“Que tus contornos te
quieran, que te respete la muerte.”
A una encina verde, Joan Manuel Serrat
Si uno observa bien, cada familia es un árbol y cada árbol
es una familia. Los árboles tienen, al igual que nosotros, raíces que surgen de la semilla que alguien
plantó o que algún ave o el mismo viento depositaron en algún lugar donde había
tierra fértil. Y esas raíces se aferran firmemente al suelo y absorben el agua
subterránea o el agua de lluvia. Esta agua, junto a la luz del sol, son el
alimento que el árbol necesitará durante toda su vida para crecer firme y enhiesto
y con un follaje espeso, bajo cuya sombra descansarán muchas personas, en cuyo
tronco se apoyará una pareja de enamorados y entre cuyas ramas construirán las
aves sus nidos.
Muchos son los símiles que se han hecho acerca de los
árboles con las familias, pero me gustaría aquí reflexionar un poco acerca del
papel que desempeña cada miembro de la familia en el buen o mal desarrollo del
árbol genealógico.
Los bisabuelos y abuelos (e incluso los tatarabuelos, si
contamos con detalles acerca de sus vidas), son las raíces del árbol. A ellos y
a ellas están ligados nuestros rasgos no sólo físicos, sino de carácter.
También nos vincula a ellos una historia común, un camino que recorrieron hasta
llegar a donde se establecieron y decidieron vivir y criar una familia y hacer
un patrimonio. Luego vienen los padres, con sus respectivas historias, que
serían el equivalente al tronco del árbol. De los nutrientes que cada uno de
los padres decida aportar, dependerá que el tronco crezca firme y enhiesto o
débil y torcido. Pero no sólo de eso, sino también de que ambos padres se
arraiguen al suelo con firmeza y se mantengan unidos, pues los vientos fuertes,
las tempestades y los peligros externos, como las plagas y los machetes y
hachas que blandirán en su contra, pueden acabar con el hermoso árbol de un
solo tajo o en muy poco tiempo.
Si el tronco se mantiene a salvo de todo eso, de él brotarán
ramas firmes y hermosas, los hijos e hijas, cuyo follaje será perenne. Ese
follaje serán todos los atributos y virtudes de ellos, de los hijos e hijas,
pues en las hojas verdes y brillantes se refleja la salud del árbol. Del
tronco, es decir, de los padres, dependerá en gran medida que ese follaje luzca
siempre hermoso.
Pero ahí no termina todo. Cada rama, a su vez, se ramificará
en otras más pequeñas, es decir, las familias que los hijos e hijas formen cada
cual. Estas ramas, a su vez, seguirán nutriéndose de las mismas raíces y del
mismo tronco que sus padres y, al igual que ellos, mostrarán un follaje hermoso
y perenne o, por el contrario, serán débiles, frágiles, vulnerables y se irán
secando poco a poco hasta morir.
Pero si ocurre el milagro de que el árbol continúe creciendo
sano y firme, será también el hogar de muchas aves que lo alegrarán con sus
cantos y que harán de él el hogar ideal para sus crías. Es decir, el árbol no
sólo dará sombra y oxígeno, sino que será él mismo la casa de otros seres
vivos.
Lo mismo ocurre con las familias. Cuando en la casa reina la
paz, la armonía, el buen humor, la alegría, llegarán otras personas,
familiares, amigos, vecinos y querrán estar ahí, aunque sea por un breve
tiempo, pues se sienten ellos mismos como en casa y se consideran también parte
de ese árbol familiar, firme, frondoso y lleno de trino de pájaros.
Y ese privilegio, el de ser un árbol placentero, que acoge
no sólo a sus miembros, sino a todo el que quiera cobijarse en él, es tal vez
la más grande bendición de todas. La de ser una casa abierta a la vida, al
amor, a la alegría.
Por eso el judaísmo nos enseña a amar profundamente nuestras
raíces, a arraigarnos a nuestros valores y tradiciones, a continuar
enseñándolas a nuestros hijos e hijas y ellos, a su vez, a los suyos. Sólo así
podremos asegurarnos que nuestro paso por la vida no ha sido en vano, pues
mientras haya alguien en la familia que nos recuerde, por alguna virtud, por
alguna anécdota, por alguna receta familiar, por alguna historia, viviremos por
siempre. Y seremos como un árbol sempiterno bien enraizado, firme, majestuoso y
lleno de vida.
Rivka Haya, 17 de Shebat, 5778

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