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lunes, 1 de agosto de 2022

Erradicar el machismo es cosa de hombres (y también de mujeres).

 

 


“Each time a woman stands up for herself, she stands up for all women”

Rosa Parks


Frente a mi casa vive una familia joven. Padre, madre y tres hijos, dos jovencitas adolescentes y un niño de 8 años. El padre es golpeador. Según me cuentan los vecinos, hubo un tiempo en que llegaba a casa alcoholizado y sacaba a su esposa a la banqueta a patadas y ahí, frente a su cochera, le propinaba una golpiza delante de sus hijos. Esto ocurría a la vista de todos los vecinos sin que alguien se atreviera a intervenir porque esos son “asuntos familiares”.

 Finalmente, una de esas noches, hubo una persona valiente que se atrevió a enfrentarlo y a llamar a la policía. El tipo reaccionó aún más violentamente pero mi amigo (mi ex inquilino), lo paró en seco de un solo golpe. Desde entonces, al parecer, ya no ha habido episodios violentos (al menos afuera de la casa).  Sin embargo, cada sábado, al menos durante los tres que tengo aquí, pone el asador afuera, saca su hielera y su bocina con narco corridos a todo volumen y obliga a su mujer y a sus hijos a estar con él desde que prende el carbón y hasta las cuatro de la mañana. También obliga a la señora a “pistear” con él (tomar cerveza) aunque ella esté muerta de sueño y de aburrimiento pues el tipo es una bestia y lo suyo no es precisamente la conversación.  La muchacha (señora joven) casi no sale de su casa y apenas si voltea e inclina la cabeza cuando le doy los buenos días.

 

Al lado oeste de mi casa vive Zenaida, una señora mayor, de aproximadamente 80 años. Padece depresión desde hace años pues murió uno de sus hijos en un accidente (iba alcoholizado) junto a su nuera y ella tuvo que criar a sus tres nietos huérfanos, uno de los cuales tiene 40 años y sigue viviendo en su casa. Zenaida está agotada, tiene diabetes y mil otras enfermedades. Su otro hijo, el mayor, viene a visitarla diariamente y a ver qué se le ofrece. A cambio, ella le hace desayuno y cena. Hoy platicábamos a través del cerco y me confesó que tiene muchas ganas de morirse para descansar junto a su marido, del cual enviudó hace mucho tiempo y al que echa mucho de menos. Dice que está muy cansada no sólo física sino anímicamente y que a sus hijos parece no importarles. En las navidades se vienen todos con ella a festejar y ella hace tamales y menudo para todos, nietos, nueras, yernos, hijos.

 

Estos días he recorrido mi barrio en bicicleta y observo a mis vecinas y vecinos. Veo que hay un patrón de conducta que se repite. La mujer, limpiando la casa y cuidando a los niños e incluso a veces a los suegros o a sus padres ancianos. El hombre trabajando. Al volver, por la tarde, invariablemente llega con un six pack o unas caguamas. Diario. A veces se pone a lavar su camioneta y en la radio se escuchan corridos que sólo hablan de armas, violencia, alcohol y drogas.  Los niños, con tal de estar con su papá, hacen como que ayudan a lavar el carro. Las niñas juegan a ser grandes y buchonas (mujeres de los narcos) y ya se maquillan y se visten igual que ellas.

 

Pero hay formas más sutiles de machismo y esas formas, lamentablemente, provienen de las mismas mujeres quienes, en su afán de demostrar que no dependen de los hombres o de que son “más chingonas”, copian modelos de conducta de éstos. En otras partes de la ciudad, en colonias clase media donde viven profesionistas, maestros y jóvenes universitarios, la situación no es muy distinta. Ahí también impera el machismo, pero disfrazado de independencia o de autonomía. Muchas mujeres que, efectivamente son independientes y han criado a sus hijos con sus propios medios, caen en lo mismo que dicen repudiar. Su cultura, sus valores, sus jerarquías, son machas. Hablan y se expresan igual que muchos hombres, repiten conductas machistas como el beber en exceso no sólo en su casa, sino en bares o en fiestas. Se exhiben sin pudor con sus parejas haciendo alarde de que “le bajaron el marido” a otra mujer (o sea, mujeres afectando a otras mujeres) y, en general, imitando todo aquello de lo que, según ellas, se quisieron librar al separarse o divorciarse. Ellas también escuchan música de banda o reggaetón con un bote de cerveza en una mano y un cigarro en la otra. El espectáculo no puede ser menos que patético.

 

También están los machos “calados”. Esos que detrás de sus bromas y chises homofóbicos, esconden una homosexualidad reprimida y anhelan la libertad y el desenvolvimiento sin inhibiciones de los homosexuales. Esos también dan lástima, pues su pequeño mundo se reduce a burlarse de algo que no entienden pues su escasa inteligencia no se los permite. Muchas mujeres también participan de ese tipo de chistes, burlas y bromas sólo por encajar en el grupo de amigos misógino, machista y homofóbico al que pertenecen los machos que a ellas les gustan.

 

Los “clubes de Tobi”, que sólo permiten mujeres en sus reuniones siempre y cuando éstas sean jóvenes y guapas y haya posibilidad de “ligue” pero que son incapaces de sostener una amistad desinteresada con una mujer inteligente o que no les guste para llevársela a la cama. Estos grupos están casi siempre conformados por hombres solteros (y casados) de entre 30 a 45 años ( a veces hasta 50 y tantos) y con aspiraciones artísticas o literarias que se reúnen a tomar cerveza, escuchar la misma música que han escuchado siempre y que “agarran cura” (se mofan) de los “jotos”, las “rucas” (viejas), los “mochos” (discapacitados) o de cualquier otro grupo vulnerable. Patético y lamentable también.  Las “morras” (mujeres jóvenes) que se juntan con ellos, son también víctimas del machismo, aunque ellas crean que no y no ayudan mucho a la causa feminista sino todo lo contrario.

 

Por último, están los ricos. Las clases altas son también incubadoras del machismo. Las señoras de “sociedad”, como les dicen, se reúnen en los raquet clubes o en los jardines de sus mansiones para celebrar el cumpleaños de fulanita y salen en la primera plana de sociales. Todas rubias, emperifolladas, esbeltas, bien maquilladas y sonrientes. Sin sus maridos, obviamente. Ellos están jugando golf o reunidos aparte en torno a una paella o un lechón, con un whiskey y un habano hablando de política, finanzas y contándose pequeñas “travesuras” que han cometido con sus secretarias o empleadas domésticas. Ahí, en esos círculos, las traiciones, los golpes, el maltrato se cubren con capas y capas de maquillaje, lujos y viajes al extranjero, pero también existen.

 

En resumen. Vivimos en un mundo machista en donde la concepción de Dios es masculina, en donde prevalece la idea de que es privilegio de los hombres el llevar la batuta en todo para que las cosas puedan funcionar y esa idea está tan arraigada en nosotras, las mujeres que, sin querer, la reafirmamos todos los días al intentar demostrar que somos mejor que ellos, o al imitar lo que ellos hacen, o al compararnos a ellos en todos los ámbitos.

 

De ahí que no exista, al menos en México en este momento, un movimiento feminista que sea realmente femenino, en el buen sentido de la palabra. Que haga énfasis en lo que de único y singular tenemos las mujeres, en nuestras virtudes, nuestras capacidades, nuestras fortalezas, sin tener que compararlas con las de los hombres o no en el sentido de la competencia, sino sólo para distinguirlas de las virtudes, capacidades y fortalezas suyas, de ellos y así poder complementarnos unas a otros y enriquecernos.

 

Mientras el discurso feminista siga siendo violento, agresivo, estridente, seguirá siendo machista y en ese sentido, jamás logrará erradicar la violencia contra las mujeres. Por eso es necesario y urgente voltear a vernos a nosotras mismas, a nuestras vecinas, compañeras de trabajo, de escuela, amigas y a las mujeres de nuestra familia para hallar en nosotras todos esos rasgos de carácter que nos distinguen de los hombres y atesorarlos como dones y virtudes que pueden cambiar radicalmente el pensamiento y la conducta de la sociedad sin tener que imitar todo aquello de lo que somos víctimas y que repudiamos. Debemos distinguir a los machos de los hombres de verdad pues los primeros nos hacen mucho daño y los segundos son nuestros aliados en la construcción de una sociedad más justa, más libre, más pacífica y más rica.

 

Teresa Padrón Benavides

Hermosillo, Sonora, verano del 2022.

 

 

 

 

 

domingo, 30 de mayo de 2021

Bob Dylan cumple 80 años

 


Todo mundo sabe quién es Bob Dylan. Todos, o cas todos, podemos reconocer al menos su canción más famosa, “Like a Rolling Stone” y todos o casi todos, conocemos la anécdota de cuando se conocieron él y los Beatles en el hotel Delmonico en Manhattan y Bob les hizo probar la marihuana.Todos, o casi todos, conocen también la leyenda de amor entre Dylan y Joan Baez, la cantante folk con quien Dylan compartió escenarios en los sesenta cantando canciones de protesta en universidades y en la famosa marcha por los derechos civiles en Washington con MLK a la cabeza.

Sin embargo, no todos conocen y aprecian a Bob Dylan en su justa dimensión y reconocen su muscalidad y el valor literario de sus canciones.

No voy a adentratme demasiado en su biografía porque eso es del dominio público y porque eso no es lo que hoy nos reúne sino la celebración de sus ochenta años.

Lo que me gustaría resaltar en este breve espacio es la riqueza literaria en las canciones de Dylan y por la cual los jueces decidieron otorgarle el premio Nobel de Literatura en 2016.

Robert Allen Zimmerman, mejor cococido como Bob Dylan, comenzó  a escuchar a los grandes artistas de country western, rhythm and blues y rock and roll como Buddy Holly en la adolescencia en su natal Duluth, Minesota, un pueblo dedicado a la industria metalúrgica y alejado del corazón de la escena musical de ese momento, Nueva York.

Buddy Holly fue quien más influencia ejerció sobre él pues supo combinar todos esos estilos y fundirlos en uno solo. Hacía canciones con melodías bellas y letras con imaginación. Dylan lo vio actuar en vivo a los 18 años cuando Buddy tenía 22 y quedó fascinado por su estilo de tocar y por su voz.  Dylan cuanta que hubo un momento en que sus miradas se cruzaron y eso bastó para convencerlo de que aquello era lo que él quería hacer el resto de su vida. Tres días después, el avión donde viajaban Buddy Holly, Ritchie Valens y J.P. Richardson se estrelló y los tres músicos murieron.

Un poco más tarde escuchó “Cottonfields” de Leadbelly, uno de los grandes del blues y eso lo transportó a un mundo totalmente desconocido y lo incitó a escuchar más ese tipo de música, el blues de las plantaciones, del delta del Mississippi y la influencia de esa música en la suya, puede notarse en muchos de sus álbumes.

La música flok y el blues eran muy distintas de los que él escuchaba en la radio. El rock and roll era electrificante y siemrpe había éxitos, pero el blues, el country y el folk se escuchaban más en vivo, en lugares pequeños, en pueblos remotos e incluso en grandes ciudades, pero sólo entre pocas personas, audiencias pequeñas. El mundo del folk era más reducido, más íntimo, con letras sencillas que hablaban de héroes locales, de obreros explotados, de crímenes de amor, de contrabandistas, de discriminación racial y de campesinos sin tierra.

Dylan aprendió pronto todo lo concerniente a l mundo del folk, a lo vernáculo y a los tres o cuatro acordes que acompañaban las canciones. Todo ese material lo utilizaría en sus propias canciones que interpretaba con una voz chillona y una guitarra vieja al llegar a Nueva York para visitar a su ídolo Woodie Guthrie en un hospital psiquiátrico donde estaba internado por padecer mal de Hutington. Guthrie, el cantante folk de los oprimidos y los pobres.

Dylan permaneció en NY duante mucho tiempo más y fue ahí donde entabló amistad conlos grandes de la escena folk de Greenwich Village como Dave Van Ronk y los Clancy Brothers.

Ahí se sentía en su elemento. Cantando sus propias canciones en pequeños bares con su vieja guitarra, su armónica y entre poetas beat y cantantes de blues, county y folk. Aprendió todo, todo lo asimiló y se nutrió de todo cuanto escuchó y vió. Puede decirse que lo que hoy se designa bajo el género de “americana” (mezcla de géneros como el blues, el counry, el folk, el rock, el bluegrass) que forman la música tradiconal de Estados Unidos.

Hasta aquí hemos mencionado las influencias musicales en el estilo dylaniano, pero ¿qué hay de lo otro, de las letras de sus canciones? ¿de dónde salió toda la imaginería, toda la poesía, el ingenio, la ironía, los recursos poeticos?

Dylan mismo reconoce, en su discurso al recibir el Nobel de literatura en 2016, que, además de todo lo anterior, él tenía otra cosa, algo muy valioso, él tenía una visión culta e informda del mundo, él tenía sensibiidad y principios, tenía un profundo amor por la literatura clásica y por sus autores. No en balde toma su nombre artístico de uno de los grandes poetas del s. XX, Dylan Thomas.

Y todo lo aprendió en la escuela. Leyó las grandes obras de la literatura universal, desde Don Quijote hasta Shakespeare, desde Dickens hasta Melville. Dylan adquirió una visión única del mundo, un entendimiento de la naturaleza humana y unos parámetros para medir la creatividad.

Todo eso está en sus canciones. Todo el amplio espectro literario al que estuvo expuesto desde joven ha permeado en sus letras de alguna u otra forma.

Por eso es que Dylan ha sido la gran influencia de tantos músicos a lo largo de más de 5 décadas. Leonard Cohen, David Bowie, Neil Young, Tom Petty, George Harrison, Bruce Sprinsteen, Nick Cave, por mencionar solo algunos de los más conocidos, se reconocen como “hijos de Dylan”.

La poesía en las letras de Dylan no es improvisada, es producto de todas esas lecturas de juventud que lo marcaron intelectual y espiritualmente y que sólo él supo plasmar en canciones combinándolas con los sonidos populares que tan bien dominaba como el rock and roll, el folk, el gospel y el country.

En su discurso al recibir el Nobel, él menciona tres obras literarias que fueron decisivas en su vida y que le han servido de inspiración para crear sus canciones. La Odisea de Homero, Moby Dick de Hermann Melville y Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, un escritor alemán de entre guerras.

El tema común entrre estas tres obras es el hombre enfrentado a su destino. En las tres se narra la vulnerabilidad de la condición humana, nuestros miedos, nuestras pasiones, nuestros anhelos y nuestros sueños frustrados ante algo que es mucho más grande que nosotros.

Sin embargo, dice Dylan al final de su discurso, cito:  “las canciones difieren de la literatura en esto, son para ser cantadas, no leídas. Así como las obras de Shakespeare fueron escritas para ser actuadas sobre un escenario. Y espero que todos ustedes tnegan la oportunidad de escuchar mis letras tal y como fueron concebidas, como canciones, ya sea en algún concierto, o en la radio o como quiera que sea que se escuche la música estos días… y termina citando a Homero en la Odisea “Canta oh musa y a través de mi, cuenta la historia del héroe…”

Por eso es que Dylan es tan grande y significa tanto para muchos. Porque ha sabido cantar la vida misma con todos sus matices y todas sus facetas, con todo su misterio y toda su riqueza, pero lo ha hecho con melodías y ritmos con los que todos podemos identificarnos y con un estilo único e irrepetible.

La canción que elegí para este homenaje es “Desolation Row”, justamente porque por ella desfilan una serie de personajes de la historia y de la literatura universales a quienes casi todos conocemos y a quienes Dylan mete en un solo lugar, en la ruta de la desolación, por la que todos transitamos. Esta pasarela incluye a Caín y Abel, a Bette Davies a Einstein, a Ezra Pound a T.S. Eliot, a Calypso, al fantasma de la ópera, a Casanova y a tantos otros personajes que bien pudieran haber reencarnado en el vagabundo de la esquina, en la prostituta del barrio, en el loco de la cuadra o en cualquiera de nosotros. Porque desolation row es justamente el lugar a donde van todos los inadaptados, los que piensan y opinan diferente, los parias, los que no encajan en la sociedad. Escuchemos pues a Bob Dylan con Desolation Row.




jueves, 15 de abril de 2021

Cuidar la casa común


 


Cuando era niña creía que el mundo se iba a terminar en el año 2000. Eso se escuchaba en todas partes. Yo no sabía bien qué significaba pero más o menos intuía que un gran cataclismo acabaría con toda forma de vida en la Tierra y sólo quedarían polvo y cenizas. Me daba mucha tristeza pensar en los animales y en los árboles, en el mar, en el bosque y en todo lo amaba entonces y sigo amando ahora. Curiosamente, no pensaba en la gente ni siqueira en mí. Sólo pensaba en la naturaleza y en lo hermosa que era y que sería destruida para siempre.

 

Los años pasaron y aunque claramente era visible el deterioro del medio ambiente, la vida continuó. Llegó el año “cero”. Cambio de siglo y de milenio y para mí la vida se renovó pues nació mi hijo. Sin embargo, el cambio climático ya era un tema recurrente, así como las energías renovables, el cuidado del agua, el reciclaje y la reutilización de los plásticos de un solo uso.

 

Fue entonces, a partir de la maternidad, que comencé a ser consciente de la gravedad del asunto. No quería que mi hijo creciera en un mundo cada vez más contaminado y a punto de colapsar. Combiné el uso de pañales de tela con desechables, empecé a recolectar el agua de la lavadora para usarla en la limpieza de la casa, apagaba las luces de los cuartos vacíos, y en cuanto al carro, no tuve hasta que él cumplió cinco años y porque era absolutamente necesario.

 

Sin embargo, todo parecía inutil. A dondquiera que volteaba, nadie parecía tener la más mínima preocupación al respecto. Centros comerciales infestados con gente comprando todo tipo de productos desechables, comiendo comida chatarra sin siquiera considerar su origen o su producción, basura acumulada por toneladas en las calles, uso excesivo de aerosoles y del automóvil, contaminación del aire, del agua y de la tierra.

 

Un profundo sentimiento de angustia e impotencia comenzó a invadirme a tal punto que estuve en tratamiento psiquiátrico por depresión y ansiedad. Afortunadamente y con ayuda de mi familia logré superarlo. Pero la angustia por el daño a la vida jamás me ha dejado. Y cuado imagino el fin del mundo es eso, una tierra baldía, yerma, sin vida.

 

Pero también el fin del mundo para mí significa el fin de la esperanza, de la confianza y de la fe. La esperanza en que el animal humano logrará, a través del conocimiento y de la ciencia, hallar la manera de preservar la vida en todas sus formas. La fe en que la humanidad logrará despertar de su letargo, de su ignorancia, de sacudirse el tedio y de salirse de su zona de comfort para ser parte de un cambio radical que incluya a todas las especies. La confianza en que, como individuos, aportarermos cada uno nuestras habilidades para salvar nuestra casa común.

 

Es decir, el fin del mundo para mí significa dejar de creer. Dejar de confiar en la razón y en los sentimientos. Y yo aún los conservo. Así que para mí el mundo no ha llegado a su fin. Pero tengo la certeza de que sólo en la medida en que nos transformemos desde dentro a nosotros mismos, podremos incidir en la transformación (para bien) del mundo.

 

Cada acción individual cuenta. Cada acto de compasión por la vida en general, provoca una reacción en cadena y toca a muchas personas. El mejor ejemplo lo damos con la manera en la que vivimos y nos relacionamos con los demás y eso incluye al medio ambiente y al resto de las especies animales y vegetales. Esa es la mejor herencia que podemos dejar a nuestra decendencia, a los que amamos. Un mundo mejor en todos los aspectos y eso no se compra ni se vende en los centros comerciales. Eso se forja con nuestra propia vida y la forma en que la vivimos.

 

Por eso creo que el mundo, la vida en general, aún puede salvarse. Pero no debemos delegar la responsabilidad ni en los políticos, ni en las instituciones, ni en alguien más. Debemos trabajar en nosotros mismos, analizar la forma en que vivimos, nuestros hábitos, nuestra conducta, nuestras aportaciones en beneficio o detrimento del medio ambiente.

 

Termino con una hermosa frase de Mahatma Gandhi: “Sé el cambio que quieres ver en el mundo”.

 

Teresa de Jesús Padrón Benavides

Ciudad de México, abril del 2021

lunes, 18 de enero de 2021

 



El misterio tremendo

 

Hace unos días volvía de visitar a mi familia en Mexicali. Mi vuelo despegó exactamente a las 00:05 de la medianoche del 8 de enero. Me gustan los vuelos nocturnos, en especial cuando el cielo está despejado. Después de unos minutos, y con la cabina a oscuras, pude contemplar, absorta, el cúmulo de estrellas e incluso pude distinguir claramente la vía láctea, nuestra galaxia.

Qué pequeña e insignificante me pareció mi vida en contraste con la inmensidad de lo que veía. Las lágrimas brotaron, inevitablemente.

 

 Pensé en nosotros, en los animales humanos que no somos más que polvo y ceniza y que, sin embargo, somos también parte del maravilloso e irrepetible universo. Pensé en nuestra casa común. La Tierra. Pensé en cuánto daño puede infligir un ser perecedero como nosotros a un planeta tan hermoso e improbable como el nuestro, en donde fue posible que surgiera la vida, en todas sus formas, hace más de miles de millones de años.

 

Pensé en las formaciones montañosas, en la gran barrera de coral en el sudeste de Australia, en los océanos y sus profundidades, en los cañones, los desiertos, las selvas, la tundra, el bosque y, en fin, en cada uno de los ecosistemas en donde han sobrevivido las más diversas formas de vida a través de las eras. Mi mente se remontó  hasta la Creación, cuando Di_s pronunció las palabras “Hágase la luz” y la luz se hizo.

 

Pensé en el momento mismo de nuestro debut en el universo, y me sobresaltó el hecho de que el homo sapiens tenga apenas unos minutos en la Tierra y han sido suficientes para estar a punto de acabar con ella. Recordé el Génesis, donde dice “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza” y pensé en las grandes hazañas de la humanidad, sus logros, sus descubrimientos e inventos a favor de sus semejantes y entonces vinieron a mi mente las palabras de Shakespeare en su Hamlet:

 

What a piece of work is a man! how Noble in
Reason, how infinite in faculty, in form, and moving
how expressive and admirable in Action, how like an Angel
in apprehension, how like a God.

(¡Qué obra de arte es el hombre! Qué nobleza de razonamiento, qué infintas facultades, qué espresivo y admirable en su forma y movimiento, en su actuar, semejante a un ángel, en su aprensividad, semejante a un dios).

 

Pensé en Ptolomeo, en Copérnico, en Newton, en Miguel Ángel, en Leonardo Da Vinci, en Cervantes, en Shakespeare, en Sor Juana, en Madame Curie, en Benjamín Franklin, en Gandhi, en Martin Luther King, en Einstein y en tantos otros hombres y mujeres que han ennoblecido a nuestra especie y nos han servido de inspiración para no perder la fe en la humanidad.

 

Pensé también en los tiempos históricos a los que estamos asistiendo. En la pandemia, en cómo en medio del torbellino social y político mundial, surgió un virus que es capaz de aniquilarnos en pocas horas a nosotros, los que hemos enviado sondas al espacio, hombres a la luna, satélites a orbitar el planeta. Los que hemos hallado la cura para enfermedades terribles, los que hemos inventado artefactos capaces de conectarnos con quienes queremos instantáneamente, incluso si se hallan al otro lado del mundo. Los que hemos acortado las distancias geográficas gracias a aparatos como en el que yo estaba volando en ese momento.

 

Pensé también en lo vulnerables y frágiles que somos como criaturas y en cómo, comparados con otras, no logramos sobrevivir sin la ayuda de los demás.

Pensé en mi primera infancia, en las veces en que tuve miedo o estuve enferma y alguien estuvo ahí para darme valor o para curarme. Pensé en que la vida es valiosa en la medida en que valoramos la de los demás. En el cúmulo de posibilidades que podrían existir para que cada persona pudiera desarrollar sus capacidades al máximo siempre y cuando no fuese sometida u oprimida por otra. Sino al contrario, ayudada.

 

Pensé en que, si estamos aquí ahora, si hemos podido llegar a este momento, es porque alguien nos ayudó a lograrlo. Agradecí en silencio a todas esas personas que estuvieron ahí para mí en algún momento de mi vida, muchas de las cuales ya no están presentes físicamente pero sí en mis pensamientos.

 

Pensé que efectivamente, el ser humano es maravilloso, pero también un monstruo capaz de destruir, depredar y asesinar a los de su propia especie sin piedad con tal de obtener lo que quiere. Su ansia de poder es tan ilimitada como su inteligencia y ésta la utiliza para hacer el bien, pero también para hacer el mal. Puede construir y destruir maravillas a su antojo, tiene la capacidad para echar abajo lo que es incapaz de volver a crear.

 

Y pensé en el libre albedrío, ese regalo que Di_s nos dio para, justamente, discernir entre el bien y el mal y optar por el primero, pues sólo así podemos honrarlo y ser dignos de Él. Recordé las hermosas y sabias palabras de Deuteronomio: “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia”.

 

Y fue ahí donde volví de mis cavilaciones. Y sentí una fuerte sacudida en la espalda. Miré en torno mío y la mayoría de la gente dormía plácidamente. Todos con sus mascarillas puestas, ajenos a la amenaza letal a la que estamos expuestos. Cerré los ojos y volví sobre mis pensamientos. Agradecí a Di_s por estar viva, por estar respirando, porque pude pasar un tiempo con los que quiero, porque volvía a casa con los míos sana y salva.

 

Miré de reojo por última vez a través de la ventanilla. La vía láctea se desplegaba en toda su hermosura. El misterio de la vida y de la muerte no nos fue revelado, sin embargo, sin ese misterio, nada tendría sentido. La noche, allá afuera, seguía constelada.

 

Teresa de Jesús Padrón Benavides

Ciudad de México, enero del 20212.

 

 

 

 

 

lunes, 15 de junio de 2020

Aquí el color también pinta



“Tengo un sueño: que un día mis hijos vivirán en una nación que no juzgue a las personas por el color de su piel, sino por el contenido de sus actos”.
Martin Luther King

Cuando era niña pensaba que era rica. Tenía una casa cómoda, papás, hermanos, un carro y un perro. No necesitaba ni deseaba nada más. ¿Qué más puede querer una niña para ser feliz?
Como casi todos en aquel tiempo, los hijos de las familias de clase media íbamos a la escuela pública más cercana a nuestra casa. Los grupos eran de hasta cincuenta niños y la maestra o el maestro no sólo eran estrictos, sino celosos de su profesión, la cual ejercían con dedicación, amor y entrega. A cambio, exigían lo mismo de sus alumnos.

Recuerdo con especial afecto a mi maestra de tercer año en la escuela Josefina Menchaca en Matamoros. Aurora Zertuche. Una señora enorme y rubia que había formado en sus primeras letras y números a varias generaciones. Era estricta sin llegar a ser dura y a veces nos daba un par de palmaditas en la espalda o nos acariciaba la cabeza cuando hacíamos bien nuestros deberes. La maestra Aurora era reverenciada y querida por todos los padres de familia y era una de las primeras invitadas en las fiestas infantiles de sus alumnos.

En los salones de clase habíamos alumnos de varios estratos sociales e incluso algunos que venían de alguna población rural, pero básicamente éramos los mismos amigos del barrio.  Yo me sentaba junto a una niña que se llamaba Lupita. Ella venía del campo, de un lugar de la carretera hacia Monterrey. Era una niña bajita, delgada y morena. Su cabello negro recogido siempre en dos trenzas, brillaba con el sol.
Recuerdo uno de los primeros días de clase. Nos  formaron en dos filas, una de niñas y otra de niños. Fueron de la secretaría de salud a vacunarnos no recuerdo contra qué enfermedad. También nos revisaron la cabeza para ver si no teníamos piojos. Nos examinaron los dientes para ver si había caries y también las uñas de las manos.
Lupita y yo éramos de las primeras de la fila, por nuestra estatura baja. Me revisaron, me vacunaron y me pusieron una palomita en un papel que mis padres debían firmar. Siguió Lupita. La revisaron exhaustivamente. Primero la cabeza. Había liendres. Luego los brazos. No había marcas de vacunas. Después los dientes. Aún no había caries pero tampoco señales de una buena higiene bucal. Sus uñas no habían sido cortadas al menos por un mes y estaban ennegrecidas por la tierra.

El personal de salud la paró enfrente de todo el grupo y nos dijo que ella era un claro ejemplo de lo que NO debíamos ser los demás. La niña rompió en llanto y tuvieron que llevarla a la dirección en donde esperó a que sus padres la recogieran. Yo fui a buscarla en el recreo y le compartí de mi lonche. Le dije que no estuviera triste y que nos juntaríamos en los recreos.

A la hora de salida, volteé de reojo a la dirección y vi a la directora hablando con los papás de Lupita. Me quedé a esperarlos afuera de la escuela pues quería saber qué les habían dicho. Jamás olvidaré el rostro triste, demacrado y compungido de los padres de mi amiga. Los ojos de su papá estaban acuosos, como a punto del llanto. Nunca supe lo que había pasado ahí dentro, pero pude intuirlo.

Me acerqué y saludé a los señores y abracé a mi amiga que se abalanzó fuerte contra mí. Me dijo que sus papás la llevarían a vacunar al día siguiente y que se iba a cortar el pelo y las uñas. Sentí pena por sus hermosas trenzas negras, pero me alegré de que Lupita seguiría yendo a clases.

Al día siguiente la maestra Aurora nos dio un sermón respecto del respeto, la tolerancia, la igualdad y otros valores. Nos dijo que al menos en su clase, todos éramos iguales y debíamos tener los mismos privilegios y las mismas responsabilidades. Cuando Lupita volvió, dos días después, la maestra nos puso a limpiar el salón y a decorarlo pues se acercaba el 15 de septiembre.

Sin embargo, durante el recreo, sólo yo y Miguel, otro niño, nos juntábamos con Lupita. El resto seguía viéndola con recelo, con desconfianza y, en el mejor de los casos, con curiosidad. Un día, Jessica, una niña rubia, alta, ojos verdes, se acercó a nosotros mientras comíamos nuestro lonche y me preguntó: ¿Por qué te juntas con esta piojosa? ¡Vente con nosotras!
No recuerdo bien cómo pasó, pero sí que sentí una furia y una lumbre que me subía a la cabeza desde el estómago. Le espeté un golpe en la nariz y un rodillazo en la panza. Recuerdo el hilo de sangre rojo sobre su blusa blanca. Llamaron a mi mamá y me expulsaron tres días. Ese fue el primer problema escolar en mi historial.

Poco a poco, los del salón fueron “aceptando” a Lupita. Ya la incluían en sus juegos, en sus equipos de trabajo e incluso a veces la invitaban a sus fiestas de cumpleaños.

Llegó la navidad de 1976. Hubo posada e intercambio de regalos. Lupita llevó su regalo para otra niña. Era una canastita con jarritos de barro que vendían en el mercado municipal. “Trastecitos”, les decíamos. A mí me encantó, pero a la niña que lo recibió, le pareció muy poca cosa. Vivíamos en la frontera y las barbies y los walkie talkies eran lo “cool”. La niña dejó su regalo en el salón y salió a jugar con los demás.  Lupita recibió una Barbie. 

Una muñeca rubia, esbelta, ojos claros, como Jessica. Una muñeca que no se parecía a ella en nada. La contempló extasiada, acariciándole el pelo largo y lacio y la metió en su flamante caja rosa. Estaba feliz. Jamás habría soñado tener una Barbie.

El tiempo pasó. Crecimos y tomamos distintos caminos. Nunca más volví a ver a Lupita o a saber de ella. Muchos años después, yo ya vivía en Mexicali, fuimos un verano a ver a la familia a Matamoros. En un restaurante muy conocido en Brownsville, se me acercó una muchacha morena, muy guapa y sonriendo me preguntó “¿Eres Tere? ¿Tere Padrón? ¿No me recuerdas? 
Soy Lupita, de la primaria Josefina Menchaca. Yo siempre te recuerdo. Estás igual que entonces”.

Fue como viajar en el tiempo en cuestión de minutos. Recordé cada detalle, cada juego, cada anécdota juntas. Recordé el día que le pegué a Jessica por defenderla y recordé la cara triste de sus padres. Nos abrazamos. Se sentó en nuestra mesa y durante el café hablamos largo y tendido. Era doctora. Había estudiado en la Autónoma de Monterrey. Trabajaba en el IMSS de Matamoros y aún era soltera, como yo en ese entonces.  Me dio mucho gusto verla después de tanto tiempo y que me recordara con cariño. Yo era una niña cuando la defendí, pero algo me decía que era lo justo, lo que debía hacer. Porque ella ilustra un caso excepcional. Lo común en México es que alguien como Lupita no llegue a concluir siquiera la educación media superior.  

Las comunidades rurales, la población indígena, las personas de tez oscura, ocupan casi siempre los estratos inferiores de la pirámide social.
Intercambiamos anécdotas, direcciones y teléfonos y prometimos estar en contacto y volver a vernos a la primera oportunidad. Se veía feliz, plena y realizada. Saludé a sus papás desde mi mesa con una reverencia y nos despedimos con un abrazo fuerte.

Con esta anécdota de mi infancia quise ilustrar un problema añejo en nuestra sociedad (y en casi todas las sociedades) y que en pleno siglo XXI sigue estando presente de formas inconcebibles: el de la discriminación.

México es racista, clasista y discriminatorio. Las personas que realizan los trabajos esenciales como la limpieza de nuestras calles, comúnmente son morenas, de rasgos autóctonos y siempre nos pasan desapercibidos. Quienes nos sirven en los restaurantes, en los supermercados, en los estacionamientos, también. Por no mencionar a las empleadas domésticas, quienes parecen encajar con un estereotipo bien difundido: morrenas, bajitas y de complexión gruesa.

En cambio, la publicidad promueve el modelo de belleza occidental en todos sus comerciales, salvo en los del gobierno, que difunden la ayuda social a los más desprotegidos. La televisión, el internet, el cine, y en fin, los medios masivos, usan como modelos a personas que poco tienen que ver con ese otro México, el de raíces indígenas, el México prehispánico, del que también somos parte. Y también del México de raíces negras, el cual es prácticamente desconocido.

Cito el boletín de prensa número 55 del CONAPRED (Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación) del 2019:
“Pese a que la mayoría de las personas tienen un tono de piel oscuro, sólo tres por ciento ocupa puestos de dirección.
En México, 20 por ciento de las personas con tono de piel oscura no cuentan con algún nivel de escolaridad. En contraste, la cifra baja a la mitad si se trata de tonalidades más claras, así lo demuestran los resultados del Módulo de Movilidad Social Intergeneracional del INEGI, 2017.
Siete de cada 10 personas en el país declaró tener un tono de piel oscuro; sin embargo, sólo 3 por ciento de ellas reporta tener puestos de dirección, en comparación con el 6 por ciento de personas con color de piel más clara que ocupan estos puestos, según la ENADIS 2017.
La misma encuesta afirma que 44 por ciento de las personas con un tono de piel más oscuro se desempeñan en la agricultura, la ganadería, la pesca y la caza, mientras que sólo la mitad (21 por ciento) de quienes tienen un tono de piel más claro se desempeñan en estas actividades.
Paradójicamente, la ENADIS 2017 señala que 93 por ciento de las personas de 18 años y más en México indica que no se justifica burlarse de alguien por su tono de piel. Sin embargo, los datos demuestran que sí existe una desventaja al tener un tono de piel más oscuro.”
Estos días, en que una pandemia desconocida, feroz y sumamente contagiosa nos cogió por sorpresa, atacando por igual a ricos y pobres, a blancos y morenos, en los cuales las manifestaciones en contra de los abusos policiales contra negros en Estados Unidos nos han sacudido, en los cuales la población en México está tan dividida políticamente, es más oportuno que nunca que volteemos hacia nosotros mismos.
Es loable ver marchar y protestar a cientos de mexicanos en contra del abuso, la tortura y la muerte de George Floyd a manos de la policía en Estados Unidos. Es encomiable también ver a miles de mujeres y hombres tomar las calles para exigir que se respeten sus derechos sexuales, reproductivos y de todo tipo. Es parte de la democracia y es nuestro derecho.
Pero también es doloroso ver que la violación a los derechos humanos y a las garantías individuales son prácticas comunes en nuestro propio país y entre nosotros mismos. Que la discriminación, la falta de oportunidades, la desigualdad es la regla y no la excepción en México. Y que eso no es de hace un par de años, sino que es algo muy arraigado en nuestra cultura.
Da vergüenza ver a unos cuantos privilegiados salir a protestar a Paseo de la Reforma en sus carros de lujo en contra de un gobierno que, nos guste o no, estemos de acuerdo o no, ganó legítimamente en las urnas y con una victoria apabullante.  Y da vergüenza verlos porque jamás los habíamos visto manifestarse. ¿Dónde estaban cuando las muertas de Juárez?, ¿Dónde estaban cuando Ayotzinapa? ¿Dónde cuando la marcha por la paz de Sicilia y Le Barón?
Ahora, cuando sus intereses se ven amenazados, cuando no se sienten seguros ni respaldados por “papá gobierno”, salen de sus mansiones bien amuralladas en la parte Noroeste de la Ciudad y alzan la voz contra un gobierno al que “no quieren”. Como niños caprichosos.
Yo no voté por López Obrador. No estoy de acuerdo con él en muchas cosas y no veo claro hacia dónde va ni cuál es su proyecto. Pero tampoco niego que su victoria aplastante sea el resultado de muchos sexenios de desigualdad, de abusos, de privilegios para unos cuantos y de miseria para muchos otros.
Everything is about color”, decía una pancarta en las protestas por el asesinato de George Floyd en Minnesota.  En México es igual. El Pantone con el que juzgamos a los demás va desde el café oscuro hasta el rubio pasando por muchas otras tonalidades. Esas tonalidades determinarán no sólo el grado de escolaridad de las personas, sino su acceso a una vida mejor en todos los sentidos.
Y mientras el color sea el que determine quién vive bien y quien no, mientras la brecha social entre quienes concentran grandes cantidades y quienes viven al día sea tan ancha, habrá muchas protestas y marchas diferentes. Pues las causas también son distintas. Unos marcharán por no perder sus privilegios y otros para exigir lo mínimo indispensable para una vida digna: agua, luz, gas y esas cosas que nosotros damos por sentadas.
La pandemia nos ha dado una lección de igualdad. Ha atacado a ricos y pobres casi sin distinción, también a jóvenes y a viejos. Sin embargo, los que han podido acceder a tratamientos rápidos y costosos siguen siendo unos cuantos. Otro indicador de la diferencia de clases en México.
Mientras haya un México clasista y racista que no ve o no quiere ver al otro México, al que sufre ese racismo, no habrá paz, ni seguridad, ni tranquilidad en el país. Porque mientras la discriminación por color de piel o por origen étnico determine la condición social de las personas, seguirá habiendo desigualdad, descontento social, violencia, crimen, inseguridad.
Por eso es que seguirá también habiendo marchas. Unas poco concurridas de la clase media y alta y otras multitudinarias, de los más desfavorecidos. En las primeras predominará el color blanco, en las segundas el moreno.

Teresa de Jesús Padrón Benavides
Ciudad de México, junio del 2020



viernes, 7 de febrero de 2020

Tía Mimí



And in the end, the love you take, is equal to the love you make
Beatles


La gran película de Orson Welles, Citizen Kane, retrata la vida de un magnate de la industria editorial que inició su carrera periodística como un idealista que apoyaba las causas sociales pero que se va degradando hasta convertirse en alguien que sólo está interesado en el poder y el dinero.  Kane tuvo todo lo que quiso y lo perdió al final y en su lecho de muerte, rodeado solamente de sus criados, exhala el último aliento pronunciando una palabra “Rosebud”, que era el nombre de un trineo que tuvo en su niñez, única etapa en la que fue realmente feliz.

No hablaré aquí de por qué es considerada una de las 10 mejores películas de todos los tiempos ni diré por qué continúa siendo motivo de discusión entre los cinéfilos y los críticos.
Sólo la quise traer a colación porque hoy soñé algo (fue más bien un recuerdo que llegó a través de un sueño) que me hizo reflexionar acerca del significado que tienen algunas cosas no por lo que cuestan, sino por lo valioso que son para nosotros.

Cuando era niña no había cosa que me hiciera más feliz que ver a mi tía Mimí, hermana menor de mi madre. Ella me adoraba y yo a ella. Permaneció soltera mucho tiempo por lo que sus sobrinas y sobrinos éramos blanco de sus regalos y de sus mimos pero a mí, no sé por qué, me tenía un cariño especial.

Durante un tiempo trabajó como secretaria en una oficina del gobierno municipal muy cerca de nuestra casa en el centro de la ciudad en Matamoros. Cuando salía de trabajar, a las cinco de la tarde, iba por mí y me llevaba a la plaza frente a la catedral y mientras yo daba vueltas alrededor del kiosko jugando con otros niños y niñas, ella no me quitaba el ojo de encima. Me cuidaba como lo más preciado del mundo. Al final me compraba algún helado o un “raspado” y nos íbamos caminando a mi casa.

Mi tía Mimí era conocida y querida por mucha gente. Recuerdo un día, sentadas en la banca de la plaza comiéndonos nuestro “cono de nieve” (así les decimos en mi tierra), se detuvieron varias personas a saludarla con mucha amabilidad y simpatía. Eso me llenaba de orgullo, que la gente quisiera a mi tía porque yo también la quería.
También me llevaba a las piñatas de las hijas o hijos de sus compañeros de trabajo, pues ella aún no se casaba y no había tenido hijos. 

Cierta vez, llegó por mi muy arreglada porque íbamos a la fiesta nada más y nada menos que del hijo de su jefe. Ya traía el regalo envuelto, así que yo no pude ver qué era. El niño cumplía 8 años, la misma edad que yo tenía, así que supuse que sería alguno de los juguetes que nos gustaban a los de nuestra edad. Al llegar a la casa (muy grande y muy bonita, por cierto), nos hicieron pasar al jardín trasero, pues allá sería la fiesta. Ya había algunos niños y yo me fui a jugar con ellos. Después de partir la piñata, de jugar a “póngale la cola al burro”, a las sillas y a mil cosas más, llegó el momento de abrir los regalos.

Yo estaba ansiosa por ver qué era lo que mi tía Mimí había comprado para el niño, así que me acomodé frente a todos los demás. Después de abrir cajas con “G.I. Joe’s”, “Walkie Talkies” y no sé qué tantas cosas más, llegó el turno de nuestro regalo.  Eran una capa y una máscara de “Blue Demon”, el luchador que los niños más amaban (junto con el Santo).

Yo pensé que al niño se le haría muy poca cosa nuestro regalo, pero cuál fue mi sorpresa al ver su cara de emoción y buscar a la niña o al niño que se lo había dado. Mi tía me dijo que me acercara y le dijera que yo había sido, aunque me dio un poco de pena, pues en realidad yo no había tenido nada qué ver. Me abrazó y me dio las gracias con una gran sonrisa.
De inmediato se convirtió en “Blue Demon” y retó los otros niños a subir a un “ring” improvisado que en realidad era una tarima donde había actuado el mago de la fiesta. Los otros regalos quedaron sobre la mesa y todos nos unimos al gran juego de las luchas.

Mi tía Mimí no era rica, pero siempre fue generosa con todos. Y sabía bien que para hacer feliz a alguien no hace falta gastar mucho, sino dar de corazón. Siempre compartía con los demás lo que tenía incluso si eso significaba quedarse sin nada. “Dios proveerá”, solía decir.
He tenido el placer de comer y beber en lugares lujosos, incluso del otro lado del Atlántico, pero si me preguntan, daría lo que fuera por volver a probar su sopita de fideos con pescuecitos de pollo. Es lo más delicioso que he comido en mi vida, porque ella me lo hacía con amor y alegría.

Mi tía Mimí se casó, tuvo sus hijos y se cambió un poco más lejos de nuestra casa, pero eso no impidió que siguiera consintiéndome y queriéndome como antes de ser madre. Murió cuando yo ya estaba casada y en su última carta (nunca dejamos de escribirnos) me preguntaba por mi vida, por mi esposo y por la Ciudad de México. Me daba las gracias por mi tarjeta de cumpleaños (el 10 de julio era su cumpleaños) y me contaba de sus nietos con mucho entusiasmo.

Hoy la he recordado a través de un sueño y juro por Dios que me desperté oliendo su deliciosa sopa de fideos con pescuecitos y viendo su sonrisa de satisfacción al ver que dejaba limpio el plato y pedía un poco más.
Si tan solo pudiésemos apreciar a las personas más que a las cosas y atesorar lo sencillo de la vida, que es lo más valioso, nadie moriría ni mataría por tener más que los demás.  Porque a final de nuestra vida, no importa cuántas cosas materiales hayamos acumulado, como dicen los Beatles, el amor que dimos, será igual al amor que nos llevaremos.


Teresa de Jesús Padrón Benavides, Ciudad de México, febrero del 2020.