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martes, 24 de diciembre de 2013



"En cuanto a ti, Belén Efrata,
pequeña entre los clanes de Judá,
de ti saldrá un gran gobernante de Israel
que desciende de la casa de David.... Él traerá la paz."
Miqueas 5:2-12
La Navidad Judía
Mientras escribo estas líneas, sola en mi casa en la víspera de la Navidad, pienso en los orígenes de esta celebración, que se festeja en todo el mundo y que anuncia la buena nueva del nacimiento del Mesías, quien vino a redimir del pecado a los que creen en Él, de acuerdo a la tradición judeo-cristiana.
De acuerdo a las fuentes históricas, Jesús, fue llamado el Nazareno debido a que fue en Nazaret, una alejada aldea al sur de Galilea, en donde se establecieron sus padres, José y María un poco después de la muerte de Herodes, quien gobernó Judea del año 37 al 4 antes de la era común.
Durante ese periodo histórico, Judea era un territorio dominado por reyes impuestos por los romanos y, por lo tanto, sometido al dominio y a las leyes del imperio. Un poco antes, y durante muchos años, Judea había sido conquistada por los griegos, quienes ejercieron gran influencia en el pensamiento judío de la época y quienes, infructuosamente, intentaron imponer sus dioses y sus costumbres paganas a los judíos.
Sea como fuere, la Judea de Jesús era una en donde predominaba el caos y el desorden social, la desobediencia civil, la miseria, la ignorancia y la anarquía, todo esto como consecuencia de las leyes injustas del imperio romano que sangraban al pueblo con impuestos altísimos, además que le impedía vivir de acuerdo a los preceptos del judaísmo pues no podían sino trabajar arduamente para sobrevivir y, en consecuencia, no podían cultivarse ni estudiar la Torá, la fuente de su comportamiento ético.
Fue por esa época, alrededor del año 6 a.e.c. que, de acuerdo a los evangelios, nació en Belén, una aldea al sur de Jerusalén, Jesús (Yeshua, en hebreo y que significa "el que salva"). Según el Nuevo Testamento, Jesús nació de una joven llamada María, quien habrìa de ser la esposa de José, un carpintero mucho mayor que ella (tal vez fue su segunda mujer) y, según la leyenda, fue concebido "sin mancha", pues María era aún virgen cuando recibió la visita de un ángel que le anunció que daría a luz a un hijo varón y que éste sería llamado Yeshua, pues sería el salvador de su pueblo. José, al conocer la noticia del embarazo de su prometida, quiso rechazarla discretamente, para no exponerla a la verguenza pública, pero él también recibió a un ángel en un sueño y éste le dijo que el niño había sido concebido a través del espíritu santo y que debía casarse con María. José hizo tal y cual el ángel le había ordenado y la desposó más no tuvo contacto con ella hasta después el nacimiento del niño.
Cuando el rey Herodes, quien era cruel y despiadado se enteró, a través de los sabios y los escribas de su época, que nacería un "rey de los judíos", que traería paz y prosperidad y gobernaría a su pueblo con justicia, se sintió amenazado y ordenó a los sumos sacerdotes y a los escribas ir a el lugar en donde, de acuerdo a los sabios, nacería el Mesías (el salvador, en hebreo).  Ellos sabían bien que sería en Belén, pues, eso es lo que había escrito el profeta Miqueas, muchos años antes, cuando dijo: "En cuanto a ti, Belén Efrata, pequeña entre las tribus de Judá, de ti saldrá un gran rey de Israel, descendiente de la casa de David y que traerá la paz". (Miqueas 5:5) Herodes les pidió que fuesen y volvieran para decirle en dónde estaba el niño para ir a “adorarlo y a postrarse ante él”. Los sabios, algunos de los cuales venían de provincias remotas de oriente, y que dominaban la magia y de la alquimia, según la leyenda, decidieron volverse a sus lugares de origen sin contar nada a Herodes, pues sabían bien las intenciones de éste.

Cuando Herodes se enteró de lo sucedido, ordenó masacrar a todos los varones de dos años o menores que hubiesen nacido en los alrededores de Belén y así se cumplió la profecía de Jeremías (de nuevo, en el antiguo testamento, en la biblia hebrea) cuando dijo: “Una voz se oyó en Ramah… gritos y lamentaciones, Raquel llorando por sus hijos, rehusó ser consolada, pues ellos habían perecido.” (Jeremías 31:31).
De nuevo, un ángel vino a José en sueños y le advirtió que huyese con María y el niño. José los tomó y se dirigió a Nazaret, en el distrito de Galilea, en donde se asentó con su familia.

Todo lo que vendría después en la vida de Jesús, es un misterio. Reaparece ya entrado en los treinta años cuando hace que Juan lo bautice en el Jordán y comienza a predicar los evangelios, los cuales están fundados absolutamente en la Torá, en la Ley judía, aunque la tradición y la Historia (en especial la iglesia católica) se hayan encargado de despojar a Jesús de todo su judaísmo. Si leemos con atención en evangelio según san Mateo, en el capítulo 5, versículo 17, dice: “No crean que he venido a abolir la Ley de los profetas (la Torá), no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento… Pues en verdad os digo, que hasta que el cielo y la tierra hayan pasado, ni una sola letra de la Ley se abolirá hasta que se haya cumplido.”

Reflexionando en todo eso y escuchando el bellísimo Mesías de Handel, pienso en el verdadero mensaje de la Navidad y siento una profunda alegría de pensar en los millones de hogares cristianos en el mundo que ahora mismo estarán preparándose para celebrar la buena nueva del nacimiento de Jesús pero también una gran tristeza al pensar en cómo se ha tergiversado, cómo se ha distorsionado su mensaje y en lugar de ser una época de paz, amor, regocijo, hermandad y recogimiento, se ha vuelto ocasión de un consumismo idiota y exacerbado, de algarabía sin sentido, de glotonería y gula, de embriaguez y estupidez.

Si los cristianos del mundo conocieran a profundidad el verdadero mensaje de los evangelios y, sobre todo, la fuente judía de las enseñanzas de Jesús, la Navidad sería realmente una ocasión de celebrar el milagro de la vida, y el valor del amor y el sacrifico de Jesús recuperarían su verdadero sentido y su muerte no habría sido en vano.
Felices Fiestas.
Teresa de Jesús Padrón Benavides
Navidad, 2013




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