Cuando por fin pudo levantarse de la cama sentía la cabeza como un mazo de plomo pegado al cuello. Sus pies hinchados y amoratados, le hicieron recordar que hacía varios días no tenía su medicina y que debía agendar una cita con su médico para que se le diera y le hiciera su chequeo de rutina.
Encendió la
radio para el noticiero que estaba a punto de terminar pues eran casi las
siete. Puso la cafetera eléctrica y mientras el café colaba se duchó con agua casi
fría. Se preparó avena, pan tostado y mantequilla y le dio algunos sorbos al
café. Se cepilló los dientes, cogió su sombrero y su bastón y al cuarto para
las ocho salió de su casa.
Apenas
tendría tiempo de llegar a la oficina
donde cada mes hacía una larga fila junto a cientos de jubilados para
recibir su pensión. Mientras esperaba el autobús, sintió un leve calambre
recorrerle el cuerpo desde la parte trasera del cuello hasta la pantorrilla
derecha. No le prestó atención. Subió al autobús y llegó justo a tiempo a la
oficina donde la fila serpenteaba hasta doblar la esquina del edificio. Dio los
buenos días y saludó a algunos conocidos con quienes se reunía una o dos veces
por semana a jugar dominó y tomar café.
El sol caía
a plomo a las nueve de la mañana y aún había más de 20 personas adelante suyo.
Sacó de su bolsa reciclable un periódico de hacía una semana y le dio algunos
tragos a la botella de agua que había sacado del refrigerador antes de irse.
Entre las noticias que no había tenido tiempo de leer vio una que decía: “A
partir del 15 de agosto los adultos mayores, jubilados y pensionados podrán
cobrar su pensión en cualquier institución bancaria presentando su credencial
vigente o cualquier identificación oficial con fotografía”.
Se alegró de
la noticia aunque él preferiría seguir viniendo a la oficina de pensiones
porque era la única ocasión que tenía de ver a algunos de sus conocidos, de
hablar con gente de su edad y de ver a la señora Lupita. Lupita era viuda de un
ex agente de aduanas y vivía sola. Sus únicos dos hijos habían emigrado a
Estados Unidos hacía años y casi no los veía. Era una señora de unos setenta
años, menudita y con el pelo rizado teñido de un rojo bugambilia que la hacía
sobresalir de entre el resto de las señoras en la fila.
Esa mañana
llevaba un vestido de flores rojas que hacían juego con su cabello. Traía unas
arracadas doradas y zapatillas también rojas. A él le pareció más guapa que
nunca. Estaba formada a unos ocho lugares antes que él y lo saludó con una
inclinación de cabeza y una sonrisa. Él sintió que algo le subía desde el
estómago y sintió agolpársele la sangre en las sienes.
De pronto la
perdió de vista pues ella ya estaba en el mostrador cobrando su dinero. Se
despidió de la cajera y de algunas de sus amigas y él la vio alejarse por la
banqueta sin voltear. Cuando al fin llegó su turno cobró rápidamente su dinero
y sin decir adiós a nadie apresuró el paso hacia la parada de autobús que
Lupita tomaba con la esperanza de alcanzarla. Ahí estaba. Su bolso grande, su pelo
rojo y sus lentes oscuros a la moda, la hacían parecer mucho más joven de lo
que era.
La saludó de
nuevo, esta vez de mano. Le preguntó a dónde iba. Ella le respondió que debía
hacer algunos pagos y comprar algunas cosas antes de regresar a su casa. Él se
ofreció a acompañarla. Ella aceptó. Una vez sentados en el autobús, hablaron un
poco de todo. Del calor, de la carestía, de la inseguridad, de la familia. Al
llegar a ese punto, Lupita guardó silencio durante unos minutos y en la
comisura de sus labios se notó un rictus de dolor. Él le preguntó si se sentía
mal. Ella dijo, a secas “es un pesar que tengo, pero es sólo mío” y volvió a
callar durante el resto del viaje.
Al llegar a
su destino, él la tomó del brazo para ayudarla a bajar y por descuido, se olvidó
el bastón en el camión. La acompañó a hacer sus cosas y ella, como cortesía, le
invitó un helado que él aceptó de mil maravillas. Sentados frente a frente en
las pequeñas mesitas del área de comidas del centro comercial se sintieron más
en confianza, intercambiaron bromas y hasta se rieron de los defectos de
algunos de los otros pensionados.
A la una en
punto ella dijo que era hora de volver a casa. Había que hacer la comida y
limpiar un poco. Él estuvo de acuerdo. Él también tenía sus pendientes. Le
preguntó si alguien la esperaba en casa y ella le respondió que sí. Además de
sus dos perros, un gato y sus plantas, Lupita tenía en casa a su hermano mayor,
ciego y paralítico. Había perdido la vista después de años trabajando en un
taller de soldadura y la movilidad de sus piernas por un accidente.
Ella lo
aseaba, lo alimentaba, lo sacaba a dar pequeños paseos por el parque cercano a
su casa y le leía fragmentos de la Biblia por las noches. Cuando debía salir,
le dejaba encendida la televisión para que escuchara las noticias y no se
sintiera solo. Por las tardes lo sacaba al jardín mientras regaba las plantas y
platicaban de su pueblo, de su infancia y de su familia. A su hermano le
gustaba escuchar el chorro de agua de la manguera y que el rocío le mojara un
poco la cara. También le gustaba acariciar a los perros y oír a su hermana
saludar a algún vecino o vecina que pasaban por la calle.
Se
despidieron en la parada donde ella debía bajar. Lupita le dio las gracias por
todo y le recordó de la fiesta que habría la próxima semana en la casa club de
la tercera edad con motivo del día de los abuelos. Él no tenía nietos. Su único
hijo había muerto de una bala perdida en una fiesta de pueblo cuando apenas
tenía 18 años y su mujer murió poco tiempo después de pura tristeza. De todos
modos le prometió que iría y que ahí se verían. Se sentía bien después de haber
pasado parte del día con Lupita.
Cuando llegó
a su casa se calentó la comida del día anterior. Puso la televisión para el
noticiero de la tarde y se quedó dormido en el sofá. Soñó con Lupita, con su
pelo rojo bugambilia y su vestido de flores, con su hermano ciego. Soñó que
bailaba con ella en la fiesta de los abuelos. También soñó con su hijo y su
mujer muertos hacía 25 años. Soñó con perros, gatos y plantas. El dolor de cabeza y de pecho y el calambre
que le subía desde la pierna volvieron, esta vez con más fuerza. Intentó
levantarse a buscar una aspirina y a tomar un poco de agua. Se lo impidieron el
cansancio y la pesadez del cuerpo. Buscó su bastón y recordó que lo había
dejado en el autobús.
Volvió a
cerrar los ojos y se quedó dormido hasta el amanecer. Abrió un poco la cortina
para ver entrar el sol y contempló el enorme árbol frente a su ventana. Hizo
planes en su mente para ir a comprarse ropa nueva para el baile y se sintió
animado. Imaginó a Lupita muy elegante, la música de su época, los compañeros
jubilados y la comida. Se sintió animado. Suspiró profundamente antes de intentar
levantarse y exhaló su último aliento con una leve sonrisa dibujada en sus
labios.
Rivka Jaya, 30
Siván, 5779 (3 de julio de 2019)






