“Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de
hombre para arrepentirse.
¿Lo ha dicho Él y no lo hará? ¿Lo ha prometido y no
lo cumplirá?”
Números 23:19
En el libro de Números,
al inicio del capítulo 23, Balac, rey de los moabitas, está temeroso de los
israelitas que se acercan a sus fronteras pues sabe que desde que el pueblo salió
de su esclavitud en Egipto, han tenido que librar batallas contra otros reyes y
los han derrotado, a pesar de que intentaron bordear sus países para no dañar sus tierras, pues no pretendían
conquistarlos, sino sólo usarlos como lugares de tránsito en su viaje de
retorno a la Tierra Prometida.
Balac
hace venir a un hechicero de Mesopotamia, Balaam, y lo instruye para que
maldiga al pueblo de Israel con una anatema poderosa. Sin embargo, cuando
Balaam está a punto de subir al montículo desde donde habrá de lanzar su
maldición, sale un ángel de Dios a su encuentro e intenta impedir que vuelva
con su rey. Más tarde, en un sueño, Dios mismo se aparece a Balaam y le dice
que vuelva con Balac, y le diga estas palabras: “¿Quién puede contar el polvo de Jacob,
o numerar la cuarta parte de Israel? Muera yo la muerte de los rectos, y sea mi
fin como el suyo.
Entonces
Balac dijo a Balaam, “¿Qué me has hecho? Te tomé para maldecir a mis enemigos,
pero mira, ¡los has llenado de bendiciones! Y él respondió y dijo: ¿No debo tener cuidado de hablar lo
que el Señor pone en mi boca?” (Núm:23:10) Y un poco más adelante: “Porque desde la
cumbre de las peñas lo veo, y desde los montes lo observo. He aquí, es un pueblo que mora aparte, y que no será
contado entre las naciones.
A lo largo de la Historia, el pueblo de
Israel ha sufrido persecución, abusos, despojo de su tierra y de sus
pertenencias, humillaciones, insultos, vituperios. Ha sido víctima de los
peores crímenes del hombre contra sus semejantes, como durante el Holocausto,
en donde murieron más de 6 millones de judíos de todas las edades. ¿Por qué? El Talmud y la Midrash, dos de los textos
sagrados del judaísmo, nos hablan de la ocasión en que Dios ofreció la Torá
(sus leyes, sus preceptos) a todos los pueblos de la tierra. Ninguno estuvo
dispuesto a servir de ejemplo para el resto de las naciones, pues es una gran
responsabilidad. Una carga muy pesada de llevar a cuestas. Sin embargo, los
israelitas sí aceptaron, libre e incondicionalmente y decidieron, en un pacto
sagrado con Dios, ser el pueblo que diera testimonio de su Gloria.
¿Por qué lo hicieron? Intentaré explicarlo con una hermosa parábola
del Maguid de Dubno, uno de nuestros más amados rabinos. Un comerciante fue una vez a un almacén mayorista
para comprar prendas de vestir a crédito. El tendero se mostró más bien
reservado y le mostró algunos de los artículos que ofrecía, pero no extrajo sus
principales mercancías, y citó precios altos para todo lo que tenía en
exhibición. Al final, el comerciante abandonó el almacén sin haber comprado
nada. Poco después entró otro cliente y dijo que estaba dispuesto a pagar en
efectivo. Esta vez el tendero extrajo lo mejor y más vendible de sus
existencias y citó precios al por mayor razonables. Pronto se hizo una venta y
el cliente se fue, bien satisfecho. Después de cerrarse la puerta del almacén,
un aprendiz, que había observado los acontecimientos, preguntó a su patrón por
qué había sido tan obviamente discriminatorio con el cliente que había querido
hacer compras a crédito. Contestó el tendero: “¿viste al primer hombre? De una
mirada yo podía decir que no era confiable y jamás habría saldado sus deudas.
Tenía que ser cortés con el hombre, pero no estaba ansioso por hacer negocios
con él y actué en consonancia. Ahora bien, el otro hombre, que siempre paga en
efectivo lo que compra, es un viejo cliente, un caballero confiable a quien, de
hecho, yo habría extendido crédito ilimitado si lo hubiera pedido.
Naturalmente, me complace hacer negocios con una persona así e hice lo mejor
que pude para satisfacerlo.” El Supremo,
dijo Rabí Iaacov, tenía la mercadería más preciosa de todas en oferta –la Santa
Torá. Ahora bien, Él conocía de antemano cuál sería la actitud de las demás
naciones. Estaban ansiosas por disfrutar de los placeres de este mundo a pleno,
y por lo tanto a duras penas podían ser confiables de que observaran la Ley. En
consecuencia, Di-s no estaba ansioso por que la tuvieran. No obstante, no deseó
ser descortés, y por eso ofreció Su Torá a una nación pagana tras otra. Sin
embargo, en cada caso, enfatizó aquel aspecto de la Torá que resultaría más
difícil de aceptar a esa nación. Así, por ejemplo, cuando la presentó a los
edomitas, les contó, ante todo, del Sexto Mandamiento, que prohíbe el asesinato,
pues los hijos de Esaú habían hecho del homicidio una parte de su modo de vida.
A los amonitas y moabitas, notorios por sus harenes, les mostró, ante todo, el
Séptimo Mandamiento, que prohíbe el adulterio. Todas estas naciones habían
demostrado a lo largo de su historia previa que serían incapaces de observar un
Código de Leyes como el contenido en la Torá, y Di-s prefirió no dárselo a
ellos, pues de las leyes de la Torá se espera que sean observadas, y no
violadas. Los Hijos de Israel, sin embargo, habían probado desde sus albores su
constancia y disposición por hacer cualquier cosa que dispusiera la voluntad de
Dios. Por lo tanto, Di-s ansioso de que tuvieran Su Torá, les reveló toda la
profunda sabiduría que Su Ley Eterna contenía.”
Hasta aquí la parábola del Maguid de Dubno.
¿Cuántas veces nos hemos preguntado qué es lo que mantiene unido al pueblo de
Israel? y sobre todo, ¿cómo han podido
sobrevivir a tanta persecución y crueldad? ¿Cómo han logrado sobresalir en
todas las áreas del conocimiento obteniendo tantos premios Nobel y otros
reconocimientos? ¿Cómo una nación tan pequeña puede ser tan fuerte y tan
próspera en todo lo que emprende? ¿Poseen acaso una fórmula “mágica” para ello?
¿Acaso recurren a la hechicería, a los anatemas o al vudú? No. Cuando los
judíos del mundo se asumen como el “pueblo elegido”, no es porque consideren
esto un privilegio, sino más bien, una gran responsabilidad, pues al aceptar la
Torá, hacen un pacto de santidad con Dios y eso los convierte en ejemplo para
el resto de las naciones. Y cuando uno sabe que ejerce influencia sobre los
demás, debe cuidar muy bien sus caminos. Como un padre que instruye a sus hijos
para ser buenas personas, predicando con el ejemplo, más que con las palabras. Como dice el libro de Josué 1:8 “El Libro de
esta Ley no se apartará de tu boca, sino que la estudiarás día y noche, para
ser cuidadoso en actuar según todo lo escrito en él, pues entonces harás
prosperar tus caminos, y tendrás éxito”. (Las cursivas son
mías).
No es fácil entender cómo el pueblo de Israel se
mantiene vivo a lo largo de más de 4000 años de historia. Y no sólo vivo, sino
fuerte, sólido y próspero. No es fácil entender cómo, a pesar de todo lo que
otros han hecho por destruirlo, por miedo, ignorancia y envidia de su
prosperidad, sigue en pie y sigue siendo ejemplo de constancia, de esfuerzo, de
estudio, de amor por la vida y de temor de Dios. Es difícil entenderlo si no lo
vemos a la luz de la Biblia y de sus enseñanzas. Si lo vemos a través del agua
turbia de la historia y del tamiz de 2000 años de cristianismo.
Pero el texto bíblico es más que explícito: “El declara Su palabra a Jacob,
Sus estatutos y ordenanzas a Israel. No lo hecho así con ninguna otra nación, y
Sus ordenanzas no les ha dado a conocer”. (Salmo147) Por eso
es que Israel es un pueblo fuerte y una nación poderosa, pues Dios es su
aliado. Muchos podrán argumentar en contra diciendo, ¿Y por qué Dios los
abandonó durante el exterminio nazi? Dios jamás nos abandona. Somos nosotros,
los hombres, quienes haciendo mal uso de nuestro libre albedrío, cometemos los
peores crímenes contra Él. El nacionalsocialismo es sólo una de las tantas
aberraciones que los hombres, presas del miedo y la ignorancia, han inventado
para hallar culpables de su miseria, moral y económica y para justificar los
actos más bajos y viles contra sus semejantes.
Sin embargo, como dice el hechicero Balaam al rey
moabita, Balam: “Porque desde la cumbre de las peñas los veo y desde los montes
los observo. He aquí que es un pueblo que mora aparte, y que no será contado
entre las naciones, ¿Quién puede contar el polvo de Jacob o numerar la cuarta
parte de Israel? Muera yo la muerte de los rectos y sea mi fin como el suyo.”
Ni los ejércitos más numerosos con las armas
de destrucción masiva más poderosas, nada ni nadie pueden contra Dios y contra
su bendición. Y los judíos del mundo, vivamos o no en la tierra de Israel,
tenemos su bendición.
¡Shabat shalom!
Teresa de Jesús Padrón Benavides
Viernes, 6 de Tamuz, 5774







