincentes.
Para que el lenguaje sea rico, nuestro mundo también debe serlo. La literatura, la música, la pintura, el arte en general, no debiera ser la excepción sino la regla en nuestras vidas. Debemos aprender a apreciarlo, a pagar por él, a concederle valor para que se vuelva algo valioso en nuestra empobrecida vida. Pero si el lenguaje artístico no se distingue en absoluto del común y corriente, ¿qué valor artístico tiene? Si el lenguaje poético se contamina de los modismos, vulgaridades y estupideces del lenguaje común y corriente, carece de valor, pues entonces cualquiera puede decirse a sí mismo “poeta”.

Y los grandes poetas, como los grandes escritores, lo son porque han sido toda su vida asiduos lectores de poesía y de literatura. Lo son porque han cultivado el arte del verso o de la prosa a través de horas de desvelo leyendo y releyendo a los clásicos de todas las culturas. Pero también porque han llevado su poesía o su literatura al terreno de lo cotidiano y han logrado ver la belleza en todo lo que les rodea.

El lenguaje debe servir también para protestar, para levantar la voz contra lo que consideramos injusto o terrible, para dejar claro que no estamos de acuerdo con todo y que no todo se vale, e incluso las groserías que son las mejores palabras que podemos usar en estos casos, deben estar cargadas de rabia sí, pero también de significado. “Que chingue a su madre el presidente y su séquito”, por ejemplo, o “Mueran los hijos de puta criminales y políticos corruptos”. Son dos frases o consignas que se me ocurren en este momento aciago que estamos viviendo. Incluso frases como esta, deben brotar desde la pasión, el coraje y el conocimiento de causa para que surtan el efecto esperado.

Hoy ni siquiera nos atrevemos a hablar así. Vivimos al margen de los problemas sociales, al margen de la política, en nuestra zona de confort, importándonos sólo a nosotros mismos y a nuestro miserable mundo. Y también por eso nuestro lenguaje se pobre.

El lenguaje crea mundos y si nuestro mundo es pobre, hostil, ignorante y aburrido, es, en gran medida, por la forma en que nos expresamos, por las palabras que utilizamos a diario, por los temas de conversación que tenemos, en fin, porque nos falta valor para atrevernos a hablar de lo realmente importante, de aquello que nos compromete y nos deja muchas veces al descubierto, desprotegidos ante la mirada crítica o el juicio de los demás, y no queremos mostrarnos al desnudo ante nadie, pues eso nos hace vulnerables y querremos seguir dando al mundo la idea de que somos “chingones”, independientes, dueños de nosotros mismos, cuando en realidad vivimos a merced de la opinión de los demás.

El lenguaje crea mundos pero el mundo en que vivimos también crea el lenguaje que usamos para aprehenderlo. Es decir, en la medida en que nuestro lenguaje se enriquezca con palabras llenas de contenido, de significado, de valor, nuestro mundo adquirirá también significado, sentido y se volverá mucho más valioso no sólo para nosotros, sino para todos aquellos con quienes lo compartimos.

Palabras como “amor”, “ternura”, “fe”, “confianza”, “temor”, “dolor”, “muerte”, “vida”, “Dios”, “ayuda”, “amistad”, “necesario”, “justicia”, “gracias”, “perdón”, etcétera, deben volver a estar presentes en nuestro lenguaje común pero deben representar realmente lo que dicen y para que así sea, nuestro mundo debe volverse un lugar en donde prevalezcan esas palabras y en donde nombren la realidad que nos circunde.

Rivka Jaya
Ciudad de México, 25 de Elul, 5779 (Septiembre 25, 2019)


miércoles, 3 de julio de 2019

Pesar



Cuando por fin pudo levantarse de la cama sentía la cabeza como un mazo de plomo pegado al cuello. Sus pies hinchados y amoratados, le hicieron recordar que hacía varios días no tenía su medicina y que debía agendar una cita con su médico para que se le diera y le hiciera su chequeo de rutina.

Encendió la radio para el noticiero que estaba a punto de terminar pues eran casi las siete. Puso la cafetera eléctrica y mientras el café colaba se duchó con agua casi fría. Se preparó avena, pan tostado y mantequilla y le dio algunos sorbos al café. Se cepilló los dientes, cogió su sombrero y su bastón y al cuarto para las ocho salió de su casa.

Apenas tendría tiempo de llegar a la oficina  donde cada mes hacía una larga fila junto a cientos de jubilados para recibir su pensión. Mientras esperaba el autobús, sintió un leve calambre recorrerle el cuerpo desde la parte trasera del cuello hasta la pantorrilla derecha. No le prestó atención. Subió al autobús y llegó justo a tiempo a la oficina donde la fila serpenteaba hasta doblar la esquina del edificio. Dio los buenos días y saludó a algunos conocidos con quienes se reunía una o dos veces por semana a jugar dominó y tomar café.

El sol caía a plomo a las nueve de la mañana y aún había más de 20 personas adelante suyo. Sacó de su bolsa reciclable un periódico de hacía una semana y le dio algunos tragos a la botella de agua que había sacado del refrigerador antes de irse. Entre las noticias que no había tenido tiempo de leer vio una que decía: “A partir del 15 de agosto los adultos mayores, jubilados y pensionados podrán cobrar su pensión en cualquier institución bancaria presentando su credencial vigente o cualquier identificación oficial con fotografía”.

Se alegró de la noticia aunque él preferiría seguir viniendo a la oficina de pensiones porque era la única ocasión que tenía de ver a algunos de sus conocidos, de hablar con gente de su edad y de ver a la señora Lupita. Lupita era viuda de un ex agente de aduanas y vivía sola. Sus únicos dos hijos habían emigrado a Estados Unidos hacía años y casi no los veía. Era una señora de unos setenta años, menudita y con el pelo rizado teñido de un rojo bugambilia que la hacía sobresalir de entre el resto de las señoras en la fila.

Esa mañana llevaba un vestido de flores rojas que hacían juego con su cabello. Traía unas arracadas doradas y zapatillas también rojas. A él le pareció más guapa que nunca. Estaba formada a unos ocho lugares antes que él y lo saludó con una inclinación de cabeza y una sonrisa. Él sintió que algo le subía desde el estómago y sintió agolpársele la sangre en las sienes.

De pronto la perdió de vista pues ella ya estaba en el mostrador cobrando su dinero. Se despidió de la cajera y de algunas de sus amigas y él la vio alejarse por la banqueta sin voltear. Cuando al fin llegó su turno cobró rápidamente su dinero y sin decir adiós a nadie apresuró el paso hacia la parada de autobús que Lupita tomaba con la esperanza de alcanzarla. Ahí estaba. Su bolso grande, su pelo rojo y sus lentes oscuros a la moda, la hacían parecer mucho más joven de lo que era.

La saludó de nuevo, esta vez de mano. Le preguntó a dónde iba. Ella le respondió que debía hacer algunos pagos y comprar algunas cosas antes de regresar a su casa. Él se ofreció a acompañarla. Ella aceptó. Una vez sentados en el autobús, hablaron un poco de todo. Del calor, de la carestía, de la inseguridad, de la familia. Al llegar a ese punto, Lupita guardó silencio durante unos minutos y en la comisura de sus labios se notó un rictus de dolor. Él le preguntó si se sentía mal. Ella dijo, a secas “es un pesar que tengo, pero es sólo mío” y volvió a callar durante el resto del viaje.

Al llegar a su destino, él la tomó del brazo para ayudarla a bajar y por descuido, se olvidó el bastón en el camión. La acompañó a hacer sus cosas y ella, como cortesía, le invitó un helado que él aceptó de mil maravillas. Sentados frente a frente en las pequeñas mesitas del área de comidas del centro comercial se sintieron más en confianza, intercambiaron bromas y hasta se rieron de los defectos de algunos de los otros pensionados.


A la una en punto ella dijo que era hora de volver a casa. Había que hacer la comida y limpiar un poco. Él estuvo de acuerdo. Él también tenía sus pendientes. Le preguntó si alguien la esperaba en casa y ella le respondió que sí. Además de sus dos perros, un gato y sus plantas, Lupita tenía en casa a su hermano mayor, ciego y paralítico. Había perdido la vista después de años trabajando en un taller de soldadura y la movilidad de sus piernas por un accidente.

Ella lo aseaba, lo alimentaba, lo sacaba a dar pequeños paseos por el parque cercano a su casa y le leía fragmentos de la Biblia por las noches. Cuando debía salir, le dejaba encendida la televisión para que escuchara las noticias y no se sintiera solo. Por las tardes lo sacaba al jardín mientras regaba las plantas y platicaban de su pueblo, de su infancia y de su familia. A su hermano le gustaba escuchar el chorro de agua de la manguera y que el rocío le mojara un poco la cara. También le gustaba acariciar a los perros y oír a su hermana saludar a algún vecino o vecina que pasaban por la calle.

Se despidieron en la parada donde ella debía bajar. Lupita le dio las gracias por todo y le recordó de la fiesta que habría la próxima semana en la casa club de la tercera edad con motivo del día de los abuelos. Él no tenía nietos. Su único hijo había muerto de una bala perdida en una fiesta de pueblo cuando apenas tenía 18 años y su mujer murió poco tiempo después de pura tristeza. De todos modos le prometió que iría y que ahí se verían. Se sentía bien después de haber pasado parte del día con Lupita.

Cuando llegó a su casa se calentó la comida del día anterior. Puso la televisión para el noticiero de la tarde y se quedó dormido en el sofá. Soñó con Lupita, con su pelo rojo bugambilia y su vestido de flores, con su hermano ciego. Soñó que bailaba con ella en la fiesta de los abuelos. También soñó con su hijo y su mujer muertos hacía 25 años. Soñó con perros, gatos y plantas.  El dolor de cabeza y de pecho y el calambre que le subía desde la pierna volvieron, esta vez con más fuerza. Intentó levantarse a buscar una aspirina y a tomar un poco de agua. Se lo impidieron el cansancio y la pesadez del cuerpo. Buscó su bastón y recordó que lo había dejado en el autobús.

Volvió a cerrar los ojos y se quedó dormido hasta el amanecer. Abrió un poco la cortina para ver entrar el sol y contempló el enorme árbol frente a su ventana. Hizo planes en su mente para ir a comprarse ropa nueva para el baile y se sintió animado. Imaginó a Lupita muy elegante, la música de su época, los compañeros jubilados y la comida. Se sintió animado. Suspiró profundamente antes de intentar levantarse y exhaló su último aliento con una leve sonrisa dibujada en sus labios.



Rivka Jaya, 30 Siván, 5779 (3 de julio de 2019)

martes, 18 de junio de 2019

Pasar desapercibido




Cuando era niña, jamás escuché frases como “de bajo perfil” para referirse a las personas. Hoy en día, en plena época de Facebook, donde todos nos exhibimos en nuestros “perfiles” con lujo de detalle y desplegando belleza, inteligencia, logros, viajes, entre otras cosas, ser una persona de bajo perfil, tiene sus ventajas.
En México estamos viviendo una época de violencia sin precedentes gracias, entre otros factores, a la corrupción, la impunidad, la desigualdad y al crimen que tal parece ser lo único  “organizado” en nuestro país.

Durante las últimas tres décadas, coincidiendo con las políticas económicas neoliberales, el auge del consumismo y la aparición de internet que nos permite acceder a casi cualquier tipo de información, las personas hemos dejado de serlo para convertirnos en una especie de conglomerado que aglutina a todo tipo de gente en torno a noticias alarmistas, chismes de la farándula, ‘memes’ políticos, chistes subidos de tono, consignas anti gobierno, preferencias musicales y literarias, comentarios homofóbicos y racistas, escenas de la vida cotidiana de quién sabe cuántas personas que supuestamente son nuestros “amigos”.

Y si bien es cierto que nadie nos hemos librado del hechizo de Facebook, pues todos queremos saber de la vida de al menos algunas personas y hacerles saber de la nuestra, también lo es que esta red social se ha convertido en un arma muy poderosa para los delincuentes, quienes han sabido usarla para rastrear a sus víctimas hasta lo más íntimo y los resultados han sido nefastos.
Los últimos 8 años las cifras de asesinatos, secuestros y desapariciones han aumentado exponencialmente y tal parece que no hay tregua para el crimen.  Y cuando vemos en las redes sociales el rostro de alguna persona víctima de cualquiera de estos crímenes, casi siempre es de alguna fotografía que compartió en Facebook.

Hubo un tiempo (¡bendita época!) en que las fotografías no eran algo cotidiano. Se tomaban sólo en ocasiones especiales como fiestas de cumpleaños, graduaciones, navidades, o fotos para el pasaporte, la cartilla, el certificado escolar, etcétera y eran un asunto estrictamente familiar. Las veían sólo los más allegados a la familia en el álbum o en las paredes de la casa de la abuela.  Algunas eran tan viejas que aún eran en color sepia o blanco y negro y otras a color e instantáneas tomadas con alguna cámara “Polaroid” que siempre tenía algún tío rico.

Esas fotos mostraban a las personas tal y como eran. En situaciones cotidianas y casi siempre sin posar, sino espontáneamente. Niños riéndose y mostrando el hueco de su diente caído pegándole a una piñata, los primos en torno al pastel de cumpleaños, tratando de quedarse quietos para la foto pero volteando a ver el pastel o los regalos; niñas mostrando su vestido del bailable escolar, papás tratando de enseñar al hijo a andar en bici, mamás horneando un pastel en la cocina “integral”, que apenas se ponía de moda. En fin. Las fotografías nos contaban la historia de nuestras vidas y volver a verlas en el viejo álbum cada año en torno al árbol navideño y con un ponche calientito, era revivir aquellos años dorados en que éramos buenos y felices.

Hoy es distinto. Nos tomamos “selfies”, con nuestro “Smartphone”, pues siempre estamos solos (pero conectados con muchos “amigos”); nuestra sonrisa es fingida y ensayada para el momento, nuestro maquillaje y peinado también es especial para la ocasión. Las fotos de hoy tienen un solo objetivo: ver cuántos “me gusta” recibimos y así sentirnos bien. Queridos, admirados e incluso envidiados.

También nuestros “posts” tratan de decir algo de nosotros. Qué pensamos de la política y de los políticos, en qué o en quién creemos (si somos religiosos o espirituales), cuáles son nuestros gustos musicales, literarios, qué pasatiempos tenemos, nuestro tipo de hombre o mujer, qué marca de carro, de ropa o de perfume preferimos, en fin, que a través de Facebook nos atrevemos a descubrirnos tal y como somos, sin inhibiciones, cosa que tal vez seríamos incapaces de hacer en persona, frente a frente con los demás.

Y todo este despliegue de información personal, es utilizado astutamente por los criminales para rastrear y dar con sus víctimas y casi siempre lo logran. Y las víctimas son muchas veces personas de “alto perfil”, es decir, que tienen más de 1000 amigos en Facebook, que suben más de 30 o 40 fotos o comentarios al día, que se toman y suben muchas “selfies” con algún comentario de dónde están, qué están haciendo, a dónde fueron, con quién y, además haciendo alarde de sus viajes, de su nuevo carro, del restaurante de lujo donde cenaron, del hotel de 5 estrellas donde se alojaron, etcétera.

Somos un pueblo “feisbuquero” y hemos dejado atrás los pocos buenos hábitos que teníamos (si es que los teníamos) como leer, conversar (en persona, de verdad), salir a dar un paseo vespertino por el barrio y tomar un café con un amigo o amiga, practicar un deporte, inventar una nueva receta, visitar a viejos amigos o familiares, asistir a un concierto, a la presentación de un libro, a una exposición, en fin, todo aquello que solían hacer los adultos y que les provocaba satisfacción e incluso placer.

Esto, aunado al hecho de que pasamos gran parte del día conectados a esta y otra redes sociales, echando un vistazo a los comentarios y publicaciones de los demás, contestándolos con un “like” o una carita feliz, triste, sorprendida, etcétera, ha provocado que nuestra vida privada ya no exista y todo lo que somos sea del dominio público, lo cual ha resultado en un aumento alarmante de secuestros, desapariciones, asesinatos, extorsiones, difamación, entre otros delitos.

Por eso muchas veces es mejor pasar desapercibidos. Ser alguien de “bajo perfil”. No querer inflar nuestro ego con los halagos de los demás. Navegar bajo la superficie y compartir de nuestra vida sólo aquello que no nos ponga en evidencia ni nos exponga a la envidia y el acoso de miles de personas que ni siquiera conocemos pero que tuvieron acceso a nuestro perfil pues es público o porque son conocidos de algún conocido de un conocido nuestro.

En estos días aciagos e inciertos, lo mejor es recuperar nuestra vida privada y disfrutar de la intimidad y el refugio que nos brinda nuestro hogar, nuestra familia y amigos cercanos e incluso, nuestra soledad y nuestro silencio. Así podremos mantenernos a salvo y, además, recuperaremos lo que de incierto tenía nuestra vida para los demás, pues eso la hacía más interesante. Cuando exponemos todo lo que creemos, pensamos, sentimos y deseamos, perdemos ese halo de misterio que volvía a las personas mucho más interesantes.
 
Teresa Padrón Benavides
Ciudad de México, verano del 2019.
 

martes, 15 de enero de 2019

ROMA



No fue sino hasta ayer por la noche cuando vi Roma. No quise leer reseñas ni críticas para no crearme falsas expectativas. Sin embargo, no había podido evitar escuchar comentarios y leer halagos a la cinta, pues no se habla de otra cosa en las redes sociales y en los medios de comunicación.
Una gran película está hecha no sólo de imágenes. Tiene su olor propio, su sonido propio, su textura y su sabor propios. Si pensamos, por ejemplo, en películas como La Strada de Fellini, podemos oír el ruido constante de la motoneta en que viajan Zampanó y Gelsomina, y también escuchar la dulce melodía de la trompeta que ella tocaba, que no es otra cosa, que la bella música de Nino Rota. Podemos también escuchar el oleaje en la magistral escena final con Anthony Quinn tirado en la playa y sentir compasión por el hombre rudo y fuerte, convertido en un despojo, desecho y llorando inconsolable. O en Kagemusha, de Akira Kurosawa, en la escena final, cuando el ejército enemigo masacra a la casa de Takeda y a sus caballos en la histórica batalla de Nagashino, el Kagemusha toma una lanza y en un último ímpetu de lealtad, emprende la inútil empresa de arremeter contra la fortificación enemiga. No escuchamos ya el resoplar de los caballos agonizantes ni el oleaje del mar, sino la trompeta tocando el tema inolvidable de Shinishiro Ikebe. De nuevo, el mar como telón de fondo. Como testigo inmutable de la miseria humana. Esas películas nos resultan entrañables no sólo por su fotografía, su música, sus locaciones, sino por sus personajes.
Lo mismo ocurre con Roma, de Alfonso Cuarón. Desde la primera escena, el agua es el elemento que permeará toda la película. El agua que corre por los pasillos de la vieja casa de la histórica colonia Roma después del aseo matutino. El agua de los lavaderos en las azoteas; la lluvia que cae una tarde de verano mientras Cleo la contempla desde la cocina, en silencio; los charcos fangosos de las ciudades perdidas en los márgenes de la metrópoli; el mar, balanceando los cuerpos de Cleo y de los niños y amenazando con arrastrarlos hacia sus entrañas. Y no sólo el agua está presente de principio a fin, sino también el sonido que ésta produce en sus distintas manifestaciones. La orquesta de lluvia del granizo golpeando el cristal de las ventanas, por ejemplo.
Y a propósito de sonidos, la música de la película es esencial para recrear la atmósfera que Cuarón intenta, el México de principios de los setenta. El auge económico de la clase media, con sus coches, sus viajes, sus “problemas” personales y su servidumbre. Los movimientos sociales y estudiantiles, reprimidos cruelmente de nuevo en el sangriento Jueves de Corpus por el presidente Echeverría, quien orquestó, años antes, la matanza de Tlatelolco.
La música de Roma nos remite, a quienes éramos niños o jóvenes entonces, a unos días en que la radio era la compañera ideal de la clase trabajadora, pero también de las amas de casa y de los señores mientras manejaban hacia el trabajo. A través de la radio nos enterábamos de cómo estaba el mundo pero también oíamos radionovelas y escuchábamos melodías de moda y a sus intérpretes: Juan Gabriel, Leo Dan, Rigo Tovar, José José, Rocío Durcal, Los pasteles verdes, entre otros. Si la televisión en esa época era el centro en torno al cual se reunían las familias cada noche,  la radio era el corazón con que latía la vida cotidiana en las casas, los centros de trabajo, el transporte público y los comercios. La banda sonora de Roma es no sólo un homenaje a la música de esa época que añoramos, sino un personaje más de la película, pues cada canción nos remite a un cierto lugar, a un cierto tiempo, a un cierto olor, a ciertas personas.
Pero una película está hecha sobre todo de imágenes. La fotografía de Roma es magistral. No podía Cuarón acertar más cuando eligió que fuese en blanco y negro, pues la historia, los personajes y la ambientación hubiesen demeritado mucho de haberse filmado a color. Los acercamientos lentos de la cámara al rostro de los personajes, en especial al de Cleo, su protagonista, resaltan la belleza de sus facciones y el negro de su cabello largo se torna más brillante filmado de esa forma. El blanco y el negro como dos realidades irreconciliables que, aunque coexistan una al lado de la otra, jamás serán iguales. Los patrones siempre serán blancos. Los sirvientes siempre serán de piel oscura. También el hecho de que sea en blanco y negro es, a mi parecer, un homenaje a las grandes películas de la época de oro del cine. A Emilio Fernández, a Buñuel, a Fellini.
Pero dejando a un lado esos dos elementos, me gustaría decir qué pienso de la película y por qué la considero digna de figurar entre mis favoritas. Roma es un microcosmos que encierra la vida en general. Es un escaparate a través del cual podemos ver todas las emociones humanas. El miedo, el dolor, la tristeza, el placer, la alegría, el odio, los prejuicios, la nostalgia. Y los personajes encarnan algunas de estas emociones a la perfección.  Cleo, por ejemplo, podría representar la nostalgia, la tristeza, la ingenuidad, el miedo, pero también la alegría que dan los pequeños placeres de la vida. Mientras que Fermín, el protagonista masculino, encarna el odio, el complejo de inferioridad, la venganza.
Roma no es sólo una película acerca del machismo, aunque también es eso. No es sólo acerca del amor ingenuo, aunque también es eso. No es sólo acerca de los problemas de la clase media y sus prejuicios, aunque también es eso. No es sólo acerca de la barrera infranqueable entre pobres y ricos, aunque también es eso. No es sólo acerca de la nostalgia por la tierra abandonada para buscar una mejor vida en la ciudad, aunque también es eso. No es sólo acerca del papel predominante de las mujeres en la sociedad, aunque también es eso.
Roma es, a mi juicio, no sólo la historia de una joven indígena que ve cómo la vida en la ciudad amenaza con arrebatarle todo lo que es importante para las personas: su familia, su lugar, sus costumbres, su lengua, su dignidad, sino un homenaje al trabajo que desempeñan y al papel que juegan las empleadas domésticas en la sociedad mexicana contemporánea. Es una reivindicación de la importancia que tienen en la vida de muchas personas de clase media y clase alta, pues ellas no sólo son quienes nos facilitan la vida, sino quienes crían a nuestros hijos, los cuidan, juegan con ellos, les cantan, los llevan a la escuela, los curan si están enfermos.
Muchos de nosotros hemos tenido la fortuna de tener una “nana”, una señora que venía de algún pueblo cercano a nuestra ciudad y que se instalaba en nuestra casa y se volvía “parte de la familia”. Si entrecomillo esto es porque en la realidad, esto jamás ocurre del todo. Aunque las tratemos “bien”, aunque viajen con nosotros y sean nuestro paño de lágrimas, nuestras confidentes, siempre habrá una “diferencia” que jamás debe perderse de vista, entre la “patrona” y “la muchacha”.  Y por más amables y condescendientes que seamos con ellas, si tuvimos un mal día o no estamos de humor, les haremos saber cuál es su sitio y quién es quién en la casa. Y por más que finjamos “estar en sus zapatos”, entender su situación, esto jamás será posible.
 Y esto queda de manifiesto en la escena del parto. El dolor que experimenta Cleo en el parto de su hija no es sólo físico, sino es un dolor del alma, profundo y permanente. Vemos reflejado en su rostro la angustia y el miedo al voltear a ver a su bebé mientras la suturan, pues no escuchó su llanto ni sintió su respiración. Los médicos, con su frialdad característica, le dicen que no hay nada qué hacer. La niña nació muerta. Cuando le preguntan si aun así quiere ver a la criatura y ella accede, la toma en su pecho y llora desconsoladamente, su llanto no es sólo por su hija muerta, sino por su vida entera, por su condición de mujer, pobre e indígena. Es un llanto desgarrador por lo que nunca cambiará, a pesar de las buenas intenciones de algunos cuantos privilegiados, como su patrona.
Y no es la típica historia en donde los pobres o los indígenas son los “buenos” y los blancos de la ciudad son los “malos”. No. Roma es realista como sólo puede serlo la vida misma. Hay gente perversa entre los marginados, como Fermín y hay gente bien intencionada entre los acomodados, como la abuela e incluso la madre de la casa, Sofía. Sin embargo, una obra como Roma no puede juzgarse en esos términos. Está sujeta a muchas interpretaciones y tiene muchas lecturas.
Yo me quedo con la de que Roma es un relato hermoso y realista de la vida misma. De la de cualquier ser humano en condición de desventaja, vulnerable. Es como un poema en donde, como en el haikú, en unas cuantas líneas se nos despliega un pensamiento o una sensación profundos, en unos minutos se nos narra la condición humana, en todas sus facetas.

Teresa de Jesús Padrón Benavides

Ciudad de México, invierno de 2019

lunes, 19 de noviembre de 2018

Espejos




“No oprimirás al extranjero, pues extranjero fuiste en la tierra de Egipto”
(Éxodo 22:20)
¿Cuántos de nosotros hemos debido dejar nuestro lugar de origen e irnos a un lugar extraño, dentro y fuera del país por diversos motivos (violencia, inseguridad, falta de oportunidades de empleo, problemas familiares, entre otros)? Y ¿cuántas veces hemos sentido temor a ser rechazados, excluidos, maltratados por no ser “de ahí”, por tener otras costumbres, otras tradiciones, otra forma de ver la vida? Creo que casi la mayoría de quienes lean esto.
Todos, o casi todos, en algún momento de nuestras vidas hemos sido “extranjeros”, incluso dentro del país. Hemos debido migrar, dejar nuestra casa, nuestra familia, nuestros amigos en pos de algo mejor, algo que simplemente NO hubiésemos podido tener en nuestra propia tierra, no sólo en términos materiales, sino también en cuanto a estabilidad emocional y afectiva.
Muchos hemos llegado a lugares hospitalarios donde nos han recibido con amabilidad e incluso nos han brindado oportunidades de tener la vida digna que se nos negó en el lugar donde nacimos. Yo, por ejemplo, migré con mi madre y hermanos de Matamoros, una ciudad asolada por el crimen y la violencia desde hace décadas, a Mexicali, donde pudimos labrarnos una vida buena y donde hicimos amigos entrañables y formamos nuestras familias. No imagino cómo hubiera sido mi vida de haberme quedado donde nací, pero lo que soy ahora y lo que he logrado, fue gracias a que crecí y me formé en Mexicali.
Sin embargo, no todas las personas corren con la misma suerte. Recuerdo mi infancia en Matamoros, viendo el viacrucis de los inmigrantes centro americanos, siendo testigo de cómo muchos agentes de migración mexicanos los extorsionaban quitándoles el poco dinero que traían consigo y no sólo eso, sino humillándolos y maltratándolos verbalmente, que es tal vez la peor forma de opresión.
Les llamaban “mojados”, “parias”, “chuecos” (por carecer de documentos), entre otros motes despectivos. Yo era niña y mi padre era agente de migración y algunas de las veces que lo acompañé, vi a mujeres siendo separadas de sus esposos, a niños de mi edad (entonces debía tener 8 o 9 años), sucios, hambrientos, cansados, llorando mientras esperaban por días en la central de autobuses o en las oficinas de migración a que sus familiares del “otro lado”, les ayudaran a cruzar la frontera.
Recuerdo en especial a una familia de Guatemala, que por alguna razón hospedamos en nuestra casa un par de semanas hasta que finalmente pudieron pasar del otro lado con sus familiares. Nos dejaron algunos quetzales, la moneda de su país y a mí una muñequita con atuendo maya que conservé muchos años, pues recuerdo a la niña que me la dio y con quien jugué durante esos días.
Después, durante una temporada que pasé en Saltillo con una de mis tías, ya en la secundaria, recuerdo a los estudiantes salvadoreños y hondureños de agronomía que mi tía alojaba en su casa de huéspedes. Eran muchachos y muchachas amables, respetuosos, alegres y sencillos. Mi tía los quería más que a los demás, tal vez por saber que estaban muy lejos de su país y de su familia.
Ya en Mexicali, conocí a inmigrantes de diferentes partes. Tuve un amigo guatemalteco, Marco, con quien trabajé un tiempo en radio universidad. Era una persona culta, había estudiado economía en su país, pero se vino a México siguiendo a quien sería su esposa, Margarita, una cachanilla como todas, trabajadora, sencilla y alegre, además de guapa.  También conocí a Henri, un haitiano profesor de francés en la UABC en la facultad de idiomas, donde yo estudiaba traducción.
Ahora mismo, mientras escribo, me llega un whatsapp de mi amiga Gladys, venezolana, profesora de alemán en la universidad donde trabajo y me dice que está alarmada por la situación de los migrantes en la frontera norte. Ella salió huyendo de Venezuela, como miles de sus compatriotas, por la situación terrible en que el presidente ha hundido a su país. Es una mujer sexagenaria, culta, preparada, inteligente, agradable y carismática que está muy agradecida con México por haberla recibido.
Sin embargo, la mayoría de los inmigrantes que entran a nuestro país, son personas de bajos recursos que buscan labrarse un mejor futuro en Estados Unidos, en donde tienen familiares. Muchos sólo terminaron la educación básica y justo por su situación tan vulnerable, son presa fácil del crimen organizado y de la violencia de las pandillas.
Lo más terrible de su realidad es que en su tránsito hacia Estados Unidos, deben cruzar por nuestro país, donde son extorsionados y vejados por agentes del Instituto Nacional de Migración, reclutados por los cárteles de la droga (a quienes se niegan los masacran, como en San Fernando, Tamaulipas), las mujeres violadas o vendidas para prostituirlas en “Paraísos turísticos” como Cancún o Acapulco y muchos de los niños, explotados en fincas cafetaleras de Chiapas, Tabasco y Veracruz o en campos agrícolas de Baja California, Sinaloa y Sonora.
México es la peor pesadilla para los inmigrantes que cruzan la frontera sur. Sin embargo, prefieren correr el riesgo a esperar la muerte segura en cualquier momento en sus países.
Estos días, mientras asistimos al éxodo masivo de inmigrantes hondureños, salvadoreños y guatemaltecos, las redes sociales se han llenado de comentarios xenófobos y racistas, en especial de mis coterráneos en la frontera norte pero también de familiares y amigos que son ellos mismos migrantes mexicanos en Estados Unidos.
Da tristeza y vergüenza ver cómo se expresan de los migrantes centroamericanos y del discurso de odio que esgrimen hacia ellos. ¿Se les olvidó su pasado difícil? ¿No recuerdan lo que ellos mismos debieron soportar y tolerar por parte de los agentes de migración estadounidense y también del racismo y la xenofobia de los “native americans”?
Creo que lo que subyace bajo este odio hacia los migrantes es un odio hacia nosotros mismos. Queremos vengar nuestro pasado de pueblo conquistado y sometido en personas más vulnerables, más desprotegidas, pues no podemos hacerlo contra nuestros verdaderos verdugos: los políticos corruptos, los criminales y sobre todo, contra nuestro enemigo histórico, Estados Unidos. No podemos porque durante siglos hemos vivido con el complejo de inferioridad ante lo europeo y ante lo norteamericano. Pues de ambos lugares nos han sometido no sólo política y religiosamente, sino culturalmente.
Pero personas como yo, que nacimos y crecimos en la frontera norte y que ahora vivimos en el centro del país y vemos el panorama desde otra perspectiva, sabemos que el verdadero enemigo duerme en casa. Que los peores criminales y los gobernantes más corruptos son mexicanos. Algunos son incluso de nuestra tierra materna. Algunos incluso eran nuestros vecinos. Ellos son los responsables de la descomposición moral, social y política del país. Ellos, no los inmigrantes.
Los inmigrantes siempre serán el chivo expiatorio de todo lo malo que ocurra en un país. Así es en Estados Unidos con el discurso anti inmigrante de Trump y así es en México actualmente contra los centroamericanos.
Porque es muy difícil ver la paja en nuestro propio ojo. Es duro aceptar que son nuestros propios compatriotas los verdugos del país. Pero cada criminal y cada gobernante corrupto es un espejo de nuestra propia realidad. Nos devuelve nuestra propia imagen y lo que vemos, simplemente no nos gusta, por eso lo negamos y culpamos al “otro”, al “extranjero” de todos los males que nos aquejan como sociedad.
Si tan sólo acudiéramos a las sabias palabras de la Biblia y atendiéramos su mensaje, nuestro mundo sería un lugar menos hostil y más habitable: “Cuando un extranjero viva en tu tierra contigo, no lo maltrates. Debe ser tratado como uno de los tuyos. Ámalo como a ti mismo, pues tú fusite extranjero en la tierra de Egipto. Yo soy el señor tu Dios.” (Levítico 19:33-34). Si enfatizo la frase “ámalo como a ti mismo”, es justo porque, como dice el rabino Jonathan Sacks , “el extranjero soy yo mismo”, porque incluso si mi color de piel, mi lengua y mi cultura son distintos a los suyos, ambos, ellos y yo, fuimos creados a imagen y semejanza de un padre común. Uno que nos ordena repetidamente en la Biblia, amar al extranjero, pues todos hemos sido extranjeros alguna vez.

Teresa de Jesús Padrón Benavides

Ciudad de México, 19 de noviembre de 2018