“Each time a woman stands
up for herself, she stands up for all women”
Rosa Parks
Frente
a mi casa vive una familia joven. Padre, madre y tres hijos, dos jovencitas
adolescentes y un niño de 8 años. El padre es golpeador. Según me cuentan los
vecinos, hubo un tiempo en que llegaba a casa alcoholizado y sacaba a su esposa
a la banqueta a patadas y ahí, frente a su cochera, le propinaba una golpiza
delante de sus hijos. Esto ocurría a la vista de todos los vecinos sin que
alguien se atreviera a intervenir porque esos son “asuntos familiares”.
Al
lado oeste de mi casa vive Zenaida, una señora mayor, de aproximadamente 80
años. Padece depresión desde hace años pues murió uno de sus hijos en un
accidente (iba alcoholizado) junto a su nuera y ella tuvo que criar a sus tres
nietos huérfanos, uno de los cuales tiene 40 años y sigue viviendo en su casa. Zenaida
está agotada, tiene diabetes y mil otras enfermedades. Su otro hijo, el mayor,
viene a visitarla diariamente y a ver qué se le ofrece. A cambio, ella le hace
desayuno y cena. Hoy platicábamos a través del cerco y me confesó que tiene
muchas ganas de morirse para descansar junto a su marido, del cual enviudó hace
mucho tiempo y al que echa mucho de menos. Dice que está muy cansada no sólo
física sino anímicamente y que a sus hijos parece no importarles. En las
navidades se vienen todos con ella a festejar y ella hace tamales y menudo para
todos, nietos, nueras, yernos, hijos.
Estos
días he recorrido mi barrio en bicicleta y observo a mis vecinas y vecinos. Veo
que hay un patrón de conducta que se repite. La mujer, limpiando la casa y
cuidando a los niños e incluso a veces a los suegros o a sus padres ancianos.
El hombre trabajando. Al volver, por la tarde, invariablemente llega con un six
pack o unas caguamas. Diario. A veces se pone a lavar su camioneta y en la
radio se escuchan corridos que sólo hablan de armas, violencia, alcohol y
drogas. Los niños, con tal de estar con
su papá, hacen como que ayudan a lavar el carro. Las niñas juegan a ser grandes
y buchonas (mujeres de los narcos) y ya se maquillan y se visten igual que
ellas.
Pero
hay formas más sutiles de machismo y esas formas, lamentablemente, provienen de
las mismas mujeres quienes, en su afán de demostrar que no dependen de los hombres
o de que son “más chingonas”, copian modelos de conducta de éstos. En otras
partes de la ciudad, en colonias clase media donde viven profesionistas,
maestros y jóvenes universitarios, la situación no es muy distinta. Ahí también
impera el machismo, pero disfrazado de independencia o de autonomía. Muchas
mujeres que, efectivamente son independientes y han criado a sus hijos con sus
propios medios, caen en lo mismo que dicen repudiar. Su cultura, sus valores,
sus jerarquías, son machas. Hablan y se expresan igual que muchos hombres,
repiten conductas machistas como el beber en exceso no sólo en su casa, sino en
bares o en fiestas. Se exhiben sin pudor con sus parejas haciendo alarde de que
“le bajaron el marido” a otra mujer (o sea, mujeres afectando a otras mujeres)
y, en general, imitando todo aquello de lo que, según ellas, se quisieron
librar al separarse o divorciarse. Ellas también escuchan música de banda o
reggaetón con un bote de cerveza en una mano y un cigarro en la otra. El
espectáculo no puede ser menos que patético.
También
están los machos “calados”. Esos que detrás de sus bromas y chises homofóbicos,
esconden una homosexualidad reprimida y anhelan la libertad y el
desenvolvimiento sin inhibiciones de los homosexuales. Esos también dan lástima,
pues su pequeño mundo se reduce a burlarse de algo que no entienden pues su
escasa inteligencia no se los permite. Muchas mujeres también participan de ese
tipo de chistes, burlas y bromas sólo por encajar en el grupo de amigos
misógino, machista y homofóbico al que pertenecen los machos que a ellas les
gustan.
Los “clubes
de Tobi”, que sólo permiten mujeres en sus reuniones siempre y cuando éstas
sean jóvenes y guapas y haya posibilidad de “ligue” pero que son incapaces de
sostener una amistad desinteresada con una mujer inteligente o que no les guste
para llevársela a la cama. Estos grupos están casi siempre conformados por hombres
solteros (y casados) de entre 30 a 45 años ( a veces hasta 50 y tantos) y con
aspiraciones artísticas o literarias que se reúnen a tomar cerveza, escuchar la
misma música que han escuchado siempre y que “agarran cura” (se mofan) de los “jotos”,
las “rucas” (viejas), los “mochos” (discapacitados) o de cualquier otro grupo
vulnerable. Patético y lamentable también. Las “morras” (mujeres jóvenes) que se juntan
con ellos, son también víctimas del machismo, aunque ellas crean que no y no
ayudan mucho a la causa feminista sino todo lo contrario.
Por
último, están los ricos. Las clases altas son también incubadoras del machismo.
Las señoras de “sociedad”, como les dicen, se reúnen en los raquet clubes o en
los jardines de sus mansiones para celebrar el cumpleaños de fulanita y salen
en la primera plana de sociales. Todas rubias, emperifolladas, esbeltas, bien
maquilladas y sonrientes. Sin sus maridos, obviamente. Ellos están jugando golf
o reunidos aparte en torno a una paella o un lechón, con un whiskey y un habano
hablando de política, finanzas y contándose pequeñas “travesuras” que han
cometido con sus secretarias o empleadas domésticas. Ahí, en esos círculos, las
traiciones, los golpes, el maltrato se cubren con capas y capas de maquillaje,
lujos y viajes al extranjero, pero también existen.
En
resumen. Vivimos en un mundo machista en donde la concepción de Dios es
masculina, en donde prevalece la idea de que es privilegio de los hombres el
llevar la batuta en todo para que las cosas puedan funcionar y esa idea está
tan arraigada en nosotras, las mujeres que, sin querer, la reafirmamos todos
los días al intentar demostrar que somos mejor que ellos, o al imitar lo que
ellos hacen, o al compararnos a ellos en todos los ámbitos.
De ahí
que no exista, al menos en México en este momento, un movimiento feminista que
sea realmente femenino, en el buen sentido de la palabra. Que haga énfasis en
lo que de único y singular tenemos las mujeres, en nuestras virtudes, nuestras
capacidades, nuestras fortalezas, sin tener que compararlas con las de los
hombres o no en el sentido de la competencia, sino sólo para distinguirlas de
las virtudes, capacidades y fortalezas suyas, de ellos y así poder
complementarnos unas a otros y enriquecernos.
Mientras
el discurso feminista siga siendo violento, agresivo, estridente, seguirá
siendo machista y en ese sentido, jamás logrará erradicar la violencia contra
las mujeres. Por eso es necesario y urgente voltear a vernos a nosotras mismas,
a nuestras vecinas, compañeras de trabajo, de escuela, amigas y a las mujeres
de nuestra familia para hallar en nosotras todos esos rasgos de carácter que
nos distinguen de los hombres y atesorarlos como dones y virtudes que pueden
cambiar radicalmente el pensamiento y la conducta de la sociedad sin tener que
imitar todo aquello de lo que somos víctimas y que repudiamos. Debemos
distinguir a los machos de los hombres de verdad pues los primeros nos hacen
mucho daño y los segundos son nuestros aliados en la construcción de una
sociedad más justa, más libre, más pacífica y más rica.
Teresa
Padrón Benavides
Hermosillo,
Sonora, verano del 2022.




