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| Boda de Emilio Benavides y Amelia Medrano, mis abuelos maternos, 1924. |
No hay nada mejor No hay nada mejor, que casa…
Gustavo Cerati
Hace un mes, internet,
Facebook en especial, se inundó con mensajes, fotografías y videos de mamás y
de abuelas a propósito del día de las madres. El domingo pasado fue día del
padre. Ocurrió algo semejante pero ahora con fotografías de papás con sus
hijos, de publicaciones con pensamientos acerca de la paternidad, de videos
cortos con mensajes sobrepuestos, todos acerca de los padres. Apenas hace un
par de meses, en el día del niño, ocurrió lo mismo y antes, el 14 de febrero
también y antes de eso, con la Navidad. Pasamos rápidamente las publicaciones,
deteniéndonos en aquellas que nos llamaban la atención, sobre todo en las de
nuestra familia y amigos cercanos. Nos damos cuenta que falta algo. Hay una
sensación de frialdad, de desapego, de irrealidad. No se siente lo mismo que
cuando contemplamos detenidamente una fotografía vieja, impresa, desgastada y
un poco arruinada de las orillas.
Hace unos días visité la casa
de mi madre en Mexicali y como siempre lo hago, saqué los viejos álbumes de
fotos. Algunas datan de hace 100 años, como la de la boda de mis abuelos
maternos y la de mi tía Inés, la hermana mayor de mi madre, con su ropón y su
gorro de bautizo. Otras, un poco menos viejas, son de mis padres durante su
noviazgo caminando juntos de la mano por una calle del centro de Matamoros
acompañados por mi querida tía Otila, hermana de mi mamá. Después, las de su
boda, en 1954, en la catedral de Matamoros, con el cortejo nupcial formado por
mis abuelas, mi abuelo, pajecitos y otros familiares. Luego, fotos de
cumpleaños de alguno de mis hermanos o hermanas, con un pastel cuadrado hecho
en casa, con las velitas según el número de años, mis primos y primas alrededor
de una gran mesa en torno al festejado y todos con gorritos de cartón en forma
de cono invertido, viendo fijamente el pastel y ansiando darle una mordida.
También están las fotos de las
Navidades. Todos sentados a la mesa con un gran pavo al centro, atrás, un
enorme pino natural con focos y esferas enormes y debajo de él, el Nacimiento
con el pesebre, los reyes magos, María, José y los pastores, un burro y un
buey. El niño Jesús aún no ha nacido, hasta la medianoche, por eso no está en
la foto y tampoco lo regalos.
Fotos de paseos a la playa, al
rancho de mis abuelos, a Monterrey, a McAllen, donde teníamos familia, a Ciudad
de México, a San Luis Potosí, donde estudiaba mi hermano mayor, a muchos otros
lugares, a veces todos juntos, a veces sólo mis padres y a veces la mitad de la
familia.
Apenas logro reconocerme en algunas
fotos. En algunas soy una niña flaca, bajita y dientona, en otras una muchacha
esbelta, con cabello largo, una falda de piel negra y labios color vino
moscatel. En otras, tengo el pelo corto y frenos, pero siempre con lentes.
Siempre he usado lentes. Volteo las fotos para ver la fecha (que mi madre
siempre ha tenido la precaución de anotar) y recuerdo el momento justo de la
fotografía, qué hacía, dónde estaba, quienes eran mis amigos y alguna que otra
anécdota a propósito de la fecha.
Después aparecen en el álbum
las segundas y terceras generaciones. Mis sobrinas y sobrinos, los nietos y
bisnietos de mis padres, algunos en el día de su graduación, o de su boda,
otros bautizando a sus hijos, o celebrando sus quince años. Entre esas están
las de mi familia. Mi hermosa y pequeña familia. Las de nuestra boda, las de
nuestro hijo recién nacido, las de nosotros tres en alguna de las ciudades en
donde hemos vivido, rodeados de amigos entrañables.
Cierro el álbum y voy a la
cocina de mi madre a servirme más café y a coger algún bocadillo para merendar
(en la casa materna siempre hay algo rico escondido en algún rincón de la
alacena). Tengo todo el tiempo para mí, pues estoy de vacaciones, así que
vuelvo a “scrollear” el Facebook.
Las fotografías son cada día más
solitarias. Para empezar, son auto tomadas (selfies), posando o haciendo muecas, cara de malo
(mala), o cara de interesante, o con la sonrisa forzada y falsa, pues no estás
sonriendo para alguien en especial, sino para todos los que te vean. Lo que abunda
ahora es el culto al Yo, a la personalidad. Miren mi pelo de colores, mis lentes
enormes, mis tatuajes y mis piercing.
Porque eso “me define”. Esa o ese soy “yo”. Si acaso comparto mi vida con
alguien, esa persona es igual a mí. En nuestros muros abundan fotos de nosotros mismos,
comiendo solos, viajando solos, celebrando alguna ocasión especial solos o con
un pequeño grupo de personas (no sé si amigos), pero gente.
Incluso si subimos fotos con
un nutrido grupo de gente, por ejemplo, en una manifestación a favor o en
contra de algo que consideramos importante, somos nosotros los que ocupamos el
centro. Los demás, la masa, aparecen desdibujados y en segundo o tercer plano.
Lo peor es que, una vez dispersa la multitud, no volvemos a reunirnos con esa
gente, ni siquiera conocemos a la mayoría, mucho menos podemos decir que sean
nuestros amigos.
Compartimos fotos de nuestros
logros académicos, de nuestros diplomas y reconocimientos, de las charlas o
conferencias magistrales que hemos dado, de los coloquios en los que hemos
participado y, salvo raras excepciones, somos siempre nosotros y nada más.
Incluso en las fotos de bodas actuales, son siempre los novios los que aparecen
en primer plano en poses francamente fingidas (como la que emula al cuadro
clásico del marinero cogiendo a su novia por la cintura al desembarcar de la
guerra). La familia e invitados se ven difuminados, allá, atrás. Es como si
quisiéramos reivindicarnos, recordarle al mundo que somos únicos y especiales,
para que no nos olviden y estén siempre pendientes de nuestra vida a través de
Facebook. El afán de protagonismo se impone.
Ese culto al “Yo”, en su forma
más idólatra, ha llegado a hacer que muchas personas se cambien el nombre e
incluso los apellidos. Como si eso pudiera borrar de un jalón su historia.
Nuestros padres y a veces nuestros abuelos o hermanos, nos pusieron un nombre
porque significaba algo para ellos, porque querían, de alguna manera, sentir
que habían formado parte de una elección importante dentro de la familia.
Quitarse o cambiarse el nombre es sólo una forma más de renegar de nuestra herencia.
Ya no nos asumimos como parte
de un linaje, de una cadena familiar con raíces profundas, con historias
compartidas, con tradiciones heredadas de abuelos y padres y que son las que
nos unen, las que nos vinculan a unos con otros dentro de la familia. Las que
nos recuerdan que, aunque somos individuos, pertenecemos a un clan, a un grupo
que ha velado por nuestras necesidades, que ha estado pendiente de nuestros
logros y los ha celebrado junto con nosotros, que ha sufrido con nuestras
desgracias y que, si somos lo que somos hoy, es justamente porque ellos, los
miembros de nuestra familia, nos facilitaron la vida para conseguirlo.
Y, aunque seamos muy
diferentes a ellos en gustos, en aficiones, en intereses, lo que nos une, lo
que nos arraiga y nos dice que pertenecemos a esa familia y no a otra, son
justamente esos recueros compartidos, esas anécdotas, esos momentos, esas
historias cotidianas como cumpleaños, navidades, bodas, quinceañeras,
funerales.
¿Cómo creer que se lucha por
una causa justa, de un país remoto y desconocido, a favor de personas que jamás
he visto si ni siquiera sé dónde nacieron mis abuelos, a qué se dedicaban,
quienes fueron mis padrinos de bautizo, cómo se llaman los hermanos de mis
padres y dónde están enterrados o de qué murieron? Ni siquiera nos enteramos de
quienes viven aún ni en qué condiciones. No preguntamos, no queremos saber. No
nos interesa. La lucha por las causas justas es sólo un escaparate más de
nuestro ego. Es tomarse la foto con una pancarta o un abandera y sentir que
somos solidarios, justos y buenos.
La solidaridad empieza con el
prójimo y el prójimo empieza con los que estamos más endeudados, con nuestra
familia. Ofrecerse a cuidar a un pariente enfermo, a llevar a un tío o tía
anciano a visitar la tumba familiar, cooperar para el entierro de una prima o
un primo que no tienen los recursos. Pagar la educación de algún sobrino o
sobrina.
En el funeral de mi padre,
hace ya casi nueve años, me reencontré con primas y primos queridos que no veía
desde la infancia y fue como si nos acabáramos de despedir. Nos sentamos frente
al ataúd rodeado de gladiolas y recordamos anécdotas y travesuras, apodos de
vecinos y de compañeros de escuela, kermeses de barrio, desfiles en los que
debíamos participar a fuerza, aunque fuera un domingo muy temprano y en los que
siempre hacíamos el ridículo cuando pasábamos frente a parientes, amigos y
vecinos que nos vitoreaban.
Después de las exequias, una
vez concluido el entierro en la tumba familiar, junto a sus padres y hermana en
el panteón antiguo de Matamoros, mi madre me hizo recorrer con ella algunas de las
tumbas. Leía los nombres en las lápidas y me contaba acerca de esa persona. Los
conocía casi a todos, incluso a los que habían muerto hacía más de 70 años.
Más tarde, en la casa de uno
de mis primos, nos reunimos para comer y seguimos recordando a mi padre, cada
uno a su manera y cada quien con sus propias anécdotas con él. Yo volví al día
siguiente a casa con los míos con un hueco en mi corazón, pero también con un
profundo agradecimiento con la vida por haberme recordado quién soy, de dónde
vengo y a dónde pertenezco.
Eso es de lo que estamos
hechos. Esa es la materia a partir de la cual construimos nuestros sueños,
anhelos, proyectos. Cada una de las personas que comparten nuestros apellidos y
que han formado parte de nuestra vida, han contribuido, incluso sin saberlo
ellas, a formar nuestro carácter y nuestra personalidad, la real, la verdadera,
no la de Facebook. Porque incluso si no tenemos fotos juntos, los llevamos en
nuestra memoria y ellos a nosotros.
Teresa de Jesús Padrón
Benavides, Hermosillo, Sonora, verano del 2025.









