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martes, 17 de junio de 2025

De eso estamos hechos

 



Boda de Emilio Benavides y Amelia Medrano, mis abuelos maternos, 1924.


No hay nada mejor
No hay nada mejor, que casa…
            Gustavo Cerati

 

 

Hace un mes, internet, Facebook en especial, se inundó con mensajes, fotografías y videos de mamás y de abuelas a propósito del día de las madres. El domingo pasado fue día del padre. Ocurrió algo semejante pero ahora con fotografías de papás con sus hijos, de publicaciones con pensamientos acerca de la paternidad, de videos cortos con mensajes sobrepuestos, todos acerca de los padres. Apenas hace un par de meses, en el día del niño, ocurrió lo mismo y antes, el 14 de febrero también y antes de eso, con la Navidad. Pasamos rápidamente las publicaciones, deteniéndonos en aquellas que nos llamaban la atención, sobre todo en las de nuestra familia y amigos cercanos. Nos damos cuenta que falta algo. Hay una sensación de frialdad, de desapego, de irrealidad. No se siente lo mismo que cuando contemplamos detenidamente una fotografía vieja, impresa, desgastada y un poco arruinada de las orillas.

Hace unos días visité la casa de mi madre en Mexicali y como siempre lo hago, saqué los viejos álbumes de fotos. Algunas datan de hace 100 años, como la de la boda de mis abuelos maternos y la de mi tía Inés, la hermana mayor de mi madre, con su ropón y su gorro de bautizo. Otras, un poco menos viejas, son de mis padres durante su noviazgo caminando juntos de la mano por una calle del centro de Matamoros acompañados por mi querida tía Otila, hermana de mi mamá. Después, las de su boda, en 1954, en la catedral de Matamoros, con el cortejo nupcial formado por mis abuelas, mi abuelo, pajecitos y otros familiares. Luego, fotos de cumpleaños de alguno de mis hermanos o hermanas, con un pastel cuadrado hecho en casa, con las velitas según el número de años, mis primos y primas alrededor de una gran mesa en torno al festejado y todos con gorritos de cartón en forma de cono invertido, viendo fijamente el pastel y ansiando darle una mordida.

También están las fotos de las Navidades. Todos sentados a la mesa con un gran pavo al centro, atrás, un enorme pino natural con focos y esferas enormes y debajo de él, el Nacimiento con el pesebre, los reyes magos, María, José y los pastores, un burro y un buey. El niño Jesús aún no ha nacido, hasta la medianoche, por eso no está en la foto y tampoco lo regalos.

Fotos de paseos a la playa, al rancho de mis abuelos, a Monterrey, a McAllen, donde teníamos familia, a Ciudad de México, a San Luis Potosí, donde estudiaba mi hermano mayor, a muchos otros lugares, a veces todos juntos, a veces sólo mis padres y a veces la mitad de la familia.

Apenas logro reconocerme en algunas fotos. En algunas soy una niña flaca, bajita y dientona, en otras una muchacha esbelta, con cabello largo, una falda de piel negra y labios color vino moscatel. En otras, tengo el pelo corto y frenos, pero siempre con lentes. Siempre he usado lentes. Volteo las fotos para ver la fecha (que mi madre siempre ha tenido la precaución de anotar) y recuerdo el momento justo de la fotografía, qué hacía, dónde estaba, quienes eran mis amigos y alguna que otra anécdota a propósito de la fecha.

Después aparecen en el álbum las segundas y terceras generaciones. Mis sobrinas y sobrinos, los nietos y bisnietos de mis padres, algunos en el día de su graduación, o de su boda, otros bautizando a sus hijos, o celebrando sus quince años. Entre esas están las de mi familia. Mi hermosa y pequeña familia. Las de nuestra boda, las de nuestro hijo recién nacido, las de nosotros tres en alguna de las ciudades en donde hemos vivido, rodeados de amigos entrañables.

Cierro el álbum y voy a la cocina de mi madre a servirme más café y a coger algún bocadillo para merendar (en la casa materna siempre hay algo rico escondido en algún rincón de la alacena). Tengo todo el tiempo para mí, pues estoy de vacaciones, así que vuelvo a “scrollear” el Facebook.

Las fotografías son cada día más solitarias. Para empezar, son auto tomadas (selfies),  posando o haciendo muecas, cara de malo (mala), o cara de interesante, o con la sonrisa forzada y falsa, pues no estás sonriendo para alguien en especial, sino para todos los que te vean. Lo que abunda ahora es el culto al Yo, a la personalidad. Miren mi  pelo de colores, mis lentes enormes, mis tatuajes y mis piercing. Porque eso “me define”. Esa o ese soy “yo”. Si acaso comparto mi vida con alguien, esa persona es igual a mí. En nuestros muros abundan fotos de nosotros mismos, comiendo solos, viajando solos, celebrando alguna ocasión especial solos o con un pequeño grupo de personas (no sé si amigos), pero gente.  

Incluso si subimos fotos con un nutrido grupo de gente, por ejemplo, en una manifestación a favor o en contra de algo que consideramos importante, somos nosotros los que ocupamos el centro. Los demás, la masa, aparecen desdibujados y en segundo o tercer plano. Lo peor es que, una vez dispersa la multitud, no volvemos a reunirnos con esa gente, ni siquiera conocemos a la mayoría, mucho menos podemos decir que sean nuestros amigos.

Compartimos fotos de nuestros logros académicos, de nuestros diplomas y reconocimientos, de las charlas o conferencias magistrales que hemos dado, de los coloquios en los que hemos participado y, salvo raras excepciones, somos siempre nosotros y nada más. Incluso en las fotos de bodas actuales, son siempre los novios los que aparecen en primer plano en poses francamente fingidas (como la que emula al cuadro clásico del marinero cogiendo a su novia por la cintura al desembarcar de la guerra). La familia e invitados se ven difuminados, allá, atrás. Es como si quisiéramos reivindicarnos, recordarle al mundo que somos únicos y especiales, para que no nos olviden y estén siempre pendientes de nuestra vida a través de Facebook. El afán de protagonismo se impone.

Ese culto al “Yo”, en su forma más idólatra, ha llegado a hacer que muchas personas se cambien el nombre e incluso los apellidos. Como si eso pudiera borrar de un jalón su historia. Nuestros padres y a veces nuestros abuelos o hermanos, nos pusieron un nombre porque significaba algo para ellos, porque querían, de alguna manera, sentir que habían formado parte de una elección importante dentro de la familia. Quitarse o cambiarse el nombre es sólo una forma más de renegar de nuestra herencia.

Ya no nos asumimos como parte de un linaje, de una cadena familiar con raíces profundas, con historias compartidas, con tradiciones heredadas de abuelos y padres y que son las que nos unen, las que nos vinculan a unos con otros dentro de la familia. Las que nos recuerdan que, aunque somos individuos, pertenecemos a un clan, a un grupo que ha velado por nuestras necesidades, que ha estado pendiente de nuestros logros y los ha celebrado junto con nosotros, que ha sufrido con nuestras desgracias y que, si somos lo que somos hoy, es justamente porque ellos, los miembros de nuestra familia, nos facilitaron la vida para conseguirlo.

Y, aunque seamos muy diferentes a ellos en gustos, en aficiones, en intereses, lo que nos une, lo que nos arraiga y nos dice que pertenecemos a esa familia y no a otra, son justamente esos recueros compartidos, esas anécdotas, esos momentos, esas historias cotidianas como cumpleaños, navidades, bodas, quinceañeras, funerales. 

¿Cómo creer que se lucha por una causa justa, de un país remoto y desconocido, a favor de personas que jamás he visto si ni siquiera sé dónde nacieron mis abuelos, a qué se dedicaban, quienes fueron mis padrinos de bautizo, cómo se llaman los hermanos de mis padres y dónde están enterrados o de qué murieron? Ni siquiera nos enteramos de quienes viven aún ni en qué condiciones. No preguntamos, no queremos saber. No nos interesa. La lucha por las causas justas es sólo un escaparate más de nuestro ego. Es tomarse la foto con una pancarta o un abandera y sentir que somos solidarios, justos y buenos.

La solidaridad empieza con el prójimo y el prójimo empieza con los que estamos más endeudados, con nuestra familia. Ofrecerse a cuidar a un pariente enfermo, a llevar a un tío o tía anciano a visitar la tumba familiar, cooperar para el entierro de una prima o un primo que no tienen los recursos. Pagar la educación de algún sobrino o sobrina.

En el funeral de mi padre, hace ya casi nueve años, me reencontré con primas y primos queridos que no veía desde la infancia y fue como si nos acabáramos de despedir. Nos sentamos frente al ataúd rodeado de gladiolas y recordamos anécdotas y travesuras, apodos de vecinos y de compañeros de escuela, kermeses de barrio, desfiles en los que debíamos participar a fuerza, aunque fuera un domingo muy temprano y en los que siempre hacíamos el ridículo cuando pasábamos frente a parientes, amigos y vecinos que nos vitoreaban.

Después de las exequias, una vez concluido el entierro en la tumba familiar, junto a sus padres y hermana en el panteón antiguo de Matamoros, mi madre me hizo recorrer con ella algunas de las tumbas. Leía los nombres en las lápidas y me contaba acerca de esa persona. Los conocía casi a todos, incluso a los que habían muerto hacía más de 70 años.

Más tarde, en la casa de uno de mis primos, nos reunimos para comer y seguimos recordando a mi padre, cada uno a su manera y cada quien con sus propias anécdotas con él. Yo volví al día siguiente a casa con los míos con un hueco en mi corazón, pero también con un profundo agradecimiento con la vida por haberme recordado quién soy, de dónde vengo y a dónde pertenezco.

Eso es de lo que estamos hechos. Esa es la materia a partir de la cual construimos nuestros sueños, anhelos, proyectos. Cada una de las personas que comparten nuestros apellidos y que han formado parte de nuestra vida, han contribuido, incluso sin saberlo ellas, a formar nuestro carácter y nuestra personalidad, la real, la verdadera, no la de Facebook. Porque incluso si no tenemos fotos juntos, los llevamos en nuestra memoria y ellos a nosotros.

Teresa de Jesús Padrón Benavides, Hermosillo, Sonora, verano del 2025.

sábado, 16 de marzo de 2024

Noche de Música en primavera

 





El jueves fue noche de música en Hermosillo. El segundo concierto de la temporada de la Orquesta Filarmónica de Sonora estuvo envuelto en una atmósfera primaveral. Hacía una noche preciosa, con 25 grados y una luna en cuarto menguante alineada con Venus. Los naranjos en flor afuera de la Casa de la Cultura, al sur de la ciudad, perfumaban el aire. Un ligero vientecillo del norte esparcía el aroma de azahares incluso adentro del recinto cunado se abrían las puertas.

Desde un poco antes de las siete la gente comenzó a formarse en una fila circular en torno al perímetro del vestíbulo. A las siete cuarenta y cinco se corrieron las cadenas y se permitió el acceso. Pasamos a ocupar nuestros asientos y para entonces, el lugar estaba repleto. Familias con niños, parejas, jóvenes (muchos jóvenes) y personas solas. Gente de todas las edades y, por lo que pude observar, de diversos estratos sociales, nos dimos cita esa noche para pasar una velada musical inolvidable en torno a dos grandes compositores, Félix Mendelssohn y Ludwig Van Beethoven.

Ocho en punto. Aparece el concertino y lo recibimos con un caluroso aplauso. De inmediato, alza el arco de su violín y da el La para afinar la orquesta. Al dar la nota al unísono y escuchar la armonía, el primer violín asiente con la cabeza y ocupa su lugar. Aparece el director ante una ovación del público y detrás suyo, la solista que interpretará el concierto número 3 en Do menor opus 37 de Beethoven. Ambos, director y solista, jóvenes regiomontanos talentosos.

El maestro Guillermo Villarreal Rodríguez, quien, entre otros galardones, es poseedor de la medalla José María Heredia-Heredia, de Santiago de Cuba, en reconocimiento a su trayectoria. Académico de la Facultad de Música de la Universidad Autónoma de Nuevo León, el maestro Villarreal ha sido director huésped de la Orquesta Filarmónica de Nuevo León, de la Orquesta Filarmónica de Sonora, entre muchas otras. Es un entusiasta e incansable promotor no sólo de los clásicos sinfónicos sino de los ritmos caribeños como el danzón, los sones afrocaribeños, la salsa y el merengue. El maestro Villarreal es también reconocido por interpretar a compositores mexicanos como Juventino Rosas, Manuel María Ponce y Arturo Márquez, entre otros. También bajo su batuta, las orquestas que ha dirigido han interpretado a algunos de los compositores populares mexicanos más queridos, como Agustín Lara. Tal vez ese gusto por nuestra cultura musical sea el rasgo más distintivo de la manera de dirigir tan peculiar del maestro, quien logra contagiarnos de su simpatía natural, quitándole un poco de solemnidad al momento.

Bárbara Prado, la joven solista, también de Monterrey, estudió la licenciatura en música en la UANL bajo la tutela de la maestra Antonina Dragan y su trayectoria participando en concursos importantes de piano incluye el haber obtenido el segundo lugar en el Angélica Morales, el 2022 y el año pasado se convirtió en la primera mujer en ganar el primer lugar en el prestigiado concurso Jacinto Cuevas. Ha tocado con la Orquesta Sinfónica Nacional y pronto debutará como solista en esa orquesta.

Suenan los primeros acordes. Las cuerdas dan la entrada con una figura ascendente seguidas de los vientos que se unen formando el primer climax de la obra, que recuerda un poco al K 491 de Mozart, sólo que aquí, aunque hay coincidencias en los arpegios solistas, Beethoven parece anticipar un drama de proporciones épicas para que entre, casi corriendo, el piano en do menor.

El movimiento lento es un oasis de calma en medio de los agitados movimientos externos, con la extensión de la melodía del piano acompañada por cuerdas apagadas.  Después, los arpegios del piano se enrollan alrededor del tema, que ahora es marcado por cuerdas y vientos de madera. Sigue un pasaje mágico en el que el piano acompaña a un dúo de fagot y flauta. El rondó final está lleno de tensión, aunque también mucho brío. El tema principal queda en segundo plano y se transforma en una especie de fuga cuando entra el clarinete. Justo cuando parece que se va a volver al Do menor, sube un semitono y ahí logramos distinguir un poco a Joseph Haydn y, aunque podamos hallar reminiscencias de Mozart y de Haydn en este concierto, lo cierto es que Beethoven es único y su estilo, inconfundible. Después del último acorde, nos ponemos de pie en una ovación al unísono entre “bravos” y silbidos (nuestra forma norteña de demostrar que nos gustó la obra). La pianista hace una pequeña reverencia en señal de agradecimiento y sale. Los aplausos no cesan y vuelve con un ancore de la Mazurka No. 23 de Manuel M. Ponce, una pieza pequeña, muy cromática, al estilo de Debussy, pero con el sello inconfundible de nuestro querido compositor zacatecano.

Luego de un breve receso, vuelve la orquesta con la Quinta Sinfonía en Re mayor opus 107 de Mendelssohn, la Reforma. El título de esta obra alude a la Reforma de Lutero y fue compuesta en 1830, año del tricentenario de la reforma luterana y aunque Mendelssohn era judío, y su abuelo, el filósofo Moisés Mendelssohn, había sido un ferviente defensor de los derechos civiles de los judíos en Europa, su familia había abrazado la religión luterana desde principios del S XIX.

El primer movimiento es un andante que nos va llevando poco a poco a la presentación del tema o del conflicto. El clarinete parece estar en contrapunto con las cuerdas lentas que van ascendiendo con fanfarrias de los alientos detrás y golpes espaciados de las percusiones. Luego, el allegro en escala menor, casi al final del movimiento, nos recuerda al dramatismo y la furia de Beethoven.

El segundo movimiento, un allegro vivace, nos remite a Haydn por su elegancia y sencillez, o tal vez a las dos primeras sinfonías de Beethoven, aunque ya muestra el estilo que sería el sello distintivo de Mendelssohn. El Andante, el movimiento lento, parece un aria vocal, en donde la voz principal la llevan los dos primeros violines. Hay después una especie de enlace en donde la flauta hace un solo (tal vez Mendelssohn quiso rendir homenaje a Lutero, quien tocaba la flauta). Siguen a la flauta, gradualmente, las cuerdas inferiores y los vientos hasta que de pronto, como si fuera la celebración del triunfo de la Reforma, entra el Allegro Vivace y termina así la sinfonía con un cierre magistral.

Nos ponemos todos de pie y la ovación es apabullante. El maestro señala a los músicos y les pide ponerse también de pie para recibir los aplausos. Volteo a ver a la gente. Todos sonríen, algunos lloran de emoción, otros comentan entre sí sus impresiones, pero todos estamos conmovidos, agradecidos y con el corazón rebosante de alegría y de otras mil emociones que sólo la música puede despertarnos, en especial la música clásica interpretada en vivo. Me imagino cómo sería nuestro país si, en vez de empuñar un arma, los hombres empuñaran un instrumento musical. Qué sería si en vez de que las estaciones de radio y los medios en general, dedicaran más espacios en horarios preferenciales a difundir y promover la música clásica. Pienso en ejemplos como los de Venezuela y Colombia, en donde la enseñanza gratuita de la música clásica y la formación de orquestas juveniles y de públicos oyentes, sacó a miles de jóvenes y de niños y niñas de las calles y los rescató del crimen y de la delincuencia. Es un lindo sueño, pero sería realidad si hubiese voluntad por parte de los gobiernos y de las instituciones a los tres niveles.

Salgo de mi estupefacción y voy directo a saludar a mi amigo Luis Abraham Encinas, quien toca el clarinete con la orquesta. Lo felicito y quedamos en reunirnos pronto en torno a la música y a un buen vino. Voy al camerino y saludo al maestro Villarreal, a la pianista y al director titular, el maestro Eduardo Alarcón. Todos se muestran muy amables, cordiales, intercambiamos impresiones respecto de la música, nos tomamos las fotos del recuerdo y yo me despido prometiendo escribir la reseña.

Me dirijo a la salida y me topo con uno de mis mejores alumnos, Isaac Ruíz, quien es también un talentoso pianista y muy joven. Nos abrazamos y nos alegramos mucho de haber coincidido en torno a la música. Una vez fuera, aspiro nuevamente el aroma de los azahares y esbozo una sonrisa de gratitud por el hermoso regalo de la música. Miro hacia el cielo. La noche sigue, constelada.

 

Teresa de Jesús Padrón Benavides

lunes, 13 de noviembre de 2023

Los Muchachos

 



Hace unos días salí de casa antes de las diez porque tenía asuntos pendientes. Hice lo que debía y como aún era temprano, me metí a un McDonald’s por un café para leer un rato, Eran las once y entre semana, así que casi no había gente.

Viendo a los empleados, noto que todos son jóvenes de entre 18 a 25 años. Están relajados pues hay poco movimiento. Bromean, cantan y bailan reggaetón mientras atienden a los escasos clientes.

Ocupo la mesa de siempre, junto a la ventana. Hay un muchacho de unos 22 o 23 años con su laptop y sus cuadernos haciendo tarea. Me sonríe, le sonrío. Atrás de mi mesa, dos chicas de la misma edad que él, estudian y se hacen preguntas una a otra. Alcanzo a escuchar que están en exámenes finales.

Más tarde entran al área infantil en donde me encuentro un muchacho de unos 20 años con una solicitud de empleo en la mano y una chica casi de su misma edad, empleada del restaurante, tal vez la gerente en turno, y procede a entrevistarlo. El joven responde con seguridad y determinación. Al final la preguntan por su disponibilidad y él responde que puede empezar de inmediato. Luego le preguntan en dónde vive y él dice que no tiene domicilio fijo, que por el momento se queda con una familia que conoce. Deseo para mis adentros con toda el alma que le den el empleo. Creo que así será.

Miro en torno mío y me doy cuenta de que soy la única persona de mi edad ahí. Observo a los muchachos. Cuánta vida, cuánta energía y potencial en cada uno. Pienso en ellos y me conmuevo por el mundo que les hemos heredado. En la devastación del planeta, en la violencia, en el crimen, en la depresión y la ansiedad que todo eso les provoca, en las adicciones de que son presa fácil y en las escasas perspectivas que muchos de ellos enfrentan.

Sin embargo, ellos cantan, bailan, bromean, sonríen, pues son jóvenes y ese sólo hecho basta para disfrutar la vida. Me recuerdo a mí misma a su edad, con la misma energía, la misma vitalidad y el mismo optimismo y siento tristeza y compasión por todos los otros jóvenes, los que han perdido el camino, los desesperados, los escépticos y rebeldes que han optado por abrir la puerta falsa y por escapar de la realidad recurriendo a las drogas, ese terrible flagelo que golpea a nuestros jóvenes quienes, confundidos y vulnerables, caen presa fácil de esa falsa felicidad que las drogas prometen.

Pienso en nosotros, sus padres y madres, que, en aras de evitarles cualquier tipo de sufrimiento, les hemos resuelto la vida y no los hemos preparado para enfrentar los problemas, el sufrimiento, la frustración. No les hemos enseñando habilidades sociales, ni prácticas, ni útiles y es por ello que no tienen amor propio y sí un falso orgullo producto de sus miedos e inseguridades y de nuestra protección y falso amor incondicional (el amor verdadero no es egoísta, el falso sí, pues lo que en realidad busca es que nuestros hijos nos quieran sin juzgarnos y nos acepten tal y como somos). El resultado tremendo es que hemos criado jóvenes inadaptados, frustrados, egoístas y enojados con el mundo.

Vuelvo a la realidad. Aquí siguen los muchachos, unos estudiando, otros trabajando, otros pidiendo trabajo y otros sólo comiéndose una hamburguesa con sus amigos y pasándola bien. Sonrío para mí misma y también para ellos, para todos los muchachos. Celebro su vida y pido a Dios que los proteja y les de la inteligencia y la prudencia para no caer en la oscuridad. Pido porque hallen su camino y hallen el amor y se aferren a él, pues es el ancla que nos salva de las turbulentas aguas de la vida.

 

Teresa Padrón Benavides, Mexicali, Noviembre, 2023

 

domingo, 22 de octubre de 2023

¡Asco el viejo, ni carro tiene!

 



Cuando vivía en Ciudad Obregón, escuché esta frase por primera vez en boca de una de mis alumnas del ITSON. Me pareció divertida y hasta cómica. Luego me di cuenta que era usada con mucha frecuencia por cierto grupo de personas, casi todas blancas y de clase media y media alta.

Obregón, como bien saben los que lo conocen, es una ciudad de un trazo perfecto. Los ricos viven en el norte, la clase media al centro, y los pobres en el sur (después de la calle 300). Esta división territorial de las ciudades, tiene que ver con la clase social, con el acceso a mejores servicios, a un trazo urbano privilegiado con calles bien pavimentadas, parques, jardines y centros recreativos, mejores escuelas, mayor seguridad, etcétera. Pero algo que define mejor que otra cosa el nivel socioeconómico de las personas, es el tipo de carro que manejan y no estoy hablando sólo de Obregón, sino de cualquier ciudad.

Y es que el carro es un símbolo de estatus social. Es una carta de presentación y un distintivo que manda un mensaje a los demás. Depende de la marca y modelo de tu carro, es tu nivel socioeconómico. Y como la riqueza se asocia con poder, porque así ha sido desde siempre, todo mundo quiere tener un buen carro, aunque viajen solos la mayor parte el tiempo.

Volviendo a Ciudad Obregón (no la traigo contra los de Cajeme, que conste), una vez una mujer me dijo que antes de aceptar la propuesta de matrimonio de su novio, le hizo prometer que le compraría un carro nuevo y que sólo sería suyo, porque, dijo “a mí me conoció con carro de la agencia” (aunque era un Volkswagen, pero de la agencia).

Mucha gente podrá apelar a la ya tan trillada cantaleta de que el transporte público es pésimo, lento e inseguro, pero he vivido en varias ciudades y creo que en Hermosillo el trasporte público funciona mejor que en muchas partes.

Pero volviendo a nuestra frase, la discriminación y el racismo son dos caras de la misma moneda. Dice Federico Navarrete en su libro México Racista:

“La discriminación es el trato diferenciado que se hace de las personas injustamente por cualquiera de sus características (de género, por preferencia sexual, por su religión, etcétera. Es un fenómeno generalizado en todo México. El racismo es también una forma de discriminación, pero tiene que ver con el origen étnico y socioeconómico de las personas, independientemente de su género. Tiene que ver también con sus rasgos físicos, su color de piel, de ojos, su estatura, etcétera”.

El México colonial e independentista fueron profundamente racistas y eso no ha cambiado mucho con el tiempo. La pobreza está asociada a la tez morena, la estatura baja y el pelo negro y la riqueza a la tez blanca, los ojos claros y el pelo castaño o rubio. Y así ha estado organizada nuestra sociedad desde entonces. Porque los blancos se impusieron sobre los indios, los vencieron y, por lo tanto, impusieron sus estándares de belleza y de vida.

No es de extrañar que la gente morena viva en los lugares menos favorecidos y más marginados de las ciudades y, por lo tanto, deban usar el trasporte público, puesto que les es casi imposible comprar un carro, incluso de segunda mano.

Estos días, en los que el calor ya no se siente tan despiadado, he estado utilizando el transporte público. Me gusta ir viendo las calles, platicando con la gente y, además, agradezco no tener que manejar, porque me estresa demasiado. No hay mejor forma de conocer el verdadero rostro de una ciudad que subirse a un camión y observar a las personas. Estudiantes, amas de casa, trabajadores de diferentes oficios, ancianos, niños y familias completas.

Una de las cosas que más han llamado mi atención es que la mayoría de la gente parece ir a gusto. Los estudiantes echando relajo, amontonados de pie en la parte trasera; las señoras platicando y los niños viendo por la ventana y señalando a algún amigo que va pasando o a un perro que conocen. Al bajarse, se despiden con mucha familiaridad y se dicen “que te vaya bien, me saludas a fulanito (a)”.

Yo también voy entretenida y observo a través de la ventana. La mayoría de los automovilistas viajan solos. Casi todos traen buenos carros y de modelos recientes. Parecen absortos en sus pensamientos y ajenos a la vida en torno suyo. Como si su mundo se redujera al interior de su carro. Sus rostros inexpresivos delatan su falta de entusiasmo y un profundo aburrimiento. Al menos así me lo parecen.

Yo tengo un carro de segunda que le compré a un amigo porque sabía que al llegar a vivir Hermosillo el clima sería infernal y como aún no sabía las rutas de los camiones, lo necesitaría para moverme. Algunas veces, camino de la universidad, me orillo en la parada de un camión donde esperan muchos estudiantes y les ofrezco “raite”. Al principio dudaban, pero ahora lo disfrutan y vamos platicando muy a gusto.

Para mí el carro es realmente una necesidad, pues mi casa está alejada de mi trabajo y muchas veces, por qué no decirlo, me gusta ir de paseo al mar, a tomar un café con algún amigo o amiga o a algún evento que terminará tarde cuando ya no hay camiones. Pero realmente no me importan ni la marca, ni el modelo, mucho menos el color. Para mí, un Tsuru o un BMW son ambos igual de útiles. Y en cuanto al aspecto, son pedazos de fierro con cuatro ruedas de hule. Procuro que mi carro esté en buenas condiciones para que me lleve y me traiga a donde necesito o quiero ir, y ya.

Cuando estuve en Viena hace algunos años, me di cuenta que la mayoría de las personas utilizan el transporte público sin distinción de clase social. Su carro lo usan sobre todo para salir fuera de la ciudad.  Además, las ciudades europeas están hechas para caminar, a diferencia de aquí, que se da preferencia a los carros y no hay banquetas anchas y bien pavimentadas ni pasos peatonales, y los transeúntes deben sortear a los automóviles y correr para cruzar los bulevares, arriesgando su vida.

En cuanto a mis recientes viajes en camión urbano, puedo decir que me han resultado sumamente placenteros, pues pudo ir leyendo o platicando con alguien y casi siempre, antes de bajarme, ya intercambiamos teléfono y nos hicimos amigos. Y eso es lo que hace que las personas nos arraiguemos a un lugar. Hacer amigos, darse cuenta de lo iguales que somos, a pesar de nuestras diferencias físicas.

Escuchar sus anécdotas o historias, puede hacerle el día a alguien que tal vez no tenga otra oportunidad de que le presten atención. La vida entera puede contenerse en un camión urbano en un trayecto de media hora de la casa al trabajo o a la escuela. Y eso puede volverse material para escribir algo como esto.

P.D. (el camión es gratuito para los maestros y estudiantes con credencial, eso es lo mejor).


sábado, 14 de octubre de 2023

Quedarse un poco más



El 7 de octubre del 2023 (22 de Tishrei, 5784 en el calendario hebreo), mientras los judíos del mundo celebraban Sheminí Atzeret (el final de la fiesta de las cosechas, Sucot, que se celebra el 15 de Tishrei,  y el principio de Simjá Torá, la “alegría” por haber recibido la Torá en el Monte Sinaí), ocurrió un atentado terrorista en pleno corazón de Israel dejando cientos de muertos y heridos entre hombres mujeres y niños y también desapariciones y secuestros por parte de Hamás, el grupo terrorista que gobierna la franja de Gaza.

Durante Sucot, los judíos que pueden hacerlo, viven, comen y duermen dentro de una vivienda temporal y frágil llamada Sucá, hecha de palma y carrizo. Esto en recuerdo de nuestros antepasados que vivieron en tiendas en el desierto, frágiles y fáciles de desmontar y llevar consigo. Al habitar en la Sucá, expresamos nuestra fe en la protección de Dios ante todo peligro pues la Sucá representa la fragilidad y la vulnerabilidad de nuestra vida, incluso en casas bien construidas y en ciudades fortificadas, porque no es la casa con sus paredes sólidas la que brinda seguridad, sino solamente Dios, que no descansa para protegernos de todo mal.

La festividad de Sucot se relaciona también con la naturaleza, ya que es el comienzo de las cosechas en Eretz Israel. Los pueblos antiguos, entre ellos los hebreos, conocían muy bien las fases de la luna, los eclipses y el tiempo propicio para sembrar y cosechar. Justo hoy, 14 de octubre del 2023, acabamos de presenciar un eclipse solar anular que aquí en México se vio casi en todo el territorio.

Sheminí Atzeret es un día “extra”, que s agrega al final de la fiesta de Sucot, en donde abundan la comida, la música, y la alegría. Este día fue agregado, según el Talmud, para dedicarlo enteramente a hablar con Di_s y agradecerle por todas sus bendiciones después de la algarabía y el bullicio de la fiesta.

Es como cuando en una casa, los invitados comienzan a irse y sólo quedan los amigos más íntimos. Es entonces que el anfitrión saca de su cava el mejor vino y lo descorcha, pone una música exquisita y la conversación se torna interesante y amena. Es un momento de gran intimidad con Dios. Porque Él nos pide que nos quedemos “un poco más”, para hablar con Él, para acercarnos, para escucharnos mutuamente. Ese día, los judíos decimos la bendición de Shehejeianu (que se pronuncia al recibir una buena noticia y al comienzo de cada festividad judía, a manera de agradecimiento por las bendiciones recibidas).

Hay momentos en que el corazón de las personas rebosa de alegría, cantamos, bailamos, bebemos, bendecimos y agradecemos por la vida. Eso representan para los judíos las fiestas de Sucot, Simjá Torá y Sheiení Atzerret.

Shmoné en hebreo significa ocho u octavo. En Siete días Dios creó al mundo, son siete las notas musicales, siete las direcciones (arriba, abajo, izquierda, derecha, enfrente, atrás y centro). Como decía el gran sabio Najmmánides “siete representa la Naturaleza y ocho lo que está más allá de la naturaleza”.  Sheminí Atzerert representa ese otro ratito en que nos quedamos después de haber vivido algo muy hermoso. Cuando no queremos que se vayan las personas que más queremos.

El pueblo judío —dice el Talmud— está más allá de la naturaleza. Hemos sobrevivido todas las persecuciones, exilios, penurias y expulsiones imaginables y, aun así, hemos prosperado mucho más allá de lo imaginable, a pesar de ser un pueblo pequeño. Como escribió Mark Twain: "Todas las cosas son mortales menos el judío; todas las otras fuerzas desaparecen, pero él queda. ¿Cuál es el secreto de su inmortalidad?".

El "secreto", como sabemos, es el regalo especial que Dios le dio al pueblo judío: La Ley, la Torá. Como escribe el Rav Emanuel Feldman:

"La Torá es el misterioso puente que conecta al judío con Dios, a través del cual interactúan y se comunican, y por medio del cual Dios cumple Su pacto con Su pueblo de sustentarlos y protegerlos".

Por lo tanto, no es una coincidencia que en Sheminí Atzeret también celebremos la finalización del ciclo anual de lectura de la Torá y el comienzo de un nuevo ciclo. Este evento es referido cariñosamente como Simjat Torá, literalmente “el regocijo de la Torá”

¿Por qué acostumbramos a terminar y empezar nuevamente la lectura de la Torá en el mismo día? Los sabios explican: "Para mostrar que la Torá es querida por nosotros como un objeto nuevo, y no como una antigua orden que la persona ya no aprecia”. Cada año, leemos de nuevo del Génesis hasta el Deuteronomio a la luz de los nuevos acontecimientos históricos y siempre hallamos sentido a lo que ocurre, gracias a la sabiduría contenida en sus páginas.

A lo único que no le hallamos sentido, es al asesinato, a la brutalidad criminal, a la crueldad humana contra la Naturaleza y contra sus semejantes. Pero tampoco a la injusticia ni a la opresión de un pueblo contra otro, en especial si es su vecino.

Por eso, en estos días terribles, más que nunca el judaísmo nos llama a promover la paz y a ponerla en practica en nuestra vida diaria. A servir como ejemplo de lo que es vivir una vida de acuerdo a la Torá, que no nos pide otra cosa, sino que vivamos respetándonos, ayudándonos mutuamente, practicando la compasión, celebrando la vida y luchando porque todos vivan con justicia, paz y dignidad.

Es nuestra obligación no sólo como judíos, sino como seres humanos, levantar la voz en contra del terrorismo y de la crueldad en todas sus formas, pero también en contra de la injusticia, la desigualdad, la opresión y el abandono en que viven nuestros hermanos no sólo palestinos, sino centroamericanos, africanos y también mexicanos.

El pueblo hebreo ha sobrevivido a lo largo de más de tres mil años y no ha sido fácil. Las persecuciones, ejecuciones, los pogromos, el Holocausto y el antisemitismo que hemos sufrido durante todo este tiempo, dan testimonio de nuestra resistencia, porque permanecemos unidos en torno a la Torá, que es nuestra fuerza y nuestra guía.

Sheminí Atzerret, significa quedarnos un poco más, permanecer otro ratito hablando con Dios para pedirle protección, paz y vida. Y Él se queda, nos escucha y atiende nuestra súplica. Por eso, a pesar de todas las atrocidades cometidas contra Su pueblo, “Am Israel Jai” (El pueblo de Israel vive).

Teresa Padrón (Rivka Jaya), 15 de octubre de 2023 (30 de Tishrei, 5784).

 


lunes, 1 de agosto de 2022

Erradicar el machismo es cosa de hombres (y también de mujeres).

 

 


“Each time a woman stands up for herself, she stands up for all women”

Rosa Parks


Frente a mi casa vive una familia joven. Padre, madre y tres hijos, dos jovencitas adolescentes y un niño de 8 años. El padre es golpeador. Según me cuentan los vecinos, hubo un tiempo en que llegaba a casa alcoholizado y sacaba a su esposa a la banqueta a patadas y ahí, frente a su cochera, le propinaba una golpiza delante de sus hijos. Esto ocurría a la vista de todos los vecinos sin que alguien se atreviera a intervenir porque esos son “asuntos familiares”.

 Finalmente, una de esas noches, hubo una persona valiente que se atrevió a enfrentarlo y a llamar a la policía. El tipo reaccionó aún más violentamente pero mi amigo (mi ex inquilino), lo paró en seco de un solo golpe. Desde entonces, al parecer, ya no ha habido episodios violentos (al menos afuera de la casa).  Sin embargo, cada sábado, al menos durante los tres que tengo aquí, pone el asador afuera, saca su hielera y su bocina con narco corridos a todo volumen y obliga a su mujer y a sus hijos a estar con él desde que prende el carbón y hasta las cuatro de la mañana. También obliga a la señora a “pistear” con él (tomar cerveza) aunque ella esté muerta de sueño y de aburrimiento pues el tipo es una bestia y lo suyo no es precisamente la conversación.  La muchacha (señora joven) casi no sale de su casa y apenas si voltea e inclina la cabeza cuando le doy los buenos días.

 

Al lado oeste de mi casa vive Zenaida, una señora mayor, de aproximadamente 80 años. Padece depresión desde hace años pues murió uno de sus hijos en un accidente (iba alcoholizado) junto a su nuera y ella tuvo que criar a sus tres nietos huérfanos, uno de los cuales tiene 40 años y sigue viviendo en su casa. Zenaida está agotada, tiene diabetes y mil otras enfermedades. Su otro hijo, el mayor, viene a visitarla diariamente y a ver qué se le ofrece. A cambio, ella le hace desayuno y cena. Hoy platicábamos a través del cerco y me confesó que tiene muchas ganas de morirse para descansar junto a su marido, del cual enviudó hace mucho tiempo y al que echa mucho de menos. Dice que está muy cansada no sólo física sino anímicamente y que a sus hijos parece no importarles. En las navidades se vienen todos con ella a festejar y ella hace tamales y menudo para todos, nietos, nueras, yernos, hijos.

 

Estos días he recorrido mi barrio en bicicleta y observo a mis vecinas y vecinos. Veo que hay un patrón de conducta que se repite. La mujer, limpiando la casa y cuidando a los niños e incluso a veces a los suegros o a sus padres ancianos. El hombre trabajando. Al volver, por la tarde, invariablemente llega con un six pack o unas caguamas. Diario. A veces se pone a lavar su camioneta y en la radio se escuchan corridos que sólo hablan de armas, violencia, alcohol y drogas.  Los niños, con tal de estar con su papá, hacen como que ayudan a lavar el carro. Las niñas juegan a ser grandes y buchonas (mujeres de los narcos) y ya se maquillan y se visten igual que ellas.

 

Pero hay formas más sutiles de machismo y esas formas, lamentablemente, provienen de las mismas mujeres quienes, en su afán de demostrar que no dependen de los hombres o de que son “más chingonas”, copian modelos de conducta de éstos. En otras partes de la ciudad, en colonias clase media donde viven profesionistas, maestros y jóvenes universitarios, la situación no es muy distinta. Ahí también impera el machismo, pero disfrazado de independencia o de autonomía. Muchas mujeres que, efectivamente son independientes y han criado a sus hijos con sus propios medios, caen en lo mismo que dicen repudiar. Su cultura, sus valores, sus jerarquías, son machas. Hablan y se expresan igual que muchos hombres, repiten conductas machistas como el beber en exceso no sólo en su casa, sino en bares o en fiestas. Se exhiben sin pudor con sus parejas haciendo alarde de que “le bajaron el marido” a otra mujer (o sea, mujeres afectando a otras mujeres) y, en general, imitando todo aquello de lo que, según ellas, se quisieron librar al separarse o divorciarse. Ellas también escuchan música de banda o reggaetón con un bote de cerveza en una mano y un cigarro en la otra. El espectáculo no puede ser menos que patético.

 

También están los machos “calados”. Esos que detrás de sus bromas y chises homofóbicos, esconden una homosexualidad reprimida y anhelan la libertad y el desenvolvimiento sin inhibiciones de los homosexuales. Esos también dan lástima, pues su pequeño mundo se reduce a burlarse de algo que no entienden pues su escasa inteligencia no se los permite. Muchas mujeres también participan de ese tipo de chistes, burlas y bromas sólo por encajar en el grupo de amigos misógino, machista y homofóbico al que pertenecen los machos que a ellas les gustan.

 

Los “clubes de Tobi”, que sólo permiten mujeres en sus reuniones siempre y cuando éstas sean jóvenes y guapas y haya posibilidad de “ligue” pero que son incapaces de sostener una amistad desinteresada con una mujer inteligente o que no les guste para llevársela a la cama. Estos grupos están casi siempre conformados por hombres solteros (y casados) de entre 30 a 45 años ( a veces hasta 50 y tantos) y con aspiraciones artísticas o literarias que se reúnen a tomar cerveza, escuchar la misma música que han escuchado siempre y que “agarran cura” (se mofan) de los “jotos”, las “rucas” (viejas), los “mochos” (discapacitados) o de cualquier otro grupo vulnerable. Patético y lamentable también.  Las “morras” (mujeres jóvenes) que se juntan con ellos, son también víctimas del machismo, aunque ellas crean que no y no ayudan mucho a la causa feminista sino todo lo contrario.

 

Por último, están los ricos. Las clases altas son también incubadoras del machismo. Las señoras de “sociedad”, como les dicen, se reúnen en los raquet clubes o en los jardines de sus mansiones para celebrar el cumpleaños de fulanita y salen en la primera plana de sociales. Todas rubias, emperifolladas, esbeltas, bien maquilladas y sonrientes. Sin sus maridos, obviamente. Ellos están jugando golf o reunidos aparte en torno a una paella o un lechón, con un whiskey y un habano hablando de política, finanzas y contándose pequeñas “travesuras” que han cometido con sus secretarias o empleadas domésticas. Ahí, en esos círculos, las traiciones, los golpes, el maltrato se cubren con capas y capas de maquillaje, lujos y viajes al extranjero, pero también existen.

 

En resumen. Vivimos en un mundo machista en donde la concepción de Dios es masculina, en donde prevalece la idea de que es privilegio de los hombres el llevar la batuta en todo para que las cosas puedan funcionar y esa idea está tan arraigada en nosotras, las mujeres que, sin querer, la reafirmamos todos los días al intentar demostrar que somos mejor que ellos, o al imitar lo que ellos hacen, o al compararnos a ellos en todos los ámbitos.

 

De ahí que no exista, al menos en México en este momento, un movimiento feminista que sea realmente femenino, en el buen sentido de la palabra. Que haga énfasis en lo que de único y singular tenemos las mujeres, en nuestras virtudes, nuestras capacidades, nuestras fortalezas, sin tener que compararlas con las de los hombres o no en el sentido de la competencia, sino sólo para distinguirlas de las virtudes, capacidades y fortalezas suyas, de ellos y así poder complementarnos unas a otros y enriquecernos.

 

Mientras el discurso feminista siga siendo violento, agresivo, estridente, seguirá siendo machista y en ese sentido, jamás logrará erradicar la violencia contra las mujeres. Por eso es necesario y urgente voltear a vernos a nosotras mismas, a nuestras vecinas, compañeras de trabajo, de escuela, amigas y a las mujeres de nuestra familia para hallar en nosotras todos esos rasgos de carácter que nos distinguen de los hombres y atesorarlos como dones y virtudes que pueden cambiar radicalmente el pensamiento y la conducta de la sociedad sin tener que imitar todo aquello de lo que somos víctimas y que repudiamos. Debemos distinguir a los machos de los hombres de verdad pues los primeros nos hacen mucho daño y los segundos son nuestros aliados en la construcción de una sociedad más justa, más libre, más pacífica y más rica.

 

Teresa Padrón Benavides

Hermosillo, Sonora, verano del 2022.

 

 

 

 

 

domingo, 30 de mayo de 2021

Bob Dylan cumple 80 años

 


Todo mundo sabe quién es Bob Dylan. Todos, o cas todos, podemos reconocer al menos su canción más famosa, “Like a Rolling Stone” y todos o casi todos, conocemos la anécdota de cuando se conocieron él y los Beatles en el hotel Delmonico en Manhattan y Bob les hizo probar la marihuana.Todos, o casi todos, conocen también la leyenda de amor entre Dylan y Joan Baez, la cantante folk con quien Dylan compartió escenarios en los sesenta cantando canciones de protesta en universidades y en la famosa marcha por los derechos civiles en Washington con MLK a la cabeza.

Sin embargo, no todos conocen y aprecian a Bob Dylan en su justa dimensión y reconocen su muscalidad y el valor literario de sus canciones.

No voy a adentratme demasiado en su biografía porque eso es del dominio público y porque eso no es lo que hoy nos reúne sino la celebración de sus ochenta años.

Lo que me gustaría resaltar en este breve espacio es la riqueza literaria en las canciones de Dylan y por la cual los jueces decidieron otorgarle el premio Nobel de Literatura en 2016.

Robert Allen Zimmerman, mejor cococido como Bob Dylan, comenzó  a escuchar a los grandes artistas de country western, rhythm and blues y rock and roll como Buddy Holly en la adolescencia en su natal Duluth, Minesota, un pueblo dedicado a la industria metalúrgica y alejado del corazón de la escena musical de ese momento, Nueva York.

Buddy Holly fue quien más influencia ejerció sobre él pues supo combinar todos esos estilos y fundirlos en uno solo. Hacía canciones con melodías bellas y letras con imaginación. Dylan lo vio actuar en vivo a los 18 años cuando Buddy tenía 22 y quedó fascinado por su estilo de tocar y por su voz.  Dylan cuanta que hubo un momento en que sus miradas se cruzaron y eso bastó para convencerlo de que aquello era lo que él quería hacer el resto de su vida. Tres días después, el avión donde viajaban Buddy Holly, Ritchie Valens y J.P. Richardson se estrelló y los tres músicos murieron.

Un poco más tarde escuchó “Cottonfields” de Leadbelly, uno de los grandes del blues y eso lo transportó a un mundo totalmente desconocido y lo incitó a escuchar más ese tipo de música, el blues de las plantaciones, del delta del Mississippi y la influencia de esa música en la suya, puede notarse en muchos de sus álbumes.

La música flok y el blues eran muy distintas de los que él escuchaba en la radio. El rock and roll era electrificante y siemrpe había éxitos, pero el blues, el country y el folk se escuchaban más en vivo, en lugares pequeños, en pueblos remotos e incluso en grandes ciudades, pero sólo entre pocas personas, audiencias pequeñas. El mundo del folk era más reducido, más íntimo, con letras sencillas que hablaban de héroes locales, de obreros explotados, de crímenes de amor, de contrabandistas, de discriminación racial y de campesinos sin tierra.

Dylan aprendió pronto todo lo concerniente a l mundo del folk, a lo vernáculo y a los tres o cuatro acordes que acompañaban las canciones. Todo ese material lo utilizaría en sus propias canciones que interpretaba con una voz chillona y una guitarra vieja al llegar a Nueva York para visitar a su ídolo Woodie Guthrie en un hospital psiquiátrico donde estaba internado por padecer mal de Hutington. Guthrie, el cantante folk de los oprimidos y los pobres.

Dylan permaneció en NY duante mucho tiempo más y fue ahí donde entabló amistad conlos grandes de la escena folk de Greenwich Village como Dave Van Ronk y los Clancy Brothers.

Ahí se sentía en su elemento. Cantando sus propias canciones en pequeños bares con su vieja guitarra, su armónica y entre poetas beat y cantantes de blues, county y folk. Aprendió todo, todo lo asimiló y se nutrió de todo cuanto escuchó y vió. Puede decirse que lo que hoy se designa bajo el género de “americana” (mezcla de géneros como el blues, el counry, el folk, el rock, el bluegrass) que forman la música tradiconal de Estados Unidos.

Hasta aquí hemos mencionado las influencias musicales en el estilo dylaniano, pero ¿qué hay de lo otro, de las letras de sus canciones? ¿de dónde salió toda la imaginería, toda la poesía, el ingenio, la ironía, los recursos poeticos?

Dylan mismo reconoce, en su discurso al recibir el Nobel de literatura en 2016, que, además de todo lo anterior, él tenía otra cosa, algo muy valioso, él tenía una visión culta e informda del mundo, él tenía sensibiidad y principios, tenía un profundo amor por la literatura clásica y por sus autores. No en balde toma su nombre artístico de uno de los grandes poetas del s. XX, Dylan Thomas.

Y todo lo aprendió en la escuela. Leyó las grandes obras de la literatura universal, desde Don Quijote hasta Shakespeare, desde Dickens hasta Melville. Dylan adquirió una visión única del mundo, un entendimiento de la naturaleza humana y unos parámetros para medir la creatividad.

Todo eso está en sus canciones. Todo el amplio espectro literario al que estuvo expuesto desde joven ha permeado en sus letras de alguna u otra forma.

Por eso es que Dylan ha sido la gran influencia de tantos músicos a lo largo de más de 5 décadas. Leonard Cohen, David Bowie, Neil Young, Tom Petty, George Harrison, Bruce Sprinsteen, Nick Cave, por mencionar solo algunos de los más conocidos, se reconocen como “hijos de Dylan”.

La poesía en las letras de Dylan no es improvisada, es producto de todas esas lecturas de juventud que lo marcaron intelectual y espiritualmente y que sólo él supo plasmar en canciones combinándolas con los sonidos populares que tan bien dominaba como el rock and roll, el folk, el gospel y el country.

En su discurso al recibir el Nobel, él menciona tres obras literarias que fueron decisivas en su vida y que le han servido de inspiración para crear sus canciones. La Odisea de Homero, Moby Dick de Hermann Melville y Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, un escritor alemán de entre guerras.

El tema común entrre estas tres obras es el hombre enfrentado a su destino. En las tres se narra la vulnerabilidad de la condición humana, nuestros miedos, nuestras pasiones, nuestros anhelos y nuestros sueños frustrados ante algo que es mucho más grande que nosotros.

Sin embargo, dice Dylan al final de su discurso, cito:  “las canciones difieren de la literatura en esto, son para ser cantadas, no leídas. Así como las obras de Shakespeare fueron escritas para ser actuadas sobre un escenario. Y espero que todos ustedes tnegan la oportunidad de escuchar mis letras tal y como fueron concebidas, como canciones, ya sea en algún concierto, o en la radio o como quiera que sea que se escuche la música estos días… y termina citando a Homero en la Odisea “Canta oh musa y a través de mi, cuenta la historia del héroe…”

Por eso es que Dylan es tan grande y significa tanto para muchos. Porque ha sabido cantar la vida misma con todos sus matices y todas sus facetas, con todo su misterio y toda su riqueza, pero lo ha hecho con melodías y ritmos con los que todos podemos identificarnos y con un estilo único e irrepetible.

La canción que elegí para este homenaje es “Desolation Row”, justamente porque por ella desfilan una serie de personajes de la historia y de la literatura universales a quienes casi todos conocemos y a quienes Dylan mete en un solo lugar, en la ruta de la desolación, por la que todos transitamos. Esta pasarela incluye a Caín y Abel, a Bette Davies a Einstein, a Ezra Pound a T.S. Eliot, a Calypso, al fantasma de la ópera, a Casanova y a tantos otros personajes que bien pudieran haber reencarnado en el vagabundo de la esquina, en la prostituta del barrio, en el loco de la cuadra o en cualquiera de nosotros. Porque desolation row es justamente el lugar a donde van todos los inadaptados, los que piensan y opinan diferente, los parias, los que no encajan en la sociedad. Escuchemos pues a Bob Dylan con Desolation Row.




jueves, 15 de abril de 2021

Cuidar la casa común


 


Cuando era niña creía que el mundo se iba a terminar en el año 2000. Eso se escuchaba en todas partes. Yo no sabía bien qué significaba pero más o menos intuía que un gran cataclismo acabaría con toda forma de vida en la Tierra y sólo quedarían polvo y cenizas. Me daba mucha tristeza pensar en los animales y en los árboles, en el mar, en el bosque y en todo lo amaba entonces y sigo amando ahora. Curiosamente, no pensaba en la gente ni siqueira en mí. Sólo pensaba en la naturaleza y en lo hermosa que era y que sería destruida para siempre.

 

Los años pasaron y aunque claramente era visible el deterioro del medio ambiente, la vida continuó. Llegó el año “cero”. Cambio de siglo y de milenio y para mí la vida se renovó pues nació mi hijo. Sin embargo, el cambio climático ya era un tema recurrente, así como las energías renovables, el cuidado del agua, el reciclaje y la reutilización de los plásticos de un solo uso.

 

Fue entonces, a partir de la maternidad, que comencé a ser consciente de la gravedad del asunto. No quería que mi hijo creciera en un mundo cada vez más contaminado y a punto de colapsar. Combiné el uso de pañales de tela con desechables, empecé a recolectar el agua de la lavadora para usarla en la limpieza de la casa, apagaba las luces de los cuartos vacíos, y en cuanto al carro, no tuve hasta que él cumplió cinco años y porque era absolutamente necesario.

 

Sin embargo, todo parecía inutil. A dondquiera que volteaba, nadie parecía tener la más mínima preocupación al respecto. Centros comerciales infestados con gente comprando todo tipo de productos desechables, comiendo comida chatarra sin siquiera considerar su origen o su producción, basura acumulada por toneladas en las calles, uso excesivo de aerosoles y del automóvil, contaminación del aire, del agua y de la tierra.

 

Un profundo sentimiento de angustia e impotencia comenzó a invadirme a tal punto que estuve en tratamiento psiquiátrico por depresión y ansiedad. Afortunadamente y con ayuda de mi familia logré superarlo. Pero la angustia por el daño a la vida jamás me ha dejado. Y cuado imagino el fin del mundo es eso, una tierra baldía, yerma, sin vida.

 

Pero también el fin del mundo para mí significa el fin de la esperanza, de la confianza y de la fe. La esperanza en que el animal humano logrará, a través del conocimiento y de la ciencia, hallar la manera de preservar la vida en todas sus formas. La fe en que la humanidad logrará despertar de su letargo, de su ignorancia, de sacudirse el tedio y de salirse de su zona de comfort para ser parte de un cambio radical que incluya a todas las especies. La confianza en que, como individuos, aportarermos cada uno nuestras habilidades para salvar nuestra casa común.

 

Es decir, el fin del mundo para mí significa dejar de creer. Dejar de confiar en la razón y en los sentimientos. Y yo aún los conservo. Así que para mí el mundo no ha llegado a su fin. Pero tengo la certeza de que sólo en la medida en que nos transformemos desde dentro a nosotros mismos, podremos incidir en la transformación (para bien) del mundo.

 

Cada acción individual cuenta. Cada acto de compasión por la vida en general, provoca una reacción en cadena y toca a muchas personas. El mejor ejemplo lo damos con la manera en la que vivimos y nos relacionamos con los demás y eso incluye al medio ambiente y al resto de las especies animales y vegetales. Esa es la mejor herencia que podemos dejar a nuestra decendencia, a los que amamos. Un mundo mejor en todos los aspectos y eso no se compra ni se vende en los centros comerciales. Eso se forja con nuestra propia vida y la forma en que la vivimos.

 

Por eso creo que el mundo, la vida en general, aún puede salvarse. Pero no debemos delegar la responsabilidad ni en los políticos, ni en las instituciones, ni en alguien más. Debemos trabajar en nosotros mismos, analizar la forma en que vivimos, nuestros hábitos, nuestra conducta, nuestras aportaciones en beneficio o detrimento del medio ambiente.

 

Termino con una hermosa frase de Mahatma Gandhi: “Sé el cambio que quieres ver en el mundo”.

 

Teresa de Jesús Padrón Benavides

Ciudad de México, abril del 2021

lunes, 18 de enero de 2021

 



El misterio tremendo

 

Hace unos días volvía de visitar a mi familia en Mexicali. Mi vuelo despegó exactamente a las 00:05 de la medianoche del 8 de enero. Me gustan los vuelos nocturnos, en especial cuando el cielo está despejado. Después de unos minutos, y con la cabina a oscuras, pude contemplar, absorta, el cúmulo de estrellas e incluso pude distinguir claramente la vía láctea, nuestra galaxia.

Qué pequeña e insignificante me pareció mi vida en contraste con la inmensidad de lo que veía. Las lágrimas brotaron, inevitablemente.

 

 Pensé en nosotros, en los animales humanos que no somos más que polvo y ceniza y que, sin embargo, somos también parte del maravilloso e irrepetible universo. Pensé en nuestra casa común. La Tierra. Pensé en cuánto daño puede infligir un ser perecedero como nosotros a un planeta tan hermoso e improbable como el nuestro, en donde fue posible que surgiera la vida, en todas sus formas, hace más de miles de millones de años.

 

Pensé en las formaciones montañosas, en la gran barrera de coral en el sudeste de Australia, en los océanos y sus profundidades, en los cañones, los desiertos, las selvas, la tundra, el bosque y, en fin, en cada uno de los ecosistemas en donde han sobrevivido las más diversas formas de vida a través de las eras. Mi mente se remontó  hasta la Creación, cuando Di_s pronunció las palabras “Hágase la luz” y la luz se hizo.

 

Pensé en el momento mismo de nuestro debut en el universo, y me sobresaltó el hecho de que el homo sapiens tenga apenas unos minutos en la Tierra y han sido suficientes para estar a punto de acabar con ella. Recordé el Génesis, donde dice “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza” y pensé en las grandes hazañas de la humanidad, sus logros, sus descubrimientos e inventos a favor de sus semejantes y entonces vinieron a mi mente las palabras de Shakespeare en su Hamlet:

 

What a piece of work is a man! how Noble in
Reason, how infinite in faculty, in form, and moving
how expressive and admirable in Action, how like an Angel
in apprehension, how like a God.

(¡Qué obra de arte es el hombre! Qué nobleza de razonamiento, qué infintas facultades, qué espresivo y admirable en su forma y movimiento, en su actuar, semejante a un ángel, en su aprensividad, semejante a un dios).

 

Pensé en Ptolomeo, en Copérnico, en Newton, en Miguel Ángel, en Leonardo Da Vinci, en Cervantes, en Shakespeare, en Sor Juana, en Madame Curie, en Benjamín Franklin, en Gandhi, en Martin Luther King, en Einstein y en tantos otros hombres y mujeres que han ennoblecido a nuestra especie y nos han servido de inspiración para no perder la fe en la humanidad.

 

Pensé también en los tiempos históricos a los que estamos asistiendo. En la pandemia, en cómo en medio del torbellino social y político mundial, surgió un virus que es capaz de aniquilarnos en pocas horas a nosotros, los que hemos enviado sondas al espacio, hombres a la luna, satélites a orbitar el planeta. Los que hemos hallado la cura para enfermedades terribles, los que hemos inventado artefactos capaces de conectarnos con quienes queremos instantáneamente, incluso si se hallan al otro lado del mundo. Los que hemos acortado las distancias geográficas gracias a aparatos como en el que yo estaba volando en ese momento.

 

Pensé también en lo vulnerables y frágiles que somos como criaturas y en cómo, comparados con otras, no logramos sobrevivir sin la ayuda de los demás.

Pensé en mi primera infancia, en las veces en que tuve miedo o estuve enferma y alguien estuvo ahí para darme valor o para curarme. Pensé en que la vida es valiosa en la medida en que valoramos la de los demás. En el cúmulo de posibilidades que podrían existir para que cada persona pudiera desarrollar sus capacidades al máximo siempre y cuando no fuese sometida u oprimida por otra. Sino al contrario, ayudada.

 

Pensé en que, si estamos aquí ahora, si hemos podido llegar a este momento, es porque alguien nos ayudó a lograrlo. Agradecí en silencio a todas esas personas que estuvieron ahí para mí en algún momento de mi vida, muchas de las cuales ya no están presentes físicamente pero sí en mis pensamientos.

 

Pensé que efectivamente, el ser humano es maravilloso, pero también un monstruo capaz de destruir, depredar y asesinar a los de su propia especie sin piedad con tal de obtener lo que quiere. Su ansia de poder es tan ilimitada como su inteligencia y ésta la utiliza para hacer el bien, pero también para hacer el mal. Puede construir y destruir maravillas a su antojo, tiene la capacidad para echar abajo lo que es incapaz de volver a crear.

 

Y pensé en el libre albedrío, ese regalo que Di_s nos dio para, justamente, discernir entre el bien y el mal y optar por el primero, pues sólo así podemos honrarlo y ser dignos de Él. Recordé las hermosas y sabias palabras de Deuteronomio: “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia”.

 

Y fue ahí donde volví de mis cavilaciones. Y sentí una fuerte sacudida en la espalda. Miré en torno mío y la mayoría de la gente dormía plácidamente. Todos con sus mascarillas puestas, ajenos a la amenaza letal a la que estamos expuestos. Cerré los ojos y volví sobre mis pensamientos. Agradecí a Di_s por estar viva, por estar respirando, porque pude pasar un tiempo con los que quiero, porque volvía a casa con los míos sana y salva.

 

Miré de reojo por última vez a través de la ventanilla. La vía láctea se desplegaba en toda su hermosura. El misterio de la vida y de la muerte no nos fue revelado, sin embargo, sin ese misterio, nada tendría sentido. La noche, allá afuera, seguía constelada.

 

Teresa de Jesús Padrón Benavides

Ciudad de México, enero del 20212.