Mi lista de blogs


viernes, 2 de febrero de 2018

El árbol de la familia









“Que tus contornos te quieran, que te respete la muerte.”
A una encina verde, Joan Manuel Serrat

Si uno observa bien, cada familia es un árbol y cada árbol es una familia. Los árboles tienen, al igual que nosotros,  raíces que surgen de la semilla que alguien plantó o que algún ave o el mismo viento depositaron en algún lugar donde había tierra fértil. Y esas raíces se aferran firmemente al suelo y absorben el agua subterránea o el agua de lluvia. Esta agua, junto a la luz del sol, son el alimento que el árbol necesitará durante toda su vida para crecer firme y enhiesto y con un follaje espeso, bajo cuya sombra descansarán muchas personas, en cuyo tronco se apoyará una pareja de enamorados y entre cuyas ramas construirán las aves sus nidos.
Muchos son los símiles que se han hecho acerca de los árboles con las familias, pero me gustaría aquí reflexionar un poco acerca del papel que desempeña cada miembro de la familia en el buen o mal desarrollo del árbol genealógico.
Los bisabuelos y abuelos (e incluso los tatarabuelos, si contamos con detalles acerca de sus vidas), son las raíces del árbol. A ellos y a ellas están ligados nuestros rasgos no sólo físicos, sino de carácter. También nos vincula a ellos una historia común, un camino que recorrieron hasta llegar a donde se establecieron y decidieron vivir y criar una familia y hacer un patrimonio. Luego vienen los padres, con sus respectivas historias, que serían el equivalente al tronco del árbol. De los nutrientes que cada uno de los padres decida aportar, dependerá que el tronco crezca firme y enhiesto o débil y torcido. Pero no sólo de eso, sino también de que ambos padres se arraiguen al suelo con firmeza y se mantengan unidos, pues los vientos fuertes, las tempestades y los peligros externos, como las plagas y los machetes y hachas que blandirán en su contra, pueden acabar con el hermoso árbol de un solo tajo o en muy poco tiempo.
Si el tronco se mantiene a salvo de todo eso, de él brotarán ramas firmes y hermosas, los hijos e hijas, cuyo follaje será perenne. Ese follaje serán todos los atributos y virtudes de ellos, de los hijos e hijas, pues en las hojas verdes y brillantes se refleja la salud del árbol. Del tronco, es decir, de los padres, dependerá en gran medida que ese follaje luzca siempre hermoso.
Pero ahí no termina todo. Cada rama, a su vez, se ramificará en otras más pequeñas, es decir, las familias que los hijos e hijas formen cada cual. Estas ramas, a su vez, seguirán nutriéndose de las mismas raíces y del mismo tronco que sus padres y, al igual que ellos, mostrarán un follaje hermoso y perenne o, por el contrario, serán débiles, frágiles, vulnerables y se irán secando poco a poco hasta morir.
Pero si ocurre el milagro de que el árbol continúe creciendo sano y firme, será también el hogar de muchas aves que lo alegrarán con sus cantos y que harán de él el hogar ideal para sus crías. Es decir, el árbol no sólo dará sombra y oxígeno, sino que será él mismo la casa de otros seres vivos.
Lo mismo ocurre con las familias. Cuando en la casa reina la paz, la armonía, el buen humor, la alegría, llegarán otras personas, familiares, amigos, vecinos y querrán estar ahí, aunque sea por un breve tiempo, pues se sienten ellos mismos como en casa y se consideran también parte de ese árbol familiar, firme, frondoso y lleno de trino de pájaros.
Y ese privilegio, el de ser un árbol placentero, que acoge no sólo a sus miembros, sino a todo el que quiera cobijarse en él, es tal vez la más grande bendición de todas. La de ser una casa abierta a la vida, al amor, a la alegría.
Por eso el judaísmo nos enseña a amar profundamente nuestras raíces, a arraigarnos a nuestros valores y tradiciones, a continuar enseñándolas a nuestros hijos e hijas y ellos, a su vez, a los suyos. Sólo así podremos asegurarnos que nuestro paso por la vida no ha sido en vano, pues mientras haya alguien en la familia que nos recuerde, por alguna virtud, por alguna anécdota, por alguna receta familiar, por alguna historia, viviremos por siempre. Y seremos como un árbol sempiterno bien enraizado, firme, majestuoso y lleno de vida.

Rivka Haya, 17 de Shebat, 5778

No hay comentarios:

Publicar un comentario