"Atribuirles
a los animales emociones humanas ha sido desde hace mucho tiempo un tabú para
la ciencia… pero si no lo hacemos, no estamos perdiendo algo fundamental acerca
de ambos, nosotros y ellos.”
Frans de Waal
En 2012, el primatólogo holandés Frans de Waal recibió el premio
nobel de medicina en su apartado de anatomía por su contribución al
entendimiento de la capacidad natural de los primates para empatizar y de la
cercanía que hay entre nosotros, los primates humanos y el resto de los monos.
Sus investigaciones, publicadas en varios libros, nos dicen que sentimientos
como la compasión, el altruismo, la ayuda mutua, la solidaridad, el respeto, el
afecto, no sólo son exclusivos del hombre, sino de muchas otras especies
animales.
Una de las grandes aportaciones de de Waal a la sociología
animal y humana es la que realizó con los bonobos del Congo. Los bonobos, o
chimpancés pigmeos, comparten con los humanos el 98 por ciento del ADN. Es decir,
estamos tan emparentados, que nuestros comportamientos sociales, psicológicos y
sexuales, son muy parecidos a los suyos. En sus estudios con los bonobos, de
Waal, analizando los grandes conflictos humanos de la historia, encontró que
casi la totalidad de la cultura occidental actual está basada en la idea de la
autonomía y del individuo que es libre de elegir cómo quiere vivir sin tomar en
consideración si su elección afecta negativa o positivamente a otros. De ahí
que la sociedad contemporánea viva inmersa en el egoísmo, la violencia, el
crimen y la insensibilidad.
Sin embargo, dice de Waal, ni los primates ni nosotros fuimos
creados para vivir aislados. Creamos vínculos con nuestra familia, amigos,
comunidad, vecinos. Nos arraigamos a un lugar, pertenecemos a una religión y
nos identificamos con quienes comparten nuestra forma de vida.
En este sentido, los bonobos nos dan una lección acerca de cómo
debemos vivir en sociedad. Las hembras de bonobo, por ejemplo, crean
coaliciones y unen fuerza en contra de los machos que quieren copular sin su
consentimiento. De hecho, los bonobos son una sociedad matriarcal y las hembras
son las que organizan la vida social.
Los machos, por su parte, se ayudan mutuamente en la cacería de
algunas especies, o en la búsqueda y recolección de algunos frutos, ya que los
bonobos son omnívoros y comparten el botín entre las diferentes familias de manera
equitativa. Es decir, son una democracia en donde impera la justicia y, aunque haya jerarquías, éstas se respetan pues
los líderes de cada grupo lo son por méritos propios y son justos con el resto
del grupo.
Los bonobos, a diferencia de los chimpancés, son pacifistas. Han
encontrado en el sexo el antídoto ideal para resolver sus conflictos. Por eso
sus prácticas sexuales son muy diversas e incluyen la homosexualidad. Pareciera
que su lema fuera “Haz el amor, no la guerra”. Y los bonobos no sólo “tienen sexo”, sino que
se relacionan afectivamente con sus parejas en turno, de manera tal que el
vínculo amistoso entre ellos o ellas perdura para siempre.
Es así que el estudio de estos animales ha ayudado a los
científicos a comprender por qué las sociedades individualistas tienden hacia
la violencia y son más proclives a cometer crímenes de todo tipo, pues la vida
en comunidad nos permite desarrollar sentimientos como la empatía, el afecto,
el respeto, la compasión y la solidaridad, mientras que la cultura del “Yo”,
del “selfie” y de la autonomía el individualismo tiende a romper esos vínculos
o en el mejor de los casos, a volverlos frágiles hasta el punto de disolverlos
en una maraña de egoísmo y vanidad en donde cada quien tiene “su propia moral”,
basada en un relativismo estúpido que ignora las consecuencias que nuestros
actos tienen para los otros y que poco a poco van minando los cimientos de una
sociedad ya de por sí frágil.
Dice de Waal en su libro “La era de la empatía: lecciones de la
Naturaleza para una sociedad más benévola”: Una moral centrada
exclusivamente en el individuo, tiende a ignorar los vínculos, las necesidades
y las inter dependencias que han caracterizado nuestra existencia desde el
principio de la humanidad. Es una moralidad fría que crea espacios entre la
gente, asignándole a cada quién su propio rincón en el universo…. ¿cómo pudo
surgir esta “caricatura” de sociedad en la mente de los grandes pensadores? Es un misterio y una desgracia….
Para el judaísmo, el valor de cada persona es fundamental. Cada
individuo es valioso en sí mismo y debe concedérsele el mismo valor si ha de
vivir en una sociedad justa. Sin embargo, somos miembros de una sociedad en la
cual vivimos, nos desarrollamos, trabajamos, creamos, convivimos, amamos. En
ese sentido, una sociedad basada sólo en los derechos individuales va en
detrimento de la comunidad, de la familia, de las tradiciones, de las lealtades
y de los códigos éticos comunes, que son los que nos dicen lo que está bien y
lo que está mal, lo que es permitido y lo que es prohibido para que funcione la
vida común, pues sin estos valores
compartidos, no puede funcionar una sociedad libre.
En una sociedad libre y justa, debemos tener derecho a elegir
nuestra religión, nuestras amistades, nuestra forma de vida, siempre y cuando
aceptemos y respetemos la diversidad y la elección de los demás. Pero siempre
debe haber un “terreno común”, un lugar de encuentro en donde converjan y se
enriquezcan nuestras culturas, nuestras tradiciones, y ese terreno común viene
dado por esas instituciones sociales en donde nos formamos como individuos pero
también como miembros de una sociedad: la familia, los amigos, el barrio, la
escuela, la comunidad religiosa, el lugar de origen.
Tenemos derechos como individuos, pero adquirimos identidad sólo
en cuanto a que pertenecemos a una tribu,
a una comunidad. Debemos, por difícil que resulte, concederles el mismo valor a
ambas cosas si es que queremos acabar con la ola de odio en la que estamos
inmersos debido, entre otras cosas, a nuestro egocentrismo y al olvido al que
hemos relegado a los demás.
Los bonobos y los animales en general, aún tienen mucho que
enseñarnos acerca de cómo vivir en armonía con nuestros semejantes.
Teresa de Jesús Padrón Benavides
Ciudad de México, 26 de julio de
2016









