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domingo, 9 de junio de 2013

Pequeño Tzadik*





Para Emilio, mi pequeño Tzadik
Todos los días ocurren pequeños milagros que la mayoría de las veces nos pasan desapercibidos pues estamos siempre “ocupados” con nuestros propios asuntos y este egocentrismo nos impide ver más allá de nuestro mundo individual.  Estos milagros ocurren para que no olvidemos que no importa cuantas carencias tengamos, siempre hay algo que podemos hacer por los demás. Algo aparentemente insignificante, pero que a otras personas puede traerles un poco de alegría.
Ayer por la tarde, al salir del supermercado, me detuve ante una mujer que vendía dulces mexicanos (barritas de amaranto) y que tenía a su niño como de ocho años recostado en sus piernas, ambos sentados sobre el piso y junto al muro del supermercado. El sol inclemente a esa hora del día había hecho que el niño se adormeciera junto a su madre. No pude evitar preguntarles dónde vivían y de dónde eran. Me contestaron en su dialecto y con un poco de Español y no alcancé a comprender bien lo que me decían.  Les compré un par de barritas y les dije que volvería más tarde con algo de ropa para Carlos (así se llama el niño). Mi hijo creció durante el verano y mucha de su ropa quedó casi nueva, por lo que se me ocurrió (al ver los zapatos sin suelas del niño), regalárselas.
Antes e abordar el taxi, el niño corrió a alcanzarme y sólo alcancé a escuchar entre los ruidos del tráfico la palabra “bicicleta”. Camino a casa en el taxi, las lágrimas rodaron por mis mejillas sin saber por qué. No podía quitarme de la cabeza la carita del niño y su sonrisa al despedirse de mí. Tampoco los ojos de María (su madre), negros, pequeños, profundos, y buenos.  Me sentí miserable. Traía las bolsas con las cosas que había comprado y quería arrojarlas por la ventana. ¡Cuántas cosas que no necesitaba! Sentía una especie de vergüenza e impotencia.
Al llegar a casa, mi hijo y mi esposo notaron mi cara y me hicieron preguntas. Mientras les contaba, mi hijo, sin pensarlo demasiado, fue a coger su bicicleta, la limpió un poco y me dijo “tenemos que echarle aire”. Después fuimos a su cuarto y sacó del clóset mucha ropa y un par de tenis casi sin usar pero que ya no le quedan.  También sugirió que pusiéramos en las bolsas algunos juguetes, pero le dije que Carlos y María no podrían llevar tantas cosas a pie y decidimos dejarlo para otra ocasión. Bajamos a toda prisa las escaleras de nuestro edificio pues temíamos que se fueran antes de que llegáramos con las cosas, pues el calor estaba insoportable. Decidimos caminar y mi hijo, después de echar aire a la bicicleta dijo “me iré en ella por última vez”.  Yo lo seguí caminando y mientras lo veía de lejos, mis lágrimas se mezclaron con una sonrisa de satisfacción y orgullo. Todas las enseñanzas que su padre y yo hemos tratado de inculcarle, han rendido frutos y Emilio es ahora un jovencito con ideas propias, con iniciativa y que decide lo que es bueno y lo que no con base en esas enseñanzas.
Al llegar al estacionamiento del supermercado, el corazón se me paró por un instante ¡no estaban Carlos y María! Emilio se adelantó en su bici y me dijo “aquí están”. Se habían movido hacia la fila de carritos del súper, para obtener un poco de sombra. Carlos ni siquiera volteó a vernos, sólo corrió y se montó en a bicicleta. Le pregunté si sabía manejarla y sin contestarme agarró vuelo por la banqueta y de la emoción se cayó, pero se incorporó de inmediato.  Entré al súper por una botella de agua para dárselas. Les dimos las cosas y nos dieron las gracias. María dijo que se irían más tarde a su pueblo y que no volverían hasta dentro de dos meses. Le dije que la vería entonces y sólo sonrió (con sus labios y también con sus ojos) que a ella también se le habían nublado un poco. Carlos nos dijo adiós y la “chocó” con mi hijo (como se saludan entre los chavitos).
Camino a casa, abracé a mi niño. Con sus ojos me decía cosas que sólo las madres podemos comprender. Su mirada preguntaba por qué había gente que no tenía nada y gente que tenía de sobra. Me preguntaba por qué la vida era injusta. Por qué uno siempre se queja de lo que no tiene y no ve lo que sí tiene... Sólo pude apretarlo un poco más contra mi pecho y besar su cabeza, llena de ideas, de sueños, de preguntas, de dudas, de miedos. Y junto a mi pude sentir cómo latía con fuerza su hermoso corazón, el corazón amado de mi pequeño Tzadik.
*Tzadik en hebreo significa “justo, generoso, bondadoso”
Teresa de Jesús Padrón Benavides
Verano, 2013

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